<p>Una risa sale de sus labios cuando deja caer su mano sobre mi brazo para empujarme. Una sonrisa aparece en los míos al observar aquel gesto, antes de corresponder a su complicidad empujándola ligeramente con mi hombro. A medida que su narración avanza, nuestros cuerpos se aproximan hasta quedar a escasos centímetros; lo único que nos separa en este instante es la densa neblina que nos rodea. Su boca roza mi oreja, manteniendo el secretismo entre nosotros, mientras el único testigo de este encuentro en la azotea es la luna. Desde un cielo adornado de tonos anaranjados y celestes, permanece junto a nosotros, vigilando cada uno de mis actos.</p>
<p>Se agarra de la barandilla, colocándose en puntillas para poder llegar a mi altura. Su cabello rizado no deja de acariciar mi piel a medida que se acerca a mí, inflado y esponjado por culpa de la niebla. En cualquier otro momento, a ella le importaría perder el control de su peinado, pero hoy es diferente. Hoy me está contando los detalles de la desastrosa cita que tuvo el fin de semana, confesándome la profunda insatisfacción que sintió cuando ni siquiera pudo llegar al orgasmo.</p>
<p>—¿Y para eso es el vibrador? —pregunto entre risas, inclinándome a su altura para que escuche bien mi voz.</p>
<p>A pesar de que nadie se encuentra junto a nosotros en la azotea, susurramos como si estuviéramos compartiendo el secreto más prohibido.</p>
<p>—Sí, para probar algo nuevo —responde, sacando el celular de uno de los bolsillos de su bata—. Estoy cansada de las malas citas. Y de tener que fingir un maldito orgasmo.</p>
<p>—Así que la solución, en vez de seguir buscando entre los peces del océano, será un mini pez que controlas desde tu celular.</p>
<p>Ella asiente, dándome la razón con una sonrisa cómplice que brilla bajo la luz de la luna. Observo la pantalla mientras desliza el dedo por las aplicaciones. Me fijo en la hora: ya son las 4:45 a.m. En un par de minutos debemos regresar a nuestro turno, justo cuando el cielo empieza a teñirse de un tenue naranja y la luna se resiste a desaparecer. Me muestra la aplicación, explicándome que la intensidad se controla deslizando una pequeña bolita rosada en el centro.</p>
<p>La impulsividad se instala en mi mente y mis dedos se mueven por sí solos sobre el cristal, arrastrando la bolita hacia arriba, al máximo. El impacto es tan repentino que el celular se le resbala de las manos.</p>
<p>Escucho un gemido ahogado salir de su boca, provocado por el susto y la descarga eléctrica del juguete. Reacciono rápido y atrapo el teléfono en el aire antes de que desaparezca en el vacío del edificio. Me giro en su dirección, esperando encontrar preocupación en su rostro por el accidente, pero al verla me doy cuenta de que el pánico es lo último que recorre su cuerpo.</p>
<p>Tiene la frente apoyada en la barandilla. Aunque no soy capaz de ver sus facciones en esa posición, no tardo en conectar los puntos al notar la forma en que sus piernas flaquean, hasta hacerla caer de rodillas. La tela de su bata blanca se arrastra por el suelo de la azotea, y el silencio de la madrugada se ve opacado por los pequeños y erráticos jadeos que provienen de ella.</p>
<p>Mi vista se mueve, frenética, entre la pantalla de su teléfono y la doctora a la que le pertenece.</p>
<p><em>¿Qué acabo de hacer? Mónica…</em></p>
<p>El pensamiento de mi novia aparece como un golpe de culpa, pero se desvanece de inmediato cuando ella levanta la cabeza y sus ojos se encuentran con los míos. Hay una mirada completamente perdida en ellos. Cierra los párpados por un instante, obligándose a mantener una compostura imposible, pero su cuerpo la traiciona tiñendo sus mejillas de un rubor intenso.</p>
<p>En un intento fallido, trata de levantarse; si no fuera porque mi dedo vuelve a moverse sobre la pantalla del celular, lo hubiera logrado. El sutil incremento de la vibración la ancla al suelo. Mi mano libre roza su cabello húmedo por la niebla, haciéndola temblar bajo la delicadeza de mi toque. Sus manos finalmente se sueltan de la barandilla. Arrastra las rodillas por el piso, ensuciando la tela azul de su scrub médico mientras gira en mi dirección, completamente indefensa.</p>
