Todo queda en familia
Isa siempre fue dulce, pero Enzo descubrió que bajo esa fachada se escondía una bestia hambrienta. Cuando su hermana Teresa, la ejecutiva fría que impone respeto en la oficina, se entera de lo que Enzo puede hacer en la cama, la verdadera prueba de fuego comienza: ¿podrá él doblegar también a la mujer que nunca se rinde?
A mis 25 años, siempre he pensado que la vida se reduce a una cuestión de frecuencias, de saber sintonizar la onda correcta. Quizá sea por deformación profesional, dado que paso mis días gestionando redes y flujos de datos en una multinacional de telecomunicaciones, pero sé cuándo una señal es limpia y cuándo tiene interferencias. Sin embargo, nada de mi experiencia técnica me preparó para el impacto de alta tensión que supuso conocer a Isa.
Fue en la boda de un buen amigo de la universidad. El ambiente estaba cargado de música, risas y el tintineo constante de las copas de champán. Yo me había esmerado con el vestuario: un traje de corte italiano hecho a medida que se ceñía a la perfección a mis hombros anchos y a mi torso atlético, un físico que mantenía a base de gimnasio disciplinado y una genética generosa. Sabía que llamaba la atención, pero mi radar se apagó por completo en cuanto ella entró al salón de la recepción.
Isa era una aparición. Tenía un rostro de facciones dulces, una mirada limpia y una simpatía natural que se percibía a leguas, pero su cuerpo... su cuerpo era una provocación andante, un imán que rompía los cuellos de todos los hombres que se cruzaban en su radio de acción. Llevaba un vestido de cóctel de un verde esmeralda, tan ceñido que parecía una segunda piel. Cada paso que daba ponía en movimiento unas piernas largas y perfectamente contorneadas, y el escote sugería unos pechos grandes, firmes y naturales que desafiaban la gravedad. Pero lo que realmente dejaba sin aliento era su retaguardia; un culo rotundo, respón, esculpido al milímetro, que acaparaba todas las miradas cuando se daba la vuelta.
El destino, o el novio que conocía mis gustos, nos sentó en la misma mesa. La atracción fue instantánea. Conversamos durante la cena y descubrí que trabajaba en el departamento de marketing de una multinacional de cosméticos, la misma empresa donde su hermana mayor, Teresa, de 27 años, ya ejercía como una de las más altas directivas.
—Teresa es un tiburón de los negocios —me decía Isa, riendo mientras saboreaba su copa de vino—. Yo soy un poco más tranquila. Prefiero el proceso creativo, el contacto con la gente.
—A mí me parece que tienes el magnetismo perfecto para vender lo que quieras, Isa —le respondí, sosteniéndole la mirada. Mis ojos bajaron un segundo por su escote antes de volver a su rostro—. De hecho, me tienes completamente hipnotizado.
Ella se sonrojó, pero no apartó los ojos.
—¿Ah, sí? ¿El experto en telecomunicaciones está perdiendo la cobertura? —bromeó, con una chispa de picardía.
—Contigo la señal está al máximo. ¿Bailamos?
En la pista, la cercanía física terminó de sellar el destino. Sentir la curva de su cintura bajo mi mano y el roce sutil de sus pechos contra mi pecho me confirmó que no iba a parar hasta tenerla. Nos despedimos esa noche con un beso en la mejilla que nos dejó a ambos con la respiración alterada y la promesa de vernos al día siguiente.
Quedamos una, dos, tres veces esa misma semana. El amor nos arrolló con una fuerza descomunal. Isa era todo lo que un hombre podía desear: cariñosa, atenta, inteligente y de una belleza que me hacía sentir el tipo más afortunado del planeta cada vez que entrábamos de la mano a un restaurante. A los tres meses de noviazgo, devorados por la necesidad de estar juntos a todas horas, decidimos alquilar un apartamento. Era un lugar pequeño, en el centro de la ciudad, pero cómodo y diseñado a la medida de nuestra burbuja.
Sin embargo, al principio, las noches en nuestro nuevo hogar revelaron una faceta de Isa que no cuadraba con su imponente físico: era extremadamente tímida en la cama. Sus besos eran suaves, casi formales, y cuando hacíamos el amor, prefería mantener las luces apagadas, adoptando una rutina clásica, sin excesos ni sobresaltos. Yo la respetaba y la guiaba con ternura, pero mi propio cuerpo, grande y bien dotado, reclamaba una entrega más salvaje, y yo sabía, por la forma en que ella vibraba cuando la tocaba, que en su interior se escondía una mujer hambrienta de algo más.
La transformación comenzó una noche de viernes, un mes después de mudarnos. La lluvia golpeaba los cristales del dormitorio y el ambiente estaba cargado de una electricidad íntima. Isa salió del baño vistiendo un picardías de seda negra que apenas cubría la redondez de sus pechos y dejaba al descubierto sus espectaculares piernas. Me senté en el borde de la cama, vistiendo solo unos bóxers, y la atraje hacia mí por las caderas, haciendo que se sentara a horcajadas sobre mis muslos.
—Estás increíble, mi amor —le susurré, metiendo las manos por debajo de la seda para acariciar la piel suave de sus glúteos—. Pero quiero que hagamos un pacto esta noche. Quiero que dejes la vergüenza fuera de esta habitación.
—Enzo... a veces me cuesta —murmuró ella, escondiendo el rostro en mi cuello—. Me da miedo parecer... no sé, demasiado atrevida. O que pienses mal de mí.
—Quiero que seas atrevida, Isa. Quiero verte disfrutar de verdad, sin límites —le dije, obligándola a mirarme—. Quiero que me digas lo que sientes aquí dentro. Tu cuerpo está hecho para el placer, y el mío está listo para dártelo todo.
Le quité la prenda de seda con movimientos lentos pero firmes, dejándola completamente desnuda bajo la tenue luz de la lámpara de la mesilla. Sus pechos grandes quedaron libres, con los pezones ya endurecidos por el frío y la expectación. Empecé a besarlos, rodeando las aureolas con la lengua, escuchando cómo sus primeros jadeos empezaban a romper el silencio.
—Me gusta cuando me miras así, Enzo... —admitió con voz temblorosa—. Me hace sentir una corriente por todo el cuerpo.
—Es solo el principio, nena. Hoy vas a descubrir lo que es arder de verdad.
Con los días, los diálogos entre nosotros empezaron a cambiar. La complicidad que fuimos tejiendo nos permitió dejar atrás el lenguaje políticamente correcto. Descubrí que a Isa, lejos de espantarla, el lenguaje sucio y directo la encendía como nada en el mundo. Se convirtió en una droga para ella; las palabras explícitas actuaban como un catalizador que liberaba sus inhibiciones más profundas.
Un sábado por la tarde, la sorprendí en la cocina mientras preparaba un café. Me acerqué por detrás, pegué mi pecho a su espalda y pasé mis manos hacia adelante, estrujando con firmeza sus pechos sobre la camiseta. Sentí cómo se le cortaba la respiración al notar la dura erección que empujaba contra sus nalgas a través de mi pantalón de chándal.
—¿Sabes qué estaba pensando en el salón? —le dije al oído, mordiéndole levemente el lóbulo.
—¿Qué... qué pensabas? —preguntó, arqueando la espalda hacia atrás, buscando inconscientemente más contacto.
—En lo jodidamente buena que estás. En cómo se te marca ese culo cuando caminas por la casa y en las ganas que tengo de abrirte de piernas ahora mismo sobre esta encimera y meterte mi polla bien dura hasta el fondo.
