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Dominaciónabr 2023

La perra de la casa (3)

Jose no solo quiere su cuerpo, quiere su vergüenza. La obliga a caminar por la calle con la ropa reveladora y a someterse a castigos físicos frente a desconocidos. Pero el verdadero riesgo no está en la calle, sino en lo que ocurre cuando la puerta se abre y alguien inesperado aparece.

Robeerr15K vistas9.1· 7 votos
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Espero que os guste. Cualquier cosa que me queráis comentar, podéis hacerlo escribiéndome al correo o por los comentarios de la web (presto más atención al correo).

- No has aspirado la casa, eso conlleva un castigo, aparte de las hostias que me has dado obviamente. - Me susurra. Giro mi cabeza para mirarle y me encuentro con una sonrisa maquiavélica que hace que quiera morirme.

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Unas lágrimas recorren mis mejillas en silencio, no sé cómo es posible que aún pueda llorar, me duelen los ojos y la garganta de tanto hacerlo.

- Uff, qué cansada estoy hoy, ha sido un día matador en el trabajo. - Dice mi madre sentándose al lado de Jose.

- Hablando especialmente de eso, Lucía ha tenido una idea magnífica. - Corresponde Jose dándole un beso.

- Ah, ¿sí? - Eso mismo me pregunto yo mentalmente.

- Sí, hablando esta tarde mientras hacíamos tiempo a que llegases, me ha dicho que ella se encargará de hacer la cena, ya que ahora mismo no tiene que ir a clase y está todo el día aquí.

No puedo con mi alma, ahora quiere que les cocine, y claro, mi madre está encantada con esa idea, así ella puede relajarse cuando llega a casa.

- Oye, pues genial. Entonces, ¿te encargas tú? - Hoy está más relajada, ya se le ha pasado el cabreo de ayer.

- Sí, pero, ¿qué queréis cenar?

- Yo creo que una tortilla de patata para los tres vamos bien. - Se adelanta Jose.

Me dirijo a la cocina mientras ellos se quedan hablando en el sofá. Cabe destacar que nunca he hecho una tortilla de patata, pero me da miedo preguntar cómo se hace. Agarro las patatas y procedo a cortarlas en rodajas, todo lo que hago es de lo que me acuerdo de haber visto a mi madre.

Pasan unos minutos y siento como unas manos se cuelan por los tirantes de mi vestido en dirección a los pezones, los agarra y retuerce con saña: “No hables, estás tardando mucho, hoy puedes cenar con nosotros, pero no te acostumbres”. Lo que siento después es como algo aprisiona mis pezones, miro hacia abajo y veo que me ha puesto unas pinzas de la ropa que cortan el riego sanguíneo y producen un dolor constante. Abandona la cocina sin quitarme esas pinzas.

- La cena ya está lista. - Digo desde la cocina.

A partir de aquí fue todo tranquilo, cada uno se sentó en su sitio correspondiente y comimos. Para ser la primera tortilla que hago, estaba comestible. Jose se dedicó con el típico pie a acariciar mi coño como ya acostumbraba a hacer. Por cierto, antes de sentarnos, llegó él antes a la mesa por lo que me quitó en un rápido movimiento las pinzas, liberando mis pezones. Fue un momento agobiante porque estaban más sensibles de lo normal y el mínimo roce con la tela del vestido me incomoda.

Anoche no vino en ningún momento a mi habitación, pero no dormí nada, aún seguía pensando en lo que me dijo: “No has aspirado la casa, eso conlleva un castigo, aparte de las hostias que me has dado obviamente”. No aspiré la casa porque me dijo que me masturbase ya, no es mi culpa. Respecto a lo que pasó en la habitación, estaba defendiéndome, no es justo que ahora me castigue por eso.

No sé cuánto he dormido, llegó un momento en la noche que se me cerraron los ojos y no los volví a abrir hasta que siento algo grueso entrando en mi coño. Abro los ojos medio dormida y me encuentro con Jose, mirándome fijamente con esa sonrisa maquiavélica y moviendo su cintura para hacer entrar y salir su polla.

