Xtories

Estoy casada y me folla mi entrenador de 20 años

En la oficina y en casa, Blanca siempre da las órdenes. Pero cuando el gimnasio se vacía y las luces bajan, alguien más toma el control. ¿Qué pasa cuando la mujer que siempre manda decide no mandar nada más?

Elena Rios30K vistas9.1· 17 votos

Parte 1: El peso de mandar

Cuando Álex corrigió la postura de Blanca en la sentadilla y sus manos bajaron dos centímetros más de lo necesario, ella supo que el entrenamiento había dejado de ser solo ejercicio.

Eran las nueve de la noche. El gimnasio de barrio llevaba media hora cerrado. Las luces de la zona de cardio ya se habían apagado. Solo quedaban las del área de pesas. Blanca escuchaba el zumbido de los fluorescentes y la respiración de Álex detrás de ella. El chico se había quedado "para ayudarle a terminar la serie". Tercera vez en quince días.

En casa mandaba ella. En el trabajo mandaba ella. En toda su vida mandaba ella. Pero en el gimnasio, Álex le decía "baja más", "espalda recta", "cinco más". Y a Blanca le gustaba. Le gustaba que alguien le dijera lo que tenía que hacer. Pero lo que más le gustaba era el contacto.

Álex era un chico de veinte años, estudiante de INEF. Hombros anchos, manos grandes, y una polla que ella había adivinado desde el primer día, marcándose bajo el pantalón corto cuando hacía demostraciones. Blanca tenía treinta y siete años. No necesitaba que nadie le explicara nada. Sabía lo que quería. Y quería que ese chico la tocara, la excitaba.

Parte 2: La búsqueda del contacto

Ella empezó a buscarlo desde la segunda semana.

Cuando él le sujetaba la barra en el press de banca, Blanca arqueaba la espalda para que sus pechos rozaran sus antebrazos. Cuando él la corregía en el peso muerto, ella se pegaba a él "sin querer", apretando el culo contra su pelvis. Cada roce era una descarga eléctrica. La excitación le crecía por dentro como una fiebre silenciosa.

—No te pegues tanto —decía él, con media sonrisa—, que me distraigo.

—Pues distráete —respondía ella, mirándole por el espejo.

Álex lo sabía. Desde el primer día había notado cómo ella temblaba cuando él le tocaba los hombros para corregirle la postura. Cómo contenía la respiración cuando sus dedos viajaban dos centímetros más abajo de lo profesional. Él disfrutaba poniéndola cachonda. Le encantaba ver cómo una mujer de treinta y siete años, directora comercial, acostumbrada a mandar, se derretía bajo sus manos de veinte.

Parte 3: La noche que casi

Una noche se quedaron solos de verdad. Cierre total. Él apagó todas las luces menos una. Blanca estaba haciendo estiramientos en la colchoneta. Álex se acercó "para ayudarle con los isquiotibiales".

—Túmbate boca abajo —dijo.

Ella obedeció. Él se sentó a horcajadas sobre sus muslos. Le empezó a presionar la espalda baja con las palmas. Subió lentamente por los dorsales. Llegó a los hombros. Luego bajó hasta la cintura. Sus dedos se deslizaron por debajo del top. Rozaron la piel desnuda de sus costillas.

—Relájate —susurró—. Estás muy tensa.

Blanca no podía relajarse. Cada caricia la ponía más tensa. Más caliente. Sentía cómo se le humedecían las bragas. Cómo el coño le latía con cada respiración. Álex siguió tocándola. Le masajeó los glúteos por encima del leggings. Con los pulgares, le separó los nudillos, justo en la comisura del ano. Blanca soltó un gemido ahogado.

—¿Te duele?

—No. No pares.

Él sonrió a oscuras. Siguió tocándola. Le acarició muy cerca la entrepierna por encima de la tela. Sintió el calor. Sintió la humedad que traspasaba el leggings.

—Estás muy tensa, Blanca.

Ella no respondió. Solo apretó los muslos para retener la sensación. Estaba a punto de correrse. Solo con sus manos. Solo con el roce de sus dedos cerca de su coño por encima de la ropa. Un orgasmo crecía desde el vientre, lento, inmenso.

Pero él paró.

—Eso es todo por hoy —dijo, levantándose como si nada—. La semana que viene seguimos.

Blanca se quedó en la colchoneta, temblando, con el orgasmo a punto de estallar y sin poder terminarlo. Llegó a casa. Quim ya dormía. Se metió en la ducha, se masturbó pensando en las manos de Álex, y se corrió en silencio, mordiéndose el puño para no gritar.

Esa noche no durmió. Solo podía pensar en como la tocaba y como la excitaba.

Parte 4: El masaje

A la semana siguiente, Blanca llegó temprano.

