La esposa perfecta y el dueño del apartamento
Ana llega al apartamento buscando solo reparar el aire acondicionado, pero el propietario tiene otros planes. En la terraza, bajo el sol y el alcohol, la máscara de la esposa perfecta se resquebraja, revelando un deseo que su esposo nunca satisface. Esta noche, el silencio del edificio será testigo de su caída.
Todo empezó como un alquiler más. Una familia “ideal”: esposo atento, dos niños pequeños y ella… Ana. 37 años, cabello castaño claro, cuerpo bien mantenido, tetas grandes y firmes, culo redondo y una cara de “mujer seria y decente” que me puso la polla dura desde el primer día que la vi.
Su esposo llegó con los niños el sábado por la mañana y me pagó el resto del alquiler. Esa misma tarde, el imbécil se llevó a los niños a la playa para “dejar que mamá descanse”. Ana se quedó en el apartamento.
A los veinte minutos recibí su mensaje: “El aire acondicionado no enfría”. Bajé inmediatamente.
Entré al apartamento y la encontré con un short de jean corto y una camiseta holgada sin sostén. Los pezones se le marcaban perfectamente. Me saludó con esa sonrisa educada de esposa modelo.
Arreglé el aire en menos de diez minutos (solo había que limpiar el filtro). Cuando terminé, ella estaba claramente avergonzada.
—Mil gracias… de verdad. No quería molestarlo.
—No es molestia —respondí sonriendo—. Ven a mi casa un rato. Te invito una cerveza bien fría como disculpa por la incomodidad.
Ella dudó un segundo, pero aceptó.
En mi terraza, con vista al mar, le serví la primera cerveza. Luego la segunda. Cuando iba por la tercera, ya estaba más suelta. El sol, el calor y el alcohol hicieron su trabajo.
—Estas vacaciones no son para mí… —confesó, mirando el mar—. Termino más cansada que cuando llegué. Entre los niños, la comida, la arena… casi no tengo un momento para mí.
—Pues relájate ahora —le dije, palmeando el sofá a mi lado—. Ponte cómoda.
Ana se quitó las sandalias y, casi sin pensarlo, se acostó en el sofá y puso sus pies sobre mi regazo.
Empecé a masajearle los pies con calma. Ella cerró los ojos y soltó un gemido suave.
—Qué rico… —murmuró.
Subí lentamente por sus pantorrillas, luego por sus muslos. Mis manos fuertes apretaban la carne suave. Cuando llegué al borde del short, ella abrió un poco las piernas sin darse cuenta.
Metí la mano debajo de la tela y rocé su coño por encima de las bragas. Estaba empapada.
—Ey… no —dijo débilmente, pero no cerró las piernas.
—Tranquila —le susurré, acariciando su clítoris hinchado por encima de la tela mojada—. Tu esposo nunca va a saberlo. Además… mira cómo estás de mojada. Tu cuerpo sí quiere.
Ana soltó un gemido cuando metí dos dedos dentro de su coño caliente y resbaladizo. Empecé a moverlos lento pero profundo, curvándolos para tocar ese punto que la hizo arquear la espalda.
—Ay, Dios… —jadeó.
Me arrodillé entre sus piernas, le bajé el short y las bragas de un tirón y hundí mi lengua en su coño. La comí con ganas, chupando su clítoris y metiendo la lengua lo más profundo posible. Ana me agarró la cabeza con ambas manos y empezó a follarme la cara, moviendo las caderas como una perra en celo.
—Qué rico comes coño… joder… —gemía, toda su imagen de esposa decente derrumbándose.
Cuando estaba a punto de correrse, me levanté, me bajé el pantalón y saqué mi polla gruesa y dura. Me senté en el sofá y la jalé hacia mí.
—Ven, móntame.
Ana se subió a horcajadas, agarró mi verga y se la metió ella misma hasta el fondo con un gemido largo y gutural.
—Qué gruesa… —susurró, empezando a cabalgarme despacio al principio, luego cada vez más rápido.
Le levanté la camiseta y me metí una de sus tetas a la boca, chupando y mordiendo el pezón mientras ella rebotaba sobre mi polla. Mis manos apretaban su culo con fuerza, abriéndole las nalgas.
Metí un dedo en su culito apretado mientras ella me follaba como una loca. Ana soltó un grito de placer.
—¡Sí! ¡Ahí! —gritaba sin vergüenza.
La sujeté fuerte de las caderas y empecé a embestirla desde abajo con fuerza bruta. El sonido de su culo chocando contra mis muslos llenaba la terraza. Sus tetas rebotaban en mi cara mientras yo le metía el dedo más profundo en el culo.
—Eres una puta… una puta casada —le gruñí.
—Sí… soy una puta… —confesó entre gemidos—. Fóllame más fuerte…
La corrí dos veces así, cabalgándome como una desesperada. En la tercera, cuando sentí que yo también estaba a punto, la bajé de mi polla, la puse de rodillas y le metí la verga hasta la garganta. Me corrí con fuerza, llenándole la boca de semen espeso. Ana tragó todo lo que pudo, con hilos blancos cayéndole por la barbilla y las tetas.
Cuando terminó, se quedó sentada en el suelo, jadeando, con la mirada perdida y la cara de satisfacción total.
—Esto no puede volver a pasar… —murmuró, sin mucha convicción.
Yo solo sonreí, limpiándole el semen de la comisura de los labios con el pulgar.
—Claro que sí va a volver a pasar, Ana. Y la próxima vez te voy a follar el culo mientras tu marido está en la playa con los niños.
Ella bajó la mirada, mordiéndose el labio… pero no dijo que no.
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