Xtories

Mi Valeria ¿porque?

Juan le muestra a Valeria la foto de su marido follando con otra mujer. La rabia la consume, pero el deseo la traiciona. Ahora, bajo la mirada de los guardias, deberá follar con Juan mientras Leo la ve, y Leo deberá soportar el castigo que Juan ha preparado para él.

Peter2816K vistas9.4· 31 votos

Capítulo 4: Segundo dia

Valeria despertó con un sabor amargo en la boca, como si hubiera masticado ceniza. La luz del amanecer se filtraba entre las cortinas de seda, dibujando franjas doradas sobre el cuerpo desnudo de Juan, que dormía boca arriba, con una sonrisa satisfecha aún grabada en los labios. Ella se incorporó de golpe, el sudor frío pegajoso en su piel, y el olor a sexo —*su* olor, *el de él*— la envolvió como una mortaja.

— Dios mío… ¿qué he hecho?

Se levantó tambaleante, buscando su vestido en el suelo. Las sábanas estaban manchadas: semen, lubricante, el rastro húmedo de su propia excitación. Se tapó la boca para ahogar un sollozo. *Leo*. Su nombre era un cuchillo en el pecho. Con manos temblorosas, recogió la ropa (las bragas que no se había puesto la noche anterior, el sujetador tirado cerca de la mesa) y corrió hacia el baño.

El agua de la ducha cayó sobre ella como un castigo. Se frotó la piel con jabón hasta enrojecerla, como si pudiera lavar la culpa, el placer prohibido, las palabras obscenas que había gritado. *Préñame*. La memoria de su voz, ronca y desesperada, la hizo estremecer. Cerró los ojos y vio el reflejo en el espejo: sus pechos marcados por los mordiscos de Juan, sus muslos aún adoloridos, el semen reseco entre ellos.

—*¡Joder!*—

La puerta del baño se abrió sin aviso. Juan entró, desnudo, con la confianza de un dueño. Sus ojos recorrieron su cuerpo bajo el chorro de agua, deteniéndose en el tatuaje de Leo en su espalda. Sonrió, perverso.

— Hola, amor — susurró, acercándose por detrás. Sus manos se posaron en sus caderas, pero ella se tensó.

—¡Déjame! —Valeria se giró bruscamente, el agua azotando su rostro—. Necesito ir a ver a Leo. Tengo que saber cómo está.

Juan alzó una ceja, divertido. Tomó su teléfono de la encimera y, con un dedo, deslizó la pantalla antes de mostrársela.

— Míralo tú misma —

La foto era una puñalada: Leo, inconsciente en una cama ajena, con los calzoncillos apenas cubriéndole. A su lado, una morena desnuda de piel bronceada y pechos perfectos posaba con una sonrisa pícara, mirando a la cámara como si supiera que alguien la observaba. El brazo de Leo estaba extendido hacia ella, como si la hubiera abrazado en sueños.

Valeria sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

—¡¿Cómo sabes que está bien?! —gritó, el teléfono temblando en sus manos.

Juan se encogió de hombros, secándose las gotas de agua del pecho con una toalla.

—Los guardias me informan. Tu marido pasó una *noche muy activa*, según la chica. —Hizo una pausa, disfrutando su reacción—. ¿- quieres ir a verlos?

Ella no respondió. Las lágrimas se mezclaban con el agua de la ducha. *Leo nunca haría esto*. Pero la evidencia estaba ahí, cruda y burlesca. La rabia la consumía, pero bajo ella, algo más oscuro: *celos*. Celos de que él hubiera encontrado consuelo en otra mientras ella se entregaba a Juan.

— Hagamos algo —propuso Juan, acercándose de nuevo, su voz un arrullo envenenado—. Después del desayuno, vamos a verlos. Te lo prometo.

Valeria asintió mecánicamente. No tenía fuerzas para discutir.

Desayuno de Traidores en el Balcón de la Suite – Vista a la Montaña

El servicio de habitación llegó puntual: huevos Benedict, café colombiano, tostadas y fruta fresca. Juan comía con apetito, como si no hubiera pasado nada. Valeria apenas probó el jugo de naranja, el estómago cerrado por la culpa.

—¿No tienes hambre? —preguntó él, untando mantequilla en una tostada.

