El anacrónico tito Diego. Capítulo 20
Entró con la pistola en mano para detenerlo, pero el olor y la vista del hombre dormido desarmaron su disciplina. Lo que debía ser una detención se transforma en una entrega total a la carne, donde la jerarquía se invierte y el deber se convierte en lujuria.
Advertencia: contiene sexo homosexual.
Cuando Don Félix entró en el piso donde se alojaba Don Diego rápidamente se sintió invadido por una sensación voluptuosa, relacionada con un olor familiar que no acertaba a reconocer. Dejándose llevar por su instinto de protagonista de serie policiaca anacrónica, del todo inapropiado en una circunstancia como aquella, sacó su pistola como si estuviese tratando de detener a un peligroso criminal. En verdad Don Diego era muy peligroso, pero el único riesgo al encontrarse con él era caer rendido a sus encantos de maduro Dios del sexo. Sigilosamente se adentro en la casa, comprobando concienzudamente que no había nadie en el salón, la cocina, o el aseo. Siguió hacia las habitaciones procurando no hacer el más mínimo ruido, comprobando que en el dormitorio principal no había nadie. No adivinó, por supuesto, que aquella era la cama en que dormía siempre la mujer que se había follado en el control de tráfico aéreo. Finalmente entró con cuidado en otra habitación más pequeña, con la puerta casi cerrada, que él abrió con suma suavidad, poco a poco, hasta ver dos dos camas individuales, una de ellas vacía y la otra ocupada por un hombre.
El hombro no era otro que el comandante, profundamente dormido y roncando a pierna suelta, con una expresión de beatitud absoluta y completamente ajeno a la presencia del capitán. Estaba además casi desnudo, para regocijo del capitán Díaz. Estuvo a punto de abrir la boca para increparle a gritos, para así darle un buen susto y anunciarle que estaba detenido. Pero algo llamó poderosamente su atención y lo detuvo, los huevos del comandante. Don Diego estaba boca abajo con sus apreciados calzoncillos bajados hasta casi los tobillos, de modo que le obsequiaba con una bonita panorámica de su magnífico culo. La pierna derecha la tenía levemente flexionada, de manera que entre sus hermosos glúteos y el inicio de su muslo se atisbaba la rotundez de sus enormes cojones, coloraditos y acompañados de aquel vello que los enmarcaba. Las calcetas embutían aún sus pies, y su camiseta de tirantes permanecía cubriéndole la espalda hasta el inicio de su portentosa retaguardia, como una concesión al pudor que contrarrestarse el erotismo que emanaba del dormido oficial.
Y hablando de emanaciones, el mismo voluptuoso aroma que había percibido al entrar en el piso, pero multiplicado por diez, empapaba el aire del dormitorio, haciendo que las aletas de su nariz se dilatasen y que aquel olor penetrase hasta lo más profundo de sus pulmones, para repartirse luego por todo su cuerpo y hacerle sentir tremendamente excitado. Los expuestos huevos de Don Diego actuaron como un foco de luz, que lo encandilaba y a la vez actuaba como un imán, atrayéndolo sin que pudiese evitar acercarse, tal como le había sucedido a su predecesora en el disfrute de este macho, para tocarlos en aquella posición tan arrebatadora. Los palpó con suavidad, y disfrutó inmensamente al percibir la tersa piel de su escroto y el cosquilleo que producía el vello que los acompañaba, cuando acariciaba el conjunto con movimientos circulares de sus dedos. Le resultaba una sensación parecida a cuando acariciaba un coño bien peludo, como a él le gustaban, ya que detestaba que se los depilasen. Pero en esta ocasión había mucho más morbo al ser algo novedoso, con la sensación de estar haciendo algo por primera vez, casi como si estuviese perdiendo la virginidad. La situación lo estaba excitando tanto que se descubrió casi jadeando mientras acariciaba los cojonazos de su subordinado.
El acariciado comandante no se inmutaba lo más mínimo y seguía durmiendo, de lo cansado que se encontraba tras tanta follada. Pero su cuerpo respondió de forma casi refleja a las lascivas caricias del capitán, girándose de forma parcial y quedando de lado, abrazando la almohada y ofreciendo a Don Félix una nueva visión de su anatomía.
La pierna que apoyaba en la cama quedó extendida, y la otra quedó flexionada sólo en lo poco que permitían los los bajados slips, dejando de esa forma a la vista una amplia panorámica del magnífico aparato reproductor del maduro oficial.
