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Amor filialMay 2026

Contenido erótico con mamá (15)

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<p>El dinero del instituto alemán llegó puntual, como siempre, pero con una diferencia importante. Esta vez la suma superó sus expectativas: el pago pactado más las primeras regalías constituyeron una cantidad suficiente para que Martha y Nicolás finalmente compraran el carro seminuevo del que tanto habían hablado. Y es que la discusión había sido bastante sencilla, pues los números no sólo eran saludables sino esperanzadores.</p> <p>Ahora se encontraban en el supermercado, con la libertad que proporcionaba saber que no tendrían que regresar con las bolsas en el transporte público.</p> <p>Martha empujaba el carrito por el pasillo de productos enlatados mientras Nicolás consultaba la lista en su teléfono. Llevaba puesto un pants holgado de algodón gris y una camiseta básica negra que disimulaba su culo un poco, pero no lo suficiente para que Nicolás dejara de admirarlo cada pocos minutos. Lo que nadie podía sospechar, ni siquiera el hombre que los había saludado en la sección de frutas, era que bajo esa ropa casual Martha escondía un secreto que presionaba entre sus nalgas con cada paso que daba.</p> <p>—Nos falta papel de baño y servilletas —dijo Nicolás, consultando nuevamente la pantalla de su teléfono.</p> <p>Martha asintió y giró el carrito hacia el pasillo correspondiente. La presión del plug anal dentro de ella se intensificó con el movimiento, enviando pequeñas ondas de placer que se expandieron desde su ano hasta la punta de sus dedos. Habían descubierto que le encantaba llevarlo puesto durante actividades cotidianas.</p> <p>El pasillo de papel higiénico estaba desierto. Martha se detuvo frente a las opciones mientras Nicolás verificaba que no hubiera nadie cerca. Al confirmar su soledad, se acercó por detrás y deslizó ambas manos bajo la tela del pants hasta encontrar las nalgas desnudas de Martha. Había salido sin bragas, tal como él le había pedido.</p> <p>—Qué traviesa —susurró contra su oreja.</p> <p>Martha se estremeció pero no se apartó. Sus ojos vigilaban la entrada del pasillo mientras las manos de Nicolás amasaban sus nalgas. Los dedos de él encontraron la base circular del plug, presionando ligeramente para moverlo dentro de ella.</p> <p>—¿Te gusta?</p> <p>—Sabes que sí —respondió ella con un hilo de voz, apretando el mango del carrito hasta que sus nudillos se tornaron blancos.</p> <p>Nicolás sujetó la base del plug y tiró suavemente, lo suficiente para que Martha sintiera cómo su ano comenzaba a dilatarse sin llegar a extraerlo completamente. Luego, con un movimiento preciso, empujó el juguete hacia adentro con su dedo índice. Martha dejó escapar un gemido ahogado, mordiéndose el labio para contener el sonido.</p> <p>—Shh, nos van a oír —le advirtió él con una sonrisa maliciosa.</p> <p>Justo en ese momento, el sonido de pasos acercándose los alertó. Nicolás retiró las manos con rapidez mientras Martha intentaba controlar su respiración agitada. Una mujer mayor apareció en el pasillo, les dirigió una mirada indiferente y tomó un paquete de servilletas antes de irse.</p> <p>Martha exhaló el aire que no sabía que contenía. Su corazón latía desbocado contra su pecho, una mezcla de excitación y alivio que hacía que sus piernas temblaran ligeramente. Nicolás actuaba con absoluta naturalidad, tomando un paquete de papel higiénico de doce rollos y colocándolo en el carrito.</p> <p>—También necesitamos jabón para platos —comentó.</p> <p>Los siguientes veinte minutos transcurrieron como una dulce tortura para Martha. Cada paso, cada giro de pasillo, cada vez que se inclinaba para tomar un producto de los estantes inferiores, el plug se movía dentro de ella, recordándole constantemente su presencia. La humedad entre sus piernas aumentaba progresivamente.</p> <p>Cuando finalmente salieron al estacionamiento y cargaron las bolsas en la cajuela del Sentra, Martha ya sentía un hormigueo constante entre las piernas, una necesidad apremiante que apenas podía controlar. El trayecto a casa fue breve.</p> <p>Apenas entraron al departamento, Martha dejó las bolsas en el suelo de la cocina y comenzó a sacar los productos refrigerados para guardarlos. No alcanzó a abrir el refrigerador. Nicolás la sujetó por detrás con una fuerza que la sorprendió y la hizo jadear. Sus manos firmes se cerraron alrededor de su cintura mientras sus dientes se clavaban en la piel sensible de su cuello, dejando una marca que seguramente duraría días.</p> <p>—No puedo esperar más —gruñó.</p> <p>Con un movimiento brusco, bajó el pants de Martha hasta medio muslo, dejando su trasero completamente expuesto. La base negra del plug era un contrapunto de color con la palidez de sus nalgas. Nicolás lo sujetó firmemente y, sin advertencia, lo extrajo de un tirón.</p> <p>—¡Ah! —el grito de Martha resonó en la cocina, sin preocuparse esta vez por minimizarlo.</p> <p>Nicolás observó fascinado cómo el ano de Martha se contraía visiblemente tras la repentina expulsión. Sin darle tiempo a recuperarse, presionó nuevamente el plug contra su entrada y lo empujó con firmeza hasta que desapareció dentro de ella. Martha se arqueó contra él, jadeando sin control mientras su cuerpo procesaba la invasión repentina.</p> <p>La palma abierta de Nicolás conectó con fuerza contra la nalga derecha de Martha, dejando una marca roja perfectamente delineada. El sonido del golpe fue casi tan satisfactorio como el gemido que escapó de sus labios.</p> <p>—Has sido una chica muy mala hoy, provocándome en público —dijo, su voz convertida en un gruñido irreconocible por el deseo—. Te voy a coger aquí mismo.</p> <p>Martha no respondió con palabras. Su cuerpo ya comunicaba todo lo necesario: la forma en que empujaba sus caderas hacia atrás, ofreciéndose; cómo su respiración se había vuelto superficial y errática; el brillo de humedad que cubría sus muslos internos.</p> <p>El sonido metálico del cierre bajando resonó en la cocina. Martha sintió el calor del miembro de Nicolás presionando contra su concha húmeda. Sin más preámbulos la penetró de una sola estocada brutal.