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Dominaciónjul 2022

Políticamente incorrecto 5

Nunca imaginó que su novio lo traicionaría de esa manera. Pero cuando la noche termina y él queda atado, vestido de mujer y con la mirada fija en el cuerpo de su pareja, la línea entre el dolor y el placer se desdibuja. Ahora, la única forma de salvar su secreto es obedecer.

Wilmorgan8K vistas9.6· 5 votos
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Políticamente incorrecto

Capítulo 5

Marcos

No entendía que me pasaba. Estaba completamente inmóvil. Mi cuerpo no reaccionaba y mi mente prácticamente tampoco. Veía a mi novia abierta de piernas en aquel maldito banco, con su compañera de trabajo encima de ella. Era lo más sensual que había visto en mi vida. Mi espectacular novia con su portentosa amiga, haciendo un 69 frustrado, ya que ninguna llegaba a tocar el sexo de la otra.

Y para frustrado yo. Había vivido la peor noche de mi vida. Una que seguramente me traumatizaría para siempre. Pero también la más excitante. Cada situación vivida había ido aumentando mi libido. Cada tortura o humillación. Cada leve contacto con Sofia o incluso con Natalia. Y cuando estuve a punto de culminar… mi novia no lo hizo. Estaba tan cerca, tantas veces… Era imposible que no lo hiciera apropósito. Pudo hacerme disfrutar después de tantas vejaciones y en cambio, prefirió dejarme cachondo y que aquel cerdo de mierda se corriese en su cara.

Quizás me había hecho un favor. Si me hubiese corrido, seguramente ahora estaría mucho peor. Si algo me mantenía en pie era mi calentón. Si hubiera llegado al orgasmo, seguramente me moriría al verme así y darme cuenta de todo lo que había hecho esa noche.

Hubiera sido imposible dejar que aquel negro asqueroso me atase las manos tras mi espalda con los cordones de mis zapatos, para después unirlas a mis huevos con el otro cordón. Tirado en el suelo, veía su sucia sonrisa mientras agarraba mis pelotas con su enorme mano y ahorcaba mis testículos riéndose. Un hombre tocándome los testículos y atándolos con saña. Y yo con mi polla completamente erecta.

Jacob dejó paso a su amigo. Ni siquiera podía alzar la mirada. Solo veía sus pies desde mi posición, cuando uno de ellos fue directo a mi polla. Pensé que me pisaría mis doloridos huevos, pero no. Solo posó la suela de su calzado e hizo unos pequeños movimientos sobre mi pene erecto. Sin quererlo, comencé a jadear de placer.

- Se que estas muy cachonda Mar. Pero nada de correrte sin permiso. No me interesas. No me gustan los hombres, ni los travestis. Pero debo enseñarte a ser un buen sumiso. Sé que a ti te encanta ser una zorra sumisa como a tu novia. Y si obedeces, disfrutaras mucho. ¿Vas a obedecer?

- Sí, señor. – contesté no por miedo, sino por excitación.

Me hablaba con toda la superioridad que da haber eyaculado sobre la cara de la novia del otro. Unos ligeros movimientos más sobre mi pene y retiró el pie dejándome completamente desesperado por correrme. Deseaba correrme en mi tanga de mujer siendo masturbado por su zapato. Me había convertido en lo que él decía. No quería aceptarlo, pero estaba demasiado cachondo.

Entre los dos me levantaron para volverme a dejar en el suelo. Esta vez de rodillas, con mis manos atadas a la espalda y estas a mis testículos. Tuve que apoyar mi cabeza en el suelo para mantener el equilibrio. Pero allí apareció de nuevo su zapato.

- Bésalo zorrita. – me dijo.

Era la persona más odiosa del mundo. El ser más despreciable que había conocido. Lo odiaba con todas mis fuerzas. Pero mis fuerzas habían desaparecido. Mi hombría se había esfumado. Era como si no quedase testosterona en mi cuerpo. Lo besé. Primero una vez. Para luego seguir haciéndolo de manera repetitiva y desesperada. Justo como me sentía en ese momento: desesperada.

Cuando se aburrió de verme tan patético me dejó allí tirado, cachondo y con los huevos atados a mis manos. Habló con las chicas, algo referido a que tenían que contar, pues al poco empecé a escuchar sus voces.

- 1 – soplido.

- 2 – soplido.

Vi como los dos hombres recogían nuestras cosas y se iban caminando por el sendero que conducía a la salida del parque. Se habían llevado todo, sus bolsos, mi ropa, cartera móvil, llaves... No teníamos nada más allá de la ropa interior que yo llevaba puesta.

Intenté levantarme, pero no pude. Al no poder usar las manos perdía el equilibrio. Por lo que allí me quedé, viendo entre mis piernas a mi novia y su amiga en aquel banco. Era una imagen increíble, de no ser porque entre medias colgaban mis testículos hinchados.

