Políticamente incorrecto 9
Sofía siempre fue dulce, pero esta noche sus ojos brillan con una autoridad que no conoce. Al encontrar a Marcos en su más íntima perversion, no lo juzga: lo somete. Ahora, cada gemido de él depende de su permiso, y cada gota de su semen, de su crueldad.
Políticamente incorrecto
Capítulo 9
Marcos
Otro día más en el trabajo sin poder concentrarme. Por mucho que lo intentase, mi cabeza estaba en un limbo mental que parecía no terminar nunca. Aquella noche todo se torció. Mis planes para recuperar la pasión de Sofía se esfumaron de la manera más terrible y humillante posible. No sabía cómo mirar a mí novia a la cara. Y supongo que a ella le pasaba lo mismo, aunque actuase como si nada hubiera pasado.
Que Sofía hiciera eso casi era un alivio. No podía contabilizar la cantidad de hechos que podría recriminarme. Y cada vez que Sofía mentaba el nombre de Natalia, yo temblaba. No sólo porque hubiera visto como me excitaba con Natalia en aquel parque. Me sentía fatal por lo que hice con ella en su sofá. Había sido infiel a mí amada Sofí. Y con su compañera de trabajo… Esa noche pensaba ser un héroe de película y acabé como el más patético de los hombres.
Temía el momento en que Sofía quisiera hablar del tema. Cualquiera que fuesen sus conclusiones, de bien seguro serían horribles para mí. ¿Me dejaría por ser un hombre de pacotilla? Un piltrafa que se excita cuando ve a su novia siendo usada por otros hombres. Un cobarde que no hace nada cuando un negro le frota con su pollón en el culo en tanga de mujer.
Y si eso no era suficiente. Estaba la posibilidad de que Natalia le contase lo nuestro. Si es que podía llamarlo así. Casi sería más apropiado decir: cuando me usó como un pelele. Pero eso no me eximía de cómo dejé que lo hiciese y cuánto disfruté con ello.
Las pocas veces que Sofía me hablaba, la mayoría era de Natalia. Parecía que se habían hecho muy amigas. Con lo que mis nervios estaban a flor de piel. No sabía que día volvería de trabajar y ella le habría confesado aquello. ¡Maldita calma tensa! Casi preferiría sentarnos a hablar y aclararlo todo.
Aunque para eso, debía aclararme yo. Cada vez que recordaba aquella noche me sentía un mierda, un hombre sin virilidad, un mal novio. Pero acababa calentándome, teniendo que placar mi excitación con una paja. Y eso me pasaba 3 o 4 veces al día.
Y con esas ganas llegaba yo a casa. Deseando que Sofí ya se hubiera ido a la tienda, para tener la intimidad de descargar toda una mañana de pensamientos libidinosos en el trabajo. Al abrir la puerta puede oler que no era así. Un exquisito aroma a comida invadía el apartamento.
- Hola cariño. ¿Qué tal el trabajo? – me preguntó Sofía.
- Hola amor. Bien, aburrido. ¡Qué bien huele!
- ¡Mejor sabrá!
Comimos con una conversación normal, casi demasiado normal. Parecía que las aguas volvían a su cauce. Aunque en mi cabeza fuera un océano de escenas y sentimientos encontrados. Sofía parecía alegre, tranquila… Llegué a la conclusión que el problema lo tenía yo. Ella ya lo había superado. Como si nunca hubiera sido usada como una zorra por aquellos hombres. Como si su novio no fuera un pervertido sumiso.
Me despedí de ella con un beso casto en los labios, nada fuera de lo común. Por fin estaba solo en casa. Me tumbé en el sofá y bajé mis pantalones junto con la ropa interior. Mi polla ya estaba morcillona. ¿Por qué ahora sí y aquella noche no? Con unos pocos roces ya la tenía en todo su esplendor. No era pequeña. ¡Qué no! Estaba bien, normal… pero en mi mente aparecía las de ellos. ¿Por qué pensaba en sus rabos teniendo el mío en la mano? Comencé a mover mi mano y el ansiado placer retenido durante toda la mañana de trabajo comenzó a invadirme.
Pero no podía. Me sentía fatal. Sofía lo había superado. Era yo quien no podía dejar de pensar en ello. Si mi novia había conseguido pasar página, evitándome toda la humillación y las consecuencias que sería hablar de ello. ¿Cómo podía yo seguir dando vueltas al tema? Y peor todavía ¿Cómo podía masturbarme recordando como fuimos usados por esos hombres? Todo por su culpa. Maldito cerdo mentiroso.
Solté mi pene y respiré hondo. No podía seguir así. Tenía que sacarlo de mi mente. Pero me ponía tanto… ¡Qué no! ¡Se acabó! Guardé mi erección en mis pantalones y encendí la tele. No, mejor no. Mejor aprovecharé para hacer algo en casa. La televisión no me iba a distraer lo suficiente. Y así haría algo útil, como siempre me dice Sofía.
Pasé la tarde barriendo, fregando, quitando el polvo… Estaba cansadísimo, pero me sentía bien. Había conseguido vencer la tentación de tocarme y tenía la casa perfecta. Ahora solo faltaba preparar una buena cena para mí preciosa Sofí y comérmela a besos cuando llegase. Esto no podía con nosotros. Nos amamos. Ese mierda era historia.
Fui a comprar lo necesario y después de 3 vídeos y 5 webs de cocina, ya tenía todo preparado. Meterlo en el horno y esperar el tiempo exacto, que variaba bastante entre “cocina con lola” y “cocina fácil”, por lo que tendría que estar atento para sacarlo en su punto. Preparé las fresas y metí el vino a enfriar. La mesa bien puesta con velas, que siempre le da un toque especial. Fui a mirar el horno y en ese momento la música en streaming de mi móvil dejó de sonar por un segundo, avisándome de una notificación. Miré esperando que fuese Sofía, pero no.
- Mar llama a tu novia ahora mismo.
Era él. Ese cerdo de mierda. ¿Por qué hoy? No había vuelto a hablarme en todos estos días. Y justo cuando decido olvidarme de todo. Pasar página. Cuando estoy feliz… ¡Ni puto caso! ¡Qué le den! Pero decía que llamase a Sofía… ¿Por qué? ¿Le había pasado algo? ¿Estaría con ella? No podía ser…
- ¿Por qué? – le escribí.
- Tú obedece putilla.
