Con mi jefe
Nunca imaginé que mi vida monótona cambiaría por las miradas de un hombre que no debería desear. Pero cuando la puerta de su oficina se entreabre y el placer se vuelve un secreto compartido, ya no hay vuelta atrás.
Nunca imaginé que contaría algo así, y mucho menos que yo sería la protagonista. Me llamo Sonia, tengo 48 años, estoy casada con Fernando desde hace mucho tiempo, tenemos dos hijos y una vida que siempre fue tranquila y monótona. Soy una mujer común: mido 1.60, tengo caderas anchas, culo grande —siempre me ha acomplejado—, pecho copa C, tez morena y cabello negro. Nada que llame especialmente la atención… o eso creía yo.Trabajo como secretaria en la misma empresa desde los 25 años. Todo cambió el año pasado, cuando mi jefe se jubiló y vendió la compañía a un nuevo dueño.El nuevo jefe se llama Antonio, un hombre de unos 35 años, heredero de una fortuna, guapo, bien parecido y con una fama de mujeriego que no se molesta en esconder. Antonio es de esos tipos que siempre consiguen lo que quieren, sin importar cómo. Desde el primer día sentí sus miradas descaradas, que me recorrían el cuerpo como si estuviera desnuda. Yo intentaba ignorarlo, pensando que era solo mi imaginación, que una mujer como yo no podía interesarle.No pasó ni una semana cuando me llevé el primer susto. A primera hora de la mañana vi a Lucía, la chica de la limpieza de veintipocos años, recién casada, entrar al despacho de Antonio con sus cosas. Media hora después tuve que entregarle unos documentos urgentes. Entré sin avisar, le di los papeles y me sorprendió oír sonidos extraños y su voz entrecortada mientras me preguntaba por detalles. No le di importancia hasta que me giré y vi los productos de limpieza apilados en una esquina y la bata blanca de Lucía tirada en el suelo. Entonces recordé que la había visto entrar, pero no salir, y supe exactamente dónde estaba: debajo de la mesa, haciéndole una mamada. Entendí porque Antonio tenía esa voz rara y el origen de los sonidos. No supe qué hacer, si salir corriendo o fingir que no pasaba nada.Salí de ahí ruborizada, con las mejillas ardiendo y en shock. No podía creer que una mujer recién casada se prestara a eso, y menos con su jefe. Esa noche se lo conté a mi marido, aún impresionada, reviviendo en mi mente esos sonidos y la expresión de Antonio. Esperaba que se indignara pero fue así, por el contrario noté cierta excitación en su voz.Pasaron los días e intentaba evitar entrar a esa oficina cuando sabía que Lucía estaba ahí. Me disgustaba escuchar todo lo que pasaba dentro. Lo peor es que esas “reuniones” se repetían dos o tres veces por semana. A veces oía gemidos, ruidos de la mesa moviéndose, golpes rítmicos que resonaban en el pasillo… y sabía que no era solo sexo oral: ahí mismo estaban cogiendo.Todo cambió el día que me encontré a Lucía en el baño. Le comenté, con voz temblorosa, que tuviera mucho cuidado con sus visitas a la oficina de Antonio, que los había oído varias veces y que alguien más podría escucharlos y eso le traería problemas con su marido. Su respuesta me dejó helada:Me dijo que al principio no quería meterse con Antonio, pero que él es un hombre que siempre obtiene lo que quiere. Que cuando empezó a coger con él, trataba de no llamar la atención, pero que Antonio es un gran amante y que no podía evitar gemir de placer. Además, me reveló que a él lo excitaba saber que yo podía oírlos, y que incluso le había confesado que me deseaba. Me quedé helada. ¿Yo? ¿Una mujer de 48 años, casada, con hijos y un cuerpo normalito? Lucía era joven, delgada, guapa… y sin embargo, Antonio me deseaba a mí. No tenía sentido… y sin embargo, todo el día estuve distraída pensando en eso.Esa noche se lo conté a Fernando. En vez de enfadarse, se excitó tanto que terminamos haciendo el amor como hacía muchp que no lo hacíamos. A partir de esa noche, nuestra intimidad cambió por completo. Nuestra vida sexual, que se había vuelto monótona —casi por obligación—, revivió. Empezó a bromear diciendo que era mi jefe, me pedía que lo llamara Antonio mientras me penetraba. Al principio me daba vergüenza, pero poco a poco empecé a excitarme con ese juego. Me corría imaginando que era él quien me estaba cogiendo.Una noche, después de hacer el amor, Fernando me confesó que no le importaría si me acostaba con Antonio. Le dije que estaba loco, que una cosa era fantasear en la cama y otra muy distinta llevarlo a la realidad. Varias veces lo volvió a mencionar, pero yo siempre me negaba con cualquier excusa.Un día me convenció de cambiar mi forma de vestir para ir al trabajo. Me puse un vestido rojo ajustado, más corto de lo normal. Me sentía nerviosa, un poco expuesta, no estaba acostumbrada a esa ropa ceñida a mis curvas. Al verme, Antonio me desnudó con la mirada y soltó comentarios disimulados sobre lo bien que me veía. Buscaba cualquier oportunidad para halagarme.Por la tarde me llamó a su despacho. Entré nerviosa, sabiendo que podía encontrarme a Lucía. Él, sin dejar de mirarme, me dijo que necesitaba una secretaria personal con “cualidades especiales”, que yo las tenía en potencia, pero que aún no se las había demostrado. Me quedé perpleja esperando lo peor y antes de decir algo Continuó diciendo:que había otra persona que quería el puesto y que sí tenía las cualidades que buscaba. Sabía que se refería a Lucía.Antes de que pudiera responder, se acercó por mi espalda y bajó rápidamente el cierre de mi vestido sin pedir permiso. Intenté resistirme, pero estaba petrificada por su seguridad; mi cuerpo no respondía, solo sentía el roce de sus dedos recorriendo mi espalda.En segundos el vestido cayó al suelo. Me quedé en ropa interior —un conjunto blanco casi transparente que me había regalado mi marido en San Valentín—. Me devoró con la mirada.