Isa soltó un gemido ronco, un sonido que nunca antes le había escuchado. Se giró rápidamente, con los ojos encendidos, las mejillas rojas y la respiración agitada.
—Enzo... no me digas esas cosas si no vas a cumplirlo —dijo, desafiante, aunque su voz temblaba de pura excitación.
—¿Crees que bromeo? Mírame.
Me bajé el chándal e interior, dejando a la vista mi miembro, que se erguía imponente, grueso y completamente venoso, palpitando de necesidad. Los ojos de Isa se agrandaron, fijos en mi anatomía. Se humedeció los labios y, sin que yo se lo pidiera, se arrodilló lentamente en el suelo de la cocina.
—Dios, Enzo... es enorme. Me vuelve loca verla así —dijo, perdiendo toda la timidez que alguna vez la había frenado.
—Tómala, Isa. Es toda tuya. Quiero sentir tu boca.
Ella la tomó con las dos manos, maravillada por el tamaño, y comenzó a lamer la punta, subiendo y bajando, metiéndosela en la boca hasta donde la garganta se lo permitía, haciéndome gruñir de placer. Escucharla succionar con ese descaro, ver su rostro dulce entregado a una acción tan lasciva, era el mejor afrodisíaco. El lenguaje vulgar y descarnado se había instalado en nuestra rutina como un juego del que ya no podíamos prescindir.
La culminación de su transformación llegó una noche de verano. El calor era sofocante, pero el fuego real estaba dentro de nuestro dormitorio. Habíamos pasado horas jugando, provocándonos con mensajes obscenos durante el día, calentando el terreno hasta que el ambiente estuvo a punto de estallar.
Isa estaba tumbada en la cama, completamente abierta de piernas, mostrando la belleza de su sexo depilado, rosado y brillando por el flujo que ya corría por sus muslos. Yo estaba arrodillado entre sus piernas, admirando el espectáculo de su anatomía. Sus pechos subían y bajaban con violencia por la respiración entrecortada.
—Mírate, Isa. Estás empapada —le dije en un tono duro, incisivo, introduciendo dos dedos en su coño, sintiendo las paredes calientes y apretadas que succionaban mis dedos—. Estás chorreando por mí, ¿verdad?
—Sí... ¡sí, joder! —gritó, soltando las palabras como una adicta que ya no puede reprimir su necesidad—. Tengo el coño ardiendo, Enzo. Golpéame ahí dentro con tu polla. Necesito que me la metas ya, estoy completamente vacía sin ti.
Aquellas palabras, saliendo de la boca de la dulce Isa, me prendieron fuego a la sangre. Me subí sobre ella, posicionando la punta de mi miembro en su entrada húmeda. Ella levantó las piernas, rodeando mi cintura con sus largos y contorneados muslos, ofreciéndome todo su ser sin un ápice de pudor.
—Dime qué quieres que te haga, Isa. Dímelo bien claro —la provoqué, rozando la cabeza de mi polla contra su clítoris, haciéndola retorcerse de frustración.
—¡Quiero que me folles duro, Enzo! —exclamó, con los ojos desorbitados por la lujuria, las manos aferradas a las sábanas—. ¡Méteme esa polla enorme hasta el fondo del coño! Rompeme por dentro, no aguanto más este dolor.
Con un impulso firme y potente, me hundí en ella de un solo golpe. El apartamento pareció retumbar con el gemido agudo y desgarrado que soltó Isa cuando mi grosor la estiró por completo, llenándola al límite. Comencé a embestir con un ritmo salvaje, brutal, haciendo que nuestros cuerpos chocaran con un eco húmedo y rítmico que llenaba la habitación.
—¡Eso es, Enzo! ¡Así! ¡Fóllame más duro! —gritaba ella, desatada, utilizando las palabras más duras y directas como un combustible que la elevaba más y más—. ¡Me encanta sentir tu polla dura golpeándome el útero! Eres una bestia... ¡eres mi puta bestia!
Mis manos agarraron sus pechos grandes, apretándolos con fuerza mientras continuaba el bombeo implacable. Cada embestida la hacía jadear palabras que antes habrían sido impensables en ella, insultos de placer, descripciones obscenas de lo que sentía en su vagina, una verborrea sucia que actuaba como la droga definitiva para ambos.
—¡Me voy a correr, Enzo! ¡Tu polla me está destrozando el coño de lo buena que está! —aulló, arqueando la espalda al máximo mientras las paredes de su sexo empezaban a contraerse en espasmos violentos en torno a mi miembro.
—¡Correte para mí, Isa! ¡Lléname de tu jugo mientras te la hundo! —le respondí, perdiendo el control, aumentando la velocidad de las estocadas, sintiendo el clímax a las puertas.
Isa estalló en un orgasmo ensordecedor, gritando obscenidades y aferrándose a mi espalda con una fuerza descomunal mientras su coño me estrujaba en oleadas de puro placer. No pude aguantar más; con tres embestidas brutales, profundas y desgarradoras, me corrí dentro de ella, liberando chorros de semen caliente que la llenaron por completo. Nos quedamos colapsados el uno sobre el otro, sudorosos, exhaustos, unidos por el sexo más atrevido y voraz, sabiendo que la dulce chica de la boda se había convertido, de mi mano, en una mujer sin complejos, dueña absoluta de su propio deseo.
El sudor aún no se había secado en nuestras pieles cuando entendí perfectamente el nuevo mapa de su placer. Isa ya no era la chica tímida de la boda; la metamorfosis era completa. Había descubierto que el lenguaje sucio y la crudeza la transformaban en un animal insaciable. Así que decidí cambiar de estrategia. Si le gustaba la fuerza, la desesperaría con el control. Mantendría el vocabulario soez y desgarrador, pero ralentizaría el ritmo hasta volverla loca.
La noche siguiente la tumbé bocarriba, amarrando sus muñecas por encima de su cabeza con una sola de mis manos. Ella me miraba con los ojos encendidos, esperando la embestida violenta de la vez anterior, pero se topó con una lentitud exasperante.
—¿Qué pasa, mi amor? ¿Estás ansiosa? —le susurré, rozando mis labios por su cuello—. Hoy vas a suplicar, zorra. Te voy a comer tan despacio que vas a llorar.
Bajé lentamente hasta sus pechos grandes. En lugar de devorarlos con la prisa de antes, empecé a lamer sus pezones, recorriéndolos con la punta de la lengua para luego darles mordiscos suaves, rítmicos, tortuosos. Isa empezó a sacudir las caderas, buscando mi cuerpo, pero yo me mantenía firme, alejando mi miembro de su alcance. Bajé la boca hacia su vientre y luego hacia su coño, que ya brillaba empapado. Con los dedos abrí sus labios rosados y clavé la mirada en sus ojos mientras mi lengua empezaba a lamer y chupar su clítoris con una parsimonia cruel.
—¡Enzo, por favor, muérdeme ahí! ¡Fóllame ya, te lo ruego, métemela dura! —berreaba ella, arqueando la espalda, con la voz rota por la frustración de un placer que la desbordaba.
—Cállate y trágate las ganas. Vas a saborear cada segundo —le respondí, aumentando la presión de la lengua pero sin acelerar el ritmo.
El castigo psicológico y físico la llevó al límite. A pesar de la lentitud, la intensidad era tal que Isa empezó a encadenar orgasmos seguidos, unos espasmos violentos que sacudían sus largas piernas y la hacían gemir insultos y súplicas, dejándola completamente exhausta, temblando sobre colchón.
Cuando logró recuperar un poco el aliento, me miró con una chispa de malicia en los ojos congestionados. Quería venganza. Se incorporó despacio, apartando el pelo de su cara sudorosa, y me empujó por los hombros para que me sentara en el borde de la cama.