Ella negó con la cabeza, mirando el paisaje. Las montañas se perdían en la niebla matutina, tan indiferentes como el destino.

—Estoy pensando en Leonardo —confesó, sin mirarlo.

Juan rio, un sonido sin alegría.

—Valeria, *mi amor*, Leo está disfrutando de su propia *aventura*. —Deslizó el teléfono hacia ella. Otra foto: la mano de la morena sobre la polla de Leo, sus dedos rozando el contorno de su flácido glande—. ¿Ves? No es el único que sabe divertirse.

Ella apretó los puños. La rabia quemaba más que el remordimiento.

—**Que se joda**— escupió, con una furia que no sentía desde hacía años.

Juan sonrió, triunfante.

— Esa es, mi chica —

La atrajo hacia sí y la besó con violencia, su lengua invadiendo su boca como una reclamación. Valeria respondió, mordiéndole el labio, arrastrada por un torbellino de emociones: odio, deseo, venganza. Las manos de Juan bajaron hasta su entrepierna, encontrándola húmeda a pesar de todo.

—*Dios, Juan…*— gimió, pero lo empujó—. No aquí. No ahora.

Al terminar se fueron al lago

Míralo tú misma – le pasó unos binoculares.

Valeria vio cuando Paula le acomodaba la gorra a Leo con total normalidad. Lo interpretó como un gesto de intimidad, de cercanía.

Mientras miraba Juan le introdujo dos dedos en el coño

— Juan aquí no

—¿Por qué no? —susurró él, mordisqueándole el cuello—. Están lejos. Nadie nos ve.

—¡Podría venir alguien! —protestó, aunque su cuerpo traicionero se arqueaba hacia él.

— por aquí no pasa nadie, estamos solos—

Con un movimiento rápido, le bajó el short y con el, las bragas. Valeria no opuso resistencia. Se sentó a horcajadas sobre él en el carrito de golf, sintiendo cómo la polla de Juan se hundía en ella con los gemidos de ambos. El vehículo se balanceó levemente con cada embestida, el motor aún encendido, el viento acariciando sus cuerpos sudorosos.

—**Ahhh… ohhh…**— Valeria se aferró a sus hombros, sus caderas moviéndose al ritmo que él marcaba.

— te follo delante de él — gruñó Juan, clavando sus uñas en sus nalgas—. **Solo mía**.

Desde el lago, los guardias los observaban a lo lejos a través de otros binoculares, riendo entre dientes.

— Joder, mira esos… parece que van a follar — dijo uno.

— Cómo se mueve la perra — respondió el otro.

En la orilla. — Valeria, estás tan jodidamente mojada —murmuró él contra su piel mientras la masturbaba—. Tu coño me chupa los dedos como si fuera mi polla. ¿Quieres que te folle el culo? ¿Quieres que te rompa el coño cuál puta?

—¡Sí! —gritó ella, empujando hacia abajo, su cuerpo traicionándola por completo—. ¡Hazlo! ¡Destrúyeme!

Juan la levantó sacándosela, escupiendo en su mano para lubricar su larga polla —al menos 20 cm, venas protuberantes latiendo con anticipación—. La cabeza bulbosa rozó su entrada anal primero, presionando suavemente antes de empujar con fuerza. Valeria jadeó, el ardor inicial convirtiéndose en un placer abrasador cuando él la penetró centímetro a centímetro, sus bolas pesadas golpeando su coño con cada avance. Una vez dentro, comenzó a bombear, lento al principio para que se acostumbrara, luego más rápido, sus caderas chocando contra sus nalgas con palmadas húmedas y sonoras.

—*Joder, estás apretada* —gruñó, una mano en su cadera, la otra bajando para frotar su clítoris mientras se movía arriba y abajo—. Siente cómo te parto el culo. Esto es lo que Leo nunca te dio.

Valeria lloró de rabia, sus pechos rebotando en las manos de su amante, los pezones duros hasta doler. Cuando Juan la giró —sin salir de ella, levantándola como si fuera una muñeca— la sentó sobre el asiento del carrito, penetrándola allí de nuevo, sus piernas lo envolvían, fue cuando ella explotó. Su orgasmo entre gritos fue violento: su coño se contrajo sin ser tocado, chorros de squirt escapando, sus paredes internas apretando alrededor de nada mientras él seguía embistiéndole el culo, su polla se hinchaba dentro de ella.

