Políticamente incorrecto 10
Llegó por la pizza, pero se quedó por la sumisión. Sofía creía haber recuperado su orgullo, pero 'ÉL' tenía otros planes para su noche: cenar de rodillas, servir helado de su pie y recordar quién manda en su casa.
Políticamente incorrecto
Capítulo 10
Sofía
Siento unos besos en mi cuello. No hago caso, tengo mucho sueño. Se detienen. Me quedo dormida. Noto algo en mis muslos. Otra vez, unos besos. Abro un ojo como puedo. ¡Hay una mujer besándome en mis muslos desnudos! No, es marcos. Sigue con mi ropa interior. Le aparto con una mano y vuelvo a cerrar los ojos.
La luz que entra por la ventana me despierta. Un despertar de película. Descansada, relajada, completa. Me siento bien. Me siento mojada. ¿Ya estoy excitada? ¡Joder la cama esta empapada! Mi culo… el condón… su semen. Una sonrisa se dibuja en mi cara. He amanecido manchada de ÉL.
Miro la hora y es tardísimo. Tengo poco más de dos horas para entrar a trabajar. Y menos de una para que vuelva Marcos de su trabajo. Aun así, me encanta estar en la cama, con las sábanas manchadas de ÉL. ¿Qué coño me pasa? Estoy como una adolescente babeando por el malote de la clase. ¿Volverá hoy a la tienda? ¿Vendrá a buscar lo que es suyo? Espero que sí…
No tengo tiempo para pensar en todo lo que ocurrió ayer. Ni en ÉL, ni en lo que hice con Marcos. Consigo levantarme de la cama, me ducho, paso más de media hora eligiendo que ropa ponerme. Puede que venga esta noche a la tienda… tengo que estar perfecta. Unos minishort vaqueros, bien ajustados. Top azul con escote palabra de honor. Unas sandalias de tacón, me iba a morir toda la tarde trabajando con ellas, pero daba igual. Me maquillo, me perfumo. ¡Uy, voy a darme un repaso ahí abajo! No quiero ni un pelo que le pueda disgustar.
Llega Marcos. Le veo feliz. Me siento más relajada. Parece que le gustó lo de anoche. Está muy cariñoso. Muy servicial. No he preparado la comida, llego tarde. Él me hace un sándwich mientras termino de depilarme. Voy acelerada, cojo el sándwich, un beso a mi novio y me voy al trabajo.
La tarde pasa como si el reloj estuviera sin pilas. Estoy nerviosa, desquiciadamente nerviosa. Natalia lo nota. Ni siquiera me acuerdo de preguntarle que tal le fue en su cita, pero ella me lo cuenta igual. Las horas pasan al fin, llega la hora de salir. Vuelvo a usar a mi compañera como coartada para Marcos, quizás para toda la noche.
ÉL no llega, mejor. No quiero que Natalia lo sepa. Me despido de ella. Aparecerá ahora, cuando me quede sola. Me sorprenderá con su moto de camino a mi casa. Tiene que venir. Tiene que saber que le he obedecido. Qué follé con mi novio por última vez. Que he dormido junto a él, mientras su leche salía de mi culo y manchaba nuestras sábanas. ¡Mierda, las sábanas! No las he cambiado…
Llego a mi portal. Espero. Tiene que venir. Sabe dónde vivo. Marcos ya está avisado que saldría con Natalia. Miro la hora. 10 minutos más. 20 minutos. 30… a los 45 abro la puerta del portal. Escucho una moto, miro hacia atrás, a la calle. El repartidor de pizzas…
Subo con mi novio a casa. Había preparado la cena, ceno yo sola pues él ya lo había hecho… Marcos intenta volver a tener sexo conmigo. Tengo ganas, pero no puedo. No tengo claro si puedo hacerlo o no. Necesito verle. Tengo muchas dudas. Mañana… Mañana es sábado. Mañana seguro que viene.
Me despierto y todo se repite como el día de la marmota. Marcos me despierta con besos, intenta tener sexo, le aparto y sigo durmiendo. Él hoy no trabaja, pero yo estoy demasiado centrada en prepararme para ese hombre. Me ducho, me visto provocativa, demasiado, Marcos se da cuenta y se pone más pesado. Me propone salir a cenar esa noche. Una cena romántica en un buen restaurante. Le digo que no puedo. Necesito esa noche libre. Insiste, pero ante mi negativa reiterada se resigna. Está muy sumiso. Me siento mal por usarlo de esa manera, pero me viene genial tenerle tan obediente. Me deshago de él y me voy a trabajar.
