Políticamente incorrecto 6
Natalia no solo la dejó entrar en su casa, sino en su cama. Ahora, entre sábanas y secretos, Sofía descubre que su sumisión no tiene límites, y que su compañera tiene planes mucho más oscuros para su cuerpo.
Políticamente incorrecto
Capítulo 6
Sofía
No podía comprender la razón por la que estaba tan nerviosa en casa de Natalia. Después de todo lo vivido, lo normal seria relajarme al encontrarme en lugar seguro. Pero mi cuerpo no actuaba para nada normal esa noche.
Me sentía ridícula después de haberme comportado tan estúpida al ofrecerme a limpiar los pies a mi compañera de trabajo. Quizás fuese solo mi necesidad de agradecerle que nos dejase quedarnos en su casa. Aunque tengo que reconocer que, a pesar de comprender que lo que habíamos vivido era una agresión sexual y lo detestaba, mi maldito cuerpo aún estaba excitado. Hasta tal punto de haber visto el momento de estar arrodillada lavando los pies a mi compañera como algo libidinoso.
No es de extrañar, qué si mi cuerpo estaba tan confuso, ahora me ocurriese lo mismo al ver como Natalia se despojaba de la poca ropa que tenía. Llevaba toda la noche viendo desnuda a mi amiga, pero por alguna extraña razón, un momento tan casto como desnudarse en su habitación para ponerse el pijama, me estaba excitando.
- Venga Sofí. Quítate esa ropa sucia. No querrás meterte en mi cama oliendo a semen. – me dijo ya sin pantalones.
- Sí, sí, claro.
No debía sentir pudor por desnudarme delante de otra mujer. Y menos cuando ya me había visto completamente desnuda. Pero a pesar de ese razonamiento, me fui deshaciendo de mi ropa con una mezcla de vergüenza y excitación que me incomodaban.
- Esto es tuyo. Aun huele a la leche de Jacob. – habló mientras acercaba la camiseta que se había quitado a su rostro.
- Supongo que la mía huele a tu macho. ¿ Por cierto, te ha dicho como se llama?- continuó diciendo.
- No…- contesté quitándome su camiseta, intentando averiguar si de verdad quedaba su aroma, pero más disimuladamente que ella.
Natalia tiró a los pies de la cama mi camiseta y yo la imité nerviosa. Estábamos las dos completamente desnudas de nuevo, pero esta vez en la privacidad de su dormitorio. Ella comenzó a buscar en su armario. De un cajón sacó un pijama de dos piezas, de color violeta. Parecía fresco y suave, como de seda. Al ponérselo vi que era bastante holgado, aunque sus pechos quedaban bien marcados y casi apretados por la suave tela. No se puso ninguna ropa interior antes de colocarse los pantaloncitos del pijama, algo que me sorprendió.
Con ella ya vestida, continúo buscando entre su ropa. Yo me mantuve nerviosa y desnuda mientras ella iba desechando prendas. No me podía creer que entre aquella tonelada de ropa no encontrase nada que dejarme para dormir.
- No tengo más pijamas fresquitos. Y con este calor que hace…
- No te preocupes. Cualquier cosa me vale.
- Creo que esto servirá. Es muy fresquito. Y a los tíos les encanta, créeme. – dijo, ofreciéndome una prenda.
Al verla me di cuenta que no era más que una camiseta de tirantes. Quizás un poco más larga de lo normal. Parecida a la que yo uso en el gimnasio para que los babosos no me miren las tetas o el culo. Al ponérmela, me di cuenta que era incluso más corta que la que yo usaba. Estirando al máximo alcanzaba a taparme justo por debajo de mi sexo. Por supuesto no me tapaba el culo. Y al ser bastante ancha y de tirantes, mis pechos se descubrirían fácilmente con cualquier movimiento.
- ¿Qué te parece?
- Qué voy a dormir muy fresquita. – dije bromeando.