—Qué rico culo tienes —murmuró, agarrándome las nalgas con las dos manos y apretando fuerte.Sin perder tiempo empezó a sobarme los pechos con deleite, pellizcando mis pezones por encima del bra hasta hacerme gemir. Sentí que se endurecían al máximo bajo sus manos expertas. Con la otra mano me sobaba la vagina por encima de la tela de mi calzón.Sus manos recorrían todo mi cuerpo: apretaba mis caderas anchas, deslizaba las palmas por mi culo que ahora parecía encantarle. Cada toque era una chispa. Mi piel se erizaba, mi respiración se aceleraba.No recuerdo haberme arrodillado, fue como si estuviera en trance. De pronto estaba de rodillas en ropa interior y tacones, frente a Antonio, en medio de su oficina. Bajó rápidamente su cremallera y sacó su verga dura, que me golpeó la cara. Nunca me había gustado mucho chupársela a Fernando, pero en ese momento abrí la boca casi sin pensar. La metí despacio, saboreandola, mientras él me agarraba el pelo y guiaba mis movimientos. Estuve un buen rato arrodillada, mamándosela como una secretaria obediente, sintiendo el roce de sus venas en mi lengua y el tirón en mi pelo que me hacía ir más profundo. Los sonidos eran inevitables: mis succiones húmedas, como chupetes resbaladizos, mezclados con sus gemidos bajos: “Ahh… sí, así…”, que me hacían sonrojar, temiendo que alguien pudiera escuchar.Se la chupé hasta que él quiso más. Me levantó, me acarició de nuevo todo mi cuerpo, me besó apasionadamente metiendo su lengua y murmuró:—Estoy seguro de que voy a gozar mil veces más cogiéndote a ti que con esa niña de la limpieza.Apartó todo lo que había en la mesa de un manotazo, me tumbó boca arriba con las caderas al borde del escritorio y me sujetó las piernas en alto. La mesa parecía diseñada para eso. Su pene erecto apuntaba directo a mi vagina, aún cubierta por las braguitas semitransparentes. Sabía que me penetraría pronto y esa tela fina era mi último escudo.Hizo mis braguitas a un lado, exponiendo mi vagina peluda y arreglada, y dijo:—¡Qué pedazo de coño! Así me gustan, peludos y listos para mí.Con las piernas abiertas y sujetas por él, sentí la punta de su polla presionando mi entrada. Empujó y, aunque temí que me desgarrara por su tamaño, entró suavemente por mi humedad, llenándome entera y sacándome un gemido profundo. Comenzó a follarme con fuerza, con cara de triunfo, de victoria, tras desearme tanto tiempo. Sus comentarios eran obscenos:—Qué buena estás… ¡Madre de dos hijos y tienes el coño más estrecho que cualquier otra vieja!—Qué ganas tenía de metértela…—Qué ganas de follarme a una señora decente como tú…—Qué coño tan rico, está ardiendo…—Qué más quisiera Lucía estar tan rica como tú…—Esto sí es una buena secretaria.Cada embestida era profunda, rozando puntos que me hacían temblar de placer. Mi clítoris latía, mis paredes se contraían alrededor de él. Los sonidos de su pelvis contra mis muslo llenaban la oficina.Abierta de piernas sobre la mesa Me vine dos veces. Mis orgasmos llegaron con temblores y gritos ahogados en la garganta, por miedo a que se escucharan afuera de la oficina. Agotada, queriendo que acabara pero también que no parara, oí la puerta abrir y morí de vergüenza, intente levantarme pero el cuerpo de Antonio me lo impidió: era Lucía, con una escoba en la mano, mirándonos fijamente.—Perdón… ¿vuelvo más tarde? —dijo con voz temblorosa, sin poder apartar la vista de mi.Antonio, sin dejar de bombearme, respondió:—¿Quieres perder tu trabajo?, Pasa, limpia sin hacer ruido y no digas nada.Ella entró, se puso a barrer y, mientras lo hacía, miraba disimuladamente cómo me penetraban.Antonio se corrió dentro de mí, gimiendo como loco, inundándome de su semen caliente y espeso. Doy gracias por mis anticonceptivos, porque ni siquiera se preocupó por usar condón. Me soltó las piernas, sacó su pene y me dijo:—Ya te puedes ir. Eres una excelente secretaria, eres exactamente lo que estoy buscando.Lucía, como buena cómplice, me dio una toallita para limpiarme el semen de Antonio antes de vestirme. Yo no podía mirarla de la vergüenza. Me limpié lo mejor que pude, me puse el vestido y salí de la oficina con las piernas temblorosas, sintiendo su semen aún dentro de mí.Esa fue mi primera infidelidad. Esa misma tarde se lo conté todo a mi marido. Al principio tenía miedo, pero al ver su excitación le di todos los detalles, como si él hubiera estado ahí. Nuestra vida cambió. La cogida de Antonio me abrió un mundo nuevo de deseo prohibido. Aún no sé cómo manejarlo… me avergüenzo solo de recordarlo y, al mismo tiempo, me excita muchísimo.
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