No iba a obedecerle. Que le den por el culo a ese tipo. Pero hablaba de mi novia. ¿Y si me necesitaba? No podía correr el riesgo, no era el momento. Llamé. Pero nada. No hubo respuesta. ¿Estaría en apuros? No… está en la tienda, no puede pasar nada. Estará con algún cliente y no puede coger el teléfono…
- No me contesta. – le escribí.
- No pasa nada. Lo importante es que has obedecido como la putilla obediente que eres. – me contestó.
No iba a contestar a eso. ¡Qué le dieran mucho por detrás! Pero no podía dejar de pensar la razón de que me hubiera pedido que llamase. ¿Por qué no me cogía el teléfono? ¿Estaría con ella? ¿Era su forma de decirme que soy un cornudo? No puede ser. Sofía nunca me haría eso. ¿Y si estaba siendo obligada? Pero si era así, ¿por qué no cogía el teléfono para demostrarme que estaba con ella? No entendía nada. No podía con la duda. Lo intenté, pero no pude más.
- ¿Estás con ella?
Esperé y esperé. De nada servía insistir. Si no quería contestarme no lo haría. Pero no podía dejar de pensar en ella. Si estaría con él. Si estaría bien. Si estarían follando. Las imágenes de su polla recorriendo el coño de mi novia volvieron a mi mente. Me veía de nuevo arrodillado, vestido de mujer, con mi cara oliendo la humedad de Sofía, mientras su miembro entraba y salía de sus muslos. ¿Estaría ahora haciendo lo mismo? ¿Estaría esta vez entrando y saliendo de mi novia? ¿Llegaría a casa con su corrida en la cara, otra vez…?
Los minutos pasaban y no había respuesta de ninguno de los dos. Yo no dejaba de pensar en lo peor. Tenía el móvil en la mano esperando algo, suyo o de ella. Lo que fuese. Era desesperante. Me planteé ir a su trabajo. Confirmar que él no estaba allí. Que ella seguía en la tienda. Pero tenía que confiar en mí novia. Ella no se iría con él.
Ya era casi la hora de cerrar. Ya había tenido tiempo para devolverme la llamada o al menos un mensaje. Pero nada. No podía más. Tenía que ir a ver si estaba bien. Me calcé y cogí las llaves. Se acabó. Tenía que verlo con mis propios ojos. ¿Y si estaba él? ¿Qué haría? No pude hacer nada la última vez. ¿Acabaría de nuevo con su ropa interior viendo cómo se folla a mi novia? ¡No! No lo sé. Da igual. ¡Voy!
Salí de casa y comencé a caminar lo más rápido posible. No llegué a la esquina cuando sonó mi móvil. Era ella.
- ¡Hola cariño! ¿Estás bien? Te he llamado. Ya… normal. Imaginaba que estabas liada. ¿Quieres que vaya a buscarte? Con Natalia…ya… ¿A qué hora vuelves?... Vale, bueno, no pasa nada. Pásalo bien. Te quiero mucho Sofía.
Volví a casa con esa sensación agridulce de saber que está bien pero que algo se me escapa. Es posible que fuese a tomarse algo con Natalia, sí… Pero justo cuando él me ha escrito…. No sabía que pensar. Todo era muy extraño.
Entre en casa y el humo me dio la bienvenida. ¡La cena! Toda la tarde preparando su llegada, para que ella se fuese con Natalia… Ahora tendría una romántica cena con lubina quemada y velas. Todo mi esfuerzo para nada.
Sentado a la mesa, viendo como la nata de las fresas se derretía mientras yo hacia el intento de comer ese pescado tostado, recordé el vino. Al menos me tomaría unas copas de vino para pasar el mal trago.
Cuando acabé la botella no estaba mejor, pero si un poco perjudicado. Habían pasado casi dos horas desde que hablé con Sofía y no sabía nada de ella. Lo último que me apetecía era seguir pensando en lo que podía, o no, estar haciendo mi novia. Por lo que me fui a la cama. Mañana será otro día.
No funcionó, ni de lejos. En la cama fue a peor. Mis miedos me hacían imaginar a mi novia con él. Arrodillada como en aquel parque, venerando su polla. Y sin entender la razón, la mía comenzó a crecer. Cuando me quise dar cuenta, estaba sobándome por encima del pantalón. Estaba excitado, pero también rabioso. Odiaba ponerme cachondo imaginando a Sofia con ese hombre. Pero ya tenía la polla fuera de la ropa y mi mano subía y bajaba.
Como si mi brazo derecho fuera un miembro autónomo, veía como hacía movimientos cortos sobre mi pene completamente erecto. De nuevo, comparé mi pene con los suyos. Jacob era descomunal, era cierto eso que dicen de los negros. No debía obsesionarme. ¿Pero y él? ¿Era superdotado? O era yo quien tenía el problema. Mi polla era poca cosa para una mujer como Sofia. Sí, era eso. Estaba claro. Por eso ella se había ido a tomar algo con Natalia. Verdad o no, prefería ir con su amiga que volver a casa con su novio. Me sentía imbécil. Toda la tarde limpiando, comprando y cocinando para ella. Y ella… en el mejor de los casos, zorreando con su compañera de trabajo.
Y no paraba de subir y bajar mi mano. Mi mente seguía torturándome con ese pensamiento y yo masturbándome y jadeando. No sé por qué lo hice, por alguna razón pensé que era más excitante, más morboso. Dejé de usar mi mano para seguir masturbándome con dos dedos, tal y como sucedió aquella noche. Mi placer físico disminuyo considerablemente. Tanto como se multiplicó el calentón interno. Ese sentimiento de frustración. Igual que cuando Sofía paraba antes de que me fuera a correr en la cara de Natalia. Tantas veces me dejó al borde del orgasmo. Fue desesperante. Pero me ponía tanto…
Quería repetirlo. No tenía a mi novia ni a Natalia para hacerlo, pero tenía mi mano. Me machacaba la polla con el pulgar y el índice como un loco. Y aunque estaba muy cachondo, no lo suficiente para correrme. Solté mi miembro y escupiendo sobre la palma de mi mano, volví a la acción. Esta vez con toda la mano, a un ritmo frenético. Me iba a correr, no tenía la cara de Natalia para hacerlo… Pero tenía otra cosa. Paré justo antes, como lo hizo mi novia aquella noche.
Busqué en el fondo del cajón de mi ropa interior. Allí estaba, el tanga de Natalia. El mismo que había llevado esa noche y con el que volví a casa. Debí tirarlo, lo sé. Pero no pude. Y gracias a eso tendría un morboso y fetichista orgasmo sobré él.
