Xtories
Dominaciónago 2022

Políticamente incorrecto 8

Desnuda frente al escaparate de su tienda, con el mundo entero mirando, Sofía no puede moverse. No es solo vergüenza; es el precio de su sumisión. Cuando él regresa, la regla es clara: su cuerpo ya no le pertenece a ella, ni a su novio, sino a él.

Wilmorgan8.6K vistas9.8· 10 votos

Políticamente incorrecto

Capítulo 8

Sofía

¿Cómo podía ser que estuviera pasando lo mismo otra vez? Me sentía usada, humillada y, sobre todo, estúpida. Estúpida por dejarme camelar por ese hombre de nuevo. ¿Y para qué? Para acabar otra vez desnuda, sin saber dónde está mi ropa y con él marchándose, dejándome frustrada y cachonda.

¿Cómo podía ser tan tonta? Me estaba comportando como una quinceañera por un tío que era un gilipollas en su máximo esplendor. Un chulo prepotente, al que le gustaba jugar conmigo, para luego irse con la primera que caía en sus redes.

Sentía tanta rabia dentro de mí, que tardé en darme cuenta que estaba completamente desnuda frente a la puerta de cristal y los escaparates de la tienda. Fue al ver a la gente caminar por la calle cuando salí corriendo tras el mostrador de nuevo. ¿Cuánta gente me habrá visto mientras discutía con él?

¿Dónde coño estaba mi ropa? La tienda no era muy grande, pero podía estar en cualquier rincón y no podía andar por allí desnuda. Prácticamente se veía todo el interior desde la calle por el escaparate. Y no es que fuese una calle poco transitada precisamente.

Escondida bajo el mostrador busqué mi móvil. Quedaba poco más de una hora para cerrar la tienda. Demasiado tiempo para pasarlo escondida. Tenía que encontrar mi ropa. Entonces caí en la cuenta. Si entraba algún cliente en ese momento no tenía escapatoria. ¡Tenía que cerrar la puerta!

Pero como iba a llegar allí. Todo el frente era cristal y no paraba de pasar gente por la calle. Me acurruqué bajo la mesa, tenía ganas de llorar. ¿Por qué me metía en estos problemas?

Allí abajo recordé como minutos antes estaba lamiendo sus pelotas y que toda mi preocupación era conseguir meterlas enteras en mi boca. ¿Qué me estaba pasando? No podía seguir haciendo esto. Me estaba denigrando de una manera salvaje por aquel hombre. No era racional. ¿Por qué me ponía cachonda?

Intenté centrarme. Tenía que cerrar la puerta. Eso era prioritario. Después buscaría mi ropa. ¿Y después? ¿Llamaría a la policía? No iba a ponerme aquel conjunto. Ni loca. ¡Qué esperase sentado!

Me asomé y estudié mis alternativas. Podía llegar hasta el escaparate si iba agachada, tapándome con las mesas de exposición. El escaparate tenía un pequeño escalón de menos de 50 centímetros. Allí podía esconderme si me tumbaba en el suelo. No había otra. Tenía que hacerlo.

Salí de mi escondite de la misma manera que lo hice con él, gateando. Recordando el dolor de rodillas de aquella noche, gateé lo más rápido que pude hasta estar frente al escaparate. Justo al llegar una mujer se giró a mirar algún artículo. Me tiré de golpe al suelo del susto. Me arrastré por el suelo. Mi piel quedaba pegada a él, sobre todo mis pechos, por lo que me costó más de lo que había imaginado cuando planee esta escena de misión imposible.

Por fin llegué. Era el momento. Sólo tenía que levantarme unos segundos. Girar el cartel de abierto a cerrado y echar el pestillo. Dos segundos si era rápida. Dos segundos a la vista de cualquiera tras la acristalada puerta. No tenía elección. Tenía que hacerlo. Puse mis manos en el suelo para coger impulso y… ¡Se abrió la puerta!

Quedé paralizada. Casi me golpea la puerta en la cara, ya que abría hacia donde yo estaba. Tumbada con mi torso erguido por mis brazos, vi como entraban 4 piernas frente a mí.

Pasaron de largo hablando entre ellas sin fijarse en la chica desnuda del suelo. Por fin reaccioné y comencé a arrastrarme como un gusano hacia atrás. Llegué a esconderme detrás de una mesa sintiendo mi corazón latir como si me fuera dar un infarto. ¡Estaba perdida!

Escuchaba como hablaban mientras miraban ropa. Eran las mismas chicas que habían entrado antes sin comprar nada. ¿Por qué habían vuelto? ¿Quizás fueron a por dinero? Maldita mi suerte si ahora querían comprar algo y yo desnuda.

No podía volver al mostrador, ellas estaban demasiado cerca. Busqué una solución desesperada. Mi mente no era capaz de centrarse. Entonces vi los probadores. Era la mejor opción. Dos mesas y estaría allí.

Gatee de nuevo mientras ellas miraban y volvían a descolocar todo. ¡Malditas crías! Llegué a la última mesa, un par de pasos me separaban de la intimidad del probador. El doble a cuatro patas. Ellas estaban tras de mí. Era el momento.

- Ven, voy a probarme esto. – escuché decir a una de ellas.

No podía ser. ¿Cómo podía tener tan mala suerte? Las tenía a mi espalda y no podía verlas por la mesa. Pero si me quedaba allí serían ellas quien me verían a mí. Sin pensarlo comencé a correr a cuatro patas, con la extraña sensación de que tenía cuatro ojos clavados en mi culo. No hice caso a nada y fui directa al probador. Llegué y cerré la cortina.

- Este también. Creo que te quedará de muerte. – escuché decir.

Escondida tras la cortina vigilé a las dos chicas, que seguían mirando ropa sin venir a probarse nada. Menudo susto para nada. ¡Dios! ¡Seré imbécil! Trabajo en una tienda de ropa y yo desnuda… ¿Pero qué coño me pasa? Estaba rodeada de ropa por todos lados y no pensé en ponerme ninguna. ¿Qué coño tenía en la cabeza? Y ahora que lo sabía, estaba atrapada en el probador.