—Ahora te toca a ti sufrir, cabrón —susurró con una sonrisa sucia, arrodillándose en el suelo, entre mis piernas.
Isa adoptó mi misma táctica de lentitud deliberada, sin saber que eso era exactamente lo que yo quería. Agarró mi polla, que ya se erguía gruesa y venosa, y empezó a recorrerla con la lengua desde la base hasta el glande, recreándose en cada veta. Lo hacía de la forma más guarra posible, mirándome fijamente a los ojos. Dejaba que su propia saliva inundara mi miembro, empapándolo por completo, mientras abría la boca para lamer la punta con un descaro absoluto. Vi perfectamente cómo la saliva se acumulaba en la comisura de sus labios y empezaba a escurrir, formando un hilo denso que caía por su barbilla.
—Eres una puta guarra, Isa... mira cómo dejas mi polla, pedazo de zorra —le dije, llamándola con esos insultos cargados de un cariño perverso que la hacían vibrar.
Ella sonrió con la boca húmeda, pero pronto la confianza se convirtió en impotencia. Isa quería demostrarme de lo que era capaz; quería tragársela entera, pero la tremenda longitud y el grosor de mi verga chocaban contra la estrechez de su garganta. Lo intentaba una y otra vez, pero se ahogaba a los pocos centímetros. Frustrada y con la respiración agitada, me miró desde el suelo, agarrando mi miembro con fuerza.
—Enzo... no puedo sola, está demasiado grande —jadeó, con los ojos brillantes—. Ayúdame. Empújame la cabeza hacia abajo. Aprieta y no pares hasta que me la haya tragado entera, joder. Hazlo.
Accedí, pero al poner mi mano sobre su nuca y ejercer presión, noté cómo su cuerpo, de forma totalmente involuntaria y biológica, se resistía al ahogo. Su cuello se ponía rígido.
—Así no vas a poder, mi puta sumisa —le dije, su voz firme—. Lo vamos a hacer a mi manera. Con las caderas.
Me acomodé bien en el borde de la cama. Le agarré la cabeza con ambas manos, entrelazando mis dedos en su pelo, y empujé mis caderas hacia adelante con una fuerza seca. El glande atravesó la barrera y se hundió de golpe en el fondo de la garganta de Isa.
El impacto fue inmediato. Ella empezó a toser, los ojos se le llenaron de lágrimas instantáneas y sufrió una arcada violenta que contrajo todo su torso. Intentó echar la cabeza hacia atrás, pero yo no cedí un solo milímetro. Mantuve la presión de mis caderas, fijándola contra mi pubis.
—No te eches atrás ahora, zorra. Tú has pedido esto —le solté con rudeza, mirándola desde arriba—. Eres una zorra tragona y puedes con esto y con mucho más. Trágatela.
Isa, desesperada por el ahogo pero completamente encendida por la dominación, me clavó las uñas en los muslos con una fuerza brutal, como si quisiera atravesarme la carne con los dedos para buscar un punto de apoyo. Sus labios estaban estirados al límite, deformados por el enorme grosor que los obligaba a abrirse al máximo. Fueron unos segundos de tensión absoluta, con sus ojos llorosos fijos en los míos, aguantando la invasión en su garganta.
—Relájate, Isa. Relaja la garganta, deja que pase —le ordené con voz más suave, pero sin soltarla.
Ella me escuchó. Hizo un esfuerzo consciente, respiró por la nariz y, poco a poco, los músculos de su garganta cedieron, dilatándose alrededor de mi verga. La presión disminuyó y una oleada de placer brutal me recorrió la espina dorsal al sentir toda mi longitud sepultada en la calidez de su boca, completamente aprisionada. Isa, al notar que el ahogo desaparecía, empezó a disfrutar de la textura de la carne dura en su interior, entornando los ojos.
Comencé a sacarla despacio, muy lentamente. Vi cómo el miembro iba abandonando su boca, atravesando sus labios estirados hacia fuera, arrastrando un reguero de saliva. Y en cuanto estuvo casi fuera, volví a empujar. Esta vez entró limpia, directa, profunda. Sin tos. Sin arcadas. Isa simplemente tuvo que abrir las mandíbulas hasta el límite del desgarro para dar paso a la bestia.
—Eso es, mi amor... así. Sabía que podías —la alabé, dándole azotes suaves en la mejilla—. Solo tenías que sacar a la zorra que llevas dentro y dejarte follar la boca como te mereces.
El ritmo se volvió constante. Mi pelvis chocaba contra sus labios en un vaivén húmedo y rítmico. Entraba y salía de su garganta, y yo ya no paraba de insultarla con saña y devoción, sabiendo que cada palabra soez era el combustible que la mantenía allí abajo, de rodillas. Isa alternaba lágrimas de puro esfuerzo físico con una sonrisa lasciva entre penetración y penetración, totalmente drogada por el vicio.
De repente, la presión en mis testículos me avisó de que estaba al límite.
—Me corro, Isa... Me voy a correr ya. Prepárate la boca, puta.
Ella abrió los ojos de par en par, ahuecó las manos alrededor de mis nalgas y se pegó
—¡Dios, Isa... cómo me gusta follarle la boca a mi puta! —gemí, apretando su cabeza contra mí mientras terminaba de vaciarme.
La cantidad de leche era tal que terminó desbordándose. El semen espeso comenzó a salir por las comisuras de sus labios, escurriendo en hilos blancos por su barbilla y goteando directamente sobre sus pechos grandes.
Cuando por fin la solté, dejé caer la espalda sobre la cama, completamente exhausto, con el pecho subiendo y bajando y el corazón a mil por hora, sumido en una felicidad salvaje. A los pocos segundos, Isa se incorporó del suelo, limpiándose la comisura de la boca con el dorso de la mano. Se subió a la cama a gatas y se echó encima de mi pecho, uniendo sus labios a los míos en un beso ardiente, salvaje y pegajoso, haciéndome saborear mi propio fluido.
—Me has convertido en una puta viciosa, Enzo... —susurró contra mis labios, con la mirada empañada de deseo y una sonrisa de pura satisfacción—. Pero me encanta jodidamente serlo.
A pesar del cansancio que nos había dejado aquella sesión salvaje en la cama, la vida seguía fuera de las cuatro paredes de nuestro dormitorio. A los pocos días, mientras cenábamos tranquilamente en el salón del apartamento, Isa soltó la bomba con esa sonrisa dulce que contrastaba por completo con la fiera en la que se convertía a oscuras.
—Enzo, mi amor, este sábado tenemos plan. Teresa nos ha invitado a comer a su nuevo chalet de lujo. Ya sabes que por fin terminaron de decorarlo y quiere que seamos los primeros en verlo.
Yo di un largo trago a mi cerveza y arrugué el gesto. Ya conocía a Teresa. Isa me la había presentado justo antes de mudarnos juntos, y desde entonces habíamos coincidido en un par de comidas y algunas cervezas rápidas. No es que me cayera mal, pero su presencia imponía. Teresa no era un bellezón escandaloso como Isa, pero tenía un atractivo especial, afilado y peligroso. Su cara era de facciones marcadas, con unos ojos oscuros que intimidaban a cualquiera con una sola mirada, y un carácter seco, fuerte y directo, forjado a base de mandar en un mundo de hombres. Físicamente era más estilizada que mi novia, con una cintura estrechísima y un culo alto, redondo y duro que yo ya había fichado de reojo más de una vez. Sus tetas eran más pequeñas que las de Isa, pero firmes y altivas, siempre apuntando hacia arriba bajo sus trajes de chaqueta impecables. Su media melena negra y brillante completaba esa imagen de ejecutiva fría e inalcanzable cuya vida social era casi nula debido a su obsesión por el trabajo.
