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Dominaciónago 2022

Políticamente incorrecto 7

Sophie creyó haber superado el trauma de aquella noche en el parque, pero el destino la enfrenta de nuevo con su verdugo. Ahora, detrás del mostrador de su tienda, no es ella quien vende, sino quien es vendida. Entre la mirada de una clienta y el silencio forzado, Sophie descubre que su cuerpo ha olvidado la vergüenza y solo recuerda la obediencia.

Wilmorgan8.2K vistas9.8· 9 votos
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Había tenido un sueño muy extraño. Un sueño húmedo y lésbico. Lo último que recordaba eran los pechos de Natalia en mi cara. Abrí los ojos y no podía ser, como almohada tenía una de sus tetas. Y en mi mano, la otra.

- Buenos días Sofi. ¿Has dormido bien?

- Sí, creo que sí. – dije soltando su pecho asustada.

- ¿Y tú? – pregunté, apartando mi cara de su otro seno.

- ¡Muy bien! He dormido como un bebé. Y siempre es bonito que te despierten amasando una teta. – me dijo ella.

Completamente ruborizada miré hacia abajo por evitar el contacto visual y me encontré desnuda. Mi camiseta se había subido por la noche y dejaba al descubierto todo de ombligo a pies. Llevé las manos a mis pechos y lo mismo. Tenía la camiseta enrollada por encima de ellos. ¿Cuántas vueltas había dado en la cama para acabar así? Intenté recomponerme nerviosa mientras Natalia se reía de mi reacción.

- Pero tonta, que estamos entre amigas. ¿Me has visto molesta porque me babeases el pijama? – dijo enseñándome la zona de su pecho donde había despertado.

Mi mente estaba confusa. No sabía si mi rollo lésbico con Natalia había sido un sueño o no. Era imposible que yo hiciera lo que creía recordar. Tuvo que ser una pesadilla por lo vivido en el parque. Ojalá eso también fuera solo un sueño.

Cuando salimos de la habitación Marcos seguía dormido en el sofá. Aún tenía el tanga de Natalia e incluso mi sujetador puesto. Mi pobre novio estaba patético vestido de mujer y con una erección matutina.

Natalia no daba señales de haber tenido una noche de sexo loco conmigo. Eso me tenía muy confusa. Por lo demás no hubo nada reseñable. Excepto el delicioso zumo de piña con tostadas que desayunamos. La verdad es que estaba buenísimo. Tanto que hasta mi novio tomó un poco por insistencia de Natalia. Ella nos dejó algo de ropa y pudimos volver a nuestra casa.

Pasaron los días y aquello se convirtió en un tema tabú entre Marcos y yo. Era difícil de hablar de una situación donde dos hombres abusan sexualmente de ti y tu amiga. Y obligan a tu novio a ser testigo y víctima de tantas humillaciones. Además, estaba la parte que más me avergonzaba, el hecho de como mi cuerpo había reaccionado a aquello.

Por otro lado, mi relación con Natalia en el trabajo seguía igual. Nada me hacía sospechar que aquel incidente lésbico ocurrió más haya de en mi pervertida imaginación. Incluso podría decir que estábamos más unidas. Como si lo vivido en aquel parque nos hubiera hecho amigas íntimas. Con ella podía hablar de eso y poco a poco de cualquier cosa. Comenzamos a forjar una amistad muy grande en los días posteriores al incidente. Pero sin ningún comentario sobre sexo entre nosotras.

Eso no quitaba que hablásemos de sexo en general. Era como si después de haber sido víctimas de aquella orgía, aquello fuera un tema recurrente. Y en eso estábamos mientras doblaba pantalones en el trabajo.

- ¿Entonces dices que no has vuelto a hacer nada con Marcos desde aquella noche? – me preguntó Natalia.

- Sí tía. Es muy raro. Por un lado, me apetece. Pero no sé cómo entrarle después de aquello. Además… no sé.

- Además ¿qué? Venga cuéntame nena. Te vendrá bien hablarlo. No puedes estar sin echar un polvete.

- Pues no. No sé qué me pasa, pero estoy muy excitada últimamente. Supongo que será la falta de sexo con Marcos. – comencé a confesarme.

- ¿Y entonces por qué no lo hacéis? Si Marquitos esta muy bueno. No será porque has comparado el mercado y se te hace pequeña ¿No? – me dijo riendo, mientras hacía un gesto con dos dedos.

- Noooo. Tía… No es eso. Bueno no sé. No sólo eso, más bien. Estoy hecha un lío.

- Bueno es normal. Después de estar con dos hombres como aquellos y ver a tu novio feminizado… es normal que te cueste. No seas tonta y haz lo que te apetezca. Seguro que Marcos está desesperadito. Debe estar todo el día machacándose su cosita. – me decía ella sin pudor alguno.

- No lo sé… puede… No lo había pensado. Pero yo no paro de tocarme.

- ¡Uy mi niña salidilla! Así que estáis los dos como monos y no os tocáis. ¿Como eres tan tonta? Qué más quisiera yo tener a un tío cómo Marcos en casa…

- ¡Pero qué dices! Si no haces más que decir que es un picha corta.

