Xtories

Mi amigo Tomás me presenta a su maravillosa madre

Carlos llegó a Murcia buscando viento y olas, pero encontró algo mucho más turbulento: la mirada de la madre de su amigo. Lo que empezó como un juego de miradas en la terraza se convirtió en una tentación imposible. Ahora, con el esposo ausente y la noche en su contra, la línea entre la amistad y el deseo se ha borrado.

Juan44K vistas9.1· 32 votos

Llevaba tiempo queriendo tener un barco, y el primer paso era el curso de Patrón de embarcación. Tras aprobar el examen teórico, me decidí por hacer las prácticas en el Mar Menor, en Murcia, un lugar muy adecuado por sus vientos y escasez de olas altas.

En esa época, uno de mis mejores amigos del despacho, era Tomas Giménez, de mi edad, veintinueve años, y nos conocíamos desde hacía tres años, cuando coincidimos en G & W Abogados, en una de las cuatro torres de Madrid.

Su familia poseía una casa en Santiago de la Ribera, muy cerca del puerto de los Alcázares donde iba a realizar las prácticas. Me invitó a quedarme con ellos, en una finca unifamiliar de dos plantas, con un precioso porche dando a la piscina, la zona más fresca de la casa, acristalado para el invierno, sobre el que gravitaba toda la vida en verano, rodeada de dos mil metros de jardín, donde él había pasado todos los veranos de su vida.

Su padre Pepe Giménez, era director de Exportación de una fábrica de Conservas. Cuando llegamos, estaba tomando un whisky a las seis y media de la tarde, lo que me hizo una idea de qué tipo de vida llevaba. No se entusiasmó al ver a su hijo, pero cuando me vio a mí llegar detrás, con maleta, cambió la cara, como esas personas que ponen una u otra según a quién reciban. Mientras esperaba a Tomás a que se instalara, Pepe trató de darme conversación. Como me iba en el despacho, que tal el verano, cuanto tiempo me quedaría. Probablemente había un incentivo del alcohol, dado su atropellamiento al hablar.

Al incorporarse Tomás, comenzaron las discusiones de las que él siempre se quejaba. mantenían un pugilato permanente, una de las razones que llevó a Tomás a mudarse a Madrid, para salir de ese entorno. Al despedirme fue muy cariñoso, y le gritó a él.

—A ver cuando te dejas de tonterías en Madrid y te vienes a Murcia a hacer carrera.

Salió disculpándose de su padre, que mantenía otra lucha paralela con su madre, al ver que los dos hijos se decantaban más por ella después de todos sus intentos por evitarlo.

Quedamos con el grupo de amigos de Tomás, chicos de nuestra edad que se conocían desde niños, alguno de ellos con pareja. Me acogieron como si hubiera ido cada verano. Nos fuimos a una terraza frente al mar a tomar unas copas y sentí que era muy diferente a mis veranos en Marbella, menos postureo, charlas, risas, buen rollito. Regresamos caminando, riéndonos, felices.

—Como os recogéis tan pronto, llévalo de marcha —nos recibió su madre. Era casi igual de alta que Tomás, uno setenta y algo, muy guapa, delgada, con un precioso pelo rubio rizado cayéndole a media espalda. De alguna manera, del estilo de mujer de mi madre, quizás algo más joven. Si me la encuentro en un pub sin saber que es la madre de Tomás, a lo mejor le habría hecho ojitos.

—Mamá, Carlos tiene que madrugar para ir a su curso de navegación.

—Espabílate Carlos, y si Tomás no te saca, te presento a algunas amigas que estarían encantadas de llevarte a algún sitio.

—Sí mamá, a Gertru, de sesenta años, o a Pili, de tu edad.

—¡Oye! Mi edad es un secreto. Y Anita ¿No te gusta?

—La única pasable, pero está casada.

—Toma y yo, pero su marido es otro muermo. Recuerda Carlos, mañana tenemos fiesta del cumple de Fuensanta. Treinta.

Al día siguiente en la mañana, un precioso día de verano, tardé veinte minutos en llegar al puertecito de donde partíamos para el curso, con un barquito de prácticas de 9 metros, del año catapún, ideal para un mar como éste, pero donde no querría verme un día de olas en alta mar.

Había otros tres alumnos, una pareja de mi edad y una chica jovencita que era monitora de vela para niños. Tras una media hora de explicaciones de partes del barco, sacamos con cuidado el velero del puerto, y con viento de levante salimos rumbo a las islas mayores el Mar Menor, que ese año desgraciadamente había sufrido un colapso de peces en algunas de sus orillas.