No me quedó más remedio que esperar que las chicas terminaran sin saber hasta que numero les había ordenado contar. La espera era desesperante. Cada vez tardaban más en pasar de un numero a otro, o eso me parecía a mí. Me dolía todo el cuerpo, pero especialmente mis pelotas. Deseaba pajearme mirando a mi novia y su amiga. Pero mis manos estaban firmemente atadas junto a mis nalgas y cada intento de liberarme era más dolor para mis cositas.

- 99 – soplido.

- 100 – soplido.

Por fin acabaron su ritual de contar y soplarse la una a la otra el coño. No había perdido detalle de aquello por lo que estaba tremendamente cachondo imaginando como alguna de las dos acabaría pasando su lengua por el sexo de la otra. Pero no sucedió. Terminaron y lentamente comenzaron a levantarse. Lo primero que hicieron fue buscar a nuestros abusadores. Al no encontrarlos sus miradas se fijaron en mí.

Estaba muy excitado, pero también avergonzado. Todo había acabado, pero yo seguía vestido con su ropa interior y arrodillado con el culo en pompa. Al acercarse a mí vieron claramente mi patética situación, con los huevos hinchados y amoratados por la cuerda que cruzaba entre mis nalgas hasta mis muñecas. Y lo peor de todo, mi pene erecto.

- ¡Que brutos! Se han pasado haciéndote eso. Espera que te desato.- me dijo Natalia con voz cariñosa.

Sabía que no podría desatar esos nudos y menos en la oscuridad, pero la dejé hacer. Se coloco en cuclillas detrás de mí, con la camiseta de mi novia como única prenda. Aún tenía sus pechos por fuera. Me costó bastante poder apartar la vista de ellos y más si cabe, de la increíble visión de su chochito brillante y abierto.

- Han dicho que teníamos que llegar a la salida como estábamos. No creo que quieran que le desates. Podrían estar escondidos vigilando. – dijo mi novia.

- Pero… ¿cómo va a caminar con los huevecillos atados? – preguntó Natalia, mientras seguía manipulando el cordel de mis testículos.

- Pues muy mal. Esa es su intención. – contestó mi novia, sin equivocarse.

- Sí. Quieren que vaya así. No puedo quitármelo.

- Pues te van a doler mucho… Y vamos a tardar una eternidad… - dijo Natalia, acariciándome suavemente la zona.

Con su ayuda conseguí ponerme en pie. Efectivamente, era una tortura. Así iniciamos la marcha por la misma vereda que nos había traído hasta aquel fatal lugar.

Por suerte no nos cruzamos con nadie. Pero en la calle sería distinto. Si aquellos cerdos no cumplían su promesa, no podíamos llegar hasta nuestra casa desnudos.

Cuando vivos la puerta una sensación agridulce me invadió. Por un lado, estábamos cerca de recuperar nuestra ropa e irnos a casa. Pero sí se habían llevado nuestras cosas… ni siquiera teníamos las llaves de casa o el móvil para llamar a nadie.

- ¡Allí! Hay una bolsa colgada de la valla. – dijo Natalia.

Sofia salió corriendo hacia la puerta. Tengo que reconocer que un espectáculo ver a mi novia correr completamente desnuda.

Estaban sus bolsos con todas las cosas de valor dentro. También mi cartera, móvil y demás. En cambio, no había ningún calzado. Las chicas comenzaron a vestirse mientras yo miraba mi móvil. Tenía un mensaje de él:

“Lo siento zorrita, para ti no hay ropa. Quiero que pases la noche con la ropa que llevas. Se una buena chica y no le contaré a tu novia nuestro pequeño secreto”

El muy hijo de puta me haría salir a la calle así. Y no podía hacer nada. Seguramente nos estaban vigilando. Si intentaba quitarme la ropa interior Sofí se enteraría de que todo era por mi culpa.

- No esta tu ropa Mar… cos. – dijo mi novia, dudando mi nombre.

- Ya veo… - contesté escuetamente.

Cuando ellas estuvieron vestidas. Llegó el momento de afrontar la realidad.

- No puedo salir a la calle así. – dije, cuando me armé de valor para hablar.

- No nos vamos a quedar aquí. Nosotras estamos descalzas y sin ropa interior. – replicó mi novia.

- No es lo mismo, cariño…

- Mi casa está a dos calles de aquí. Es muy tarde y seguro que no nos cruzamos con nadie. Lo mejor es que paséis la noche en mi casa y mañana ya arreglaremos lo de la ropa. – intervino Natalia.

Era la mejor opción. Guardé mis cosas en el bolso de Sofí, a excepción del móvil, por si volvía a escribirme. Muerto de vergüenza me acerque a la puerta. La luz del alumbrado público parecía más brillante que nunca. Cualquiera que pasase por la calle me vería travestido, con dos piñas como senos, que ni siquiera podía tapar con mis brazos al ir atado. Cualquiera que estuviera asomado a una ventana. Si mañana no salía en internet era toda una suerte. Tomé aire y me dispuse a salir corriendo.