- Que tenga la cosita pequeñita no quita que se puedan hacer muchas cosas con él. Yo le dejaba seco, si no lo está ya de hacerse pajas. Yo que tú le controlaba que no se tocase. Así le tendrías desesperado por complacerte.

- ¡Pero qué dices! ¿Como voy a evitar que se masturbe? Si lo hace, será cuando no estoy en casa. Además, yo lo hago también. Tienes unas cosas… - le dije, un poco ruborizada.

- Se lo prohíbes. Así de fácil. No viste que manso y obediente estuvo aquella noche. Te aseguro que si te pones dominante con él, te obedecerá y le tendrás comiendo de la palma de tu mano. O de dónde tú quieras. – me decía guiñando un ojo.

- Estás muy mal de la cabeza Nati… tienes unas ideas muy pervertidas.

- Oye que la que está salida como el pico de una mesa eres tú. Seguro que te estás poniendo cachonda de solo pensarlo.

Esto no iba a reconocerlo delante de ella, pero tenía razón. No sé si sería por imaginar a mí novio desesperado por masturbarse y a mi diciéndole que no. O simplemente por estar hablando del tema. Pero notaba como me humedecía.

Desde aquella noche del parque mi libido estaba descontrolado. Me pasaba el día excitada con una mezcla de rencor, ira y hasta asco a mí misma por sentir aquello. Me tocaba tres, cuatro o cinco veces si tenía ocasión en el mismo día. Mi maldito cuerpo seguía sin entender que aquello no me gustó. Que estuvo mal. Malditas hormonas…

- Tú haz caso de lo que digo. Soy una experta haciendo que los hombres caigan a mis pies. – me dijo ella, haciendo una pose chulesca.

- Pues la otra noche te vi bien mansa y sumisa a ti con Jacob y su amigo. – le dije para hacerle rabiar.

- Eso es diferente. No son el mismo tipo de hombre. Y tú lo sabes bien golfilla. Lo que pasa es que echas de menos a ese morenazo que te dejó con las ganas. Por eso no haces nada con Marcos. Tu chichi solo quiere su pichurra. – decía, riendo a carcajadas.

- Estas fatal Natalia. A ver si echas un polvo pronto y se te pasa esa calentura que tienes.

- Pues mira, justo te iba a pedir un favor.

Natalia me dijo que había quedado por la tarde con un hombre. Y me pidió el favor de quedarme yo sola en la tienda un par de horas hasta el cierre. Por supuesto le dije que sí. No era una gran molestia y me gustaba complacerla. Nos habíamos vuelto muy amigas.

Llegada la hora, Natalia se cambió de ropa por un vestido de gasa blanco roto, muy cortito y con un escote que hacía honor a sus pechos. Perfiló aún más sus labios y con unas sandalias de tacón, exagerado para mi gusto, estaba imponente.

- Bueno nena deséame suerte. – dijo ella mirándose en el espejo del probador.

- Con ese vestido no creo que te haga falta. – le contesté.

- Muchas gracias por hacerme este favor. No podía dejar escapar está oportunidad.

- Nada tonta. Si seguro que no entra casi nadie en la tienda. Ya me contarás qué tal con tu chico misterioso.

Nos dimos dos besos y un abrazo y salió de la tienda casi dando saltitos. Sentía envidia de ella. Esa ilusión que desprendía por quedar con un hombre. Saber prácticamente seguro que echaría un polvo. Que dentro de un rato tendría una polla en su coñito. O estaría haciendo una mamada muy ensalivada a una rica verga. ¡Madre mía cómo estaba! Necesitaba desahogarme pronto o iba a acabar follando con los maniquíes.

La tarde fue tranquila como sospechaba. Sólo habían entrado un par de señoras y se estaba haciendo muy aburrida sin Natalia. Con tanto tiempo libre no hacía más que pensar en porque estaba tan excitada últimamente. En lo que me había dicho Natalia de Marcos. Y aunque lo odiase, no paraba de pensar en aquel hombre moreno que se corrió en mi cara.

Entraron dos chicas jóvenes. No creo que llevasen dinero para comprar nada, por lo que no podía quitarles el ojo de encima por sí venían a llevarse algo regalado.

La tienda no era muy grande, pero ellas no paraban de dar vueltas cogiendo prendas y soltándolas en cualquier sitio. Entre colocar y seguirlas no me di cuenta cuando entro ese hombre.

Él se encontraba de espalda a mí, mirando unos conjuntos de lencería. Pero yo solo me fijé en su culo enfundado en unos vaqueros grises. ¡ Que bueno estaba! Seguí con mi tarea de perseguir a las chicas mirando a cada rato a ese maromo de espalda ancha y hombros fuertes.

Estaba deseando que se fueran las tías para ir a hablar con ese tío. No comprendía lo que me pasaba, pero mi libido se había disparado. Natalia tenía razón, debía echarle un polvo a Marcos hoy mismo. Pero ahora mi novio no entraba en mis fantasías. Sólo pensaba en agarrar ese culito prieto y que él agarrase el mío. No me reconocía.