—Estoy muy tensa, ya sabes, el trabajo, he pensado que necesito un masaje de verdad —dijo—. ¿Tú haces?

Álex la miró. Sabía lo que ella estaba pidiendo. Sabía que no hablaba de contracturas.

—Hago —respondió—. Pero no aquí. Hay una sala independiente. Para clientes vip.

Blanca sonrió. —Pues vips somos.

La sala estaba al fondo del gimnasio. Una camilla en el centro. Luces tenues. Música relajante. Álex cerró la puerta con llave.

—Desnúdate boca abajo. Tapa tu cuerpo con la toalla donde quieras que no te toque.

Blanca se desnudó entera. Se tumbó boca abajo. No se tapó con la toalla. La dejó a un lado.

—Tu eres el profesional, estoy en tus manos —dijo.

Álex se acercó. La vió completamente desnuda.

— Estás segura.

— Si, no te preocupes, puedes empezar cuando quieras.

Empezó por los pies. Le masajeó cada dedo con movimientos circulares. Subió por los empeines. Los tobillos. Las pantorrillas. Cada caricia era suave, lenta, intencionadamente erótica. Sus dedos viajaban por la piel de ella como si estuvieran aprendiéndose un mapa.

—Tienes unas piernas preciosas —dijo—. Y esto de aquí... —sus manos llegaron a la parte baja de los glúteos, justo donde empezaba la comisura—...esto que tienes aquí debería ser ilegal. Rió él en broma.

Blanca rió también, nerviosa. Sintió sus dedos recorriéndole la curva del glúteo con una suavidad que ya no era solo terapéutica.

—Hablando en serio —prosiguió Álex, con un tono que se quería profesional pero que se quebraba por los bordes—, esta zona que estás tocando ahora mismo... el perineo, los labios externos... tiene una concentración de terminaciones nerviosas enorme. Desde el punto de vista del masaje, es una de las áreas que más ayudan a liberar tensión acumulada en el suelo pélvico.

—¿Ah sí? —preguntó ella, con la voz más ronca de lo que pretendía.

—Sí. Mucha gente no lo sabe, pero masajear esta zona puede ser muy beneficioso. Relaja contracturas profundas, mejora la circulación... y claro, si la clienta está de acuerdo, yo puedo trabajar ahí sin problema. Pero tiene que decírmelo. No quiero sobrepasar ningún límite.

Blanca giró ligeramente la cabeza para verle el reflejo en algún espejo. No había espejos. Solo la luz tenue y la respiración de ambos.

—Ya te dije que estoy en tus manos —respondió ella—. Si crees que necesito ese masaje... adelante.

Álex no necesitó que se lo repitieran.

—Voy a empezar despacio —anunció, deslizando los dedos desde el perineo hacia delante, rozando apenas la comisura de sus labios vaginales—. Primero los músculos alrededor de la entrada. Presión suave. Circular.

Separó los labios externos con dos dedos, con una calma que resultaba casi obscena. Blanca contuvo el aliento. Sintió el aire fresco en la piel más íntima, y luego el calor de sus yemas recorriendo cada pliegue.

—Muy receptiva —murmuró él—. Los tejidos están bien hidratados. Eso facilita el trabajo.

—¿Eso es una forma educada de decir que estoy mojada? —preguntó ella, sonriendo contra la camilla.

Él sonrió también.

—Es una forma profesional de decirlo, sí.

Siguió tocándola. Le acarició el clítoris con la yema del pulgar, describiendo círculos minúsculos. Con el índice, bajó hasta la entrada de su coño y la rodeó una y otra vez sin penetrar. Blanca movió las caderas hacia atrás, buscando más.

—Quédate quieta —ordenó él con suavidad—. El masaje lo hago yo.

Ella obedeció, mordiéndose el labio.

—Ahora voy a entrar un poco —dijo Álex—. Relájate.

Metió la punta de un dedo. Salió. Volvió a meterlo un poco más. Dos centímetros. Luego tres. Luego entero. Blanca soltó un gemido largo, líquido, que se quedó flotando en la sala.

—¿Duele?

—No. No pares.

Él metió un segundo dedo. Los movió despacio, abriéndola desde dentro, acariciando las paredes vaginales con una precisión que no tenía nada de casual. Su otra mano le sujetaba la cadera para que no se moviera.

—Todas esas terminaciones nerviosas que te decía —susurró—. Las estoy estimulando una por una. Notas cómo reacciona tu cuerpo.

Blanca lo notaba. Cada caricia era un latigazo de placer que le subía por la espalda. Sentía cómo se le llenaba el coño, cómo cada músculo de su vientre se tensaba. El orgasmo empezó a crecer desde algún sitio muy profundo.

—Álex —jadeó—. Me estoy... voy a...

—¿Ya?

—Sí, muy cerca...

