Xtories

El premio

Lourdes solo quería comprar un regalo, pero el destino tenía otros planes: una cámara, un actor de cine para adultos y la pérdida total de su decoro. En el escaparate de su vida convencional, la puerta se abre a una realidad donde el placer no pide permiso.

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EL PREMIO

Diez y media de la mañana.

Lourdes espera a una distancia prudencial de la puerta del establecimiento, fingiendo interés por el escaparate de una tienda de bolsos mientras vigilaba el ir y venir de la gente con la concentración de quien desactiva una bomba sin manual. Cada vez que alguien pasa cerca, baja la mirada por puro reflejo, como si el simple hecho de ser vista pudiera delatarla.

El timbre de su móvil la sobresalta, delatando los nervios y la incomodidad que siente por la misión que tiene por delante. La llamada es de su impuntual amiga.

Lourdes: Mila, ¿dónde estás?

Mila: Lo siento, Lourdes, pero no voy a poder ir. Mi hijo pequeño tiene 40 de fiebre y hemos tenido que venir a urgencias.

Lourdes: ¿Es grave?

Mila: No, parece un constipado de caballo.... Seguro que el imbécil de mi ex lo llevó al campo sin abrigarlo bien.

Lourdes: (aliviada) Bueno, pues nada. Me voy a casa... ya nos vemos esta noche.

Mila: ¡Pero Lourdes, ya que estás ahí, entra y pilla EL MÁS GRANDE! Ya verás qué risas nos echamos esta noche.

Lourdes: Mila, no pienso entrar sola en un sitio así.…

Mila: Te quiero. Chao, guapa.

Cuelga sin piedad. Lourdes se queda mirando el móvil como si acabara de traicionarla.

Alza la vista hacia el neón chillón: Sex-Shop Paradise.

Sus mejillas arden tanto que parecen semáforos en ámbar. Mira a ambos lados de la calle para asegurarse de que no haya testigos del crimen que está a punto de cometer. Reuniendo valor como quien se lanza al vacío, cruza rápidamente.

Dentro, sorpresa mayúscula. Esperaba un sórdido tugurio de película X mala; en cambio halla quirófano erotizado, impoluto, con estantes alineados, iluminación blanca, un olor suave a plástico nuevo y ambientador discreto de vainilla. La dependienta, de treinta y pocos años, emerge del mostrador con una sonrisa profesional y una calma de cirujana con experiencia en pacientes nerviosos.

Dependienta: ¿Busca algo especial?

Lourdes siente que la garganta se le secaba.

Lourdes: (tartamudea) Re-regalo... des-pedida de soltera…

La sonrisa de la dependienta no cambió, pero algo en sus ojos sí: una chispa de “claro, preciosa, todas decís lo mismo”.

Dependienta: Consoladores. Pasillo tres, a la izquierda.

Lourdes avanza despacio por el pasillo, intentando no mirar demasiado. Pero el problema con ese tipo de locales es que todo reclama ser mirado.

Formas, colores, nombres ridículos, promesas obscenas impresas en letras agresivas. A sus 41 años, se considera una mujer respetable, casada, con dos hijos y una vida ordenada. No quiere que nada altere esa imagen.

Recordando las palabras de Mila, busca el estante de los tamaños "king size". ¿Vibramatic 5000? ¿Cock-zilla? ¿El Pulpo Rabioso? ¿De verdad alguien compra algo llamado Pulpo Rabioso?

Y entonces lo vio.

¡Bingo!

La caja es descomunal. Letras doradas brillantes: COCK MOGAMBO XXL.

Una imponente pieza de látex negro de 28 cm que reproduce al parecer el miembro de un famoso actor porno. Lourdes se quedó quieta un instante, no por vergüenza sino por esa mezcla de estupor y fascinación que aparece cuando el exceso resulta casi artístico.

Lourdes lo lleva al mostrador como si fuese una caja de dinamita a punto de estallar. La dependienta levanta una ceja.

Lourdes: Este -dice con voz temblorosa.

Dependienta: ¿Está segura? Eso no es un regalo. Es una declaración de intenciones.

Lourdes va a responder algo digno, pero justo entonces el código de barras emite su pitido.