El trabajo igual. Natalia me dice que tiene una cita. Insisto para que se vaya antes. Hoy habrá más clientes, pero me da igual. Necesito que todo sea igual para que ÉL venga. Consigo convencerla. Se va una hora antes. No paro de trabajar yo sola. Pero no llega. Cierro la tienda y camino despacio hacia mi casa. Otra vez en la puerta del portal. Miro a todos lados, no le veo. Esta vez no espero. Meto la llave en la puerta y escucho una moto. Otra vez el repartidor. ¡Putos vecinos zampa pizzas!
Ahora la resignada soy yo. Mientras subo las escaleras pienso lo estúpida que estoy siendo. Tengo a mi novio deseando estar conmigo. Complacerme. Hacer cualquier cosa por mí. Y yo solo le quiero a ÉL. Pero pasa de mí. Los celos y la ira me hacen subir los escalones de dos en dos. ¡Se acabó! Estoy preciosa con este vestido. Voy a coger a mi novio y nos vamos a cenar. Y después le haré comerme el coño una hora.
Llego a casa y no hay nadie. Miro mi móvil y tengo 6 mensajes de Marcos.
- Me han llamado de la oficina. David está enfermo y me preguntan si puedo hacer su guardia esta noche. ¿Al final vas a salir con Natalia?
- Dime algo. Si vas a salir con ella, me voy a trabajar. Sabes que lo pagan muy bien y llevo mucho tiempo intentando que cuenten conmigo para hacer guardias.
- Supongo que estás ocupada. Les voy a decir que sí.
- Ya se lo he dicho. Me voy a trabajar que ya llego tarde.
- Saldré del trabajo a las 8 de la mañana. Si quieres te despierto cuando llegue como a ti te gusta.
- Te quiero mucho Sofí. Me encantas. Y estoy deseando hacer lo que quieras.
Estupendo, ahora me quedo sola un sábado por la noche. Me tumbo en el sofá y le contesto desganadamente. Me sentía el ser más estúpido de la tierra. Ese hombre no dejaba de jugar conmigo y yo seguía como una niñata tras ÉL. ¿Pero por qué? ¿Por qué me hacía eso? Si había hecho todo lo que ÉL quería. Me había entregado a ÉL. Parecía feliz conmigo. Había sido una buena perrita. ¡Ladré! Esta vez sí ladré. ¿Por qué pasaba de mí? ¡Joder que antojo de pizza! Pizza y helado. Ese sería mi antidepresivo esa noche.
Hice el pedido por la app y me quité esa ropa tan sexy que me puse para ÉL. Debajo llevaba su regalo. Me miré en el espejo y estaba imponente con ese conjunto. ¡ÉL se lo pierde!
En ropa interior, volví a sentarme en el sofá y empecé a buscar que ver en la tele en esa plataforma que compartía con mi hermana. No me había decidido que ver, cuando llegó la pizza. ¡Qué velocidad! Al menos algo me salía bien esa noche.
Me puse un batín para no abrir al repartidor en ropa interior. Estaba desesperada por un polvo, pero no tanto. Dejé la puerta abierta mientras subía las escaleras, así yo aprovechaba para buscar algo de dinero como propina. Iba a ser el único hombre que me hiciera feliz esa noche.
- Hola pequeña. ¿Siempre recibes así a tus visitas?
El tintineo de las monedas rodando por el suelo retumbó en todo el rellano. No podía ser. Estaba en mi casa. ¡ÉL! Ese hombre sin nombre, en mi casa. Mis manos me temblaban. No sabía que tenía que hacer. ¿Arrodillarme? ¿Y si salía un vecino? De fondo se escuchaba el tráiler de una película infantil en mi televisión, que vergüenza…
- Si no me invitas a entrar, te voy arrancar esa bata y hacerte mía aquí mismo.
Me hice a un lado para dejarle pasar. Estaba tan nerviosa que solo atinaba a sujetar mi batín, como si no me hubiera visto todo ya. ÉL pasó distraído hacia el salón mirando curioso mi piso. Yo cerré la puerta y fui tras ÉL, sin saber que decir.
- ¿Y Marcos?
- No... no está.
- Vaya… yo que quería saludarle.