</p> <p>Martha gritó. No podía describirse de otra manera el sonido animal que escapó de su garganta cuando sintió toda la longitud de la verga de Nicolás enterrarse dentro de ella. Sus manos buscaron apoyo en la mesa, sus tetas quedaron aplastadas contra la superficie fría.</p> <p>Nicolás estableció un ritmo violento, primitivo. Sus dedos se clavaron en las caderas de Martha con tanta fuerza que seguramente dejarían marcas. Cada embestida hacía que el cuerpo entero de Martha se sacudiera, que sus nalgas rebotaran contra la pelvis de él con un sonido húmedo y obsceno que llenaba la habitación.</p> <p>—Estás tan mojada —gruñó Nicolás, sintiendo cómo la humedad de Martha empapaba su verga con cada movimiento—. ¿Te gusta que te coja así, como un animal?</p> <p>—Sí, sí... —Martha apenas lograba articular palabras entre jadeos—. Más fuerte, por favor, más... Cógeme más fuerte.</p> <p>Nicolás obedeció, incrementando la potencia de sus embestidas hasta que Martha temió que la mesa cediera bajo la fuerza de sus movimientos. El placer se acumulaba en su vientre como una tormenta a punto de desatarse, una presión insoportable que crecía con cada golpe de las caderas de Nicolás contra sus nalgas.</p> <p>Fueron apenas cinco minutos de ese ritmo frenético, pero para ambos pareció una eternidad suspendida en el tiempo. Martha sintió cómo el orgasmo la alcanzaba sin previo aviso, una explosión que se originó en su vagina y se expandió en ondas hasta cada terminación nerviosa. Sus paredes internas se contrajeron violentamente alrededor del miembro de Nicolás, ordeñándolo con espasmos involuntarios pero implacables.</p> <p>Nicolás no resistió esa presión adicional. Con un rugido gutural, se enterró completamente en Martha y comenzó a correrse en chorros calientes que inundaron su interior. Sus dedos se clavaron todavía más profundamente en la carne suave de sus caderas mientras su cuerpo entero se estremecía con la fuerza de su clímax.</p> <p>Por un momento, ninguno se movió. La respiración agitada de ambos era el único sonido en la cocina, acompañada por el zumbido distante del refrigerador. Lentamente, Nicolás se retiró del interior de Martha. Una combinación de sus fluidos comenzó inmediatamente a deslizarse por los muslos de ella, gotas blancas y espesas que trazaban caminos irregulares sobre su piel.</p> <p>Con naturalidad asombrosa, Martha se subió el pants, sin importarle que la mezcla de semen y sus propios fluidos empapara la tela. Se giró y, como si momentos antes no hubieran tenido sexo salvaje sobre la mesa de la cocina, continuó sacando productos de las bolsas y acomodándolos en la alacena.</p> <p>Nicolás la observó mientras se subía el pantalón y acomodaba su ropa. Una sonrisa de admiración y satisfacción se dibujó en su rostro. Esta mujer, su madre, que pasaba de la domesticidad más cotidiana a la lujuria más desenfrenada con tanta naturalidad, era simplemente genial.</p> <p>—¿Compraste café? —preguntó Martha, como si nada hubiera pasado.</p> <p>—Sí, está en la bolsa pequeña —respondió Nicolás, acomodándose junto a ella para ayudar con el resto de la compra.</p> <p>La noche había caído sobre el departamento, envolviendo la habitación en sombras que la tenue luz de la lámpara de noche apenas lograba disipar. Sobre la cama, el cuerpo desnudo de Martha se movía con destreza encima de Nicolás. Sus rodillas firmemente plantadas a ambos lados de las caderas de él, sus manos apoyadas contra el pecho masculino para mantener el equilibrio perfecto mientras subía y bajaba con un ritmo hipnótico. El sudor cubría su piel con un brillo sedoso, pequeñas gotas resbalaban entre sus pechos que se balanceaban suavemente con cada movimiento.</p> <p>Nicolás la observaba desde abajo, cautivado por la visión de esta mujer que cabalgaba su verga como si hubiera nacido para ello. Sus manos recorrían los muslos de Martha, acariciando la piel suave mientras subían hasta su cintura, donde se aferraban para ayudarla a mantener el ritmo que ambos disfrutaban.</p> <p>—Uff…Así, justo así —murmuró Martha, su voz ronca por el deseo—. Me encanta sentirte tan adentro.</p> <p>Los pechos de Martha se balanceaban hipnóticamente frente al rostro de Nicolás con cada movimiento ascendente y descendente de sus caderas. Él no pudo resistir la tentación: incorporó ligeramente el torso y atrapó un pezón entre sus labios. Lo succionó con fuerza suficiente para arrancar un gemido agudo de la garganta de Martha, quien respondió empujando su pecho más profundamente contra su boca, la enloquecía recibir atención en las tetas mientras tenía algo en la concha.</p> <p>Nicolás alternó entre ambos pechos, chupando y mordisqueando los pezones que se endurecían bajo sus atenciones. Sus dientes presionaron la piel sensible con precisión calculada: lo suficiente para provocar esa mezcla perfecta de dolor y placer que había descubierto que Martha adoraba. Ella respondía a cada mordisco con un gemido más profundo, con un movimiento más enérgico de sus caderas.</p> <p>—Muérdeme más fuerte —pidió Martha, su voz apenas audible entre jadeos.</p> <p>Nicolás obedeció, cerrando los dientes con mayor presión alrededor del pezón izquierdo. Martha dejó escapar un grito corto pero intenso, y sus caderas se sacudieron en un espasmo involuntario que casi lo hizo correrse. Las manos de Nicolás subieron hasta los pechos de Martha, apretándolos con fuerza mientras su boca continuaba atormentando los pezones sensibilizados.</p> <p>El ritmo de Martha se volvió más errático, más urgente. Nicolás podía sentir cómo las paredes internas de su vagina comenzaban a tensarse alrededor de su miembro, señal inequívoca de que se aproximaba al clímax. Sus manos descendieron nuevamente a las caderas de ella, sujetándola con firmeza mientras empujaba hacia arriba, encontrándose con cada uno de sus movimientos descendentes.</p> <p>—Me vengo... —jadeó Martha, sus ojos se cerraron con fuerza—. Me vengo, no pares...