- ¿Dónde está la chica? Ya tendría que haber salido.

- Pues sí. Con lo pesada que era. Antes nos perseguía todo el rato.

- Pues… aprovechemos. – dijo una de ellas, guardándose una camiseta en su bolso.

Hijas de puta… sabía que esas no iban a comprar nada. Tengo un sexto sentido para estas cosas. Las chicas siguieron rebuscando en toda esa ropa que yo tanto ansiaba. Descartaban lo que no les gustaba y guardaban lo que querían en sus bolsos. Me estaban robando en la cara y yo desnuda sin poder hacer nada.

¡Qué día de mierda! Por dejarme embaucar por él me estaban desbalijando la tienda. ¿Cómo podía volverme tan estúpida? Podía haberme vestido con cualquiera de las cientos de prendas que tenía aquí. Y ahora estaba en el único sitio donde no llegaba a nada. Me derrumbé contra la pared del probador, completamente desplomada por mis propias decisiones.

- ¿Qué ha sido eso? – preguntó una de ellas.

- Hay alguien en los probadores. ¿Será ella?

¡Joder! La puta pared de madera hizo más ruido de lo que pensaba. Escuché sus pasos viniendo hacia a mí. ¿Y si abrían la cortina para confirmar que era yo? No tenía nada con lo que taparme. Escuchaba como hablaban en voz baja. Algo planeaban. Mis sentidos se agudizaron. Casi podía detectar sus pulsaciones. ¿O serían las mías? Mi corazón no daba más, se iba a salir de mi pecho. Escuché como se abría una cortina. ¡Estaban buscando en los probadores!

¿Qué podía hacer si me encontraban así? No podía decir que me estaba cambiando, no había ropa alguna. Maldito cerdo de mierda. Por calentarme. Por un orgasmo frustrado. Por lamerle las putas pelotas a ese hombre…

¿Qué me harían ellas? Se reirían seguro. No estaba en posición de defenderme de ninguna manera. ¿Y si me sacaban fotos? Más fotos mías desnuda… Me podían despedir si se lo cuentan a mi jefa. ¿Me chantajearían? Escuché abrirse la cortina del probador de al lado. El mío era el siguiente. Cerré los ojos. No podía mirar a la cara a aquellas niñatas ladronas.

- ¡Joder! ¿Qué es eso? – gritaron asustadas al escuchar mi móvil sonar.

- Un puto móvil. Allí, donde la caja. – dijo la otra.

Oí como se alejaban sus pasos mientras mi móvil sonaba. ¡Me había salvado! No sé quién me estaba llamando, pero lo comería a besos ahora mismo.

- Tiene que ser su móvil, habrá salido un momento. No puede tardar. Vámonos.

¡Por fin! Gracias a esa llamada estaba a salvo. ¿Sería él? No tenía mi número. Era imposible. ¿Por qué intentaba siempre verle como bueno? Por su culpa estaba así. ¿Por qué quería que fuese él quien me salvase? Seguramente sería Marcos para preguntarme si viene a buscarme. Mi novio. Él si se preocupa por mí. No ese cerdo que me había dejado allí tirada sin ropa. Pero quería que fuese él. Que hubiese un motivo para obedecerle. Para no llamar a la policía. Para seguir con todas estas putadas y humillaciones que me excitaban tanto. ¿Qué coño me estaba pasando?

- ¡Espera! Mira esto. – dijo una de ellas.

- Joder que bonito. ¡Es de marca!

¿Pero no se iban? ¿Qué podían haber visto que les llamase tanto la atención para arriesgarse? No… no podía ser. Volví a mirar y ¡Sí! Habían encontrado mi regalo.

- Y con su cajita y todo.

- Cógelo y vámonos antes de que vuelva.

Se llevaban mi regalo. No podía ser. Mi precioso conjunto. Sí me roban eso… ¿cómo iba a esperarle como él quería? Las vi como caminaban hacia la puerta. Se iban con mi regalo…

¡No… no… no, no, no! ¡Ni de coña!

Corrí la cortina con furia y salí corriendo hacia ellas gritando como una loca.

- ¡Dejar eso! ¡ Ladronas de mierda! ¡Soltarlo!

Ellas gritaron del susto y salieron corriendo. Las perseguí desnuda por la tienda. Abrieron la puerta y continuaron corriendo tirando toda la ropa que habían robado. Toda la calle llena de ropa y yo en la puerta. Estaba desnuda en la calle, ya había anochecido, pero aún había gente. No me atreví a mirar a nadie. Me moriría de vergüenza si cruzaba mi mirada con algún transeúnte en ese momento. A mis pies, mi cajita. Me agaché para recuperarla y entré cerrando la puerta con el pestillo. Un profundo suspiro de alivio abrazando mi regalo contra mi pecho y salí corriendo de nuevo tras el mostrador.

Acurrucada bajo la mesa, con su regalo en mis manos, desperté en mí. Había salido a la calle desnuda por esto. Por un conjunto de lencería. ¿Por unas bragas y un sujetador me había exhibido delante de vete a saber cuánta gente? Podía haber comprado otro. Pero entonces no sería este. El que él había elegido para mí. Con el que yo deseaba que me hiciera suya.

Miré por encima del mostrador y había dos hombres mirando por el escaparate ansiosos. Seguro que me habían visto. Como pude llegué a los interruptores de la luz y las apagué. Se acabó el show chicos.

Miré mi móvil para saber quién me había llamado. Marcos… ¿Por qué él? Porque era mi novio y me amaba. Y yo a él. Pero no era a él a quien quería. Abriendo mi cajita le llamé, aún bajo la mesa.

- Hola cariño… Sí, no podía cogerlo, estaba atendiendo a unas clientas… No, no vengas a buscarme. Iré con Natalia a tomar algo… Llegaré tarde, no me esperes… Yo también te quiero. Buenas noches.