Tumbado en la cama volví a pajearme. Estaba muy cerca y quería disfrutar, por lo que volví a empezar a hacerlo con dos dedos. Notaba como mis huevos se iban cargando con la excitación. Pasaba la prenda por mi polla, por mi pecho, por mi cara. Me estaba poniendo a mil. Cuando noté que estaba cerca, volví a usar toda la mano y masturbarme apuntando al tanga. Iba a correrme en el tanga de la amiga de mi novia. Me ponía a mil. Entonces me di cuenta.
Volví a parar, denegándome el orgasmo a mi mismo. Estaba tan cerca que casi se me escapaba una gota. Tenía la punta llena de preseminal. ¡Joder estaba empapado! Me puse en pie y me desnudé completamente. Y sí, lo hice. Estaba demasiado excitado para pensar que aquello iba contra natura, que eso era de maricones. Que era un pervertido pajillero y por eso mi novia tenía que buscar machos de verdad. Estaba fuera de mí. Pero ya lo tenía puesto.
Volví a sentir el roce de esa tela tan suave. La presión en mis huevos y como entraba entre mis cachetes la tela. Sentía esa sensación de tener algo rozando mi ano. Y me gustaba. Me tumbé y volví a repetir la operación. Esta vez no hizo falta usar toda la mano. Sentía como podía llegar al orgasmo solo con dos dedos. Solo tenía que hacerlo muy rápido. Me sentía un maricón, un pervertido, una putilla. Abrí mis piernas todo lo que pude mientras mis dedos meneaban mi pollita de marica. Me ponía tanto pensar en mí así. Era una putilla. Me gustaba. Lo deseaba. ¡Me iba a correr!
- ¡Marcos!
Me puse tan nervioso que no era capaz ni de taparme con la sábana. Allí estaba ella, en el umbral de la puerta de nuestro dormitorio, mirándome. Tan absorto estaba en mi paja que no había escuchado la puerta. ¡Mierda! Ahora sí que no tenía nada con lo que defenderme. Deseaba que apareciese él detrás de ella. Que viniesen a follar a nuestra cama y me echaran. Así lo mío no seria tan raro, tan asqueroso, tan pervertido.
- ¿Qué coño haces, Marcos? ¿Esas son las bragas de Natalia? – me dijo acercándose.
No era capaz de contestar. Me tape con mis manos estúpidamente intentando ocultar que llevaba puesto el tanga de su amiga.
- Sí, sí que lo son. ¿Qué haces tocándote con sus bragas? ¿Te pone cachondo? ¿Te pone cachondo vestirte de mujer? ¿O es porque son las suyas? ¡Responde!
- No… no lo sé… lo siento… - le dije, con la mirada perdida en la pared sin poder mirar sus ojos.
- Quítate la sábana, quiero verte bien. – me dijo.
- Por favor Sofí… lo siento mucho. Olvídalo. Haré lo que quieras. Iré a un psicólogo. Lo siento…
- Sí… Harás lo que quiera. Y quiero que te quites la sábana.
No entendía por qué me hacia eso mi propia novia. Pero su manera de decirlo no invitaba a vacilaciones. Me sentía como el ser más patético del mundo. Y lo único que quería, por encima de que aquello acabase, era su perdón. Por lo que hice lo que me dijo, descubriendo mi cuerpo desnudo a excepción del pequeño tanga, a juego con mi pene, que había perdido toda la erección del susto.
- Así que te pone cachondo esto. Esto es lo que haces en lugar de follarme a mí. Prefieres tocarte con dos deditos y vestido de mujer, a follarte a una mujer de verdad.
- No, no… de verdad que no. No sé qué me ha pasado. Es la primera vez… lo siento.
- La primera vez no es. Eso seguro. Te pasaste toda aquella noche con su tanga puesto. Ni siquiera tiene que oler a ella, solo a tus huevecillos.
Mientras decía eso, se fue quitando los pantalones quedándose en ropa interior de cintura para abajo. No entendía nada. ¿Por qué se desnudaba? ¿Por qué me decía esas cosas? ¿Ese tanga era nuevo? Tenía que estar enfadada, pero humillarme así… no tenía sentido.
- ¿Y esto? ¿Qué le pasa? ¿Muy dura para pajearte tú solo, pero conmigo desaparece? – dijo Sofia, mientras comenzaba a acariciar mi polla por encima del tanga.
- Lo siento… de verdad… No lo volveré a hacer. – supliqué comenzando a sentir como despertaba mi pene.
- Eso seguro. No volverás a tocarte a escondidas. ¡Nunca! – me dijo ella, recorriendo con dos dedos la silueta de mi miembro bajo la suave tela.
- Nunca. De verdad que no. Lo siento mucho.
- A partir de ahora las cosas van a cambiar Marcos. – continuaba ella, descubriendo mi sexo erecto fuera del tanga.
- Lo que tu quieras. De verdad. Lo siento. Haré lo que quieras. Te quiero mucho. – le decía yo desesperado, mientras ella me pajeaba como hacia yo antes, con dos dedos.
- Yo también te quiero. Pero eso no tiene nada que ver. A partir de ahora habrá ciertas normas que tienes que cumplir. Y si no lo haces… pobre de ti si no lo haces…
- ¿Qué… qué normas? – pregunté asustado por la amenaza.
- Ya te las iré diciendo. De momento, se acabó lo de tocarte sin permiso. Nunca. Esa pollita es mía. Y solo yo decidiré cuando puedes usarla. ¿Entendido?
- Sí, sí, entendido. – le dije, con una soberana excitación.
Soltó mi pene y vi cómo se quitaba su tanga, el cual no recordaba haberlo visto antes. Entonces lo coloco sobre mi cara, más bien en mi cabeza, quedando mis ojos tapados por la prenda. No podía ver casi nada, solo formas que clareaban a duras penas a través de la tela. No me hizo falta usar la vista para saber que pasaba, cuando tuve sus piernas a los lados de mi cara y el calor de su sexo en mi rosto.
- ¿Esto te gusta verdad? Te gustó cuando lo hizo Natalia en el parque. Tanto que no te importó que yo estuviese pateando tus pelotas. – dijo ella, a la vez que daba un golpe seco con su mano en mis huevos.
- Tanto te gustó, que ahora te pones sus bragas para pajearte como un mono. Pues eso se acabó. Lo de pajearte y lo de ponerte sus bragas. Huele, huele bien. Este coño es el único al que debes venerar. Y mis bragas las que te pondrás a partir de ahora. ¿Entendido? – me dijo, retirando un poco su sexo de mi cara para que pudiera contestar.
- Sí, sí. Lo que quieras. Solo tu coño. Me encanta. Me vuelve loco.