</p> <p>Nicolás intensificó sus embestidas desde abajo, golpeando con precisión ese punto interno que sabía que la enloquecía. La observó fascinado mientras el orgasmo la alcanzaba: la forma en que su rostro se transformaba, cómo su cuerpo entero se tensaba momentáneamente antes de sacudirse en espasmos rítmicos. Sus gemidos llenaron la habitación, un sonido casi animal que nacía de lo más profundo de su ser.</p> <p>Las paredes de su vagina se contrajeron violentamente alrededor del miembro de Nicolás, ordeñándolo con espasmos involuntarios. Él mismo estuvo a punto de correrse, pero se contuvo, respirando profundamente mientras disfrutaba del espectáculo de Martha completamente perdida en su placer.</p> <p>Cuando las últimas oleadas del orgasmo se desvanecieron, Martha se desplomó sobre el pecho de Nicolás. Su respiración entrecortada acariciaba la piel húmeda de sudor de él mientras intentaba recuperarse. Sus cuerpos permanecieron conectados, el miembro de Nicolás aún duro y pulsante dentro de ella.</p> <p>—Fue increíble —murmuró Martha contra su cuello, su voz mezclaba satisfacción y agotamiento.</p> <p>Nicolás sonrió, pero no estaba satisfecho aún. Con un movimiento fluido y sorprendentemente fuerte, giró sus cuerpos sin separarse. Martha quedó de espaldas sobre el colchón, con Nicolás encima de ella. La sorpresa se reflejó en sus ojos cuando él se retiró de su interior y descendió una mano entre sus piernas.</p> <p>Los dedos de Nicolás encontraron su clítoris hinchado y comenzaron a frotarlo con movimientos circulares, precisos y firmes. Martha se arqueó involuntariamente, un jadeo sorprendido escapó de sus labios.</p> <p>—Espera... estoy muy sensible —protestó débilmente, sus caderas se movían contradictoriamente contra los dedos que la estimulaban.</p> <p>—Lo sé —respondió Nicolás, sin detener el movimiento de sus dedos.</p> <p>Martha sacudió la cabeza, su cuerpo atrapado en un conflicto entre la hipersensibilidad post-orgásmica y el placer creciente que los dedos expertos de Nicolás despertaban nuevamente. Era casi doloroso, pero de alguna manera ese dolor se transformaba en un tipo diferente de placer, más agudo, más intenso.</p> <p>—No puedo...No… hijo —gimió, pero sus gemidos contradecían sus palabras.</p> <p>—Sí puedes —insistió él, incrementando la velocidad de sus movimientos circulares—. Déjate llevar.</p> <p>Los dedos de Nicolás trabajaban implacablemente, alternando entre círculos rápidos alrededor del clítoris y presiones directas que arrancaban gemidos cada vez más agudos de la garganta de Martha. Su otro brazo se deslizó bajo la cabeza de ella, sujetándola para que no pudiera escapar de la intensidad de las sensaciones.</p> <p>—Nico... —el nombre salió como una súplica desesperada de los labios de Martha, mientras su cuerpo se tensaba nuevamente.</p> <p>El segundo orgasmo la golpeó con una violencia que no esperaba, diferente al primero pero igualmente intenso. Su cuerpo entero se convulsionó bajo las atenciones de Nicolás, sus piernas se cerraron instintivamente alrededor de la mano que la torturaba tan deliciosamente. Esta vez, el placer era tan intenso que rayaba en el dolor, llevándola al límite de lo que podía soportar.</p> <p>Con un movimiento brusco, Martha sujetó la muñeca de Nicolás y apartó su mano. Su respiración era entrecortada, su piel brillaba por el sudor, sus ojos tenían ese aspecto vidriado de quien ha sido llevada más allá de sus límites.</p> <p>—No más... —logró articular—. No puedo más.</p> <p>Nicolás asintió, complacido con su reacción. Se arrodilló junto a ella y tomó su propio miembro con la mano derecha. Comenzó a masturbarse con movimientos firmes y rápidos, su mirada fija en el rostro exhausto pero satisfecho de Martha.</p> <p>Ella comprendió inmediatamente lo que seguiría. Con un esfuerzo que demostraba su dedicación, se incorporó ligeramente, abrió la boca y sacó la lengua en clara invitación. Sus ojos, ahora perfectamente enfocados, miraban directamente a los de Nicolás mientras él aceleraba el ritmo de su mano.</p> <p>—Dámelo todo.</p> <p>Nicolás sintió cómo la presión se acumulaba en la base de su miembro, ese calor familiar que anunciaba el inminente orgasmo. Con un gruñido gutural, dirigió su verga directamente hacia la boca abierta de Martha. El primer chorro de semen aterrizó perfectamente en su lengua extendida; los siguientes cubrieron parcialmente sus labios y barbilla.</p> <p>Martha no cerró los ojos ni se apartó. Recibió cada gota con evidente deleite, y cuando Nicolás terminó, cerró la boca y tragó visiblemente, manteniendo contacto visual todo el tiempo. La imagen era tan erótica que Nicolás sintió que podría endurecerse nuevamente solo con contemplarla.</p> <p>Con una sonrisa satisfecha, Martha se incorporó un poco más y tomó el miembro semi-erecto de Nicolás con una mano. Lo guio a su boca y comenzó a lamerlo suavemente, limpiando los restos de semen con atención meticulosa. Sus labios se deslizaron por toda la longitud, depositando pequeños besos en la piel sensible mientras lo sentía perder gradualmente su rigidez.</p> <p>Nicolás acarició el cabello de Martha con ternura mientras ella continuaba atendiéndolo con su boca. La intimidad del momento, la naturalidad con que ella disfrutaba de ese acto que para muchos resultaría degradante, le provocó una oleada de afecto que se mezclaba perfectamente con el deseo saciado.</p> <p>—Ahora que tenemos el carro —dijo, su voz aún ronca por el reciente orgasmo—, podríamos tomarnos unas pequeñas vacaciones. Salir de la ciudad un fin de semana.</p> <p>Martha asintió sin dejar de lamer la verga cada vez más flácida de Nicolás. Sus ojos se elevaron para encontrarse con los de él, una chispa de interés brilló en ellos.</p> <p>—Podríamos invitar a Sofía —sugirió Nicolás, observando atentamente su reacción—. Pasar un fin de semana los tres, en algún lugar tranquilo.</p> <p>Martha permitió que el miembro de Nicolás se deslizara fuera de su boca. Lamió sus labios, saboreando los últimos vestigios de su sabor, y sonrió ampliamente.</p> <p>—Es una excelente idea —respondió, depositando un beso final en la punta del pene de Nicolás—. Hace tiempo que quiero verla de nuevo.</p> <p>La sonrisa de Nicolás se amplió, complacido con su respuesta.