Don Félix se quedó perplejo ante aquella maravilla, como si la viese por primera vez, aunque ya la había visto en varias ocasiones. Y es que el paquete de Don Diego podía ser admirado una y otra vez sin que disminuyese ni un ápice el interés del espectador. En aquella postura que había adoptado el guardia durmiente, la polla estaba realmente preciosa e insinuante, cayendo graciosamente sobre una pierna en obediencia a la ley de Newton, como si fuera una deliciosa cascada que cayera de entre sus muslos y su bajo vientre. Estaba completamente relajada, con la cabeza casi totalmente cubierta por el prepucio, y acompañada de sus hermosos y acariciados huevos, que habían reaccionado ante el oficial masaje contrayéndose por el reflejo cremastérico, dejándose arropar por aquella magnífica mata de vello púbico que englobaba todo el conjunto. El tacto era increíble, aunque quizá lo mejor era el olor que seguía invadiendo la pituitaria del capitán. Además, estando tan cerca, pudo detectar una olor adicional a marisco fino que se unía a aquel otro más acre propio de aquellos portentosos cojones de Don Diego. Y entonces Don Félix supo que su compañero de nuevo se había tirado a otra mujer, lo que hizo que se sintiese más excitado todavía, si eso era posible. Su imaginación volaba pensando cómo habría sido el polvo que había echado el comandante, y advirtió entonces cómo el espeso vello púbico se apelmazaba humedecido en la zona derecha, justo entre la polla y el testículo, y no pudo dejar de tomar aquel fluido entre sus dedos y llevárselo a la nariz. No había duda de su lascivo origen, eran jugos vaginales.
Es más, su bien entrenado olfato, en cuestiones vaginales, le permitió adivinar la procedencia exacta de aquel líquido viscoso, por increíble que parezca. Supo, sin dudar lo más mínimo, que el producto en cuestión venía de la vagina de la mujer que se había beneficiado en el control de tráfico aéreo, lo que incrementó notablemente su calentura y a la vez su rabia. Lamentaba no haber llegado a tiempo de haber visto a este maldito Don Diego gozando y haciendo gozar a aquella viciosilla, la cual obviamente sería la dueña de la casa en la que ahora se encontraba.
Un sentimiento de celos se añadió además a toda aquella tormenta de sensaciones que le invadía, y estos tenían un origen doble. Por un lado se sentía celoso de que el comandante hiciera suya a casi toda mujer que él hubiese poseído, el hombre parecía insaciable. Pero por otro lado, y es algo que le causaba bastante turbación, Don Félix no podía dejar de admitir los celos que sentía de la propia mujer, ya que ser penetrada por aquel portentoso macho debía ser toda una experiencia, a juzgar por los gritos que profería la compañera del coche del control mientras era horadada por aquel instrumento. Aunque siempre había sentido cierta complicidad y satisfacción homo-erótica en compañía de otros hombres desnudos, como en las duchas de la academia, sin ir más lejos, nunca hasta ahora se había sentido atraído hacia una polla como se sentía ahora con la de su subordinado, deseando disfrutarla de todas las formas posibles.
Presa de un calentón como nunca antes había sentido y empalmado al máximo, Don Félix se desabrochó el cinturón y el pantalón, y de un tirón se bajó calzoncillos y pantalones hasta medio muslo, dejando que su enhiesto miembro saltase al aire como un resorte, y sintiendo así una gran liberación. Justo en ese momento el bello durmiente cambió de nuevo de posición para quedarse boca arriba, con las dos piernas extendidas y ligeramente separadas. Sus huevos quedaron apoyados en la sábana, relajados, y la polla realizó un gracioso movimiento de vaivén hasta finalmente quedar apoyada sobre ellos.
Don Félix cedió a la necesidad inaplazable que sentía de tomar entre sus dedos aquel magnífico aparato, acercándose de nuevo al inocente poseedor de aquella maravilla de la Naturaleza. Puso la rodilla en el borde de la cama para alcanzar mejor, y la punta de su polla rozó el pie derecho de Don Diego justo en el sitio que había estado en contacto con el chocho de su anfitriona. Ello hizo que el capitán Díaz parase en seco a medio camino, pues sintió una humedad que ya le era familiar. Efectivamente, advirtió que la blanca calceta mostraba su tejido traslucido en el lugar dónde se encontraba el dedo gordo del pie, y presa de una curiosidad malsana acercó la nariz. Lo invadió entonces de nuevo el olor del coño de aquella mujer, esta vez perfectamente definido. La perplejidad se adueñó del capitán, ¿qué significaba aquello? ¿Sería posible que…? No se lo podía creer.
Pero no había otra explicación, a pesar de la beatitud y tranquilidad que transmitía ahora Don Diego, que seguía en los brazos de Morfeo, estaba claro que aquel compañero suyo había sido capaz de follarse a la dueña de la casa ¡¡con el dedo del pie!! Volvió a examinar el fálico dedo gordo, tratando de adivinar hasta dónde llegaba la humedad en la tela, cual Sherlock Holmes de la lascivia. Y concluyó que era la totalidad del dedo la que ofrecía aquella extraña cualidad, de lo que se infería que el comandante había sido capaz de introducirlo entero en la vagina de aquella afortunada, y estaba seguro que le había provocado un buen orgasmo.
Examinó también el tamaño del pie, grande y acorde con la altura del oficial, y sus dos botas de montar en un rincón del dormitorio, una al lado de la otra como si un invisible Guardia de Tráfico aéreo las estuviese utilizando. Siempre había sentido cierto fetichismo por las botas del uniforme, lo hacían sentirse extraordinariamente viril y poderoso con ellas puestas, y la misma sensación le transmitían sus compañeros de cuerpo cuando las usaban. Se levantó para verlas de cerca y tomó una de ellas, era una bota recia, bastante nueva y todavía no domada, como correspondía al poco tiempo que Don Diego las llevaba utilizando. Eran del número 45, lo que parecía una buena talla para aquel hombretón. El olor a cuero nuevo se mezcló con el olor a coño y a cojones del dormitorio, y la mezcla inflamaba aún más la líbido del capitán.