Miré y mis espectadores ya se habían aburrido de esperar. Era el momento, me puse en pie y comencé a vestirme con mi nuevo conjunto. Me coloqué donde él me había indicado. Quedaba en el centro de la tienda, con la puerta a mi espalda. Con las luces apagadas no llamaría la atención, aunque si alguien miraba podía verme. Después de todo lo pasado, era un riesgo aceptable. Fui a la puerta para abrir el pestillo. Me vi reflejada en el cristal. ¿Qué estaba haciendo? Estaba loca… Abrí el pestillo y puse el cartel de cerrado. Volví a mi lugar, de espaldas a la puerta me arrodillé y esperé.

Esperé y esperé… no sé cuánto tiempo llevaba así. Ya me dolían las rodillas de mis paseos por la tienda, más el tiempo arrodillada, era una tortura. No sabía cuánto, había dejado el móvil sobre el mostrador y no me atrevía a levantarme para ver la hora. Sólo me mantenía en esa posición, feliz con mi nuevo conjunto de lencería, intentando escuchar cualquier indicio de abrirse la puerta detrás de mí.

Comencé con una pose perfecta de espalda recta con mi trasero levantado, adoptando una pose sexy de mi culo, para que fuese lo primero que él viese al entrar. Pero poco a poco fui apoyando mis glúteos en mis talones, para acabar completamente sentada sobre ellos. Ya estaba desesperada, me dolían las rodillas una barbaridad. Había pasado mucho tiempo. ¿Y si no venía? ¿Seguiría con esa mujer? No puede ser, su marido volvería.

Me sorprendí al darme cuenta que estaba justificando que me mantuviese allí arrodillada, por si a él le daba tiempo a echar otro polvo a aquella cuarentona. ¿Qué me pasaba? Yo era feliz con Marcos. Un hombre que me respetaba y quería. Que nunca me haría nada parecido. Y por eso mismo, seguía allí. Porque mi novio no me haría lo que me hace él.

No podía más. Ya me daba igual que se hubiera follado a esa señora o no. Sólo quería que llegase de una vez. Me dolía todo el cuerpo. Pero no saber si vendría o me dejaría allí plantada, eso sí que me mataba.

Escuché la puerta. Inmediatamente recobré mi posición. Unos pasos y la puerta se cerró. Escuché el pestillo. Lo había cerrado. Estaba nerviosa. Esperaba oír su voz, pero nada. ¿Y si no era él? ¿Y si eran los hombres que me habían visto cuando salí a la calle? O cualquier otro de los que pudieron hacerlo sin yo saberlo. Mis nervios se dispararon. Pero no me moví.

Seguí escuchando unos pasos acercándose. Mis nervios se dispararon. Los pasos se detuvieron. Tenía miedo, podía ser cualquiera. Sentí su presencia a mi espalda... Era él. No podía verlo, pero lo sabía. Era su olor.

- Buena chica. – me dijo llevando su mano a mi pelo.

Me derretí como una adolescente. Todo lo que había sufrido y eso era suficiente para contentarme. Tanto, que comencé a sentirme mal por todo lo que le había dicho. Mientras su mano acariciaba mí cabeza, mis remordimientos me hicieron hablar.

- Siento mucho lo que dije antes.

- ¿Qué soy un violador? No veo a la policía. – dijo él, pasando sus manos por mis hombros.

- Sí… no lo decía en serio… lo siento mucho.

- ¿Puede ser que estuvieras celosa? ¿Eran tus celos los que hablaban? ¿Por eso me odiabas y era un violador?

-…Sí… - confesé con esfuerzo.

- ¿Entonces te sientes celosa porque me folle a otra?

- Sí… - dije con vergüenza,

- ¿Quieres saber si me he follado a esa mujer? – me preguntó, con sus manos bajando por mis costados.

- No…

- ¿Por qué no?

- Porque si sé que sí, esto sería más difícil todavía.

- Nadie dijo que ser sumisa era fácil. Debes saberlo, pero no te lo voy a decir. Dejaré que lo compruebes tú misma.

Dejó de tocarme y se puso frente a mí. De nuevo estaba arrodillada con su entrepierna en mi cara. Me encantaba estar así. Desabrochó su pantalón. Oculto tras su bóxer, ese que yo ya tan bien conocía, se marcaba su pene semierecto. Era una imagen muy sensual. O yo ya estaba tan excitada que cualquier cosa me ponía a mil. Entonces, sin más, sacó su polla y sus huevos, teniéndolos de nuevo frente a mi cara. Por fin podría chuparle la polla. La polla y esos enormes cojones que tanto me gustaban.

- Huele. Quiero que compruebes si huele a mujer o no.

¿Qué? ¿Cómo? Ni si quiera había considerado eso. Su pene podía acabar de salir del coño de otra unos minutos antes. Y quería que yo olfatease su polla en busca del aroma a mujer. No quería saberlo. Mucho menos olerle el chocho a aquella vieja.

- Vamos. No lo pienses. Hazlo. Y no me vengas con tonterías. Ella te ha gustado. Te has corrido mientras la mirabas. Ahora puede que sepas como huele su coñito.

Acerqué mi cabeza lentamente a su sexo. Tenía la mente tan en blanco, que me asusté cuando mi nariz rozó su escroto. Olí, olía a él. No sabría decir si a algo más. Olía a sexo. A genital. A sus preciosas pelotas. Me gustaba.

- Olfatea. Como una perra cuando encuentra algo que le gusta.

Comencé a hacerlo. Olfatee con más fuerza. Igual que los perros. Cada vez más fuerte. Me estaba excitando. ¿Por qué? No lo sé. Era humillante, pero me ponía cachonda. Y a él también le gustaba. Su polla comenzaba a ponerse grande. Grande no, enorme. Olfatee sus pelotas y continue por aquello que me saludaba imponente. Lo recorrí con la nariz disfrutando de su aroma. Si había estado dentro de aquella mujer, olía de maravilla.

- ¿Y bien? ¿Huele a coño?

- No lo sé… Creo que no… – contesté sin separar mi rostro de sus genitales.

- Pues tendrás que hacer una prueba más exhaustiva. Pruébala.