</p> <p>La luz de la mañana inundaba la cocina mientras Martha, sentada a la mesa con su laptop abierta frente a ella, redactaba un mensaje para Sofía. Vestía una camiseta holgada y shorts de algodón. Nicolás se movía por la cocina preparando café, el aroma rico y estimulante se mezclaba con la anticipación que ambos sentían ante el plan que estaban a punto de proponer.</p> <p>—¿Cómo empiezo? —preguntó Martha, sus dedos suspendidos sobre el teclado—. Vas a reírte de mí, pero me da un poco de nervios escribirle.</p> <p>Nicolás se acercó y colocó una taza humeante junto a la laptop antes de inclinarse sobre su hombro para leer lo que llevaba escrito hasta el momento.</p> <p>—Solo invítala —sugirió—. Como si fuera una invitación normal entre amigos.</p> <p>Martha asintió y comenzó a escribir. Sus dedos se movían con fluidez sobre el teclado mientras el mensaje tomaba forma:</p> <p>“Hola Sofía,</p> <p>Espero que estés bien. Nicolás y yo hemos estado pensando en ti últimamente y nos preguntábamos si te gustaría acompañarnos este fin de semana. Acabamos de comprar un coche y queremos estrenar nuestra libertad con una pequeña escapada a una cabaña en las montañas (a solo hora y media de la ciudad).</p> <p>Pasaríamos por ti el viernes en la mañana y regresaríamos el domingo... o lunes.</p> <p>Sería una oportunidad perfecta para relajarnos, desconectar y disfrutar del tiempo juntos.</p> <p>¿Qué te parece?</p> <p>Besos,</p> <p>Martha y Nicolás”</p> <p>—¿Qué opinas? —preguntó Martha, girando ligeramente la pantalla para que Nicolás pudiera leer mejor.</p> <p>Él recorrió el texto rápidamente y sonrió con aprobación.</p> <p>—Es perfecto.</p> <p>Martha releyó el mensaje una última vez antes de presionar “enviar”. Un pequeño escalofrío de emoción recorrió su columna mientras veía desaparecer el correo en el éter digital. La idea de pasar un fin de semana entero con Sofía despertaba en ella una mezcla de curiosidad y excitación que no había anticipado.</p> <p>Apenas habían terminado sus respectivos cafés cuando la notificación de respuesta iluminó la pantalla. Martha abrió el correo con rapidez, y ambos leyeron la entusiasta respuesta de Sofía:</p> <p>“¡Martha y Nicolás!</p> <p>¡Qué maravillosa sorpresa! Absolutamente SÍ a todo lo que proponen. Estaba justamente necesitando una escapada así.</p> <p>El viernes me viene perfecto. Estaré lista a la hora que me digan. La cabaña suena divina</p> <p>Ya estoy contando las horas. ¡Nos vemos pronto!</p> <p>Besos donde más les guste,</p> <p>Sofía”</p> <p>Martha y Nicolás intercambiaron una mirada cargada de complicidad. El tono explícitamente sugerente de Sofía despejaba cualquier duda sobre sus expectativas para el fin de semana.</p> <p>—Bueno, creo que está bastante claro lo que ella espera —comentó Martha con una pequeña sonrisa.</p> <p>—Y me parece perfecto —respondió Nicolás, inclinándose para depositar un beso ligero en los labios de Martha—. Vamos a hacer las reservas y preparar todo.</p> <p>Las horas siguientes se pasaron rapidísimo, pues ambos se ocuparon de las tareas necesarias para hacerlo pasar. Nicolás se encargó de llamar para reservar la cabaña mientras Martha organizaba una maleta con ropa para ambos.</p> <p>—¿Crees que debamos llevar los juguetes? —preguntó Martha, sosteniendo una pequeña bolsa negra que guardaban bajo la cama.</p> <p>Nicolás consideró la pregunta mientras revisaba el estado de la llanta de repuesto del coche en su tablet.</p> <p>—Claro—respondió Nico.</p> <p>En fin, así se les fue el día.</p> <p>Cuando el sol comenzaba a descender, Martha se encontraba en la cocina preparando la cena. Picaba verduras para una ensalada, absorta en sus pensamientos sobre el viaje inminente. No escuchó los pasos de Nicolás aproximándose por detrás.</p> <p>La palma abierta de él conectó repentinamente con su trasero en una nalgada sonora que la hizo dar un pequeño salto de sorpresa. El impacto envió una onda de calor que se extendió por su piel y penetró más profundo, despertando recuerdos de la noche anterior.</p> <p>Martha se giró con una sonrisa, con el cuchillo aún en su mano.</p> <p>—¿Eso por qué fue? —preguntó, aunque la sonrisa pícara en sus labios indicaba que no le había molestado en absoluto.</p> <p>Nicolás se acercó hasta quedar completamente pegado a ella. Sus manos descendieron hasta sus nalgas, amasándolas suavemente mientras sus labios rozaban la oreja de Martha.</p> <p>—Porque puedo —murmuró, su aliento caliente contra la piel sensible—. Y porque todavía falta una cosa por terminar.</p> <p>Martha arqueó una ceja, confundida. Según su recuento mental, todos los preparativos para el viaje estaban prácticamente listos.</p> <p>—¿Qué cosa? —preguntó, dejando el cuchillo sobre la tabla de cortar y girándose completamente hacia él.</p> <p>Los ojos de Nicolás brillaron con una mezcla de deseo y determinación que Martha había aprendido a reconocer.</p> <p>—El video para el instituto —respondió, su voz adquirió un tono más grave—. El video anal. Aún no lo hemos hecho y sería bueno irnos sin ningún pendiente.</p> <p>La comprensión iluminó el rostro de Martha. Con todo el entusiasmo por el viaje con Sofía, había olvidado momentáneamente su compromiso con el instituto alemán. La idea de filmar por fin EL ACTO provocó un hormigueo en su vientre.</p> <p>—Tienes razón —asintió, sus labios se curvaron en una sonrisa cómplice—. Será mejor que me prepare adecuadamente.</p> <p>.</p> <p>.</p> <p>.</p> <p>El vapor llenaba el cuarto de baño mientras Martha regulaba la temperatura del agua. Sus movimientos eran metódicos. Cada gesto revelaba la conciencia aguda de lo que vendría después. Dejó que la bañera se llenara hasta la mitad, el agua caliente pero no excesivamente, justo como le gustaba. Sobre el borde había dispuesto todo lo necesario: jabón neutro, una esponja suave, una pequeña botella de aceite de almendras y una toalla limpia. Esta no sería una ducha cualquiera; era una preparación, un ritual íntimo para lo que filmarían después.