Me follo a la hija de la jefa en su despacho
Martina le dijo que subiera al despacho de su madre por unos informes. Iván no imaginó que la excusa era una trampa. Y mucho menos que, al salir, la dueña de la empresa lo esperaba para cobrar su parte.
Parte 1: Las prácticas de Martina
Cuando Martina me pidió que subiera al despacho de su madre para "enseñarme unos informes", supe que los informes eran la excusa más mala que había oído en mi vida. Pero no sabía que acabaría follándomela sobre la mesa de la dueña de la empresa.
Eran las cinco y media de un viernes de junio. La oficina de MarketingDigital 22@ estaba medio vacía. La mayoría se había ido temprano, aprovechando que la jefa salió a una reunión a las cuatro y no volvería hasta el lunes. Iván llevaba año y medio en la empresa, siempre cumpliendo, siempre en su mesa del rincón, siempre invisible. Hasta que llegó Martina.
Se acercó caminando despacio entre las mesas vacías. Su falda tubo negra se ajustaba a sus caderas como una segunda piel. Los tacones altos hacían clic contra el suelo de vinilo. La blusa blanca de botones dejaba ver más de lo que tapaba: el inicio de sus pechos, el encaje negro de un sujetador que asomaba provocador. Su pelo moreno cayendo sobre los hombros. Sus labios pintados de rojo oscuro.
"Iván, ¿puedes subir un momento al despacho de mamá? Necesito que me ayudes con unos informes."
Martina tenía veintidós años, acababa de terminar la carrera y estaba "haciendo prácticas", aunque nunca hacía nada. Era la hija de Silvia, la directora general, la dueña de todo aquello. Una mujer seria, estricta, divorciada, que había criado sola a esa niña caprichosa y consentida. Y ahora esa niña le sonreía a Iván con los ojos medio cerrados, inclinando la cabeza, mordiéndose el labio.
Claro, Iván asintió. No podía decirle que no. Era su jefa en potencia.
Subieron juntos en el ascensor de cristal. Martina se puso a su lado, demasiado cerca. Él notó su perfume, algo dulce y caro, mezclado con el calor de su piel. El ascensor se detuvo en la tercera planta. Salieron al pasillo alfombrado, flanqueado por plantas verdes y cuadros abstractos. Al fondo, la puerta de roble macizo del despacho de Silvia.
Martina giró la manija. Entraron.
El despacho era enorme, casi del tamaño de toda la planta baja donde trabajaba Iván. Una pared entera de cristaleras con vistas a Barcelona, al mar al fondo, a los edificios modernos del 22@. Una mesa de caoba imponente ocupaba el centro, impecable, vacía excepto por un ordenador portátil y una foto de Martina de pequeña en un marco plateado. Detrás, una silla de piel negra, alta, como un trono. Estanterías con libros de marketing que nadie leía. Un sofá de cuero marrón junto a la ventana.
Martina cerró la puerta. Iván escuchó el clic del pestillo.
"¿Para qué cierras?"
"Para que no nos interrumpan."
Iván tragó saliva. "Los informes..."
"Los informes", repitió ella con una sonrisa, "pueden esperar."
Se sentó en la silla de su madre. Se recostó hacia atrás, cruzó las piernas, mostró más muslo del que mostraba cualquier falda tubo bien puesta. Giraba despacio sobre el eje de la silla, mirándolo fijamente.
"¿Sabes que llevo meses mirándote?"
Iván se quedó paralizado junto a la mesa de caoba. Sus manos sudaban. Su corazón se aceleró. "Martina, tú eres la hija de..."
"De mi madre. No tuya. Y no estoy pidiendo permiso."
Se levantó de un movimiento ágil. Se acercó a él caminando despacio, moviendo las caderas. Iván retrocedió hasta topar con la mesa. No había salida. Ella se plantó frente a él, a centímetros de su cara. Él podía ver cada pestaña de sus ojos verdes, cada poro de su piel perfecta, la pequeña cicatriz en su labio inferior.
Lo besó.
No fue un beso tímido. Fue un beso de mujer que sabe lo que quiere. Le metió la lengua en la boca, le mordió el labio, le agarró la nuca con una mano y lo apretó contra ella. Iván no sabía qué hacer. Pero su cuerpo sí. Le devolvió el beso. Le rodeó la cintura. Sintió el calor de su cuerpo a través de la blusa fina.
Martina gimió contra su boca. Un gemido bajo, gutural, que le recorrió la espalda a Iván como un latigazo.