- Buenos días, ahora cuando acabe de follarte, te beberás el vaso de leche que hay en la cocina, es tu desayuno.

Me cuesta escuchar, intento zafarme de él, pero me doy cuenta de que cada una de mis extremidades está atada a una pata de la cama, impidiéndome mover.

- No, no, esta vez no me haces la de ayer.

Acelera el ritmo, siempre con esa mirada fija y la sonrisa. Noto que está a punto de correrse y vuelvo a suplicar que dentro no. No sé si es que no quiere correrse dentro o es que me hace caso, pero se saca la polla y me la mete directamente en la boca: “Traga”. No tengo otra opción así que trago todo lo que sale de ese rabo, en cuanto termina de correrse, la mantiene dentro de mi boca para que se la limpie.

- Muy bien, perra. - Dice dándome un azote en las tetas y desatándome.

No digo nada y me dirijo a la cocina, aún sigo un poco anonadada por la forma en la que me he despertado. En la encimera me encuentro un vaso con un líquido banco, no creo que sea leche literalmente, lo agarro y veo que tiene una textura grumosa. Llevo el vaso a mis labios y en cuanto ese líquido toca mis labios, me entra una arcada.

- Tardas mucho siempre. Trae. - No sé cuánto tiempo lleva ahí, pero me quita el vaso y sujetándome la cabeza, me coloca un embudo en la boca. - Hay que enseñarte a obedecer a la primera.

Vierte todo el contenido del vaso en el embudo, no puedo cerrar la boca y la “leche” entra y entras en mi boca sin parar. No me da tiempo a tragar todo y algo rebosa por mis labios cayendo sobre mis tetas y dejando hilillos colgantes en mi barbilla.

- Mira que eres cerda, pues así te vas a quedar. Ponte esto, que nos vamos de compras.

- Pero, no puedo salir de casa, Señor. - La primera bofetada del día.

- Me da igual lo que te diga tu madre, si digo que salimos, salimos. Ya estás vistiéndote, en tu cuarto encontrarás la ropa.

No me puedo creer lo que estoy viendo, esta es la ropa con la que quiere que salga a la calle, y de compras. Me encuentro con un top que uso cuando voy de fiesta, pero siempre con alguna chaqueta encima, es un top negro de semi encaje, lo bueno es que, con esto, las tetas no se me salen porque ya lo tengo comprobado. Para la parte de abajo tengo una minifalda también negra que me compré para un disfraz de Halloween, ¡hace dos años! Al colocarme la ropa me doy cuenta de que la leche y las babas de mis tetas manchan el top simulando que se me ha caído algo espeso ahí, y si me agacho, la minifalda ayudará a mostrar todas mis intimidades porque estando de pie, apenas me cubre las nalgas.

- Señor, no encuentro el calzado. - Digo llegando hasta la puerta de la calle, donde él se encuentra.

- Irás con las chanclas de andar por casa, y cuando estemos en el coche, te las quitarás.

- Ah, vale. - Digo sorprendida.

Una vez en el coche, me hace sentarme en el asiento del copiloto, descalza, apoyando los talones en el asiento, dejando expuesto mi coño entero. Con una cuerda, ata cada tobillo a un muslo para que no pueda cambiar de posición y mis manos las junta por detrás del asiento con unas esposas.

El trayecto es algo más largo de lo normal, no vamos al mismo centro comercial de siempre, sino que vamos a uno un poco más alejado del centro, nunca he venido aquí. Estoy mojada, no porque me haya puesto cachonda la situación, sino porque Jose ha estado todo el trayecto tocándome sin parar mientras conducía. Al parar el coche me desata y salgo para abrirle la puerta, cosa que me ha ordenado.

- Muy bien, ahora, como no voy a hacer que vayas a cuatro patas delante de todo el mundo, irás dos pasos por detrás de mí, y siempre con la cabeza un poco agachada, nunca la mirada al frente. No hablarás hasta que yo te diga.