</p> <p>Martha se desnudó con calma, dejando que la ropa cayera al suelo en un montón descuidado. Se observó brevemente en el espejo empañado: su cuerpo, aún firme y definido a pesar de los años y la maternidad, le devolvió la mirada. Notó las pequeñas marcas rojizas que Nicolás había dejado en sus pechos la noche anterior, las ligeras manchas purpúreas que decoraban la cara interna de sus muslos. Sonrió ante estos recordatorios visibles de su placer compartido. Su piel ahora siempre tenía estos pequeños tatuajes temporales, que materializaban su felicidad.</p> <p>Con un suspiro de anticipación, entró en la bañera y se sumergió hasta la cintura. El agua caliente abrazó su piel, relajando instantáneamente los músculos que no sabía que estaban tensos. Tomó la esponja, la empapó generosamente con jabón y comenzó a frotarla contra su piel en movimientos circulares. Empezó por los brazos, luego el cuello, el pecho, deteniéndose brevemente para masajear sus pechos con especial atención a los pezones que respondieron endureciéndose bajo su toque.</p> <p>Pero el propósito principal de este baño era otro. Martha lo sabía, y la expectativa hacía que su pulso se acelerara ligeramente. Se acomodó de forma que pudiera acceder mejor a su zona anal. Con movimientos deliberados, extendió más jabón en la esponja y la deslizó entre sus nalgas. La sensación del material suave frotando contra su ano provocó un estremecimiento que recorrió su columna vertebral.</p> <p>Repitió el movimiento varias veces, asegurándose de que la zona quedara perfectamente limpia. Luego, con una decisión que sorprendió incluso a sí misma, dejó la esponja a un lado y se separó las nalgas con una mano. Sus intenciones iban más allá de una simple limpieza; había descubierto un placer inesperado en esta parte de su anatomía que antes consideraba prohibida, y quería explorarlo más profundamente.</p> <p>Con cuidadosa precisión, Martha deslizó un dedo enjabonado alrededor de su ano, trazando círculos cada vez más pequeños que culminaban en el centro mismo. La sensación era extrañamente agradable: una combinación de nerviosismo y excitación que se manifestaba en pequeñas contracciones involuntarias del músculo bajo su invasión.</p> <p>Respiró profundamente y presionó ligeramente con la punta del dedo. La resistencia inicial cedió con sorprendente facilidad, permitiendo que el dedo se deslizara dentro hasta el primer nudillo. Martha contuvo la respiración. La sensación era diferente a cuando Nicolás lo hacía; había un elemento de control que añadía otra dimensión a la experiencia. Ella decidía la velocidad, la profundidad, la presión. Era a la vez la que daba y la que recibía el placer.</p> <p>Empujó un poco más, y su dedo avanzó otro centímetro. La combinación del agua caliente y el jabón facilitaba la penetración, creando una sensación resbaladiza y placentera. Martha se sorprendió a sí misma emitiendo un pequeño gemido cuando su dedo alcanzó el segundo nudillo. La plenitud que sentía era diferente a cualquier otra: una presión peculiar que, lejos de resultar incómoda, despertaba terminaciones nerviosas que enviaban señales de placer a todo su cuerpo.</p> <p>Con movimientos tentativos, comenzó a mover el dedo dentro y fuera, estableciendo un ritmo suave pero constante. Su otra mano descendió instintivamente entre sus piernas, donde encontró su clítoris sorprendentemente sensible. La combinación de estímulos —la penetración anal y el roce directo sobre su punto más sensible— creó una sinergia de sensaciones que la hizo jadear.</p> <p>Pero se detuvo antes de alcanzar el clímax. Esta tarde no era para su placer solitario; quería guardarse para la cámara, para Nicolás. Quería que su deseo estuviera en su punto máximo cuando comenzaran a filmar. Con una mezcla de frustración y anticipación, retiró ambas manos y respiró profundamente para calmar su pulso acelerado.</p> <p>“Es fascinante”, pensó mientras terminaba de enjuagarse, “cómo algo que siempre consideré tabú se ha convertido en una fuente de tanto placer”. Había descubierto en sí misma una apertura a experiencias que jamás habría considerado antes de esta peculiar aventura con Nicolás. El instituto alemán, con sus solicitudes cada vez más específicas, les había abierto puertas a territorios de placer inexplorados que ahora transitaban con entusiasmo.</p> <p>Martha salió de la bañera y se envolvió en la toalla grande y suave. Frente al espejo, ahora completamente empañado, se secó meticulosamente, prestando especial atención a las zonas que pronto recibirían toda la atención de Nicolás y la cámara. Aplicó un poco de aceite de almendras en su piel, disfrutando de la sensación sedosa que dejaba tras cada caricia.</p> <p>Una vez completamente seca, dejó caer la toalla al suelo. Se observó nuevamente, esta vez en el espejo parcialmente esempañado. Su piel brillaba ligeramente por el aceite, sus pezones permanecían erectos por la excitación residual, un rubor sutil coloreaba sus mejillas y su pecho. Estaba lista.</p> <p>Sin molestarse en cubrirse, Martha salió del baño y caminó desnuda por el pasillo hacia el dormitorio. La sensación del aire fresco contra su piel húmeda y caliente era estimulante; cada paso hacía que sus pechos se balancearan suavemente, que sus nalgas se contrajeran y relajaran en un ritmo hipnótico. Se sentía poderosa en su desnudez, consciente de cada centímetro de su cuerpo y de las posibilidades de placer que contenía.</p> <p>La puerta del dormitorio estaba entreabierta. Martha la empujó suavemente y entró. La habitación había sido transformada una vez más en un estudio improvisado. Las cortinas estaban parcialmente cerradas, creando una iluminación suave pero suficiente. La cámara principal estaba montada en un trípode a los pies de la cama, enfocada directamente hacia las almohadas. Una segunda cámara, más pequeña, descansaba sobre la mesa de noche, lista para tomas más cercanas e íntimas.</p> <p>Nicolás estaba sentado en el borde de la cama, completamente desnudo, revisando algo en su teléfono. Levantó la mirada cuando Martha entró y dejó el aparato a un lado. Sus ojos recorrieron el cuerpo desnudo de ella con evidente apreciación, deteniéndose en cada curva, cada sombra, cada marca que él mismo había dejado recientemente.</p> <p>—Estás hermosa —dijo, su voz adquirió ese tono grave que Martha había aprendido a asociar con su deseo más intenso.