Aquello parece que disipó un poco de tensión, al menos para mí. A ella la veía muy tranquila. Riendo mi ocurrencia cerró la puerta del armario y de un salto se lanzó sobre la cama. Quise pedirle que me dejase unas bragas al menos. No me parecía normal que durmiésemos las dos sin ropa interior. Y mucho menos cuando mi atuendo no me tapaba nada, pero no me atreví.
Por un lado, estaba muy agradecida con Natalia por dejarnos dormir en su casa. No se qué hubiéramos hecho de tener que llegar hasta la nuestra, con Marcos vestido de mujer. Pero al verla así tumbada con aquel pijama tan sexy, tan guapa, tan sensual… Mi mente me recordaba lo que había sentido al ver como mi novio la tocaba. Como tenia su sexo en la cara de Marcos. Incluso como me hicieron de menos aquellos hombres a su favor. Mi instinto primitivo de hembra me hacía ver a mi compañera como una rival. Como la enemiga que debía vencer. Incluso de alguna manera, podía sentirme inferior por tener que vestir una vieja camiseta que dejaba mis intimidades al aire, mientras ella lucía un pijama digno de videoclip de reguetón.
- ¡Estoy muerta! Vaya nochecita…
- Sí… yo también estoy cansada. – dije, con mi mente inmersa en mis pensamientos.
- Ahora me arrepiento de haber dicho que no al masaje que me ofrecía tu novio.
Era cierto. Estaba muy cansada. Mi cabeza seguía discurriendo si debía estar agradecida con ella o odiarla por ser una rival. Y que me recordase que mi novio le había ofrecido masajear sus pies, no ayudaba. A pesar de eso, intuí la indirecta que me estaba mandando. No había sido suficiente con lavar sus pies, que también quería un masaje. Era una niñata mal criada, que estaba acostumbrada a que le diesen todo por su cara bonita.
- Si… quieres… te lo puedo dar yo. – le dije, mientras mi mente pensaba lo odiosa que era.
- No estaría nada mal. Así me relajaría bien para dormir. Que esos cabrones me han puesto de los nervios.
Tenía razón que habíamos vivido un momento traumático. Un masaje de pies no era nada si conseguía ayudarla a dormir. Aunque su pose tumbada en medio de la cama, estirándose al máximo, no ayudaba a que dejase de verla como una pretenciosa niñata.
Acomodó la almohada de tal manera que sus pies quedasen justo al final del colchón. Me lanzó la otra, la que presumiblemente sería para mí, para que la pusiera bajo sus pies. De esa manera ella quedaba en una posición indiscutiblemente cómoda. Pero a mi me hacía arrodillarme en el suelo para poder darle el masaje. Reviviendo ese sentimiento de vejadez, lo hice. Postrándome y sintiendo de nuevo el suelo duro en mis rodillas, comencé a masajear sus recién lavados pies.
- Que gusto Sofí. Se te da muy bien. Marcos estará muy contento.
- La verdad es que no recuerdo haberle hecho ningún masaje así.
- Claro. Es él quien te los hace a ti. Se nota que es muy servicial.
- Bueno… Sí… Puede… no lo sé. – contesté, sin entender a qué venia esa conversación.
- Tiene que ser genial tener un novio tan sumiso y obediente. Te tratará como una reina.
- ¿Por qué piensas que es sumiso y obediente? – contesté yo, indignada, pero sin detener mi masaje.
- Bueno… esta claro ¿no? Ya le has visto esta noche…
- Eso no tiene nada que ver. Le han obligado.
- Si bueno… Me dirás que no se ha puesto cachondo. No te hagas la tonta. Le has visto como yo.
- Es normal que su cuerpo reaccione a ciertas cosas. Eso no quiere decir que le gusté. – contesté, sin saber si defendía a Marcos o a mí.
- Eso es verdad. Tengo que reconocer que a mí también me ha pasado eso. – dijo Natalia.
- ¿Sí? – pregunté muy intrigada.
- Pues sí. Por qué ocultarlo. Me he excitado mucho esta noche. ¿No has visto el pollón que calza Jacob?