"Quítame la blusa", susurró ella.
Iván obedeció. Con manos torpes, fue desabrochando los botones uno a uno. La blusa se abrió, cayó por sus hombros, reveló el sujetador de encaje negro y sus pechos redondos, firmes, casi desbordándose. Iván bajó la mirada, hipnotizado. Ella agarró sus manos y las puso sobre sus pechos.
"Toca", ordenó.
Él apretó. Los pechos de Martina llenaban sus manos. Masajeó a través del encaje, sintiendo cómo se endurecían sus pezones. Ella arqueó la espalda, echó la cabeza hacia atrás, gimió más fuerte. Iván perdió el miedo. Le bajó el sujetador de un tirón. Los pechos quedaron al aire: grandes, redondos, con los pezones oscuros y duros como canicas. Se inclinó y los chupó. Lamió uno, luego el otro. Martina se agarró a sus hombros, clavando las uñas.
"Así... así, Iván..."
Él chupaba, mordía, lamía. Sus manos bajaban por su espalda hasta sus nalgas, apretando la falda tubo contra su carne. Martina se movía contra él, frotándose, buscando algo que Iván ya adivinaba.
"En la mesa", dijo ella de repente.
Lo empujó hacia la mesa de caoba. Él se recostó de espaldas sobre la madera fría. Martina se puso de rodillas entre sus piernas, le bajó la cremallera del pantalón, metió la mano dentro y le sacó la polla. Ya estaba dura, muy dura. Ella la miró como si fuera un caramelo.
"Dios, qué grande", susurró.
Y se la metió en la boca.
Iván se agarró a los bordes de la mesa. El calor húmedo de su boca le hizo cerrar los ojos. Martina chupaba con hambre, moviendo la cabeza arriba y abajo, lamiendo el glande, succionando el tronco, jugando con los huevos con una mano mientras con la otra se tocaba a sí misma.
"Dios, Martina..." jadeó Iván.
Ella sacó la polla de la boca un momento. "Cállate y disfruta."
Volvió a meterla entera. Hasta el fondo. Iván sintió cómo su garganta se abría para recibirlo. Casi se corre. Pero se aguantó. No quería acabar así. Quería más.
Martina debió leerle el pensamiento. Se levantó, se subió la falda hasta la cintura, y él vio que no llevaba bragas. Su coño estaba mojado, los labios vaginales brillaban, el vello púbico recortado en una pequeña línea oscura.
"Ahora tú", dijo.
Iván se puso de pie, la agarró por la cintura y la sentó en la mesa de caoba. Los papeles de Silvia volaron al suelo. La foto de Martina pequeña se tambaleó. A él no le importó. Abrió las piernas de Martina, se colocó entre ellas, guió la punta de su polla hasta la entrada de su coño. Ella estaba empapada.
"Fóllame", pidió.
Él empujó.
La polla entró despacio, abriéndose paso entre la humedad y el calor. Martina cerró los ojos, mordió su labio inferior, se agarró a la mesa. Iván empujó más. Hasta el fondo. Sintió cómo ella se contraía a su alrededor, apretándolo, succionándolo.
"Más", dijo ella.
Él empezó a moverse. Primero despacio, luego más rápido. La mesa de caoba crujía con cada embestida. Las fotos vibraban en la estantería. El ordenador portátil se movía unos centímetros con cada golpe. Iván pensó en Silvia, en su trabajo, en que lo podían despedir. Pero no podía parar. No quería parar.
Martina gemía. Gritaba. "Sí, sí, así, fóllame, fóllame..."
Iván la agarró por las caderas y aceleró el ritmo. Sus bolas chocaban contra sus nalgas. El sonido húmedo de la penetración llenaba el despacho de la dueña de la empresa. Martina se tocaba el clítoris con una mano mientras él la follaba. Su cuerpo empezó a temblar.
"Me corro, me corro...", gritó.
Iván sintió cómo su coño se apretaba, pulsaba, se contraía una y otra vez. Martina se vino con un gemido largo y agudo, arqueando la espalda, echando la cabeza hacia atrás. El orgasmo la sacudió entera. Él siguió follándola durante el orgasmo, sintiendo cómo ella se apretaba más y más.
No aguantó más.
"Me corro también", gruñó.
Y se corrió dentro de ella. El semen caliente llenó su coño mientras Iván gemía, apretándole las caderas, enterrado hasta el fondo. Martina sonrió. Lo abrazó con las piernas, sin soltarlo.