Debíamos aprender los nombres típicos, de barlovento, sotavento, estribor, babor, etc. Estos dos días las prácticas se hacían a vela. Me quedarían otro fin de semana para hacerlas a motor.

Izamos velas, soltamos amarres, corregimos giros, y en un ambiente francamente cordial entre cinco personas desconocidas, fuimos pasando un día de mar.

Nos llevó a comer, con los tapper que previamente había preparado, frente a un sitio precioso, cercano a la isla del Ciervo. Fondeaban muchos barcos, medianos, todos mejores que el nuestro.

A las seis, ya habíamos atracado en el pequeño puerto del club náutico de los Alcázares. Nos despedíamos los cuatro del grupo hasta el día siguiente.

Cuando llegué con la piel super bronceada del día en el mar, volví a hablar con su madre, más calmada que anoche. Ya estaba arreglada, vestía un precioso vestido veraniego, con una abertura en la parte inferior que mostraba dos piernas bronceadas y firmes. Antes de salir, la vieja monserga de, donde vais a ir, enséñale este sitio y el otro, que iba a estar en una terraza que él conocía, por si queríamos ir después de cenar.

—Y espabílate que Carlos está muy bueno, y como es novedad, las chicas de aquí, van a ir a por él.

—Vale ya mamá, como lo acoses así, no querrá volver.

—Pues si no lo invitas tú, lo invitaré yo —. ¿Sabes jugar al Rumi, Carlos? —me preguntó.

—No he jugado nunca, pero si es para hacer pareja contigo, aprendo.

—Muy bien, eso es un tío.

—Joder Carlos, como le sigas la corriente estás perdido.

Trató de explicarme un poco el rollo que llevaban sus padres, que vivían juntos, pero hacían vida de separados.

—Desde que murió mi abuela, se han desmadrado. Mis abuelos eran muy tradicionales y mi madre, aunque la veas así, también lo es.

Entramos al club Náutico, donde nos habíamos citado con su hermana Fuensanta. Una chica preciosa, bajita, morena, muy viva, que se quedó mirándome, antes de darme un abrazo. Para ella un tío de uno ochenta y dos, moreno, deportista, era un tío bueno.

—Si vivieras en Murcia, no te escapabas.

—Y yo, por una mujer como tú, aguantaría de cuñado a un tío como tu hermano.

—Joder Carlos, no te conocía esa faceta de pelota —apuntó mi amigo.

Monopolizó la conversación. Había estudiado ciencias políticas, y estaba volcada en temas ecologistas. Al decirle que tendría que volver a acabar mis prácticas del PER, me soltó un discurso a favor del Mar Menor, que parecía estar en peligro y era su religión.

—Conozco el Mar Menor desde que nací. Pero no es solo el mar, se están cargando todo. Antes íbamos en bicicleta, por unos terrenos que ahora están completamente edificados, y nos parábamos a ver granjas, vaquerías, todo engullido ahora por las construcciones.

Sin saber muy bien que supondría, me sentí aludido de inmediato.

—Si puedo participar en alguna de tus acciones, cuenta conmigo.

—A ver hasta dónde te involucras, mi grupo es muy cañero.

Enseguida me ocurrió como cuando conocí a Tomás, la sentía cercana. Aunque carecía de la clase de su madre, era muy pasional hablando, y se mostró cariñosa de verdad.

Cuando apareció su madre, aunque saludó cariñosa a todos, a mí me dio un abrazo que casi me asfixia, como si no nos hubiéramos visto en meses. Una de sus amigas, le preguntó a Fuensanta, por mí.

—¿Tu novio?

Le faltó tiempo para saltar.

—¡Nooo! Es amigo de Tomás, y ha venido a hacer las prácticas marinas.

—Pero está libre, Gertru. Alguna tendría que espabilarse con él.

Comenzaban a prepararse para un baile que todos los sábados se organizaba allí después de cenar. Seguí conociendo a amigos de Tomás y Fuensanta, me presentaban sus amigos, con cierto orgullo. El ambiente de Marbella era muy diferente, pero no podía negar que allí me sentía feliz. Enseguida llegaron los amigos de ayer, y terminamos la noche divertidísimos, y yo empecé a ganarme a todos, invitando a rondas, porque los precios eran mucho más baratos que en Madrid o Marbella.

