Hay una zorra en ti - completa (02)
LA MALDITA QUEDADA Para comenzar, lo primero es presentaros a Mario, mi mejor amigo desde hace más de una década. Y el mayor putero con el que me haya topado jamás. Conocí a Mario en la universidad. Él trabajaba y estudiaba…
LA MALDITA QUEDADA
Para comenzar, lo primero es presentaros a Mario, mi mejor amigo desde hace más de una década. Y el mayor putero con el que me haya topado jamás.
Conocí a Mario en la universidad.
Él trabajaba y estudiaba simultáneamente, y sus obligaciones fuera de clase le dejaban poco tiempo para dedicarlo a los estudios. Necesitaba un socio. Alguien que se lo tomara en serio y que le dejara los apuntes de las clases a las que él no podía asistir. Y, por supuesto, alguien que le pasara las respuestas en los exámenes a los que se presentaba sin haber leído los apuntes antes.
Tuve la suerte o la desgracia de que me encontrara a mí y se acercó con la intención de embaucarme. Y lo consiguió, vaya si lo hizo, Mario es de los que no se rinden hasta que consiguen la pieza.
Tras asistir a algunas clases —sentándose a mi lado—, nos hicimos amigos. Más que amigos, casi diría que confidentes. Y, sobre todo, compañeros de póker infalibles. Ganamos el campeonato de la Facultad y eso nos unió definitivamente.
Para su suerte.
Aunque, lo curioso del caso es que él solía presumir de lo contrario, de que yo —y no él— había sido el afortunado por habernos conocido.
Y basaba su afirmación en su atractivo para las mujeres.
Mario era un tipo alto, guapo, moreno, de ojos profundos y de facciones muy marcadas. Un auténtico «bellezón» para las veinteañeras que nos rodeaban en aquellos tiempos. Lo de «bellezón» no lo había dicho yo, sino las compañeras de clase que cuchicheaban a su paso.
Yo era todo lo contrario. Rubio, menos alto y, si no me cuidaba, propenso a coger unos quilos de más a la primera de cambio. No es que me sintiera feo, aunque sí del montón, porque a su lado era difícil destacar.
Apenas ligaba, tengo que reconocerlo. Y, cuando lo hacía, era porque salíamos juntos. Mario me lo echaba en cara y acabábamos discutiendo en broma. Porque esto no era del todo cierto.
Debo reconocer que era verdad que me presentaba chicas y que salíamos con algunas de ellas de vez en cuando. Casi siempre estudiantes de nuestra facultad. Pero con aquellas chicas no había manera de llegar a nada relacionado con el sexo furtivo, más interesadas en pescar marido que en darse un revolcón esporádico. Y al final todo se quedaba en algo de tonteo, unas copas, y al final a casa sin comerse una rosca.
Ese era el pan nuestro de cada día.
Al menos cuando salíamos juntos.
Sin embargo, cuando Mario salía de caza en solitario, siempre me venía con el cuento de que se había tirado a algún pibón. Yo le escuchaba embobado mientras desayunábamos en la cafetería de la Facultad. Y él me describía cómo había conseguido quitarle las bragas, cómo la había llevado hasta el coche o hasta su casa, y cómo la había hecho gritar de placer, follándola hasta hacerla lagrimear de puro cachonda.
Describir las posturas en que se tiraba a sus ligues era su especialidad. Formaba todo tipo de figuras delante de mí, mientras yo miraba para otro lado si notaba que nos observaban al ver sus gestos obscenos.
*
El tiempo pasaba y esta rutina se había instalado entre nosotros, mientras los exámenes se sucedían y avanzábamos en la carrera sin apenas inconvenientes.
Él me admiraba porque le ayudaba a progresar en los estudios.
Y yo le admiraba por su supuesto éxito con las chicas… aunque en el fondo me creía la mitad de lo que me contaba. Era más que improbable que todas aquellas aventuras le ocurrieran justo cuando yo no estaba con él. Y que en cuanto yo aparecía, la noche acabara en bostezos o viendo en diferido algún partido de fútbol en un bar oscuro mientras tomábamos la última.
Me equivoqué del todo.
No creerle fue mi primer y gran error.
Y, posiblemente, el comienzo de esta historia.
Una historia que empezó a forjarse al inicio de un nuevo curso.
*
Aquel septiembre estrenábamos el cuarto año de carrera. Eran tiempos en los que Mario y yo nos veíamos menos. Él asistía mayormente a las clases de la mañana —cuando acudía a clase— y yo a las de la tarde, así que comenzamos a encontrarnos de forma más esporádica.
Gracias a esta lejanía fue como conocí a Laura. Hasta entonces, Mario solía llevarme en su coche hasta alguna parada del metro al salir de clase. A partir de ese momento, me vi obligado a tomar el autobús todos los días.
Y así fue que me fijé en la chica más guapa del bus de las 21:00.
Coincidía con ella todas las noches, con muy pocas excepciones. Ella era alumna de primero, como supe después, y también se había fijado en mí.
Me moría por charlar con ella.
Pero Laura estaba para mojar pan y no me atrevía a dirigirle la palabra. Rubia de melena lisa y guapa hasta decir basta, la piel blanca como el nácar, parecía la muñeca de un cuento de hadas. Solo con verla me ponía super nervioso.
En más de una ocasión me hice la firme propuesta de abordarla sin falta ese mismo día. Hacía planes durante las clases ensayando los temas que sacaría, hasta las frases que le diría.
Llegado el momento, sin embargo, me cortaba como un colegial y buscaba alguna excusa para abortar mis planes. Un día porque iba con alguna amiga, otro porque había alguien en el asiento contiguo al suyo, otro porque había alguien en el de detrás... El caso es que los días pasaban y las ocasiones se sucedían una tras otra sin que me atreviera a aprovecharlas.
Una noche en que llovía a mares, el Karma se puso de mi parte. Cuando Laura subió al autobús con el paraguas chorreando, yo ya me había acomodado en mi asiento habitual. Al intentar cerrar el paraguas, este se le enredó y salí en su ayuda. Tras unos segundos angustiosos en que pensé que el viento se llevaría el maldito artefacto, al final conseguí controlarlo y se lo entregué a Laura con las mejillas ardiéndome de rubor.
Laura se deshizo en agradecimientos y, cuando pensé que se dirigiría a su asiento —el que no cambiaba jamás, como yo hacía con el mío—, se sentó a mi lado y comenzamos a charlar.
—Soy Laura… —dijo extendiendo su mano hacia mí.
—Alex, encantado… —respondí estrechándosela durante un segundo.
Hablar con Laura resultó lo más sencillo del mundo. Comprendí lo idiota que había sido intentando preparar temas y frases para mantener una conversación con ella. Inútil propósito. La conversación fluyó desde el primer instante sin necesidad de guion. Tan pronto hablábamos de las clases, como cambiábamos a temas más mundanos: los libros que nos gustaban, las series de moda o las películas más interesantes.