Se sentó en el sofá mirando la película de dibujos animados que yo acababa de poner. Me estaba poniendo muy nerviosa. Estaba en mi casa. En mi intimidad. Y se comportaba como si fuera suya. No me miraba, no me hacía caso. Y yo no era capaz de reaccionar.
- ¿Noche de sofá y peli? – me preguntó, como si fuera un amigo cualquiera.
- Sí…
- ¿Y dónde está tu novio? No me digas que ha salido de fiesta con sus amigos y te ha dejado tirada en casa.
- No. Está trabajando. De hecho, quería que saliéramos a cenar. Pero le dije yo que no. Por eso se fue a trabajar. – le dije, molesta con su insinuación.
- ¿Y por qué le dijiste que no? ¿Tan interesante es esta película? – me contestó, con su típica chulería.
- Pues no. – contesté, cogiendo el mando y apagando la televisión.
- ¿Entonces? ¿Me estabas esperando?
- Eh… esto… ¡No! ¿Por qué te voy a esperar? – contesté indignada por su prepotencia.
- No sé. Me ha dado esa impresión, al ver que lo único que llevas puesto bajo esa bata tan sexy, es mi regalo.
¡Joder! ¿Cómo lo había visto? Había tenido mucho cuidado de cerrar bien la bata. Mis nervios estaban a flor de piel. Llevaba dos días esperándole como agua de mayo y había pasado de mí. Ahora le tenía sentado en mi sofá y lo único que yo hacía era darle la espalda, enredando en mi bolso, disimulando porque no podía sostenerle la mirada. Tenía que pensar una respuesta convincente, pero ni siquiera era capaz de cerrar la maldita cremallera del bolso.
- ¿Me has echado de menos? – me dijo de repente en mi oído, con esa voz grave que tanto me ponía.
¿Cómo había llegado del sofá hasta a mí, sin que me diera cuenta? Era un puto ninja. Sin enterarme estaba a mi espalda, con sus manos en mi cintura, mientras notaba su respiración en mi cuello. Joder… No quería ponérselo fácil después de dejarme tirada dos veces.
- ¿Debería?
- No te he preguntado eso. Te he preguntado si me has echado de menos. Ya se la respuesta, pero quiero que tú lo digas.
- ¿Y si te digo que no? – le dije con picardía.
- Estarías mintiendo. – contestó susurrando en mi oído.
- Eres un creído. ¿Crees que por un polvo ya voy a estar loquita por ti?
- Por un polvo no. Por el mejor polvo que has echado en tu vida.
- Flipado.
- ¡Zorra! – me dijo, dándome la vuelta, quedando con nuestros cuerpos pegados frente a frente.
- ¿Y si te doy un tortazo? – contesté, ya con poca convicción en mi rebeldía.
- Puedes. Y yo te besaré a cambio. Pero sabes que esta noche acabaras siendo tú, quien me suplique que te abofetee y te llame zorra.
Esto me lo decía con sus labios a unos centímetros de los míos. Con total tranquilidad, como quien habla del tiempo. Mis nervios eran imposibles de disimular por más que lo intentase. Deseaba cruzarle la cara con mi mano. Quitarle esa sonrisa de chulo. Pero a quien iba a engañar, ÉL veía dentro de mí. Sabía bien que le deseaba. Y había jugado sus cartas. Hiciera lo que hiciera, ÉL saldría vencedor. ¡Pues se iba a llevar la hostia! Espero que cumpla con su promesa. Levanté la mano, sonriendo como una niña traviesa. El chasquido sobre su cara se acompasó con el sonido del timbre de mi casa.
- ¿Marcos? – me preguntó ÉL, aún con mi mano sobre su mejilla.
- No, no. La pizza. – dije, retirando mi mano nerviosa.
Por unos segundos espere su reacción prometida, pero el inoportuno del repartidor había roto la magia del momento. Después de una segunda llamada, fui al videoportero y confirmé mi sospecha. Resoplando por mi mala suerte, abrí la puerta del portal, para que subiera. No había terminado de expulsar todo el aire, cuando le volví a sentir pegado a mí. La finísima y sedosa tela de mi bata me permitía sentir todo el contacto con su piel. Su paquete rozando mi culo, sus brazos rodeando mi cintura, sus manos acariciando mi vientre. ¿Cómo lo hace para ponerme tanto?
- ¿Obedeciste mis órdenes? – me preguntó, con su aliento en mi lóbulo.
- Sí. – contesté casi sin voz.
- ¿Follaste por última vez con tu novio?