No se detuvo ahí. Juan la bajó al suelo, la puso a cuatro patas mirando al lago, y alternó: su polla iba del ano, luego al coño, donde la hundió con una estocada brutal, follándola como un pistón, sus bolas golpeando su clítoris con cada thrust. Instintivamente volvió al ano, estirándola más, lubricado ahora por sus propios jugos. Valeria gritaba obscenidades —*"¡Más profundo! ¡Lléname de semen en todos los agujeros!"*—, arañando la tierra hasta que sus uñas se hundieron.

Finalmente, Juan la levantó de nuevo, presionándola contra un árbol, la penetró vaginalmente una última vez, sus embestidas tan feroces que sus cuerpos resbalaban. Mira a tu esposo allá tan tranquilo, y tú, follando como una perra. De ahora en adelante será así. — si, ohhh Diiiiiiiooooossss no pareeeeeeeeesss

Cuando se corrió, fue un torrente: su semen caliente inundándola, desbordándose por sus muslos, mientras ella llegaba a un segundo orgasmo, sus músculos convulsionando alrededor de él, ordeñando cada gota. Los gritos al unísono llenaron el ambiente.

Exhaustos, se deslizaron al suelo, jadeando. Juan besó su cuello, mordisqueando la piel sensible.

Leo, que había escuchado los gemidos a lo lejos exclamó

— Maldita sea, espero no sean ellos —

2 minutos después, de haber oído a lo lejos aquel orgasmo, Leo apretó los puños hasta marcar sus uñas en la piel. Un pez que había mordido el anzuelo fue soltado, igual que su dolor.

A la una regresaron a la habitación en un silencio sepulcral. Los guardias los escoltaron como carceleros, cerrando la puerta con un *clic* definitivo. Paula encendió la televisión, pero el ruido solo acentuaba el vacío.

—¿Cómo te sientes? —preguntó, mirando a Leo de reojo.

— Como si me hubieran arrancado el pecho con una cuchara —respondió él, frotándose las sienes—. Esa maldita droga aún me tiene mareado.

—Yo también tengo miedo —confesó Paula, bajando la voz—. Antes intenté que me devolvieran el teléfono. Uno de los guardias levantó la mano… — Se tocó la mejilla, como si aún sintiera el golpe fantasma—. Si el otro no lo hubiera detenido, me hubiera partido la cara.

Leo la observó con nuevos ojos. Ya no era la "puta" que Juan había contratado. Era una víctima más, atrapada en el mismo juego sucio.

—Son unos malnacidos —murmuró.

Paula asintió. Luego, con cautela, añadió:

—Leo… Valeria sabe que te acompaño.

-Porque lo dices

Antes de venir, Juan me dijo que se lo diría

Él soltó una risa amarga. Malditos

—Hizo una pausa, mirando su mano izquierda. El anillo de matrimonio brillaba bajo la luz, pesado como una losa—. Pero su valor ya no importaba.

Se lo quitó con un movimiento brusco y lo dejó sobre la mesita de noche. El símbolo de veinte años se convirtió en un objeto ajeno.

Paula no dijo nada. Pero cuando Leo se levantó para darse una ducha, lo siguió en silencio.

El agua fría lo sobresaltó. Leo resbaló, golpeándose la cadera contra la pared de azulejos. Paula entró corriendo, encontrándolo sentado en el suelo, aturdido, con la espalda contra la pared y la cabeza entre las rodillas.

—¡Leo! ¿Estás bien? —se arrodilló a su lado, empapándose su ropa.

Él no respondió. Solo lloró, con sollozos silenciosos que sacudían su cuerpo. Veinte años. Dos hijas. Un amor que creía eterno, hecho trizas en menos de veinticuatro horas.

Paula no lo pensó. Se quitó la ropa mojada y se sentó a su lado, desnuda, abrazándolo. Leo la miró, sorprendido, pero no la apartó. Necesitaba *algo* real, algo que no fuera traición ni mentiras.