Coincidíamos en muchas cosas, por lo que la media hora que viajábamos juntos —ella se bajaba tres paradas antes que yo— se me hacían cortas. Pasadas las primeras semanas, comenzamos a esperarnos. Si uno de los dos se retrasaba, el otro se esperaba a que apareciera, aunque tuviera que aguardar al siguiente autobús.
Que yo la esperara a ella lo veía de lo más normal. Me estaba enamorando sin remedio. Pero que ella me esperara a mí, me parecía más que un milagro. Sobre todo cuando la observaba su estilo, su forma de vestir, su forma de hablar. Se le notaba que jugaba en una liga o dos por encima de la mía, con ropa de marca y casi siempre muy provocativa. Tanto, que a veces tenía que masturbarme al llegar a casa, cachondo perdido por la visión de su piel durante el trayecto del día.
Muy pocos chicos en la facultad ignoraban quien era Laura.
Y yo era el afortunado que la acompañaba al final de las clases.
Me sentía el ganador del premio gordo.
¡Que rabiaran de envidia los demás!
Laura había comenzado a despertar en mí unos sentimientos que creía perdidos. Mi única novia había quedado en la prehistoria —habíamos salido durante el último año de instituto— e idiota de mí pensaba que nunca volvería a amar a una chica como lo había hecho a aquella niña de trenza castaña y falda a cuadros.
Laura había aparecido en el momento justo y me sentía volar a su lado.
Ya solo me faltaba un paso para llegar a algo más. Le daba vueltas y comprendía que eso no pasaría hasta que saliéramos juntos fuera de la universidad. Tenía que pedírselo. Dejarlo caer entre charla y charla.
Pero las dudas me carcomían. ¿Y si me decía que no? ¿Que se lo pasaba genial conmigo durante aquella media hora, pero que tuviéramos una cita no le apetecía lo más mínimo?
Era lo más probable.
Y entonces me moriría de la vergüenza y no podría volver a mirarla a la cara.
Nuestro trayecto diario y nuestras charlas en el autobús se habrían perdido para siempre.
Y no podría soportarlo.
Así que iba posponiendo la dichosa conversación. Por mi maldita timidez. La misma timidez que me había hecho perder el tiempo con ella hasta que el paraguas nos unió. Y el tiempo pasaba en mi contra. Cualquier día algún espabilado la pediría que saliera con él y, de golpe y porrazo, la habría perdido como un idiota.
Tenía que hacer algo. Y tenía que hacerlo ya.
Así que empecé a fabricar un guion para abordar el asunto. Pero los días iban pasando y no conseguía decidirme.
Y cuando pensaba que jamás sería capaz de pedírselo, el Karma volvió a aliarse conmigo. Fue Laura la que sugirió que podríamos vernos un día fuera de la universidad.
—Podríamos ir al cine o algo así, ¿te apetece?
—Pues claro… —respondí henchido de felicidad—. ¡Qué buena idea…!
Quizá su propuesta había sido una excusa para no ir sola al cine, pero no me importó. Me explicó que estaba como loca por ver una película que la tenía hipnotizada desde que había leído el libro. Y que ninguna de sus amigas quería acompañarla. Ir sola no lo consideraba una opción, siempre había pensado que los solitarios en el cine eran pobres diablos.
Así que me proponía que viéramos esa película y, a cambio, que otro día fuera yo el que eligiera.
Por supuesto que le dije que sí. Intenté que no se me notara la emoción que me había acelerado el corazón hasta los doscientos latidos por lo menos. Se trataba de una comedia romántica, ese tipo de historias que siempre me han aburrido, pero no importaba la película, solo estar a su lado.
Acordamos ir a verla un sábado por la tarde y quedamos en la puerta del cine. Yo había comprado las entradas por Internet. Ella invitaría a las hamburguesas de después.
Todo un plan.
Era mi primera cita formal con Laura.
*
El día de la cita llegué cinco minutos tarde por culpa de un retraso del metro. La busqué entre el gentío que se agolpaba a la entrada del cine y por fin la descubrí.
Y cuando la vi, la mandíbula se me descolgó por la sorpresa.
Era una tarde de Noviembre y hacía bastante fresco, a pesar de que el día había salido soleado. Pero Laura se presentó a nuestra cita con muy poca ropa.
Poca, por no decir “irrisoria”.
Una falda tableada supercorta, medias de lana hasta las rodillas y unos botines de tacón bajo. Mucha piel a la vista para el tiempo que corría. Pero era casi peor lo que lucía en la parte superior de su cuerpo: un top sin sujetador y el ombligo y los hombros al aire.
Afortunadamente se había colocado por encima un abrigo que, aparte de protegerla del frío, la embellecía sobremanera.
Estaba acostumbrado a su forma de vestir provocativa, pero aquello era una pasada. Y no pude resistir la tentación de preguntarle por su atuendo.
—Es que en el cine siempre ponen la calefacción a tope y me aso —repuso a mi pregunta.
No sabía qué creer. Mientras esperábamos en la cola de entrada, no pude evitar darle bastantes vueltas. ¿Sería casualidad o me estaba enviando un mensaje? Y me costaba mantener mi erección bajo control.
Luché para quitarme aquella idea de la cabeza. Que aquel pibón se despelotara para mí me parecía más que improbable. Debía mantenerme frío para no perder los papeles y quedar mal. Así que, cuando nos acomodamos en nuestros asientos, procuré situarme a una prudente distancia.
Pero Laura no quería ponérmelo fácil, por lo visto.
Nada más apagarse las luces, se acercó a mí todo lo que pudo, me pasó sus dos brazos alrededor de uno mío y apoyó su cabeza en mi hombro. Yo intentaba controlarme, como me había propuesto, pero la tienda de campaña que se me había formado entre las piernas me delataba. Aquella chiquilla me había puesto cachondo hasta decir basta, ya fuera esa su intención o no.
Sus muslos, la parte del cuerpo que más me gustaba de ella, se pegaban contra los míos y me volvían loco. Y sus pechos, los pezones apuntando a la pantalla, me pedían comérmelos a besos.
Pero me contuve. Afortunadamente.
O quizá no. Quizá hice la mayor tontería de mi vida.
De vez en cuando nos mirábamos y sonreíamos. Especialmente cuando comentábamos una escena de la pantalla en silencio, tan solo con la mirada. A veces, Laura me mostraba su lengua humedeciéndose los labios y yo me moría por mordérselos.
Necesitaba besarla más que nada en el mundo. Saborear aquella lengua rosada y húmeda. Si tan solo me atreviera a acercar mis labios… quizá ella hiciera el resto, como en las películas, y el beso estallara entre los dos.
