Diario de un chico al que le gustaban las GILF (1)
La app le ofrecía la solución a sus miedos: una mujer mayor dispuesta a guiarse en su primera vez. Pero cuando la puerta se abrió, la fantasía chocó contra una realidad que no esperaba. ¿Podría el morbo superar el asco?
Mentiría si dijese que no me gustaban mayores desde siempre. Aunque claro por aquel entonces las mayores eran las treintañeras. Aunque alguna cuarentona me molaba también. En ciertas páginas porno mi categoría preferida era la de MILF. No es que no me masturbase también con chicas más jóvenes, pero solía correrme con las maduras.
Y así iba mi vida de paja en paja sin atreverme a entrarle a una madura por vergüenza. Virgen con 20 años decidí que quizá debería probar las apps. Pero el coronavirus se adelantó y resignado a no follar en a saber cuánto tiempo caí en el porno continuo. Antes me masturbaba dos o tres veces a la semana. Cuando nos confinaron, el número subió a mínimo una diaria. Y comencé a buscar a cincuentonas en las páginas porno.
Mi fantasía era perder la virginidad con una MILF, con una cuarentona atractiva. Pero la idea de que fuese una cincuentona me daba mucho morbo.
Y con el fin del confinamiento volví a las apps. Había pocas MILF. Al menos, que me aparecieran para mi rango de edad. Que por cierto ya tenía 21 para ese entonces.
Hablé con tres o cuatro que estaban bastante bien, pero solo se aburrían y querían hablar sin más. Pero hubo una, la segunda semana con la que hubo suerte...
En el perfil había una sonriente madura de 51 años de ojos azules y pelo rubio y ni muy largo ni muy corto. En otra salía con un vestido negro y en otro con un vestido claro con flores rosas. Era delgada y no se le apreciaba mucho pecho.
Comencemos a hablar con lo típico. Hola, qué tal y todo eso. Normalmente esperaba más para hacer la pregunta. Pero ya iba perdiendo los nervios y estaba hablando con ella a la vez que me masturbaba con sus fotos así que le pregunte directamente si le gustaban los yogurines. Aquí lo normal es que me dijeran que no o que algo más jóvenes sí, pero no tanto. Pero me respondió que lo que no le gustaban eran los de su edad.
Empecé a hacerme ilusiones. Podría ser la que me estrenara. Spoiler. Sí.
Me preguntó si a mí me gustaban las maduras. Y le dije que sí, pero que no había estado nunca con ninguna madura. Ni madura ni joven. Con ninguna.
Ella sorprendida me preguntó si era virgen y le dije que sí.
Me preguntó si por lo menos me habían hecho una mamada y le dije que no había hecho nada de nada.
Recuerdo perfectamente la respuesta: “ufff que morbo”. Hasta ese momento no había considerado que pudiera darle morbo a una cincuentona desvirgarme. Aquello sonaba demasiado bien. El perfil estaba verificado así que por lo menos no sería un tío en realidad. O eso, o era un hacker.
La conversación subió de tono y hablemos de cómo me gustaría desvirgarme. Yo le dije que me gustaría hacerlo a pelo la primera vez. Y ella me dijo que sin problemas que como tenía la menopausia podía correrme dentro. Es más, le gustaría que lo hiciera ya que nunca se le había corrido un virgen dentro.
Le pregunté si había mandado nudes y su respuesta me sorprendió. No fue un sí o un no. Fue una foto de su torso desnudo. Las tetas, efectivamente, eran pequeñas. Pero no tanto como había imaginado al principio. Tenían su volumen y no estaban prácticamente caídas. No tardaron en llegar fotos de su coño y de ella desnuda en varias posturas.
Como no podía ser de otra forma me corrí con esas fotos.
Las dos siguientes semanas se sucedieron entre chats subidos de tono, fotos de ella desnuda y alguna de mi pene y un a ver si quedábamos o no. También me confesó que no tenía 51 años como ponía el perfil, sino 62 pero que las fotos eran recientes y todos le decían que aparentaba menos edad. Cosa con la que sin duda estuve de acuerdo.
Sin embargo, no me esperaba eso. No había considerado follar con alguien tan mayor. Pero al final no los aparentaba. Era una MILF en aspecto. Así que terminemos quedando.