Sí… era muy posible que hubiera estado dentro de otra. Y si me decía eso, es que no había usado condón. No recomiendo que hagáis esto. Pero como dicen, haz lo que digo y no lo que hago. Mi lengua comenzó a repetir el recorrido de mi nariz. Primero con la punta de mi lengua y después con toda ella. Lamí igual que había olfateado. Como una perra en celo deseando que su macho la monte.

- ¿Sigues sin saberlo?

- No. No lo sé. Pero me da igual. – contesté mientras seguía lamiendo.

- ¿Entonces no quieres chuparla para salir de dudas?

Mis ojos se abrieron como platos y mi cara reflejaba felicidad en estado puro. Era lo que más deseaba. Desde aquella noche no había dejado de tocarme pensando en saborear aquel precioso rabo. Dejé de lamer y comencé a decir que sí mientras afirmaba con mi cabeza histéricamente.

- ¡Sí, sí, sí!

- Abre la boca.

Lo hice. ¡Vamos que si lo hice! Abrí la boca todo lo que me permitía mi mandíbula y saqué la lengua. No sabía si sería suficiente para albergar aquel pollón tan grueso, pero lo iba a intentar como si me fuese la vida en ello.

Apuntó con aquel rifle a mi boca y lentamente se fue acercando. Tenía la boca casi desencajada y aun así su capullo rozaba mis labios con fuerza. Que diferencia con Marcos… Entró la cabeza y yo ya sentía mi boca llena. Allí se detuvo y comencé a chupar aquella delicatesen.

- ¿Cuál es el motivo de chuparme la polla?

- Saber si te acabas de follar a otra. – le dije como pude, con la boca llena.

- ¿Y te gusta? ¿Quieres descubrirlo saboreando el coño de esa mujer?

Asentí con la cabeza sin dejar de absorber su capullo. Mi mente luchaba contra mí, diciendo lo tremendamente vejatorio que era eso como mujer. Pero iba perdiendo. Aquello me excitaba como nada antes. Saber que le estaba comiendo la polla para descubrir sí sabía a coño… Me volvía loca.

- ¿Y bien? ¿Cuál es tu veredicto? – me preguntó, retirando su glande de mis labios.

- No lo sé. Creo que no. Esta buenísima. – me sorprendí a mí misma diciendo eso.

Su risa me humillaba aún más, pero no me importaba. Mis ojos estaban clavados en su miembro brillante por mi propia saliva. Sólo quería volverla a tener en mi boca. Deseaba continuar mamando. Y no me importaba si acababa de estar en el chocho de aquella zorra.

- Puedo seguir intentándolo. Quizás encuentre el sabor a coño. – le dije desesperada.

- ¿Quieres limpiarme la polla de los flujos de otra? ¿Es eso? – me preguntó mientras volvía a acercar su rabo.

- ¡Sí! ¡Sí! ¡Quiero! Deja que la limpie. La dejaré reluciente. – le dije, mientras relamía mis propios labios con mi lengua.

Volvió a entrar en mi boca y yo a aceptarla como el más importante invitado. Me sentía torpe chupando algo tan grueso, pero me daba tanto morbo esa sensación de estar llena que no me importaba. Él fue introduciendo más poco a poco, mientras no dejaba de ponerme cachonda con sus palabras.

- Así me gustan las zorras. No me importa que tengas celos. De hecho, me gusta que me quieras para ti. Pero debes aceptar que puedo hacer lo que quiera. Me follare a todas las mujeres que quiera y luego te las daré a probar de esta manera.

Con la boca desencajada asentí a aquello. Me estaba dejando claro que se follaría a todas las zorras que quisiera. Pero yo no sería una zorra más. Sería la que pudiera probar a las demás chupando su polla. ¿Por qué eso me hacía sentir especial? Notaba mi tanga nuevo empapado. Me moría de ganas de tocarme, pero no lo hacía. Necesitaba que él me diera la orden. Quería correrme con su polla en la boca mientras me contaba como se había follado a aquella madurita tetona.

- ¿Quieres que te use tu boca como he usado su coño?

Una nueva fantasía nació en mi mente. Cada perversión que salía de sus labios me hacía pensar que no podía vivir sin ello. Que usara mi boca como un coño. No cualquiera, él de otra mujer, que lo más seguro se acababa de follar. Aquello me reducía al más misero ser. Esa cuarentona había disfrutado de una salvaje follada en su chochito. Y yo anhelaba recibirla en mi boca. Me iba a ahogar. Tendría arcadas y no sería capaz de respirar. Y deseaba todo aquello. Lo que siempre había odiado. Aquello que tan furiosa me ponía de esta sociedad. Eso ansiaba. Ser usada como un agujero por aquel macho.

- ¡Sí! ¡Por favor! Fóllame la boca. Úsame como a ella. Córrete en mi garganta hasta ahogarme. – le dije desesperada, cuando me liberó de mi mordaza en barra.

- ¿No te importa que a ella me la follase por el coño y que se haya corrido varias veces mientras lo hacía? – me preguntó, mientras me golpeaba con su durísimo rabo en la cara.

- Sí… me importa. Me da rabia que ella haya tenido todo eso. Pero da igual. Puedes usarme como quieras. – le dije, con una sinceridad insultante para mi autoestima, mientras levantaba la cara y abría mi boca para que siguiese dándome pollazos.

- Esa es la respuesta correcta.

Deteniendo sus golpes sobre mi rostro, me ayudó a ponerme en pie. Estaba contenta de estirar las piernas, pero no entendía porque no me follaba la boca. Le tenía frente a mí. Deseaba besarle. Pero no podía. Mi cuerpo no hacía nada. Solo deseaba más y más. Entonces su mano fue a mi tanga nuevo.

- Has manchado mi regalo.

- Lo siento… - dije avergonzada.

- No lo sientas. Así es como van las guarras como tú. Siempre mojadas.