Pero de nuevo volvían mis dudas. Meter la pata me aterraba. Y mucho más en un lugar público. Si malinterpretaba los suspiros que me regalaba de vez en cuando, podía llevarme una bofetada y quedaría en ridículo delante de todos si decidía levantarse y dejarme plantado.
En un alarde de valor, lo único a lo que me atreví fue a poner mis dedos en su ombligo. Y no fue para acariciarlo, sino para señalarle el piercing que lo embellecía.
—Me gusta mucho el arito que llevas ahí —le susurré.
—Gracias… —me devolvió el susurro.
Laura tomó mi mano y la apretó contra su vientre. Un escalofrío me recorrió por entero. Aquello no me lo esperaba y mi polla comenzó a cabecear descontrolada. El tacto de su piel y su calor hicieron el resto. El orgasmo que llevaba varios minutos amenazándome estalló de golpe y mi entrepierna comenzó a humedecerse a cada disparo del semen que había acumulado durante toda la tarde.
Tuve que morderme la lengua para no gemir mientras los espasmos me mataban. Al final, la tormenta pasó y respiré aliviado. Parecía que Laura no había notado mi corrida. Pero una nueva mirada y una sonrisa de mi amiga me sobrecogieron.
Me atraganté y carraspeé asustado.
¿Se habría dado cuenta?
¿O era tan solo que se mostraba pudorosa por el beso que se daban en ese momento en la pantalla?
Tenía que librarme de aquella corrida como fuera. Temía que el olor o una mancha en el pantalón me delataran.
Me disculpé y me fui al baño a limpiar el destrozo. Pero me entretuve demasiado y cuando volví los créditos ya subían sobre la pantalla en negro. Laura me esperaba en nuestro asiento y me recibió sonriente. Sospechaba que por dentro se encontraba más que enfadada, pero al menos por fuera no se le notaba.
—Te has perdido lo mejor… —me dijo.
—Ah, ¿sí? —pregunté aturullado.
—Sí, el beso final… —explicó mientras se ponía el abrigo—. Es lo que más me gusta de las pelis románticas.
—Ah, qué pena… —le seguí la corriente—. Es también lo que más me gusta a mí.
—Me imagino…
—Vaya putada… —volví a disculparme—. Pero es que he bebido demasiada coca-cola…
—No pasa nada, ahora te cuento el final…
El resto de la tarde no fue para tirar cohetes. Tomamos una hamburguesa en un local cercano al cine y luego la acompañé en el metro hasta su casa.
Cuando nos despedíamos, Laura acercó sus labios hacia mi rostro. De nuevo con un corte de los grandes, y por miedo a malinterpretar sus intenciones, le puse mi mejilla y el que podía haber sido un pico apasionado, se convirtió en un par de castos besos de amigos.
¡Idiota de mí!
Aquella noche me la tuve que menear para poder conciliar el sueño. No era solo por satisfacer el deseo que Laura provocaba en mí, sino por la necesidad de relajar el enfado que sentía conmigo mismo por no haber sabido comportarme con mi amiga.
¡Debería haberla besado!
Pero ya no tenía remedio. Intentaría arreglar las cosas en el autobús, si es que Laura volvía a sentarse a mi lado.
El resto de la noche la pasé en un duermevela, imaginando que a partir del día siguiente Laura no querría volver a saber nada de mí.
*
Por fortuna me equivoqué. La relación entre Laura y yo no cambió para nada. Aunque no sabía si eso era una buena o una mala noticia.
Porque si esta relación no cambió para mal, tampoco lo hizo para bien.
Se quedó estancada.
Había soñado que una vez que saliéramos juntos, las cosas podrían ser más fáciles entre los dos. Que poco a poco llegaríamos a ser novios, como quien no quiere la cosa. Y que un día me levantaría y Laura estaría acostada a mi lado en mi apartamento de estudiante, sin haber tenido que esforzarme.
Pero, claro, las cosas no funcionan así. Las relaciones con una chica, si además es un pibón, hay que trabajarlas para que prosperen. Si esperas a que se construyan por sí solas, lo normal es que la fastidies.
Así que tocaba volver a quedar. Y esta vez ya no podía esperar a que fuera ella quien lo propusiera.
Dicho y hecho, durante toda una semana —de lunes a jueves— estuve preparando el guion para pedírselo. Le daba vueltas a lo que le diría y, sobre todo, donde la propondría ir.
El viernes, día de actuar, llegó y me armé de valor antes de sentarme a su lado en el autobús.
Pero de nuevo se me adelantó.
El Karma estaba de mi lado una vez más.
—Tengo algo que decirte —manifestó sin esperar a que me acomodara en mi asiento.
—Ah, ¿sí…? —le dije sin saber si lo que vendría sería bueno o malo.
Por un momento pensé que me anunciaría que había empezado a salir con alguien y que ya no volveríamos a vernos. Pero por suerte no fue así.
—¡Tengo cuatro entradas para la inauguración de la discoteca Flamingo!
Me quedé de piedra. Aquella macro discoteca era la comidilla entre los compañeros de clase. Todo el mundo quería asistir a la inauguración, pero conseguir entradas era no ya difícil, sino todo un milagro.
—¿¡Cuatro entradas!? —pregunté abriendo mucho los ojos—. Joder, ¿cómo las has conseguido?
Mi sorpresa no era fingida. Y ella se debió de sentir henchida de gozo por mi gesto de admiración.
—Jajaja… secretos de chica lista —presumió riendo—. Pero no puedo decírtelo. Si lo hiciera, tendría que matarte.
Reímos la broma a coro y luego esperé a que prosiguiera. Suponía que me invitaría a acompañarla, pero no podía dar aquello por sentado. Una vez más mi cortedad me paralizaba. Pero ella ya tenía un plan en mente.
—A ver qué te parece… —dijo colocándose la melena detrás de una oreja—. Como solo somos dos, yo invito a mi amiga Mónica y tú al amigo que prefieras. Y nos vamos los cuatro juntos. ¿Qué opinas? ¿No es una buena idea?
A primera vista no le vi ningún problema. Muy al contrario, sería la quedada que esperaba, aunque me hubiera gustado estar con ella a solas.
No podía quejarme, así que acepté sin condiciones.
—¡Vaya si lo es! —asentí cogiéndola de las manos—. ¡Vamos a ser los más envidiados del campus!
—Ya te digo… —sonreía ella, feliz—. Y ya verás que bien te cae Mónica. Es una tía estupenda y mi mejor amiga. Así nos conocemos los cuatro y a lo mejor podemos salir juntos más veces.
—¡Genial…!
Era sincero, aquello me parecía ideal, por eso no pensé en nada negativo al acordarme de Mario para convertirse en el cuarto miembro del grupo.