Y de pronto, una sirena atrona el local.

Lourdes da un salto y queda petrificada. Luces estroboscópicas. Cámaras everywhere. Puerta trasera reventada por equipo de realities baratos. Un hombre vestido con una americana imposible, entre dorada y naranja, irrumpe frente a ella sosteniendo un micrófono.

Presentador: ¡ENHORABUENA, LOURDES! ¡Es usted la compradora un millón del legendario Cock Mogambo!

Lourdes parpadea incrédula.

Lourdes: ¿Pero qué...?

Presentador: ¡La afortunada! Admiradora de Tom Mogambo y de sus grandes dotes, ¿verdad?

Lourdes: Yo no...

Presentador: ¡Pues hoy es su día de suerte, porque tenemos con nosotros en persona al mismísimo Semental Negro, el Orgullo de Misuri: ¡TOM MOGAMBO!

Y entonces, él aparece. Su presencia física era abrumadora. Dos metros de músculo reluciente de pelo negro cortado a cepillo y una barba recortada que le daba aspecto de antiguo gladiador en ciernes. Una sonrisa de depredador con doctorado en seducción. Sus ojos, marrones como el chocolate, la observan mientras avanza.

Lourdes se queda como un ciervo ante los faros: inmóvil, fascinada, a punto de ser arrollada.

Presentador: Premio especial: va a descubrir la diferencia entre el látex... y la CARNE real.

Lourdes: (pálida) Esto... ¿es broma?

Presentador: Una experta en tamaños "extra-grandes" como usted sabrá apreciar la diferencia entre el látex y la carne.

Ella no es ninguna experta; lleva años teniendo sexo monótono con su marido, Carlos, cuyo miembro apenas alcanza unos modestos 12 cm.

Lourdes: Lo compraba para una despedida de soltera.

Presentador: (guiño) Siempre es para una "despedida de soltera"

Tom se arrima a ella. Su voz retumba como terremoto de terciopelo, provocándole un extraño cosquilleo.

Tom: You nervous, baby?

Las cámaras captan cómo ella aparta la mirada, tímida… aunque ya no tan incómoda.

Lourdes: (susurro) Completamente.

Tom: Take it easy. It's just a bit of fun.

Aquella frase, dicha con naturalidad, desarman parte de su tensión. Lourdes sintió que el caos a su alrededor tenía un propósito. Y, por extraño que pareciera, ese propósito la incluía a ella.

Mientras Lourdes no puede dejar de mirar al actor, el equipo seguía preparando luces y cámaras. Todo aquello era absurdo. Ridículo. Y, precisamente por eso, empezaba a resultarle peligrosamente emocionante. Tom y Lourdes posan para unas fotos. Tom la agarra de la cintura y Lourdes siente su calor como radiador nuclear.

Tom: Smile for me.

Las cámaras capturan su progresiva transformación: risa nerviosa → sonrisa culpable → brillo peligroso en los ojos. La mujer tímida que había entrado horrorizada en el local comenzaba poco a poco a soltarse.

Dependienta: (susurra divertida al presentador) Esta cae. Fijo.

Lourdes, que finge no oírlo, nota sin embargo que la frase le hacía gracia.

Tom: See? Told you you'd like it.

Ella iba a negarlo. Pero no puede. Porque, en el fondo, empieza a ser verdad. Siente una sensación embriagadora de estar haciendo algo completamente fuera de su vida habitual.

Lourdes observa el caos organizado a su alrededor. Las cámaras. El presentador. La dependienta sonriendo. El actor saludando como si aquello fuera completamente normal.

Lourdes: ¿Y esto qué es exactamente?

Dependienta: Un programa piloto. Firma los papeles, y te llevas una cena para dos... y el juguete gratis.

Lourdes: Eso explica muchísimo —murmuró con sarcasmo.

Tom suelta una carcajada breve, grave, casi indulgente.

Tom: You're funny. This is going to be interesting.

Ella alza una ceja.

Lourdes: No sé si eso es un cumplido o una amenaza.

Tom: Whatever mood you're in —dice él, y la mira de una manera que la descoloca.