Por fin las chicas salieron, sin comprar nada como predije. Respiré hondo e intenté relajarme antes de hablar con él. Aún no había podido verle de frente, lo mismo era muy feo y se me bajaba todo el calentón de golpe. Me acerqué a él e intentando sonar lo más profesional posible y le dije:

- Buenas tardes caballero. ¿Puedo ayudarle en algo?

- La verdad es que sí. Te necesito para algo. – dijo él, dándose la vuelta con un conjunto de lencería.

Casi me caigo de culo al verle. Era él. No era posible. ¿Cómo sabía que trabajaba allí? Era una ciudad grande. Era imposible que fuese casualidad. Mi cuerpo temblaba. No podía ni hablar.

- Verás, Sophie. Quiero comprar este conjunto tan sexy. Pero no estoy seguro si es la talla.

Estaba en shock. El hombre que había abusado de mí estaba en mi tienda. Y estaba sola. Él comenzó a andar hacia a mí. No hice nada. Me quedé quieta con la mirada en el suelo. Los segundos pasaron, esperaba su contacto, que me tocase. Pero no.

- Este también es bonito ¿No crees? No, no. Mejor este. Me ha gustado desde el principio. – decía él, mirando otro conjunto tras de mí.

- ¿Qué… qué… haces… aquí? – alcancé a decir.

- Ya te lo he dicho. Necesito comprar un conjunto sexy. Y este me ha gustado. Tú trabajas aquí ¿No? Seguro que puedes ayudarme.

No me creía nada de lo que decía. Lo mejor que podía hacer era seguirle la corriente y esperar que llegase alguien.

- Son 99,90 €. – le dije.

- Vaya que caro por un tanga y un sujetador. Pero bueno la ocasión lo merece.

- Pues… pues… vamos a la caja y te cobro.

- Es qué no estoy seguro de que le quede bien. Creo que sé bien sus medidas. Pero no quiero fallar. – dijo él, levantando el conjunto por la percha y observándolo.

- No pasa nada. Que se lo pruebe y si no le queda bien, que venga y yo se lo cambio.

- Me parece una idea estupenda. Muchas gracias Sophie. ¡Eres genial!

Sorprendida por su respuesta tardé en reaccionar. No me creía que de verdad sólo quisiera comprar un conjunto. Con paso lento, fui hacia el mostrador de caja para cobrarle. Detrás del mostrador me sentía un poco más a salvo. Y él no hacía nada, solo me sonreía. Me dio el conjunto y yo lo pasé por el lector.

Comencé a pensar que podía ser cierto. Que solo quería un regalo para alguna chica. ¿Quién sería? ¿Sería su novia? ¿Tal vez su mujer? Comencé a guardar el bonito conjunto blanco de encaje en su cajita. Era de buena marca. Y era precioso. Seguro que esa chica alucinaría con el regalo. Miré la talla, tenía buen cuerpo y buenos pechos. Seguro que estaría preciosa con él. Y tan contenta que se lo comería a besos. Echarían un polvo brutal con su increíble polla. ¿Por qué estaba celosa?

- Son 99,90.

Me dio dos billetes de 50. Busqué los 10 céntimos que sobraban y mis dedos no eran capaz de agarrar ninguna moneda. Cuando lo hice cayó al suelo rodando por toda la tienda. Fui a salir a por ellos, pero me dijo que lo dejase ahí. Me quedé quieta. Seguía pensando en esa mujer que esa noche tendría un bonito regalo de aquel hombre. No podía entenderlo.

- ¿Puedes envolverlo para regalo? Seguro que le hace ilusión abrirlo.

- Sí claro. – fue mi incómoda respuesta.

Sentía celos de aquella mujer desconocida. No sólo tenía que venderle el conjunto con el que seria follada por él. También tenía que envolverlo para regalo. Me sentía casi como una mamporrera guiando su polla hasta su chochito húmedo y caliente. ¿Por qué pensaba en eso ahora?

Con mucha dificultad por mis nervios, conseguí envolverlo como pude. Un pequeño lazo rosa como decoración. Y dos pegatinas: “te quiero” y “espero que te guste”. Elegí la segunda. Guardé el regalo en una bolsa y se lo entregué, molesta y comida por los celos.

- Muchas gracias Sophie. Eres una gran trabajadora. Recomendaré esta tienda a mis amigos. – dijo repitiendo de nuevo ese nombre que me ponía tan nerviosa.

- Gracias. ¿Quiere algo más? – le dije con despotismo, como a un cliente cualquiera.

- Sí. Toma. Es para ti. Espero que te guste. – dijo sacando el regalo de la bolsa y leyendo la pegatina.

Me había vacilado como a una estúpida. Y lo peor que yo había caído en su juego mostrándole mis celos por una mujer ficticia. Espera, ¿ Me había hecho un regalo? Un conjunto de lencería carísimo. Carísimo y precioso. Con él en mis manos me quedé mirándolo.

- Venga, ábrelo. Quiero saber si te gusta. – me dijo con una sonrisa.