—¿Y bien…? —me preguntó abriendo mucho los ojos—. ¿A quién vas a invitar? ¿A Jorge?
Jorge era un colega de clase del que me había hecho inseparable desde el comienzo del curso. Podría haberlo elegido a él, en efecto, pero el Karma tiene sus propios caminos, y entonces le comenté mi decisión:
—No… a Jorge no… Voy a invitar a Mario…
—¿Mario? —repitió ella.
—Sí, es un buen amigo al que no conoces.
—Ah, vale… pues así conozco a alguien más de tus colegas, ¿no? —sonrió—. Además…
Noté que le brillaban los ojos. Estaba a punto de soltar alguna picardía.
—¿Tu amigo tiene novia? —preguntó sonrojándose.
Lo pensé un instante antes de responder. La última vez que había tomado unas copas con mi amigo no me había dicho nada al respecto. Además, Mario no era de echarse novias. Así que suponía que seguía soltero y sin compromiso.
—Pues no… —respondí cauto—. ¿Por qué lo preguntas?
—Pues… —su rubor creció aún más—. Lo digo porque sería una buena idea emparejarle con Mónica. Mi amiga ha tenido un desengaño amoroso y ya sabes, la mancha de una mora…
Sonreí para mis adentros.
No quise explicarle que Mario no iba a dejarse emparejar tan fácilmente. Y menos con una gordita con gafas de culo de vaso, que era como me estaba imaginando a la tal Mónica.
Laura pareció leerme el pensamiento, porque se apresuró en aclarar:
—No te creas, que mi amiga está como un tren… No sé cómo será tu amigo Mario, pero Mónica es un pibón que rompe más corazones que George Cluny…
Reímos al unísono.
—No… —aseguré—. Si mi amigo tampoco está nada mal…
—En fin, eso ya lo diremos Mónica y yo, ¿no…? —guiñó un ojo, pícara.
No me dio tiempo a responder, habíamos llegado a la parada de Laura.
Aquella noche nos despedimos con un ligero beso en los labios. Lo nuestro parecía avanzar, sin prisas pero sin pausas.
Mi corazón latía descontrolado.
*
La inauguración del Flamingo tuvo lugar quince días después. Era una noche de viernes y habíamos acordado encontrarnos a la puerta de la flamante discoteca. Mario y yo iríamos en su coche. Ellas lo harían en un Uber por su cuenta.
Llegamos con media hora de adelanto. Había que encontrar sitio para aparcar, tarea que no iba a ser nada fácil. Por fortuna, en los bajos de la disco había un parking, aunque se encontraba tan petado como todos los de los alrededores del local, situado en la periferia de Madrid. Tuvimos que dar varias vueltas, pero al final encontramos una plaza en el último sótano, pegada a la pared del fondo.
Cuando subimos a la entrada de la discoteca, Laura y Mónica nos estaban esperando. Me quedé boquiabierto. Por Mónica, que era una morena de muchos quilates. Un pibón, como había asegurado Laura. Pero especialmente por mi chica.
Mónica vestía de forma recatada y sencilla: un simple vaquero ajustado, una blusa con un fino jersey sobre ella y una cazadora de cuero.
Mi amiga, sin embargo, se había vestido muy parecida al día del cine, algo más recatada pero igualmente sugestiva. Las medias de lana hasta la rodilla en esta ocasión eran de color claro. La falda, también tableada, era bastante más larga, dejando una ranura de tres dedos entre su borde y el final de la media. En la parte superior llevaba una blusa blanca de cuello masculino con pajarita a juego de la falda, y sobre todo ello una cazadora de piel que no le había visto nunca.
Pero lo más fascinante de su atuendo eran las dos coletas que se había formado en el pelo con gomas de colores brillantes. En conjunto parecía una colegiala perversa con ganas de marcha. Y, para mi suerte, yo era su acompañante, el dueño de semejante bombón.
Durante las presentaciones, Mario no dejó de estudiar a las dos chicas por turnos, como si las estuviese sopesando. Parecía querer elegir entre ellas, decidir cuál de las dos era la más guapa y la más sexy.
Enseguida me di cuenta de que había cometido un error. Le había dicho que eran dos amigas mías, pero en ningún momento le quise mencionar mi especial relación con Laura. Sobre todo porque Mario era un metepatas y podría soltar alguna de sus bobadas y dejarme en ridículo.
¿Qué ocurriría si la mencionaba como «la novia de Alex» delante de ella? ¿Qué cara pondría Laura y qué respondería a semejante alusión? Menuda vergüenza. El pánico me había invadido y no hice distinción entre las dos cuando le hablé de ellas. Eran dos amigas y en paz.
Y ese fue mi primer error de la tarde.
Poco a poco y valiéndome de argucias, conseguí que Mario se acercara hacia Mónica. Laura, ignorante de mi falta de previsión, ayudaba igualmente a que su amiga y mi amigo fueran formando pareja.
Tras las presentaciones, nos acercamos a una de las filas que se habían formado en la puerta. Pero las entradas de Laura eran VIP, una sorpresa que mi amiga se había reservado, y no tuvimos que soportar la cola como el resto.
El ambiente era magnífico. Decenas de personas comenzaban a abarrotar el local, buscando las copas de turno y sentándose en las mesas o alrededor de la barra. Unos pocos adelantados bailaban en las diferentes pistas.
Nos movimos entre la muchedumbre y unos minutos después nos hallábamos sentados en una mesa cercana a la pista principal. Una de las mejores situaciones del local.
—¿Tenemos mesa? —pregunté alucinado cuando Laura nos la señaló como reservada para nosotros.
—Sí, es la mesa que corresponde a estas entradas —rió Laura—. Ventajas de ser VIP.
—Ya nos contarás cómo las has conseguido… —intervino Mario.
—Ni de coña… —dije uniéndome a la risa de mi chica—. Eso ya lo pregunté yo. Pero si nos lo contara tendría que matarnos…
—No es un secreto… —confesó por fin Laura—. Son entradas que le han regalado a mi padre y que me ha pasado a mí porque no le apetecía venir. Demasiado ruido para su edad…
—Pues tu padre debe de ser un pez gordo… —lancé a modo de piropo.
—Más o menos… —replicó Laura con una sonrisa de oreja a oreja.
Reímos la broma y nos posicionamos de la forma en que mi amiga había previsto: ella y yo en un sillón, y Mario y Mónica en el de enfrente. Acto seguido, un camarero apareció con una botella de champán y cuatro copas. Las mesas VIP tenían prioridad.
—Vaya lujazo —exclamó Mónica alborozada.
—Ya te digo… —confirmé echando mi brazo sobre el hombro de mi chica para felicitarla.