Ella lo besó. Fue un beso tierno, casi tímido, como si temiera romperlo. Pero Leo la aparto. — no quiero tus servicios, ni tu caridad. Paula lloró, luego tomó su cara entre sus manos y mirándole a los ojos dijo — Te deseo Leo, eres un hombre maravilloso, lleno de amor y ternura. Y yo…– hizo una pausa, —- necesito ese amor. — sollozo—- estoy cansada de recibir sexo sucio, sin amor, los hombres me tratan como un pedazo de carne y mi novio me dejó cuando empecé a trabajar en esto, otra pausa —- y no lo culpo. Leo mírame —- estoy rota.

Leo la vio con otros ojos. — No sé si pueda —

— por favor inténtalo. Necesito sentir amor.

Aquella chica hermosísima le rogaba cariño y lo hacía desnuda, con sus senos 34D o 90D en Europa, con los pezones erectos por la excitación, de caderas anchas y cintura estrecha como avispa, entallada en vientre plano. Por primera vez Leo la observó al detalle..

Los labios de Paula divinos y seductores se abrieron al acercarse a su boca, al tiemo que sus ojos negros brillaban como estrellas en la noche.

Las lenguas se encontraron bajo el chorro de agua, sus cuerpos se buscaron sin prisa, sin lujuria, pero con una urgencia más profunda: la necesidad de *sentirse vivos*. Ella le llevó las manos su trasero, el sintió su piel suave como seda de tacto firme. Los senos de ella rebotaban en su pecho mientras sus caderas subían do y bajaban en su polla. Por n instante Leo se sintió mejor.

Hicieron el amor en el suelo, bajo la ducha, con el agua cayendo sobre ellos como una bendición o un castigo. No hubo palabras obscenas, ni juegos de poder. Solo dos almas rotas que encontraban. Se corrió dentro de ella.

Después, exhaustos, se tendieron en la cama. Paula apoyó la cabeza en su pecho, escuchando los latidos de su corazón.

— Leo… —susurró ella—. Cuándo esto termine, ¿que piensas hacer?

Él miró el anillo abandonado en la mesita. Luego, con una determinación fría, respondió. — Probablemente… me divorcie.

La comida llegó a las 2:30, almorzaron en la cama

La tarde fue tranquila, un respiro ilusorio en medio de la tormenta. Leo y Paula se mantuvieron en la suite, hablando en susurros sobre sus vidas rotas, forjando una alianza frágil contra el caos que los rodeaba. Al anochecer, los guardias tocaron a la puerta con impaciencia.

—Ey, tortolitos, la cena es en media hora.

Paula se colocó una minifalda ajustada que le quedaba de infarto; era toda una muñeca, su figura curvilínea realzada por la tela ceñida que subía peligrosamente por sus muslos. Se colgó del brazo de Leo con una sonrisa fingida, y se dirigieron a la zona de restaurantes. El resort era un paraíso engañoso, con cinco restaurantes temáticos dispersos entre jardines exuberantes y senderos iluminados.

—¿Qué tipo de comida les gustaría? —preguntó un recepcionista uniformado, con una cortesía que contrastaba con los guardias a su lado.

Paula dijo: —Me encanta el japonés.

Leo se encogió de hombros; le daba un poco igual, su mente se mantenía clavada en Valeria, reviviendo cada traición en un bucle interminable de dolor.

Optaron por sushi fresco, ramen humeante, yakisoba crujiente y sake bajo en alcohol, servido en un ambiente minimalista con linternas de papel y vistas al río. Durante la cena, Leonardo miró en todas direcciones, escaneando las mesas y sombras en busca de un atisbo de cabello oscuro o un vestido familiar, pero no vio a Valeria. El sake le quemaba la garganta, un fuego que no aliviaba el vacío en su pecho.

Se levantaron para irse, y los guardias se colocaron al lado de ellos como sombras vivientes. Caminaron por el sendero cercano al río, el aire nocturno cargado de jazmín y el murmullo del agua, cuando a lo lejos divisaron una ceremonia iluminada. Leo vio a la novia, era Valeria, envuelta en un vestido blanco etéreo bajo las luces de antorchas. Su cuerpo se movió por inercia, el corazón latiendo con furia, ignorando el mundo.

los guardias lo llamaban: —Ey, ¿dónde crees que vas? —Pero Leo siguió, sus pasos acelerados llevando a una carrera contenida.