Bailé con Fuensanta y con su madre. Debió haber sido Miss Murcia de joven. Daba la sensación de actuaba muy artificialmente, pero era indudable que, quién tuvo retuvo. Mientras la orquesta hacía un descanso la acompañé a una de las terrazas exteriores, a que fumara un pitillo. Y a que tomara un poco el aire. En esa familia el alcohol formaba parte de ellos.

—¿Echas de menos tu ambiente de Marbella? —preguntó como anfitriona interesada en que me sintiera bien.

—Es diferente, pero me siento muy a gusto aquí con vosotros.

—Eres muy educado, y has caído muy bien a todos. Una amiga me ha dicho que le pase tu teléfono.

—Dile que soy hombre de una sola mujer. Y qué mi corazón está pillado por ti —le susurré al oído.

—¡Qué mono eres! —sonrió acariciándome la cara con ternura maternal, retirándose cuando intenté continuar esas caricias.

Antes de venir Tomás me avisó de que me gustaría el sitio, de que las aguas eran tranquilas, no me avisó de que las aguas turbulentas estaban fuera del mar, las agitaba su madre al sonreír.

Al día siguiente, segundo día de curso. Repetimos movimientos, saqué yo el barco del puerto. En realidad, resultaba fácil, porque ni el tamaño del barco ni la fuerza del viento ofrecían dificultad.

El trayecto no ofrecía muchas variantes, bordear las islas, la Perdiguera y el Barón, donde fondeamos ese día. Ramón, nuestro tutor marino, ante mi curiosidad por lo que me explicó Fuensanta, nos estuvo contando los problemas que tenía el Mar Menor en la actualidad, sobreexplotado por el desarrollo urbanístico exagerado como en tantas otras zonas costeras españolas incrementado por el brutal crecimiento de las explotaciones agrícolas de la comarca fruto del trasvase Tajo Segura que por un lado ofrecían riqueza a la Región y por otro lado, al estar descontrolado, arrojaban enormes cantidades de nitratos que favorecen el crecimiento de microorganismos que tanto al nacer como al morir, consumen el oxígeno del agua, además de impedir la fotosíntesis regenerativa, lo que conduce a la muerte de los peces por asfixia. Si se añade que no existe separación de aguas de lluvia y negras, cuando hay una Dana, que tan frecuentes son a final de verano o principio de otoño, las depuradoras colapsan y salen aguas sin limpiar a la laguna.

—¿Y qué plan de solución existe? —le pregunté a Ramón

—Es un tema de difícil solución, que ningún político aborda.

De regreso vimos un cielo lleno de cometas de kitesurf que me hicieron recordar las playas de Tarifa.

—Es una zona entre los Alcázares y Santiago de la Ribera, que se llama los Narejos, con varias escuelas de Kite surf, dado que se forman unos vientos muy fuertes y apenas hay olas, lo que lo hace ideal para literalmente volar sobre las aguas —me explicó Ramón

Me hacía ilusión probar a surfear las aguas con el parapente. Nos despedimos todos después de dos días de camaradería marina, y me di prisa para disfrutar de otra noche con ellos, esta sería más agitada con la fiesta de Fuensanta.

Llegué a las ocho con los primeros invitados llegando. Fui directo a ducharme y arreglarme. Saludé a Fuensanta, a quien regalé un perfume Dior Escale a Portofino de setenta y cinco ml, que me salió por cincuenta euros y que le encantó. Saludé a su madre, que, si anoche estaba atractiva, hoy parecía que iba a conquistar la costa. Aparentaba ser una amiga más y estaba recibiendo a los invitados junto con su hija. Si yo fuera Fuensanta, le diría que se marchara, porque parecía la protagonista de la fiesta.

—Estás muy guapa Julia —la confianza de estos días me lo permitía.

—Gracias. Soy la madre superiora, pero hago de jefe de ceremonia.

—Yo me haría el padre prior.

—Me subes la autoestima —sonrió no haciendo mención a mi intento de acercarme a ella de ayer.

—Tu auto estima debería estar en el cielo. Eres una mujer preciosa.

—Te acabaré adoptando.

En la fiesta se encontraban los amigos que conocí estos dias. Sin darme cuenta, se me había adherido una de las amigas de Fuensanta, de su misma edad. Mayte. Vivía en Murcia capital y era del grupo que salían en invierno. Llevaba un top que podría usar para hacer gym si quisiera, entallado y un short del tamaño de mis bóxers. El pelo rizado salvaje, por comodidad de no ir a la peluquería, le sentaba de maravilla.

Julia, trataba de controlar bebidas y comidas, y se la veía un poco apurada.

—¿Puedo echarte una mano? —le pregunté al verla preocupada.