—Uf, nena... —renegué, acomodándome en el sofá—. Tu hermana es más seca que una piedra y una estirada de cuidado. Pasar todo el sábado con ella va a ser duro y aburrido. Todo el rato hablando de balances y de la multinacional de cosméticos.
—¡No seas malo, Enzo! —me defendió Isa, dándome un azote cariñoso en la pierna—. Yo la quiero con locura y sé que en el fondo no es así. Ha tenido que volverse dura y fría para defenderse en su trabajo. Los altos cargos están llenos de tíos que intentan pisarla por el hecho de ser mujer y joven. Con nosotros es diferente, ya verás. Además... le caes muy bien, aunque no lo demuestre.
Terminé aceptando a regañadientes, sin tener la más mínima idea del terreno pantanoso en el que me estaba metiendo. Lo que yo ignoraba por completo era que Isa mantenía a su hermana plenamente informada de absolutamente todos nuestros avances sexuales. Mi novia, entusiasmada con su propia liberación, llamaba a Teresa muy a menudo para contarle con pelos y señales lo bien que se lo pasaba en la cama y cómo descubría cosas nuevas cada noche. Le había detallado desde el tamaño descomunal de mi polla —que al principio la asustaba y ahora la volvía loca— hasta el punto de perversión que alcanzábamos cuando la empotraba contra las paredes mientras le decía las palabras más soeces y duras que se me ocurrían.
El sábado llegó, y el chalet de Teresa resultó ser una auténtica mansión con una piscina espectacular en el jardín trasero. Durante la comida, para mi sorpresa, la ejecutiva agresiva se mostró mucho más cordial y relajada de lo habitual. Entre copa y copa de vino, incluso se soltó contando algunas anécdotas de su oficina.
—El mes pasado, un consejero de cincuenta años intentó gritarme en una reunión para imponer su criterio —decía Teresa, cortando su filete con una precisión casi quirúrgica mientras me clavaba esos ojos oscuros y penetrantes—. Me limité a mirarlo en silencio durante un minuto entero, apoyé las manos en la mesa y le dije al oído que, si volvía a levantarme la voz, al día siguiente estaría firmando su carta de despido. Se puso rojo y no volvió a rechistar en toda la tarde.
Yo solté una carcajada, sintiendo un extraño escalofrío. La tía tenía poder, y esa seguridad en sí misma resultaba jodidamente morbosa.
En un momento de la tarde, Teresa se levantó para ir a la cocina a preparar los cafés, dejándonos a Isa y a mí solos en el porche del jardín. Aproveché para estirar las piernas y abrazar a mi novia por la espalda, pegando mi pelvis a su trasero.
—Bueno, tengo que admitir que hoy está más simpática la jefa —le susurré al oído.
Isa se giró entre mis brazos, con una mirada brillante y una sonrisa misteriosa.
—Te lo dije, Enzo. Además... le gustas mucho a mi hermana.
Me reí, extrañado por el comentario, y la miré con incredulidad.
—¿De qué hablas, Isa? ¿Por qué me dices eso ahora? Si casi ni me mira a la cara de lo seria que es.
—Te lo digo porque la conozco, y porque hablo mucho con ella —soltó Isa, mordiéndose el labio—. Enzo... le he contado todo lo que hacemos en la cama. Sabe cómo me pones, sabe lo grande que la tienes y cómo me la metes hasta la garganta. Al principio me escuchaba por educación, pero he notado perfectamente que ahora le interesan demasiado los detalles. Está deseando que la llame para que le cuente cómo me dejas el coño destrozado y qué palabras me dices para ponerme cachonda.
Me quedé helado. El corazón me dio un vuelco y le solté una bronca, aunque intentando mantener el tono bajo para que no nos oyeran.
—¿Pero estás loca, Isa? ¿Cómo le cuentas nuestras intimidades a tu hermana? Eso es cosa nuestra, joder. Qué vergüenza.
—Escúchame, Enzo —me interrumpió ella, cogiéndome de las manos con total seriedad—. Quiero muchísimo a Teresa, y me duele verla tan sola. Es una mujer que necesita que le den cariño, que la dominen y la hagan sentir viva, aunque ella siempre lo rechace por orgullo. Su trabajo la está secando por dentro.
—¿Y qué pretendes que haga yo? —pregunté, alucinando por momentos, sin entender a dónde quería parar.
—Quiero que le des un poco de ese "cariño" tuyo, Enzo —dijo Isa, mirándome con una fijeza que me dejó sin respiración.
Mi mente iba a mil por hora. No entendía cómo Isa, estando tan jodidamente enamorada de mí como estaba, pretendía que me tirara a su hermana.
—Estás loca, nena. Nos queremos, vivimos juntos... ¿Cómo me pides esto?
—Precisamente porque nos queremos y estamos seguros de lo nuestro, Enzo —sentenció ella, con una madurez que me descolocó—. No me importa compartirte con ella si es para verla feliz. Eso no va a cambiar lo que tú y yo sentimos. Quiero ver cómo esa ejecutiva estirada se dobla ante ti igual que lo hago yo.
Antes de que pudiera procesar aquella locura, Teresa regresó al porche con los cafés y una sonrisa enigmática. El calor de la tarde apretaba.
—Hace demasiado calor para estar aquí secos —dijo Teresa, barriéndome de arriba abajo con la mirada—. ¿Por qué no nos damos un baño en la piscina? Isa, acompáñame arriba a mi habitación y te presto uno de mis bikinis.
Ambas mujeres subieron las escaleras de la mansión, dejándome abajo con una erección incipiente provocada por la surrealista conversación previa.
En la habitación principal, el ambiente no era menos tenso. Teresa abrió el vestidor, sacando un bikini negro de corte minúsculo para su hermana. Isa se empezó a desvestir con total naturalidad frente a ella, mostrando su impresionante cuerpo de curvas generosas. Teresa la observaba, incapaz de apartar la mirada de los pechos de su hermana menor.
—Estás más cambiada, Isa. Tienes otra luz en la cara —comentó Teresa, intentando sonar analítica y fría.
Isa se acercó a ella, quedando a pocos centímetros de su rostro afilado. Decidió jugar exactamente la misma carta que había usado conmigo.
—Es por Enzo, Teresa. Me hace sentir viva. Y por cierto... he notado cómo lo miras. A él también le gustas mucho. Sé que te pone su físico.
Teresa dio un paso atrás, escandalizándose al instante. Su rostro se volvió severo y adoptó su tono más seco de alta directiva.
—¿De qué tonterías estás hablando, Isa? Es tu novio. No seas ordinaria.
—No soy ordinaria, Teresa, soy generosa —le soltó Isa, agarrándola de los hombros con suavidad pero con firmeza—. Te conozco. Sé que te mueres de ganas de saber qué se siente cuando un hombre de verdad te agarra del pelo y te habla claro. No me importa compartir a Enzo contigo. Es más, deseo verte disfrutar con él. Déjate llevar esta tarde en la piscina. Si durante los juegos Enzo se pone un poco atrevido, te dice algo subido de tono o te toquetea más de la cuenta... no le pares. Disfrútalo.