- ¡Espera! No puedes salir con nosotras. Si alguien nos ve… Puede ser algún vecino mío. – dijo Natalia.

- Tiene razón. Nosotras podemos andar por la calle. Por ir descalzas nadie se va a ruborizar. Pero tú… - dijo mi novia, mirándome de arriba abajo de forma despectiva.

- Es mejor que esperes aquí. Cuando nos veas girar la calle sales corriendo hasta la siguiente esquina. Y así hasta que lleguemos. Cuando entremos en el portal, espera dos minutos para que tengamos tiempo para subir y luego ven. – fueron las instrucciones de Natalia, con la aprobación de mi novia.

No me quedó más que asumir de nuevo mi posición de marginado. Escondido tras el pequeño murete del parque, vi como las dos chicas, ya vestidas, salían caminando calle abajo.

Mi trayecto fue tal y como lo había descrito Natalia. A excepción de que, al ir corriendo, llegaba a la esquina mucho antes de que ellas llegasen a la siguiente. Por lo que tenía que mantenerme en medio de la calle, por unos segundos que a mí se me hacían horas. Mientras ellas continuaban caminando, a un paso que se me antojaba irracionalmente lento. Y más teniendo en cuenta que yo corría con un gran dolor por mis ataduras y de una manera bastante patética.

Cuando por fin llegaron a su casa, esperé los dos minutos y salí corriendo. Tuve que usar mi nariz para llamar. En cuanto abrieron la puerta del portal, subí las escaleras lo más rápido que pude. Llegue a su piso, Natalia abrió la puerta y me hizo entrar tirando de mi sujetador descolocando las piñas.

Me encontré en un pequeño piso con cocina tipo americana. Un sofá, una pequeña mesa y una televisión colgada en la pared. Había dos puertas más, una abierta desde donde salía un sonido de agua correr, deduciendo que era el baño. Por lo que podía suponer que la otra era el dormitorio de Natalia. En ese momento apareció mi novia con un balde lleno de agua y jabón y una esponja.

- ¡Perfecto! No puedo con mi alma. No me apetece ducharme ahora. Pero tengo los pies negros de andar descalza. – dijo Natalia, soltando mi sujetador para meter un dedo en el agua y comprobar su temperatura.

Natalia fue hacia el sofá y se sentó casi derrumbándose en él. Sofí iba detrás suya con el balde y lo coloco en el suelo para que su amiga relajase los pies dentro. Pensé que Natalia había tenido un orgasmo cuando lo hizo. Aunque no era para menos. Parecía lo más placentero del mundo después de aquella noche de torturas.

Sofí cortó mis ataduras con una tijera sin decirme ni una palabra. Después de unos minutos en los que Natalia disfrutaba del agua caliente con una cara de placer indescriptible, hizo el ademán de inclinarse para coger la esponja.

- ¡Uff! Me duele todo el cuerpo. No puedo ni moverme. – se quejó ella.

- No te muevas. Tú no te preocupes. – dijo mi novia arrodillándose y cogiendo la esponja.

- Pero Sofia… no te molestes mujer. – dijo ella, sin hacer ninguna intención de impedírselo.

- Claro que sí. ¡Que menos! Ya que nos dejas quedarnos en tu casa.

- Que gusto… esto es una maravilla… Estáis en vuestra casa… - decía Natalia mientras se recostaba.

Me quedé de pie viendo la escena. Mi novia, de nuevo arrodillada, limpiando los pies de su compañera de trabajo. Puede que no fuese, ni de lejos, lo más raro de aquella noche. Pero cuanto menos tenía su matiz morboso. Mi mente comenzó a desear ser yo quien lavase sus pies.

- ¿Mejor?- preguntó mi novia.

- Sí. Estoy en la gloria. Pero limpia bien que están llenos de mierda.

- Claro. – contestó Sofia, acrecentando su labor.

- ¿Por qué no ayudas a tu novia? Así acabamos antes. – me dijo Natalia, estirándose por completo contra el respaldo del sofá.

- Sí, Sí. ¡Claro! – contesté, como un niño al que invitan a jugar un partido.

Sin pensarlo me arrodillé junto a mi novia y sostuve los pies de aquella preciosa chica, mientras Sofí restregaba con fuerza la esponja. Yo vestido de mujer, arrodillado junto a mi novia, estaba reviviendo el momento del banco. Y comencé a sentir mi pene crecer.

Cuando Natalia consideró que tenía sus pies bien limpios, Sofía buscó algo con qué secarlos. Pero al no haber traído una toalla, lo hizo con su camiseta, que en realidad era la de su amiga. Todo me hacía ver a mi novia sumisa frente a la diosa que era Natalia.

