<p>Es una putada con sol. Treinta y ocho grados a la sombra, el asfalto derritiéndose, el aire tan denso que da pena respirarlo. Y encima el Papa. La ciudad blindada, la Plaza de Colón convertida en un campamento de peregrinos, banderas amarillas y blancas colgando de balcones, farolas, cabezas. Los altavoces vomitan cánticos desde las seis de la mañana. Huele a incienso barato, a sudor de miles, a fe embotellada en calor humano.</p>
<p>Héctor se abre paso a codazos. Veintinueve años. El pelo rapado al cero, la camiseta negra sin mangas pegada al torso, los brazos cubiertos de tatuajes que parecen una biografía escrita con agujas: el nombre de su abuela muerta, una virgen llorando, la fecha de la muerte de su mejor amigo, un dragón chino que le sube desde el antebrazo hasta el hombro. Suda como un cerdo, pero no le importa. No ha ido a ver al Papa. Ha ido a buscar a su hermano pequeño, que lleva tres días sin responder al teléfono, tres días sin contestar los mensajes, tres días haciendo que su madre se muerda las uñas frente al televisor apagado.</p>
<p>Ve a Diego antes de que Diego lo vea a él. Sale de una carpa de confesiones — una puta carpa blanca con una cruz pintada, como si Dios fuera un feriante — y se ajusta la camisa blanca de manga larga. Lleva un crucifijo de madera colgado al cuello, el pelo más largo de como Héctor lo recuerda, la cara más delgada, los ojos más hundidos. Veintidós años. El crío que dejó el taller mecánico de su padre para meterse a seminarista. El mismo que se queda helado cuando reconoce a su hermano entre la multitud.</p>
<p>— ¿Qué haces aquí? —pregunta Diego. La voz se le quiebra, pero pone cara de póker. Siempre ha sido bueno mintiendo.</p>
<p>— Llevo tres putos días llamándote, enano. Mamá está cagada de miedo. Cree que te han raptado, que te has ido con una secta, que te ha pasado algo.</p>
<p>— Pues ya ves. Estoy bien. Entero.</p>
<p>— ¿Bien? —Héctor suelta una risa que no es una risa, es un bufido—. Metido entre curas y banderas, viviendo en una residencia con otros iluminados que rezan antes de cagarla. ¿Tú llamas a eso estar bien? Yo lo llamo esconderte.</p>
<p>La mandíbula de Diego se tensa. Los mismos putos ojos verdes que llevan veintidós años mirando a Héctor desde todos los ángulos posibles, desde la litera de abajo, desde el otro lado de la mesa de la cocina, desde el espejo del baño cuando se afeitaban juntos los sábados por la mañana.</p>
<p>— No voy a discutir esto aquí.</p>
<p>— Pues discutimos donde tú quieras. Pero de aquí no me voy sin ti.</p>
<p>Diego lo mira. Aguanta la mirada tres segundos. Luego baja los ojos. Siempre ha sido el que baja los ojos primero.</p>
<p>— Tengo que ayudar con la organización hasta las ocho.</p>
<p>— Te espero.</p>
<p>Las horas pasan como una condena. Héctor se sienta en un bordillo, al lado de una papelera que huele a orín y a cerveza caliente. Observa a la multitud: viejas con velo, familias enteras con camisetas del Papa, monaguillos que corren con botellas de agua, curas con alzacuellos sudados que parecen estar en otro puto planeta. De vez en cuando ve a Diego entre el grupo de seminaristas, cargando cajas, dirigiendo a la gente, sonriendo con esa sonrisa de santurrón que a Héctor le parte el alma porque sabe lo que hay detrás. Sabe que esa sonrisa es una mentira. Sabe que el Diego que ríe con los curas no es el mismo Diego que una noche, hace ocho años, se dejó besar en la oscuridad de la habitación compartida sin decir una palabra.</p>
<p>Las ocho y media. Diego aparece, la camisa manchada de sudor bajo los brazos, el pelo pegado a la frente. No dice nada. Hace un gesto con la cabeza y empieza a caminar. Héctor lo sigue.</p>
<p>Caminan en silencio por calles cortadas, esquivando grupos de jóvenes que cantan con los brazos en alto. La residencia está en la calle de la Princesa, un edificio antiguo que huele a madera podrida, a incienso barato, a siglos de silencio. Suben escaleras que crujen como si fueran a partirse. La habitación de Diego es diminuta: una cama individual con una manta raída de color granate, un escritorio de madera oscura con una Biblia abierta por los Salmos, un crucifijo de madera negra colgado sobre la cabecera. En la mesilla, un rosario de madera barata y una foto de su madre en la playa de Benidorm, sonriendo, más joven.</p>
<p>Héctor cierra la puerta. Gira el pestillo. El clic suena como un tiro en una iglesia vacía.</p>
<p>— ¿Estás contento aquí?</p>
<p>— Sí.</p>
<p>— ¿De verdad?</p>
