Xtories

La consumición

Él la mira como si no la viera, pero ella tiene los ojos bien abiertos. El joven de la terraza tiene un trasero que invita a la tentación, y ella sabe que esta noche no volverá a casa con las manos vacías.

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LA CONSUMICIÓN

—¿Qué quieres tomar?

Como si no lo supieras. Siempre tomo —o tomamos— lo mismo. Como todos los sábados.

—Un verdejo —respondo.

—Camarero…

El chico que se encarga de la terraza se acerca. Es guapo y está macizo. Por edad podría ser… ¿mi hijo? Sí, me temo que sí.

—Ponnos dos verdejos, por favor —le dices con seriedad.

Esas son tus únicas palabras durante el rato que tarda en traérnoslos. Ni siquiera me miras. Yo a ti tampoco, eso es cierto. Nos tenemos muy vistos.

—Aquí tienen. —Los deja en la mesa.

—Gracias. —Le sonrío.

El chico me devuelve la sonrisa y le observo mientras vuelve a entrar al bar. Además de simpático, se mueve con estilo. Y tiene un bonito trasero.

Tú ni le has mirado, ni sonríes…, no has dicho ni mú; ese es tu estilo. ¿Para qué dar las gracias por algo que has pagado, verdad? Pero no estás pensando en eso, no. Tu atención está puesta en esa chica que ríe y bebe con su grupo de amigos al lado de la entrada del bar; solo tengo que seguir la dirección de tu mirada para saberlo. Reconozco que es guapa, pero también podría ser tu hija.

Ahora tus ojos saltan a otra, a una que viene caminando por la acera. Esta por lo menos no me lleva tantos años; podría ser mi hermana pequeña. Va vestida de fiesta, corta de falda y generosa de escote. ¿No te parece un poco zafia? No, supongo que no, por cómo giras la cabeza para seguirla…

—Hace un poco de fresco, ¿verdad? —me dices al ver que te he pillado, ajustándote el cuello de la chamarra para disimular.

—Para algunas parece que no.

No te das por enterado y sigues a lo tuyo. La verdad es que hoy tienes mucho en qué fijarte. Desde veinteañeras a cuarentonas, en esta calle hay mujeres bastante atractivas. Lástima que no repares en la que tienes a tu lado. ¿Es porque paso el rango de edad?

—¿Te apetece algo para picar? —me preguntas al de un rato.

—Sí, vale. Saca lo que te apetezca.

—Voy dentro a ver qué tienen.

Te veo entrar al bar. Para nada te mueves como el camarero, estás fondón y tienes el culo plano, pero no estás mal para los años que tienes. Un poco descuidado, como todos; como yo misma. Falta de motivación, ya sabes. La convivencia desgasta; no hay sorpresas.

Al menos no estamos como la parejita de la mesa de enfrente: Los dos jóvenes, cada uno con su móvil, con la cabeza gacha sobre ellos, como si no hubiera nada más alrededor, sin decirse nada, sin mirarse…

«Empezáis pronto…».

Lo nuestro ha sido más progresivo. Una labor de años. Pero al menos nos conocemos. O es precisamente por eso, porque nos conocemos demasiado. Sin embargo esos dos… Un día levantarán los ojos del móvil y se preguntarán quién es ese extraño que tienen enfrente. Y fin de la historia. Pero estoy divagando…

—Ahora nos traen los pinchos —me dices al volverte a sentar—. Tortilla y jamón.

—Bien.

El camarero guapo viene ya, trayéndonos nuestras consumiciones. Repito las gracias y él su sonrisa. Realmente es atractivo. Esta vez tú también sonríes, pero por lo que vas a comerte:

—Mmm… Qué buena pinta tiene esta tortilla.

La verdad es que está rica. Sublimar con la comida es de los pocos vicios que nos quedan.

Mastico en silencio, al igual que tú, y al igual que tú observo el panorama mientras lo hago. Tú sigues mirando a las mujeres que nunca tendrás y yo al camarero, que va y viene de dentro del bar a afuera, a la terraza. Todo el rato dentro-fuera, dentro-fuera… ¿Eso no tenía que ver con otra cosa? ¿Con algo que hace tiempo que no hacemos, tal vez?