—Nos hemos quedado sin hielo y mira que se lo dije a Fuensanta, que eso no puede faltar en una fiesta.

—¿Quieres que me acerque a comprar alguna bolsa? Recuerdo una gasolinera en la entrada.

—¿No te importa? Te lo agradecería. Ve a la del cruce con los Alcázares, pero por el interior, no salgas a la carretera.

Me acompañó Mayte que debió pensar que me quería escapar. En treinta minutos estaba de regreso con diez bolsas de hielo y con el pintalabios de Mayte marcados en mi polla a modo de anillo de compromiso. Yo apenas pude estrujarle las tetas por debajo del top, he de reconocer que fue más rápida que yo.

—Eres un cielo. Nos has salvado —me recibió Julia con la clase que esas señoras despliegan, olvidando mis atrevimientos.

Con todos ya establecidos, y hielo para las copas, con Mayte temporalmente calmada, comenzamos a charlar relajados, sin necesidad de atrevimientos. Le conté que había terminado una relación de dos años. Ella dirigía una empresa de eventos y catering. Se disculpaba por las discusiones que a veces mantenía con su marido. La encontré más relajada, más natural, y ganaba mucho en la distancia corta, hablando con sinceridad. En un momento de la noche, para interrumpir el flirteo que hacía con su madre, vinieron Fuensanta y Mayte, a pedirnos que saliéramos a bailar. Entre unas cosas y otras, Julia, concentraba mi atención más que un pibón como Mayte.

Me retiré con la mayoría de los chicos, incluida Mayte, a una discoteca cercana que se llamaba Maná. Me despedí de ella, estaba cansada para acompañarnos, y tenía que ordenar un poco la casa hasta que viniera mañana la chica. Me ofrecí a ayudarla, pero se negó, no sé si por educación, o por temor a que con lo que habíamos bebido, pudiera descontrolarme a solas con ella

En la discoteca, charlé con Tomás que le tiraba los tejos a una de las chicas.

—Quédate aquí hasta el próximo fin de semana, no tienes que ir y venir. Yo regreso el finde. A mis padres les caes bien, y me haces un favor, porque si los dejamos solos, se degüellan.

¿Por qué no quedarme? Me gustaba la tranquilidad de esa zona. Y me excitaba comprobar hasta donde podría llegar con su madre.

Esa noche, al regresar en coche con Mayte terminamos el trabajo que dejó empezado por la tarde, en el mismo coche, que afortunadamente con el frescor del hielo que transportamos, se quedó bien conservado. Había un autocine que cuando terminaba la sesión, se aprovechaba sus instalaciones para aparcar los coches las parejas, y se convertía en un auto follódromo.

Mayte era también activista ecológica, y activa sexológica. Y debía conocer bien los protocolos de posicionamiento en el coche. Me sentó donde el copiloto, se quitó polo y pantalón, se montó sobre mí, cara con cara, e iniciando un movimiento lento pero cadencioso, fue apoderándose de mi polla, succionando hacia arriba en efecto tornado, que me obligaba a abrazarme a sus tetas. Mientras me la follaba, perdón, mientras me follaba ella a mí, yo para aislarme de ese peligro, pensaba en Julia. Si insistían en que me quedara, lo haría. Pero seguiría mi destino que había puesto en mi camino a una hembra tan maravillosa como la madre de Tomás.

Cuando llegué silencioso muy tarde, la luz del porche seguía encendida. Pensé en ir a apagarla, cuando me encontré sentada en el balancín a Julia, con una copa en la mano.

—Es muy tarde Julia, porque no te acuestas.

—Necesito meterme en la cama, con sueño. Si no, la cabeza no para de dar vueltas.

Dormía en habitación separada de su marido, en la parte de abajo, la teórica habitación de invitados. Me senté junto a ella en el balancín. Todos dormían. No lo pensé y le di la mano, de una forma que podría interpretarse como amigo. Pero lo hice como hombre.

—Deberías tomar algo para dormir. O invitarme a dormir a tu lado…

—No me gusta tomar nada. En cuanto a ti, puede que mi corazón no esté preparado para emociones tan fuertes…—sostuvo mi mirada, sin retirar la mano.

—Eres una mujer de locura. Me sabe mal verte infeliz.

Apretó mi mano, se reclinó sobre mi hombro.

—Vivimos en una ciudad de provincias y este un pueblecito donde todos nos conocemos. Seguramente en Madrid, actuaría de otra forma.

—Pues escápate a Madrid, con Tomás. Y si quieres ser anónima total, a mi casa. Igual que me invitas a quedarme, te invito a venir.