<p>Diego no responde. Se sienta en el borde de la cama. La ropa blanca se le marca en los hombros, en los brazos. Fuera, los cánticos suenan lejanos, como si vinieran de otro planeta. El Papa está hablando desde el escenario, su voz amplificada rebota contra los edificios. Habla de amor, de pureza, del camino recto. Héctor quiere reírse pero no le sale.</p>
<p>— ¿Me has echado de menos? —pregunta Diego. La voz le sale tan baja que parece un rezo, una confesión, una puta súplica.</p>
<p>Héctor lo mira. Lo mira y siente cómo todo lo que ha estado callando durante años le sube por la garganta como bilis.</p>
<p>— Todos los putos días de mi puta vida, Diego. Todos.</p>
<p>El silencio se instala entre ellos como un animal. Afuera, el coro se eleva. Las palomas levantan el vuelo desde las cornisas. El Papa habla y habla y habla, y sus palabras rebotan contra los cristales de la residencia sin entrar.</p>
<p>— No tienes por qué estar aquí.Dijo Hector</p>
<p>— ¿Y adónde voy a ir? .. sono a respuesta ahogada</p>
<p>— A casa. Al taller. A vivir, coño.</p>
<p>Diego levanta la cabeza. Los ojos verdes le brillan. No es tristeza lo que tienen. Es hambre. Una hambre de ocho años, de noches en literas, de manos que encontraban cuerpos en la oscuridad, de secretos que pesan más que cualquier pecado.</p>
<p>— Sabes que no puedo.</p>
<p>— Sabes que eso es mentira. — Héctor... con la voz de la espera , pregunto :</p>
<p>— ¿Qué? ¿Que es pecado? ¿Que Dios te está mirando? —Héctor da un paso. Está delante de él. Puede oler el jabón barato de la residencia mezclado con el sudor del día, con el incienso, con el olor de su hermano, ese olor que conoce desde que nació—. Pues que me mire. Que vea lo que siento. Que vea lo que llevo dentro desde que tengo uso de razón.</p>
<p>Diego se levanta. Están cara a cara, hombro con hombro, aliento contra aliento. Héctor es más grande, más ancho, y sin embargo es Diego quien da el primer paso, Diego quien acerca la boca a la de su hermano.</p>
<p>— No te acerques —susurra. Pero sus manos no empujan. Sus manos tiemblan. Sus manos se cierran sobre la camiseta de Héctor como si fuera a caerse al vacío.</p>
<p>Héctor se acerca.</p>
<p>El primer beso sabe a doce putos años de silencio. Sabe al verano en que Héctor y Diego, sabe a una noche en que las manos del hermano mayor encontraron el cuerpo de Diego bajo las sábanas y todo cambió para siempre aunque ninguno dijera una palabra. Sabe a los sábados por la mañana en la ducha, a las miradas que duraban un segundo más de la cuenta, a las noches en que Héctor se masturbaba pensando en su hermano y luego se odiaba por ello durante días.</p>
<p>Diego lo empuja contra la pared con una violencia que sorprende a los dos. Le devuelve el beso con una furia que lleva meses, años, una vida entera rezando para ahogar. Las manos de Diego se meten bajo la camisa blanca, encuentran la piel caliente, los hombros que conoció de niño y que ahora son de hombre — más anchos, más duros, marcados por las horas en el taller, por el verano ayudando a su padre a cambiar neumáticos y amortiguadores.</p>
<p>Se desnudan sin hablar. La ropa cae al suelo: la camisa blanca, los vaqueros negros, el crucifijo que queda colgado de la percha del flexo como un testigo mudo. El cuerpo de Diego está más marcado de lo que Héctor recordaba — el pecho fibroso, el vientre duro, las venas marcadas en los antebrazos. Lleva una cruz dibujada con bolígrafo azul en el hombro izquierdo, ese detalle ridículo y enternecedor que a Héctor le parte el alma. Héctor es más grande, más bruto, los tatuajes extendiéndose como un mapa de todo lo que ha vivido mientras su hermano rezaba: la muerte de su amigo, las putas de la calle Montera, las noches en el taller soldando hasta las tantas para no pensar.</p>
<p>— ¿Has estado con alguien aquí? —pregunta Héctor, mordiéndole el cuello, dejándole una marca que mañana será imposible de ocultar.</p>
<p>— No. He intentado olvidarte.</p>
<p>— ¿Y?</p>
<p>— No se puede olvidar lo que llevas dentro.</p>
<p>Héctor lo tumba en la cama. La Biblia cae al suelo con un golpe sordo, las páginas abriéndose por algún salmo que habla de redención. El crucifijo golpea una y otra vez contra la pared cuando los cuerpos se enredan. Héctor besa a su hermano desde la boca hasta el cuello, desde el cuello hasta el pecho, desde el pecho hasta el vientre, lamiendo el sudor, mordiendo la piel, marcando el camino hacia abajo. Llega a su polla — dura, caliente, la punta brillante de deseo, el prepucio retraído dejando al descubierto el glande rosado — y la toma en la boca entera, sin contemplaciones.</p>