Según dijo eso, metió su mano dentro del tanga. Si por fuera estaba mojado, por dentro era el amazonas. Un dedo comenzó a inspeccionar la zona. Podía escuchar el típico sonido por estar encharcado. Me moría de vergüenza. Pero a él le gustaba. Entonces entró en mí. Por primera vez me estaba penetrando. ¡Dios que dedo más grande! Sentía mi cuevita estrecha en comparación con su extremidad. Unos movimientos y en la tienda solo se escuchaba mis flujos y mis gemidos. Moria de placer… pero entonces lo retiró.

- Pruébalo. Parece que no sabes como sabe una mujer.

Con su dedo completamente lleno de mis flujos frente a mi cara, le miré a los ojos. Abrí mi boca y me lo tragué saboreándome a mí misma. Chupé su dedo como si de su polla se tratase. Lo amaba. Veneraba ese dedo. No tenía sentido, pero era así.

Lo retiró de mi boca y antes de llegar de nuevo a mis bajos, sus labios chocaron con los míos. Quedé conmocionada unos segundos, el tiempo justo para que su dedo volviese a entrar en mí. Con mi primer jadeo comenzó su beso. Sus labios jugaban con los míos. Yo reaccioné y me uní. Comenzamos a besarnos. Con nuestras lenguas luchando mientras su dedo comenzó a dibujar círculos en mi interior.

Sentía como si volase con su lengua en mi boca y su dedo en mi coño. Era tal placer que me iba a correr allí mismo sin más. Mis brazos se atrevieron a tocarle, pero solo para apoyarme en su pecho y poder mantenerme en pie. No quería dejar de besarle, pero no podía aguantar mis gemidos. Entonces se detuvo.

Lentamente sacó el dedo de mi interior. Yo le miraba con ojos de cordero. Solo un poquito más, le decía. Él sonreía con esos aires de superioridad. Era suya y lo sabía.

Como una muñeca me dio la vuelta y empujó mi cuerpo sobre la mesa. Mi coño quedó justo en la esquina de la mesa, mi culo en pompa y mi cara y pechos aplastados sobre la ropa de la tienda. Entonces la vi. Mi ropa, la que llevaba esa tarde y él había sacado del probador. Estaba allí, sobre la mesa. Justo en el sitio que él me había indicado que le esperase. ¿Cómo no la había visto?

- Frótate. Restriégate con el pico de la mesa como una perra salida.

Él se puso al otro lado de la mesa y comenzó a quitarse la ropa. Mientras iba desnudándose, comencé a hacer lo que me había ordenado. Casi de puntillas, movía mi cadera sobre la mesa, frotando mi mojadísimo coñito justo en la esquina de madera.

Me observaba sonriendo como yo me restregaba con la mesa. Me sentía ridícula. Tenía a un hombre increíble y me estaba follando la esquina de una mesa del trabajo. Le miraba suplicante, mientras veía como acariciaba lentamente su increíble polla. Se dio cuenta de que mis ojos no dejaban de deleitarse con lo que él tenía en su mano. Entonces se subió de pie sobre la mesa pajeándose en mi cara.

Aquel denigrante roce en mis bajos me estaban volviendo loca. ¡No aguanté más! Levanté mi torso y sujetándome con las manos en los laterales de la mesa comencé a frotarme salvajemente. Aprovechó para agarrarme del pelo y meter su polla de nuevo en la boca. ¡Era el paraíso! Su rabo entraba en mi boca casi en su totalidad. Hasta llegar a mi campanilla y provocarme grandes arcadas. Yo aguantaba como podía, sin dejar ni un momento de restregarme. Mi cara estaba llena de lágrimas y babas por la tremenda follada oral que me estaba dando. Y mi coño me dolía de mis embestidas con la mesa. Pero seguía y seguía. No quería que aquello acabase. Aunque no pudiera andar en un mes. Aunque no pudiera ni hablar. Quería acabar reventada. Hecha pedazos. Me sentía una puta y deseaba que me tratase como tal.

- ¿Quieres ser mía?

- ¡Síííí!

- Dilo Sofía. Quiero escucharte bien fuerte.

- ¡Quiero ser tuya! Solo tuya. ¡Hazme tuya!

- ¿Y tu novio?

¡Joder! ¿por qué hablaba ahora de Marcos? Yo solo quería disfrutar. Ser suya. Que me hiciera lo que quisiera. Hacerle disfrutar a él. ¿Por qué metía al imbécil de Marcos en esto? Lo entendí…

- Él… no es nadie. Solo tú. – le dije.

- Yo soy tu dueño. Solo yo puedo follarte.

- ¡Mmmm! ¡Sí! Solo tú. Marcos no. No lo hará. Nunca más. – le dije tremendamente excitada.

- Me perteneces. Solo follarás cuando y con quien yo diga.

- ¡Sí! ¡Sí! Así será. Me encanta. Soy tuya. Tu zorra. Tu perrita. Tu esclava.

Comenzó a follarme más fuerte aún. Realmente como si follase un coño. Aun siendo así, lo reventaría. Mi garganta no podía aguantar ese trato. Ninguna lo haría. No podía respirar. Intentaba relajarme para que disfrutase de mi boca, pero era muy difícil. La tienda se inundó de sonidos guturales por mi desesperación. Veía borroso por mis lágrimas. Mis babas salían disparadas de mi boca por las embestidas. Se iba a correr en mi boca. Se lo había prometido. Tenía que aguantar. Pero no podía más. Entonces la clavó bien dentro de mí, tirando de mi pelo con fuerza. Y mientras yo aguantaba las ganas de vomitar como podía, con mi cara completamente roja y desencajada, la mantuvo así para decirme.

-Aun no pequeña.

Me libero de aquella mordaza extra larga y comencé a toser y soltar babas encima de toda la ropa. Solo veía sus pies desnudos sobre la mesa, mientras yo luchaba por respirar y controlar las arcadas. Entre lágrimas vi como esos omnipotentes pies desaparecían de la mesa.

