Quiero verte con otro (Parte 2)
La puerta se abre y el olor a sexo ajeno invade el apartamento. Raquel no dice una palabra, pero su cuerpo habla con una claridad brutal: ha sido usada, llenada y dejada a su paso. Ahora, Dani debe obedecer la única orden que queda: limpiar lo que otro dejó dentro de ella.
Capítulo Dos: El Regreso de la Lluvia
Una semana después, el cielo de se había vuelto a abrir. La lluvia caía sobre los adoquines como un manto gris, y Dani, sentado en el sofá, miraba el reloj una y otra vez. Las dos de la madrugada. Luego las tres. Luego las cuatro. El móvil de Raquel no respondía, y los mensajes de Dani se amontonaban en la pantalla sin respuesta, como piedras en un pozo seco. Pero él no sentía rabia. Sentía una expectación húmeda, un nudo en el estómago que se tensaba y se aflojaba al ritmo de su imaginación. Sabía, con una certeza que le escocía como una herida abierta, que aquella noche algo iba a pasar. Lo había visto en los ojos de Raquel cuando se despidió, un brillo distinto, una promesa silenciosa. A las cinco menos cuarto, la puerta del piso se abrió con un chirrido metálico. Dani se levantó de golpe. Raquel entró tambaleándose, no de borrachera, sino de algo más profundo. Llevaba el mismo vestido negro de la semana anterior, pero el dobladillo estaba arrugado, y había una mancha clara en la parte delantera, justo encima del pubis, que Dani reconoció al instante. Ella no dijo nada. Cerró la puerta con cuidado, se quitó los tacones con un movimiento torpe, y caminó hacia el sofá donde Dani estaba paralizado. Se detuvo frente a él, y el olor que emanaba de su entrepierna era denso, salado, inconfundible. Sin mediar palabra, se subió el vestido hasta la cintura. No llevaba bragas. Su coño estaba hinchado, los labios abiertos y enrojecidos, y de él manaba un hilo blanco y espeso que le resbalaba por el interior del muslo, lento como miel.
—Siéntate —dijo Raquel, y su voz era un susurro ronco, casi varonil.
Dani obedeció. Se dejó caer en el sofá, y Raquel se colocó sobre él, de espaldas, abriendo las piernas y bajando su vulva hasta la altura del rostro de Dani. Antes de que él pudiera reaccionar, ella se sentó. El peso de su cuerpo presionó contra su cara, y él sintió el contacto frío y viscoso del semen ajeno en los labios.
—Lame —ordenó ella.
Y Dani lamió. Su lengua se extendió como un animal independiente, recorriendo la hendidura caliente de Raquel, recogiendo el semen que goteaba de su interior. El sabor era extraño, más amargo que el suyo, con un regusto metálico que le erizó el vello de la nuca. Pero no se detuvo. Chupó, succionó, devoró cada gota, mientras Raquel se movía sobre su rostro con pequeños vaivenes de cadera, gimiendo bajito.
—Así —dijo ella, y su mano se enredó en el pelo de Dani, tirando con fuerza—. Así, cabrón. Trágatelo todo.
Dani sintió que su polla se endurecía contra el pantalón, dolorosamente erecta, pero no se atrevió a tocarse. Su única misión era la boca, la lengua, el coño de Raquel. Metió la lengua dentro de ella, buscando el semen que se acumulaba en el fondo, y lo tragó en grandes sorbos, sintiendo cómo el líquido caliente le bajaba por la garganta.
Raquel empezó a hablar, la voz entrecortada por el placer que los movimientos de la lengua de Dani le provocaban.
—Esta noche... —dijo, y una risa temblorosa se le escapó—. Esta noche fue diferente. Salí del bar y allí estaba. El mismo chico. El de la semana pasada. Como si me hubiera estado esperando.
Dani siguió lamiendo, pero su mente se había ido a otro lugar. Veía la escena como si estuviera proyectada en una pantalla: Raquel saliendo del bar, el chico alto y moreno apoyado contra una farola, el humo de un cigarrillo enredándose en sus dedos largos.
—Me sonrió —continuó Raquel—. Y yo supe lo que iba a pasar. Me acerqué, y él me agarró de la mano. Me llevó a su coche, el mismo de la otra noche. Pero esta vez no nos quedamos en el callejón. Arrancó y condujo.
Dani sintió que la lengua se le entumecía, pero no dejó de lamer. El semen seguía brotando del interior de Raquel, mezclado con sus propios jugos, formando un caldo espeso que él bebía con avidez.
—Vivía en un piso pequeño, en el centro —dijo Raquel, y su voz se volvió más lenta, más densa—. Había una cama deshecha, ropa por el suelo. Me tumbó sobre ella y me besó. Me quitó el vestido, las bragas. Me abrió las piernas y me lamió el coño. Durante un montón de tiempo. Hasta que yo no podía más.
Dani gimió contra su vulva, y Raquel apretó las piernas alrededor de su cabeza, atrapándolo.
—Luego se puso la polla encima —siguió ella, y el tono se volvió triunfal—. La tenía enorme. Más grande que la tuya. Más gruesa. La cabeza, roja y brillante, rozó mi clítoris. Y entonces me la metió. Toda. De una sola vez.
Dani sintió que se ahogaba. El semen, el sudor, el olor a sexo de Raquel lo envolvía como una ola, y él tragaba y tragaba, sin saber si lo que corría por sus mejillas eran lágrimas o fluidos.
—Me folló durante horas —dijo Raquel, y su voz era ahora un susurro rasgado—. Me puso de todas las posturas. De espaldas, a cuatro patas, sentada sobre él. Y cuando iba a correrse, me preguntó: "¿Dónde?". Y yo le dije: "Dentro. Quiero sentir cómo me llenas".
Dani sintió que la polla se le hinchaba hasta el dolor, pero no se tocó. Siguió lamiendo, devorando, mientras Raquel continuaba.
—Se corrió dentro de mí. Un chorro largo, caliente, que sentí hasta el útero. Y luego otro. Y otro. Hasta que su semen me rebosaba y caía por mis muslos. Entonces me vestí, cogí un taxi, y vine a casa. Para que te lo comieras.
Raquel se calló. El silencio se llenó del sonido húmedo de la lengua de Dani trabajando su coño, del respirar agitado de ambos. Ella se corrió entonces, un orgasmo silencioso y profundo que la hizo temblar de pies a cabeza, y su cuerpo se derrumbó hacia atrás, cayendo sobre el pecho de Dani. Él la abrazó, sintiendo el semen que aún goteaba de ella y se pegaba a su ropa. Su polla seguía erecta, pero no la había tocado. No había eyaculado. Y en ese momento, mientras el amanecer gris se colaba por las rendijas de la persiana, Dani supo que aquella era la primera vez de muchas, que el juego apenas comenzaba, y que el deseo de ver a Raquel en brazos de otro se había vuelto carne, saliva y semen en su boca. La lluvia seguía cayendo sobre Madrid, lavando las calles, borrando las huellas de la noche. Pero dentro de aquel piso, el rastro de otro hombre permanecía, fresco y cálido, en la lengua de Dani...
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