Y entonces ocurre algo inesperado.

De golpe, Lourdes empieza a reírse. Primero una risa nerviosa, de puro desahogo. Luego otra más franca. Y de pronto estaba riéndose de verdad, con ese tipo de risa que no pide permiso y arrasa con todo.

Ella, que había pasado media vida intentando ser correcta, estaba en medio de un sex-shop sosteniendo la caja de un consolador gigante mientras un equipo de televisión la grababa.

La situación es tan disparatada y absurda que termina resultando liberadora.

Entre lágrimas de risa imagina contárselo a Carlos. O mejor, NO contárselo nunca.

Tom Mogambo se acerca más a ella con una sonrisa segura, la de alguien demasiado acostumbrado a las cámaras y a provocar reacciones.

Tom: Believe me, after today you will never look at your husband the same way again

Lourdes: (riendo nerviosa) Eso ha sonado terriblemente pretencioso.

Presentador: ¡Y también peligrosamente convincente! ¡Seguimos grabando!

Ella no responde. Porque por primera vez en mucho tiempo no esta buscando quedar bien.

Simplemente, siente.

Una grieta se acaba de abrir en su rutinaria vida. Y sonrió. No una sonrisa grande. Una mínima, torcida, con mala idea. La que aparece cuando alguien descubre que quiere jugar.

Lourdes: ¿Saben qué? Me vendría bien esa cena.

Todos rompen en vítores y aplausos. El caos se desata. Focos, cables, gritos técnicos. Lourdes se deja arrastrar por aquella atmósfera absurda y vertiginosa: risas, flashes, roce casual de Tom que no parece tan casual.

Él busca provocarla.

Tom se inclina hacia su oído y le susurra algo que apenas entiende, pero su aliento cálido en el lóbulo de la oreja basta para hacer que se ruborice.

La cercanía, las insinuaciones y la tensión acumulada despiertan en ella una sensación cálida e inquietante que le recorre todo el cuerpo.

Por primera vez en años, Lourdes se sentía viva.

La dependienta observa divertida cómo aquella mujer tímida y reprimida ha empezado, poco a poco, a soltarse. Y siente cierto orgullo por haber participado en esa empoderadora transformación.

Cuando todo está preparado, Tom se desnuda. Sin pudor, sin preámbulos. Como si el espacio a su alrededor fuera suyo por derecho divino.

Lourdes contiene el aliento y observa, hipnotizada, cómo el cuerpo enorme y musculoso emerge de las ropas.

La polla es un monolito de carne dura, hinchada, pulsante, como si latiera con vida propia.

La cámara enfoca su expresión de científica que descubre un espécimen evolucionado.

Por un instante, Lourdes se acuerda de Carlos. Doce centímetros de rutina conyugal, de aburrido sexo “exprés”. Y frente a ella, un contraste brutal… Treinta centímetros de arrogancia afroamericana. Un cuerpo masculino que parece diseñado para provocar impacto. Tanto que Lourdes se queda inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido.

La imagen de Tom desnudo frente a ella no es solo impactante, es una revelación. Aquello ya no es un juego, ni una broma barata. Es una puerta que se abre a un mundo que jamás había imaginado. Y por primera vez en su vida, no quiere cerrarla.

Tom: Suck it, bitch.

Aquella frase, vulgar y dominante, despierta algo inesperado en ella. En su mundo de cenas de compromiso y tardes de té, nadie le había hablado así jamás.

Sin embargo, en lugar de indignación, siente cómo una compuerta interna se desmoronaba.

Es demasiado grande, demasiado fuerte, y ella se siente invadida por una mezcla de excitación y miedo. Y sin embargo algo dentro de sí le dijo que no quería detenerse.

Un impulso primitivo, irracional, que pulveriza décadas de educación rígida y decoro social.

Sin mediar palabra, Lourdes se arrodilla ante él con una urgencia que la sorprende a ella misma. Sus manos tiemblan cuando rozan los muslos de ébano del gigante, y su boca se abre con un ansía que desconoce.

Comienza a lamer aquella carne oscura que crece y se endurece ante sus ojos, palpitando con una fuerza asombrosa hasta convertirse en una barra de acero de casi 30 centímetros, llenando su boca por completo y obligándola a arquear el cuello.