Inadvertidamente hizo que la caña de la bota rozase su durísima polla, dejando un rastro de liquido preseminal en el brillante cuero negro. La visión le hizo sentirse nuevamente celoso, extrañamente, ya que ahora envidiaba a la propia bota por ser receptora de aquel pie follador. Parecía que se iba a marear presa de todos aquellos sentimientos, nuevos, pero tan placenteros que le hacían sentir un delicioso vértigo. Continuó restregando la caña de la bota por su erecto pene, lo que le otorgaba una sensación muy especial, como si dominase a Don Diego a través de su calzado. Con ello su atención regresó al dueño de la bota, y dejó esta al pie de la cama toda llena de su lubricante líquido preseminal.
Don Diego seguía dulcemente dormido, roncando felizmente y ajeno a los manejos de su superior, así que Don Félix acarició libremente el empapado dedo a través de la calceta. Calculaba mentalmente hasta donde se introduciría en un coño, si la uña rascaría las paredes vaginales, si sería posible excitar el clítoris, y todo ello le resultaba especialmente perverso y delicioso.
Preso de una excitación incontrolable, Don Félix decidió restregar su polla sobre el admirado dedo de su subordinado, haciendo que la recorriese de arriba abajo en toda su longitud, y que sus huevos acariciasen también el inocente pie. Advirtió que la blanca media se movía con facilidad, probablemente estuviese tan ajada como los calzoncillos, así que el capitán decidió quitarle la calceta a Don Diego. Lo logró sin esfuerzo alguno dejando el pie al aire, y sin que su poseedor, que seguía profundamente dormido, se percatase de ello.
Don Félix se sintió triunfante, como si hubiese desnudado al oficial entero, para lo que no faltaba mucho en realidad. Sólo mantenía puesta la camiseta, la otra calceta y los calzoncillos. Y sintió entonces un deseo irrefrenable de follarse el pie de Don Diego, si eso fuera posible, y para facilitar su maniobra decidió desnudarse.
Empezó por quitarse las botas, pero la tarea no resultaba fácil debido a lo ajustadas que estaban y a los nervios de la situación. Así que decidió que sería suficiente con quitarse sólo una para para poder sacar esa pierna de sus pantalones y sus calzoncillos, dejándola sola con la calceta que traía. Colocó entonces ambas rodillas en la cama, dejando los pies del comandante entre ellas y su polla justo encima del dedo follador. Una de sus piernas ya solo tenía el calcetín, mientras que la otra seguía con los pantalones y los calzoncillos bajados hasta la bota, cuya suela había tenido la precaución de dejar fuera de la cama. Se abrió entonces un poco más de piernas y bajó su culo, haciendo que el pie de Don Diego tocase sus expuestos atributos, y recibió con un indescriptible placer el roce del talón en sus huevos y el acople de toda la planta del pie en su polla, con el glande asomando entre los dedos. Era inexplicable, pero aquel fetichismo plantario lo estaba poniendo a mil por hora. Reparó entonces en que la bota de su compañero la tenía cerca, a los pies de la cama, y decidió dar una vuelta de tuerca adicional a aquella orgía fetichista, calzándosela en el pie que tenía con solo el calcetín, sin especial dificultad ya que era dos números más grande que la suya y la anchura de la pantorrilla era mayor.
Loco de deseo, Don Félix comenzó a restregarse con el pie, deslizando su escroto sobre la planta y haciendo resbalar la polla entre los dedos, y sintiendo con especial gozo el talón del pie sobre su ano, que había quedado completamente expuesto al estar abierto de piernas. No pudo más y se corrió salvajemente, jadeando, sin fuerzas ni para gritar, pleno de éxtasis, y poniendo perdido el pie del comandante. El semen del capitán resbalaba por entre los dedos del castigado pie, hacia la planta del mismo, e incluso alguna gota cayó en la sábana.
Los agitados movimientos del capitán durante la eyaculación hicieron que Don Diego, a pesar del cansancio, comenzase a percibir las manipulaciones de su superior, aún medio en sueños. Creyó inicialmente que soñaba con que su pie estaba siendo apresado entre dos piernas, pero a medida que recuperaba la consciencia empezó a relacionar lo que sentía en su pie con la forma en que había hecho correrse a su anfitriona, con el dedo del pie. Dio por supuesto que la hembra había vuelto a por más de lo mismo, y sonriendo en su interior, a la vez que orgulloso de sí mismo, decidió seguir haciéndose el dormido y pretender que movía el pie en sueños, como si pisase un pedal. Dejó que las sensaciones le llegaran y notó el expuesto ano, que se abría ante las arremetidas de su talón, ofrecido y pidiendo más profundidad. La postura que había adoptado el capitán tras correrse, un poco ladeado, hizo que la planta del pie de Don Diego se apoyase en la peluda entrepierna del capitán pegada al muslo, dejando la polla y los huevos al otro lado, con lo que Don Diego siguió creyendo que se trataba del chocho de la viciosa esposa del policía local. La humedad causada por el abundante semen del capitán la interpretaba Don Diego como los jugos vaginales derramados a causa de la excitación que provocaba en la mujer. Le pareció que era mejor idea excitarle esta vez el ano en vez del clítoris, por variar, de modo que decidió dejar resbalar el pie hacia abajo poniendo su dedo directamente en el esfínter de Don Félix.