Brindamos en pie mirando a la pista, que se empezaba a vaciar mientras preparaban un ligero atril para el discurso de inauguración. La pista había sido acondicionada como escenario y se utilizaría tanto para el baile como para las actuaciones que tendrían lugar a lo largo de la noche.
*
Una vez el discurso de inauguración hubo terminado, tuvimos que pedir una segunda botella de champán. La primera se había acabado en pocos minutos. La segunda botella no era gratis, como la primera, y alguien mencionó que tendríamos que controlar, si no queríamos gastar el presupuesto del mes en una sola noche.
Abucheamos al corta-rollos y procedimos a brindar por segunda vez.
Y al terminar de apurar la copa, fue cuando mi teléfono comenzó a sonar.
Para mi desgracia.
—Está sonando tu móvil —me dijo Laura al oído.
Con el bullicio de gente y música no lo había oído. Pero en efecto estaba recibiendo una llamada que maldeciría durante años.
—Corta al pesado —dijo Mario—. No son horas de llamar. Tendrías que haber apagado el móvil, como he hecho yo. O haberlo puesto en modo avión. No son horas para que te llamen tu mamá o tus hermanitas para ver cómo está el nene.
Soltó una carcajada mientras yo presionaba el icono verde en la pantalla y aceptaba la llamada. No era mi madre ni ninguna de mis hermanas quien llamaba. Y podía tratarse de una emergencia.
Me separé del grupo para hablar sin soportar las chanzas de Mario y luego me acerqué a la mesa para disculparme.
—Me vais a tener que perdonar —dije con cara de vinagre—. Pero voy a tener que dejaros por un rato.
—¿Y eso? —se interesó Laura con expresión afligida—. ¿Pasa algo grave?
—No… no es grave… —respondí pesaroso—. El que llamaba es mi vecino. Resulta que ha perdido la llave de su apartamento y necesita que le pase la copia que me dejó para casos de emergencia… como este. Así que tengo que ir a la residencia para dársela.
El metepatas de Mario no tardó en saltar.
—No me jodas, hombre… —dijo con malas pulgas—. ¿Y para eso tienes que ir tú? Te va a fastidiar la noche. Que venga él, no te fastidia… Le dejas la llave de tu apartamento y que se las arregle él solito.
Mónica y Laura afirmaron con la cabeza al mismo tiempo. Lo que decía Mario tenía sentido. Vivíamos en una residencia de estudiantes. No había peligro de que mi vecino me robara por dejarle mi llave. Pero había un pequeño problema con el que ninguno de los tres había contado.
—Ya, tienes razón… —expliqué—. Pero es que él es parapléjico.
El rostro de mis amigos mudó de color. Se habían pasado tres pueblos y lo reconocían con una expresión de haberla cagado.
—No pasa nada —intenté quitarle hierro—. Esta noche acaba de empezar. Y de aquí a mi casa no hay más de veinte minutos. Me voy en taxi y en un rato estoy aquí de nuevo.
Pero salió el otro Mario, el desprendido.
—De taxi, nada, te llevo en mi coche…
—Ni de coña —le corté—. Si sacas el coche de la plaza que hemos pillado, no vuelves a aparcarlo hasta el lunes.
Aquella negativa fue el segundo error de la noche.
Y el definitivo.
—Cagüenlaleche, tienes razón… —confirmó desinflándose.
—Tranqui, tío… y gracias, pero no hace falta… —le dije con un espaldarazo de gratitud—. Mi vecino es un tío agradecido y me ha dicho que me paga los taxis.
Hicimos un penúltimo brindis y me giré dispuesto a marcharme.
—Vengo enseguida, no os vayáis lejos… —bromeé.
—Vale, colega, hasta luego… —dijo Mario—. Y no tardes…
—Hasta luego… —corearon las dos chicas.
Minutos después me encontraba a la puerta de la discoteca esperando que llegara un puñetero Uber.
*
El problema con el que no había contado es que era viernes. Y chispeaban cuatro gotas. Quizá más de cuatro. Resultado: los transportes escaseaban y no había manera de conseguir uno.
Pillé por fin un Uber y le pedí que aligerara. Tardé casi media hora en llegar a casa y otros diez minutos en ayudar a mi amigo a entrar en su apartamento.
Luego corrí dispuesto a localizar un transporte de vuelta. Me costó de nuevo conseguir un Uber y el resultado fue el mismo: más de media hora para plantarme a la puerta de la discoteca.
A toda prisa entré en el local. Era tiempo de baile y la gente se movía en la pista como enloquecida, con miles de haces de luz rebotando sobre sus cabezas.
A base de codazos me presenté en nuestra mesa, deseando abrazar a mis amigos. Había preparado una frase del tipo: «¡Ya estoy de vuelta, quememos la noche!» Le daría un achuchón a Laura y saldría a bailar con ella, no sin antes apagar el móvil, que aún llevaba encendido por si me llamaban desde la disco.
Pero en la mesa no había nadie.
Una fuerte desazón me oprimió el estómago.
Mi gozo en un pozo. Mi entrada triunfal se había ido al garete. Además, entre aquella muchedumbre iba a tenerlo crudo si quería encontrarlos.
Mi primera idea fue encender el móvil y llamarles uno por uno. Inútil tentativa. Los tres lo tenían apagado o en modo avión, como había aconsejado Mario.
Lo siguiente fue darme una vuelta por la pista. Tampoco. Por más que miré, por allí no estaban. O no conseguía localizarlos entre tanta gente. Recordé que había más de una pista y pensé en buscarles en todas ellas, aunque primero tendría que ir al baño.
Con los nervios me estaba meando sin poder evitarlo.
La cola del baño de los chicos no estaba demasiado mal, a diferencia de la de las chicas, como suele ocurrir en estos sitios. Tardé solo cinco minutos en hacer lo mío y salí de nuevo al exterior, dispuesto a la caza.
No me había dado tiempo a recomenzar la búsqueda cuando divisé a Mónica entre la muchedumbre que bailaba en uno de los extremos de la pista principal, muy cerca de nuestra mesa.
Un rayo de esperanza me cruzó por dentro. ¿Cómo no la habría encontrado en la primera revisión? Los otros dos seguro que no se hallarían muy lejos. Por fin los había localizado.
Pero me equivocaba.
Al llegar junto a la amiga de Laura, le di unos golpecitos en el hombro para que detuviera el movimiento de loca furiosa que se traía frente a una pareja de chicos de color.
—Hola Mónica —le grité al oído para hacerme entender—. ¿Están por aquí Laura y Mario?
—Hola, Alex —replicó Mónica abrazándose a mí como si no hubiera un mañana. Olía a alcohol que tiraba para atrás. En la hora que llevaba fuera la factura de las copas debía de haber subido hasta la estratosfera—. ¿Ya has vuelto?
Era una pregunta estúpida, pero la dejé pasar.