El sabor intenso y masculino la embriaga. Lourdes succiona y recorre cada vena hinchada con la lengua, ignorando las cámaras que captan cada detalle de su entrega.

En ese momento, ya no es la señora García. Es alguien distinto.

Mientras tanto, el equipo de rodaje se mueve con una precisión quirúrgica.

Las luces de los focos acentúan el brillo del sudor en la piel de Tom y el rubor encendido en las mejillas de Lourdes. Las cámaras se acercan, buscando el detalle de su lengua recorriendo las venas hinchadas del actor.

Lourdes nota el corazón desbocado, golpeando con violencia contra sus costillas; su respiración es un jadeo constante contra la piel de Tom. El calor entre sus piernas es ya una hoguera imposible de ignorar, una humedad eléctrica que le exige mucho más que una felación.

No hay vuelta atrás. Se entrega sin condiciones, aceptando su nuevo rol en esta obra perversa.

Ella misma son movimientos torpes y apresurados, poseída por un deseo febril comienza a desnudarse. Sus manos tiemblan mientras desabrochaba el sujetador, liberando sus pechos de talla 100B, que quedaron expuestos ante las cámaras y la mirada hambrienta de Tom.

Al deslizar sus bragas mojadas hacia abajo, la evidencia de su excitación queda a la vista de todos. Sus pechos suben y bajan al ritmo de su agitación mientras se coloca a cuatro patas sobre la colchoneta que el equipo había desplegado con rapidez, ofreciendo su espalda arqueada y su sexo empapado a la lente de la cámara.

Escucha los pasos pesados de Tom colocándose detrás de ella, una sombra inmensa que la envuelve por completo.

Presentador: ¡Parece que nuestra Lourdes está dispuesta a disfrutar plenamente de la experiencia! ¿Preparada para recibir el gran premio, querida?

Lourdes: No… pero lo deseo… ¡Dios, cómo lo deseo!

Tom no espera más. Con una mano firme en la cadera de Lourdes, la empala con una embestida brutal. Un grito desgarrador y agudo escapó de la garganta de ella cuando el enorme glande empieza a abrirse paso, dilatando las paredes de su vagina con una contundencia implacable. Era una sensación de plenitud absoluta y dolorosa al mismo tiempo; la verga de Tom avanzaba centímetro a centímetro, alcanzando una profundidad que Carlos, con sus modestos encuentros de domingo, jamás habría soñado rozar.

Lourdes: ¡Oh, Dios! ¡Es demasiado... es... ¡ahhh!

La intensidad es abrumadora. Cada embestida de Tom es un mazazo que la empuja hacia adelante, obligándola a aferrarse a la colchoneta con las uñas. El actor no tiene piedad; marca un ritmo salvaje, rítmico, que hace que los pechos de Lourdes oscilen frenéticamente. El placer llega en oleadas violentas, espasmos que le hacen perder el aliento y nublar la vista. Lourdes empieza a gozar orgasmo tras orgasmo, una sucesión de clímax eléctricos que la hacen temblar como una hoja en mitad de una tormenta.

Sin dejar que se recupere, Tom la agarra de las axilas y la alza, sentándola sobre el frío mostrador de la tienda, rodeada de cajas de juguetes y lubricantes. Allí, ante la mirada impasible de la dependienta y el entusiasmo del presentador, Tom comienza a devorarla. Sus besos son rudos, sus manos aprietan su carne con una mezcla de hambre animal y espectáculo obsceno. El actor baja su cabeza entre las piernas de Lourdes, usando su lengua y sus dedos con una pericia profesional que la hacen arquear la espalda y gritar su nombre al techo del local, alcanzando una nueva cima de placer.

Entonces, con un movimiento fluido, Tom la voltea, dejándola de nuevo en una posición de absoluta vulnerabilidad.

Tom: I’m gonna wreck your ass, bitch.

Lourdes, completamente rendida a aquella espiral de depravación, apenas puede articular respuesta entre jadeos erráticos. Su mente de mujer casada había desaparecido; solo queda el cuerpo hambriento de una mujer que acaba de descubrir su verdadera naturaleza.