- Sí, sí, claro que lo he visto. – contesté, mientras imágenes de aquella verga negra pasaban por mi mente.
- Pues tú solo lo has visto. Yo que lo he tenido dentro…. ¡Uff! Aún me duele, creo que estoy irritada. – me dijo, acariciándose la vagina por encima de sus pantaloncitos.
Como sospechaba, mientras yo me quedaba frustrada con Marcos y con Él, ella era follada por aquel negrazo superdotado. Si antes sentía una pequeña envidia hacia ella, ahora iba aumentando hasta poder considerarla rabia. Y seguía de rodillas masajeando sus pies.
- Nunca había probado nada tan grande. No he sido capaz de metérmela entera. Hacía tope. – dijo ella bromeando.
- Sí… era muy grande. – contesté yo, intentando disimular mi incomodidad.
- Has tenido suerte de que Jacob me eligiera a mí. Si te la mete a ti, acostumbrada a la cosita de Marcos… te rompe en dos.
Intente que su risa no hiciera mella en mi rostro de póker, pero era difícil. No sólo me recriminaba la elección de Jacob. También el tamaño del miembro de mi novio. Y yo, masajeando sus pies de rodillas.
- A ver… no te preocupes. Marcos es un chico muy guapo. Y tiene un cuerpazo. Si hasta le queda bien nuestra ropa interior.
- Sí… no se que le pasó. Normalmente no la tiene tan pequeña. – intenté defender a mí novio.
- ¿Sí? Es difícil de imaginar… aún así tu novio es un partidazo. No hace falta que tenga un pollón. Hay otras formas de divertirse con un hombre.
Mientras hablaba no dejaba de acariciarse la entrepierna sobre sus pantaloncitos. Me creo que estuviese irritada después de follar con aquel negrazo. Aunque comenzaba a ver aquel tocamiento como algo más, mientras hablaba de mi novio.
- Aunque el otro no estaba mal armado tampoco ¡eh! Que la he tenido en la mano y tela…
- Pues sí. Era preciosa. – no sé por qué dije eso.
- Sí, sí. Eso lo sé. Pero dime, ¿como se siente dentro?
- No lo sé. No llegó a penetrarme.
- ¿Nada? ¿Por ningún sitio? ¿Ni siquiera en la boca?
- No…
Debía sentirme orgullosa de no haber sido violada por aquel pervertido. Pero su forma de decirlo. Y esa sensación de frustración que arrastraba desde que me había tentado con su miembro sin llegar a consumar. Solo tenía que ladrar. Si solo hubiese ladrado…
- ¿Me estás diciendo que se te ha corrido en tu cara mientras yo le pajeaba, sin haberla probado ni un poquito?
Aquella polla no me había penetrado. Pero las palabras de Natalia me estaban apuñalando. Y yo seguía masajeando sus pies mientras ella se acariciaba, cada vez más sospechosamente. Ante mí falta de respuesta, continuó hablando.
- Joder nena pues tenía una pinta… de solo meneársela me dieron ganas de tragarla. Y eso que venía de follar con Jacob.
- Natalia… nos estaban violando. ¿Cómo puedes decir eso?
- ¡Alá! Que exagerada. Si es cierto que se puso la cosa tensa cuando tu novio intento hacerse el machito. Pero no me dirás qué no has disfrutado un poco.
- ¡Claro que no! Han abusado de nosotras. ¡No soy un trozo de carne! – contesté dejando salir mi lado más feminista.
- Ya, ya… pues a mí me parece que te pusiste cachonda como una perra. Que te estabas derritiendo cuando ese tío magreaba su polla por tu cuerpo. Y que por eso parabas de pajear a Marcos en mi cara. Para que fuese él quien se corriese en la tuya.
Podría haber negado todo aquello. Alegar que simplemente era su percepción de la historia. Incluso atacarla diciendo que yo no era una zorra salida como ella. Pero me sentía tan descubierta que estaba segura que mi rostro había perdido cualquier convicción de rebatir aquello. Como fuere, no pude contestar y ella continuó.