—Sí, ya he vuelto… —volví a hablarle al oído—. ¿Sabes dónde están nuestros amigos? —repetí.
Ella negó con la cabeza sin dejar de mover las caderas.
—Pues no… ni idea… —replicó balbuceante. Su cogorza era mayor de lo que había imaginado—. Han estado bailando aquí conmigo… pero se han marchado juntos hace rato…
—¿Juntos…? —pregunté con la voz temblorosa. ¿Dónde podrían haber ido juntos aquellos dos?
Un hormigueo me recorrió el estómago.
Pero traté de calmarme.
Había muchas cosas que ver en aquella flamante discoteca. Podrían haber ido a cualquier sitio, a hacer un reconocimiento del local, por ejemplo. Seguro que volverían y me contarían todo lo que habían descubierto. Y Laura me acompañaría para que yo no me lo perdiera.
Pero Mónica volvió a sorprenderme… para mal.
—Si… juntos… —dijo y estiró una mano para señalar a mi espalda—. Mira… creo que se han ido por esa puerta de ahí…
Me volví y con estupor leí el cartel que rezaba sobre la puerta: «Parking».
Todo el cuerpo comenzó a temblarme.
En el parking no había nada que ver, a excepción del coche de Mario. Y era un coche vulgar, no había nada en él que justificara una visita. Además, Mario llamaba a su coche de una forma cariñosa: «el picadero».
*
No esperé a más explicaciones. Salí a la carrera y arrollé a todo el que se me puso por delante. Bajé hasta la planta donde habíamos aparcado y corrí hasta el final, hacia el muro del fondo.
Me faltaban unos veinte metros para llegar al renault de mi amigo, cuando observé algo que por desgracia me esperaba: el coche de Mario se balanceaba arriba y abajo de forma rítmica sobre los amortiguadores.
La punzada en el estómago fue dolorosa.
Aflojé la carrera y me acerqué hacia el vehículo a paso tembloroso. La única esperanza que me quedaba era que la chica no fuera Laura. Que fuera otra, una cualquiera de las muchas que pululaban por la disco. Quería creer en Mario, él no podía estar haciéndome aquella putada.
«Se está follando a mi chica», era la frase que percutía en mi cerebro.
Pero había un problema: Mario no sabía que Laura y yo teníamos algo más que una simple amistad.
No sabía que ella era «mi chica».
Y la culpa era mía y solo mía, mi timidez me la había jugado.
Mi timidez o el Karma. O ambos a la vez.
Escondido tras una columna intenté mirar a través de la ventanilla trasera. Sabía que estaban allí porque se veía la cabeza de Mario subir y bajar de forma acompasada. Se estaba tirando a alguien. Tal vez no fuera a Laura, pero follar estaba claro que follaba. No podía verles con claridad, ya que los cristales eran tintados y la tenue luz del parking no ayudaba.
Me fijé en el lateral del coche colindante a la pared y descubrí una posible manera de aclarar quién era la amante de Mario. La puerta trasera de ese lateral estaba abierta. Todo indicaba que mi amigo era demasiado alto para el tamaño del coche, y que no le cabían las piernas mientras se tiraba a la chica de turno. Por eso había dejado la puerta abierta.
Decidí dar un rodeo y acercarme con cautela. Esperaba quedarme a unos metros para no ser descubierto. Pero no me fue posible. Al descubrir a quien se estaba follando mi amigo, mis piernas temblorosas me llevaron hasta la misma puerta del coche.
Desde allí pude observar sin equívocos la figura del misionero con que Mario se tiraba a Laura.
Mi chica se encontraba boca arriba, con la cabeza en el extremo más alejado de la puerta abierta. Sus medias rodilleras se le habían descolgado y pendían sobre las pantorrillas formando mil arrugas. Las piernas las tenía abiertas en un ángulo imposible y entre ellas se encontraba el culo de mi amigo que subía y bajaba sobre sus muslos de forma grotesca. La falda aún la tenía puesta, pero recogida en las caderas.
Las bragas de Laura se le habían quedado enganchadas en uno de los tobillos que apuntaban al techo y se balanceaban con las acometidas de mi amigo. Sin desearlo, no pude evitar empalmarme con la visión. Eran unas bragas sencillas, de algodón blanco con dibujos infantiles de color azul. Unas bragas casi de niña, como sus coletas.
Mario se había dejado los pantalones sobre los muslos y el tintineo de su cinturón resonaba al ritmo de sus embestidas. Un polvo con prisa, no le había dado tiempo a quitárselos del todo. Pedazo de cabrón.
Pero el espectáculo más dantesco era su trasero.
Blancuzco y peludo como el de un oso, el culo de Mario subía y bajaba bombeando su polla dentro del coño de mi amiga. Un coño hinchado y enrojecido por la cabalgada, al tiempo que abierto como una flor. Veía entrar y salir la polla del orificio de Laura, situado entre los labios de una vulva sin depilar, pero de vello rubio y escaso. Y escuchaba los sonidos de chapoteo típicos de un coño encharcado.
Laura estaba super caliente, cachonda como una perra, y eso dolía aún más.
Los «chop-chop» de la polla de Mario al entrar y salir de su vientre lo atestiguaban, además del fluido blancuzco que rezumaba y humedecía el asiento del coche de mi amigo.
Los huevos de Mario rebotaban sobre la vulva de la chica y con sus «plas-plas» acompañaban a la orquestina de aquel polvazo.
Los «chop-chop» y «plas-plas», unidos, me estaban volviendo loco. Y al mismo tiempo el morbo me mataba. La escena era tal cual Mario me la había detallado cientos de veces. Y yo le había creído solo a medias.
Menudo imbécil estaba yo hecho.
Los miraba follar como congelado, sin poder moverme. Pero al mismo tiempo, me hallaba empalmado como no lo había estado en mi vida. Me toqué extrañado entre las piernas. ¿Cómo era posible aquello? Me había puesto tan cachondo o más de lo que estaban aquellos dos. El ver a Laura siendo follada por mi amigo, aparte de enfurecerme, me hacía disfrutar de puro morbo y amenazaba con hacerme correr sin siquiera tocarme.
No pude contenerme. Una de mis manos se coló en el bolsillo del pantalón y, agarrando mi polla con energía, comencé a masturbarme.
*
Notando que mi ángulo de visión no era perfecto, me moví hacia un lado. Entonces pude ver lo que ocurría en la parte más alejada del asiento. Laura se agarraba fuertemente a los sillones del coche y, con los ojos cerrados, abría la boca para que Mario se la comiese. Mi amigo lo hacía a lo bestia, mientras ella sacaba la lengua para que se la destrozara a bocados.
La calentura de Laura era total, y no se cortaba ni un poco para disimularla. Jamás hubiera imaginado que fuera tan puta.