Sofía comenzó a pajearme con dos dedos como había hecho antes. Pero esta vez sentada en mi cara y yo comiéndole el coño todo lo que podía, igual que con Natalia. Estaba demasiado cachondo. Había estado tan cerca de correrme varias veces. Y volver a estar así, con una mujer sobre mí… no pude aguantarlo. Unas pocas pasadas de sus dedos y comencé a sentir como escapaba mi orgasmo, con mi cara atrapada entre sus piernas.
- ¿Pero… qué coño haces?
Cuando vio que me corría, comenzó a golpearme como había hecho antes. Eran golpes flojos, pero en esa zona y en medio de un orgasmo, eran terribles. El dolor no me dejó disfrutar, aunque notaba como mi polla emanaba semen de una manera débil, como una fuente sin presión. Cubriendo mi propio miembro de mi leche, notando como mis huevos se mojaban de mí.
- ¿Ni un minuto vas a aguantar? ¿No hemos empezado y ya te has corrido? ¿Cómo quieres que follemos así? Una polla pequeña y de disparo rápido…
Deseaba decirle que me había estado quedando con las ganas varias veces antes de que llegase, pero eso seria casi peor a que pensara que soy un eyaculador precoz. Ya no sabía si me quedaba algo de dignidad. Solo tenía claro que correrme así no había disminuido mi calentón.
- Mañana mismo iremos a por un buen consolador. Yo no puedo estar así, con esto. – dijo ella, vapuleando mi pene flácido.
- Esa será otra de las cosas que van a cambiar. Tu pollita no es suficiente para una mujer como yo. Por lo que tendrás que comprarme juguetes y satisfacerme de otras maneras.
Sofía comenzó a mover su pelvis sobre mi cara, restregando su chochito húmedo por mi rostro. Estaba increíblemente mojada. Notaba como mi cara se llenaba de ella y yo me esforzaba en abrir la boca y sacar mi lengua. No poder ver aumentaba mis otros sentidos. Su olor a hembra me invadía, volviéndome loco. Y su sabor… ese delicioso sabor… eso si que era un buen pescado y no la lubina al horno.
Se frotaba como si yo no fuera una persona. Casi no podía respirar. Usé mis manos para darle unas palmadas en sus nalgas, como hice aquella noche con su amiga. Y ella decidió hacer lo mismo, dándome palmadas en mis huevos. Si antes no podía respirar, el dolor no ayudaba. Su mano caía sobre mis testículos sin miramientos, al ritmo que sus caderas bailaban en mi rostro.
Cuando pensé que ya no resistiría más, se levantó dándome la posibilidad de respirar. Lo hice con ansia, sin saber el tiempo que tendría antes de ser privado de esa capacidad de nuevo. Quedó así unos segundos, aun notando el calor de su sexo rozando mi boca. Su mano volvió a mi pene que reacciono ávido a sus caricias. Solo lo rozaba con sus dedos, pero el placer era inmenso para mí. El tanga que cubría mis ojos se había corrido con sus movimientos sobre mi cara. Podía ver su precioso trasero, era increíble. Redondito y duro, perfecto. Mis manos, que antes golpeaban con ansia esa zona, ahora acariciaban con veneración aquella parte que había estado a punto de asfixiarme. Deseaba volver a tenerlo en mi boca. Tal era mi excitación, que deseaba llevar mi lengua entre sus nalgas y llegar a ese agujerito inexplorado. Separé sus glúteos perfectos con mis manos y me dispuse a cumplir mi fantasía.
- ¡Ni se te ocurra! – gritó ella, golpeando con más fuerza aún mis doloridos testículos.
Vi como se levantaba de la cama y me miraba a los ojos, con una sonrisa desconocida para mí.
- Mi culito no es para ti. – decía ella, mientras buscaba algo en su bolso.
- No iba a meterte nada. Solo quería… lamerlo. – confesé con vergüenza.
- ¡Mmm! Así qué te apetece lamerme el culito.
- ¡Sí! ¡Mucho! ¿Puedo?
- Ven aquí. – me dijo ella, indicándome el suelo a los pies de la cama.
Bajé de la cama y me arrodillé en el suelo. Llevaba el tanga de Natalia puesto y el suyo en mi cara. Estaba patético. Y eso me ponía más cachondo. Entonces sacó de su bolso unas bragas. Eran unas bonitas bragas moradas con un lacito del mismo color al frente. Las conocía bien, casi más de hacer la colada que de vérselas puesta. Pero sabía que era una de las más usadas por mi novia.
- Esto es mío. – me dijo, quitándome el tanga que llevaba en mi cabeza.
- Pero estas te las regalo. De momento, te las pondrás aquí. – me dijo, colocando sus bragas en mi cara de nuevo.
La tela cubría completamente mi cara, ojos y nariz. Solo mi boca quedaba libre. Podía ver su silueta, pero nada más. Lo justo para observar como se daba la vuelta, dejando su precioso culo oculto a mi vista, frente a mí.
- Bésalo.
Lo hice. Sin dudarlo. Comencé a besar sus redonditos glúteos divinos como si así lo fueran. Como la diosa que era para mí en ese momento.
- Sigue y toca esa pollita que me pertenece.
Excitado y avergonzado, lo hice. Agarré mi pene que estaba deseando volver a explotar con mi mano y comencé a pajearme como un mono salido.
- Así no cerdito. Con dos dedos y muy despacio. Tienes el gatillo demasiado rápido para menearla como un hombre.
No parecía mi novia. Esas palabras eran más de él y su amigo, que de mi amada Sofía. Pero a pesar de que fueran lo más hiriente que te puede decir la persona a la que quieres, a mi me ponían cachondo. Allí estaba, desnudo y de rodillas, con sus bragas tapándome los ojos y adorando su culito. Me sentía bien. La quería. Me gustaba. Me gustaba estar así para ella.
- Huele. – me dijo, levantando un poco las bragas para descubrir mi nariz.
Con dificultad, vi como sus manos separaban sus nalgas, como yo había intentado hacer antes. Estaba abriendo su culo para que yo lo oliera. Y lo hice. Lleve mi nariz entre esos dos bonitos cachetes y olfatee su culito como un perro.
- ¿Te gusta?
- ¡Mucho! Me encanta.
- Eres un cerdo pervertido. Esto es todo lo que tendrás por hoy de mi culo. Quizás otro día te deje lamerlo, si eres un cerdito obediente.
- Lo seré. Seré un cerdito obediente.