Poco después noté como sus manos me agarraban de la cintura para hacer que me girase. De nuevo frente a él y sujeta por la cintura, sentí como mis pies se levantaban del suelo. No, no es una forma bonita de decir lo que sentía, era literal. Con un movimiento lento, casi sin esfuerzo, me levantó y sentó sobre la mesa. Con una delicadeza sorprendente después del trato que había tenido mi garganta, recostó mi espalda sobre la ropa, mientras sujetaba mi cabeza con su mano. Separó mis piernas, apoyando los talones al filo de la madera, dejándome completamente abierta para él.

Tumbada boca arriba solo podía ver los apagados focos del techo. No sabía que iba a suceder, pero abierta de piernas como estaba, cuando sentí su cálida piel entre mis muslos y como corría mi tanga hacia un lado descubriendo mi intimidad más húmeda… ¡Me iba a follar! Deseaba besarle como una niña agradecida por aquello. Jamás había estado tan feliz de sentir a un hombre tanteando entre mis piernas.

Noté calor. Calor y peso sobre mi desesperadito chichi. Era su polla. Se había posado sobre él. ¡Otra vez no! No por favor, aquello me mataba. Volvía a restregar su miembro sobre mis labios chorreantes, como aquella noche. Otra vez mostrándome el cielo, pero yo quería entrar.

- A partir de hoy nadie entrará en ese coñito. – me decía él, mientras restregaba su polla por él.

- No, no. Nadie. Sólo tú. Es tuyo. – contesté desesperada.

- Marcos es tu novio. Y eso no tiene que cambiar. Pero a partir de ahora tú eres mía. Como nunca lo has sido de nadie.

- ¡Sí! Sólo tuya. Hazme tuya por favor.

- No volverás a meterte ninguna otra polla. A no ser que yo te de permiso.

- Sí, sí. Lo que quieras. Las que tú quieras. Pero por favor métemela.

En ese momento sentí un golpe fuerte en mi hinchado clítoris. Me había dado un pollazo con fuerza justo ahí. Una mezcla de dolor y placer recorrió mi espalda haciéndome tensar todo el cuerpo.

- Escúchame zorra. Te estoy explicando cómo será tu vida a partir de ahora si decides ser mía. – me dijo muy serio, volviendo a reanudar sus caricias genitales.

- Lo siento. – dije avergonzada por mi propia desesperación.

- Eres mía. Tu cuerpo es mío. Tus orgasmos son míos. Tu mente es mía. Tu intimidad es mía. Seré tu dueño. Conmigo no hay medias tintas. No quiero que lo seas solo cuando estés cachonda. Te quiero siempre cachonda para mí. Pero, ante todo, quiero que desees ser mía siempre. Un solo momento en el que no sea así, adiós.

Entendía cada palabra que escuchaba. Incluso con la desesperación de que su portento estuviera estimulando mi clítoris recalcando cada frase con un golpe. Con aquella manera de dar un discurso, no habría guerras en el mundo. Sabía lo que me pedía. Obediencia y sumisión total y constante. Creía entender que significaba eso. Dejar de ser una mujer libre. Pasar a ser su juguete en todos los aspectos de mi vida. Hasta con mi novio, no volviendo a follar con él. De un desconocido que me encontré en el parque y me había dejado dos veces sin ropa. Entendía todo, a pesar de saber que estaba llegando al orgasmo con pollazos sobre mi coño. Y aun así, fuera de todos mis principios y convicciones. Lo que tanto asco y odio me hacía sentir como Sofía, para Sophie era el despertar de su nueva vida al servicio de un hombre.

- ¡Sí, lo quiero! Quiero todo eso. Quiero ser tuya y de nadie más. Estar siempre para ti. Para ser usada o no. Que solo tú decidas sobre mí. Deseo ser tu esclava. Por favor, acéptame. Hazme tuya y lo seré siempre.

- Buena chica. Lo haré. Pero hoy no. Quiero que puedas despedirte de tu novio. Me importas Sofía. Y sé que ahora te tomaras esto como un castigo. Pero créeme, es mejor así. Hoy echarás el último polvo con Marcos. Será la última vez que dejes que meta tu polla dentro de ti. Vuestra vida sexual va a cambiar mucho y será para mejor.

- No, por favor. Fóllame. Fóllame tú. No quiero que me folle él nunca más. Solo tú. Un hombre de verdad. ¡Reviéntame!

- Ya he hablado. No me gusta repetirme. Hoy le echarás el último polvo a tu novio. – me dijo serio, sin dejar de golpear mi clítoris.

- Por favor… te lo suplico… no puedo más… - le dije con una lágrima escapando de mis ojos.

Un fuerte golpe en mi coño me hizo levantarme de dolor. Aún gritando, agarró mis pezones con fuerza y los retorció. No podía volver a tumbarme pues me tenía sujeta por ellos. Dolían mucho. Le miré y vi su cara, no estaba enfadado. Estaba decepcionado. No retorcía mis pezones con aquella fuerza por rabia. Quería que me diese cuenta de mi error. Comencé a llorar y no por mis pechos. Acababa de fallar.

- Lo siento. Lo siento mucho. Perdón. Lo entiendo. Aprieta más fuerte, lo merezco. No debí insistir. Deseo de verdad que me duela por mi fallo.

Mis palabras eran más sinceras que nada de lo que había dicho en mi vida. Por más que me dolían mis retorcidos pezones, sentía a cambio una pequeña calma. Como si mi sufrimiento estuviera sanando una parte de mi error. Entonces él los soltó despacio. Un dolor terrible apareció cuando la sangre volvió a recorrer aquella zona. Fueron unos segundos, pero no pude evitar llevar mis manos allí. Rápidamente volví a descubrir mis pechos, dejando el sujetador bajado como él lo había puesto. Resignada, esperaba otro castigo por mi error.

- Me gusta que digas lo que piensas y lo que sientes. Pero no que insistas en lo que tú quieres. Debo castigarte... – dijo él apartándose de mí.

- Lo siento mucho. – dije asustada.

- Date la vuelta y túmbate.