Teresa se quedó muda. Su mente, fría, calculadora y acostumbrada a sopesar riesgos y beneficios en segundos, empezó a procesar la propuesta de su hermana. Miró a Isa, vio la absoluta sinceridad y el deseo de complicidad en sus ojos, y luego pensó en mí, abajo, con mi cuerpo atlético esperando en el jardín. Una chispa de perversión y curiosidad, reprimida durante años de rigidez ejecutiva, se encendió en su pecho. Aquello prometía ser una situación sumamente interesante y divertida. Una negociación donde, por una vez, ella no tendría el control.
—Está bien... —respondió Teresa, con una sonrisa gélida pero cargada de una promesa sumamente promiscua—. Si tu novio es tan atrevido como dices en tus llamadas, me dejaré llevar. Pero no prometo nada.
Cuando las dos mujeres bajaron las escaleras del porche y pisaron el césped del jardín, sentí un latigazo directo en la entrepierna. La polla me dio un chasquido violento contra la tela del pantalón. El espectáculo era dantesco, una auténtica provocación para los sentidos. Isa lucía el diminuto bikini negro que le había prestado su hermana, cuyas copas apenas lograban contener la generosidad de sus pechos grandes, que amenazaban con desbordarse a cada paso. Teresa, por su parte, llevaba uno celeste igual de minúsculo que contrastaba de forma brutal con su piel sutilmente bronceada y su media melena negra. Los tangas de ambas eran tan hilos que apenas cubrían lo indispensable para la imaginación; dejaban sus culos prácticamente desnudos, dos obras de arte bien diferenciadas: el de Isa, rotundo y carnoso; el de Teresa, alto, redondo y duro como una roca. Al andar, el pequeño triángulo invertido de la parte delantera se abultaba obscenamente, delatando los labios de carne que la fina tela apenas lograba esconder.
Me quedé mirándolas fijamente, sin disimular ni un segundo la erección que ya empezaba a deformar mi ropa. Tenía que decir algo, y la delicadeza no entraba en mis planes.
—Madre mía... Menos mal que estamos solos en este chalet, porque si no tendría que sacar el látigo para que no os comieran las fieras —solté con una sonrisa descarada.
Ambas se echaron a reír. Isa lo hizo con ganas, encantada con el efecto que causaban, mientras que Teresa soltó una carcajada más discreta, aunque sus ojos oscuros brillaron con una chispa de malicia que no le conocía.
—¿Y tú qué? ¿No te vas a poner el bañador? —me preguntó Teresa, cruzándose de brazos, lo que hizo que sus tetas altivas resaltaran aún más bajo el bikini celeste.
—La verdad es que no he traído. No había pensado en bañarme.
—Pues báñate en calzoncillos, ¿o es que te da vergüenza que te veamos? —desafió Teresa con su habitual tono directo, pero con un matiz claramente burlón.
—Es tu casa, jefa. — la vacilé con esa palabra que sabía que la hería —Si tú no tienes problemas en verme en ropa interior, yo tengo bastantes menos —repliqué con una sonrisa pícara.
No me lo pensé dos veces. Me desabroché el pantalón y lo dejé caer junto con la camiseta. En cuanto aparecí en bóxer, el enorme bulto que mi polla formaba de manera inevitable quedó completamente expuesto, apuntando hacia arriba. Las dos hermanas clavaron la mirada en mi entrepierna al mismo tiempo, casi como si hubiesen estado esperando esa aparición. Isa sonrió con orgullo, y Teresa tragó saliva disimuladamente, perdiendo por un segundo esa fachada de jefa fría e imperturbable.
Nos metimos al agua de un salto. El frescor de la piscina alivió el calor de la tarde, pero la temperatura ambiental no tardó en subir. En un momento en el que Teresa nadaba hacia el otro extremo, Isa se me acercó por la espalda y me susurró al oído con voz caliente:
—No seas tímido en los juegos, Enzo... Si tienes que agarrar a mi hermana para hundirla en una aguadilla, no andes mirando dónde pones las manos. Tócale lo que te pida el cuerpo.
—¿Estas segura?
—Mas segura que de mi misma. —me mordió el lóbulo de la oreja.
Aquello fue la luz verde definitiva. Empezamos a salpicarnos, a saltar y a huir unos de otros entre risas forzadas y gritos para evitar ser hundidos. Los toqueteos "accidentales" no tardaron en convertirse en la norma del juego. Yo no me corté un pelo. Al igual que agarraba a Isa con una mano firme en las tetas y la otra en la cabeza para hundirla bajo el agua, empecé a hacer exactamente lo mismo con Teresa. La ejecutiva se resistió como una buena peleadora, revolviéndose en el agua con fuerza, pero lo único que consiguió con su resistencia fue que mis manos resbalaran una y otra vez por su piel mojada, estrujando sus tetas erectas y apretando las nalgas de su culito duro. El ambiente se fue distendiendo por completo. Teresa ya no sonreía con timidez; reía y gritaba con total soltura cada vez que mi cuerpo atlético la acorralaba contra la pared de la piscina. Se revolvía con saña, pero yo notaba perfectamente que no lo hacía para zafarse, sino para prolongar el restregón y el contacto de mis manos sobre su cuerpo desnudo.
De repente, la táctica cambió. Como si lo tuviesen planeado de antemano, Isa se colocó justo delante de mí y Teresa apareció por detrás. Las dos se abalanzaron sobre mí a la vez con la intención de hundirme. En el forcejeo, me encontré emparedado: sentí las tetas grandes y blandas de mi novia aplastadas directamente contra mi cara, mientras que los pechos firmes de su hermana se clavaban sin piedad en mi espalda, desprovistas ambas de cualquier tipo de pudor. El deseo me nubló el juicio. Pasé una mano por delante, agarré el hilo del bikini de Isa por la parte trasera y tiré de él hacia abajo con fuerza; simultáneamente, eché la otra mano hacia atrás, hundiendo los dedos en el tanga celeste de Teresa y atrapando un buen pedazo de su culo alto para tirar también de la prenda.
Cuando finalmente lograron hundirme, abrí los ojos bajo el agua. El espectáculo acuático era puramente pornográfico. Pude ver el coño de mi novia completamente al descubierto, con el tanga a medio bajar flotando en el agua; me giré deprisa y contemplé la misma escena en Teresa: su sexo depilado y estrecho estaba expuesto de par en par bajo el agua cristalina, y ella se mantenía agarrada a mi cabeza, hundiéndome más, sin importarle en absoluto que le hubiera bajado la prenda y le estuviera viendo el coño bajo el agua.
Al salir a la superficie a por aire, lo primero que me inundó los oídos fueron las risas estridentes y cómplices de las dos hermanas. Me habían soltado de golpe para subirse los bikinis a toda prisa entre carcajadas. Yo hice lo propio con mi bóxer, del cual también habían tirado ellas bajo el agua en un intento de revancha.
Isa, desatada por la adrenalina y la excitación del juego a tres, se me enganchó al cuello y me atornilló un beso arrollador, un viaje húmedo de lenguas donde el deseo y la felicidad absoluta de verme compartir su juego estaban implícitos. Nos separamos jadeando. Teresa, que observaba la escena con las mejillas encendidas y los labios húmedos, bromeó con un deje de queja en su voz seca:
—Oye, no me pongáis los dientes largos, que no soy de piedra.
Me giré hacia ella con una sonrisa lobuna. La agarré firmemente por la cintura estrecha, pegando su vientre al mío bajo el agua, y la atraje sin miramientos para besarla directamente en la boca. No fue un beso tierno ni desgarrador como el de Isa; fue un beso conciso, intenso, posesivo, metiéndole la lengua hasta el fondo para hacerle saborear la saliva de su hermana y la mía. Sentí cómo Teresa se tensaba un segundo por la sorpresa antes de ablandarse por completo, respondiendo al estímulo con una torpeza necesitada que delataba sus años de sequía. Aquello encendió una llama definitiva en su cabeza de ejecutiva.
