El anacrónico tito Diego. Capítulo 21
Los suboficiales vinieron a detener a su tío, pero ella tenía otros planes. Mientras el capitán arriba se entrega al frenesí, abajo dos hombres de uniforme descubren que la sobrina del comandante es mucho más peligrosa de lo que imaginaban. Esta noche, el mando lo tiene ella.
Al tiempo que Don Diego se entregaba al frenesí de pasión mutua con el capitán Díaz, la vida seguía en el piso de su sobrina, pero con alguna diferencia. Mientras que Don Diego despertaba fingidamente a causa de los magreos del capitán, su sobrina estaba más despierta que nunca, completamente extasiada entre los suboficiales de Tráfico que habían venido escoltando a Don Félix para detener a Don Diego.
Curiosamente, la visita del grupo de guardias de la Academia de Tráfico Aéreo al domicilio del guardia infractor se había transformado en un triunfo de Eros, simultáneamente en dos pisos diferentes del mismo inmueble. Mientras en el piso de arriba dos oficiales se solazaban mutuamente con sus respectivos cuerpos, en el de abajo el cabo Severiano y el sargento Eusebio habían caído rendidos ante los encantos de la sobrina del comandante. Aunque era difícil determinar quién había caído ante quien, porque no hay que olvidar que la pasión se había desatado por no poder ella controlar el deseo provocado por la exhibición del cabo. Le había sido imposible no sucumbir, el cabo había resultado totalmente irresistible con aquella rascada de cojones, y con aquellos efluvios de feromonas que inundaron el salón cuando sacó la mano de dentro de sus pantalones.
El caso es que después de haberla sometido a una deliciosa sesión de magreo, que comenzó con ambos hombretones trabajando al unísono, muy bien sincronizados, pero que acabó totalmente dirigida por el cabo, que de alguna manera se había asignado la hembra en exclusividad. Tras el breve descanso, ella estaba ahora dispuesta a devolver todo el placer que le habían prodigado aquellos machos, y decidió comenzar por el sargento, ya que lo veía un poco mosqueado al haberse quedado fuera del juego en el momento en que el cabo le follaba el coño y la boca con sus dedos. Así que se lanzó directamente a comerle la boca, aquellos labios lo pedían a gritos. Ello sorprendido gratamente al sargento, que casi daba por supuesto que aquellos dos lo iban a dejar fuera de juego.
Abrió la boca para englobar, golosa, los carnosos labios del sargento, que aunque ya peinaba canas estaba realmente para comérselo. Al mismo tiempo su mano le frotaba la entrepierna de nuevo, palpando la durísima polla a través de la elástica tela de su pantalón de servicio, poniendo al sargento Eusebio tan fuera de sí que le introdujo la lengua hasta casi la campanilla. Bajo la tela del pantalón se percibía bien la rotundez de aquel miembro, y de sus apresados huevos, que parecía que luchaban con denuedo por hacerse presentes a pesar de lo ajustado de la prenda. Ella sintió entonces la necesidad de dejar al descubierto su pecho. Por encima del último botón abrochado de la camisa se adivinaba un torso bien peludo, y eso la había vuelto loca nada más verlo. Sin dejar de comerle la boca y de frotar la entrepierna del sargento con la mano derecha, con la izquierda iba desabotonando la camisa dejando poco a poco al aire sus bien trabajados pectorales. Y entre ellos apareció una hermosa mata de vello que le daba un aspecto de plena virilidad, cual semental de la tribu capaz de embarazar a las hembras con solo rozarlas. Dejó entonces de besarle y atacó sin piedad aquella recién expuesta zona, lamiendo sus pezones y recorriendo con su lengua todo lo que la abierta camisa dejaba ver, dejando al sargento completamente extasiado y gimiendo de gozo.
El cabo miraba absorto y divertido como la condenada sobrina del comandante estaba haciendo que su superior se entregase de aquella manera, lo que le resultaba muy excitante. Su propia polla parecía iba a taladrar el pantalón a la vista de aquel espectáculo, Reparó entonces ella en la presencia del cabo, y en el bulto en su entrepierna, y volvió a sorprender a ambos ya que dejó al sargento de nuevo solo con aquel calentón que tenía y puso toda su atención en el cabo. Éste recibió con sumo placer las atenciones de su custodiada, dejándose caer sobre el sofá, ofrecido y completamente entregado, extendiendo los brazos sobre el respaldo y abriéndose de piernas, estirándolas bien y dejando que sus brillantes y botas negras reposasen sobre el suelo.