Agarrando mi pelo por una de las perneras de las bragas, retiro mi nariz de su culo. De la misma manera me hizo girar sobre mis rodillas. Creía adivinar que se estaba sentando sobre la cama. Y lo confirmé cuando, volviendo a jalar de mi pelo, llevó mi rostro entre sus piernas abiertas.
- Cómeme el coño Marcos. Y hazlo bien.
Mis labios fueron desbocados hacia los suyos. Mi lengua recorría sin control lamiendo toda su humedad. Estaba desesperado. Mis dedos continuaban jugando con mi pollita, mientras lamia y sorbia como un loco.
- ¡Así no! Hazlo bien. Despacio. Olvídate de ti, lo haces para mí. Para mi placer.
Intenté relajarme. Era difícil sin ver nada. Solo podía usar mi sentido del tacto con mi boca y lengua. E intentar que el olfato y el gusto no me distrajeran de mi cometido. Darle placer a mi preciosa diosa. Comencé a pasar mi lengua recorriendo sus labios menores, penetrando con la punta entre ellos. Recorría su sendero, desde el clítoris hasta llegar a sus nalgas. Mi lengua entraba en su agujerito, saboreando su esencia que emanaba de allí. Notaba como cada vez lubricaba más. Comencé a sorber mientras mi lengua jugaba con entrar lo más profundo que podía. Escuchaba sus jadeos aumentar. Aquello me animaba. Le estaba gustando. Lo estaba haciendo bien.
- Buen chico. ¡Come! ¡No pares!
Tiraba de mi pelo contra ella con fuerza. Nunca la había visto así. Bueno… sentido, porque no podía verla. Y ni siquiera podía ver su cara disfrutar. Sus jadeos cada vez eran más descontrolados. Pensé en los vecinos. ¡Qué les den! Seguramente pensarían que le estaba dando una increíble follada a la impresionante de mi novia. Nadie pensaría que estaba de rodillas comiéndole el coño con un tanga puesto y unas bragas en mi cara. De puertas hacia fuera era un follador. Todo un empotrador. Muy lejos de la verdad. Tan lejos como lo estaban ahora esas pretensiones al inicio de aquella noche. Como había cambiado todo por aquella noche…
Tirando nuevamente de mi pelo, me hizo llevar mi lengua a su clítoris. Comencé a lamer con la punta de mi lengua ese punto tan delicado. Fui aumentando mi ritmo, acompasándome con sus gemidos. Llegó un momento que mi lengua no podía ir más rápido. Use mis labios para sorber su capuchón por unos segundos, para volver a continuar después con mi lengua. Parecía que le gustaba. Sus gemidos eran ya ensordecedores. Me agarró del pelo con las dos manos y empujó con fuerza hacia ella.
- ¡Sigue! ¡Sigue! Sigue chupando. Así Marcos. ¡Así! No pares de comerme el coño. ¡Eres todo un comechochos! – gritaba mi novia, sin control ninguno.
- ¡Sí! ¡Sí! Me voy a correr con tu lengua. Lo que no has conseguido nunca con tu pollita. ¡por fin vas a conseguir hacer que me corra! Sigue Marcos. ¡Sí! ¡Sí! ¡Síííí!
Mis esperanzas de que mis vecinos pensaran que era un maquina en la cama se esfumaron. A la vez que mi novia tuvo el mayor orgasmo que yo recordaba en todos estos años. Y había sido directamente en mi cara, con mi lengua, conmigo sin poder ver nada. Soltó mi pelo y cayó rendida sobre la cama. Escuchaba su respiración agitada, como la mía. Exhausto y con mi boca adormilada, era feliz por haber conseguido hacer disfrutar a mi novia.
- Esta será tu nueva dieta. Coño para desayunar, coño para comer y coño para cenar. Te vas a volver todo un experto. O no volverás a correrte nunca jamás. – dijo ella, entre respiraciones ahogadas.
Escuchaba a mi novia hablar como si fuera una persona distinta. De una forma autoritaria, muchísimo más que de costumbre. Aunque en su vida personal lo era bastante, en lo sexual jamás se había comportado de esta manera, ni parecido. Mientras mi cabeza daba vueltas si aquella amenaza era real o fruto del calentón, sólo podía besar con ternura sus muslos, dando tiempo a mí preciosa Sofía para que se recuperase.
Unos minutos más tarde sentí como sus muslos se alejaban de mis labios. Con dificultad seguí su silueta hasta quedarse de nuevo de pie frente a mí. Yo seguía pajeándome lentamente con dos dedos. Estaba tremendamente excitado y notaba mis huevos doloridos y manchados de mi propio semen, increíblemente cargados.
- Me encanta tenerte así. ¿Sabes? Me voy a desnudar por completo, tengo calor. Pero tú no lo podrás ver. Es muy divertido, ¿no crees?
Asentí con mi cabeza, mientras veía su silueta despojarse de la camiseta y tirarla hacia a mí. Quedé ahora, con dos prendas suyas sobre mi cabeza, era un perchero que se masturbaba arrodillado. Continuó con su sostén, descubriendo sus preciosos pechos sin que yo pudiera verlos.
- Si pudieras ver que bien me queda este sujetador… Me hace unas tetas de infarto. Pero no es para ti. Aunque…
Escuché como abría un cajón y lo volvía a cerrar al poco. Entonces volvió a quedar frente a mí. Me ordenó que me pusiera en pie. Comenzó a acariciar mi cuerpo, mis hombros, mi pecho, mi abdomen…
- Estas muy bueno Marcos. Aún con ese tanga de mujer, tienes buen cuerpo. Es una pena que te guste tanto ponerte ropita femenina. Pero bueno… eres mi novio… y si eso te gusta…
Yo no dije nada, no me atrevía a confirmar ni desmentir aquello. Ni siquiera sabía si me gustaba. Por eso no hice nada cuando mi novia me puso un sujetador suyo. Me moría de vergüenza. Era la segunda vez que llevaba un sujetador en mi vida. Pero era tal la excitación que mis dedos no dejaban de estimular mi polla.
- ¡Hola Mar! Cuánto tiempo sin verte…
- Sofí… por favor….
- ¿Qué pasa? ¿No te gusta que te llame así? Pues para no gustarte bien que sigues meneando esa cosita que tienes entre las piernas.
Era cierto… No me gustaba nada que mi novia me humillase igual que lo había hecho él en el parque. Pero me excitaba estar así. Ver ese lado nuevo y dominante de Sofía me tenía absorto. No me sentía capaz de negarle nada.