- Muchas gracias Sophie. Están perfectos. – dijo Natalia, llamándola como había hecho él.

- Nada. Un placer. Ahora debería limpiarme yo los míos. – dijo mi novia.

- Seguro que con un novio tan atento como él tuyo, tú también podrás relajarte como yo.

Era una alusión clara para que fuera yo quien lavase los pies a mi novia. Sofí, aún arrodillada junto a mí, me entregó la esponja. Se sentó junto a su amiga y metió sus pies negros como el carbón en el agua.

Comencé a limpiar sus pies con mimo. Ya no la veía sumisa como un momento antes. Ahora me parecía ella la diosa. Cómodamente sentada en el sofá, mientras su novio feminizado le lavaba los pies. No era el héroe que deseaba ser al principio de la noche. Pero me sentía bien. Me gustaba. Y comenzaba a notar como la sangre bajaba hacia mi tanga.

- ¡Qué bien me vendría un masaje de pies ahora! – dijo Natalia.

- Si… si quieres… - dije yo, nervioso y avergonzado, pero también muy excitado de pensar en hacerlo.

- No, no. Estoy muerta. Necesito tumbarme en mi cama. Pero muchas gracias guapo. Eres un cielo. – me contestó, esfumando mis ilusiones.

- La verdad es que yo también estoy muy cansada. – continuó Sofí.

- Pues vámonos a dormir. ¿Duermes conmigo verdad Sophie? No me apetece dormir sola después de lo que ha pasado. Además, solo hay una cama y el sofá. Marcos puede dormir aquí. – dijo Natalia.

- Sí, claro. Como tú quieras.

De nuevo me quedaba solo y frustrado. Aquel momento me había vuelto a excitar para nada. Natalia me dio un beso en la mejilla y mi novia un pico escueto en los labios. Y allí me dejaron arrodillado frente al cubo de agua mientras ellas se iban a dormir juntas en la misma cama.

Solo y todavía arrodillado en el salón, pensé lo que deseaba darme una ducha. Me imaginaba a mí mismo masturbándome en el baño de Natalia. Corriéndome en su ducha y durmiendo completamente relajado y limpio. Pero si ellas no se habían duchado, después de recibir el semen de aquellos hombres, concluí que no era correcto hacerlo yo. Por lo que me limite a lavar mis pies con el mismo agua, ya bastante sucia, que había lavado antes los de las chicas.

Con mis pies limpios, fui a vaciar el agua en el baño. Y entonces me vi reflejado. Era patético. Con tanga y aun con las piñas como relleno de mi sujetador. Volví rápidamente al sofá sacando las piñas, que dejé sobre la mesa.

Cerré los ojos e intenté dormirme lo más rápido posible. Solo quería que esa noche pasase cuanto antes. No quería pensar en lo que había ocurrido. Pero era imposible.

En mi mente no dejaban de pasar escenas de lo vivido. Mis humillaciones. El cuerpo de mi novia desnuda frente a ellos. Como la tocaban. Como ella les obedecía. El coño de Natalia bajando hacia mi cara. Y mi imagen reflejada en el espejo del baño.

No podía relajarme así. Tenía demasiado estrés acumulado. Necesitaba calmarme. Pero no podía masturbarme en casa de Natalia ¿O sí? Ellas estarían destrozadas después de todo. Seguro que se dormirían rápido y no se enterarían de nada. Y pajearme en el sofá de Natalia me daba morbo. Después de todo, estaba muy cachondo.

Me sorprendí a mi mismo acariciando el tanga. Frotándome sin darme cuenta. Mi polla ya estaba dura bajo aquella suavísima tela. Era como si su tacto me diese más placer.

En ese momento recordé a ese cabrón. Le odiaba. Pero temía que le contase la verdad a Sofia. Mi miedo pudo más que mi excitación y tuve que mirar el móvil para saber si tenía más mensajes. Aunque eso no detuvo mi otra mano, que seguía frotando mi erecto pene sobre el tanga.

Efectivamente, tenía otro mensaje de él:

- ¿Qué tal el paseo de vuelta, Mar? ¿Te has puesto cachonda mientras te miraba algún viejo verde? Espero que no se te ocurra correrte sin permiso. O nuestro secreto dejará de serlo.

- Eres un cerdo hijo de puta. Teníamos un trato. Eres un puto pervertido violador. – le contesté fuera de mí.

- ¡Jajajaja! No seas llorona. El único pervertido eres tú. Que querías timar a tu novia. Yo solo le he dado lo que ella deseaba. ¿No has visto lo caliente que estaba con mi amigo y conmigo?

- ¡Vete a la mierda! No vuelvas a acercarte a nosotros, o te juro que te denuncio.

- No seas niñata. No vas a denunciar a nadie. Lo primero porque si lo haces, la verdad saldrá. Y no creo que nuestra pequeña Sophie le guste saber que su novio, además de un perdedor, es un mierda. Y segundo. Porque tanto ella como tú disfrutáis de esto.