- No te preocupes. Es normal. Aquellos hombres son muy diferentes a lo que estás acostumbrada. Marcos te trata como su princesita que necesita cuidados y mimos. Y eso está muy bien para ver una peli en el sofá. Pero a la hora de abrirte de piernas necesitas un hombre que te ponga en tu lugar. No te sientas mal. A mi me pasa lo mismo.
Ahora se tocaba sin ningún disimulo. Estaba reconociendo que le había gustado que esos hombres nos utilizaran como objetos sexuales. No sólo eso, estaba afirmando que a mí me había gustado. Era una conversación tan irreal. Casi tanto como que se estuviera tocando en mi cara, mientras yo le hacía un masaje postrada en el suelo de su habitación.
- Venga no seas mojigata conmigo. He visto como abrías la boca cuando ese tío se te iba a correr. Delante de tu novio, dejándole desesperado por correrse en mi cara. A mi no me vas a engañar. Yo también soy una mujer y sé cuándo una está cachonda.
- Como tú ahora ¿No? – contrataqué, molesta por su actitud de superioridad.
- Pues sí. Para que te voy a engañar. Y eso que me he corrido dos veces con el rabo de Jacob reventando mi chochito. – contestó, si disimular sus frotamientos.
- Ya veo… pensé que te dolía. Pero no paras de tocarte. – le dije, descubriendo que me estaba dando cuenta de todo.
- ¡Joo, Sophie! No se qué me pasa, pero necesito desahogarme. ¿ No te molesta verdad?
- No, no. Haz lo que quieras. Estás en tu casa… - le dije yo, resignada.
No tenía claro cómo me sentía. Por un lado, era una situación muy incómoda. Que mi compañera de trabajo se masturbase descaradamente en mi cara, conmigo masajeando sus pies. Por otro, si ella estaba excitada después de haber tenido dos orgasmos. Yo, después de haber sido tentada por aquel hombre tantas veces, sin llegar si quiera a tocar su miembro… no quería reconocerlo, pero podía notar como mi descubierta rajita volvía a estar húmeda.
- ¡Mmm, que rico! Lo bueno de todo esto es que nos ha hecho íntimas. ¿ A que no pensabas cuando salimos de trabajar que acabaríamos en una orgía? Bueno yo, porque tú por lo visto te has quedado a dos velas.
No contesté. Mi mente estaba demasiado ocupada en controlar mi propia excitación. ¿Por qué me excitaba ver a mi compañera masturbarse? Si no soy lesbiana. No me atraen las mujeres. Y aunque lo fuese. Ella no hacía más que ridiculizarme con sus palabras. Me sentía un ser inferior a aquella morenaza que se masturbaba cómodamente en su cama. Y yo, frustrada y excitada, continuaba acariciando sus pies.
- Nunca me había tocado mientras me dan un masaje. Es súper gustoso. Deberías probarlo algún día. ¡ Venga, sigue con mis piernas que han sufrido mucho hoy!
No había terminado de asimilar lo que me pedía, cuando ya estaba masajeando sus gemelos. Para ello abandoné en duro suelo y subí a la cama. Era mucho más cómodo para mis doloridas rodillas. Pero ahora estaba aún más cerca de ella mientras se tocaba.
- En los muslos. Están muy tensos de saltar sobre Jacob en aquel banco.
Nuevamente, obedecí. Arrodillada sobre la cama, llevé mis manos a sus muslos y comencé a masajear con intensidad. Mis manos estaban muy cerca de su coñito que, aunque cubierto, se marcaba obscenamente debido a su manoseo.
- Lo haces genial Sophie. Es súper morboso tenerte así masajeando mis muslos mientras me doy placer. ¿ No te parece? – dijo ella, usando de nuevo el nombre que usó él.
- Sí… tiene su morbo. – confesé, sin saber la razón.