Tontamente comencé a abrir el paquete que acababa de envolver. Abrí la caja y vi el sujetador sobre el tanga perfectamente colocado, como yo misma lo había dejado. Me parecía más bonito ahora.

- Es muy bonito. Me gusta mucho. – le dije tímidamente.

- ¿De verdad? No pareces muy emocionada. Que si no te gusta me ha dicho la dependienta que se puede cambiar. – contestó haciéndose el gracioso.

- Sí, sí. Me encanta. Muchas gracias. – le dije tímida pero realmente agradecida.

- Perfecto. Pues póntelo. Por si no te vale y ahí que cambiarlo.

No sé cómo no había visto venir la jugada. Me quedé con él en mis manos. Era precioso. Quería ponérmelo. Era ese tipo de prendas que nunca me compraría yo misma. Demasiado caro para una ropa interior. Pero en ese instante me parecía que me volvería cenicienta después de ser tocada por la varita de su hada madrina.

- Vale. Voy al probador. – anuncié, sabiendo que iría tras de mí a ver cómo me quedaba.

Caminé esperando sus pasos detrás mía, pero no ocurrió. Al llegar al probador me giré antes de entrar para verle. Seguía apoyado en el mostrador sonriéndome desde allí. Le devolví la sonrisa confusa. No entendía por qué no entraba conmigo tras la cortina para ver cómo me desnudaba. Y mucho menos entendía por qué me sentía decepcionada por eso.

Sola en el probador y con una cortina separándonos, comencé a desnudarme. Era extraño tenerle tan cerca de mí. Solos, sin nadie más. Sin Natalia ni mi novio que me hicieran la competencia. Y me estaba desvistiendo sola, sin que él me observase.

Dejé mi sujetador colgado en la percha con el resto de mi ropa. Bajé mi braguita poco a poco mirándome en el espejo. Me veía sexy desnudándome. Y él sin verme.

Completamente desnuda saqué mi regalo de la caja. Era precioso. Lo puse sobre mi cuerpo y me veía bien. Sensual y elegante. Esperaba que en cualquier momento la cortina se abriese y me encontrase así, desnuda para él. Pero no. Extrañamente estaba siendo políticamente correcto.

Me vestí con aquel conjunto. La talla era perfecta. Tanto el tanguita de encaje con el pubis semitransparente, como el sujetador a juego que se ajustaba perfecto, levantando mis pechos y dando la apariencia de una talla más. Viéndome así estaba en igualdad respecto a Natalia con sus pechos perfectos.

Después de un rato de deleitarme de mi misma, me entró la duda. Él no había entrado, ni siquiera sabía si se había acercado al probador. ¿Que debía hacer? ¿Llamarle? ¿Abrir la cortina para que viese su regalo? ¿O simplemente ponerme mi ropa y salir a dar las gracias?

- ¿Qué tal Sophie? ¿Es tu talla? – sonó su voz desde el otro lado de la cortina.

- Sí. Me está perfecto. Es muy bonito. Muchas gracias.

En ese momento escuché la puerta y unos pasos. Algún cliente había entrado. ¡Maldito inoportuno!

- Ha entrado una mujer. ¿Quieres que la atienda yo?

- No, no. Ya voy. – le dije nerviosa.

Comencé a quitarme mi precioso regalo odiando a esa señora inoportuna. Quería hacerlo rápido, antes de que se diera cuenta que no había nadie atendiendo en la tienda. Pero no pude evitar ponerme a colocar el conjunto perfectamente en su cajita. Ni si quiera me había vestido para hacerlo. Me miré en el espejo desnuda con la cajita en mis manos. Y como una niña tonta lo abrace contra mi pecho. ¿Qué me estaba pasando? Intenté volver en mí. Dejé la caja sobre el banquito y fui a vestirme rápido antes de que preguntasen por mí. En eso se abrió la cortina de golpe. Sus brazos me sacaron del probador en un segundo, para después entrar conmigo en el de al lado.

- He intentado controlarme, pero no podía más. – me dijo.

- ¡Estás loco! Me podrían haber visto. – dije, cerrando nerviosa la cortina de ese nuevo probador.

- Y hubiera sido lo más bonito que hubiera visto esa mujer en su vida.

Me quedé descolocada. ¿Me estaba tirando un piropo? ¿Como podía ser un sádico y cruel pervertido y un chico cariñoso y detallista a la vez? A ver Sofía, aclárate. Estás completamente desnuda con él. Tu ropa en el probador de al lado y una clienta en la tienda. ¿Te quieres centrar?

- Tráeme mi ropa. Tengo que salir. Hay una clienta.

- ¿Y perderme tu cara de vergüenza y excitación?

- No estoy excitada. Que tonterías dices.

- ¿Otra vez con eso Sophie? Tu cuerpo no tiene secretos para mí. – dijo mirando mis pechos.

Tenía los pezones erectos, pero era por el frío o el miedo de ser descubierta. O yo que sé. No estaba excitada. Estaba preocupada por mi trabajo. No por tenerle a él dentro del probador conmigo desnuda.

- Ya está bien la broma. Dame mi ropa. – le dije, tapándome como podía con mis brazos.