- Una mierda disfrutamos. Eres un cerdo.

- ¿No? ¿Seguro? ¿No estas cachonda como una cerda? Seguro que tienes la polla dura pensando en lo que hemos hecho esta noche.

- Tú eres gilipollas. – le contesté, ofendido porque tuviese razón.

- No voy a tolerar más faltas de respeto. Yo soy tu Amo. Y me vas a obedecer. Y si vuelves a faltarme el respeto, le contaré todo a tu novia. Y comprobaremos si se queda con el mentiroso y perdedor de su novio. O con el macho que le pone cachonda como la perra que es.

Tenía mucha rabia acumulada. Le odiaba por todo lo que había hecho. Y sí, temía que le dijese la verdad. Aunque quizás fuese lo mejor. Descubrir las cartas y ser sincero. Nos queríamos. Podíamos superar aquello. Ella no podía preferir a un machista pervertido como él. Era imposible.

No debí frotarme mientras hablaba. Mis conclusiones eran racionales. Pero mi excitación me hacía pensar en la parte que posiblemente había disfrutado. Esas cosas que había hecho y que seguramente jamás volvería a vivir. A no ser… Él había hecho posible ver a mi novia sumisa. Y también verla de una manera dura y cruel conmigo. De una forma morbosamente dominante.

- Lo siento. – le contesté, con mi polla a reventar.

- Lo siento ¿qué?

- Lo siento, Amo.

- Eso esta mejor perrita. Seguro que estas tocándote como una zorra.

- Sí, Amo. – contesté, sintiendo un hormigueo al confesarme.

- ¿Llevas la ropa que he elegido para ti?

- Sí, Amo. Llevo el tanga de Natalia y el sujetador de mi novia. ¿Quiere que le envíe una foto?

No sé porque dije eso. Estaba fuera de mí. No estaba más que hablando con un hombre. El mismo que se había corrido en la cara de mi novia después de habernos humillado a ambos. ¿ Como podía ponerme cachondo tratarle como mi amo? ¿Por qué coño le había ofrecido una foto mía vestido de mujer?

- No guarra. No soy maricón. ¿Para qué quiero ver un travesti como tú empalmado en tanga y sujetador?

- Lo siento, Amo. Tiene razón. – contesté, completamente avergonzado.

- Pero no te quites tu ropa hasta mañana. Quiero que duermas con ella. Y ya sabes. Nada de correrte sin permiso.

- ¿Me daría permiso, Amo?

- ¿Así se piden las cosas? Sin esfuerzo no hay placer.

- Haré lo que quiera, Amo. Cualquier cosa. Estoy muy cachonda. Déjeme demostrarle lo zorra obediente que soy.

No quiero ni pensar la razón por la que me ofrecí a eso. Ni tampoco por qué me trataba a mí mismo en femenino. Pero estoy obligado a reconocer, que me calenté escribiendo ese mensaje.

- Buena zorra. Quiero que te corras sobre algo que vaya a desayunar mañana tu novia. Será la única manera que se trague tu semen a partir de ahora.

- Sí, Amo. Ahora mismo busco algo que Sofia desayune.

- Así me gusta. Y ya no me molestes más. No se te ocurra volver a hablarme para pedir permiso para correrte. Si quiero algo de ti, te lo haré saber.

Le mandé unos mensajes más a los que no contestó. Me había dejado super cachondo y con mi rabo desesperado por explotar. No entendía como podía excitarme siendo humillado por él. No pensaba que era un hombre. Solo un ente abstracto que me sometía haciéndome sentir una excitación que me desbordaba.

Erecto, pero aun tapado por el tanga, fui a la cocina a buscar lo que me había ordenado. Sabía que estaba siendo un pervertido asqueroso. Que no podía hacerle eso a mi novia. Pero me ponía muy cachondo pensarlo. Por suerte Natalia tenía una botella de zumo de piña, el preferido de Sofía. Era casi seguro que al despertar se decantaría por un buen vaso de zumo, esta vez con leche incluida.

Me tumbé en el sofá con la botella destapada en una mano y frotándome con la otra. Lo normal hubiera sido agarrármela y pajearme como un mono. Estaba super cachondo. Pero ese mismo estado me pedía que alargase todo lo posible aquel súbito placer.

No podía pensar en la inmoralidad que estaba haciendo. O quizás no quería. Mi mente se concentraba en recordar lo que había vivido aquella noche. Pensar en mi novia sometida por aquellos hombres. En la divina Natalia desnuda. En ambas viéndome humillado. Hasta eso me excitaba en aquel momento.

La imagen mental que tenía de ellas dos sobre aquel banco, prácticamente haciendo un 69… Mi pervertida mente pasó a imaginar que quizás ahora estaban repitiendo en la cama lo que empezaron en el parque.