No te digo que no lo haga este invierno, si sigue todo igual. ¿Te vas a quedar entonces? —me dijo medio sollozando.

—No sé. Tomás no va a estar, no sé si tú quieres que me quede.

Se quedó mirando, sonrió, me dio un besito inocente, y dijo.

—Quédate, por favor. No quiero quedarme sola con Pepe.

—¿Solo sabes besar así? —insistí.

Nos dimos un beso de verdad. Del que ninguno quería separarse del otro.

—Me quedo. Si me das un beso de buenas noches cada día.

—¡Hecho! —dije sonriendo, sin asumir ni negar nada—. Y ahora sí, ¡A dormir!

Al día siguiente Tomás se marchó temprano a Madrid, y Fuensanta a Murcia. Salimos en barco a tomar el aperitivo, con dos amigas de Julia, una con su marido, el padre de Tomás, Julia y yo. Como dijo Tomás, las amigas de Julia eran señoras de su generación, nada que ver con Julia, espléndida, luciendo un cuerpo en bikini mejor que el de su hija.

Pepe, el padre de Tomás, cariñoso conmigo, me preguntó por mis prácticas de patrón de embarcación. Quiso saber que recorrido había hecho en el barco, conocía desde pequeño el Mar Menor, el mayor lago de agua salada de Europa.

—Desde los Alcázares a la isla de la Perdiguera —le comenté—y continuamos a la isla del Ciervo, desayunamos en el Puerto Tomás Maestre.

—Llevo más de 40 años navegando por aquí. Cuando te saques el título de Patrón, te busco barco y verás que litoral tan precioso se ve costeando hasta Cartagena.

Aunque me caía mejor Julia, debía reconocer que Pepe era un tío con buena presencia y culto. Daba pena ver que apenas solo se hablaban para discutir, sumidos en una situación de pulso familiar que ella había provocado cuando descubrió una infidelidad de él.

—Otro día comimos en la isla del Barón, y el patrón nos contó un poco de su historia.

—La gente conoce la parte anecdótica, la relación de la isla con la Jet, Natalia Figueroa, pero no conocen el origen de la historia.

La isla del Barón, o isla Mayor, porque era la más grande de las siete islas del Mar Menor, debía su nombre al Barón de Benifayó, D. Julio Falcó d´Adda, español nacido en Italia en el siglo XIX, que, tras ser confinado en esta isla, había quedado tan enamorado de estas aguas, que compró la isla a la Marina española, su propietaria y mandó edificar el palacete de estilo neomudéjar que aún se conserva.

Fue adquirida a sus herederos, por un hermano del conde de Romanones, presidente de gobierno de España. Hoy, tras varias generaciones, los propietarios habían perdido el apellido Figueroa, pero mantenían activo ese patrimonio.

Mientras se bañaba todo el mundo, se quedó Julia, en el salón del barco, preparando aperitivos.

Bajé, y a la vista de su imagen en bikini, sobándole las tetas, le robé otro beso.

—Estás loco, nos pueden ver.

—Estás buenísima, tienes un polvazo.

—No seas bruto, las ordinarieces no me van, espera hasta la noche para tu beso prometido.

Volví a ver los parapentes del kate surf, en el cielo cercano.

—¿Te vienes esta tarde a hacer kate surf? Me apetece mucho.

—Si estamos de vuelta pronto, te acompaño. Esta noche tengo salida con mis amigas.

Llegamos a los Narejos, sobre las cinco. Ella no quiso intentarlo y alquiló una tabla de wind surf, que había hecho a menudo. Yo estuve con un monitor dos horas, entendiendo el manejo de los hilos del parapente, y del equilibrio sobre la pequeña tabla, al elevarte desde el agua, y tratar de salir en la dirección del viento.

De vez en cuando miraba hacia ella que mantenía un buen estilo sobre su tabla. Mostraba un cuerpo espectacular para su edad.

Tras acabar agotado intentando navegar sin logarlo, nos tomamos un helado, en el Espinosa, el beach club al que pertenecía la escuela de vela.

—Tienes mucho estilo navegando —le dije.

—Empecé a hacer wind surf hace más de treinta años. En estas playas, la vela es parte del día a día cuando eres joven. A ti se te ha resistido.

—Sí, no es tan sencillo. He quedado en volver. Gracias por acompañarme.

—Me gusta este sitio. Por la noche está genial.

—Podemos venir a que me des el beso de buenas noches aquí —sonreí.