<p>Diego gime. Se muerde los nudillos. Arquea la espalda contra el colchón fino. Héctor lo chupa con una devoción que no tiene nada de divina, con una adoración que es pura carne, pura saliva, puro deseo. Siente cómo el cuerpo de su hermano se tensa, cómo las manos se le clavan en el pelo, cómo los gemidos se vuelven más agudos, más desesperados.</p>
<p>— Para —jadea Diego—. Para, para, para. Quiero sentirte dentro.</p>
<p>Héctor sube. Busca el lubricante en la mochila. Lo ha traído porque sabía lo que iba a pasar, lo ha sabido desde que vio a Diego salir de aquella carpa de confesiones, desde que vio sus ojos verdes y supo que esta noche terminaría así. Prepara a su hermano con dedos largos y pacientes, untando el gel, masajeando el esfínter, entrando despacio, uno, dos, tres dedos, mientras Diego se muerde el brazo, entierra los dedos en las sábanas, arquea la espalda y suelta juramentos entrecortados.</p>
<p>— Ya —susurra—. Métemela ya, coño.</p>
<p>Héctor se coloca entre sus piernas, las caderas de Diego abiertas, los muslos sudados, el culo brillante de lubricante. Lo mira a los ojos. Los putos ojos verdes de su madre. Los mismos que lleva viendo desde que nació.</p>
<p>— Dime que me quieres.</p>
<p>— Te quiero —responde Diego. La voz le tiembla, pero las palabras salen claras, firmes—. Te quiero desde que tengo memoria. Eres lo único que no puedo confesar.</p>
<p>Héctor entra despacio. Un centímetro. Dos. Siente cómo el cuerpo de su hermano se abre para él, cómo el esfínter cede paso a la presión, cómo el calor lo envuelve. Diego aprieta los dientes, contiene la respiración, y luego suelta el aire en un gemido largo, hondo, mientras empuja las caderas hacia arriba para recibir más profundidad.</p>
<p>— Joder —gime Héctor—. Joder, Diego...</p>
<p>— Más fuerte —suplica—. Házmelo más fuerte. No pares. No pares nunca.</p>
<p>El ritmo se vuelve animal. La cama golpea contra la pared. El crucifijo baila una danza loca contra la madera. El sudor les resbala por los cuerpos, les moja los pechos, les empapa los muslos donde sus pieles se juntan. Héctor clava las uñas en las caderas de Diego mientras lo penetra una y otra vez, buscando ese punto, ese puto punto que hace temblar a su hermano como un animal herido, que le arranca gemidos que ya no puede contener, que se le escapan de la garganta sin permiso.</p>
<p>Cuando lo encuentra, Diego se deshace. El orgasmo le llega sin aviso — un espasmo que le recorre el cuerpo entero, que le hace mancharse el vientre, el pecho, la barbilla, mientras el culo se le aprieta alrededor de la polla de Héctor con una fuerza que lo deja ciego. Héctor se corre dentro de él con un gruñido que parece un golpe, enterrando la cara en el cuello de su hermano, mordiéndole la piel mientras se vacía, mientras el semen caliente llena el culo de Diego, gotea por sus muslos, mancha la sábana raída de la residencia.</p>
<p>El crucifijo sigue temblando, cada vez más suave, hasta detenerse por completo.</p>
<p>La Biblia sigue abierta en el suelo, manchada de polvo y de lubricante.</p>
<p>Afuera, los peregrinos cantan. La vigilia ha empezado. Miles de voces elevándose hacia un cielo negro, el Papa hablando de amor y pureza y redención.</p>
<p>Dentro de la residencia, dos hermanos yacen desnudos en una cama individual que es demasiado pequeña para dos cuerpos de hombre. Héctor está encima de Diego, todavía dentro de él, la polla blanda pero dentro aún, como si no quisiera irse. Respiran al mismo ritmo, el pecho de uno contra el pecho del otro.</p>
<p>Diego rompe el silencio primero. Su voz suena ronca, rota, pero las palabras salen claras.</p>
<p>— Mañana tengo que servir la misa delante de Él.</p>
<p>— ¿Y?</p>
<p>— Y voy a tener tu lefa dentro de mí mientras alzo la hostia. Mientras bendigo el cuerpo de Cristo. Mientras miro al cielo y finjo que no llevo a mi hermano dentro del culo.</p>
<p>Héctor sonríe contra su hombro. Le muerde la piel con suavidad, dejando una marca roja.</p>
<p>— Entonces no te limpies aún.</p>
<p>Diego no se limpia.</p>
<p>Se quedan así, abrazados, sudados, apestando a sexo y a pecado, mientras la luz del alba empieza a colarse por la ventana. Los cánticos de la vigilia se apagan poco a poco. Madrid empieza a despertar: el rumor lejano de los primeros autobuses, las persianas que suben, la ciudad que se prepara para recibir al Papa en su misa multitudinaria.</p>
<p>En la residencia de la calle de la Princesa, dos hermanos duermen desnudos en una cama demasiado pequeña, enredados el uno en el otro. El crucifijo cuelga sobre ellos, inmóvil. La Biblia sigue en el suelo, abierta por los Salmos.</p>