- Dime la verdad. Me tienes envidia ahora mismo. Yo aquí disfrutando de tus caricias y de las mías. Te encantaría tocarte ¿verdad? Y no se te ocurra ponerte mojigata. Se sincera.
- Sí… si estuviera sola, en mi casa, me tocaría. – confesé.
- ¿Y qué cambia que estés conmigo? Yo lo estoy haciendo y es súper placentero.
- No puedo tocarme delante de ti. Es algo muy íntimo.
- Claro… pero frotarte con mi culo mientras me magreas las tetas, si puedes ¿No?
Lo que tanto temía estaba sucediendo. Mis actos en aquel parque no habían pasado desapercibidos. Me moría de vergüenza. Deseaba meterme bajo las sábanas y aparecer en mi casa. ¿ Como había podido hacer eso con mi compañera de trabajo? Esos cerdos me habían trastornado. Era su culpa. La de aquellos asquerosos misóginos que nos habían tratado como unos objetos sexuales.
- No se qué me pasó Natalia… lo siento mucho. No debí hacerlo. Me muero de vergüenza. – solloce a mi amiga.
- No seas tonta Sophie. Es normal. Esos hombres sacaron la putita que llevas dentro. Y sinceramente, menos mal. Estaba cansada de que fueses tan estrecha.
- ¿No estás enfadada entonces? – pregunté, aliviada a pesar de llamarme putita y estrecha.
- Claro que no tonta. Tienes que dejarte llevar más. Y yo te voy a ayudar. Empieza a tocarte.
Debía estar de broma. Como iba a masturbarme delante suya. Y con ella haciéndolo también. Esto cada vez parecía más una película lésbica. Y a mí no me atraían las mujeres.
- Vamos Sophie. Ya sabemos que te pone cachonda obedecer. Se una zorrita obediente y dormirás como un bebé.
- Natalia… por favor… no puedo hacer eso. Te pido perdón por lo que te hice en el parque. De verdad. Pero no puedo hacer lo que me pides. Tú tócate tranquila y yo te sigo dando el masaje. No pasa nada
- No te lo estoy pidiendo. Te lo estoy ordenando. Sé que te pone más. Y también sé lo que te pone mucho. Para que veas que generosa soy.
Dicho esto, Natalia levantó la camiseta de su pijama dejando sus pechos al descubierto por undécima vez esa noche. Debía estar más que aburrida de ver esos senos perfectos. Además, que no eran más que unas tetas de mujer. Cosa que a mí no me excitaba. Pero quizás fuera la situación. La tensión sexual acumulada de aquella noche. No sabría decir la razón, pero mi mirada se perdió en aquellos dos globos de carne.
- Venga, empieza a tocarte mirándome las tetas. Ya verás como luego me lo agradecerás.
Y obedecí. Dejando de masajear sus muslos, mis manos fueron directas a mis aireados labios inferiores. Estaba empapada. Y lo peor. A la vista de mi amiga. Había intentado convencerla de que no quería. Pero ella podía ver cómo me estaba derritiendo entre mis piernas. Mi vergüenza aumentó, si eso era posible. Y me gustaba. Era delicioso darme placer por fin.
- Buena zorrita. ¿Ves cómo te va mejor cuando obedeces? Eres igual que tú novio. Ambas sois unas zorritas sumisas.
- Pero… tú… también has sido… sumisa... – dije yo, hablando costosamente por mis jadeos.
- ¡Sí! Con dominantes como ellos. Pero con putitas como tú y como tu novio… con vosotras me pone ser quien manda.
- Pero… pero… eso ¿ Se puede? ¿Te puede gustar las dos cosas? – pregunté, llena de curiosidad y desinhibida por la excitación.
- Claro. Es posible. Depende de la persona. Y de lo que te haga sentir el otro. Dime, ese hombre, ¿te hacía sentir sumisa?
- Sí. – confesé sin titubear con mi dedito en mi clítoris.
- ¿Y yo? ¿Te hago sentir una perrita obediente? ¿Te pone cachonda lavarme los pies o darme masajes?