Cuando lo alcanzaron, ya había llegado al borde del grupo. Paula se paró a su lado, manteniéndose al fondo, con el rostro pálido. Huéspedes curiosos se mantenían sentados, unos 25 en total, murmurando entre copas de champán. Los guardias no usaron la fuerza —había muchos testigos—, pero uno le dio la advertencia con voz grave: —No te hagas el listo, te quedas aquí.

El sitio tenía arena fina a la orilla del lago, una carpa con varias antorchas parpadeantes, globos flotantes y flores decorativas en los pilares. Todo como si fuera una boda tropical, un sueño romántico torcido en pesadilla.

La voz de Juan llegó clara, amplificada por un micrófono improvisado: —A veces conoces a tu media naranja tarde y, aunque ya no podamos tenernos como pareja, podemos tenernos como amantes. Esto.. Puede parecer grotesco, pero cuando su marido lo aprueba, sabes que el amor puede con todo. Incluso hacer el milagro de tenerla.

Valeria lo miraba fijamente, sus ojos vidriosos bajo el velo. Juan la besó y ella le correspondió, un beso profundo que sellaba su rendición pública.

—Valeria ¿quieres ser mi amor secreto?

Valeria se sonrojó en el momento que miró al público, viendo a Leo en el fondo. Su expresión se congeló en shock. Leo intentó caminar hacia ella, el fuego de la traición ardiendo en su pecho, pero la mano del guardia lo detuvo como una tenaza.

Valeria permanecía paralizada, atrapada entre el escenario y la realidad.

Leo, con los ojos inyectados en fuego y venas hinchadas en el cuello, dijo: —Puta. Valeria no pudo oírlo, pero leyó sus labios, y el impacto la hizo tambalear.

Los dos guardias tiraron de él hacia la calzada, haciéndolo alejarse de ella, sus botas hundiéndose en la arena. Valeria intentó seguirlo, pero Juan la detuvo con un brazo posesivo.

—Te llamó puta. Es un cínico. Pasa la noche follando a otra y te insulta.

Valeria se quedó dubitativa, el mundo girando a su alrededor. Al final, se bajó de la tarima y caminó para buscarlo, el vestido rasgándose ligeramente contra las sillas. Sin embargo, en la prisa, sus tacones se hundieron en la arena, cayendo de bruces en un heap humillante de tela y lágrimas.

Juan la ayudó a levantarse, atrapándola en un abrazo que era mitad consuelo, mitad reclamo.

Sollozando, gritó: —Me odia. Déjalo tranquilo.

—Juan, necesito verlo.

—Valeria, bailemos una canción y luego te llevo a su habitación.

—No puedo. Dime hacia dónde está nuestra reserva. Tengo que verlo.

—Valeria, amor, solo una canción y luego te llevo.

—Voy a llamarlo —- Coño, lo tiene apagado.

—Valeria, Leo estuvo follando a esa chica toda la noche y ahora te llama puta.

Valeria se lo pensó un rato, el conflicto royendo su alma. — Vámonos a bailar.

Cuando estaban llegando a la suite, Leonardo vio el extintor montado en la pared del pasillo. En un movimiento lo tomó y rápidamente, se lo vació a los dos guardias en la cara, la espuma cegándolos en un estallido blanco. Leo corrió, el corazón martilleando, pero Paula le colocó el pie en un reflejo de pánico; haciéndolo caer al suelo, el impacto sacándole el aire. Momento en que uno de los guardias, limpiándose la cara, le dio una patada en las costillas, haciéndolo rebotar en el suelo con un crujido audible. Cabreado le dio un derechazo en la cara, dejándole el ojo apagado con un corte sangrante.

El otro lo detuvo: —Igor, para, ¡lo vas a matar!

—Este hijo de puta me hizo tragar ese maldito polvo.

—Coño así lo vas a matar, déjalo ya.

El más bajo levantó a Leo, casi inconsciente, llevándolo a la cama como a un saco roto. Leo, aturdido y con la visión borrosa, vio a Paula de pie, temblando.

—Maldita zorra, hija de puta. Cuando salga de aquí te buscaré.

—Leonardo, no me han pagado y necesito el dinero para mi padre.