Mi mano frotaba frenéticamente el tanga dándome muchísimo placer. Una imagen patética, vestido de mujer y frotándome como tal. Y cada vez más salido pensando en ese polvo lésbico que podía estar ocurriendo al otro lado de aquella puerta. Tan abstraído estaba que no pensé que podía pasar aquello.

- Pero bueno… ¿qué haces cerdito?

Esa voz casi susurrante me sacó de golpe de aquel trance. Allí estaba ella, a los pies del sofá. En la oscuridad de aquella sala, con los brazos en jarra mirándome con una sonrisa. Un escueto pijama compuesto de un mini short y un top de satén purpura era toda su ropa. Llevaba toda la noche viéndola desnuda. Y aquel atuendo no es que cubriese mucho sus atributos, pero lo suficiente para aumentar, más si cabe, mi humillante inferioridad sobré ella. No fui capaz ni de articular palabra.

- ¿Qué pasa que te has quedado cachonda, Mar?

- Lo… lo siento, Natalia. Por favor… perdona…

- No pasa nada tonto. Es normal. Eso mismo estábamos hablando tu novia y yo. Que nos habíamos quedado muy cachondas.

Mi libido volvió al pensar que ellas estaban hablando de lo sucedido como algo lujurioso. Debí molestarme por pensar que a mi novia le habían excitado aquellos hombres. Pero en ese momento, todo me ponía cachondo.

- Pero no pares. Sigue tonto. ¿O es que no te gusta mirarme mientras te tocas? ¿No te parezco sexy? – dijo Natalia, contorneando su cuerpo cubierto con aquel pijama tan morboso.

- Sí, sí. Claro que eres sexy. Mucho.

- Pues entonces ¿Por qué no sigues? No me dirás que te da vergüenza. Si ya te he visto el cacahuete antes. Venga déjame verla ahora mientras te pajeas.

No terminé de procesar lo que me estaba pidiendo, solo lo hice. Era como si mi cuerpo obedeciera sin pensar a cualquier orden. O quizás era mi excitación. El caso es que lo hice. Bajando el tanga por debajo de mis huevos, dejé al descubierto mi hinchado pene.

Natalia encendió una pequeña lámpara de pie, que dirigió exclusivamente a mi sexo. Me hizo recordar aquel bochornoso momento en el que ella vio por primera vez mi “cacahuete”. Ahora estaba completamente erecta, pero tengo que reconocer, que no era para nada como la de aquellos hombres.

Natalia se acercó a mí, bueno a esa parte de mí, colocándose en cuclillas. Estuvo un rato mirando mi miembro sin decir nada. Empecé a ponerme nervioso. Comencé a notar como, a pesar de mi estado descontrolado de excitación, mi pene perdía dureza poco a poco. ¡Otra vez NO!: gritaba mi mente.

- Bueno. No esta tan mal. Después de verla antes pensé que no sería capaz de ponerse tiesa. No es que sea grande… a ver… es pequeña… sí. Tengo que reconocerlo. Pero no es algo grave. Si a Sofí le ha servido estos años…

Su discurso me estaba hundiendo. Aun con buenas palabras, estaba calificando mi sexo como pequeño. Y lo peor de todo, es que este iba minimizándose cada vez más.

- ¡Uy! Pero bueno. Si es que tiene miedo escénico. Venga tonto, sigue tocándote. Qué al final pierdes la oportunidad de correrte.

Tenía razón. Ya me había pillado frotándome sobre su tanga. Le había enseñado mi polla, que cada vez estaba más flácida. Masturbarme delante de ella solo podía mejorar aquello. Con suerte mi verga reaccionaría y si era así, sería la paja más morbosa de mi vida.

- Oye, ¿y la botella de zumo? – me preguntó.

- Es el favorito de Sofí. – fue lo único que me atreví a contestar.

- Y el tuyo ¿no? Si no la sueltas ni para machacártela. – contestó, quitándome la botella de la mano para dejarla en la mesa.

- No. A mí no me gusta…

- ¿Entonces? ¿No me digas que nos ibas a preparar un batido de piña y leche?

No me atreví a contestar, pero mi rostro lo hizo por mí. Había descubierto la guarrada que pensaba hacer. Y mi polla solo estaba morcillona por mucho que meneaba mi mano.

- Eso está muy feo ¡eh! Te mereces un castigo por cerdito pervertido. Pero antes te ayudaré a poner eso en funcionamiento.

- Pe… pero… Sofí…

- No te preocupes por ella. No saldrá. Está durmiendo plácida y fresca. Ahora te toca a ti.

Vi cómo se ponía en pie. Me pareció entrever que no llevaba ropa interior bajo el pantaloncito. Por arriba sus pezones dejaban claro la ausencia de sostén. No sabía que iba a pasar. Pero mi corazón latía a mil.