El gesto de invitación inflamó el deseo de la sobrina, pero qué condenadamente guapo estaba el cabo de aquella guisa, sonriéndole, mirándole a los ojos a través de sus gafas de montura plateada. Aquel cabello completamente blanco, pero con las cejas aún negras, le resultaba terriblemente atractivo. Siempre la habían puesto a cien los hombres maduritos con aquella combinación. Así que decidió comprobar si a nivel de pubis el vello seguía igual de oscuro que en sus cejas.
Fue directa a por el cinturón, que desabrochó con cierta dificultad por lo ajustado que gustaba lucir el suboficial. No sucedió lo mismo con el botón del pantalón, ya que era un broche a presión que cedió de sólo introducir el dedo. Miró entonces con picardía al expectante cabo, y comprobó que éste seguía sonriendo con expresión de absoluta entrega, mirando alternativamente, y casi con cara de tonto, a ella y a su propia bragueta. Bajó entonces lentamente la cremallera y dejó expuesto a la vista el enorme paquete del cabo Severiano, aún custodiado por sus ajustados slips de algodón, blancos como su pelo. Se sorprendió del tipo de calzoncillos, slip clásicos. Estaba a la vez divertida y excitada de comprobar que todos los Guardias Aéreos parecían gustar del mismo tipo de calzoncillos que el tito Diego, slips Ablasonado de toda la vida, con su abertura lateral para sacar la polla al mear, o para contentar a sobrinas viciosas como ella.
El aroma que emanaba de aquella anticuada e inmaculada prenda iba haciéndose más evidente por momentos, y la estaba volviendo loca. Una húmeda mancha indicaba donde se hallaba la punta de su polla, aunque el dibujo que dejaba ver el fiel algodón no dejaba lugar a dudas. El miembro del cabo cargaba a la izquierda, cruzando toda la línea bajo el borde del calzoncillo hasta la ingle en aquel mismo lado. Sus cojonazos terminaban de marcar aquel portentoso conjunto que emergía entre sus muslos y su bajo su vientre, aún custodiado por el abierto pantalón. No era muy velludo el cabo Severiano, y ello le recordaba a su querido tito Diego. ¿Tendría el cabo el mismo aspecto a nivel de su pubis?
No queriendo seguir con esta duda, introdujo el dedo por la abertura lateral, aprovechando la oportunidad que le brindaba que los calzoncillos fuesen tan anticuados. Allí notó el crujiente tacto del vello púbico, y un poco más abajo la tersura y elasticidad del huevo derecho.
¡Uh! -musitó el cabo dando un pequeño respingo al tocar ella aquella parte tan sensible de su cuerpo, pero sin dejar de sonreír extasiado.
Ella sacó el dedo decidida a cambiar de estrategia, y de un tirón bajó los abiertos pantalones junto con los apretados slip hasta la raíz de los muslos, dejando al aire la polla del cabo Severiano. Esta se bamboleaba victoriosa luciendo una buena erección, de bastante buen tamaño, con el glande rosadito completamente expuesto. Estaba rodeada de una buena mata de vello negro que destacaba entre sus blancas piernas y su vientre. Dos enormes huevos le servían de base, bien posicionados entre sus muslos.
Y el almizclado y penetrante olor de los cojones del cabo inundó el salón, y con ello la pituitaria de los presentes, haciendo que ella se lanzara a apresarlos entre sus dedos.
Uuy, uy, uy….-gemía el cabo de puro gusto, cerrando los ojos y con la boca entreabierta.
Qué cabronazo… -acertó a decir el sargento, envidioso de su compañero.