Me están dando ganas de hacer ese algo; ganas de entrar al bar para cruzarme con el camarero guapo y preguntarle dónde está el aseo.

El local es grande y él, solícito, me acompaña hasta la misma puerta, medio escondida al fondo de un largo pasillo. Yo le doy las gracias otra vez, pero le pido un último favor: «¿Te importaría entrar conmigo y follarme bien follada?». Él me mira sin perder la sonrisa; tiene mucho trabajo. «Será cosa de unos minutos —añado—. No necesito más; no sabes lo cachonda que estoy». Me mira de pies a cabeza y da una voz a un compañero para que le sustituya mientras se toma un descanso. Pero no va a descansar, no le voy a dejar…

Entra conmigo al baño y, sin perder tiempo, me desabrocho la falda, que dejo caer a mis pies. «¿Te gustan las maduritas?». «Me encantan —responde a la vez que baja mis bragas—, y me encantan sus coños». Se arrodilla delante de mí y empieza a comerme el mío: mis labios vaginales… mi clítoris… Su lengua me deshace de gusto y no tardo en correrme. «Vaya… Sí que estás cachonda», dice. «No lo sabes tú bien». «Pues debe ser contagioso; mira cómo me tienes…». Palpitando de emoción, veo que se abre la bragueta para sacar su miembro. Es tremendo… Una polla tiesa y dura; justo lo que necesito. Se la toco, y también las bolas, excitada; no me aguanto más… Me doy la vuelta y, sujetándome al lavabo, separo las piernas para que empiece a darme lo que tanto deseo. Le puedo ver ahora en el espejo, a mi espalda, diciéndome al oído: «Tienes un culo precioso». «Tú también. No he dejado de mirártelo ahí fuera», replico con picardía, abriéndome la blusa para que meta mano a mis pechos. Lo hace de inmediato, y agarrado a ellos enfila su tiesa verga en la entrada de mi vagina. ¡Hacía tanto tiempo…! «Aahh…», empiezo a gemir y él a follarme duro y rápido. Mis jadeos se acompasan a sus embestidas; me deja sin aliento… «Qué buen coño tienes… —me susurra con lujuria—. Qué bueno…». Veo su cara en el reflejo, apoyada en mi hombro, boqueando, y mi propio rostro a su lado, congestionado por el placer, la blusa abierta y mis tetas al aire, acariciadas salvajemente por sus manos.

Nuestra follada es tremenda. Su sexo choca con el mío una y otra vez, chapoteando ruidosamente, hasta que no podemos más: Me corro de nuevo, mientras siento su tibio semen salpicar mi culo…

—¿Quieres más?

—¿Eh?

—Que si quieres más tortilla o la acabo.

—No, no… Cómetela. Estoy bien así. —«Pero que muy bien».

No puedes saberlo, pero debajo de la mesa, entre mis piernas, mi sexo palpita como hace mucho que no lo hacía. Esta felicidad inesperada merece un brindis:

—Chin-chin…

—¿Y esto? ¿Es el aniversario de algo? —preguntas sorprendido.

—No. Simplemente para celebrar que estamos aquí tú y yo. ¿Te parece poco?

—Vaya…

—También puede ser que se me haya subido el vino a la cabeza.

—Puede ser; te brillan los ojos.

Nos miramos fijamente y nos sonreímos como si no hubiera nadie más alrededor, diciéndonos todo con esa mirada, con una complicidad que tampoco sentíamos desde hacía tiempo. Y, ¿sabes qué? Había olvidado lo guapo que estás cuando sonríes; aún con todas las arruguillas que te salen, o precisamente por ellas.

—¿Nos vamos a casa? —te digo.

—Vámonos…

Pagamos la consumición y, sin que te des cuenta, dejo más propina al camarero. Sé que no lo entenderá, pero se lo merece. Se lo ha ganado.

Creo que esta noche no te va a apetecer ver el fútbol, ni a mí me va a doler la cabeza…

FIN