—De envidias nada, nena. Aquí hay para las dos —le dije con total naturalidad y picardía al romper el beso, guiñándole un ojo mientras contemplaba cómo su rostro serio se debatía en una indecisión absoluta, sin saber qué hacer ni qué decir ante semejante despliegue de descaro.
Isa, al ver a su hermana tan vulnerable y humana por primera vez, se lanzó hacia ella en el agua y la abrazó, plantándole un beso cariñoso en la mejilla.
—Bienvenida a la vida, hermana —le susurró Isa con los ojos brillantes, a la vez que estiraba el otro brazo para rodear mi cuello.
Nos juntó a los tres en un abrazo acuático y apretado. Quedamos con las mejillas pegadas, los pechos chocando bajo el agua y los alientos entrecortados mezclándose en el mínimo espacio que quedaba entre nuestros labios, suspendidos en una atmósfera cargada de un vicio que acababa de empezar.
Estábamos los tres agarrados, formando un circuito unido, compacto y cargado de una electricidad que amenazaba con hacernos saltar por los aires, cuando Isa nos sorprendió besándonos a ambos en la boca. Fue un beso rápido, contundente, casi desafiante, sacado puramente del entusiasmo y la felicidad salvaje que la embargaba al ver que su fantasía se estaba materializando.
—Soy la persona más feliz del mundo estando en compañía de las dos personas que más quiero, exceptuando a mamá —dijo con una alegría incontenible, mirándonos con los ojos brillantes por la adrenalina.
—No sé yo si esto lo aprobaría mamá... —apuntilló Teresa, soltando una sonrisa socarrona que rompió por completo el hielo de su fachada seria.
—Quién sabe —añadió Isa, soltando una risotada antes de darnos otro beso en los labios. En los míos se quedó más tiempo, abriendo la boca para dejar que su lengua me rebozara toda la cavidad bucal, saboreándome con un descaro que su hermana no perdía de vista.
Acto seguido, con un movimiento firme, Isa nos empujó las cabezas a Teresa y a mí hasta que nuestros labios volvieron a juntarse. Esta vez no fue un pico rápido. Nos besamos más profundamente, deleitándonos en el tiempo, rompiendo cualquier barrera de timidez que pudiera quedar. Nuestras lenguas se buscaron con avidez, enroscándose como serpientes hambrientas de contacto, compartiendo la saliva y el sabor de Isa. No hacían falta palabras; los hechos hablaban por sí solos, cancelando cualquier frase sin sentido que pudiera arruinar la tensión que flotaba en la piscina.
Salimos del agua chorreando y Teresa fue a por unas copas. Trajeron entre las dos las bebidas junto a una cubitera llena de hielos: whisky para mí, ron para Isa y un vaso de vodka puro para ella. La vista se me iba de una a otra sin poder controlarla, observando sus cuerpos mojados, que brillaban bajo el sol de la tarde. El agua resbalaba en gotas gruesas por sus finas pieles, delineando las curvas de sus pechos y perdiéndose en las finas tiras de sus tangas. Si Isa se sentía afortunada, yo me sentía el puto amo del mundo.
Cuando dejaron los vasos sobre la mesa baja, yo me senté en una de las tumbonas. Isa no tardó en inclinarse sobre mí para besarme de nuevo, transmitiéndome el ardor de su boca húmeda. Pero la verdadera sorpresa llegó justo después, cuando Teresa, sin reparos ni remilgos de monja, imitó a su hermana. Se agachó, se agarró con fuerza a mi cuello y me plantó un beso cálido, espeso y profundo. Aproveché el impulso para pasar mi mano por su estrecha cintura, bajando directo a tantear su delicioso y duro culo desnudo, apretando la carne firme que reaccionaba tensándose bajo mis dedos.
Al despegarse de mi boca, vi a Isa sonreír repleta de satisfacción. El semblante seco y desafiante de la alta directiva había desaparecido por completo; ahora, con las mejillas coloradas y una sonrisa afable y algo tímida, se parecía muchísimo más a su hermana. Se notaba que Teresa quería seguir adelante, que el vicio ya le corría por las venas, pero su mente cuadriculada no sabía cómo dar el siguiente paso.
Fue Isa la que tomó el mando y propuso extender una manta grande y sedosa sobre el césped para tumbarnos los tres. Me colocaron en el medio, con Isa a mi izquierda y Teresa a mi derecha, dejando los vasos frente a nuestras cabezas en una mesa ratona que apenas levantaba del suelo. Yo me quedé boca arriba, y la erección que arrastraba desde hacía rato era ya imposible de ocultar, levantando la tela de mis bóxer como una estaca. Ellas se pusieron de costado hacia mí, compartiendo unas sonrisas entre tímidas y perversas. Sus tetas semidesnudas, aplastadas levemente por la postura, caían ante mis ojos, que no paraban de moverse de la una a la otra.
Empezaron a turnarse para devorarme la boca con besos ávidos que ya no ocultaban ninguna decencia, combinándolos con lambetazos húmedos por mi pecho y mi vientre. Mientras tanto, mis manos se extendían a los lados, acariciando sus piernas mojadas, subiendo por el interior de sus muslos hasta rozar la fina y húmeda tela de los tangas que apenas tapaban sus sexos ardiendo.
Todo estaba siendo suave, delicioso y sedoso, hasta que Isa decidió que ya bastaba de preliminares blandos. Agarró la goma de mis bóxer y tiró de ella hacia abajo, descubriendo mi polla con una erección descomunal, completamente venosa y palpitando con violencia hacia el cielo.
Vi cómo Teresa abría los ojos de par en par y entrecerraba los labios, incapaz de disimular la tremenda sorpresa que le causó ver el tamaño real de mi rabo. Isa, con total naturalidad, la agarró por el tronco, mordiéndose el labio inferior al sentir la dureza extrema de la carne hinchada de sangre. Miró a su hermana y le preguntó con picardía si le parecía hermosa. Teresa, totalmente sobrepasada por el impacto visual y el deseo sucio que le rebosaba en la cabeza, soltó una frase contundente, sin filtros y con una crudeza que jamás usaría en su oficina:
—¡Dios, qué pedazo de rabo! Nunca había visto uno tan jodidamente grande.
La frase sonó grosera, tosca, corrompida por la lujuria. Isa se rio, divertida y orgullosa de su hombre. De mi polla. Inclinó la cabeza, sacó la lengua y le dio una lamida larga y húmeda al brillante glande, dejando un reguero de saliva. Acto seguido, miró a Teresa y le hizo un gesto con la cabeza.
—Pruébala, hermana. Ya verás qué guarra te pone su sabor.
Tras unos segundos de indecisión, donde la cordura de ejecutiva luchó su última batalla contra el vicio, Teresa cedió. Giró su cuerpo estilizado sobre la manta, bajó la cabeza y sacó la lengua para rodear todo el capullo con una destreza sorprendente. No parecía una mujer virgen en estos terrenos; se movía con el hambre de una mujer ardiente a la que le encantaba comerse una buena polla. No se conformó con lamerla; abrió la boca del todo, estirando los labios y casi desencajando la mandíbula para introducirse los primeros centímetros del miembro. La degustó, la paladeó con fuerza y la succionó haciendo un ruido húmedo y obsceno antes de sacársela. Yo, mientras tanto, le clavaba los dedos en su duro culito redondo, moldeando sus nalgas húmedas.