- Sí. – mi voz comenzaba a asemejarse a un jadeo.
- ¿Lo hiciste con mi leche en tu culo?
- Sí. – Ya no estaba segura si afirmaba o solo gemía.
- ¿Dormiste con tu novio, mientras mi corrida salía de tu culo?
- ¡Mmm! ¡Síííí!
Ya estaba perdida. Ya había llegado a ese punto donde lo deseaba tanto, que nada podía hacer por evitar lo que iba a pasar. Era suya otra vez. Una pérdida de tiempo disimularlo. Notaba mis rodillas flaquear, como queriendo ceder y acabar postrada ante ÉL.
Una de sus manos desató el cordón de mi bata. Lentamente lo fue retirando, recorriendo este mi cintura con mimo. Estaba a mi espalda, pero sabía que podía verme desnuda por encima de mi hombro.
- Sabía que lo llevarías puesto. – me dijo al ver mi ropa interior.
¿Qué? Entonces… no lo había visto antes, solo lo suponía. Eso era peor todavía. Mi cuerpo temblaba mientras se sabía observado luciendo su regalo. Una mano subió acariciando mi vientre hasta mis pechos. Sus dedos entraron en mi sujetador, solo un poco. Solo un aviso de que todo eso era suyo. De qué si no iba a más, era porque ÉL no quería. Y yo deseaba que siguiese. Entonces su mano se retiró de mi pecho y lo vi. Un billete de 5 euros, sobresaliendo de la copa de mi precioso sostén. Llamarón a la puerta y ÉL desapareció de mi espalda, con el cordón de mi bata.
Mordiéndome el labio frustrada y usando una mano para cerrar el batín, abrí la puerta. No sé si fue por mi atuendo o porque notase en mi cara la excitación, pero el chico se quedó pasmado al verme. Encendida como estaba, disfruté de ver a ese hombre con los ojos como platos por mí. Pasé del mayor estado de sumisión a sentirme poderosa ante ese joven.
El chico tardó unos segundos en reaccionar antes de entregarme la pizza. Yo la sostuve con mi mano libre, pues la otra estaba bien ocupada evitando lucirme demasiado ante ese repartidor. Este luchaba con sus bolsas para conseguir sacar la tarrina de helado. Seguro que si dejase de mirarme le sería más fácil. La pizza se notaba que estaba recién hecha, pues quemaba bastante. Y él tardaba mucho. Ya no pude aguantar más y tuve que cambiar de mano, haciendo un juego rápido entre la pizza y la bata. Esta vez fui más lista y sujeté la caja por un extremo en lugar de hacerlo por debajo. Por fin consiguió sacar la tarrina de la bolsa. Intentó que yo lo cogiera con la mano que sujetaba la bata, pero le hice ponerlo sobre la pizza.
- No olvides la propina, Sophie. – se escuchó desde el sofá.
Como cada vez que hablaba, me quede en blanco. Miré al suelo y allí estaban las monedas que se me habían caído cuando llegó ÉL. ¿Pero cómo cogerlas, con la pizza en la mano, el helado sobre esta y mi bata abierta? Mis ojos recorrieron el suelo mirando las monedas y luego miraron al repartidor. No era tan difícil, si quieres propina, cógela. Pensé para mí. Pero ese chico no miraba las monedas del suelo, me miraba a mí.
- Creo que se refiere a eso ¿no? – me dijo el repartidor, señalando a mi pecho.
Miré hacia abajo y descubrí como se veía buena parte de mi sujetador y el billete de 5 euros que ÉL había dejado allí. Esa sensación de poder se transformó en vergüenza, mientras miraba al chico y volvía a mirar mis tetas con el dinero. Intentaba decidir cuál era la mejor opción. Soltar la bata y darle el dinero, dejando que viese por completo el conjunto de lencería. O por el contrario, mantener oculto el resto de mi cuerpo y dejar que fuese el repartidor quien cogiese el billete directamente de mi pecho.
Ahora quien sonreía era el repartidor, que sujetaba las bolsas estratégicamente tapando su entrepierna. Por mi mente voló la posibilidad de que ocultase una erección. Me sentía avergonzada por estar semidesnuda en esa situación, pero algo en mí me hacía creerme vencedora, si había provocado que su pene se endureciera con tan solo mostrarle parte de mis pechos.
De repente su cara cambió y le vi dar un paso atrás. Su sonrisa había desaparecido. Y casi parecía asustado, como si hubiera visto un fantasma.