El capitán se sentía tan entregado y ofrecido que se dejó hacer, loco de gusto al tener la oportunidad de sentir con aquel maravilloso dedo lo mismo que había sentido la dueña de la casa, pasando pues de follador a follado. Se sentía terriblemente vicioso y trataba de abrir su glúteos con sus manos de modo que el pie de Don Diego se enterrase entre ambos, y que el dedo gordo, ya lubricado por el semen que él mismo acababa de derramar, alcanzase sin problemas el ano.
Don Diego comenzó a mover su dedo de arriba abajo y en círculos, notando como el esfínter se iba relajando y permitiendo que el dedo entrase más profundamente, hasta llegar a la raíz del mismo. Don Félix creía iba a volverse loco de placer al sentir la totalidad del dedo en su interior, y el resto de los dedos apoyandose en su glúteo izquierdo, realizando un masaje accesorio que amplificaba aquella sensación hasta el límite de sentir un delicioso espasmo desde su próstata. El comandante, divertido con su dedo apresado por la contracción anal y suponiendo un orgasmo inminente de la hembra, abrió los ojos para ver la expresión de gozo de su amable anfitriona.
¡Cuál fue su sorpresa al encontrarse no a ella, sino al mismísimo capitán Díaz! Don Félix mostraba una expresión de absoluto arrobo y abandono, gimiendo de placer y moviéndose rítmicamente para tratar de enterrarse aún más en el culo el dedo del pie que Don Diego tenía entre los potentes glúteos de su superior. Don Félix ofrecía además una vista extraña de sus piernas abiertas, que le costó trabajo interpretar hasta que finalmente cayó en la cuenta de que a un lado estaban los pantalones y los calzoncillos revueltos en la rodilla sobre la bota, mientras que en la otra pierna tenía puesta únicamente la bota. No alcanzaba a comprender cómo había llegado a esa situación, y pensó que seguramente había sido capaz de romper sus prendas para poder acoplarse a su pie. Llevado por prejuicios homófobos ancestrales, su primera reacción fue intentar sacar el dedo de las interioridades de Don Félix, pero la contracción del ano del oficial no lo hacía fácil y la tardanza le dio tiempo para cambiar de idea, de manera que finalmente decidió dejarse llevar por las sensaciones bastante placenteras que tenía en ese momento. El morbo de estar follándose el culo del capitán con el mismo dedo que hacía un rato había hecho correrse a su anfitriona le resultaba tremendamente excitante, y le hacía sentirse especialmente poderoso y dominante, de manera que su maltrecha polla respondió con un empalme casi inmediato.
El capitán advirtió que Don Diego estaba bien despierto, pero lejos de avergonzarse le sonrió completamente entregado y sin dejar de moverse para percibir mejor el dedo que tenía aún en su interior. La visión de la enorme polla del comandante, de nuevo tiesa como un junco y emergiendo entre aquel mar de vello oscuro, horadando el aire cargado de olores de aquella habitación, exacerbó su líbido. A pesar de haberla visto antes bien empalmada, esta vez le pareció como una aparición divina a la que había que entregarse en cuerpo y alma. No pudo evitar imaginarse qué sensaciones grandiosas sería capaz de provocar aquel magnífico miembro en su interior. Recordó entonces como habían sucumido a este monumento de polla la sobrina del comandante, la conductora del coche aéreo en el control del control, o a la dueña de este piso, a las que seguro había dejado bien satisfechas. Y no quería ni pensar cuántas mujeres más habían sucumbido al enhiesto miembro y habían pasado por la entrepierna del maduro oficial. Y en ese momento sólo quería una cosa: sentir lo mismo que habían sentido ellas.
Co… comandante Don Diego… -acertó a balbucear todavía pletórico de placer-, soy su superior y le…, le ordeno que… que me tome.
¿Cómo dice, mi capitán? -exclamó Don Diego incrédulo, sin poder creer lo que oía-, ¿a qué se refiere?
¡Joder, comandante! -respondió Don Félix impaciente y colérico-. ¡Que me tome! ¡Que me haga suyo! ¡Que me folle, coño!
Pe… pero mi capitán, ¿qué me está pidiendo?
Don Diego sabía perfectamente a qué se refería, pero todo el peso de su educación homófoba caía sobre él en ese momento. Una cosa era jugar a meterle el dedo como lo había hecho, y disfrutar del momento, y otra muy distinta era ¡¡follarse al capitán Díaz¡¡ Y no solo sus prejuicios se interponían, estaba empezando a perder la cuenta de cuantas veces se había corrido en los últimos días, y sus huevos comenzaban a doler en forma de protesta por tanta sobreexplotación.
Pero Don Félix, que seguía moviéndose levemente para sentir mejor el vapuleado dedo en su culo, no estaba dispuesto a aceptar un no por respuesta. ¡Su culo le pedía a gritos que aquella polla entrase a saco!, una sensación que no había sentido nunca y que nunca hubiese creído que fuese posible.