- Es una pena no tener un par de piñas ¿verdad? Bueno… a ver…
Volví a escuchar un cajón y poco después notar como metía algo suave dentro del sujetador. No quedó conforme y fue a por más. Deduje que eran sus calcetines lo que estaba usando para dar relleno a mis pechos.
- ¡Perfecto! No puede ser una putita sin tetas. ¡Qué bien te quedan! – dijo, amasando con una mano mis pechos falsos.
- Tiene cierto morbo esto. Tú no lo ves, pero te estoy magreando una teta mientras hago lo mismo con una mía. Si pudieras ver como tengo los pezones… te encantaría lamerlos. ¿A qué sí? – me preguntó, asintiendo yo efusivamente.
- Vale… pero yo no pienso lamerte los tuyos. Haremos algo, tú me das placer con tu lengua, con mimo y cariño. Y yo mientras te pellizco los tuyos. ¿Te parece?
Por supuesto no me negué. Retiró la camiseta que descansaba en mi cabeza, dejándome aún sus bragas. Guiándome de nuevo con su mano en mi pelo, llevo mi cara entre sus pechos. Como un animal famélico comencé a lamer sus pechos con gula. Sus manos entraron en el interior de mi sujetador y buscó mis pezones. Primero se entretuvo jugando con ellos con sus deditos. Consiguiendo con extrema rapidez su erección, para después empezar con mi tortura.
Apretaba bien fuerte cuando no lamía como ella quería. Tenía que hacerlo despacio, con lamidas cortas y suaves, solo con la punta de mi lengua sobre sus sobrexcitados pezoncitos. En un momento dado soltó mi pelo, pensé que llevaría su mano libre a mi otro pecho, pero no fue así. Ella comenzó a jadear, por lo que supongo se estaba masturbando mientras yo le lamía las tetas y ella torturaba las mías. Cada vez sus jadeos eran más fuertes. Yo deseaba pajearme más rápido, pero si lo hacía, ella retorcía el pezón que tuviera entre sus dedos con fuerza. Me tenía totalmente controlado con dos dedos. Entonces paró de golpe y me separó de sus pechos.
- ¡Dios! Me has vuelto a poner cachonda. – dijo, mientras veía su silueta tumbarse en la cama.
- Fuera ese tanga. Me parece fatal que te pongas el tanga de mi amiga para tus perversiones. Eres una putilla salida. ¡Dámelo!
Hice lo que me pidió, subiéndome a la cama de rodillas y llegando a tientas hasta ella. De repente noté su mano agarrando mi polla. Por supuesto, retire mis deditos que no habían dejado ni un segundo de acariciar mi pene con aquel letárgico movimiento. Ella agarró mi miembro con toda su mano y comenzó a menear mi hombría con una placentera velocidad. Unos segundos y paró.
- ¡Uff! Si casi te corres otra vez. No puede ser… así es imposible follar contigo. Creo que no volverás a follarme nunca.
- ¡No, no, no! Sí puedo aguantar. De verdad. – le dije yo desesperado ante su amenaza.
- ¿Tú crees? – preguntó, volviendo a pajearme con fuerza.
- ¡Sí! ¡Sí! Puedo aguantar… – le dije, con la poca convicción que da hacerlo entre jadeos.
- Pues yo creo que no. Pero te voy a dar una oportunidad. La última. Si no consigues que me corra antes que tú, no volverás a follar conmigo. Nunca. Esta pollita no volverá a entrar en mi calentito chochito. – decía ella, mientras seguía pajeándome.
- Vale… pero para… así no es justo… - le pedí yo entre jadeos.
- ¡Uy! Perdón. Tienes razón. Bueno… para que veas que quiero darte una oportunidad. Pues vaya pareja que seriamos sin que el “hombre” le meta la pichurra a su novia… Te voy a ayudar a que aguantes más.
Sentí como pasaba alguna tela sobre la base de mi pene y mis testículos. Apretó bien fuerte y volvió a darle una vuelta, esta vez solo en mis pelotas. Era doloroso pero soportable. No sabía que había usado para atarme los huevos así, pero aun le quedaba un poco de tela de la que tirar de ella, haciéndome ver las estrellas.
- Al final va a ser de utilidad el tanga de Natalia. No te preocupes, si veo que no vas a aguantar, yo te ayudo. – dijo Sofía, dando un tirón de nuevo.
- Venga campeón. Fóllate a tu novia, puede que por última vez.
Usando el tacto conseguí colocarme entre sus piernas abiertas. Era la primera vez que follaría con mi cara cubierta por unas bragas, un sujetador en mi pecho y mis huevos atados por un tanga. Pero tenía que concentrarme para aguantar. Su amenaza no era real, era imposible. Pero el poco orgullo que me quedaba como hombre estaba en juego.
Llevé la punta de mi ahorcado pene a su entrada. Tuve que pensar en cachorritos y gatitos para no correrme al sentir el calor y la humedad al penetrarla. No podría vivir sin volver a sentir esto. Era el paraíso. Apretadito, caliente, húmedo… ¡Joder! ¡Tenía que concentrarme! Despacio fui enterrando toda mi polla en ella, pero Sofía no emitió ningún gemido de placer.
Comencé con suaves movimientos de pelvis, tenía que conseguir excitarla bien para que llegase al orgasmo antes que yo. Deseaba follarme a mi novia como si de verdad fuese la última vez, pero sabía que no aguantaría demasiado. Aun así, notaba como mi resistencia iba disminuyendo y mi novia no hacia ningún atisbo de estar disfrutando. Aquello me enervaba, se estaba haciendo la dura a propósito. Nunca había sido así. ¿Quizás fingía? No puede ser que en tantos años de sexo ella no hubiera disfrutado. Aceleré el ritmo furioso. Conseguí entonces que soltase algunos jadeos. Mi cadera se movía a toda velocidad. Parecía un conejo desesperado. No iba a aguantar mucho así. Pero tenía que hacerlo. No podía… ¡Joder! Me iba a correr.
Entonces tiró fuerte del tanga, muy fuerte. Tanto que solté un grito de dolor y tuve que salir de ella. Mantuvo esa presión unos segundos más, mientras veía mi hinchadísima polla palpitar sobre su coño. Estaba a punto. Unos segundos más y me hubiera corrido.
- Está claro que no…
- Sí… Sí puedo. Déjame intentarlo.
- Pero si casi te corres dentro. Bueno mira, cambiemos.
Sofí me hizo tumbarme en la cama y ella se puso encima. Con su mano limpió mi polla, que estaba bien lubricada de preseminal y lo extendió sobre las bragas que tenía en mi cara. Sin más introdujo mi miembro dentro de ella y comenzó a cabalgarme. Me alegre de no poder ver, pues hubiera sido mucho más difícil aguantar si veía a mi preciosa novia saltando sobre mi polla, con sus increíbles pechos botando descontrolados.