Anduvimos durante media hora por todo el centro comercial, no era muy difícil ir con la cabeza gacha. La gente que pasaba a mi lado, se me quedaba mirando y cuchicheaba con sus acompañantes, algunos me hacían hasta fotos mientras se reían. Estaba muerta de vergüenza, notaba mis mejillas arder de lo rojas que estaban.

- Aquí. - Dice Jose parándose frente a una puerta. ¡Una sex shop!

Entra directamente y no me queda otra que seguirle. “Hola” dice al entrar, ahora mismo el establecimiento está vacío. Desde dentro del almacén se escucha un: “Hola, ahora mismo estoy con vosotros”, es una chica.

- Perfecto, vamos a ver si encontramos juguetes para ti, perra. - Se adentra entre los pasillos, de la tienda: plugs anales, vibradores, cinturones, esposas, látigos… todo tipo de instrumentos pasan a mi alrededor. Damos tres vueltas a la tienda, parece que está haciendo tiempo para que salga la dependienta.

- Hola, decidme, en que puedo ayudaro… ayudarte. - Me echa un vistazo rápido y procede a dirigirse a Jose únicamente.

- Sí, hola, pues mira, la perra me ha dicho que quería ir de compras.

¿Cómo es posible que me llame así delante de esa persona? Quiero llorar.

- Y, ¿qué es lo que quiere la perra? - Pero, estoy alucinada, ¿quién es ella para llamarme así?

- Pues me ha dicho que quiere azotarse mejor, y claro, no sé qué artilugio usar para que disfrute.

- Sin problema, sígueme. - La seguimos por los pasillos hasta llegar a la sección de los instrumentos para azotar como fustas, látigos, paletas…

- Perra, al suelo. Aquí debes estar como en casa. - Me agacho dubitativa.

- ¿Es nueva?

- Sí, y la primera vez que sale de casa en esta condición, pero bueno, aprenderá rápido jajaja.

- Por el bien de ella, que así sea. Bueno, aquí tenemos unos látigos, los hay de todos los tipos, aunque claro, si es para que ella se azote, no lo recomiendo porque puede perder eficacia y que no se dé de lleno. Toma perra, azótate.

- Fuerte eh. - Dice Jose.

Agarro el látigo con la mano temblorosa e intento azotarme con la suerte de que no doy con ningún fleco en mi nalga.

- Lo que me temía. Prueba con esto. - Me dice cambiando el látigo por la típica paleta de madera que te encuentras en la cocina.

Vuelvo a hacer el mismo procedimiento y esta vez sí que acierto en mi nalga, dejándome la marca de la forma. Repito el azote ante la orden de Jose y vuelvo a acertar sacándome un gritito.

- No grites. - Me dice la dependienta. - A ver, veo bien lo de esta paleta, el problema es que no se aprovecha toda su extensión porque no alcanza a darse completamente.

- Me parece bien, ¿propones una más pequeña?

- Sí, yo creo que lo mejor es que le des la que tú creas conveniente, no te preocupes, puedes probar las que sean. Yo ahora mismo vengo, voy a atender a las demás personas.

- Perfecto.

Escuchar eso me aterroriza y subo la cabeza para ver algo, pero a la altura a la que estoy, soy incapaz. Escucho voces de otras personas pasando entre los pasillos hasta que una pareja nos encuentra.

- Anda, mira.

- Hola, la perra está probando qué paleta le viene mejor para su culo. Toma prueba esta. - Dice Jose.

Me azoto dejándome la marca de nuevo mientras veo como algunas lágrimas caen al suelo. No puedo creerme que me humille de esta forma, revelando que soy una perra ante gente que no conoce de nada y azotándome yo misma en medio de un establecimiento.

- Hala, cómo mola, ¿puedo grabarla? - Dice la chica.

- Adelante.