Vamos a ver, Don Diego -dijo Don Félix tratando de aparentar calma-, he venido a detenerle por no acudir esta mañana a la Academia. Pero estoy dispuesto a dejar pasar esa falta, con esa condición.
Don Diego no salía de su asombro. Era increíble lo mariconazo que había resultado ser su superior, y lo lejos que estaba dispuesto a llegar por una polla. Pero ¿quién era él para discutirle?, pensó, follarse al capitán no iba a ser ningún sacrificio, sino todo lo contrario. Así que se dejó llevar por las circunstancias, seguramente no iba a estar nada mal tirarse al capitán, con ese culito tan apretado que se gastaba, seguramente sería bastante placentero meter su polla entre aquellos glúteos y enterrársela hasta el fondo de su culo.
Bueno, si es así -dijo el comandante resignado-, vamos allá. Pero para eso tiene que dejarme que saque mi dedo.
Don Félix no era capaz de sacar el dedo de su culo, aunque tampoco lo intentaba con ahínco, por lo bien que se lo estaba pasando, no quería dejar de sentir aquella sensación de estar a la merced de aquel subordinado que era mayor que él. Así que Don Diego tuvo que hacer palanca con la otra pierna para finalmente extraer su dedo del hambriento culo del capitán.
Y fue entonces cuando Don Diego advirtió que la bota que llevaba Don Félix en su pierna derecha era suya, ¡su propia bota! No había duda al respecto, sus botas eran más grandes, de pantorrilla más ancha, y más nuevas. ¡Y el muy cabronazo se la había puesto! Este Don Félix era un fetichista y un mariconazo de cuidado, nadie lo hubiese dicho.
Don Félix respondió con un gemido de placer al sentir como el maduro oficial maniobraba para extraer el dedo de su recién inaugurado esfínter. En ese momento sentía una admiración profunda por aquel macho maduro, que transmitía allí echado una mezcla de virilidad, experiencia, y autoridad, que provocaba en el capitán un deseo intenso de entregarse a aquel macho para satisfacer todos los deseos de aquel Dios del sexo. Aunque sea difícil de entender, el capitán veía a un auténtico Adonis en la imagen de aquel hombre de canoso cabello, con su gastada camisilla azul claro, con el pie derecho desnudo y con su dedo gordo rojo de tanto meneo dentro de su culo.
Pues allá vamos -dijo Don Diego curioso y con creciente excitación.
Recordaba el gustazo que sintió cuando Don Félix le había magreado el día que le echó los dos polvos a su sobrina, así que le hizo un gesto al entregado superior para que se acercase, con intención de que lo repitiese.
Hmmm... -musitó el obediente Don Félix, que entendió el deseo del comandante a la primera y atacó sin piedad la expuesta entrepierna del comandante.
Don Diego suspiró de puro gusto al notar las manazas de Don Félix subir por la cara interna de sus muslos, acercándose lentamente a su entrepierna para terminar en las velludas ingles. Allí se entretuvo en acariciar aquella magnífica pelambrera, dando algún tironcillo al rizado vello, extasiado con el contraste que mostraba con el pelo blanco de la cabeza. Don Diego lo miraba divertido, curioso, y cada vez más entregado al magreo de su compañero. Este le devolvía la mirada a través de sus gafas con auténtica pasión, para a continuación admirar el tamaño y la forma de aquella prodigiosa entrepierna con que la Naturaleza había prodigado a su subordinado. El capitán Díaz comenzó acariciando los huevos, primero haciéndo cosquillas con la punta de los dedos, viendo como se erizaba el vello del hermoso escroto y los enormes testículos se contraían hacia la raíz de la polla, para volver a caer de nuevo al dejar de tocarlos. Este juego le hizo mucha gracia a Don Félix, y Don Diego lo recibió con sumo placer, pero tras varias subidas y bajadas de los cojones, el capitán cambió de objetivo, y sus dedos recorrieron la durísima polla por su zona ventral siguiendo una vena hinchada que marcaba el camino hasta llegar al frenillo, donde comenzó a recorrer el glande en todo su derredor.
Don Diego estaba alucinado con el placer que le estaba haciendo sentir aquel hombre, aunque se sentía algo turbado ante aquellas sensaciones procuradas por un ejemplar de su mismo sexo. Pero es que Don Félix, que se esmeraba en que el maduro oficial se sintiese lo más a gusto posible, estaba poniendo en práctica todo lo que recordaba que a él mismo le procuraba mayor placer. Y había tenido una dilatada experiencia sexual para aprender, de sus muchas novias, de sus amantes una vez se había casado, y sobre todo su mujer, que se había mostrado una experta mamadora de pollas.