- Natalia…por favor… no me hagas esto. Eres mi compañera de trabajo. Mi amiga. Me estoy tocando… como tú querías… ¿No te vale con eso? – prácticamente supliqué entre jadeos.
- Que sosa eres Sofía. De verdad. Si está claro que te has mojado nada más arrodillarte a mis pies. Te aconsejo que dejes esa moralidad tan inútil a un lado y disfrutes. Ahora pásame a mi amigo que está en la mesilla.
Seguramente fuera por lo excitada que estaba en ese instante. En otro momento ni me lo plantearía. Pero ahora sus palabras parecían llevar razón. Con mi orgasmo cercano, casi podía reconocer que había disfrutado de todas las vejaciones que había pasado aquella noche. Incluso, sin entenderlo, diría que me había excitado con mi amiga. Todo esto era duro de reconocer. Pero más lo fue dejar de tocarme para buscar lo que Natalia me había pedido.
Frustrada abrí el cajón de su mesilla y rápidamente supe a que se refería con “su amigo”. Un vibrador de un tamaño considerable. No era el típico imitando a un pene. Era más como un cilindro ligeramente curvado y liso. De un bonito color turquesa, casi a juego con su pijama. En otro momento me hubiera dado reparo tocar el consolador de otra, pero después de todo lo vivido, no lo dude.
Le entregué a “su amigo” y sin dilación lo llevo a su entrepierna. Aún por encima de la fina tela, encendió el artilugio y sus jadeos se dispararon. Yo me mantuve arrodillada a su lado. Sin atreverme a volver a masturbarme. No sabría decir si por vergüenza o por falta de una indicación de ella para que continuase.
Mi calentón no había disminuido ni un ápice. Y eso que estaba decepcionada al ver que solo usaba el vibrador para estimular su clítoris. En mi trastornada mente había imaginado como Natalia se penetraba con él, bien abierta de piernas, dejando a la vista como le había dejado Jacob su cueva. Y ni siquiera se había bajado los pantalones.
- Que bien lo hace mi amigo. Es increíble. Supongo que tú también tendrás juguetes ¿No?
- No… nunca me han llamado la atención. – contesté, sin dejar de mirar su cacharro.
- ¿De verdad? Eres más monja de lo que pensaba. Normal que Marcos se ponga cachondo al verme. Pues no sabes lo que te pierdes.
Entre el calentón frustrado que tenía. Y escuchar de su boca que mi novio se ponía cachondo con ella, quería matarla. Debí soltarle un bofetón que le hiciera saltar el vibrador por los aires. Pero mi coño mandaba más que mi cerebro. Y no dejaba de pensar si aquel aparato proporcionaría tanto placer como parecía.
- La verdad es que Marcos está muy bueno. A mi me pone. Incluso con su pollita, tiene su punto. Verle con mi tanga me ha puesto muy caliente. ¡Uff! Como funciona mi amigo. ¿Quieres probarlo?
Aquella invitación hizo que dejase a un lado el hecho de que reconociera que se excitaba con mi novio travestido y picha corta. En ese momento me daba igual Marcos, que estaría durmiendo en el sofá. Sólo pensaba en cómo disfrutaba Natalia de aquel juguete. Y como se sentiría sobre mi botoncito.
- No sé… es algo muy íntimo… - contesté, con vergüenza de reconocer que me fascinaba.
- ¿Más íntimo que hacer que un hombre se te corra en la cara? Venga no seas tonta.
Dicho eso, Natalia apartó de ella el vibrador y lo llevó directamente a mi entrepierna. Ni siquiera me di cuenta que tenía el coño completamente al aire hasta que sentí las vibraciones. Los primero segundos fueron extraños. Ella lo fue acomodando hasta que encontró el punto donde comencé a sentir un placer diferente al que estaba acostumbrada.
Era cierto que nunca había tenido juguetes. Me daba curiosidad, pero la vergüenza me podía. Supongo que si hubiera estado soltera sería distinto. Lo máximo que había hecho era probar el modo vibrador del móvil, pero fue una tremenda decepción.