Terminaron así, pegados, sudorosos, sobre la mesa de caoba donde Silvia manejaba millones.
Se vistieron rápido. Martina se arregló la falda, se abrochó la blusa, se pasó los dedos por el pelo. Iván se subió la cremallera, se limpió el semen de la polla con un pañuelo de papel que encontró en la mesa de su jefa.
Martina sonrió. "El lunes más."
Abrió la puerta. Salió caminando como si nada, con sus tacones clic clic por el pasillo.
Iván se quedó un momento a solas en el despacho. Miró la mesa de caoba manchada de sudor. La foto de Martina pequeña sonriendo. El ordenador de Silvia. Salió, bajó en ascensor, volvió a su mesa.
Las piernas le temblaban. Abrió el ordenador. Un correo nuevo.
De Silvia.
"Asunto: Reunión urgente. Iván, el lunes a primera hora quiero verte en mi despacho."
Iván tragó saliva. Sus dedos temblaban mientras escribía: "A las 9 estoy ahí."
Sabía que no era por los informes.
Parte 2: La silla de su madre
El lunes a las nueve en punto, Iván llamó a la puerta del despacho de Silvia.
"Adelante."
La voz grave, seria, autoritaria. Iván abrió la puerta y entró. Silvia estaba sentada detrás de su mesa de caoba. La misma mesa donde él se había follado a su hija cuarenta y ocho horas antes. Ella vestía un traje gris impecable, chaqueta y falda lápiz, camisa blanca cerrada hasta el cuello. El pelo recogido en un moño. Las gafas de pasta negra. Nada que ver con la imagen desordenada y mojada de Martina.
Pero sus ojos eran los mismos. Ojos verdes, intensos, que miraban sin parpadear.
"Siéntate, Iván."
Él se sentó en la silla de invitados. La misma donde Martina se había sentado el viernes antes de subirse a la mesa. Tragó saliva y esperó.
Silvia lo miró fijamente durante unos segundos que a Iván le parecieron horas. Apartó el portátil, juntó las manos sobre la mesa, inclinó ligeramente la cabeza.
"¿Sabes por qué te he llamado?"
Iván sintió cómo el sudor le recorría la espalda. "No, señora."
"Mentira", dijo Silvia, sin cambiar la expresión. "Tú sabes perfectamente por qué estás aquí. Martina me lo contó todo."
El mundo se hundió bajo los pies de Iván. Su corazón dejó de latir un momento. Sintió cómo la sangre se le iba de la cara. Sus manos empezaron a temblar sobre sus muslos.
"Señora, yo... yo puedo explicarlo..."
Silvia levantó una mano, interrumpiéndolo. El gesto era firme, pero no violento. Como quien para el tráfico. La dueña de la empresa, acostumbrada a mandar, acostumbrada a que la obedezcan.
"No voy a despedirte."
Iván parpadeó. "¿Cómo?"
"Martina tiene veintidós años", dijo Silvia, recostándose en su silla de piel negra. La silla de la autoridad. "Ya es mayorcita para decidir con quién se acuesta. Hace lo que quiere, siempre ha hecho lo que quiere. Yo no voy a meterle mano a su vida sexual." Hizo una pausa, ajustó sus gafas. "Pero quiero dejar algo claro."
Iván asintió, aún temblando.
"Si la haces llorar", dijo Silvia, con una voz tan fría que parecía venir de otro invierno, "te arruino. No solo en esta empresa. En cualquier sitio donde busques trabajo. Tengo contactos, Iván. Muchos contactos. Puedo hacer que nunca vuelvas a trabajar en el sector. ¿Me explico?"
Iván asintió de nuevo. "No la haré llorar. Se lo prometo."
"Bien." Silvia volvió a juntar las manos. "Eso es todo. Ahora vete."
Iván se levantó con las piernas todavía temblorosas. Dio dos pasos hacia la puerta. Su mano ya tocaba el pomo.
"Una cosa más."
Se dio la vuelta. Silvia había cambiado la expresión. Ya no era la jefa severa, la directora general implacable. Sus ojos verdes brillaban con otro fulgor. Sus labios, pintados de un rosa suave, se entreabrieron. Se levantó despacio de la silla y rodeó la mesa. Se acercó a él caminando con la misma cadencia felina que Martina, pero con treinta años más de experiencia.
"¿Qué te parece mi hija?" preguntó, parándose a un metro de él.