A continuación agarró la polla para darle un lametón a el glande, entreteniéndose en la rajita y sorbiendo todas las gotas de líquido preseminal que destilaba con la punta de la lengua, tratándolo como el delicioso néctar que era. Bajó luego con la lengua al frenillo, provocando un espasmo en Don Diego, para seguir luego recorriendo la polla hasta la base con su lengua. Estuvo un buen rato lamiendo aquel dulce caramelo por todas su caras, hasta que Don Diego posó sus manazas sobre la calva de su superior cuando este lengueteaba el glande. El capitán entendió el deseo de su compañero de cuerpo y de cama, y abrió bien la boca para introducirse aquella maravilla. La encontró deliciosa, bocato di cardinale, y se la introdujo lo más adentro que pudo, que no fue mucho. Había visto muchas veces en películas guarras como mujeres y hombres podían tragarse entera una buena polla, alojando la cabeza bien dentro de su garganta y posando sus labios sobre los huevos. Pero estaba claro que él no podría hacerlo con aquel pollón, para que aquella cabezota entrase en su garganta iba a hacer falta mucha mucha práctica, pero mucha mucha. Así que se tuvo que conformar con chupar el glande y muy poco más de aquella maravilla, lo que hacía con una pasión desatada, alternando con unos lenguentazos al tronco y a los huevos de vez en cuando que volvían loco al comandante.
Don Diego tenía que hacer esfuerzos para no correrse ante la deliciosa mamada que le estaba haciendo su superior, así que al cabo de un rato decidió que ya era suficiente, no podría aguantar más sin correrse. La felación de su superior lo había dejado más que listo para metérsela hasta el fondo y darle bien duro.
En verdad no hubiese estado mal dejar que Don Félix terminase y correrse en la boca de aquel estupendo ejemplar de macho, reflexionaba Don Diego, pero había una orden que tenía que cumplir. Agarró al capitán por los hombros, con cierta rudeza, mientras el otro se dejaba hacer, y lo tumbó boca arriba, para subirle luego las piernas haciendo que su culo quedase completamente expuesto. Él se colocó de rodillas delante de aquel chocho de macho, con las piernas separadas, para luego tomar las piernas de Don Felix y ponerlas sobre sus muslos. La imagen era ciertamente curiosa, ya que el hombre que estaba punto de ser follado mantenía en una pierna la bota de Don Diego, mientras que en la otra aún llevaba los pantalones y los calzoncillos revueltos sobre su propia bota. Ambas piernas estaban flexionadas y llegaban casi sobre su pecho, que todavía portaba la camisa del uniforme.
La visión de su superior de aquella guisa frente a él, totalmente ofrecido y dispuesto a recibir sus embestidas, le pareció a Don Diego extraordinariamente excitante. Era la primera vez que se iba a follar a un hombre, y de alguna manera le parecía que a mayor hombría de su amante, el morbo y el placer iba a ser mayor. Por eso se quedó admirado de la visión de aquel mariconazo completamente entregado, pero que al mismo tiempo exhibía su portentoso paquete entre sus flexionadas piernas. La polla del capitán estaba dura cual mástil, acompañada del negro vello que la rodeaba, y coronada con aquel regordete glande que se perdía parcialmente entre los faldones de la camisa. Le apeteció entonces dejar desnudo el pecho su superior, para así poder admirar por completo el enhiesto miembro del capitán y de paso sobarle los pezones. Al desabrocharle el primer botón cayó en la cuenta de que su compañero no usaba camiseta interior, no era raro para un hombre de su edad, pero de alguna manera le hubiese gustado que la llevase, le hubiese así resultado más parecido a sí mismo, más macho, y le hubiese dado aún más morbo el follárselo.
Hay que ver esta juventud moderna amariconada -dijo bromeando-, han dejado de usar las camisetas interiores. ¿Qué va a ser lo próximo, ponerse un tanga?
A Don Felix no le hizo mucha gracia el comentario, aún en la situación en que se encontraba imaginarse con un tanga le resultaba una aberración de la naturaleza. Una cosa era disfrutar con otro macho como él estaba haciendo, y otra bien distinta amariconarse y querer parecerse a una mujer. Pero Don Diego borró rápidamente esos pensamientos de su cabeza al continuar desabrochando lentamente la camisa, acariciando los centímetros de pecho que iban apareciendo tras cada botón, y dejando al capitán loco de deseo. Don Félix estaba en ese momento enamorado de Don Diego, sentía un aprecio infinito por aquel hombre que botón a botón, mirándole a los ojos y sonriente, dejaba al descubierto su torso.
Cuando Don Diego culminó su propósito advirtió con admiración cómo la polla de Don Félix llegaba hasta su ombligo, que estaba haciendo de receptáculo de su nueva descarga de líquido preseminal. Reparó además en sus rotundos huevos, preguntándose cómo era posible que su pie hubiese confundido aquella portentosa entrepierna con el chocho de su anfitriona. Dedicó un buen rato a explorar esta zona, aplicando la mano sobre el periné de Don Félix y haciendo con su mano el mismo juego que había hecho con el pie. Comprobó cómo los cojones del capitán se desplazaban a los lados, dejando ver cuán flexible era su escroto, lo que había facilitado la confusión. Recordó asimismo la sensación del vello púbico que había recibido en su pie, procedente del del aguerrido oficial ahora a su merced, pero que él había confundido con el coño recién follado. Y se cercionó del parecido jugando con él, al igual que antes lo había hecho Don Félix con el suyo, dando pequeños tirones que el propietario recibía con pequeños gemidos de puro gusto. Estuvo un rato deleitándose con el buen provisto vello del capitán, disfrutando de su entrega, hasta que finalmente decidió que era el momento de ir a por el culo de Don Félix.