- ¿No quieres tu propina? – dijo ÉL, a mi espalda.
- Ehh… sí… no sé… – contestó temeroso.
- Ya sé. Te parece mucho 5 euros… - dijo ÉL.
Entonces se agachó y recogió del suelo una moneda de 50 céntimos. Como ya era habitual, colocándose tras de mí, separó el sujetador de mi pecho y dejo caer la moneda dentro de una de las copas, como si fuera una hucha. Un escalofrió recorrió mi cuerpo al sentir el metal justo en mi pezón. Al hacerlo, había abierto más la bata, que ya dejaba ver casi por completo mis pechos. No me atreví a taparme, por lo que quedé allí, expuesta en el umbral de la puerta, con un billete en una teta y una moneda en la otra.
- No quiero que te sientas mal. Puedes escoger la propina que consideres que te mereces. – le dijo al repartidor.
El pobre chaval estaba alucinando. Igual que yo por supuesto. ¿Quién me iba a decir esa noche, que pedir una pizza se iba a convertir en un morboso juego en sus manos? Casi más que la elección que tomase el joven, me preocupaba mis vecinos. Si tenía la mala suerte que alguno saliera de casa en ese momento, me encontraría medio desnuda, con el repartidor y un hombre que no era mi novio. Aun así, no hice nada para evitarlo.
- Oye, que se va a derretir el helado. – dijo ÉL, cogiéndolo de encima de la pizza.
El alivio por el peso de menos no duró mucho. Pues en un momento me devolvió la tarrina, esta vez haciendo que la sostuviera con la otra mano. No me di ni cuenta al hacerlo lo que eso implicaba. Fue al ver de nuevo la cara del chico, cuando me sentí expuesta completamente. Ahora mi bata dejaba a la vista todo mi cuerpo enfundado en aquel precioso conjunto. Mis ojos estaban tan abiertos por la vergüenza, que notaba el aire entrar en ellos. ¡En maldita hora se me antojo una pizza!
- ¿Y bien? ¿Qué elijes? Tengo hambre. – apremio ÉL.
- La… ¿moneda? – contestó con miedo.
- Pues cógela. Si es lo que consideras que mereces, cógela.
Su mano temblaba como un flan. Yo estaba tremendamente avergonzada, aunque comenzaba a sentir una excitación extraña. Un completo desconocido iba a meterme mano, en mi propia casa, por voluntad de ÉL. Y yo me estaba dejando sin poner ninguna traba a su morbosa perversión. Sus dedos estaban cada vez más cerca, notaba como mi piel se erizaba antes incluso de tocarme. Llegaron sus dedos a mi pecho. Con miedo fue introduciéndolos poco a poco, dentro del sujetador. Yo tragué saliva, no por miedo, no por reparo alguno por estar siendo cedida a un repartidor de pizza por ese hombre. Lo único que sentía era como me estaba excitando. Como aquel chaval, que ni de lejos era mi tipo, me ponía cachonda por el simple hecho de ser usada como un objeto.
Dos dedos rozaban mi pecho izquierdo, profundizando en busca de los 50 céntimos. Llegaron a la moneda, por lo que inevitablemente, allí estaba mi pezón. Me sorprendía a mí misma con su estado, pues sí bien el joven no me parecía sexualmente atractivo, estaba empitonada. Ya fuera por nerviosismo o por aprovechar la ocasión, sus dedos eran incapaces de agarrar la moneda.
Allí estaba yo, en ropa interior frente a las puertas de mis vecinos, mientras el repartidor hurgaba dentro de mi sostén. Mis pensamientos se dividían en la razón de mi excitación, por algo tan embarazoso como ser una hucha. Y por lo que supondría que algún vecino abriese la puerta y me descubriese en ese momento. Entonces sus dedos apretaron lo segundo más duro que había allí dentro, haciéndome soltar un quejido. Vi en los ojos de ese chico un brillo de lujuria y superioridad. Seguramente no fuesen muchos los pechos que había tocado en su vida. Y posiblemente jamás volvería a tener la oportunidad de tocar a una mujer como yo, muy por encima de su nivel. Sentía ese deseo rabioso en mi pezón, con una fuerza controlada apretando antes de recoger su propina. Dejándome claro su superioridad. Si ese pagafantas quisiera, yo estaría gritando de dolor y suplicando porque se detuviera. No era nadie, no me molestaría en contestarle en una discoteca. Y ahora me sentía muy inferior a él, con solo dos dedos… ¿Y todo por ÉL? ÉL me hacía ver las cosas de otra manera. Mi mentalidad estaba cambiando.