—Yo soy más difícil de montar que una tabla de kate surf —avisó riendo.

Era innegable que le gustaba el juego, se dejaba seducir, lo que no sé si a la velocidad suficiente para poder follármela, antes de que regresara Tomás.

Por la noche, ella quedó con sus amigas, y yo salí a cenar a un restaurante precioso a orillas del mar, con los amigos de Tomás. Mayte y Fuensanta estaban en Murcia trabajando. El ambiente era diferente al que yo estaba acostumbrado, pero me sentía bien. Se marcharon a una discoteca y a mí me dejaron en casa. Suponía que Julia aún no habría llegado, y en lugar de verme solo en la casa, me fui caminando por la playa hasta el club donde se hizo la verbena anoche, y donde Julia había quedado con sus amigas.

Me sentía bien, solo era la una de la mañana. Reconocí a Julia en el centro de un corro de amigas bailando. Me acerqué curioso, y un grupo de chicos, con sus copas en la mano, reían gritando. Al acercarme comprobé que las señoras estaban bebidas y con movimientos torpes se movían en la pista mientras se dejaban tocar por unos chicos, que no tendrían más de veinticinco años.

No pensé mucho lo que debía hacer, simplemente mi racionalidad asumió que esa escena no me gustaba, y que era la madre de Tomás.

—Hola Julia. Vámonos a casa —la cogí de un brazo ante su mirada ida por el alcohol.

Los chicos pensaron que era un intruso que se apuntaba a su fiesta y no me lo pusieron fácil.

—Márchate gilipoyas.

El chico que me habló era el más alto, pero no tanto como yo. Además, debía haber comido poco de pequeño, porque era de complexión excesivamente delgada. Otros dos, de su edad, pero más musculados le escoltaban.

—Sí márchate —dijo una de las amigas de Julia— déjanos divertirnos.

—Tú puedes hacer lo que quieras, quédate, pero Julia —que se reía sin decir nada— se viene conmigo.

Me hice a un lado cuando sentí muy cerca a uno de los tres, que venía por detrás. Seguramente me había lanzado muy alocadamente a ese enfrentamiento. Di dos pasos hacia atrás Desde la barra dos camareros veían la escena sin intervenir Me separé de nuevo para tenerlos de frente, cogí una botella de una mesa, a modo de arma defensiva, como había visto hacer en alguna película, cuando desde la barra, uno de los camareros intuyó la bronca, y gritó que ya estaba bien e iba a llamar a la policía. Las amigas de Julia se marcharon también dirigiéndome frases que no fui capaz de entender. Cogí del brazo a Julia, que aún en su estado, se sentía avergonzada.

—¡Qué vergüenza! No quiero que Pepe me vea así.

Con dificultad, la llevé a casa, sin hacer ruido. Se oían los ronquidos de Pepe arriba. La ayudé a desvestirse, le lavé bien la cara para quitarle la modorra del alcohol, y la introduje en la cama, en ropa interior. Ya la había visto por la mañana en bikini, lo cual no dejó de excitarme de verla así, en una cama, tumbada indefensa.

—¡No te vayas Carlos! —balbuceó.

—Estoy aquí Julia, duérmete.

Me eché vestido a su lado, y se abrazó inmediatamente. Me producía ternura, aunque no evitó que mi polla reaccionara a ese abrazo. La besé, y medio dormida, respondió al beso.

—Tu beso de buenas noches —dijo medio atontada.

No me conformé con ese beso, y seguí besándola por su cuello, bajé a la parte superior de sus pechos, a su escote, que olía a perfume embriagador. Pasé con delicadeza mi mano por encima de su braguita. Inicié un camino de trayecto fijo, de su escote a sus braguitas, ida y vuelta. En uno de los viajes, reposté en sus pechos. Tenía que coger aire para bajar de nuevo. Sus areolas se erizaron a mi contacto. Quise probar también su sabor, y las introduje en mi boca, provocando una convulsión en ese indefenso cuerpo tendido a mi lado. Bajé a buscar más botín, introduciendo mis dedos dentro de su braguita, sintiendo el temblor de su cuerpo. La sentía disfrutar, decidí ir a por todas. Introduje el tercer dedo, acaricié su clítoris, rodeé sus labios, sin dejar de besarla por todo el cuerpo. Apenas sin fuerzas para gritar emitió un gemido de culminación.

Me pareció que estaba preparada para misiones mayores. Me desnudé, enfrenté mi polla a su coñito, pero entonces, como si hubiera recibido una descarga, reaccionó como un resorte. Satisfecha de su orgasmo, retiró mi polla, se giró de lado cerrando sus piernas, dejándome sin el placer de su conchita. Suponiéndome enfadado, me miró, y con una sonrisa dulce, negando con la cabeza, me dijo.