Fui a su casa. Nervioso perdido. Una parte de mi dudaba si sería buena idea desvirgarme con alguien que podría ser mi abuela. Por otra parte, temía que en realidad fuese una secuestradora o terminase sin riñones.
Me paré varias veces pensando darme la vuelta y darle plantón, pero al final llegué a su casa y me abrió con el pelo mojado y un albornoz y me saludó con dos besos.
Cuando me di cuenta la tenía desnuda y arrodillada delante de mí sacándome el pene que no tardó en meterse en la boca. Yo temía correrme en segundos, pero no fue así.
Algo menos nervioso, pero aún temblando la acompañé a su habitación como si fuera en piloto automático. Como si mi cuerpo fuera solo y yo fuera un espectador medio adormecido.
En nada estaba desnudo y tumbado en la cama y ella se ponía sobre mí. Agarraba mi pene y se lo iba metiendo poco a poco. Cuando llegó a sentarse sobre mí con todo mi pene en su interior comenzó a moverse suavemente adelante y atrás y luego haciendo círculos mientras gemía.
Mis nervios se iban transformando en lujuria y cuando empezó a dar saltitos sobre mí y le vi las tetas botando le solté que quería follármela a cuatro patas. Me salió solo, del interior.
La sesentona se levantó con cuidado y se puso a cuatro patas y yo busqué por donde meter mi pene. Froté un poco la polla como en los videos porno y la metí dentro de su coño. Ella gimió. Yo comencé a meterla y sacarla despacio. Torpe y con falta de práctica, pero fui pillando el ritmo. La folle a un ritmo decente o al menos, no tan ortopédico como las primeras penetraciones.
Ella gemía cada vez más fuerte y yo me ponía cada vez más cachondo. Entonces los testículos se me subieron con una fuerza con la que nunca habían subido. Como si intentaran atravesar mi cuerpo y me corrí.
Con las pajas me había corrido de forma más o menos abundante, pero follándome a la sesentona había sido diferente. No podía ver cuanto, pues el semen estaba dentro de ella igual que mi pene, pero lo había sentido como un chorro enorme y potente. Una corrida muy abundante. El orgasmo, en consonancia, había sido el mejor de mi vida.
Me sentí poderoso, pero al segundo siguiente me vino a la cabeza un: “Dios mío, ¿qué he hecho?”
La sesentona se incorporó y me felicitó por desvirgarme y me preguntó que tal.
Yo estaba en shock, era como ver por primera vez la edad que tenía. Acababa de follarme a una abuela. Es más, me había desvirgado con una vieja. Eso ya no se podía cambiar. Era como si viera por primera vez sus arrugas. Si oliese ese olor tras el perfume.
Me sentí asqueado. Contuve las ganas de vomitar.
Ella me besó y fui a apartarla sin fuerzas ni ganas, pero ella ya se había puesto a chuparme la polla. Me quería ir, pero una parte de mi volvía a ponerse cachonda.
La vi chupándome la polla. Me daba asco y morbo. Y que me diese asco en sí empezaba a darme morbo.
Terminé con la polla dura y cachondo.
La vieja me reto a que me la follara de nuevo y me puse encima suya y busqué su coño con el glande para metérsela de nuevo y me la folle a lo misionero. De vez en cuando le estrujaba una teta. Escucharla gemir tan cerca de mi oído era una nueva forma de ponerme más cachondo. Yo a mi vez, jadeaba cerca de su oreja.
De pronto gimió distinto y noté como temblaba. Me levanté como haciendo una media flexión con mi polla dentro de su coño que estaba rehumedecido. La miré a la cara y pensé: Joder que vieja y como me pone. Y le pregunté si se había corrido y me dijo que sí que me tocaba a mi correrme otra vez.
Volví a la faena, a follármela a mi ritmo hasta que volví a correrme. No era una corrida tan abundante como la primera. O al menos así lo sentí. Pero había sido una buena corrida.
Me volvió a dar un poco de asco estar follándomela, pero se me pasó enseguida. Me tumbé con ella y me estuvo preguntando como había ido y esas cosas y terminé durmiéndome.
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