—Te juro que te vas a arrepentir, puta de mierda.

—Lo soy, Leo. Soy una maldita perra y lo siento.

Paula se sentó, alejándose de él, las lágrimas surcando su maquillaje corrido.

—Lo siento —dijo entre sollozos—. No tengo opción.

Se hizo el silencio, pesado y acusador, roto solo por la respiración entrecortada de Leo. No te quiero cerca de mi, puta asquerosa.

La chica se acurrucó en la silla dándole el espacio.

Leo se preguntaba porque Valeria le hacía esto, que había hecho para merecer ese castigo.

A la una de la madrugada entró el guardia, con una sonrisa sádica. —Mira, cabrón, el jefe está muy molesto.

El más corpulento colocó la cámara del móvil, en la cual apareció Juan, su rostro iluminado por la pantalla con una expresión de puro desdén.

—Hola, cornudo. ¡Hostia! — mis chicos te han dejado bonito -- exclamó con sarcasmo.--- En fin, tú mujer es ahora mi perra y, como te has portado muy mal, te voy a castigar.

La pantalla del teléfono del guardia parpadeaba bajo la luz tenue de la suite, iluminando el rostro ensangrentado de Leo como un foco acusador. Su ojo izquierdo hinchado apenas le permitía enfocar la imagen granulada de Juan, que aparecía con una sonrisa sádica, recostado en una chaise longue

— Presta atención picha corta —repitió Juan, arrastrando las palabras con un deleite viscoso, como si saboreara cada sílaba—. Tu mujer es ahora mi perra, y como te has portado muy mal, te voy a castigar. ¿Sabes qué significa eso, Leo? Significa que vas a aprender a quedarte quietecito mientras yo follo lo que es mío.

Leo, tendido en la cama con el cuerpo adolorido —las costillas punzando como si un hierro al rojo vivo las atravesara—, escupió un gargajo de sangre al suelo. Su voz salió ronca, entrecortada por el dolor, pero cargada de veneno puro.

—Vete al diablo, Juan. Eres un mierda. Valeria no es tuya, y cuando salga de esta pesadilla, te voy a destrozar.

Juan soltó una carcajada que resonó a través del altavoz, fría y metálica. El guardia corpulento —el que se llamaba Igor— se inclinó para acercar el teléfono a la cara de Leo, asegurándose de que su jefe captara cada matiz de su agonía.

—¿Destrozarme? —se burló Juan, inclinándose hacia la cámara hasta que su rostro llenó la pantalla, los ojos brillando con malicia—. Mira, cornudo, acabo de formalizar la relación con tu esposa en una ceremonia privada. Y Ella dijo "sí" delante de testigos. Anoche la besé, la toqué, y joder, cómo gemía mi nombre. Y tú... tú estabas durmiendo como una niña tonta, ja ja ja. ¿Hipócrita? No, eso es karma, Leo. Karma con polla dura.

Paula, sentada en el borde de la cama con las rodillas pegadas al pecho, sollozaba en silencio, su minifalda arrugada subiéndose por los muslos. No se atrevía a mirar a Leo; sus ojos negros, antes seductores, ahora estaban rojos e hinchados. "Lo siento", murmuró de nuevo, pero su voz se perdió en el zumbido del teléfono.

El guardia bajo, el que lo había detenido antes, soltó un bufido y se cruzó de brazos, vigilando la puerta como un cerbero.

—Jefe, ¿qué hacemos con él? —preguntó Igor, su voz grave retumbando en la habitación—. Este cabrón casi nos ciega con el extintor.

Juan hizo una pausa, como si estuviera saboreando el momento. Luego, su expresión se endureció.

— Vamos a Castigarlo. Quiero que lo mantengan despierto viendo la pantalla. Y asegúrense de que Paula no tenga sexo con el, ja ja ja Hoy no te comes un rosco, en cambio tú mujer va a follar como loca y si te preguntas dónde está, pues te diré que en el baño haciéndose un lavado anal. Le encanta que le parta el culo. En un rato lo verás.

-Dejaré el móvil en video llamada. Igor silencia el micrófono no quiero que Valeria sepa que la están viendo.

-Ok jefe

- y enlaza el teléfono a la TV de la suite, así el cornudo lo verá en grande.

Continuara……