—No puede ser Carlos. Te agradezco que me hagas sentir viva.

Nos besamos con pasión, en un beso más de despedida que de bienvenida. Mantuve unos minutos la posición, y con cuidado fui separando sus brazos cuando en apenas unos segundos, quedó dormida. Me retiré de su lado, con un calentón tremendo.

Por la mañana nos saludamos somnolientos.

—Gracias Carlos por tu actuación en el club —Y cambiando su expresión, me preguntó—. Recuerdo vagamente que me ayudaste a acostarme. ¿Me desnudaste tú?

—Si.

—¿Y pasó algo?

—Salvo que me abrazaste y te pusiste mimosa, no.

—Recuerdo que me pediste el beso que te prometí por la noche. ¡No te aprovecharías de mí!

—Me encantaría decir que follamos, pero no fue así.

—¡Qué bruto! —cambió su expresión—. Eres amigo de Tomás...

—Lo sé. He decidido marcharme esta tarde. No quiero molestar —le dije con sinceridad.

—¡No te vayas! Entiendo que a tu edad la sangre está alterada, y me halaga tu interés —me habló dejando su mano sobre mi hombro—. De verdad que no me has molestado.

—Me ha invitado Fuensanta a comer en Murcia capital.

—Le caíste muy bien, y tu interés por el ecologismo te avala. Nosotros vamos a salir con otros matrimonios en barco. Nos veremos a la noche... si no te retiene Mayte —dijo guiñando un ojo—. Me hace ilusión encontrarte al llegar a casa —cambió su tono a cariñoso.

No pasé más calor en mi vida, que ese día en Murcia. Así que cuando acabé la comida, y por tanto el ámbito de cobertura del aire acondicionado, aun con la posibilidad de volver a follarme a Mayte en una cama, regresé a la playa. No quería follármela con Julia en mi mente. Parece que sería el único sitio donde podría follármela, porque en una cama lo veía difícil.

Disfrutaba de una siesta acostado, en un estado de medio sueño, cuando llegaron Pepe y Julia, del barco, discutiendo a gritos. Aparentemente Pepe había sido grosero con una de las amigas de Julia, y está ya no lo soportaba más. Decidieron que él se marcharía a su casa de Murcia, y alternarían la casa de la playa, una semana cada uno.

Me quedé en el cuarto hasta que los oí salir a los dos para evitar que supieran que había escuchado la conversación. Salí indeciso, decidido a marcharme al día siguiente, dado que el ambiente allí no era el ideal para un invitado, por más que conmigo se desvivían. Paseando, llegué a un bar que ya conocía, piqué algo de cenar, no me apetecía llamar a los amigos de Tomás. Decidí ir a la disco donde estuvimos tras la fiesta de cumple, pero entre semana el ambiente era flojo, y mi ánimo no estaba para iniciar un ligoteo. Llegué pronto a casa, y aunque vi luz en el jardín, no quise saber quién de los dos podía ser.

Veía noticias en el móvil, acostado, tratando de pasar el tiempo hasta quedarme dormido. Casi me arrepentía de no haberme quedado a dormir en Murcia, pudiendo haberme follado a Mayte, en lugar de estar confinado en ese dormitorio, imaginando que en algún lugar de esa playa estaría Julia, bebiendo, haciendo el tonto, desperdiciando su verano, y su vida.

Oí abrirse la puerta. Apareció como Kim Basinger ante Miki Rourke, en nueve semanas y media. Dejando al contra luz de su camisón, una braguita, sin sujetador. Solo faltaba la música de Joe Cocker, interpretando su «You Can Leave Your Hat On».

En el trayecto de la puerta a la cama, se levantó un temporal, que la deshizo de su camisón, y la obligó a buscar refugio en mi cama, amarrada a mis brazos, para salir de ese estado en el que su infeliz matrimonio la mantenía atrapada.

Yo iba a ser el artificiero, que desactivara esa bomba de rabia, de miedo, y amargura que se instaló en su interior durante años, antes de que explotara de alcohol o de violencia.

—Estaba esperando que llegaras para darte el beso de cada noche. Aunque temía que la juventud de Mayte te retuviera en Murcia.

Se acercó a mis labios y me besó, un beso apasionado, diferente a los anteriores.

—Renuncié a un polvo seguro, solo por recibir tu beso.