</p> <p>Ella sonrió. Caminó hasta la cama con movimientos deliberadamente lentos, consciente del efecto que tenía en Nicolás.</p> <p>—¿Todo listo? —preguntó, haciendo un gesto hacia las cámaras.</p> <p>—Todo preparado —confirmó él—. Solo faltas tú.</p> <p>Martha observó la disposición de la habitación. Además de las cámaras, Nicolás había preparado varias botellas de lubricante sobre la mesa de noche, junto con toallas limpias y una pequeña botella de agua.</p> <p>—¿Cómo quieres que me ponga? —preguntó Martha, parándose junto a la cama, lista para seguir las indicaciones.</p> <p>—Acuéstate boca abajo —instruyó Nicolás, indicando el centro de la cama—. Vamos a empezar con un masaje para relajarte completamente.</p> <p>Martha asintió y se acomodó en la posición indicada. La sábana fresca contra su piel desnuda provocó un escalofrío placentero que recorrió todo su cuerpo. Giró la cabeza hacia un lado, apoyando la mejilla contra la almohada, y cerró los ojos. Escuchó el sonido suave de Nicolás encendiendo la cámara principal, seguido por el familiar clic que indicaba el inicio de la grabación.</p> <p>La cama se hundió ligeramente cuando Nicolás se subió a ella. Martha sintió el calor que emanaba de su cuerpo cuando se arrodilló a su lado. El sonido de manos frotándose le indicó que estaba calentando algún tipo de aceite entre sus palmas.</p> <p>El primer contacto de las manos de Nicolás contra su espalda arrancó un suspiro involuntario de los labios de Martha. La presión era perfecta: lo suficientemente firme para trabajar los músculos, pero no hasta el punto de resultar incómoda. Sus pulgares trazaron líneas paralelas a ambos lados de su columna vertebral, descendiendo desde la nuca hasta la parte baja de la espalda en movimientos fluidos y expertos.</p> <p>—Relájate —murmuró Nicolás, su voz apenas audible—. Déjate llevar.</p> <p>Martha se abandonó completamente a sus atenciones. Las manos de Nicolás trabajaban metódicamente, encontrando nudos de tensión que ella no sabía que tenía y disolviéndolos con presión constante. De la espalda pasó a los hombros, luego a los brazos, dedicando tiempo a cada centímetro de piel.</p> <p>Cuando volvió a ascender por sus brazos hasta los hombros y comenzó a descender nuevamente por la espalda, Martha ya se sentía flotar en un estado de relajación profunda. Esta vez, las manos de Nicolás no se detuvieron en la parte baja de la espalda. Continuaron su descenso hasta las nalgas, donde los movimientos cambiaron sutilmente: de terapéuticos a sensuales, de relajantes a estimulantes.</p> <p>Martha sintió cómo su respiración se aceleraba ligeramente cuando los dedos de Nicolás comenzaron a amasar sus glúteos con mayor intensidad. El aceite hacía que sus manos se deslizaran sin fricción sobre la piel, creando una sensación deliciosamente resbaladiza. De vez en cuando, sus dedos se acercaban peligrosamente a la hendidura entre sus nalgas, pero se retiraban antes de profundizar.</p> <p>Nicolás continuó descendiendo por sus muslos, aplicando presión firme en los músculos de las piernas. Martha se dejó llevar por la sensación, consciente de que esto era apenas el preludio de lo que vendría después. Su cuerpo respondía instintivamente: podía sentir cómo la humedad comenzaba a acumularse entre sus piernas, cómo su pulso se aceleraba anticipando el momento en que esas manos expertas regresarían a sus zonas más sensibles.</p> <p>Las manos de Nicolás regresaron a las nalgas de Martha después de haber recorrido meticulosamente cada centímetro de su espalda y piernas. Esta vez, sus caricias adquirieron un propósito más definido: sus pulgares se deslizaron entre las nalgas, separándolas suavemente para exponer completamente su ano. Martha sintió el aire fresco contra esa zona tan íntima, ahora húmeda por el aceite del masaje. Su cuerpo se tensó brevemente ante la vulnerabilidad de la posición, pero se obligó a relajarse, respirando profundamente mientras las manos expertas de Nicolás preparaban el terreno para lo que vendría a continuación.</p> <p>—Ponte de rodillas —instruyó Nicolás, su voz adquirió un tono más grave—. Quiero tu culo bien levantado.</p> <p>Martha obedeció, incorporándose sobre sus rodillas y antebrazos. Su espalda se arqueó naturalmente, elevando sus nalgas en una presentación perfecta para la cámara que grababa desde el pie de la cama. Nicolás se tomó un momento para admirar la vista: el contraste entre la estrecha cintura de Martha y la curva generosa de sus caderas, la hendidura entre sus nalgas que ocultaba y a la vez insinuaba su objetivo, la vulva visiblemente húmeda que evidenciaba su excitación.</p> <p>El sonido de la tapa del lubricante al abrirse resonó en la habitación. Martha se estremeció anticipando la sensación fría del líquido contra su piel caliente. Nicolás fue generoso: vertió una cantidad abundante directamente sobre la hendidura entre sus nalgas. El lubricante, ligeramente más espeso que el aceite del masaje, descendió lentamente, creando un camino brillante hasta su vagina.</p> <p>Martha sintió cómo un dedo de Nicolás extendía el lubricante alrededor de su ano, trazando círculos cada vez más pequeños que culminaban en el centro mismo. La presión era suave pero insistente, preparando el músculo para lo que vendría después. Tras varios minutos de este paciente masaje preliminar, el dedo de Nicolás presionó con más firmeza y se deslizó dentro con sorprendente facilidad.</p> <p>—Estás más relajada que antes —comentó él, evidentemente complacido por la forma en que el cuerpo de Martha lo acogía sin resistencia.</p> <p>—He estado practicando —respondió ella, un tono juguetón se filtró en su voz a pesar de la posición vulnerable en que se encontraba.</p> <p>Nicolás movió el dedo dentro de ella, girándolo suavemente para asegurarse de que el lubricante se distribuyera uniformemente. Pronto añadió un segundo dedo, estirando gradualmente el anillo muscular que, tras sus recientes experiencias, cedía con menos resistencia que en sus primeras incursiones.</p> <p>—Creo que estás lista —dijo finalmente, retirando los dedos.