No como aquello. Notaba como mi agujero no dejaba de lubricar como si se preparase para alojar la polla de Jacob. Quise controlarme, pero no pude. Comencé a jadear cada vez más fuerte. Hasta que los jadeos pasaron a gemidos de placer.
Natalia comenzó a moverlo suavemente. Recorriendo mi clítoris con diferente intensidad según lo movía. Unas veces parecía que me iba a correr en el instante. Otras, sentía una vibración placentera pero frustrante por no ser suficiente para hacerme llegar.
Entonces lo apartó y volvió a jugar con ella misma. Dejándome completamente desesperada por más.
- Te gusta eh. A mí también. ¿Quieres más?
- Sí. Por favor. Es increíble. – confesé fuera de mí.
- Te gusta frotarte ¿No? Pues venga. Frótate con mi pierna como la perrita que eres.
¿ Por qué me hacía eso? Tenía un vibrador en sus manos. Eso era lo que quería. Qué necesidad de humillarme de esa manera.
- ¿Como voy a hacer eso? Natalia… por favor.
- Antes te has frotado con mi culo sin permiso. Ahora quiero que lo hagas con mi pierna mientras yo disfruto viéndote y me corro con mi juguete.
Era demasiado. Sólo quería venganza. Usar mi desesperación sexual para humillarme. ¿ Como le podía gustar hacerme eso? Y lo más preocupante. ¿ Porque me excitaba a mí que lo hiciese?
A horcajadas sobre su pierna izquierda apoyé mi coño en su rodilla. Noté rápidamente como manchaba su piel con mis flujos. Comencé a sentir ligeramente la vibración que ella se proporcionaba en su clítoris. Poco a poco fui fundiendo aquella vibración con leves movimientos de pelvis.
Cuando me quise dar cuenta, estaba frotándome sintiendo un gran placer. Como ella quería, me tenía allí como una perra en celo desesperada. Mientras ella tumbada cómodamente jugaba con su vibrador.
- Ves como eres una perra salida. Han tenido que venir dos desconocidos para enseñarte a disfrutar de tu cuerpo.
- Sí…- jadeaba yo.
- Deberías estar agradecida a esos hombres por descubrirte como debe ser tratada una mujer.
- Sí… lo estoy… me encanta… me gusta que me usen los hombres. – dije, tirando por tierra todos mis principios feministas.
- A partir de hoy serás una chupa pollas obediente.
- Lo seré. Una chupa pollas. Deseo una buena polla en mi boca. – grite, abriendo mi boca bien grande.
En ese momento Natalia apagó el vibrador y lo llevo a mi boca abierta. Comencé a mamar aquel trozo de plástico mientras me frotaba sobre su pierna como una perra desesperada. No me importó que acabase de estar en su coño. Al contrario. Me concentre en saborear el plástico en busca de ese sabor de mujer. Hasta que me sacó a su amigo de la boca. Yo la mantuve bien abierta, esperando que algún momento quisiera que volviese a mamar como la chupa pollas que me sentía.
- ¿Te gusta como sabe mi chochito?- me preguntó, volviendo a masturbarse con su juguete bien ensalivado por mí.
- ¡Sí! Mucho. Esta riquísimo.
- Eres una chupa pollas y una come coños.
- ¡Síiiii! Lo soy. Quiero serlo. Quiero comerte el coño
No sé porque lo dije. No soy lesbiana. No me gustan las mujeres. Me gustan los hombres. Me gusta mi novio. ¿No?
- Ya lo sé zorra. Pero no te voy a dejar.
- ¿ Por qué? Por favor… déjame comerte el coño… te lo suplico. Seré tu perrita siempre. Haré todo lo que quieras. Cuando quieras. En el trabajo. Por favor…- supliqué descontrolada.