Comenzó dando unos buenos lametones a todo el periné, para luego deslizar su lengua por los prietos y bien cuidados glúteos del oficial, de los que el capitán se sentía orgulloso y eran famosos en la academia. Decían que Don Félix tenía el culo mejor trabajado en el gimnasio. Su lengua empezaba múltiples recorridos en cada nalga, que terminaban donde empezaba el escroto, y a veces la lengua seguía entonces el recorrido para englobar de forma golosa el testículo correspondiente, metiéndoselo en la boca como si fuera un caramelo. Don Félix casi gritaba del placer que Don Diego le estaba haciendo sentir.
¡Así, comandante! ¡¡aaaaaah, siii, siga!! -decía fuera de sí, con la cara congestionada.
Y el comandante siguió, esta vez desde en sentido inverso, de manera que desde el escroto siguió hacia atrás hasta posar su lengua en el negro agujero de su superior. Al sentir el húmedo apéndice en su virginal chocho de macho, el capitán emitió un grito de placer que preocupó a Don Diego, se preguntaba si la vecina de enfrente estaría escuchando e imaginaría una detención con resistencia a la autoridad. Pero ello no hizo que abandonase su recién capturada presa, y su lengua trabajó un buen rato lubricando aquel agujero y dejándolo listo para la follada que se avecinaba. Don Félix estaba en el cielo, se agitaba y retorcía fuera de sí, su ano estaba procurándole sensaciones que nunca hubiese creído posibles, y sólo una idea bullía en su cabeza en ese instante, necesitaba polla, una grande y gorda como la de Don Diego, que le traspasara las entrañas, y la necesitaba ya.
Métamela ya, Don Diego, se lo ordeno -dijo por fin entre jadeos-. Se lo ordeno no, se lo suplico, -añadió con una voz que casi daba pena.
El comandante, siguiendo sus órdenes, se separó de ano para mirar a la cara a su anhelante superior.
Como usted mande, mi capitán -respondió con cara de guasa.
Se acercó entonces a la durísima polla del capitán y allí recogió el líquido preseminal que destilaba y que rebosaba en su ombligo. Lo hizo mediante un pequeño masaje con sus dedos que casi hizo correrse de nuevo a su captor, para untar luego la entrada del ano del capitán Díaz con aquel lubricante natural. Comenzó entonces a dar vueltas con el dedo índice alrededor del esfínter, dilatándolo poco a poco, hasta que decidió introducirlo al completo, sin dejar de mirar sonriente a su superior.
¿Es así como lo quiere, mi capitán? -dijo sonriendo socarronamente.
Ohhhhh… Grrrrr… Co… Comandante… -gruñía casi Don Félix, presa de una excitación deliciosa-, sí, siga, por favor...
Pues ahora verá, mi capitán -añadió al tiempo que lentamente añadía el dedo corazón al juego, sin encontrar dificultad en la entrada.
Don Diego comenzó entonces a meter ambos dedos, primero lentamente para luego aumentar el ritmo poco a poco. El ano de Don Félix los engullía cada vez más profundamente, y su cara tenía una expresión de goce descomunal, hasta que finalmente se produjo una nueva contracción del esfínter que hizo gritar al oficial.
¡¡¡Jooodeeer¡¡¡ -exclamó el capitán fuera de sí, mientras su cara transmitía puro éxtasis.
Don Diego estaba pasándoselo en grande. La entrega del capitán era tan absoluta y llena de sensualidad, que le recordaba alguna fémina de las muchas que habían probado sus excelencias. Así que pensó que ya era hora de dejarlo plenamente satisfecho, porque él mismo iba a correrse en cualquier momento y sus huevos se quejaban más de lo normal. De ninguna manera quería desperdiciar aquella ocasión de que el mariconazo jefe de la academia catase de verdad la envergadura de su rabo.
Tomó pues a su ofrecido compañero de cama por las piernas, poniéndolas alrededor de su cintura, y mientras sus ojos no se separaban de la mirada expectante de su superior, posicionó su polla ante el dilatado ano acariciando la entrada del culo con su glande. Empujó entonces levemente hasta que la cabeza de la polla se acopló en aquel agujero, dejando que el dilatado esfínter se adaptase lentamente a su contenido. Don Félix se agarró con sus botas (la suya y la de Don Diego) a la cintura de su desvirgador, y las apretó contra los desnudos glúteos de Don Diego. Este, al sentir el cuero apretando contra su desnudo culo empujó sin piedad, y le introdujo su toda su polla casi de una vez, notando como el apretado esfínter de Don Félix dejaba paso a su viril miembro.
Don Félix se sintió como atravesado por aquel cilindro duro, largo y caliente, que ocupaba todo su culo, sin atreverse casi a respirar mientras aquel portento se deslizaba en su interior. Al notar cómo el espeso vello del pubis de Don Diego hacía cosquillas a sus cojones supo que su querido comandante ya se la había metido entera, se sintió pletórico, exultante, rebosante, lleno, colmado. Y también se sintió follado, y enamorado.