No tardó mucho en acelerar el ritmo. Ahora sí gemía. Parecía que de esa manera le gustaba más. Y por suerte, para mí era algo más fácil aguantar. Casi me veía vencedor de aquella ilusoria apuesta. Pero cuando parecía que iba a llegar a su orgasmo, se detuvo.
Sin que mi pene saliese de ella, bajó las rodillas a la cama y puso sus piernas bajo las mías. De esa manera mis piernas quedaban levantadas, con mis rodillas hacia mi pecho y mis piernas abrazando su cintura. Era una postura muy extraña y un poco incomoda. Volvió a la carga, moviendo sus caderas con mi polla en su interior. A diferencia de antes, ahora no estaba saltando sobre mí, era como si me cabalgase. O más bien, me follase ella a mí. Si ya era difícil sentir mi virilidad con las prendas que llevaba. Al tener mis rodillas sobre mi pecho, dejando mi culo expuesto. Y con ella embistiéndome a mí… ¿Desde cuando mi novia leía el Kamasutra?
A pesar de lo incomodo de la postura, Sofía parecía una experta. No dejaba de mover su pelvis, de una manera similar a la que hacía yo antes sobre ella. Yo notaba mis huevos botando libres bajo su coñito. Ese coñito que se estaba follando mi pija, y no al revés. Sentía mi culo desprotegido, casi echaba de menos el hilo del tanga tapando mi ano. Ahora notaba la brisa que entraba por la ventana paseándose por mi ojete.
Y lo peor de todo, me estaba excitando demasiado. Sofía no paraba de follarse con mi polla. O de follarme con su coño. No sé… estaba demasiado confuso. Pero me gustaba. Ya casi jadeaba tanto como ella. Y tenía que aguantar. ¡Mierda! No iba a hacerlo. Me iba a correr siendo follado por mi novia. ¡No, no, no! ¡Me corro!
- Tranquila putita. Aún no. – dijo Sofí, con un fuerte tirón del tanga de mis bajos.
Mientras yo aún me retorcía de dolor, ella volvió a la carga. Esta vez más despacio. Sentía como mi pene había perdido dureza después de aquel tirón tan doloroso, pero pronto volvió a recuperarse. Debía darle la razón a mi novia, era un método efectivo, efectivo y cruel.
En poco tiempo volvía a follarme con una velocidad y fuerza impresionante. Si no fuera por su delicada piel, pensaría que era un hombre quien estaba encima de mí. Mis manos habían empezado a recorrer sus piernas e iban subiendo hacia sus glúteos. Tenía muchas ganas de poder tocarla y ella parecía tan entretenida disfrutando de sus embestidas que no me detuvo.
Sintiendo como mis huevos botaban sin control, llegue a sus nalgas. Notar mi culo abierto me dio ganas de tantear el suyo. En esa posición estaba también desprotegido, no tanto como el mío, pero a juzgar por sus gemidos podría ser el momento de traspasar ese limite anal de mi novia. Poco a poco fui recorriendo el surco entre sus glúteos con mis dedos. Ya estaba cerca, iba a llegar a su entrada nunca explorada.
- ¿Dónde vas tú? – dijo mi novia, volviendo a tirar de mis huevos.
Mis manos se retiraron ávidas de aquella zona, queriendo llegar ahora mis doloridos testículos. Pero entonces ella me lo impidió, haciéndome agarrar mis piernas por detrás de las rodillas, levantándolas aún más. Dejándome más expuesto, de una manera más humillante, menos masculino. Abriendo mis piernas y sujetándolas con mis manos, como una mujer abierta de piernas para su hombre. Si no fuera porque era yo quien penetraba, hubiera sido tal cual me sentía. Pero eso también podía cambiar.
- Me parece que no entiendes mis palabas. Mi culo, no es para ti. Pero si tienes tantas ganas…
De repente sentí una de sus manos acariciando mis nalgas. A pesar del dolor de pelotas, que se acentuaba con los botes de sus embestidas, estaba ya muy cachondo de nuevo. Por lo que sus caricias no hacían más que aumentar mi calentura. Ella fue recorriendo mis nalgas como había hecho yo. De la misma manera, hasta llegar donde quise llegar yo. Su dedito llegó a mi orificio. Comenzó a presionar haciendo círculos sobre él. ¡No podía ser que me fuera a meter el dedo! Pero tenía que reconocer que esa estimulación era placentera.
Con una maestría asombrosa seguía follándose mi polla, mientras jugaba con mi entrada trasera. Yo comencé a gemir sin control. Me estaba llevando al límite. Ella también lo hacía. Era una carrera contrarreloj. Cualquiera de los dos podía llegar al orgasmo, pero tenía que aguantar más.
Entonces su mano libre corrió las bragas de mi cara, liberándome un ojo. Por fin pude verla. Estaba imponente, sensual, poderosa. Por sus perfectos pechos corrían unas gotas de sudor del esfuerzo. Su brazo hacia atrás, el que jugaba con mi culo, le hacia mantener su espalda curvada, confiándola una pose increíble. Como una amazona cabalgando a su caballo. Me miró a los ojos y con una sonrisa lujuriosa, comenzó a presionar con más fuerza mi entradita.
Yo no dije nada, solo podía gemir y jadear como un loco. Su dedo comenzó a invadir mi cerrado agujero. Y yo me dejé hacer. No podía más. No tenía fuerzas. No me sentía un hombre. Solo quería disfrutar de aquello. Me gustaba. Me ponía. ¡Estaba entrando! Notaba su dedo dentro de mí.
- ¿Te gusta putilla? ¿Te gusta que te meta el dedo en el culo?
- Sí… ¡Joder, sí!
- Así no. Como Mar. Eres una putilla. Gime como una mujer.
Y lo hice. Me dejé llevar y lo hice. Como aquella noche, comencé a gemir como si fuera una mujer. Como una zorra. Como lo que me sentía en ese momento, siendo follada por mi novia, con un sujetador y su dedo entrando en mi culo. Era una putilla. Y me encantaba.
- ¡Fóllame! ¡Fóllame Sofí! ¡Fóllame el culo!
Veía la cara de mi novia disfrutar. Nuestros gemidos se entremezclaban. Parecidos, casi iguales. Como si hubiera dos mujeres en esa cama. Yo no podía más, me iba a correr. Pero ella también. Lo notaba. Por su respiración, por como su vagina se contraía contra mi polla. Solo un poco más y lo conseguiría. No puedo.