<p>—Apágalo… —suplica con la voz rota.</p>
<p>Y juro que lo hubiera hecho; hubiera tenido piedad si ella no hubiera acortado la distancia para apoyar su frente contra mis piernas, buscando un soporte en mi cuerpo.</p>
<p>—No creí que lo tuvieras puesto —menciono con una sonrisa ladina en los labios.</p>
<p>Acaricio su cabello, jugando de manera perversa con la intensidad de las vibraciones desde la pantalla. Ella no puede hacer más que resistir; sus manos se aferran con desesperación a la tela blanca de mi bata médica.</p>
<p>—Te lo regreso en un rato —le digo, deslizando el aparato en mi bolsillo—. En unos cinco minutos inicia nuestro turno.</p>
<p>Me alejo de ella a paso lento, asegurándome de aumentar la intensidad un nivel más justo antes de darle la espalda. Detrás de mí, el eco de sus manos golpeando el suelo de la azotea me confirma que se ha rendido por completo a la vibración.</p>
<p>El turno sigue. Minutos después, me encuentro en el área de urgencias atendiendo a los pacientes que no dejan de llegar. Me muevo de un lado a otro con la mente completamente dividida, sintiendo el peso del secreto y el control remoto quemándome dentro del bolsillo, mientras la rutina del hospital continúa como si nada hubiera pasado.</p>
<p>La observo a lo lejos. Sigo cada uno de sus movimientos a la distancia, bajando la intensidad en los momentos en que los pacientes se le acercan, procurando que pueda atenderlos correctamente. Sus mejillas siguen encendidas. Su boca se desgasta a medida que se muerde los labios con fuerza, desesperada por contener los jadeos frente a todos.</p>
<p>Aprovechando un breve descuido en el pasillo, ella logra interceptarme en un rincón apartado de las camillas.</p>
<p>—Apágalo… —vuelve a suplicar, arrastrándose un poco más hacia mí, buscando el cobijo de mi sombra.</p>
<p>—¿Por qué lo haría? Hace un rato no te molestaba en absoluto la idea de tenerlo puesto —menciono, mostrándole una sonrisa de medio lado mientras saco el teléfono del bolsillo y sostengo la pantalla frente a sus ojos.</p>
<p>—Nico… —jadea, y el sonido de mi nombre en su boca rota solo hace que mi arrogancia aumente.</p>
<p>—Querías probar algo nuevo, ¿no?</p>
<p>El turno sigue avanzando. Por momentos, su cuerpo flaquea, generando la preocupación de varios de nuestros compañeros de trabajo. Las preguntas acerca de su estado de salud no se hacen esperar; su piel quema, el color rosa intenso no abandona sus mejillas y el sudor le baja por la frente. Ella trata de disimularlo como puede, justificando ante los demás que está empezando a enfermarse a causa del cansancio acumulado.</p>
<p>Al finalizar nuestro turno, se despide del resto del personal lo más rápido que puede, excusándose con que tiene un compromiso urgente.</p>
<p>Minutos después, salgo de los vestidores tras cambiarme de ropa y me dirijo al ascensor. Sin embargo, debido a lo abarrotado que se encuentra por el cambio de personal de la mañana, termino desviándome hacia las escaleras de emergencia.</p>
<p>Con el cansancio acumulado en el cuerpo, empujo la pesada puerta contraincendios. Bajo los escalones con lentitud, dejando que el sonido de mis botas haga eco en la estructura de concreto. Al descender un tramo, me encuentro con ella. Está sentada directamente sobre el cemento frío de los escalones.</p>
<p>Sabía que estaría aquí. Este es el lugar en el que siempre se oculta para fumar cuando el hospital la sobrepasa.</p>
<p>Su cabello rizado se encuentra recogido en un moño deshecho. Ya no está utilizando su bata blanca; viste de civil, y junto a ella se encuentra su mochila, la cual parece habérsele caído de las manos por la falta de fuerzas.</p>
<p>Al igual que su uniforme, pudo haber intentado quitarse el vibrador en los vestidores. Pero no lo intentó.</p>
<p>Pudo haberse ido directo a su casa para escapar de mí, y en cambio se encuentra aquí, escondida en la penumbra de los escalones, esperándome.</p>
<p>Y yo... yo no debí venir aquí. No cuando se supone que debo regresar a casa a dormir junto a mi novia.</p>