Los dedos de ella tomaron los testículos del cabo, con firmeza y delicadeza a la vez, para luego llevarse la mano a su nariz, loca de deseo. Pero el comentario del sargento había desviado su atención, y se volvió de nuevo hacia él para atenderlo como se merecía, presa de un deseo salvaje que había exacerbado tremendamente el aroma de los cojones del cabo Severiano. Y directamente atacó su bragueta, bajándole la cremallera de un tirón. La prisa era tal que dejó el cinturón abrochado, de modo que la verde tela se abrió como una flor emergiendo en medio el enorme bulto del suboficial, también cubierto por blanco algodón Ablasonado. Pero en este caso la polla, pugnando por salir, asomaba su punta por la abertura lateral de la prenda. Al notar ella esa deliciosa circunstancia, aquel apetecible espectáculo, con la polla del sargento medio cubierta aún por el oscuro prepucio, y medio atrapada en los Ablasonado, no dudó en meter el dedo para retirar el apretado algodón y hacer de esta manera más espacio para que el viril miembro saltase al aire, victorioso. La maniobra hizo además que el prepucio se retirase lentamente y mostrase el rosado glande del sargento Eusebio, con lo que a ella se le abrieron los ojos como platos al ver aquella delicia. Posó delicadamente la punta de su dedo sobre una brillante gota de líquido preseminal que culminaba la uretra de la aérea polla, para llevársela con golosa expresión a su boca.
Hhhhmmm, ¡qué rico! -dijo ella mientras miraba al desconcertado sargento, al que estaba dejando con la boca abierta y la mirada encendida, mientras contemplaba las maniobras con su enhiesto miembro entre su apretado calzoncillo.
Los huevos del sargento permanecían ocultos por la íntima prenda, aunque se presagiaban grandes y hermosos, a juzgar por lo que dejaba entrever al ajustado algodón. Pero ella no quería quedarse sin tocarlos, así que introdujo el mismo dedo entre la ingle y la apretada tela, llegando a tocar los elásticos testículos del sargento, que respondió a la maniobra con con un agudo gemido de placer.
Jo… joder –llegó a decir entre jadeos, con la cara congestionada por el placer.
El cabo Severiano contemplaba divertido las maniobras de aquella mujer que tenía las dos pollas a su merced, la suya completamente al aire y dura como un mástil, y la de su superior también tiesa como un junco y escapando por la abertura lateral del slip.
Ambos suboficiales aguardaban, expectantes, la siguiente manipulación de aquella insaciable muchacha, que pareció dudar un instante hasta que finalmente giró de nuevo hacia el cabo, engullendo todo el glande de su polla.
Aaaaaaah…, por Dioooosssss… -exclamó casi gritando el cabo, sintiendo la lengua de ella recorrer con delectación el frenillo de su miembro.
¡Será cabrona! -estalló entonces el sargento, excitado y envidioso a la vez–, ahora verás.
Y como ella le estaba ofreciendo toda su entrepierna al agacharse sobre el cabo, se aproximó hacia su culo y posicionó su polla entre los glúteos.
Ella sintió el duro miembro del sargento recorrer su rajita y buscar su ano, pero decidió que era mejor que penetrase su húmedo coño. Se movió hábilmente, forzando los movimientos del sargento hasta que consiguió que fuese su vagina la receptora acogiese el duro miembro del suboficial. La primera reacción del hombre fue de rabia, estaba bien acostumbrado a llevar la voz cantante en la cama, y aquel culito era increíblemente apetecible, pero la rabia se transformó pronto en un indescriptible placer, y no sólo por la forma increíble en la que su polla se deslizaba dentro de aquel coñito, sino también por el morbo de sentir que los dos guardias aéreos estaban completamente a merced de aquella desvergonzada.
¡Joder, cabo! No hay quien pueda con esta. Ahhhhhh -gritó al sentir como la vulva absorbía su polla haciendo que entrase casi de un golpe de lo bien lubricada que tenia la vagina.
Quedaron los tres bien acoplados en el sofá. El cabo echado con las piernas abiertas, ella agachada entre ellas entreteniéndose con su expuesto paquete, y el sargento penetrándola por detrás, de pie, con sus botas rozando las del cabo.
Ella recibió la entrada de la polla del sargento Eusebio con un buen orgasmo que la hizo gemir extasiada, haciendo que las paredes de su vagina se contrajesen sobre el duro miembro. Al mismo tiempo notaba la extraña sensación del algodón de los calzoncillos del sargento empapandose con los jugos alrededor de su vulva, y la contundencia de los aprisionados cojonazos del suboficial chocando contra su clítoris a través de la tela. Ello la hizo llegar a una fase de meseta que se prolongaba con cada metida, haciéndola vibrar una y otra vez.