De pronto, mi amiga apretó los ojos y el cuello se le puso rígido, elevando su cabeza hacia adelante.
Comprendí lo que pasaba: estaba a punto de correrse.
No me equivoqué. Mientras Mario subía el ritmo de sus enculadas, Laura comenzó a ronronear y a gemir elevando el tono.
—Me voy… hummfff… no pares… hummfff… ooohhh… joder…
Y Mario aceleró el mete saca para acompañarla en su viaje.
—Así, cielito, así… —le decía suavemente al oído mi amigo sin dejar de bombear—. Córrete, preciosa, córrete…
El orgasmo de mi amiga duró casi un minuto, tal vez más. Cuando terminó, Mario detuvo su bombeo y siguió comiéndole la boca, esta vez más despacio, deleitándose con sus labios por dentro y por fuera. Ambos jadeaban por la cabalgada.
Yo había dejado de tocarme. Temía correrme y dejar de disfrutar del espectáculo, porque asumía que este no había terminado. Y no me equivocaba. Sin avisar, Mario se incorporó sobre el asiento. A continuación se quitó el condón, vacío todavía, y lo tiró a mis pies.
—¿Qué pasa, tío? —me dijo sin expresión de sorpresa.
Me quedé petrificado.
Había intentado huir de allí cuando temía que me descubrieran, pero no había podido. Y Mario me había pillado, por supuesto.
Me encontraba desconcertado, la tranquilidad de Mario indicaba algo obvio:
—¿Sabías desde el principio que estaba aquí?
—Pues claro, colega, no te has escondido muy bien, que digamos…
La que no me había visto hasta ese momento era Laura quien, al descubrirme, se tapó la cara con las manos y adoptó una posición fetal —la cara contra el respaldo del asiento—, como queriendo esconderse de mi vista.
—¿Tienes un condón? —me espetó Mario mientras yo intentaba encontrar la mirada de Laura sin conseguirlo—. Es que solo traía uno y se me ha roto.
Menudo pirado. ¿Se podía ser más caradura?
Oír a Mario hablar con aquella cachaza, como si la cosa no fuera con él, al tiempo me sublevaba y me mataba de morbo. Verle follándose a la que yo creía «mi chica» me había puesto tan encendido que podía haber ardido toda la noche.
—Es que… solo tengo uno… —fue lo único que alcancé a replicar.
Pero Mario no se cortaba de ninguna de las maneras.
—No pasa nada, en el baño hay un expendedor… —repuso—. Luego compro más por si acaso y te lo devuelvo.
Ese «por si acaso» no lo entendí demasiado. ¿Era un «por si acaso me vuelvo a follar a Laura»? ¿O quizá un «por si acaso consigo tirarme también a Mónica»? Y en ninguna de las opciones que se dibujaban en mi cabeza aparecía yo. Dudaba de que contara conmigo para el festín que se estaba dando.
Le entregué el condón con la mano temblorosa y en pocos segundos lo tenía colocado sobre su aún enhiesta verga. Mientras lo hacía tuve tiempo de admirarla. Era una polla de un tamaño considerable, algo mayor que la mía, pero no mucho. Aunque quizá era que la mía no estaba nada mal, a pesar de que por mi timidez creía lo contrario.
Una vez se hubo enfundado el condón, decidió quitarse los pantalones y arrojarlos sobre el asiento del conductor.
Luego me hizo un comentario que me produjo un escalofrío.
—Y ahora, perdona, que voy a terminar de follarme a esta… —lo decía con gesto serio, sin ápice de ironía.
—¿Aún… aún no has terminado…? —pregunté temblando por el morbo.
—Oh, no… —repuso con urgencia, tenía ganas de quitárseme de encima, eso se veía claro—. Me he aguantado las ganas para no correrme antes que ella. Ahora me toca a mí.
—Ah, vale… —dije como un idiota cornudo.
—Si quieres quedarte a mirar, tú mismo… Pero no molestes, porfa…
Su chulería me sublevaba. A punto estuve de soltarle un puñetazo. Pero en cuanto se giró sobre Laura y comenzó a manejarla, perdí la razón y mi mano en el bolsillo volvió a la faena.
*
Mario tuvo que pelear unos segundos para que Laura se volviera a abrir de piernas. Al parecer ella no quería seguir con aquello. Su orgasmo la debía de haber dejado satisfecha y quería dejarlo. Desde fuera oía sus susurros mientras negociaban.
—Joder, no, tío… —decía ella—. Ya hemos terminado. Déjame, por favor. ¿No ves que está Alex mirando…?
Parecía que a Laura le quedaban restos de pudor, si es que alguna vez los había tenido.
—Anda, no fastidies, cielito… —decía él mientras intentaba separar sus muslos—. La que ha terminado eres tú, pero yo estoy a medias. Y no te preocupes por Alex, que es un buen colega y se queda calladito…
Hubo un tira y afloja entre la pareja, con cuchicheos que no llegué a entender. Finalmente, Mario ganó la partida. Laura abrió las piernas y mi amigo se introdujo dentro de ella de una sola acometida.
La postura del misionero volvió a recrearse y Mario comenzó a culearla sin compasión. Esta vez la fuerza con que su culo blanco acometía aquella vagina hinchada era bestial. La estaba literalmente empotrando.
Laura había apoyado el pie con las bragas en el tobillo sobre el reposacabezas del asiento delantero. Se veía obligada a apoyarse allí para no caer del asiento ante las embestidas de mi amigo.
Mario la culeaba como si le persiguiera el diablo. Laura, por su parte, se mostraba pasiva y se cubría la cara con las manos, seguramente muerta por la vergüenza de que los estuviera mirando.
«¡La muy zorra…!», me decía.
Aunque en el fondo pensaba que era culpa mía.
El día del cine me lo había puesto a huevo. Se había vestido super sexy para mí y yo ni la había tocado. A saber el calentón que se había llevado la pobre al creer que aquella noche acabaríamos en la cama y encontrarse con que no la daba ni un triste beso.
No tenía nada que echarle en cara. Ella era una mujer normal, sana, activa sexualmente, y yo no había sabido darle lo que necesitaba. Por miedo y timidez, pero eso ella no lo sabía.
Hasta podría haber pensado que era gay.
Joder, eso era lo último, lo que terminaría de matarme.
Pero lo que no podía perdonarle era que se hubiera dejado llevar al catre en tan solo una hora. Una maldita hora —o menos— le había costado a mi amigo follarse a la chica a la que yo había cortejado durante meses, haciéndome ilusiones.
Y mientras pensaba en todo ello, Mario seguía follándose a mi mejor amiga.
Casi mi novia.