Como sería siempre a partir de ahora, le obedecí. Mi cuerpo quedaba ahora tumbado boca arriba en la mesa, con mi cabeza junto a él. Noté como empujó de mis axilas hacia él, dejando mi cabeza colgando fuera de la mesa. Dejé de ver el techo para tener su polla y sus pelotas como único punto de vista. Una posición incómoda, pero merecía la pena.

Vi como agarraba su herramienta con una mano y se acercaba a mí abriendo las piernas. En un instante volvía a tener sus huevos en mi boca, pero esta vez no tenía ninguna escapatoria. No necesitaba ninguna aclaración, como hice bajo el mostrador, comencé a lamerle los huevos mientras él se pajeaba sobre mi cara.

Su mano libre paseaba acariciando lo que ahora era suyo. Mis pechos, mi tripa mis muslos… me volvía loca sus manos. Y sus pelotas en mi boca. Yo forzaba el cuello para que mi lengua no dejase ni un solo milímetro sin recorrer. Sólo podía ver sus nalgas desde una perspectiva en la que jamás había estado. Con mi boca intentando comerme sus testículos, mi nariz se pegaba a su culo. Deseaba ese culo. ¿Cómo podía desear comerle el culo? ¡Joder quería lamerlo! Entonces se apartó, deteniendo sus caricias en mi cuerpo y llevándose con él su culo y sus pelotas.

Vi como buscaba algo en sus pantalones antes de volver a mí. Yo seguía con la cabeza colgando, viendo todo al revés. Colocó de nuevo su polla sobre mi cara, dejando sus testículos sobre mis ojos. Ahora no podía ver nada. Pero mi lengua se afanaba en lamer aquel tronco que descansaba sobre mi rostro.

Entonces sentí como levantaba su pene, dejando mis ojos aún tapados. Unos segundos, para volver a desplomarse sobre mi cara. Pero era distinto, no olía igual. Su tacto era diferente. ¡Se había puesto un condón!

- Este será tu castigo. Vas a chupar goma y te voy a follar la boca hasta que me corra en ella. Y no podrás probarlo.

No dije nada. No sabía que decir. Puede parecer una tontería. Pero me acababa de negar lo que yo más deseaba. Saborear su polla y su leche. Prefería mil veces que me torturase a eso. Pero había aprendido la lección. Él decide y yo obedezco.

Restregó su enfundado pene sobre mi cara hasta llegar con la punta a mí boca. Comencé a chupar y saborear aquella maravilla cubierta en látex. Hacía años que no chupaba un condón, desde que empecé con Marcos. Sí hay alguna mujer que le guste que me lo haga saber, sería la primera. No hay nada como el contacto piel con piel. Y una mamada con goma le restaba todo el gusto por mi parte.

Aun así, me esforcé. En lo que sí era mi primera vez, era hacerlo al revés. Era extraño mamar con la cabeza colgando. Él estaba dejando que yo chupase a mi ritmo, disfrutando de mi castigo. Con sus manos recorriendo mi cuerpo hasta mis muslos, me iba excitando a pesar del sabor a lubricante del preservativo. Entonces llegó.

Un dedo entró en mí. Era enorme. Tenía que ser el corazón. Fue entrando poco a poco hasta que pensé que llegaría a mí útero. Y si no llego quedó cerca. Comenzó a palparme por una zona jamás explorada por mí. Yo no podía llegar donde llegaba él. Y era tan placentero… tocaba mi pared vaginal donde estaría la cocina si fuese un apartamento. Había entrado hasta el fondo y yo me moría con sus leves caricias.

Él fue iniciando un pequeño movimiento sobre mi boca, acompasado con su dedo. Era delicioso. Notaba mi garganta agrandase al paso de su virilidad y como mis bajos experimentaban algo nuevo y fascinante.

Entonces llegaron refuerzos y todo se desbocó. Un segundo dedo entró en mí. Ya perdí todo el conocimiento de lo que ocurría. Sus falanges dibujaron un gancho en mi interior y comenzaron a moverse con una fuerza desorbitada.

No podía gemir con su polla clavada en mi garganta. Por lo que solo se escuchaba mi encharcado coño siendo vapuleado en su interior. Era como si tuviera un pantano allí dentro. Lo notaba lleno de líquido deseando estallar.

Yo aguantaba como podía la tremenda follada en mi boca. No sabía cuánto había entrado ya en mí, no me importaba. Estaba demasiado absorta en lo que ocurría en mi zona sur. Era algo nuevo, increíble, preocupante. Sentía mi orgasmo llegar, un orgasmo diferente. No era un orgasmo vaginal como había tenido alguna vez con la penetración. Era más. Más húmedo. Más brusco. Más intenso. Mucho más. Sentía como si me fuese a mear de placer.

Notaba mi vagina estrecharse y convulsionar internamente. Intenté aguantarme las ganas. No quería orinarme mientras me masturbaba, pero era tan placentero… no pude más. Era incontrolable. Mi vagina se fundió con sus dedos sin que él dejase de moverlos, hasta que explotó y comencé a escuchar como un torrente de líquidos salía disparado entre los chasquidos de sus movimientos.

Un placer indescriptible y explosivo. No paraba, parecía que sí, pero entonces volvía a empezar. Él, como un caballero, sacó parte de lo que me atragantaba, dejando solo la punta. Esa punta engomada que yo succionaba con ansias mientras notaba como convulsionaba entre mis piernas.

Sus dedos se detuvieron. Sentí entonces mis muslos y mi culo mojado. Había manchado toda la ropa que había debajo de mí. La mía y la de la tienda. Volvió a la carga en mi garganta. Comenzó a embestirme. Intenté darle todo el placer del mundo después del que él me había dado a mí. Deseaba devolverle un poco al menos de lo que me había hecho sentir. Pero entonces volvió. Sus dedos comenzaron de nuevo ese ritual de la lluvia. Eso que había conseguido que yo chorrease como un grifo abierto.

Su polla entraba y salía de mí. Un ritmo frenético. Volví a correrme con tanta o más intensidad que antes. Era imposible. Acababa de hacerlo. Notaba mi ano abrirse y cerrarse, mientras que de mi coño no dejaban de salir disparados líquidos empapando su mano y todo alrededor.