Sigo azotándome hasta probar varias veces todas las paletas, al final se decana por dos, las que más daño me han hecho: una de mango corto y la forma redondeada, asemejándose a una pala de ping pong, y otra más cuadrada y más grande que, aunque no consiga azotarme entera con ella, cada vez que se estrellaba en mi culo, veía las estrellas.

- Buena elección, la verdad. Para ti te recomiendo esta fusta, es la típica que se usa con los caballos para que vayan más rápido: larga, flexible, ligera y muy rápida. - Se escucha cómo corta el viento de un rápido movimiento y la punta es estrella en mi culo provocándome el mismo dolor que un latigazo. - Además, también sirve para el coño porque lo cubre perfectamente. - Repite lo mismo en mi coño que me tira al suelo y grito.

- Uff, me gusta. Vale, me llevo estas tres cosas, ¿puedo empezar a usarlo ya? Tiene que ser castigada por desobedecer.

- Sí, sin problema, luego me llamas otra vez o vas a la caja para que te cobre.

- Perfecto, pues perra, una parte de tu castigo empieza ahora, te vas a dar con esta paleta (la redondeada) diez veces en el culo con todas tus fuerzas, vas a contar cada uno y dirás: “Merezco ser castigada, Señor. Gracias, Señor”. Si gritas, o hablas algo que no sea eso, empezarás de nuevo.

Me deja con la paleta en el sitio y desaparece entre los pasillos. “No te escucho, perra” se oye desde el pasillo contiguo. La chica sigue grabándome sonriente con el móvil, no me atrevo a pedir ayuda a ella, la gente que entre aquí y disfrute lo que ve de mí, no son de fiar. Agarro fuerte la paleta y empiezo. ¡¡PLAS!!: “Uno, merezco ser castigada, Señor. Gracias Señor”.

- Muy bien, sigue así.

- Dos, merezco ser cas-castigada, Señor. Gracias Señor.

- Sigue.

En el quinto azote casi no me sale la voz, y siento latir mis nalgas, parece que el corazón está ahí en vez del pecho. “Madre mía cómo tienes el culo” dice la chica mientras guarda su móvil. “Está casi morado jajaja”. Sigo azotándome hasta llegar a diez y justo aparece Jose con una bolsa, no sé qué es.

- Perfecto, vamos ahora a preguntar otra cosa.

Llegamos a la caja y esperamos nuestro turno, no me he dado cuenta de la gente que hay dentro ahora mismo, soy el centro de atención de todas las personas. Pero lo que más me preocupa ahora mismo es saber si voy a poder sentarme en algún lado sin ver las estrellas.

- Hola mira, quiero estas tres cosas y, ¿tienes algún huevo vibrador? Es que a la perra le encanta sentir algo dentro de su coño constantemente.

- Por supuesto, lo malo es que estos no se pueden probar todos, el que cojas te lo quedas, para no contaminar todos del coño de la perra.

- Es entendible, entonces cuál me recomiendas.

- Pues mira, tengo este de última generación que viene con un mando a distancia capaz de activarse hasta en un rango de cien metros, tiene siete niveles de potencia y se puede cambiar para que, en vez de vibrar, haga descargas eléctricas. Lo malo es que es algo caro.

- No importa, me lo llevo.

- Perfecto.

En cuanto Jose paga, me mete el huevo delante de todos en el coño y lo activa al máximo. Me caigo al suelo directamente, baja la potencia a la mitad y consigo levantarme a duras penas. “Vamos” me dice. Reanudo la marcha como puedo dos pasos por detrás de él con el huevo en marcha.

Me duele el culo, me cuesta caminar con algo ahí dentro y más aún si está vibrando constantemente El camino de vuelta al coche es igual de largo o incluso más según mi sensación. Si antes era el centro de atención ahora lo soy más, voy dando tumbos, sudando debido al calentón que tengo y con la parte interior de los muslos brillante, estoy a punto de correrme.

En cuanto llegamos al coche me descalzo y coloco en la misma posición, Jose se da cuenta de mi cara de sufrimiento y aumenta en uno la potencia.

- Señor, ¿me puedo correr? - Tengo la voz entrecortada.