Enfrascada en mis pensamientos, vi salir su mano de mi ropa interior mientras un gemido escapó de mis labios. Con mi mirada fija en esa triste moneda y mi mente intentando aclarar todo lo que sentía en ese momento, no presté atención de nada más, hasta que ÉL cerró la puerta.
- ¡Qué hambre! – exclamó ÉL, cogiendo la pizza y el helado de mis manos.
Vi como entraba en el salón con mi cena. Tardé unos segundos de más en seguirle, aún no podía asimilar lo que acababa de pasar. Llegué y le vi sentado en el sofá, con la comida sobre la mesa de centro. Mis ojos fueron directos a un cojín tirado en el suelo. Todo el que me conoce sabe de mi obsesión por el orden. Y más con “visitas” en casa. Fui directa a recoger ese agravio en mi feng shui cuando me detuvo.
- Ese es tu asiento. Comerás de rodillas en el suelo.
Aquello lejos de molestarme, me agradó. Ya iba conociendo sus gustos y sabía bien que aquella manera de rebajarme era su forma de interesarse por mí. Por ese mismo motivo me desnudé con una sonrisa, cuando me “recomendó” cenar desnuda para no mancharme.
Pedí esa pizza triste, como tratamiento antidepresivo. Pero jamás hubiera imaginado que comerla de rodillas en el suelo y desnuda, sería tan efectivo. Os lo recomiendo. Pero claro, necesitáis a alguien que os acompañe, cómodamente sentado en vuestro sofá. Si no tenéis esa clara diferencia entre su superioridad innata y la nueva sensación de disfrutar de vuestra inferioridad consentida, no sabe tan bien la pizza.
La verdad es que estaba deliciosa. Una pena no poder volver a pedir en esa pizzería, no me gustaría encontrarme con el repartidor. Era tan extraño lo bien que me sentía cenando desnuda y arrodillada en el suelo. No quería ni pensar lo que estaba haciendo, seguro que mi lado racional se enfadaría mucho conmigo. Incluso puede que hiciera replantearme todo esto. Y para nada quería eso. Disfrutaba de estar de esa manera servicial, sumisa y humillante para ÉL. Degradarme como mujer para un hombre, para ese hombre, que no era mi novio.
- Este sofá es muy cómodo. Pero las botas me están matando. Descálzame.
Inmediatamente dejé la porción que tenía en mi mano y aun masticando fui de rodillas hasta ÉL. Me sorprendí a mí misma cuando ya había desnudado uno de sus pies y aún no había terminado de tragar lo que tenía en la boca. ¿Hasta qué punto podía llegar mi deseo por obedecer a ese hombre? Creo que esa noche lo comprobaría.
Cuando terminé me quedé unos segundos mirando sus pies con devoción. Nunca había sido fetichista ni nada de eso. Pero me recordaba a ese sueño húmedo con Natalia y algo en mí me hacía fantasear con masajear y besar los pies a ese hombre. Cuando salí de mi trance, me puse a cuatro patas para colocar sus botas a un lado del sofá. Me sentía sexy en esa postura, ofreciéndole una vista perfecta de mi culito y todo lo demás. Quería que me mirase, por lo que apuré todo lo que pude esa postura y sin darme cuenta estaba arqueando la espalda para ÉL. Entonces sentí un peso sobre mi espalda. ¿Me había dado un tirón de tanto ofrecer mi culo? Dios que vergüenza si ahora no estaba en condiciones para follar. Con miedo miré por encima de mi hombro y le vi, recostado en el sofá, con un trozo de pizza en su mano y sus piernas apoyadas en mi espalda.
- ¡Esto sí que es vida! No te importa que te use como reposapiés mientras ceno ¿Verdad?
- No, no. Claro que no. – dije como una estúpida.
Un “buena chica” fue todo lo que recibí a cambio por soportar el peso de sus piernas y quedarme sin esa deliciosa pizza que ÉL degustaba tan cómodo. Con lo buena que estaba… con lo bien que huele… ¡Qué hambre!
- ¡Toma! No me gustan los bordes. La próxima vez pídelo relleno de queso. – me dijo, poniendo frente a mi cara el borde que le había sobrado.