Iván tragó saliva. "Es... muy guapa."
"¿Solo guapa?" Silvia arqueó una ceja. "No me mientas, Iván. Te he visto mirándola en la cafetería. Te he visto cómo la mirabas cuando se inclinaba sobre la impresora."
"Sí, señora... es... es intensa. Sabe lo que quiere."
Silvia sonrió. Una sonrisa que no era profesional. Era una sonrisa de mujer. "Como yo a su edad."
Se acercó un paso más. Iván retrocedió hasta topar con la puerta. No había salida. Silvia levantó una mano y la apoyó en su hombro. Él sintió el calor de sus dedos a través de la camisa.
"Iván", dijo ella, con una voz más grave, más ronca, "¿tú crees que una mujer de cincuenta y dos años puede seguir sintiendo lo mismo que una de veintidós?"
Iván no entendía nada. "¿Señora?"
"No me hagas repetir."
Y entonces Silvia lo besó.
No fue como el beso de Martina. Martina besaba con hambre, con urgencia, con la impaciencia de la juventud. Silvia besaba con conocimiento, con paciencia, con la lentitud de quien sabe exactamente qué está haciendo y por qué. Le mordió el labio inferior suavemente, introdujo la lengua despacio, acarició su mejilla con una mano mientras la otra le apretaba el hombro.
Iván se quedó paralizado. Su cerebro no procesaba lo que estaba pasando. La jefa. La dueña de la empresa. La madre de Martina. Le estaba metiendo la lengua en la boca.
Se apartó de golpe. "Señora, esto es una locura. Acabo de follar con su hija. El viernes. En esta misma mesa."
"Lo sé", dijo Silvia, sin inmutarse. "Me lo contó todo. Cada detalle. Cómo le levantaste la falda. Cómo la follaste. Cómo te corriste dentro de ella."
Las palabras de Silvia, tan clínicas, tan directas, hicieron que la polla de Iván se endureciera de nuevo. Maldijo su propio cuerpo.
"Y ahora quiero probar yo", añadió ella.
"¿Por qué?" preguntó Iván, con la voz rota.
"Porque mi hija me dijo que se lo pasó muy bien." Silvia dio un paso más y lo acorraló contra la puerta. "Y yo llevo cinco años sin pasármelo bien con nadie."
Iván la miró. Cincuenta y dos años. Pero una mujer increíblemente bien conservada. El traje gris no podía ocultar sus curvas. Sus piernas largas, sus caderas anchas, sus pechos firmes bajo la camisa blanca. El rostro marcado por las arrugas de la risa y de la autoridad, pero aún bello. Los ojos verdes, idénticos a los de su hija, pero más sabios, más oscuros, más peligrosos.
Iván dudó. Debería haber dicho que no. Debería haber salido corriendo. Debería haber pedido la carta de despido él mismo. Pero no hizo nada de eso.
Porque Silvia ya estaba arrodillada.
Le bajó la cremallera del pantalón con una rapidez que delataba práctica. Metió la mano dentro y le sacó la polla. Ya estaba dura otra vez, dura como una piedra. Silvia la miró con los ojos entrecerrados.
"Mi hija tenía razón", susurró. "Es grande."
Y se la metió en la boca.
Iván se echó hacia atrás y apoyó la nuca contra la puerta. Gritó. No pudo evitarlo. La boca de Silvia era diferente a la de Martina. Más experta, más lenta, más cruel. Chupaba despacio, haciendo círculos con la lengua alrededor del glande, bajando hasta la base, lamiendo los huevos, subiendo otra vez. Sus manos acariciaban sus muslos mientras su boca trabajaba.
"Dios, Silvia..." gimió Iván.
Ella sacó la polla de la boca un momento. Una gota de saliva colgaba de sus labios. "No me llames Silvia. Llámame jefa."
Volvió a metérsela entera.
Iván gimió y se agarró al pomo de la puerta para no caerse. Silvia chupaba con hambre, con una necesidad que no había mostrado antes. Sus dedos se clavaban en sus nalgas. Su cabeza se movía arriba y abajo, arriba y abajo, cada vez más rápido.
Iván no sabía qué hacer. Pero no la apartó.
"No me voy a correr así", alcanzó a decir.
Silvia sacó la polla, se limpió los labios con el dorso de la mano, y se levantó con una elegancia impropia de quien acababa de estar de rodillas.
"Entonces fóllame", dijo.