- Ni de coña, vas a estar sin correrte durante una semana por lo que hiciste ayer.

- Por favor, deje que me corra. No volveré a hacer algo así.

- Eso ya no te sirve, perra. Aprenderás por las malas y a hostias a no correrte en ningún momento a no ser que te lo ordenen, aunque tu coño esté inundado constantemente. Si no tienes permiso, no te correrás, y si estás completamente seca y te ordeno que te corras, te correrás como perra en celo. Hasta ese punto llegarás, vas a sufrir, pero es un proceso mental, hasta que no lo aceptes no podrás cambiarlo.

- Por favor. - Estoy desconsolada.

Hace caso omiso y arranca el coche para después poner los dedos sobre mi clítoris y masturbarme.

- No aguanto, Señor, por favor, por favor. - Soy un reguero de lágrimas, y al estar inmovilizada no puedo hacer nada para cortar la situación.

- No vas a querer correrte de nuevo como lo hagas ahora sin permiso.

- POR FAVOR. - Grito.

Aumenta un nivel más de potencia y aparta su mano de mi coño para metérmela en la boca y limpiarla de todos mis flujos. En cuanto está limpia la quita y es el momento en el que exploto en la mayor corrida que he tenido en mi vida, además de mearme encima.

- LO SIENTO, LO SIENTO, LO SIENTO.

- Jajajajaja, lo peor que has hecho en tu puta vida, perra.

Todo el trayecto que queda se tira azotando con su palma entera mi coño y con el vibrador al máximo de potencia. Mi entrepierna sigue brillante debido a que no ha cesado su actividad, pero ya no quiero correrme, ahora quiero poder cerrar las piernas para cubrir toda esa parte dolorida. Se me irrita de tantos azotes recibidos y la constante vibración.

Llegamos al garaje donde guardamos el coche y sale directamente sin desatarme, abre mi puerta y me abofetea durante un minuto. Me desata y con su mano en mi pelo me estrella la cara en todas las partes húmedas por mi corrida y mi meada. “LIMPIA, PERRA” me grita. Paso la lengua por todas las zonas intentando limpiar todo rastro de corrida y orina, tardo varios minutos donde mi culo es pellizcado y azotado, me va a durar la rojez mínimo dos días.

Subimos en casa y en la cocina me ordena hacerle la comida, no me he desnudado y sigo con la ropa puesta, me da miedo parar por si me vuelve a castigar. La parte buena es que el vibrador ya se ha parado, no sé si va por batería, pero si es así, ojalá tarde mucho en cargarse. Le preparo la comida y me mete debajo de la mesa para comerle la polla, ese es mi alimento hasta ahora, semen.

- Ponte de pie. Vas a llevar esto durante bastante tiempo, así aprenderás a controlar las corridas. - Me dice mientras me coloca un cinturón de castidad. Sé lo que es porque mientras me lo pone y cierra con candados, me lo explica.

- Ahora hasta para mear vas a tener que pedir permiso, no tienes ninguna forma de evacuar a no ser que abra la cerradura. Como has meado sin permiso, vas a beber dos litros de agua ahora mismo, y dentro de treinta minutos, otros dos.

Abre el grifo del fregadero y me mete la cabeza debajo empapándome entera, intento beber lo que puedo hasta que se cansa y me aparta. “Ve a tu habitación y espérame tumbada en la cama boca arriba” me ordena.

Con el pelo y la cara empapados me tumbo sobre la cama a esperarle. El cinturón que me ha puesto me incomoda muchísimo, la parte que cubre mi entrepierna está completamente pegada a mi piel. Para más inri, el vibrador sigue ahí dentro y se ha puesto en marcha justo en el momento que Jose aparece por la puerta.

- Toma, azótate. Vamos a aprovechar y grabamos unas cosas. - Me da la pala de ping pong y desaparece a por la cámara.