Al sacársela, Teresa se ruborizó levemente, consciente de que se había dejado llevar demasiado rápido exponiéndose a nuestras miradas sonrientes. Pero Isa no le dio tiempo a pensar. La relevó con rapidez para demostrarle que todo lo que le había contado por teléfono era totalmente real. Mi novia abrió la boca al máximo y comenzó a tragarse la dura verga lentamente, centímetro a centímetro, llevándosela hasta el fondo de la garganta con la pericia que ya había aprendido.
Teresa se limpiaba la saliva de los labios mientras miraba el espectáculo con una mezcla de admiración, envidia y un deseo salvaje. Durante largos minutos, las dos hermanas se turnaron en una coreografía obscena. Se pasaban el testigo de la carne, chupando, lamiendo los testículos y haciendo ventosa con los labios hasta que se les hincharon por el esfuerzo. Cuando una chupaba, la otra le acariciaba el pelo o la espalda. A veces el culo sacudiéndole una palmada.
Teresa no solía hablar cuando chupaba Isa, pero cuando mamaba Teresa, Isa no se cortaba diciéndole obscenidades.
—Sabia que te iba a gustar zorra. No creo que te hayas comido una polla así en la vida.
La saliva les resbalaba por las comisuras de las caras y sus ojos se volvieron vidriosos por las lágrimas contenidas que provocaba la profundidad de las felaciones.
—Eres una puta tragona, Teresa... Dios, cómo te la tragas, zorra, y eso que te pareciagrande. —le decía yo con voz ronca, azotándole el culo mientras ella se esforzaba por complacerme, o porque simplemente le encantaba.
Cuando sentí el tremendo cosquilleo en los huevos que avisaba del colapso, las advertí con la voz rota:
—Me corro... me voy a correr ya, joder.
Isa, que estaba al mando en ese instante, se sacó la verga de la boca a toda prisa y empujó a su hermana por la nuca hacia mi entrepierna.
—Dale tú, Teresa... dale rápido. El sabor de la leche te va a poner todavía más zorra de lo que ya estás.
Teresa no se lo pensó dos veces. Agarró mi polla con decisión con las dos manos y empezó a mamar como si le fuera la vida en ello, moviendo la cabeza de arriba abajo con violencia. Insertándola en su garganta con la habilidad de una puta y la decisión de una jefa. Al momento, el primer latigazo de semen pastoso y caliente le estalló directamente en la lengua. Teresa emitió un ronroneo ronco, un gemido de puro placer que vibró en mi miembro; le gustaba la leche. El sabor de mi jugo inundó su boca durante las siguientes oleadas. No pudo contener la tremenda cantidad; sus labios finos se tiñeron por completo de blanco mientras seguía chupando y tragando de forma insaciable, intentando no desperdiciar nada. Cómo si dejar que se escapasen unas gotas fuese un pecado.
Cuando finalmente levantó la cabeza, la ejecutiva agresiva había desaparecido por completo. Tenía la mirada perdida, los labios hinchados cubiertos de un cerco blanco y la barbilla manchada de hilos espesos de semen que goteaban hacia su bikini celeste. No había podido tragarse todo a pesar de su dedicación. Se vio reflejada en nuestras miradas pícaras y, de repente, pareció asustarse de su propia vulnerabilidad y de haber destapado sus instintos más ocultos.
—Voy... voy a por más vodka dentro —balbuceó, incorporándose torpemente y dejándonos solos en la manta mientras caminaba a toda prisa hacia el interior de la casa.
Me giré hacia mi novia, aún jadeando.
—Isa... ¿qué le pasa? ¿Se ha enfadado?
Isa se subió encima de mí, restregando su coño húmedo contra mi muslo y me miró con una sonrisa de absoluta complicidad.
—No seas tonto, Enzo. No le pasa nada malo. Lo único es que le da pánico sentirse vulnerable y perder el control, pero por dentro se está muriendo de ganas de que un hombre la domine de verdad. Vete detrás de ella a la cocina ahora mismo. No la dejes escapar. Fóllatela allí mismo, contra la encimera. Y si te dice que no o intenta ponerse digna, no le hagas ni puto caso, porque la conozco muy bien. Lo que está deseando con toda su alma es que la empotres con dureza y la folles con ganas. Ve a por ella.
No me lo pensé dos veces. Miré a Isa a los ojos por última vez antes de levantarme de la manta, buscando una confirmación definitiva en su mirada.
—¿De verdad estás segura de esto, Isa? ¿Quieres que someta a tu hermana? —le pregunté con la voz baja, sintiendo cómo la adrenalina me recorría el cuerpo.
—Totalmente segura, Enzo —respondió ella con rotundidad, acariciándome la pierna—. Te lo he dicho: para mí esto es un sueño, ver a las dos personas que más quiero disfrutando juntas. No hay espacio para los celos cuando todo se queda en la familia. Eso sí, no se te ocurra follarte a otra. —dijo con un tono brusco y exagerado para hacerme gracia —Vete ya a la cocina y dale lo que necesita.
Con esa bendición, cogí mi vaso vacío y caminé hacia el interior del chalet con la excusa de buscar más whisky. Crucé el salón y entré en la cocina, que era amplia, moderna, con una enorme encimera de mármol oscuro. Teresa estaba allí, de espaldas a la entrada, inclinada sobre el congelador sacando cubitos de hielo. El bikini celeste dibujaba a la perfección la curva de su cinturita y ese culito alto y redondo que me había tenido hipnotizado toda la tarde.
Dejé el vaso sobre el mármol sin hacer ruido. Me acerqué por detrás con pasos firmes y la rodeé por la cintura, pegando mi cuerpo atlético y mi polla, que volvía a despertar a la velocidad del rayo, directamente contra sus nalgas. Noté cómo se estremecía al instante, soltando un leve suspiro. Incliné la cabeza y empecé a morderle suavemente el cuello, justo donde se unía con el hombro. Teresa cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándose en mi pecho, permitiéndose por fin dejarse llevar.
—Enzo... no deberíamos estar haciendo esto aquí dentro —murmuró, aunque su voz carecía por completo de la autoridad que mostraba en su oficina. Sus manos se posaron sobre las mías, que ya subían a estrujarle los pechos firmes sobre la tela del bikini—. Isa está fuera...
—Isa está perfectamente de acuerdo, jefa. Ella me ha mandado aquí dentro —le susurró al oído con voz ronca, mientras mi mano bajaba con decisión por su vientre hasta el borde del tanga celeste—. Deja de poner excusas. Me acabas de hacer una mamada de diosa, no me digas que ahora te vas a volver estrecha.
Intentó sujetarme la mano, tirando de la prenda hacia arriba en un amago de resistencia, pero sus movimientos eran débiles, torpes, delatando que su cuerpo quería exactamente lo contrario de lo que decían sus pocas palabras de cordura. Al ver que dudaba, decidí ponerme más bruto. Rompí cualquier atisbo de sutileza y empecé a usar con ella el lenguaje burdo y soez que sabía que actuaba como un resorte en su cabeza.
—Déjate de tonterías, Teresa. Quítate esa fachada de jefa estirada y saca a la puta que llevas dentro —le solté al oído con dureza, dándole un azote seco en la nalga que resonó en toda la cocina—. Abre bien las piernas de una puta vez, que estás deseando sentir mi verga dentro de tu chochito y que te empotre contra esta encimera.
La crudeza de las palabras la hizo jadear.
—Que bruto que eres, joder. — Forcejeó un poco más, arqueando la espalda y empujando su trasero contra mi entrepierna, y ahí me di cuenta de su verdadero juego: no se resistía para evitar el acto, sino porque el propio hecho de pelear, de medir fuerzas y sentirse dominada física y verbalmente, la excitaba hasta el delirio.