Lourdes: ¡Sí... hazlo! ¡Rómpeme... fóllame el culo!

El gigante negro la penetra analmente sin más preámbulos. Lourdes siente una presión insoportable, una dilatación que la lleva al límite de su resistencia. Siente que se rompe y se reconstruye al mismo tiempo en cada implacable embestida. El sonido de la carne chocando contra la carne, los gemidos guturales de Tom y sus propios gritos llenan el establecimiento. Las cámaras registraban cada milímetro de la dilatación, cada gota de sudor, cada expresión de éxtasis agónico en el rostro de Lourdes.

Los minutos de sexo salvaje se suceden en un maremagnum de sensaciones extremas. El espacio del Sex-shop Paradise se ha convertido en un santuario de lujuria donde no existe ni el tiempo ni la moral. Finalmente, Tom aumenta la velocidad de sus embestidas, gruñendo como una bestia que busca su propio final. Lourdes, con los ojos en blanco y la lengua fuera, alcanza un último clímax agotador que la deja convulsionando. Ambos tiemblan en un éxtasis final, unidos por aquel acto de brutalidad compartida, mientras el semen caliente de Tom inundaba las profundidades de Lourdes, sellando para siempre su transformación.

Minutos después, el presentador reaparece con una bolsa regalo. Dentro una caja de la Cock Mogambo, una foto instantánea y una tarjeta dorada reluciente.

Presentador: Buen trabajo, muchachos. Lourdes, te vamos a dar un acceso VIP a nuestra plataforma web para que puedas ver tu vídeo. Te has ganado estos regalos y nuestra eterna... gratitud. (guiño)

Lourdes acepta el botín, piernas de gelatina, cerebro rebozado en endorfinas.

Sale a la calle. El aire fresco le azota la cara como bofetón de realidad. Se apoya en la pared. ¿Quién era esa mujer ahí dentro? ¿Dónde tiene el interruptor de modo bestia?

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Once de la noche. “La Carpa Dorada”. Amigas al borde del coma etílico ríen alrededor de una mesa apocalíptica: copas volcadas, corona de novia patética, música que perfora tímpanos.

Sonia: ¿Y Lourdes? ¿Pilló el juguete que hablamos?

Mila: (carcajada) ¡JA JA JA! Ni en sueños. La mandé sola al sex-shop y seguro se desmayó en la puerta.

Marta: ¿Y por qué no ha venido al final?

Mila: Carlos dice que está "enferma". Pero yo creo que es una excusa para no venir. Seguro se santigüó con solo de pensar ver a los boys.

Todas: (explosión de risas)

Carla: ¡Es tan estrecha que un tanga le parece algo de guarra!

Sonia: Pues ella se lo pierde. ¡Jamás va a ver unas pollas mejores que las de estos boys!

Todas brindan por la mojigata reprimida. Lourdes es el objeto de burla perfecto para todas ellas.

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Casa de Lourdes. Silencio doméstico. Ella yace en cama, con una expresión de agotamiento pero extrañamente tranquila. Entra Carlos, santo varón, con una taza humeante de caldo.

Carlos: ¿Mejor?

Lourdes: (serena) Sí, gracias, cariño.

Carlos: ¿Un comida pesada?

Lourdes: (media sonrisa) Muy pesada. Muy... intensa.

Beso casto en frente. Carlos se retira. Lourdes espera tres segundos. Abre el cajón de la mesilla. Tarjeta dorada (un vale para una cena) y la foto PROHIBIDA: ella junto a Tom, ambos desnudos, y riendo como posesa en el Sex-Shop Paradise.

Se fija con más detenimiento en la tarjeta dorada, y para su sorpresa la invitación para cenar es el restaurante de un hotel de 5 estrellas dentro de dos días… ¡con Tom Mogambo! Sabe que es una nueva encerrona para grabar otro vídeo, pero inconscientemente una sonrisa traviesa se forma en su boca.

Vuelve a estudiar su imagen en la foto. Esa mujer salvaje, desatada, viva. Y por primera vez en décadas, esa mujer le cae bien.

FIN