- Eso ya lo sé. Ya lo eres. Y lo harás. Pero no hoy. Cuando yo quiera, tú te arrodillaras y me comerás el coño. En cualquier momento y sin importar donde o quien esté delante. ¿Entendido?
- ¡Sí! ¡Sí! Lo haré. Lo deseo. Cuando quieras. Delante de quien quieras. Soy tuya. Tu perra.
- Buena chica. Mereces un premio. ¿Quieres correrte con mi juguete?
- ¡Dios, sí! ¡Gracias! ¡Gracias!- grite yo eufórica.
- Pues ven. Túmbate y ábrete de piernas para mí.
Era lo último que esperaba escuchar de mi compañera de trabajo antes de entrar en aquel parque. Y más increíble fue todavía que lo hice. Había estado toda la noche dejando escapar el placer por no obedecer. No volvería a hacerlo.
Natalia se apartó un poco y yo me tumbé como me había pedido. Abrí mis piernas todo lo que pude, quedando completamente expuesta. Pero no hacía nada.
Estaba desesperada. La necesitaba. Deseaba que me hiciera disfrutar como ella quisiera. Miré suplicante a mi amiga. Vi lujuria en sus ojos. No sabía que esperaba de mi. Pero mi cuerpo me pedía entregarme a ella. Levante la camiseta completamente hasta que quedó enrollada por encima de mis pechos. Completamente desnuda para ella, no pude más.
- Por favor. Hazme lo que quieras. Soy tuya. Te obedeceré. Por favor...
Entonces ella puso el vibrador sobre mi coño. Yo comencé a gemir como una puta. Natalia se tumbó encima de mí. Acomodó su rajita sobre el mismo palo de plástico que me estaba volviendo loca. Notaba su calor en mis labios. Y ella tenía que notar el mío en los suyos.
Comenzó a moverse. Ella se frotaba. No, era más que eso. Era como si me follase. Ella encima de mi, conmigo con las piernas abiertas. Un plástico enterrado entre nuestros labios encharcados. Sus movimientos de cadera. No pude más. Fue imposible. Iba a gritar. Me iba a correr.
En ese momento Natalia puso sus enormes tetas en mi cara. Quedé aplastada por sus senos. Quería más. Quería sentir como me ahogaba. Mientras sentía mi orgasmo llegar, agarré sus pechos con mis manos y los aplasté bien fuerte contra mi cara. No había aire. Sólo calor y humedad. Y mis gritos aplacados en aquellos dos melones.
Comencé a convulsionar. Sentía como no controlaba mi cuerpo. Mi coño empezó a emanar un líquido caliente. Entonces parecía que ella se contagiaba de aquella extraña enfermedad. Su cuerpo sufría espasmos. En mi coño sentía correr agua caliente proveniente del suyo. Me quedaba sin aire. Me sentía sucia. Pero estaba en paz.
No sé cuánto tiempo duró aquel increíble orgasmo a dúo. Sólo se que cuando acabó no podía moverme. Mis piernas no me obedecían. Notaba un charco bajo mi culo. Habíamos manchado sus sábanas.
Natalia retiró el vibrador de nuestros coños aún unidos. Luego paso su mano por ambos, haciéndome temblar con una sensación de placer e incomodidad. Llevo su mano a mí boca y metió tres dedos bruscamente. Yo chupe el néctar de nuestros sexos. Era salado. Muy salado.
Después me besó, compartiendo ese sabor. Nuestras lenguas jugaron un rato hasta que ella decidió que era suficiente.
Mis párpados pesaban una tonelada. Estaba reventada. Mi vista era borrosa. Tenía mucho sueño. No pude más y me quedé dormida tal y como estaba.
En sueños escuché a Natalia decirme:
- Ahora voy a que tú novio me coma el coño.
Muchas gracias por todos los mensajes de apoyo. Es muy importante saber que hay gente que le gusta la historia y mi anima a continuar. Siempre será bien recibida cualquier opinión, critica o comentario.
Continúa en
- Relato #190671— title-regex: contiguous parts (5 -> 6)
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