<p>Me siento a su lado en el frío escalón de concreto, dejando que recargue la cabeza en mi hombro. Un profundo suspiro de alivio escapa de sus labios al sentir mi cercanía. Giro el rostro en su dirección; ella inclina sus facciones sobre las mías, buscando con desespero besarme, pero la tomo con firmeza de la barbilla, indicándole que se detenga con un leve movimiento de dedos.</p>
<p><em>Si no la beso, no hice nada malo.</em></p>
<p>Me convenzo de la mentira mientras pego su frente contra la mía. Su respiración choca contra mi rostro, buscando mis labios una y otra vez. Su nariz roza la mía en un ruego silencioso, pero la presión de mi mano la obliga a mantenerse en su lugar, justo donde yo quiero.</p>
<p>—Esto está mal… —pronuncia con un hilo de voz, pero sus acciones contradicen sus palabras cuando se inclina sobre mí, cada vez más desesperada, hasta terminar sentándose en mi regazo.</p>
<p>La cercanía se vuelve asfixiante en mitad de la penumbra. Rodea mi espalda con sus brazos, buscando un punto de apoyo, mientras mi erección se presiona con fuerza contra la tela de su ropa. El roce es directo, tortuoso y hambriento.</p>
<p>No hago ningún movimiento por besarla; permanezco inmóvil, dejando que sea su propia desesperación la que dicte el ritmo de lo que está por ocurrir. Ella gime contra mi cuello, un sonido ahogado que rebota en las paredes desnudas de concreto de la escalera de emergencia. Con manos temblorosas y torpes por la falta de fuerzas, se encarga de deshacerse de los obstáculos de ropa que nos separan, buscando con urgencia el calor de mi cuerpo.</p>
<p>Cuando finalmente se deja caer sobre mí, un jadeo agudo escapa de su garganta.</p>
<p>El espacio dentro de ella es sofocante.</p>
<p>Mi miembro aprisiona el juguete contra sus paredes. No hay espacio.</p>
<p>Cada vez que baja, arrastra la vibración contra su propio cuerpo. Y yo siento esa descarga eléctrica transmitiéndose en mi piel. Directa. Salvaje.</p>
<p>El estímulo es tan masivo y directo que sus músculos se contraen de forma salvaje en un intento involuntario por retener ambos objetos. Sus caderas continúan un vaivén errático y agónico de arriba abajo. Está completamente desarmada, guiándose únicamente por el instinto de saciar una necesidad que yo mismo provoqué. Mis manos bajan hasta sus caderas, no para detenerla, sino para afianzar el agarre, sosteniéndola firmemente contra mí mientras observo cómo sus ojos se ponen en blanco en la penumbra.</p>
<p>El frío del cemento bajo mi cuerpo contrasta brutalmente con el calor sofocante que emana de ella. Cada roce, cada gemido contenido y cada golpe de sus caderas sobre mi regazo me recuerda que he cruzado la línea por completo. Ya no hay marcha atrás. Mónica me espera en casa, pero en este instante, el eco de la traición en estas escaleras es lo único que llena mi mente.</p>
<p>El ritmo se vuelve insostenible.</p>
<p>Sus dedos se clavan en mis hombros con una fuerza que no creí que le quedara. Sus caderas caen una y otra vez de manera pesada, torpe, rindiéndose al estímulo doble que la está partiendo a la mitad. El eco de sus gemidos contra mi cuello ya no se puede ocultar; rebota con nitidez en las paredes de concreto, amenazando con delatarnos con cada golpe.</p>
<p>Ya no hay control en ella. Solo espasmos.</p>
<p>La vibración del aparato, atrapada en el fondo de su canal y presionada por mi propio cuerpo, se vuelve errática por las contracciones salvajes de sus músculos. Siento la descarga eléctrica directa en mi piel, empujándome también al límite.</p>
<p>—Nico… —suelta en un grito ahogado, rompiendo la última pizca de su compostura.</p>
<p>Su cuerpo se tensa por completo. Se arquea hacia atrás, con los ojos perdidos en el techo fluorescente de las escaleras mientras su anatomía se contrae de forma violenta en un orgasmo doloroso, asfixiante y masivo. La fuerza de sus paredes aprisionándome me arrastra con ella.</p>
<p>Me vengo dentro de ella con la misma crudeza. Sosteniéndola con fuerza de las caderas para recibir el impacto de su colapso, sintiendo cómo su calor inunda mis sentidos mientras la culpa que intenté contener se desborda por completo.</p>