- ¡shhh! No hagas ruido que creo que está muy cerca. – me dijo susurrando a la vez que me silenciaba con su dedo en mis labios.

Mantuvo su dedo en mi boca sin sentido. ¿Por qué no lo quitaba? Ya me había callado. ¿Por qué yo no lo apartaba? ¿Por qué me apetecía chuparlo?

Escuchaba como la clienta andaba cerca de los probadores. Estaría mirando la ropa de esta zona. Tenía razón, si me escuchaba allí podría imaginar que la dependienta estaba en los probadores. Lo mejor era estar en silencio hasta que se alejase un poco.

Retiro su dedo de mis labios, pero lo fue descendiendo por mi cuello. Me estremecí con ese contacto por sorpresa. De mi cuello pasó recorriendo mi clavícula y de allí bajó por mi esternón, haciendo que mis brazos cayeran por si solos a cada lado de mi cuerpo. Su dedo cruzó libre entre mis pechos sin tocarlos.

Me estaba poniendo muy cachonda con un solo dedo y sin tocar ninguna parte erógena. ¿Qué coño me pasaba?

Bajó por mi canalillo, recogiendo una gota de sudor. Allí hacia mucho calor, no llegaba el aire acondicionado bien. No era por mi calentón.

Jugando con esa gota de sudor descendió mi canalillo y recorrió con su dedo el surco debajo de mis pechos. ¡Dios que vergüenza! ¡Allí estaba más sudada! Y cuánto más me tocaba más nerviosa me ponía.

Dibujó la circunferencia de mi pecho izquierdo con su dedo. Para luego continuar con el derecho. ¡Todo sin llegar a tocarme nada más! Mis pezones me dolían de lo duros que estaban. ¡Pero si estaba sudando como una cerda de calor! Nada tenía sentido.

Al terminar su circuito por mi pecho derecho, volvió a bajar por el canalillo hacia mi ombligo. Notaba el reguero de sudor que fue dejando por mi vientre. ¡Me quería morir!

Su dedo llego a mi pubis. Me tensé. Caí en la cuenta que entre mis piernas también estaba mojada. Y dudaba mucho que fuese de sudor. Su dedo continuaba su camino descendente. Y llegó. Directo, sin errar en su destino ni un milímetro. Entonces se detuvo allí. Justo en mi clítoris, que estaba ya increíblemente hinchado.

Comenzó a dibujar suaves círculos sobre él, casi sin moverlo, muy poquito. Me derretí. No pude controlarme. Llevaba en un estado de excitación permanente desde aquella noche. Y ahora tenía a ese hombre estimulando mi botoncito.

No pude evitar comenzar a jadear. Mis piernas flaqueaban según incrementaba sus movimientos. ¿Cómo lo hacía tan bien? Ni yo sabía darme tanto placer. Me iba a correr allí mismo en unos segundos. No podía controlarlo.

- ¿Hola? ¿Niña? – escuché a la clienta.

- ¡Shhh! No hagas ruido que te va a oír. – susurró, volviendo a poner su dedo en mis labios.

Ahora sí que me era difícil no abrir la boca y meterme su dedo para hacerle una felación de película. Y sin querer lo estaba haciendo. Mis labios se abrían con mis gemidos incontrolables. Su dedo cada vez entraba más en mi boca. Mis dientes se separaron dándole paso. Ya tocaba su piel con mi lengua.

- ¡Niña! ¿Dónde estás? Que vergüenza de atención…

¡Puta vieja! Una no se puede ni correr tranquila.

- Tengo que salir. – susurré entre jadeos.

- No puedes. Estás desnuda y cachonda. – me dijo al oído mientras seguía masturbándome.

¡Dios estaba a puntito! Pero la maldita vieja no paraba de llamarme.

- ¿Hay alguien? ¿Cómo dejan la tienda abierta sin nadie? Luego se quejan de que hay robos. – decía la clienta.

- Por favor… me van a despedir…

- Esta bien. Yo me encargo. – dijo él, apartando su dedo mágico de mi botoncillo.

- Pero tú sigue. No pares o lo sabré. Y abriré la cortina para que te vea la señora.

Espió fuera corriendo un poco la cortinilla y volvió a mirarme para ver cómo cumplía su orden.

- Y no te corras tú sola. Prohibido. – dijo saliendo rápidamente del probador.

Allí me quedé, desnuda y tocándome sola en aquel probador. Con un calentón monumental y sin poder correrme.

Escuchaba como él hablaba con la mujer. Se estaba haciendo pasar por un trabajador de la tienda. Después dejé de entender lo que decían. Supongo que se alejaron de los probadores. O estaba tan excitada que solo escuchaba mis jadeos.

¿Por qué seguía tocándome? Era una tortura. Tenía que hacerlo súper despacio para no correrme. Estaba a punto y cada vez tenía que ir más lento para no hacerlo. ¿Y si me corría y ya? ¿Porque le obedecía? ¿Porque no salía gritando delante de la mujer que ese hombre me estaba violando?

Escuche sus voces más cerca. Me tapé la boca con mi mano libre para que no escuchase mis jadeos. Mi dedo seguía a un ritmo de tortuga acariciando mi coñito. No podía ir más lento, pero estaba a punto de llegar al orgasmo.