</p> <p>Martha sintió el vacío momentáneo que dejó su retirada, pero sabía que pronto sería llenado nuevamente. Escuchó el sonido húmedo de Nicolás lubricando generosamente su propia verga. Por el rabillo del ojo, lo vio posicionarse detrás de ella, una rodilla a cada lado de sus piernas. La anticipación hizo que su corazón se acelerara. Había considerado que Nicolás la estimularía mucho más, antes de penetrarla, y al no ser así se sentía un poco nerviosa, sin embargo, al mismo tiempo la excitaba de manera irremediable</p> <p>El primer contacto de la cabeza del pene contra su ano envió un escalofrío por toda su columna vertebral. Nicolás presionó suavemente, permitiendo que el músculo sintiera la firmeza de su glande antes de intentar penetrarlo. Martha respiró profundamente, concentrándose en relajar conscientemente esa zona, recordando las técnicas que había aprendido durante sus sesiones previas con los juguetes.</p> <p>—Relájate, respira y mantente en tu lugar… así tu cuerpo se acostumbrará —sugirió Nicolás, colocando sus manos a ambos lados de las caderas de Martha para mantenerla estable. La voz de Nicolás temblaba un poco, pues la excitación de estar finalmente sodomizando a su madre lo embriagaba</p> <p>Martha asintió y, cuando sintió que la presión aumentaba, empujó ligeramente hacia atrás. El músculo ofreció resistencia inicial. A pesar de la preparación y la experiencia reciente, la verga de Nicolás era considerablemente más grande que los dedos o incluso que el plug que habían usado anteriormente. Durante unos segundos, pareció que el intento sería infructuoso.</p> <p>Nicolás no se desanimó. Mantuvo una presión constante, paciente, sin forzar la entrada pero tampoco sin ceder un ápice. Aplicó más lubricante directamente en el punto de contacto y continuó presionando. Martha se concentró en su respiración, en mantener la relajación, en abrirse (literalmente) a esta nueva experiencia.</p> <p>Y entonces, de repente, sucedió. El glande venció la resistencia final y se deslizó dentro. Martha dejó escapar un gemido agudo, una mezcla de sorpresa, incomodidad y una extraña satisfacción. La sensación era mucho más intensa que con los juguetes: podía sentir el calor pulsante de Nicolás dentro de ella, la textura viva de su piel contra los nervios hipersensibles de su esfínter.</p> <p>—¿Todo bien? —preguntó Nicolás, inmóvil para permitirle adaptarse a la intrusión.</p> <p>—Sí —respondió Martha tras una breve pausa—. Es... diferente. Sigue.</p> <p>Nicolás avanzó con extrema lentitud, permitiendo que cada centímetro de su verga fuera recibido y acomodado antes de continuar. Martha sintió cómo su ano se estiraba progresivamente para darle cabida, una sensación de plenitud que crecía con cada milímetro que él avanzaba. Había un ligero ardor, una incomodidad que no llegaba a ser dolor, pero que intensificaba cada sensación.</p> <p>—Respira hondo —murmuró Nicolás, notando cómo el cuerpo de Martha se tensaba involuntariamente—. Relájate, voy a ir muy despacio.</p> <p>Martha obedeció, inhalando profundamente y exhalando con lentitud. Con cada respiración, sentía cómo su cuerpo aceptaba un poco más de la intrusión. Lo que inicialmente había sido incómodo comenzaba a transformarse en una sensación diferente: una presión intensa pero no desagradable, un llenado que despertaba terminaciones nerviosas que nunca había considerado erógenas.</p> <p>Nicolás continuó su avance milimétrico, observando fascinado cómo su miembro desaparecía gradualmente entre las nalgas de Martha. El contraste entre la piel oscura de su verga y la palidez de los glúteos de ella resultaba hipnótico. Cada pequeño avance era una victoria compartida, un nuevo territorio conquistado en esta exploración mutua del placer.</p> <p>Pasaron casi quince minutos de este avance paciente y metódico antes de que Nicolás sintiera que su pelvis tocaba las nalgas de Martha. Había entrado completamente, hasta la base. La sensación era indescriptible para ambos: para Martha, una plenitud absoluta que ocupaba toda su conciencia; para Nicolás, un apretón deliciosamente constrictivo que abarcaba cada centímetro de su miembro.</p> <p>—Estás completamente dentro — la voz de Martha mezclaba asombro y satisfacción—. Puedo sentir toda tu verga... es increíble.</p> <p>Nicolás permaneció inmóvil durante unos momentos, permitiendo que ambos saborearan esta nueva conexión. Sus manos acariciaron la espalda de Martha con ternura, trazando la línea de su columna vertebral, apreciando el ligero temblor que recorría su cuerpo.</p> <p>—¿Puedo moverme? —preguntó finalmente, su voz traicionaba la tensión del esfuerzo que suponía mantenerse quieto.</p> <p>—Sí —respondió Martha—. Despacito…</p> <p>Nicolás se retiró con la misma lentitud con que había entrado, hasta que solo el glande permaneció dentro. Luego, con un movimiento igualmente controlado, volvió a penetrarla completamente. El gemido que escapó de la garganta de Martha fue más profundo esta vez, menos sorprendido y más apreciativo. La fricción del miembro de Nicolás contra las paredes sensibilizadas de su ano creaba una sensación que oscilaba entre la incomodidad y un placer extraño pero creciente.</p> <p>Establecieron un ritmo pausado, casi ceremonial. Cada embestida de Nicolás era lenta, deliberada, perfectamente controlada. Martha descubrió que, contra toda expectativa, su cuerpo comenzaba a responder con entusiasmo a esta nueva forma de estimulación. El ardor inicial había dado paso a una sensación difícil de describir: no era el mismo tipo de placer que experimentaba con la penetración vaginal, sino algo más complejo que parecía resonar más profundamente en su cuerpo.</p> <p>Lo más sorprendente para Martha fue descubrir cómo esta penetración anal afectaba a su vagina. Sin ser tocada directamente, sentía cómo sus paredes internas se contraían rítmicamente, cómo la humedad aumentaba hasta deslizarse por sus muslos. La presión del miembro de Nicolás en su recto estimulaba indirectamente puntos que nunca había sentido con la penetración tradicional.</p> <p>—Mi vagina está chorreando —comentó con una mezcla de sorpresa y excitación—. No pensé que esto me mojaría tanto.