Él detuvo el movimiento. Inmediatamente. Sacó los dedos. La dejó vacía, temblando, con el orgasmo a punto de estallar y sin poder llegar.

—¿Por qué paras? —preguntó ella, casi enfadada.

—Gírate —ordenó.

Ella se giró. Quedó boca arriba, completamente desnuda, con los pechos erectos y el coño mojado brillando bajo la luz tenue. Álex la miró despacio. De los pies a la cara. Se detuvo en su entrepierna.

—Tienes un coño precioso, Blanca.

—Ella no dijo nada.

Él empezó a tocarla. Le acarició los pechos con la punta de los dedos. Rodeó los pezones sin tocarlos. Una y otra vez. El aire se volvía más denso. Blanca movía las caderas buscando más contacto. Él bajó una mano hasta su vientre. Dibujó círculos alrededor de su pubis.

—Dime lo que quieres.

—Quiero correrme.

—¿Así?

Le separó los labios vaginales con dos dedos. Sopló suavemente sobre el clítoris. Blanca se retorció.

—Más.

Él metió un dedo. Muy despacio. Luego otro. Los movió dentro de ella mientras con el pulgar le presionaba el clítoris. El ritmo era lento, hipnótico. Cada movimiento era una caricia. Cada caricia un latigazo de placer.

—Te voy a hacer correr —susurró—. Te voy a escuchar gemir.

—Ya casi...

—No. Cuando yo diga.

Él siguió tocándola. Aceleró el ritmo solo un poco. Nada brusco. Todo suave. Todo sexy. Con la otra mano le pellizcaba los pezones, los estiraba, los soltaba. La lengua de Álex bajó hasta su cuello. Le mordió la clavícula.

—Estás tan buena —murmuró—. Tan caliente. Mírate. Toda mojada para mí.

Blanca no podía más. El orgasmo crecía como un tsunami. Sus piernas empezaron a temblar. Agarró la camilla con las dos manos.

—Ya —gimió—. Ahora.

—Córrete.

Y ella se corrió. Gritando. Apretando los dedos de él dentro de ella. Las paredes de su coño se contrajeron una y otra vez mientras el placer la sacudía entera. Cuando terminó, se quedó en la camilla, jadeando, la cara roja, el pelo pegado a la frente.

Se avergonzó. Se avergonzó de haberse corrido tan rápido. De haber perdido el control. De haber gemido tan alto.

—Lo siento —dijo, tapándose la cara con las manos.

Álex sonrió. Le apartó las manos. La miró a los ojos.

—No te disculpes. Esto es lo que más me gusta. Verte excitada. Ver como te corres. Verte perder esa compostura que llevas pegada a la piel.

— Dijo él llevándose los dedos a la boca

Blanca se incorporó. Se vistió rápido. Antes de irse, se giró en la puerta.

—Me voy de viaje cuatro días —dijo—. Pero vuelvo.

—Te espero.

Esos cuatro días fueron un infierno. En las reuniones, Blanca pensaba en las manos de Álex. En la cama del hotel, se masturbaba una y dos veces por noche, imaginando su boca, sus dedos, su polla. Llegó a casa el jueves por la noche. No fue a su casa. Fue directamente al gimnasio.

Parte 5: Lo que siempre quiso

Álex la estaba esperando. El gimnasio vacío. La sala de masajes preparada. Cuando ella entró, él no dijo nada. Solo señaló la camilla.

—Desnúdate —ordenó—. Esta vez entera.

Blanca se desnudó. Los pechos firmes. La cintura que había marcado en dos meses de entrenamiento. Las caderas anchas. El coño depilado, brillante, ya húmedo. Se tumbó boca arriba. Esta vez tampoco se tapó. Esta vez no se avergonzó.

Álex la miró un momento. Luego empezó a tocarla. No hubo masaje. Hubo posesión. Sus manos recorrieron cada centímetro de su cuerpo. Le apretó los pechos. Le mordió los pezones. Le lamió el cuello, las axilas, el ombligo. Bajó hasta su coño y lo lamió entero, de arriba abajo, con la lengua plana.

—Esto es lo que quieres, ¿verdad? —preguntó.

—Sí.

Él metió dos dedos dentro de ella. Los movió rápido, buscando ese punto que hacía temblar las piernas. Blanca se agarró a sus hombros.

—Sí, ahí, no pares.

Él no paró. Empezó a masturbarla con los dedos mientras le lamía el clítoris. Blanca perdió la compostura. Le agarró la entrepierna por encima del pantalón. Sintió la polla dura, gruesa, enorme. La sacó del pantalón. La miró. Era más grande de lo que había imaginado. La cabeza rosada, brillante. El grueso tronco lleno de venas.

—Métemela en la boca —dijo.