- Pruébese estos y ya me dice. Verá cómo le quedan genial con ese cuerpazo. – escuché que decía él.

- Que halagador eres. Pero me gustaría tu opinión. – decía la señora.

- Por supuesto. Pero quiero que me sorprenda. Pruébese todos y elija el mejor. Con el que se me caigan los pantalones al verla. – decía él.

- ¡Uy! Pues siendo así elegiré bien. – contestó la muy zorra.

¿Estaba ligando con otra mujer mientras me tenía masturbándome allí? Esto era el colmo de la humillación. Se acabó. Paro y no me tocó más. Pero me gustaba tanto… me gustaba ese placer de estar sufriendo por él… No me entendía ni yo.

De repente se abrió la cortina de nuevo. Me hizo un gesto para que no hiciese ruido. Y después para que saliera del probador. Lo hice, dando unos pasos sin dejar de tocarme.

Me hizo girar quedando frente a los probadores. Ella estaba donde yo había dejado mi ropa. Y había dejado un buen trozo de la cortina sin cerrar. Podía ver su espalda reflejada en el espejo.

Yo seguí tocándome muy despacio, mientras veía el reflejo de una mujer de unos 40 años. Se acababa de quitar los pantalones y estaba solo en ropa interior. Tenía buen cuerpo. Lucía un tanga negro, que le quedaba bastante bien en un culo grande pero bien puesto. ¿Qué hacía yo masturbándome mirando a esa señora?

Él se colocó a mi espalda. Podía notar de nuevo su paquete en mi culo a través de sus pantalones, como aquella noche. Llevó sus manos a mis pechos y comenzó a acariciarlos levemente, solo con las yemas de sus dedos.

- No está nada mal la mujer ¿Verdad? – me decía susurrándome al oído.

Mi piel se erizo al sentir su aliento en mi cuello. Me moría de ganas porque sus manos me agarrasen las tetas con fuerza. Pero era tan placentero sentir solo el roce de sus dedos...

La mujer se puso un vestido. Se dio la vuelta y temí que me viese. Pero no. El espejo no me reflejaba a mí que quedaba tras la cortina. Vi como ajustaba sus pechos al escote del vestido. Después volvió a quitárselo. Ahora la vi de frente. Tenía unas buenas tetas. Algo caídas, pero nada para el tamaño de sus senos y la edad de la mujer. ¿Por qué estaba a punto de correrme mirando las tetas de esa señora? No lo sé. Pero no podía más. Deseaba hacerlo.

La mujer se quitó el sujetador antes de probarse el siguiente vestido. Entonces vi sus pechos libres. Tenía unos pezones grandes y muy oscuros. Sus aureolas eran casi el doble que las mías. Parecían chupetes. ¿Por qué pensaba en chupar los pezones de esa señora? No podía más. Necesitaba correrme. Lo iba a hacer a ese ritmo. A ese frustrante y desesperante ritmo.

- Necesito correrme. Por favor... por favor... – le susurré.

- ¿Recuerdas lo que te pedí y no hiciste? – me dijo él al oído. Yo asentí con mi cabeza.

- Puedes correrte aquí. Mirando a esa mujer como se prueba ropa para mí. Pero lo harás así, despacio, sin acelerar el ritmo. Y cuando llegues al orgasmo, harás lo que tenías que haber hecho aquella noche. Y si no lo haces, abriré la cortina de la mujer para que te vea como te corres como una mirona pervertida.

Era imposible hacer lo que me pedía. No iba a correrme en medio de la tienda, con una clienta a menos de un metro de mí. Y mucho menos haciendo lo que quería. Era una locura. Asentí con mi cabeza.

Sus dedos comenzaron a estimular mis pezones muy suavemente. Deseaba frotar mi chochito hasta crear fuego. Pero no podía. Tenía que mantener ese parsimonioso ritmo en mi habita inflada como nunca.

Pero él me estaba volviendo loca. Sus dedos comenzaron a jugar con mis pezoncitos duros como cristales. Tan erectos que sentía pinchazos con sus caricias. Pero me encantaba. Subía y bajaba, como si fuese un interruptor. Pero yo solo me encendía más y más.

La mujer se ajustaba las tetas en el escote. Vi como pellizcaba sus pezones por encima de la tela. Quería marcarlos bien en el vestido. Lo hacía para él. Para salir y mostrarse sexy y apetecible para mí hombre. Mis celos me calentaban más.

Volvió a desnudarse. Pero no se probó otra prenda. Siguió jugando con sus pezones desnuda, solo con su tanga negro. Los estiraba y pellizcaba, dejándolos duros y grandes. Mi boca salivaba pensando en su sabor. Entonces él pellizcó los míos. Fuerte, muy fuerte. Mientras ella estimulaba los suyos para él. A mí me los torturaba. Y no pude más. Con ese sentimiento de celos e inferioridad, comencé a sentir mi orgasmo salir. Quería gemir, pero no podía. No era lo que tenía que hacer.

- ¡Guau, guau, guau! – ladré bien fuerte.