</p> <p>Nicolás sonrió, aunque Martha no podía verlo desde su posición. Había notado el brillante reguero que descendía por la cara interna de sus muslos, evidencia física de cómo esta nueva experiencia la excitaba.</p> <p>Gradualmente, a medida que el cuerpo de Martha se adaptaba completamente a la intrusión, Nicolás comenzó a incrementar el ritmo de sus embestidas. Ya no eran movimientos cautos y medidos, sino penetraciones más confiadas, más profundas. El sonido húmedo del lubricante mezclado con sus fluidos llenaba la habitación, acompañado por los gemidos cada vez menos contenidos de Martha.</p> <p>Sin interrumpir el ritmo, Martha deslizó una mano entre sus piernas. Sus dedos encontraron su clítoris hinchado y comenzaron a acariciarlo con movimientos circulares. La combinación de estímulos —la penetración anal y la estimulación directa de su punto más sensible— creó una sinergia de sensaciones que la hizo jadear incontroladamente.</p> <p>Nicolás observaba fascinado cómo Martha se masturbaba mientras él la penetraba. La vista desde su posición era perfecta: podía ver cómo su miembro entraba y salía del ano estirado, cómo los dedos de ella trabajaban frenéticamente entre sus piernas, cómo todo su cuerpo se estremecía con cada embestida.</p> <p>Impulsado por la excitación de la escena, Nicolás se inclinó sobre la espalda de Martha. Su mano derecha se enredó en el cabello de ella, sujetándolo firmemente cerca de la raíz. Con un movimiento suave pero decidido, tiró hacia atrás, obligándola a arquear aún más la espalda y a levantar la cabeza.</p> <p>Sus labios se acercaron al oído de Martha. Su aliento caliente acarició la piel sensible mientras susurraba, en un tono que mezclaba deseo y posesión:</p> <p>—Eres completamente mía.Cada parte de ti me pertenece.</p> <p>Esas palabras, combinadas con la mano que tiraba de su pelo y el miembro que la llenaba tan profundamente, fueron el detonante que Martha necesitaba. El orgasmo la golpeó con una violencia inesperada, una explosión que pareció originarse simultáneamente en varios puntos de su cuerpo y expandirse en ondas sísmicas hasta la punta de sus dedos. Su ano se contrajo espasmódicamente alrededor de la verga de Nicolás, mientras su vagina pulsaba al vacío, derramando más fluidos sobre su mano que continuaba frotando incansablemente su clítoris.</p> <p>El grito que escapó de su garganta fue primario, casi animal, la expresión vocal de un placer que trascendía las palabras. Su cuerpo entero se sacudió en espasmos violentos mientras el orgasmo se prolongaba, alimentado por las continuas embestidas de Nicolás que no cesaron ni un instante.</p> <p>Nicolás observó maravillado la transformación completa de Martha bajo los efectos del clímax. La forma en que su cuerpo se rendía totalmente al placer, cómo cada músculo se tensaba y relajaba en patrones impredecibles, cómo su respiración se volvía tan errática que parecía que se olvidaba de respirar por momentos.</p> <p>La presión del ano de Martha contrayéndose alrededor de su miembro era casi insoportablemente placentera. Nicolás continuó penetrándola a través de su orgasmo, sus movimientos adquirieron un ritmo más urgente, más primitivo. Sus dedos seguían enredados en el cabello de ella, manteniendo su cabeza levantada, exponiendo la vulnerabilidad de su garganta en un gesto de dominación que intensificaba el placer para ambos.</p> <p>Cuando las últimas oleadas del orgasmo de Martha comenzaban a disminuir, Nicolás sintió su propio clímax aproximándose inexorablemente. La presión familiar se acumulaba en la base de su columna, el calor ascendía por su miembro, sus testículos se tensaban contra su cuerpo.</p> <p>—Me voy a venir dentro de ti —gruñó, su voz apenas reconocible por la tensión del deseo.</p> <p>Martha, aún flotando en la bruma post-orgásmica, solo pudo asentir débilmente. Nicolás dio tres embestidas más, cada una más profunda que la anterior, antes de enterrarse completamente y comenzar a eyacular. El calor de su semen llenando su interior provocó un pequeño espasmo adicional en Martha, un eco del intenso orgasmo que acababa de experimentar.</p> <p>Nicolás permaneció completamente inmóvil durante varios segundos, vaciándose en el interior de Martha en pulsaciones rítmicas. Su mano liberó el cabello de ella, permitiéndole descansar la cabeza sobre la almohada. Sus cuerpos permanecieron unidos, conectados en la intimidad más profunda, mientras sus respiraciones gradualmente volvían a la normalidad.</p> <p>Finalmente, con extrema delicadeza, Nicolás comenzó a retirarse. El movimiento provocó un pequeño quejido de Martha; su ano, ahora hipersensible después de la intensa estimulación, protestaba ante cada milímetro que el miembro recorría hacia la salida. Cuando finalmente se separaron completamente, Martha sintió una extraña sensación de vacío, un espacio que momentos antes había estado tan completamente lleno.</p> <p>Nicolás observó fascinado cómo su semen comenzaba a deslizarse fuera del ano ligeramente dilatado de Martha. Era una imagen increíblemente erótica que la cámara capturó en perfecto detalle: el contraste entre el líquido blanquecino y la piel enrojecida, la forma en que el músculo pulsaba suavemente, intentando recuperar su forma original.</p> <p>Se inclinó y depositó un beso suave en la base de la columna de Martha. Era un gesto sorprendentemente tierno después de la intensidad de lo que acababan de compartir.</p> <p>—Te amo —murmuró contra su piel.</p> <p>Martha sonrió, agotada pero profundamente satisfecha. El abrazo posesivo con que Nicolás la envolvió al tenderse a su lado parecía sellar un pacto no verbal: habían conquistado juntos este último territorio, habían cruzado la frontera final de la intimidad física. No quedaban barreras entre ellos.</p> <p><strong>Nota del autor:</strong></p> <p>bueenas, estimados lectores.</p> <p>Esta serie termina con mucho amor en el capítulo 16.</p> <p>El cual estará llegando por acá en una semana, pero si quieres leerlo ya mismo, <a href="patreon.com/RelatosdePerseo">puedes hacerlo en mi Patreon, donde también podrán ver fotos y videos de la protagonista.</a></p>

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