- Me corro. Me voy a correr. – grité con la voz más aguda que podía salir de mi garganta.
Entonces su cara cambio. Su rostro de felicidad se tornó en frustración. Ella también estaba a punto y tuvo que parar. Se levantó, dejando que mi polla quedase fuera de su túnel del placer. Pero ya no había marcha atrás. Con su dedo aún entrando y saliendo de mi culo, comencé a correrme mientras mantenía mis piernas sujetas con mis manos. En esa posición tan denigrante, sin poder tocarme la polla. Sintiendo como el orgasmo se escapaba de nuevo, sin fricción, sin caricias, casi sin placer.
- Eres un maricón sin aguante. Me has dejado a punto. – dijo ella, volviendo a tirar del tanga.
Si ya estaba siendo un orgasmo frustrado, el dolor de mis huevos apagó cualquier resquicio de placer. Excepto el de su dedo, que no se detuvo ni un instante, mientras que mi volcán continuaba en erupción. Una erupción sin goce, sin fuerza. Una pena de pene.
Sofía salió de mí y se tumbó a mi lado. Ambos estábamos exhaustos. Y aunque yo me había corrido, seguía tanto o más cachondo que antes.
- Era el mejor polvo que habíamos echado. Y me has dejado a puntito. Me faltaba nada.
- Lo siento mucho cariño. Lo he intentado, pero estoy demasiado cachondo.
- ¿Estás? Pero si te acabas de correr.
- Sí… bueno… no he disfrutado mucho del orgasmo.
- Pues me da igual. Te has corrido, dos veces. Mira, me has manchado el coño y todo. – dijo mi novia, señalando su chochito cubierto de mi semen.
- Lo siento. Espera que voy a por algo para que te limpies.
- De eso nada. Lo vas a limpiar tú. O piensas que me voy a quedar con este calentón. Vas a hacer que me corra hasta quedarme dormida. Y ya sabes cual es la única forma que consigues que me corra. ¿Verdad?
- ¿Con… mi lengua? – pregunté con miedo.
- Exacto. Asique ya sabes. Ponte mis bragas, que no quiero ver más por hoy ese cacahuete inútil y baja al pilón. – me dijo mi novia, quitándome las bragas de mi cara.
- Pero… deja que te limpie primero. Esta manchado…
- ¡Ja! Pues ya tienes incentivo. A las putillas les encanta la leche. Y no te quejes que es la tuya. A ver si te voy a dar la de otro.
No se si fue por sentirme mal al dejarla al borde del orgasmo, por estar todavía muy cachondo o quizás simplemente, porque me gustaba complacerla, pero lo hice. Me puse sus bragas cubriendo mi manchada polla. Y con esa extraña sensación de humedad entre mis piernas, bajé entre las suyas y comencé a lamer su coñito manchado por lo mismo que estaba yo. No puedo decir que fuese un sabor apetitoso. Casi entendía a mi novia porque no le gustaba que me corriese en su boca. Pero yo lo hice. Lamí y lamí hasta dejarla bien limpia, tragándome mi propio semen, mientras ella gemía de placer. Y así estuve tanto tiempo como ella quiso. Hasta que terminó corriéndose de nuevo con mi lengua exhausta. Igual que todo mi cuerpo, excepto mis huevos que, aunque doloridos, aun parecían tener ganas de descargar de nuevo.
Sin poder emitir palabra alguna, me hizo un gesto para que me tumbase junto a ella. Lo hice y me abrazó con ternura. Yo besé su frente. La amaba. Su mano acariciaba mi pecho, bueno el sujetador que lo cubría. Era un momento bonito, de relax, aunque yo estuviera más cachondo que un mono.
- ¿Te ha gustado? ¿He sido muy dura?
- No, no. O sea, sí. Me ha gustado. Y no has sido muy dura. Ha estado muy bien. ¿A ti te ha gustado?
- Mucho. Pero me siento un poco mal por cómo te he tratado.
- Para nada cariño. Me ha gustado. He disfrutado mucho. Aunque todavía estoy cachondo.
- ¡Vaya! Pobrecito mi salidillo. – decía ella, llevando su mano bajo mis bragas.
- Pues yo estoy bien relajada y limpita, gracias a tu lengua. – me dijo, desatando el tanga que aún tenía en mis huevos.
- Sofí… por favor… Estoy muy cachondo…
Mi novia me miró con picardía. Se veía que estaba agotada, pero aun así bajó entre mis piernas. Retiró las bragas y mi polla salió disparada ya erecta. Con su carita bien cerca de mi erección, comenzó a pajearme apretando bien en la punta, llenando esta del semen que quedaba allí, junto al preseminal que volvía a escapar. Cuando ya tenía el prepucio completamente blanco, llevó sus labios a él, haciéndome ver el cielo. Una profunda succión y pensaba que me correría en su boca. Se detuvo. Gateó por encima de mí y me besó. Un beso profundo y húmedo. Húmedo de lo que ella acababa de chupar.
- Ahora, a dormir cerdito.
- Sofí… - dije desesperado.
- ¡Uy! Casi se me olvida.
Expectante quedé allí tumbado, con las piernas abiertas y mi polla por fuera de las bragas. Pero Sofía no volvió a bajar. Se fue al baño. Supongo que hacer un pis. Cuando volvió se tumbó en la cama y me abrazó como hacía cada noche.
- Buenas noches Marcos. Te quiero mucho.
- Y yo a ti, Sofí. Buenas noches.
Con sus ojitos ya cerrados, su mano bajó a mi entrepierna. Sopeso mis huevos, que notaba bien doloridos y cargados a pesar de las dos corridas frustradas. Guardó mi polla dentro de las bragas y la dejó allí. En pocos minutos estaba dormida con su cara sobre mi sujetador, blandito por los calcetines. Y su mano descansando sobre mi excitado paquete. Para mí no fue nada fácil conciliar el sueño. Estaba tremendamente excitado y no dejaba de pensar si era cierto lo que había dicho. ¿No volvería a follar con ella? El agotamiento pudo más que el lívido y caí en los brazos de Morfeo, que me recibió en bragas, sujetador y con una terrible erección.
Soy consciente de que la historia se esta alargando y aunque tengo mucho que contar aún, creo que llega el momento de ir buscándole un final. No tengo claro cuantos capítulos necesitaré para ello, pero espero no sean demasiados.
Muchas gracias por leer mis relatos y por vuestras opiniones.
Saludos.
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