Mi orgasmo llegó entre ladridos. Fue un orgasmo intenso y muy placentero. Pero notaba que no llegaba a su máximo esplendor posible. Necesitaba más fricción en mi coñito, pero él no me lo permitía. Sentía una gran explosión que no llegaba nunca. Una sensación de desear más y más y que no termina de llegar. Continuaba alargando esa sensación con mi dedo, mientras no paraba de ladrar, esperando que se desatase la tormenta perfecta allí abajo. La mujer dio un salto asustada al escucharme.

- Corre, al mostrador. – me susurró él, soltando mis pezones.

Con mi orgasmo sin terminar, tuve que salir corriendo donde me dijo. Me tiré casi de cabeza tras el mostrador de caja, rezando porque la clienta no hubiera visto a una mujer desnuda corriendo por la tienda.

- ¿Qué ha sido eso? – preguntó la clienta.

- Un mensaje. Es mi tono del móvil. Es que me encantan las perritas.

- Ah, ¿sí? Pues yo soy un poco perrita a veces. – le dijo la señora.

- Con ese vestido no tengo ninguna duda. – contestó él.

Él ligando con aquella mujer y yo a cuatro patas escondida detrás del mostrador. Y lo peor de todo, estaba tan cachonda como antes. Aquel orgasmo había sido muy extraño. Había sentido placer. Mucho. Pero era como si hubiera estado contenido. Como que tenía más por salir. De nuevo me quedaba más cachonda que al principio.

Después de un rato de tonteo por parte de aquella madurita zorrona, vinieron hacia el mostrador. Él pasó detrás, como para cobrar sus prendas. Yo tuve que ponerme de rodillas con la espalda pegada a la madera para que él pudiera entrar. Quedé encajada entre el mostrador y su cuerpo, con mi cara en su paquete.

Ellos hablaban de lo bien que le quedaban esos vestidos. Del escote tan bonito que le hacía. Y yo con mi cara en su polla y un vaquero en medio. Deseaba volver a tocarme allí, debajo de la mesa, con mi nariz oliendo su paquete. Pero más deseaba bajar esa cremallera y sacar su polla para meterla en mi boca. La que ya estaba abierta, con la lengua fuera a menos de un centímetro de él. Jugaba a estar lo más cerca posible con mi lengua en su precioso pene, mientras él tonteaba con aquella clienta. ¿Cómo podía estar tan desesperada? ¿Por qué me excitaba tanto tener la polla de aquel chulo en la cara?

Entonces vi su mano por debajo de la mesa. Me acarició el pelo, como una perrita, para después ir a su pantalón. Mi corazón comenzó a excitarse al entrever en la oscuridad como soltaba el botón de su vaquero. Escuché el ruido de la cremallera abrirse. No podía ver claramente lo que pasaba, pero entre sombras vi su mano entrar en sus calzoncillos. Comenzó a acariciar su verga aun escondida en su ropa interior. Su mano acariciaba mi rostro a través de la tela de su bóxer.

- ¿Entonces te gusta el que he elegido? No veo que se te caigan los pantalones. – le dijo la mujer.

- ¿Por qué crees que estoy tras el mostrador? Sería poco profesional que lo viese una clienta. – le contestó él.

- Pues a mí me encantaría ver lo que hay debajo de esos vaqueros tan apretados.

Yo tampoco podía verlo, solo notar en mi cara como se tocaba su tranca mientras hablaba con ella. Entonces su mano salió de su escondite y no lo hizo sola. Agarraba con fuerza aquel bastón de caramelo que deseaba saborear como una niña golosa. Pero no podía. Su mano impedía que mi boca llegase hasta mi ansiado dulce.

- No creo que el lugar de trabajo sea un sitio para mostrarle lo que tengo debajo de la mesa. – le dijo él, mientras seguía pajeándose en mi cara.

- Siempre puedes venir a mi casa. Vivo muy cerca y mi marido no llega hasta tarde.

Esa zorra quería lo que yo tenia en mi cara. Eso que se ponía cada vez más grande y duro mientras sus nudillos me golpeaban con sus meneos. No podía apartarme, aunque quisiera. Estaba entre la polla y la mesa. Solo nos separaba su mano. Podía oler su aroma a hombre. Entonces posó su hinchado miembro sobre mí y retiro su mano.

- Estaría bien poder ver como te quedan los otros 3 vestidos. – le escuché decir.

Oía como pasaba por el lector tres etiquetas, pero eso me daba igual. Tenia su rabo sobre mi cara. Notaba su calor. Su dureza. Su tronco aplastaba mi nariz y cruzaba entre mis ojos. Deseaba saber hasta donde más llegaría.

No podía moverme para llegar a ella con mi lengua. Pero sus huevos quedaban en mi boca. No pude resistirlo. No lo intenté. La abrí y comencé a lamerlos con una devoción inimaginable por ninguno de vosotros.

- Me parece buen plan. Pero yo no tengo probadores donde esconderme de tus ojazos mientras me desnudo.