¡A mí tampoco me gustaba! Lo sabría si se hubiera fijado que yo había dejado lo mismo del único trozo que había comido. Pero lo comí. Directamente de su mano, como una mascota, mordiendo poco a poco y tragando hasta que llegué a sus dedos. Igual que una perra fiel, cogí de entre sus dedos el ultimo pedazo, sin que mis dientes le tocasen la piel, usando mi lengua, lamiendo sus dedos salados por la pizza.
- ¡Ahora el postre!
Mi mente se fue directa a verme a mí como su siguiente plato. Era una metáfora obvia. ¡Por fin me haría suya! Volví a mirarle mordiéndome el labio y le encontré con la tarrina de helado en sus manos.
- Necesitaré una cuchara. No querrás que me lo coma a lametones ¿no?
Lo que quería que se comiera de esa manera era a mí. Me tenía desnuda en mi propia casa, desesperada por ser usada por ÉL. Y yo como una estúpida espere a que bajase sus piernas para ir a la cocina a por cucharas.
- Así no. Las perras lo hacen a cuatro patas. – me dijo, cuando hice el intento de levantarme.
Era la primera vez que andaba a cuatro patas por mi casa. Lo difícil fue cuando me vi con las cucharas en mi mano y tenía que volver de la misma manera. Literalmente pensé como lo haría una perra. Y con ellas en mi boca volví con mi dueño.
Le encontré sonriendo al verme volver de esa manera. Las cogió, dejo una en la mesa y comenzó a comer el helado. No sabía si debía volver a mi posición anterior, pero como no dijo nada, volví a mi cojín. Allí esperé de rodillas, con mis manos apoyadas en el mullido cojín entre mis piernas ligeramente abiertas. En esa postura mis pechos quedaban apretados entre mis brazos, me sentía sexy, pero sobre todo hambrienta. Sobre la mesa aún quedaba pizza de sobra para placar mi apetito. Aunque no me atreví a comer. Ahora era peor verle comer ese helado de chocolate que tanto ansiaba y que tenía para ÉL, sin compartir conmigo. Era mi favorito, mi capricho, mi manera de olvidarme de ÉL, su sustituto. Y ahora tenía que ver como disfrutaba y yo allí, sin lo uno ni lo otro.
- ¿Quieres? – me preguntó, ofreciéndome una cucharada.
Como si todo el rencor que tenía desapareciese por ese gesto, afirmé sonriendo y fui hasta estar entre sus piernas. Metió la cuchara en mi boca y yo lamí con gula. Me mantuve allí, de rodillas y erguida, esperando que me diese otra cucharada, mirando ansiosa como ÉL seguía comiendo tranquilo. ¡Estaba tan bueno! El helado me refiero… Quería más. Me encantaba… No me di cuenta cuando lo hice, pero lo hice. Mi mano derecha estaba acariciando su muslo, intentando llamar su atención.
- ¿Quieres más perrita?
Fui a decir que sí, pero algo me lo impidió. Solo asentí con mi cabeza, sonriendo alegre por haberme entendido. Pero en mi interior sabía que debía haber ladrado. No me atreví, pero quería hacerlo. Cargó una cuchara bien llena de helado y la dirigió hacia a mí. Yo esperaba con la boca abierta para recibir mi premio. Si hubiera tenido cola la estaría moviendo frenéticamente. Pero no llegó. Vi como la cuchara se desviaba de su camino y fue hasta su pie desnudo, dejando allí el riquísimo helado de chocolate sobre su empeine.
- ¡Venga perrita! Lame y déjalo bien limpio.
Podría decir que aquello era una degradación como persona. Que no debía rebajarme de esa manera como mujer… Pero la verdad fue que mientras lamia el riquísimo helado de su pie, mi culo se mantuvo bien levantado e incluso diría que lo estaba meneando. Dejé todo bien limpito y volví a mi posición, de rodillas y con las patas sobre sus muslos. Manos… manos sobre sus muslos.
- ¿Más? Como se nota que te tengo muy consentida… Venga toma y déjame comer tranquilo.
Metió la cuchara en la tarrina y dando varias vueltas sacó una gran bola de helado. Mis ojos se abrieron de felicidad al ver esa cantidad. Entonces vi como vaciaba la cuchara en el suelo. Mi gesto cambió radicalmente. Miré el helado derretirse en el suelo y luego a ÉL varias veces. No me podía creer que me hiciera eso. Estaba siendo tan bonito, tan bueno… me gustaba tanto ese helado… Solo hizo falta un gesto suyo para que entendiera lo que quería. No me dejaba sin helado, quería que comiese del suelo. Eso ya era demasiado. Una cosa era cenar desnuda y en el suelo, o comer sus sobras. Y otra la guarrada que pretendía que hiciese.