—Solo te digo lo que quieres oír. Estás asqueada de esos putos estirados de traje que se esmeran con la falsa educación. Pero yo se lo que quieres. Quieres a un animal que te reviente el coño y la cabeza.
Le bajé el tanga de un tirón, dejando sus nalgas completamente desnudas y al aire. Con una mano la agarré firmemente del pelo, obligándola a apoyar las palmas de las manos sobre el mármol frío de la encimera y a inclinar el torso hacia delante. Mi polla estaba ya dura como el acero, venosa y brillando por los fluidos previos. Me posicioné justo detrás de su coño, que estaba estrecho y empapado, y con un empuje seco y potente, le meti la polla con violencia. Con una mano presionando su cuello y la otra agarrándola el culo con fuerza, marcándole los dedos como si fuesen el sello de una ganadería.
Teresa soltó un grito ronco, profundo, un alarido de pura liberación que rebotó en los azulejos de la cocina. Arqueó la espalda y la agarré del pelo que colgaba bajo su cuello. En ese mismo instante, cesó toda resistencia; sus dedos se clavaron en el borde del mármol para afianzarse y soportar el impacto. La presión que ejercían las paredes de su vagina era brutal, una estrechez deliciosa que me ponía todavía más salvaje.
—¡Eres un animal, Enzo! ¡Un puto cabestro! —empezó a gritar, girando un poco la cabeza para mirarme con los ojos desorbitados. Pero sus insultos ya no eran reproches; eran deseo puro, la necesidad imperiosa de sentirse sucia, guarra y tratada como una zorra para quebrar de una vez por todas los años de rigidez y control que la habían asfixiado.
—Soy el animal que quieres. El que necesitas. El que deseas, zorra. — la había sacado y se la metí de un golpe seco y potente.
Me acababa de correr tan solo hace unos minutos en su boca, y eso me permitió que la penetración fue larga, intensa y sudorosa. Sin correrme. Metiéndola y sacándola de su estrecho coño como un pistón bien engrasado. Empecé a jugar con los ritmos para desesperarla. Primero le metía la polla despacio, recreándome en su estrechez, para luego acelerar el bombeo con estocadas rítmicas y demoledoras que hacían que su cuerpo chocara con fuerza contra el mueble de la cocina haciendo que sus tetas bailasen como campanas al vuelo. Luego, volvía a la lentitud cruel, dándole golpes secos y profundos que le llegaban hasta el fondo de su caliente y mojado coño. Por momentos, la sacaba casi entera, manteniendo la punta apenas rozando sus labios mojados durante unos segundos interminables, disfrutando de cómo su culito temblaba y se sacudía, suplicando en silencio la siguiente embestida.
El vocabulario de Teresa se corrompió por completo bajo el influjo del placer.
—Serás hijo de puta. Me vas a volver loca, cabrón. —gemía con palabras entrecortadas por las fuertes embestidas con el cuerpo moviéndose adelante y atrás como un trapo.
La alta ejecutiva que intimidaba a hombres de cincuenta años en las reuniones desapareció para dar paso a una mujer desatada, que usaba palabras que jamás pensé que saldrían de sus labios finos y delicados. Unos labios que me había demostrado que sabía utilizar con destreza, y que me había quedado con ganas de preguntarle cuántas pollas se había mandado.
—¡Métemela mas, joder! ¡Más duro, hijo de puta! —bramaba, con la respiración totalmente entrecortada—. ¡Reviéntame el puto coño! ¡Me encanta cómo me lo llenas, cabronazo!
La intensidad del encuentro la desbordó. Su cuerpo, desacostumbrado a semejante descarga de lujuria, no pudo aguantar el ritmo; se corrió tres veces consecutivas antes de que yo estuviera siquiera cerca del clímax. Cada orgasmo suyo era una tormenta de espasmos que me apretaba la verga de forma deliciosa. Cuando finalmente llegué a mi límite, la agarré con fuerza de las caderas y me vacié dentro de ella con varias embestidas brutales que la hicieron gemir y gritar de forma desgarrada.
Al sacársela lentamente, el cuerpo de Teresa era un despojo de placer. Le temblaba cada músculo y las piernas le flaqueaban como si estuviera sufriendo calambrazos continuos. Apoyó la frente y las tetas sobre la encimera, intentando recuperar el aliento durante casi un minuto, hasta que finalmente sacó fuerzas para girarse y mirarme de frente.
El cambio era impactante. Tenía la cara desencajada por el esfuerzo, la boca seca de tanto jadear y gritar, y los ojos oscuros le brillaban con un fulgor incandescente, completamente transformados por el vicio. Sus labios temblaban como si estuviese en pleno invierno. Se me echó encima, se agarró a mi cuello con las pocas fuerzas que le quedaban y me plantó un beso de una pasión brutal, salvaje, una energía que había tenido contenida y reprimida durante años de soledad.
Al separarse apenas unos milímetros de mi boca, me miró fijamente y me susurró contra los labios con una voz ronca, áspera y completamente cambiada:
—Esto ha sido jodidamente genial, Enzo... Me has destrozado el coño, pero la mente me arde de placer y felicidad. Necesitaba esto desde hace tiempo, pero que no salga de aquí, de la familia. —tomo aire que le faltaba para seguir hablando con destellos en los ojos —Estoy deseando que volvamos a repetir esto, aunque no sé si mi hermana accederá por segunda vez.
Me lo dijo de una forma directa, sucia y grotesca, adoptando ese nuevo lenguaje de libertinaje que acababa de instalarse en su mente como una droga. Yo me solté a reír, fascinado por el monstruo que habíamos despertado, y la volví a atrapar por la nuca para fundirnos en otro beso húmedo y cómplice en mitad de la cocina.
—No solo accederá una segunda vez. Lo hará una tercera, y una cuarta… Tengo polla para las dos… y más.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Mi vecina... ¿prostituta de lujo?
El ascensor se detiene y el calor aprieta. Lo que empieza como un accidente vergonzoso se convierte en una obsesión cuando el exmarido de la vecina…
Comparte:Trio fffDominacion masculinaTransgresion moral
- Hetero: Infidelidad
Mi compañera de piso y su chico (FINAL)
No ibas a disculparte, ibas a huir. Pero al escucharlos, el miedo se transformó en un calor insoportable entre tus piernas.
Comparte:Trio fffDominacion masculinaTransgresion moral
- Hetero: Infidelidad
Por debajo de la mesa
La cena era una fachada, pero lo que ocurría bajo la mesa no tenía nada de discreto. Mientras su marido sonreía ajeno, una mano desconocida desataba…
Comparte:Trio fffDominacion masculinaTransgresion moral
- Hetero: Infidelidad
Camino a la perversion 2: el descenso.
Despertar con el sabor del secreto en la boca y el cuerpo marcado por la pasión prohibida. Ella creía que había cometido un error, pero Lucía le…
Comparte:Dominacion masculinaTrio fffTransgresion moral
- Hetero: Infidelidad
Tío Anacleto. ¡Que dura la tiene el maduro!
Juanma duerme plácidamente al otro lado de la cama, sin saber que su tío acaba de recorrer su cuerpo.
Comparte:Trio fffDominacion masculinaTransgresion moral
- Trios
Mi harem aumenta en el pueblo (Parte 9)
Lucia tiene novio, pero sus ojos delatan un deseo prohibido. Javi no necesita insistir mucho para que ella cruce la línea, y cuando la fiesta…
Comparte:Trio fffDominacion masculinaTransgresion moral