Entre los jadeos de Mario y los «por favor, acaba ya» de Laura se pasaron los siguientes minutos. Yo no había podido controlarme y al final había sacado la polla fuera del pantalón para estar más cómodo. Y, escorado en un lateral del coche para no ser descubierto, me masturbaba con una sordidez espeluznante. Lo hacía, además, controlando para no correrme antes de tiempo.
Esperaba el momento oportuno para hacerlo.
Y el momento llegó en cuanto Mario se salió de ella y se incorporó sobre el asiento. Volvió a quitarse el condón y a lanzarlo fuera del coche, cayendo algo más lejos de mí esta vez.
Se encontraba vacío, como el primero.
«¿Pero qué pretende? —me pregunté—. ¿Por qué no se corre de una puñetera vez y la deja en paz?»
La respuesta la tuve enseguida, en cuanto Mario se puso a horcajadas sobre ella y la elevó la cabeza tirando de sus hombros hasta apoyársela en la puerta.
Mi amigo dijo algo con voz ahogada y no conseguí entenderle. Sin embargo la respuesta de ella me llegó nítida.
—No, joder… en la cara no… Que me vas a ensuciar para toda la noche… Y a ver cómo me arreglo el maquillaje…
«¡Pedazo de cerdo!», murmuré para mí. El muy cabrón quería pringarle la cara a mi amiga. Era una maldita canallada, tenía que intervenir.
Pero no podía abandonar mi paja, y me quedaban segundos para correrme.
Me contuve y agucé el oído para no perder palabra.
—Que sí, coño… que no pasa nada, que te lo tragas y ya está… así no te mancho nada, ni la cara ni la ropa…
—¿Tragármelo…?, ¿qué dices…? —respondía ella con voz temblorosa—. ¿Te has vuelto loco? Que a mí eso no me gusta, que me muero del asco…
Oír aquello terminó de rematarme.
Si hasta ese momento me hallaba empalmado, a partir de entonces mi polla pareció duplicarse, deseosa de estallar.
Mi mano se movía como el pistón de un motor.
—Que sí, bobita, si está muy rico… —decía el hijo de su madre para convencerla—. Que ya verás como te gusta, si es como yogur…
Volvieron a los cuchicheos y me perdí el resto de la conversación. Pero ya fuera para que acabase o porque la hubiera convencido, el caso es que Laura volvió a claudicar.
Lo supe cuando mi amiga comenzó a gluglutear como un pavo con la polla de Mario en la boca.
Me asomé por la abertura de la puerta y pude divisar la cara de asco de Laura mientras Mario entraba y salía de ella. Se la había introducido hasta la garganta y parecía faltarle el oxígeno.
Y acto seguido Mario comenzó a gruñir.
—Joder… me voy… me voy… —gemía, sujetándose la polla con una mano y apoyándose en la ventanilla con la otra—. Así… así… traga… traga… joder, cielo, como tragas... así me gusta… joder… joder… que me voy más… sigue… sigue…
Laura se había agarrado a sus peludos muslos y le clavaba las uñas, intentando detener sus brutales embestidas.
Mientras Mario se corría dentro de la boca de Laura, no pude soportarlo más y mis testículos comenzaron a bombear. Me arrimé al coche de mi amigo y estallé. Mis disparos de semen se sucedieron, sincronizados con los gruñidos de Mario.
En mi vida había tenido una corrida tan copiosa. El coche de Mario, de un rojo intenso, quedó blanquecino por los latigazos como estalactitas de mi semen.
Una vez finalizadas ambas faenas, la de Mario y la mía, me metí la polla dentro del pantalón a toda prisa. Ni muerto querría que Mario se diera cuenta de lo que había hecho a sus espaldas.
Si es que no lo había visto ya, que era mucho suponer.
Me situé de nuevo frente a la puerta del coche y me quedé observando las evoluciones de los dos tortolitos. Por más que me lo proponía, no podía dejar de mirarles.
Laura había abierto la puerta de su lado y escupía entre arcadas la lefa que no había conseguido tragar. Cuando acabó, se limpió los labios y la barbilla con las bragas y luego se las colocó, elevando las piernas una por una en una pose muy femenina. Mario, mientras, se vestía fuera del coche y me comentaba la jugada.
—Joder, vaya polvazo, tío… —me decía enardecido—. Vaya zorrones de amigas que te echas… Esta es puta, pero puta… Le gusta más una polla que a un tonto una tiza.
Me cabreaba saber que Laura estaba escuchando lo que Mario decía. Pero pensaba que se lo merecía. Una chica que se deja follar como una guarra, a la hora de conocer a un tío, no se merecía otro apelativo que el de puta. Lo mirara por donde lo mirara.
Y, sobre todo, porque con ello se había cargado el comienzo de una relación bonita. Una de esas relaciones que suelen perdurar toda una vida.
—Ya te digo… —repliqué aturdido.
Sin embargo, tenía que reconocer que aquella experiencia había resultado de lo más excitante. Había disfrutado de una película porno en directo. Y el hecho de que se follaran a mi chica en esa película no había sido un hándicap, ni mucho menos. Al contrario, había sido un acicate que había elevado el morbo a la enésima potencia. Y me había proporcionado unos de los mayores orgasmos de mi vida.
—Entonces, ¿qué? —me decía Mario entre otras cosas a las que no había prestado atención—. ¿Nos follamos a Mónica a medias o no? ¿O prefieres terminarte a Laura? Si quieres yo mismo voy a buscarte un condón para que le des lo suyo. Ella encantada, te lo aseguro.
Negué con la cabeza mientras veía colocarse la ropa a Laura. Me moría por encontrar su mirada, pero ella la tenía fija en el suelo del coche. Por fuerza tenía que estar muriéndose de la vergüenza. La relación de miradas entre los dos, aquella que nos había unido en otro tiempo, estaba rota… rota para siempre.
Le estaba negando a Mario con un movimiento de cabeza, cuando Laura salió del coche. Se olvidaba de algo y se lo señalé sobre el asiento.
—Te dejas una de las gomas del pelo…
Se detuvo a recogerla y después me soltó una frase dolorosa, que nunca olvidaré.
—No soy una puta, que lo sepas… —susurró avergonzada.
Lo dijo sin mirarme, y luego se lanzó a la carrera hacia la salida del parking. Giré la cabeza por ver si Mario lo había oído, pero este andaba a su bola mirando el móvil y estoy seguro de que no fue así.
Aquella fueron mis últimas palabras con Laura aquella noche. Una noche que había empezado genial y que después se había ido a la mierda.
Aparte de corrido como un adolescente, me encontraba desolado.
Así que cuando Mario me sugirió que volviéramos a la discoteca, me negué en rotundo. Segundos después, me despedí de él y me volví en otro Uber a la residencia.
Nunca supe si mi amigo acabó tirándose a Mónica porque no hemos vuelto a hablar de esa noche jamás.
.
Continuará...
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