Escuche decir a la guarra de la señora, mientras yo lamía las pelotas que ella deseaba tanto. Me volvía loca. Jamás lo había hecho. Quizás una pasadita de refilón con Marcos. Pero nunca así. Quería metérmelas entera en la boca. Y lo intenté. Con su polla sobre mi cara, abría la boca, casi desencajándola, para alojar esos cojones morenos y darles todo mi amor.

- No pareces de las vergonzosas. Así, agachada sobre el mostrador, veo que no llevas sujetador. Y no es lo único que veo. – le escuche decir a él, seguido del sonido del escáner.

- Pues ven a mi casa. Veras esto y todo lo demás. – decía ella.

- Me encantaría. Pero salgo tarde de trabajar. Quizás otro día.

- Bueno. Pues tú te lo pierdes. Aquí tienes mi dirección. Mi marido no llega hasta pasadas las diez. Por si cambias de opinión.

Imagino la cara de la mujer cuando escuchó eso. Me rebosaba la felicidad por los poros. Aunque puede que no fuese solo por despreciar la invitación de aquella zorra. Mi lengua no paraba de lamer intentando que sus huevos entrasen en mí. Deseaba tanto tener la boca llena… Pero estaban tan ensalivados que se resbalaban entre mis labios. Escuché el taconeo de la mujer y después la puerta cerrarse. Entonces él se separó de mi un poco, haciendo que su delicioso rabo recorriese mi cara, para quedarse apuntando a mi boca.

- ¿Vas a salir o te gustan las vistas? – me dijo.

Decepcionada vi como enfundaba su arma en sus calzoncillos, que sobresalía por encima. Tuvo que acomodarla, para poder abrochar su pantalón, dejando una sexy y morbosa silueta en su paquete.

No me quedó más remedio que salir de allí, por el escaso espacio que me dejo para hacerlo. Por lo que tuve que salir a gatas quedando él tras el mostrador. Me puse en pie con una falsa muestra de orgullo, quedando de nuevo desnuda en medio de la tienda.

- No te quejarás. 487€ de factura. Si te llevas comisión, hoy te he hecho ganar mucho dinero.

- No me llevo nada. Pero eso no me importa. – le contesté con tono pícaro, mirando su polla aun marcada en los pantalones.

- Ya veo… eres toda una lamehuevos. Que pena que tenga que irme. – me dijo enseñándome el ticket con una dirección escrita a boli.

- ¿Qué? ¿Te vas a ir con ella? ¿Prefieres a esa vieja que a mí? – pregunté indignada.

- Oye que no es vieja. Es madurita. Una madurita muy follable. Si te has corrido viéndola desnuda.

- ¡Pero qué coño dices! ¡Me tienes aquí desnuda a mí! Me pones la polla en la cara. Te chupo las pelotas. ¿Y te vas con ella? Mira déjalo. Vete a la mierda. – dije intentando controlar mi ira.

- No te enfades tonta. Tú eres mi favorita. Y lo sabes.

- ¿Dónde está mi ropa? – le dije con mis ojos lanzando fuego.

- Ah… eso… no me acuerdo. Lo saqué todo del probador para que no lo viese la clienta. Y con las prisas no sé donde lo dejé. Pero tengo esto. – me dijo enseñándome su regalo.

- Pero necesito mi ropa. – dije con un tono menos agresivo, cogiendo mi cajita.

- Sí… lo entiendo. Bueno. Eso ya es tu problema. Yo me tengo que ir. Quizás me dé tiempo a algo antes de que llegue el cornudo de su marido. Me has dejado muy caliente. – decía el muy cabrón.

- ¿Pero como te vas a ir y me vas a dejar así? – le dije, rebajando mi enfado, con los ojos llorosos.

- ¿Has visto cómo está de buena?

- Es una vieja calentorra… – le dije desesperada al ver que me cambiaba por ella.

- Haremos algo pequeña. Si a la hora de cerrar, estás ahí donde estas ahora, arrodillada mirando a los probadores y con tu regalo como única ropa, te haré mía. Pero piensa que, si haces eso, serás mía de verdad. Mi propiedad.

¿Pero qué coño se creía este tío? Me humilló con Natalia. Ahora viene, me calienta y luego se va con otra. ¿Estamos tontos o qué? ¿Piensa que puede jugar conmigo y hacer que le deseé para calentarse y follarse a otras? Yo no soy un trozo de carne. Yo soy una mujer con dignidad. A mí no me podía tratar así. No podía ponerme la polla en la cara y luego irse con otra. Puto cerdo machista y misógino.

- ¡Vete a la mierda! Eres un violador de mierda. Si vuelves a venir a mi tienda te estará esperando la policía. ¡Hijo de puta! – le grité fuera de mí.

- Claro. Eso puedes hacerlo. Tú elijes. Piénsalo bien, pues puede ser la última vez que puedas elegir. – me dijo, para después darme un beso en los labios y un cachete en el culo.

Salió por la puerta dejándome allí, otra vez sin ropa, enfadada, frustrada y muy, muy cachonda.

Gracias a todos por vuestros correos. No me cansaré de decirlo, pero es un placer leer vuestras opiniones y saber que piensan al otro lado de la pantalla.

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