Cuando me quise dar cuenta, ya había pasado una pierna por encima de mi cabeza. En un instante estuvo de nuevo a horcajadas sobre mi cara. De nuevo tenía a aquella diosa dispuesta a sentarse en mi rostro.

Agarró mis dos brazos por las muñecas y los llevo entre sus muslos y sus gemelos. Como unas horas atrás me tenía bloqueado con sus piernas. Mi vista estaba fijada en su entrepierna purpura, buscando ese hueco libidinoso que me permitiera vislumbrar si había algo más a parte del pijama.

Deseaba que bajase y volviese a encerrar mi cara entre sus muslos. Estaba desesperado por volver a sentir su calor, su olor, aquella sensación de asfixia tan placentera. Pero no lo hizo.

Comenzó a jugar con sus manos sobre mi pecho, recorriendo primero el contorno del sujetador. Para luego adentrarse bajó él y jugar en mis aureolas, haciendo que mis pezones se erizaran. Noté como sus manos me abandonaban, para luego volver directas a uno de mis pezones, pero esta vez, húmedos, muy húmedos.

Fue jugando con su saliva sobre mis pezones, primero uno y luego otro. Era una tortura. Deseaba que se dejase de juegos. Pero era tan sublime…

- ¡Ves! Tu cacahuete reacciona mejor cuando se te estimula como una mujer. Mira que duro esta ya. Iba a decir grande, pero tampoco vamos a exagerar. ¿Te gusta?

- ¡Siiii! – contesté gritando en susurros.

- ¿Quieres oler mi coñito y saber si a mí también me gusta?

- ¡Siiii! ¡Por favor! – contesté desesperado.

Apoyando sus manos en mi pecho, bajó sus caderas hacia mi cara, haciendo rozar mi nariz con su sedosa ropa. Inspiré con todas mis fuerzas, llegando a mí aquel aroma a mujer.

Sin dejarme llegar a más, solo podía olfatear cual perro, mientras ella volví a jugar con mis pezones. Yo notaba como mi polla estaba tan hinchada que incluso me dolía. Y solo estaba estimulando mis tetillas.

Volví a sentir la ausencia de unas de sus manos, pero pronto vi cúal era su destino. Esta vez no eran sus labios, al menos no los de la boca. Su delicada mano fue directa al interior de su pantaloncito, comenzando a jugar con su dedo en aquello que yo tanto deseaba. Con sus nudillos golpeaba suavemente mi nariz y boca, mientras aquella diosa se estaba masturbando sobre mi cara.

Me moría por liberar mis manos y llevarlas a mi pija. Era una tortura esa falta de atención en aquella zona. Ella estaba tocándose en mi cara y yo con mi rabo tieso sin poder hacerlo.

Al poco dejó de tocarse para llevar esa mano de nuevo a mi pezón, humedeciendo la zona esta vez con sus flujos. Unos pocos segundos jugando con mis tetitas y volvió a darse placer ella.

Era exasperante. Cada vez olía más a sexo. Deseaba comerme aquel coño. Deseaba que me tocase. Deseaba más. Lo que fuera. Pero más. Estaba desesperado.

Volvió a sacar sus dedos de su entrepierna entre jadeos. Esperé con ansias las caricias en mi pezón, pero no llegaron. De improvisto, sentí como la yema de su dedo rodeaba juguetón mi glande. Mi polla dio un respingo de inmediato.

- Ahora te voy a dar la oportunidad de correrte. Pero para eso debes conseguir que lo haga yo. Y date prisa, no vaya a despertarse tu novia.

Que me recordase que mi novia estaba a solo unos metros de nosotros, no es que me hiciera sentir culpable. En ese momento, me excitaba más aún. Solo había rozado con un dedo mi pene y ya estaba a punto de correrme. Estaba completamente fuera de mí.

Natalia bajó el centímetro que separaba su cuerpo de mi cara. Y yo volé al país de la lujuria, disfrutando del calor de aquella hembra perfecta.

No tardé en intentar llegar con mi lengua a todos los recovecos que me permitía mi posición. Ella se limitaba a seguir jugando con mis pezones y de vez en cuando, rozar muy levemente mi descapullada pistolita.

La sedosa prenda no podía ocultar lo que sospechaba. Debajo no había nada más que un depiladito chochito mojado, muy mojado. Necesitaba llegar a su clítoris para conseguir su orgasmo. Pero aquel pijama me impedía el contacto directo. No tuve más remedio que usar toda la fuerza de mi lengua para compensar aquella barrera. Sacando energía sin saber cómo, conseguí hacerla gemir.

Poco a poco sus jadeos iban aumentando, señal de que lo hacía bien. Una de sus manos pasó a mi polla, que con dos dedos nada más, comenzó a subir y bajar muy lentamente. Su otra mano iba intercambiando por mis pezones, pero esta vez no se limitaba a acariciarlos. Comenzó a pellizcarlos y retorcerlos suavemente.