¡¡Jódame, Don Diego, es una orden, fólleme sin piedad!! - exclamó mientras apretaba las botas contra el culo de su subordinado y se agarraba a su espalda, subiéndole la camiseta hasta casi quitársela.
Don Diego estaba encantado y no tardó en hacerle caso. Comenzó un rítmico mete y saca lento, disfrutando del placer que estaba generando en el jefe de la academia, fascinado de sentir el cuero de las botas en su culo y las manos de Don Félix recorrer su espalda. Lo miraba mientras sonreía con picardía, observando a cada metida cómo se bamboleaban los huevos y la polla del follado capitán, a punto de estallar, a juzgar por lo rojo que se veía el glande que resbalaba sobre su vientre.
Reparó Don Diego entonces en su abierta camisa, y se lanzó a chupar con deleite los erectos pezones de sus tetillas, de la forma en que solía hacerlo con las mujeres. Y efectivamente surtió el efecto esperado, haciendo gritar a Don Félix, que estaba pleno de gozo.
¡¡¡Por Diooooosssss, esto es el paraíso!!! -gritaba entre gemidos.
Don Diego mientras alternaba chupando el cuello y los pezones, lo que hizo que su pelo blanco, negro cerca de su nuca, apareciese en primera plana para para regocijo del capitán. Y ese detalle lo volvió loco, pareciéndole que el mismísimo Eros se hubiera aparecido para amarle.
El ritmo de la follada iba en aumento. Los huevos de Don Diego chocaban con los glúteos de su jefe a cada acometida, y el roce del escroto peludo en aquella sensible zona lo llevaba al éxtasis.
Ay, Don Diego -le dijo entre suspiros-, ya sé cómo se sienten las mujeres a las que usted folla.
Pues encantado de que así sea -le respondió el comandante entre jadeos, mirándolo a los ojos de forma intensa y llena de pasión, y sin dejar de aumentar de forma frenética el ritmo de la follada.
El jefe de la academia no pudo evitarlo. Loco de amor y de deseo cogió con sus dos manos la cabeza de Don Diego y le dio un tremendo beso en la boca, que fue recibido de muy buen grado. El subordinado lo disfrutó como si fuese el primero, él también estaba en el cielo follandose a saco aquel culo, al tiempo que sentía el cuerpo fuerte del capitán agitarse bajo el suyo. Sus dos lenguas se retorcían entre sí en un auténtico beso de amor que nunca hubiese creído posible. De alguna manera él también había perdido su virginidad, y se sentía pletórico. El beso se prolongó durante un buen rato, sin que cesase el aumento de ritmo del mete-saca, que estaba llevando a ambos al paroxismo. Y antes de que sus bocas se separasen, Don Diego se corrió a borbotones dentro del recién inaugurado culo del capitán, justo en el mismo momento en que éste lo hacía entre su propio vientre y el de su amante, poniendo perdida de semen toda su camisilla. La polla del comandante, hinchada como nunca, fue enterrada hasta lo más profundo del recto del capitán, cual si quisiese preñarlo, depositando allí la escasa carga de semen que habían podido producir sus sobre-explotados genitales. Don Félix estaba en la pura gloria y se abrazaba a su follador con los pies y con los brazos, sintiendo los espasmos de aquel hombretón al ritmo de los chorros de semen que depositaba en su interior. Y en la gloria estaba también su subordinado, disfrutando del fuerte abrazo del macho que se follaba, que lo apretaba contra él de tal manera que pudo sentir a través de la camisilla, en su vientre, los chorros de leche de macho que lanzaba el capitán.
Ambos se quedaron abrazados un buen rato mientras, al tiempo que se iban relajando, sus caras pegadas y sintiendo con morbo la piel rasposa de la cara de su compañero, especialmente Don Diego que no se había afeitado ese día. Don Félix seguía aún con sus embotadas piernas cruzadas sobre el enorme culo de Don Diego, abrazado a su espalda,mientras el comandante reposaba su cabeza entre el cuello del capitán. Don Félix seguía acariciando dulcemente el pelo de Don Diego, y pensaba que nunca había sentido tanto placer como en este momento.
Recordó entonces la causa que lo había llevado a aquella casa.
Comandante, tal como le prometí, no está usted detenido. Ahora se lo diré a mis suboficiales.
Hmmm… -fue lo único que contestó Don Diego, que de tan reventado que se sentía estaba a punto de dormirse de nuevo.
Consciente de que su subordinado se encaminaba hacia los brazos de Morfeo, Don Félix procuró no moverse, al menos un rato más podría seguir disfrutando de la cercanía de aquel Adonis durmiente, deleitándose con el hecho de que aquel macho reposara sobre él con todo el peso de su cuerpo dormido. Así que se mantuvo quieto, acariciando sólo el pelo de su amante, deleitándose en lo mucho que le gustaba aquel pelo blanco que se volvía negro cerca de su nuca. Se acordó del cabo Severiano y del sargento Eusebio, seguramente aburridos e impacientes en casa de la sobrina de Don Diego, pero decidió que aún podían esperar un poco más, para que él pudiese disfrutar un momento de aquel bello durmiente.
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