Él la colocó sentada en el borde de la camilla. Ella abrió la boca. Él se la metió despacio. No entera. Solo la cabeza. Luego un poco más. Luego hasta el fondo. Blanca no tenía reflejo de náusea. Tragó. Lo chupó con hambre. Él gemía con los ojos cerrados.

—Para —dijo—. Ahora te toca a ti.

La tumbó boca arriba. Le abrió las piernas. Le metió la lengua dentro. Se la comió entera. El coño, el clítoris, el perineo, el ano. Todo. Blanca chilló. Se corrió en su boca. Un orgasmo corto, rápido, eléctrico.

Pero Álex no paró.

—Ponte a cuatro —dijo.

Ella obedeció. Él se colocó detrás. Le metió la polla de una sola embestida. Entró entero. Blanca notó cómo le llenaba, cómo le estiraba las paredes vaginales. Empezó a follarla duro. Cada embestida sonaba en la sala vacía. Ella gemía contra la camilla.

—No te corras dentro, quiero sentir como explotas dentro de mi boca —dijo ella—. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Él siguió follándola. El ritmo aumentó. Las embestidas se volvieron más cortas, más profundas. Blanca sentía cómo se acercaba otro orgasmo. Un orgasmo más grande. Más líquido.

—Me voy a correr —jadeó ella.

—Yo también.

Él sacó la polla en el último segundo. —Arrodíllate —ordenó.

Blanca se arrodilló en el suelo. Él se masturbó rápido. Dos segundos. Luego se corrió dentro de su boca. Chorros calientes que le llenaron la garganta. Ella tragó. Le gustó. Lamió la cabeza de su polla para recoger las últimas gotas. Se relamió los labios.

—Así me gusta —dijo él—. Súbete a la mesa.

Blanca se sentó en el borde de la camilla. Él se arrodilló frente a ella. Le metió dos dedos dentro. Rápidos. Duros. Buscó ese punto. Lo encontró. Lo presionó una y otra vez.

—¿Qué haces? —preguntó ella.

—Algo que no te has hecho nunca.

Él siguió presionando. Blanca sintió una presión extraña en la vejiga. Algo que crecía. Algo que no podía controlar.

—Para —dijo—. Voy a...

—Déjate ir.

Un chorro de líquido caliente salió de su coño. Un squirt. Primero un chorro. Luego otro. Luego varios. Mojó la camilla. Mojó el suelo. Mojó la cara de Álex. Cuando terminó, Blanca se quedó sentada, con las piernas abiertas, goteando, temblando de pies a cabeza.

Se avergonzó. Se avergonzó muchísimo. Se tapó la cara con las manos. Quiso desaparecer.

—No había hecho eso nunca —susurró.

Álex se incorporó. Le apartó las manos. Le sonrió. Tenía el pelo mojado. La cara mojada.

—Eso ha sido lo más sexy que he visto en mi vida —dijo—. Esto... esto es lo que querías, ¿no?

Blanca no podía. Aún temblaba.

Él se secó la cara con una toalla. Luego se vistió despacio. Antes de salir de la sala, se giró.

—Blanca, este primer masaje completo ha sido una demostración —dijo, con media sonrisa—. Si quieres más... tiene un precio.

Blanca se quedó sentada en la camilla mojada. Desnuda. Agotada. Pero sonriendo.

—¿Cuál es el precio?

Él se acercó. Le susurró al oído:

—La tarifa, masaje completo.

Salió. Cerró la puerta. Blanca se quedó sola, goteando, pensando en la próxima vez.

Fin (por ahora). Fotos del encuentro en contenido exclusivo en mi perfil.P.D.

Te sonaba el nombre de Blanca, ¿verdad?

Pues sí. Es ella. La esposa de Quim. La tía de María. La hermana de Silvia, la pastelera del Condal. La que viajaba tanto por trabajo que no veía que su marido se follaba a su sobrina en su propia casa.

Ella no lo sabe. O quizás sí. Quizás por eso empezó a ir al gimnasio. Quizás por eso buscó a Álex. Quizás por eso necesitaba que alguien le dijera "baja más", "espalda recta", "córrete".

Porque en casa mandaba ella. En el trabajo mandaba ella. En toda su vida mandaba ella.

Pero en la sala vip del gimnasio, a oscuras, con las manos de un chico de veinte años recoriendo su cuerpo, Blanca no mandaba nada.

Y por primera vez en años, le gustaba no mandar.

Mientras Quim se follaba a su sobrina María en el coche aparcado en Gràcia, ella se dejaba follar por su entrenador en la camilla de masajes.

Dos caras de la misma moneda. Una pareja que ya no se mira. Dos vidas paralelas que nunca volverán a encontrarse.

O sí.

Porque Gràcia es pequeña.

Y los secretos, en este barrio, siempre acaban oliéndose.