Se subió la falda lápiz hasta la cintura. Iván vio que ella tampoco llevaba bragas. Su coño estaba mojado, más mojado que el de Martina, los labios vaginales hinchados, el vello púbico canoso pero bien recortado. Silvia se volvió y se apoyó en la mesa de caoba, ofreciéndole el culo.
"Fóllame aquí", ordenó. "Donde follaste a mi hija."
Iván obedeció.
Se colocó detrás de ella, agarró sus caderas con fuerza, y empujó. La polla entró sin resistencia en el coño empapado de Silvia. Ella gimió. Un gemido grave, ronco, que salía de lo más profundo.
"Así, así, fóllame, hijo de puta..."
Iván la folló. La folló con rabia, con miedo, con deseo. La mesa de caoba crujía otra vez. Las fotos vibraban en la estantería. El ordenador portátil voló al suelo. Silvia gemía como una fiera, apretándose contra él, buscando más profundo, más rápido.
"Correte dentro", ordenó ella. "Quiero sentir tu semen."
Iván empujó más fuerte. Sus bolas chocaban contra su coño. Silvia se tocaba el clítoris con una mano mientras él la follaba por detrás. El orgasmo la sacudió primero a ella: un grito ahogado, un temblor de todo su cuerpo, un apretar de su coño alrededor de la polla de Iván.
Eso lo terminó de matar.
Iván se corrió dentro de Silvia, llenándola de semen, gimiendo contra su nuca, apretándole las caderas con todas sus fuerzas. Ella sonrió, apoyó la frente en la mesa, y suspiró.
Cinco años, había dicho. Cinco años sin pasárselo bien.
Ya no.
Se vistieron en silencio. Silvia se arregló el traje, se recogió el pelo, volvió a ser la directora general. Se sentó detrás de la mesa manchada de sudor y semen.
"El jueves a las ocho", dijo sin mirarlo. "En mi casa. Te enviaré la dirección."
Iván asintió. Salió del despacho. En el ascensor de cristal, se miró al espejo. Su cara era la misma, pero algo había cambiado. Había follado con la hija de su jefa y ahora la jefa quería más.
No sabía si era el hombre más afortunado del mundo o el más idiota.
Bajó a su planta. Abrió el correo. Un mensaje de Silvia: "Dirección: Calle de la Marina, 234, Ático. Jueves 20h. No llegues tarde."
Otro mensaje, de Martina: "¿Has hablado con mi madre? Cuéntamelo todo. Tengo una idea para este viernes."
Iván apagó el móvil.
El juego acababa de empezar.
Disponible la Parte 3 (Iván ha follado con la hija de su jefa... y ahora la jefa quiere probar. ¿Qué pasará cuando madre e hija se enteren la una de la otra? ¿Podrá Iván mantener el trabajo y las dos mujeres?) y contenido exclusivo (fotos generadas por IA del despacho de Silvia), puedes consultar la información en mi perfil de usuario.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Jugando con fuego (Libro 3, Capítulos 1 y 2)
No es una ruptura, es una reconfiguración. Mientras él busca la verdad en sus caricias y ella ofrece su cuerpo como mapa de poder, descubren que el…
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion profesor alumnaDominacion femenina
- Hetero: Infidelidad
La profesora segunda parte
La profesora sabe que cruzar la línea es un error, pero el recuerdo de su alumno la quema por dentro.
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion profesor alumnaDominacion femenina
- Hetero: General
Real/amigo tímido de mi novio
Sentada sobre el regazo de un extraño en un auto lleno de gente, ella sabe que sus manos no están donde deberían estar.
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion femeninaRelacion profesor alumna
- Hetero: Infidelidad
Bea, morbo sin límites 1
Roberto cree que ha encontrado a la mujer perfecta: casta, tradicional y dispuesta a casarse con él.
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion femeninaRelacion profesor alumna
- Hetero: Infidelidad
El esposo de mi amiga
Él era el esposo de su amiga, pero también el hombre que la había besado por primera vez. Cuando él se acercó al sillón, ella supo que no iba a…
Comparte:Infidelidad consentidaDominacion femeninaRelacion profesor alumna
- Hetero: Infidelidad
Mi viaje a Salta con Majo
El viaje a Salta prometía ser solo trabajo, pero Majo tenía otros planes. Entre dobles sentidos en el aeropuerto y la puerta cerrada de la…
Comparte:Infidelidad consentidaRelacion profesor alumnaDominacion femenina