- Come. No seas desagradecida.
- No voy a comer del suelo. Está sucio. De tu pie encantada, pero eso no.
- Pues si esta sucio es tu culpa. Deberías tener la casa limpia. – me contestó, tocando mi fibra sensible.
- ¿Y por qué yo? ¿Por qué no debería ser Marcos quien limpiase la casa?
- Pues también. Tu novio es una mariquita sumisa. Me parece bien que sea tu chacha.
- No tiene nada de malo que un hombre haga las tareas de casa. Eso de mariquita sumisa es de ser un machista.
No tenía claro si me había molestado más ese comentario homófobo y machista o quedarme sin esa cantidad de helado, que encima estaba manchando el suelo. Pero había salido de esa nube de felicidad y sumisión en la que estaba y había aflorado la auténtica Sofía. ÉL no respondía, solo me miraba serio. Comencé a sentirme incomoda por estar desnuda y arrodillada a sus pies. Quería levantarme, pero era como reconocer ese sentimiento. No pensaba darle ese placer. Y ÉL no decía nada. Ese silencio me estaba matando. Qué me pidiera perdón o que se fuera de mi casa. ¡Pero algo!
Mi rostro desprendía toda la rabia que acumulaba mi cuerpo. En cambio, la suya era un enigma. No entendía que coño le pasaba. ¿Por qué lo estropeaba así? Lo que había dicho estaba mal. Solo tenía que reconocerlo y pedirme perdón. Así volvería Sophie y lamería el helado de su pie o de su polla si así lo quería. Pero no. Era un chulo y un cabezón. Un prepotente que no daría su brazo a torcer. Pues había dado con la horma de su zapato. Sí ÉL no reculaba, ya podía irse por donde había venido.
Le miré fijamente. Una mirada amenazante. Tenía que disculparse. Pero no. ÉL no era ese tipo de hombre. Su mirada era fría y seria. Pero no decía nada. ¡Maldito machista cabezón! Di algo, lo que sea. ¡Pero di algo!
- Có-me-te el he-la-do. – me dijo muy lentamente, recalcando cada sílaba.
Disculpar el retraso al publicar. Como ya previne a varios lectores por correo, tuve unos días sin tiempo y tuve que retrasar una semana la publicación de esta historia. Espero sepan disculparme.
Como siempre, muchísimas gracias por leerme, por vuestros comentarios, valoraciones y a todo aquel que toma su tiempo para escribirme por privado. Con tal apoyo es muchísimo más fácil escribir.
Saludos.
Wilmorgan.
Continúa en
- Relato #191784— title-regex: contiguous parts (9 -> 10)
Relatos similares
- Dominación
El de seguridad me lleva a ver al director
No esperaba que el castigo fuera tan sucio, ni que el poder de sus ojos me dejara sin aliento.
Comparte:Dominacion masculinaSumision consentidaBdsm suave
- Dominación
Como aprendí a ser una puta 2
Natalia sabe que su móvil no dejará de sonar. Con la puerta abierta y el tiempo corriendo, cada desconocido que cruza su umbral no busca…
Comparte:Bdsm suaveDominacion masculinaSumision consentida
- Dominación
Ana de vacaciones
Alberto la fotografió en la playa con ojos hambrientos y la invitó a su chalet. Allí, tres desconocidos la esperaban no para un café, sino para…
Comparte:Bdsm suaveDominacion masculinaSumision consentida
- Dominación
Humillación pública
La rutina de un día de descanso se transforma en una prueba de obediencia absoluta. Mientras camina por la calle, bajo la mirada indiferente de los…
Comparte:Bdsm suaveDominacion masculinaSumision consentida
- Dominación
Chico Nuevo
Lucas siempre tuvo el control, hasta que Jeff llegó para demostrarle que la verdadera autoridad no se impone, se entrega.
Comparte:Bdsm suaveDominacion masculinaSumision consentida
- Dominación
Gala
Llega a casa después de un día largo, pero su trabajo no ha terminado. El teléfono vibra con órdenes que no pueden ignorarse: desnudarse, oler,…
Comparte:Bdsm suaveDominacion masculinaSumision consentida