<p>El silencio de la madrugada regresa de golpe, roto únicamente por nuestras respiraciones pesadas. Ella se desploma contra mi pecho, completamente vacía, con el sudor pegándole los rizos a la frente y la barbilla temblando sobre mi hombro.</p>
<p>La vibración sigue encendida en mi bolsillo. Pero el juego ha terminado.</p>
<p>Se levanta en silencio, acomodando su ropa con movimientos torpes. Yo hago lo mismo antes de sacar su celular de mi bolsillo y regresárselo. Me mira fijamente, con los ojos empañados, esperando que le diga algo más.</p>
<p>No lo hago.</p>
<p>Solo bajo los escalones, alejándome de la doctora. Ella tarda en reaccionar, pero pronto empieza a seguirme a paso lento hasta que cruzamos la puerta que da al estacionamiento. No me atrevo a romper nuestro silencio. No quiero hablar sobre lo que acaba de pasar. El remordimiento empieza a tomar forma.</p>
<p>Camino en línea recta hacia mi auto y, a unos metros de distancia, reconozco el de ella.</p>
<p>Pero mi paso se detiene en seco.</p>
<p>El aire se congela en mis pulmones cuando noto la silueta de una mujer apoyada contra el capó de mi vehículo. Una silueta que conozco a la perfección.</p>
<p>La encuentro observando la pantalla de su celular. Su rostro se ilumina por completo en cuanto sus ojos se encuentran con los míos. Emito una sonrisa falsa, imitando la que brilla en sus labios, antes de que ella me indique con la mano que me acerque, sosteniendo una bolsa de plástico en la otra.</p>
<p>—¿Qué haces aquí, amor? —le pregunto, esforzándome por mostrar emoción al verla en este lugar.</p>
<p>—Estuviste haciendo dos turnos seguidos. Debes estar exhausto —señala con voz dulce—. Así que yo manejaré el día de hoy. Traje algo de comer.</p>
<p>—Eres muy amable —menciono, tragando grueso.</p>
<p>Coloco mis manos sobre sus mejillas calientes y deposito un tierno beso en una de ellas. Evitando sus labios. Convenciéndome, una vez más, de que no he cruzado la línea. Detrás de mí, a unos pocos metros, escucho los pasos lentos de la doctora perdiéndose en la penumbra del estacionamiento.</p>
<p>—¿Fue un turno pesado? Tardaste en salir y no me contestabas.</p>
<p>—Estuve terminando de llenar unos expedientes en el piso de arriba y dejé el teléfono en silencio dentro del casillero para no distraerme —miento, y la facilidad con la que la excusa resbala de mi lengua me revuelve el estómago—. Perdona que te hiciera esperar.</p>
<p>Mónica niega con la cabeza, restándole importancia con esa dulzura suya que ahora mismo me quema la piel. Rodea mi cintura con un brazo y me guía amablemente hacia el lado del copiloto.</p>
<p>—No te preocupes. Lo importante es que ya saliste. Súbete, que se va a enfriar la comida.</p>
<p>Abro la puerta del auto y me subo, hundiéndome en el asiento mientras el olor a té de manzanilla y a comida casera inunda el espacio, chocando de frente con el olor a sudor clínico y a la otra mujer que todavía impregna mis propias prendas. A través del retrovisor lateral, alcanzo a distinguir la silueta de la doctora a la distancia. Se sube a su vehículo sin mirar atrás una sola vez, encendiendo el motor para perderse finalmente tras la barrera de salida del estacionamiento.</p>
<p>Mónica ocupa el asiento del conductor, acomoda el espejo y arranca el coche.</p>
<p>A medida que avanzamos por las calles de la ciudad, el sol de la tarde empieza a golpear directo contra el parabrisas. Mi novia conduce con tranquilidad, tarareando una melodía que suena en la radio y estirando la mano de vez en cuando para acariciar mi rodilla, totalmente ajena al infierno que llevo desatándose dentro de la cabeza. Cada una de sus palabras cariñosas, cada pregunta inocente sobre cómo estuvo la madrugada, se convierte en un recordatorio silencioso de lo que acaba de suceder en ese frío tramo de concreto.</p>
<p>Entrelazo mis dedos sobre mi regazo. Siento los labios secos, intactos. Me repito el mismo mantra hipócrita una y otra vez mientras el paisaje avanza, intentando convencerme de que la línea sigue ahí, intacta, solo porque me negué a besarla.</p>
<p><em>Solo fue un desliz.</em></p>
<p>Me digo a mí mismo. Prometiéndome a mí mismo que jamás lo volveré a hacer. Que ella no notará mi error.</p>
<p>Pero este fue el último día en que recibí el trato amable de Mónica.</p>