Según ella se iba excitando, más fuerte torturaba mis tetitas. Y más rápido me pajeaba, eso sí, únicamente con dos dedos. Era muy frustrante, aun así, sentí como me iba a correr solo con eso.

La sedosa tela ya estaba completamente empapada, tanto de mi saliva como de sus flujos. Tanto que se pegaba completamente a su hendidura. Lo que me permitía aunar esfuerzos por proporcionar el mayor posible a esa diosa sin dar lamidas en balde.

Natalia comenzó a moverse sobre mi cara como había hecho en el suelo del parque. Parecía que estaba cerca de conseguir mi objetivo. Y el aumento de velocidad en mi polla así me lo confirmaba.

Los gemidos de Natalia ya eran más que evidentes. Tanto que me preocupaba que mi novia despertase y nos descubriera. Pero no podía parar. Aquel coñito mojado y esos dos dedos me estaban dando el mayor placer de mi vida.

- Vamos cerdito. ¡Lame! ¡Lame con ganas! Quiero correrme en tu cara.

Solo faltaba que me dijera eso para perder del todo el raciocinio. Mi lengua se desboco entre sus labios volviéndola loca de placer.

- ¡Así maricón! ¡Lame! Come coño como la zorrita que eres.

- Solo sirves para comer coños. Con esta pollita que tienes no puedes dar placer a una mujer. ¡Lame puto perro salido!

Yo escuchaba todo claramente, a pesar de tener mi cara bajo su culo. Cada vez temía más que Sofia nos descubriese. Pero mi lengua no paraba. Igual que no lo hacían sus dos deditos en mi pollita.

- ¡Sí! ¡Sí! ¡Joder, sí! ¡Me corro! ¡Me corro en la cara de tu novio Sofia! ¡Síiiiii!

Lo estaba gritando a los cuatro vientos. Era mi fin. Pero no podía parar. Seguí lamiendo como un perro salido hasta que noté ese calambre en su cuerpo. Su orgasmo había llegado. Y no paraba. Y su mano tampoco en mi polla. Yo también me iba a correr. Deseaba gritar como ella, pero no podía. Y tampoco podía parar de lamer mientras ella siguiese alargando su éxtasis.

Intenté aguantar, pero no pude más. Nos sincronizamos durante unos segundos. Ella corriéndose sobre mi cara y yo, sobre mi tanga y mi sujetador. Fue el mejor orgasmo de mi vida. Sin poder ver, sin poder tocar, sin poder tocarme a mí, solo con sus dos dedos y su coño asfixiándome. El mejor, sin duda.

Ella dejó caer todo su peso sobre mí cara durante unos segundos. A mi me faltaba el aire después de mi culminación. Pero la dejé hacer. Dejé que me asfixiase con su culo y su coñito para que disfrutase de ese momento.

Cuando por fin debió caer en la cuenta de que tenía un hombre como asiento, se alzó. Yo tomé aire como loco. A pesar de todo el placer anterior, acababa de sufrir una sádica tortura. Ella solo me miraba y sonreía.

Recobré un poco de lucidez y lo primero que hice fue buscar a Sofía. Mi mayor temor, después de haber recuperado la capacidad de respirar, era verla allí de pie mirando como su compañera de trabajo usaba la cara de su novio como silla sexual.

Pero no. La puerta del dormitorio seguía cerrada y estábamos solos allí. Entonces me vi, todo lleno de semen. Tanga, tripa, sujetador, hasta el cuello había llegado. La euforia pasó y me di cuenta de lo que había hecho. Era su amiga. Y si los remordimientos le hacían confesar a Sofí aquello. No me atrevía a mirar a Natalia a la cara. Pero una presión en el pecho, producto de mi culpa y mi miedo, me hizo hablar.

- ¿Y… Sofí?

Fueron mis escuetas palabras, pero suficientes para que ella entendiera a que me refería. Natalia agarro la botella de zumo de piña. Con los mismo dedos que me habían llevado al cielo, fue recogiendo semen de mi cuerpo para luego escurrirlo dentro de la botella. Y mientras rebañaba la corrida alrededor de mi flácida polla, me dijo:

- Si eres un cerdito obediente, tu novia no sabrá nada. Será nuestro secreto.

Cerró la botella y recogió un poco más de semen de mi cuerpo para llevárselo a su boca. Lo degustó poniendo gesto de aprobación. Entonces ella me beso, un beso profundo y húmedo, para luego decirme:

- Estás rico. Más dulce que Jacob.

En ese momento caí en la cuenta. Había besado la boca que había saboreado a Jacob y comido el coño que había follado aquel maldito negro. Natalia dio media vuelta y contoneando su culito, volvió a su cama con mi novia. Dejándome manchado, con lencería de mujer, y con el sabor de una polla negra en mi boca. Y a pesar de todo volvía a estar cachondo.

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