¡Hostiaaaaaaaa... jooooooooooodeeeeeeeerrrrrr… -era lo único que podía decir el sargento, con la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos casi en blanco, notando con júbilo como su polla era exprimida de aquella forma tan deliciosa.
El cabo Severiano miraba divertido y extasiado a su superior, pero sin apenas poder dejar de concentrarse en las deliciosas sensaciones que la sobrina del comandante le estaba haciendo sentir sobre su aparato reproductor, especialmente sobre sus huevos, sintiendo unas cosquillas tan deliciosas que casi no podía ni respirar. Y es que ella, mientras disfrutaba de la follada del sargento, no dejaba sin atender ni un centímetro cuadrado de la piel del escroto del cabo, recorriéndolo con su lengua para saborear el delicioso sabor y respirar el intenso aroma de sus cojones, repasando cada pliegue, metiéndose en la boca un huevo y luego el otro, para volver luego a recorrer la elástica piel del escroto y casi estirarla con la lengua hasta el límite. Y una vez había repasado bien los huevos de su captor, atrapaba la polla y la saboreaba de arriba abajo, recorriendo su tronco con delectación y englobando golosamente su capullo. Se entretenía con esmero, y con lujuria, en el frenillo y el surco balano-prepucial, llevando al cabo casi al clímax, pero parando cuando calculaba que le faltaba poco para correrse. Regresaba entonces a los cojones, buscando algún resto del perfume que la había vuelto tan loca de deseo.
El sargento comenzó a aumentar la velocidad del bombeo a un ritmo frenético, que anunciaba que estaba listo para correrse dentro de su coño. Sus cojones mientras castigaban el clítoris, que recibía gozoso aquel fantástico roce de las oficiales bolas envueltas en los slips. Ella notaba como la polla del cabo parecía iba a estallar, al mismo tiempo que la del sargento, así que agarró aquella tranca con la mano y calculó bien los tiempos para conseguir que el sargento se corriese a borbotones dentro de ella justo al mismo tiempo que el cabo hiciese lo propio. En el momento oportuno había apretado su enorme tranca entre sus manos, y la había masturbado de forma salvaje hasta que lanzó, de forma simultánea con su superior, un enorme chorro de semen que llegó al techo. Y por si esto fuese poco, ella alcanzó también un definitivo y simultáneo orgasmo, que la hizo también llegar al cielo. El sargento bramaba casi como un toro, el cabo gemía a gritos, y ella suspiraba porque no podía ya ni gritar.
Durante unos buenos pocos segundos el sargento continuó emitiendo pequeñas cantidades de semen en su coño, con embestidas cada vez más entrecortadas, gimiendo y casi ronco. La polla del cabo aún rezumaba su propia semilla cada vez que ella subía y bajaba la mano con que aún agarraba aquel tronco, dejando perdido de semen el sofá, sus bajados slips, parte del pantalón, y la camisa. Y eso sin contar el primer trallazo que había dejado su huella en el techo.
Y las botas de los dos suboficiales, hasta ese momento tan limpias y brillantes, estaban chorreadas de una mezcla de semen del sargento y flujos vaginales de la sobrina, que iban cayendo desde su horadado coño en respuesta la inflexible ley de la Gravedad, responsable de aquellas manchas en el negro cuero.
El sargento Eusebio la sacó finalmente, húmeda de jugos y semen, y se dejó caer jadeando por el esfuerzo al otro lado del sofá. Ella hizo lo mismo, echándose entre ambos Guardias de Tráfico Aéreo, exhausta y satisfecha, mientras el cabo Severiano la miraba rojo aún de placer, arrobado en la misma posición en la que le había hecho la mamada.
¡Dios!, nunca había echado un polvazo como este -dijo sonriendo el sargento.
Y a mi nunca me la habían chupado de esta manera, ¡que gustazo! -añadió el cabo, también sonriendo de puro deleite.
Y yo nunca había sido tan bien tratada por una pareja de la Guardia Aérea, señores agentes -terció ella mirándolos alternativamente.
Se quedaron allí un buen rato, tratando de recuperar la respiración antes de levantarse y acariciándose entre si levemente. Pero la inevitable relajación postcoital les jugó una mala pasada, y los tres acabaron por quedarse profunda y dulcemente dormidos.
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