En cuanto llega con la cámara me coloco a cuatro patas y sonrío a la cámara: “Hola de nuevo, esta vez vamos a hacer algo distinto amigos”. Sonriendo me azoto con todas mis fuerzas que hace que se me salten las lágrimas: “Me estoy castigando porque he sido una chica mala, y las chicas malas merecen un azote jiji”. Me da vergüenza admitirlo, pero siempre se me ha dado bien poner como burros a los tíos, tanto es así que ahora mismo Jose está con la polla fuera cascándosela.

Continúo con los azotes mientras sonrío y lágrimas recorren mis mejillas por el dolor. No sé cuántos llevo, pero una vibración en el coño me hace parar de golpe, el vibrador se ha activado de nuevo. Al no saber qué hacer ahora mismo hace que Jose me pellizque un pie que está fuera de plano para que reaccione.

- Uy, algo se ha activado en mi coñito. Esta vez no os lo puedo enseñar porque está protegido por este cinturón. - Me siento en la cama abriendo las piernas para mostrar el interior de estas.

La cámara se acerca para poder comprobar bien el cinturón. “Estoy castigada porque me he corrido sin permiso, y ahora estoy entrenando para que no vuelva a pasar. Aunque no podáis verlo, yo creo que sí podéis escucharlo, acercaos más” Agarro la cámara y la pego a mi entrepierna para que se escuche la vibración dentro de mi coño.

- Ya os iré contando mi evolución con las corridas, nos vemos en la próxima. - Y mando un beso a la cámara despidiéndome.

Hoy ha sido una sesión rápida pero la más humillante hasta ahora. Y lo que menos me gusta es que cada vez me cuesta menos aparentar frente a la cámara por miedo a ser castigada. El vibrador sigue y sigue y me vuelvo a poner cachonda, llevo una mano a mi coño, pero me doy cuenta de que está completamente oculto. Jose, al verme, me da dos bofetadas que me tiran sobre la cama.

- Mira que eres perra, que hasta con el cinturón de castidad, quieres tocarte. Qué mal lo vas a pasar. Ahora chúpamela.

Iba a protestar, pero su polla me lo impide, está más cachondo que yo y lo noto por el grosor y la rigidez de su miembro. Es alucinante la capacidad que tiene para controlar sus corridas.

- Holaa, ya estoy aquí. - Esa voz nos hace saltar a los dos a la vez.

Es imposible que esté aquí tan rápido, se ha adelantado una hora.

- ¿Hola? - Vuelve a decir mi madre.

Comienzo a llorar, si nos pilla así nos va a matar, no sé qué hacer. Es Jose el que reacciona vistiéndose y haciéndome un gesto de que me quede callada, acto seguido abandona la habitación dejándome ahí desnuda, con el cinturón de castidad y sin posibilidad de cubrirme con nada.

No sé cuánto tiempo pasa hasta que vuelve a la habitación cerrando la puerta sin hacer ruido, se vuelve a sacar la polla y vuelve a metérmela en la boca.

- Tienes que terminar lo que has empezado. No te preocupes, le he dicho a tu madre que estás dormida, has estado haciendo ejercicio en casa y has caído rendida. Te quería despertar, pero le he dicho que mejor no, que te dejase descansar. Ahora está haciendo la cena para nosotros dos, tú no cenarás.

Termina de correrse echando todo el semen en mi boca, casi en mi garganta obligándome a tragar todo. Se adecenta y se vuelve a ir.

- Ya has cenado, hasta mañana. Mañana va a ser un día interesante.

- Señor, ¿puedo hacer pis?

- No, te has meado en mi coche sin mi permiso, ahora te aguantas. - Me deja con la palabra en la boca y abandona la habitación. Estoy sentada en la cama, con el dichoso cinturón pegado a mis dos agujeros y con unas ganas de mear terribles.

Para colmo, una hora después, cuando escucho los habituales gemidos de mi madre cuando follan, se enciende el vibrador del coño sobresaltándome en la cama. Todavía tengo miedo de que entre mi madre y me vea así. Si ocurre, no sabría qué decir y estaría en un buen lío.

CONTINUARÁ…

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