No había terminado mi segundo orgasmo cuando escuché un leve jadeo de sus labios. Por fin conseguía arrancarle un suspiro de placer. Mi garganta estaba reventada pero sólo tenía que aguantar un poco más. Sólo un poco más de sus despiadadas embestidas y conseguiría que se corriese follándome la boca.

Y así fue. Sintiendo entre mis piernas como el segundo se convertía en el tercero. Explotando de nuevo y dejándome seca por dentro. Ese hombre. Mi dueño y señor, se corrió follando mi boca. Directamente en mi garganta. Habiendo llegado directos aquellos potentes disparos a mi estómago, de no ser por el maldito condón.

Clavó su polla hasta el fondo, notando como sus huevos tapaban mi nariz. Me ahogaba, pero no podía hacer nada. Mi cuerpo convulsionaba sin control. Mis piernas temblaban y notaba mi culo mojado sobre la ropa. Y aún seguí así cuando él me liberó, dejando solo la punta del condón llena de su leche en mi boca.

Sin haberme recuperado, se quitó el condón y le hizo un nudo, quedando colgado de mis labios. Tenía su semen en mi boca y no podía saborearlo.

Tardé varios minutos en dejar de temblar todo el cuerpo, con un chicle de goma con premio en su interior. Cuando por fin conseguí moverme, me hizo ponerme a cuatro patas y pegar mi cara sobre la ropa empapada. Olía a sexo. Todo manchado de mí. No sabía cómo explicaría eso. Pero me daba igual. Tenía su condón en mi boca y mi culo en pompa hacia él.

Comenzó a jugar con un dedo en mi culo. Mi cuerpo no podía más. Estaba reventada. Podía dormir allí mismo. En esa postura. No me movería hasta que mañana Natalia entrase y me despertara. Aun así, levanté más mi culo agradecida de que quisiera hurgar en mi agujerito.

- Dámelo. – escuché decir.

Su mano se posó bajo mi boca. Quería el condón. Lo dejé caer como una perrita que le entrega su hueso a su Amo. Después noté algo en mi culo. Su dedo con algo. Su dedo con el condón. Comenzó a presionar. Ya no había lubricante en el látex. Todo estaba en mi estómago. Pero poco a poco fue entrando, junto a su dedo, el condón con su semen. Sólo entraba la yema del dedo, pero a mí me parecía que estaba invadiendo lo más privado de mí. Debió entrar todo menos el nudo que había hecho antes, pues note como jugaba con él entre mis nalgas. Era muy humillante, expuesta y abierta para él. Para su diversión. Y me gustaba.

- Cuando llegues a casa follaras con tu novio. Le harás todo lo que quieras. Y lo harás con mi corrida en tu culo. Cuando eches el último polvo a tu novio, cortaras el nudo y dormirás con él así. Quiero que despiertes con tu culo chorreando de mi semen, sin haberlo sentido. Ese será tu castigo por no obedecer a la primera.

- ¡Sí! Así lo haré. Y lo haré encantada. Muchas gracias.

Él se vistió dejándome allí, sobre la ropa manchada sin poder moverme. Supuse que me dejaría allí tirada. Y hasta eso me ponía cachonda. Que me hubiera usado a su antojo y me dejase manchada y desnuda como la puta que era. Pero no fue así.

Con mimo me ayudó a ponerme en pie. Recogiendo mi ropa empapada de mis flujos, me ayudó a vestirme, como a una muñeca. Yo casi no podía ni moverme. Agarrándome de la cintura salimos de la tienda. Fue él quien echó el cierre, yo no podía ni levantar los brazos. Frente a la puerta estaba su moto. Me dio su casco y me subí con él.

Apretada contra su cuerpo recorrimos las calles casi desiertas. Yo estaba en un sueño. Lo que había sentido sobre esa mesa no podía explicarlo. Estaba tan agradecida que haría cualquier cosa por ese hombre. Y lo haría. Ahora era suya. Sólo suya.

Cuando quise darme cuenta estábamos frente a mí casa. Yo no le había dicho la dirección. Daba igual. Él era mi Dios. Que supiera donde vivo era lo de menos. Bajé de la moto y le devolví su casco. Él me miraba sonriente. Deseaba besarle, pero no era mi novio. Era mi dueño. Estaba muy nerviosa. Necesitaba saberlo. Reuní valor y lo hice.

- ¿Puedo hacerte una pregunta?

- Está bien. Solo una por hoy. Luego irás con tu novio a hacer lo que te he ordenado.

- Sí, sí. Por supuesto. Esto…

- Dime pequeña. – me instó él, levantando mi vista del suelo con su mano en mi barbilla.

- ¿Puedo besarte?

- ¡Jajajaja!

- ¿Por qué te ríes? – le dije molesta después de haberme declarado de esa manera.

- No, nada. Pensé que sería otra pregunta. Y no, no puedes. Tu boca sabe a mi polla y a condón. Para besarme debes tener la boca limpia para mí.

Aquella frase me avergonzó incluso más de lo que me había decepcionado. Deseaba besarle más que nada. Pero tenía razón. Estaba sucia para él. No era correcto querer besarle con mi boca asquerosa. Aunque para mí ese sabor fuese ambrosía. Resignada bajé la mirada y me separé de la moto. Comencé a caminar hacia mi casa, pero no di ni dos pasos cuando me detuve.

- ¿Qué creías que te iba a preguntar?

- Mi nombre.

Arrancó la moto y salió disparado entre las luces de las farolas, dejándome allí como una estúpida. Con un condón lleno de semen en mi culo, antes de entrar a mi casa para echarle el último polvo a mí novio. Y todo, sin saber su nombre.

Agradezco a todo aquel que llegó hasta aquí y pido perdón por la extensión del relato. Intentaré que los próximos no se alarguen tanto.

De nuevo gracias a todo aquel que toma su tiempo en comentar, valorar o escribirme al correo. Esas muestras de apoyo son las que te animan a seguir escribiendo.

Saludos,

Wilmorgan.

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