—Mayte es muy atractiva... y joven.

—Quiero follarte a ti.

—¿Me deseas a mí, o solo deseas echar un polvo?

—Te deseo desde que llegué.

Deshaciéndose de sus braguitas, se tumbó a mi lado.

—Yo te deseo a ti, desde anoche. No estaba ebria. Cuando me acariciaste, hiciste despertar mi memoria, disfruté de tus caricias en mi sexo. Al sentir tu miembro, no me atreví a continuar. Hoy me he enfadado con Pepe, quise provocar que se marchara, y quedarme a solas contigo.

Desplegué sobre ella todo el arsenal de caricias que no había utilizado desde hacía meses. Recorrí su piel en una travesía a vela, exploré su gruta sin necesidad de aire, amasé sus pechos sin necesidad de horno. Bebí de sus besos como Robinsón Crusoe, naufrago de ellos. Cuando sentí la cadencia de su respiración alineada, con el deseo de su coñito, tanteé con dos dedos la humedad de la pista, y envié a mi nave capitana en posición de abordaje. Abrió sus piernas, sollozando de placer.

—Joder que rico, avante marinero.

Avancé hasta el fondo, y dejé dentro de ella el primero de los muchos polvos que íbamos a echar a partir de entonces.

—Será una locura, pero como me ha gustado.

—Me pediste que te amara. ¿Quieres que te folle ahora?

—Llevo mucho atraso, tendrás que ponerme al día.

Se levantó, se dio una ducha en el baño de la habitación, y salió hecha una reina, su pelo húmedo y su coñito chorreando. Se alzó sobre mí, de rodillas en la cama, me acercó su copa para que bebiera.

Debíamos hacer un chequeo a fondo de su coñito, que sabía a salado, pero destaponado después de ser penetrada por mí. Apretaba contra mi boca, como si quiera ser penetrada por mi lengua. Repelé todo el sabor de ese super coño, que traía música incorporada de serie, porque cuando se acercaba a su climax, comenzó a cantar como una sirena.

—Fóllame niñato. Demuestra lo bravo que eres.

Su piel tostadita del sol, contrastaba con el blanco de sus labios vaginales. Sus movimientos reflejaban la sed de su coño, que había sido tomado siempre sin rendirle la pleitesía que merecía.

Que fácil es pasar de «no puede ser Carlos, al fóllame niñato». Reconozco que la perseguí, quizás ella ni hubiese reparado en mí si no hubiera forzado la situación. Ya estaba todo aclarado, deseábamos disfrutar de nosotros. Su cuerpo era espectacular, y me lo ofreció por entero. Abrió sus piernas para que entrara, ya habíamos jugado, ahora empezaba el torneo serio. Metí dos deditos, tanteando la zona, sabiendo que estaba óptima. Desplacé mi lengua por el inicio de sus labios vaginales, sintiendo su humedad. Saboree sus dos pechos que estaban firmes esperando que se les pasara revista.

—Fóllame ya, no me martirices.

—Tú me has martirizado mí, desde que llegué, deseaba follarte.

—¿Te ponía follarte a la madre de tu amigo?

—Quería follarte a ti.

Había atrapado mi polla, ya era suya, contrajo su pelvis, y sentí encarcelada a mi compañera de tantas folladas. Dejé que ella marcara el ritmo, venía de una larga travesía solitaria, y necesitaba adaptarse.

—Tranquila mi vida—le pedí.

Pedirle tranquilidad a Julia en ese momento, era decirle al viento que parara. Perdí la sintonía con ella, no podía seguirle sus acelerones, joder y ayer me decía que no podía ser. Parecía un potro escapado de un rodeo americano, pugnando por descabalgarme, pero yo la tenía metida hasta la silla de montar, y no me dejé tirar. Su cara se había transformado, estaba asalvajada, gritando, suspirando. No se conformaba. Cogía mi polla con su mano, acelerando mis movimientos. Yo le devolví el detalle, y apreté con mis dedos su clítoris porque sentía que tras los orgasmos que llevaba, no iba a poder rematarla, y no podía consentir dejarla sin terminar, aunque llevara ya dos contabilizados.

Acabamos a la vez sin dejar de agitarse, y cuando conseguí sacarla, la tenía dolorida.

—¡Qué bruta eres! Casi me la machacas.

—¿No tenías tantas ganas de follarme? Mucha boquilla...

—Tenemos toda la semana Julia, tendremos que calmarnos un poco.

—Me has despertado. Mañana no hagas planes de salir. Tengo el frigorífico lleno, y el coño vacío.