Xtories

Un chico gordito

En una cala escondida, la mirada de un desconocido no busca disimulo, sino posesión. Entre la arena y el mar, la barrera de la vergüenza se rompe cuando él admite su deseo y ella decide no frenarlo.

JESUS16K vistas9.1· 14 votos

Conocer a Nacho fue una de las cosas más inexplicables que me han ocurrido nunca. Es un chico digamos que gordito. Tampoco es muy alto, mide alrededor del uno sesenta y cinco y es más bajo que yo.

Por mi parte y no es por tirarme flores, con mi metro setenta, cincuenta y ocho kilos y una cien de pechos naturales, unido a mis ojos verdes y mi pelo largo completamente negro, la verdad es que nunca he tenido problema para ligar y casi siempre me he follado al tío que me he propuesto.

¿Qué como acabé enrollada con Nacho? Ni yo misma me lo explico todavía. Coincidimos a primera hora de la mañana en la cala, no serían siquiera las nueve. Es una cala muy pequeña que pocas personas conocen porque está bastante escondida y solo se accede entre unos matorrales o en barco por el mar. Me la enseñó un amigo una noche que buscábamos algún sitio tranquilo para echar un polvo.

Nacho ya estaba allí cuando llegué. Mejor dicho, solo había una toalla y al poco apareció saliendo del mar. Venía en pelotas con una red de pesca submarina, aletas y gafas y un cuchillo en la mano. Tenía la red llena de mejillones que había cogido de unas rocas cercanas.

- Buenos días, perdone que esté así pero aquí nunca viene nadie – me dijo

- Buenos días, no se preocupe por la falta de atuendo. Yo también vengo aquí para poder tomar el sol en pelotas – respondí.

Extendió una esterilla y volcó el resultado de su pesca. Seleccionó los que quería y los que no estaban a su gusto los devolvió al mar junto a unas rocas. Después volvió a meter los mejillones seleccionados en la red y lavó la esterilla para ponerla sobre la arena y encima los mejillones. Me llamó la atención que lo hizo todo como un ritual. Cada cosa en su sitio y en su momento.

Le pregunté si venía a menudo a la cala y me dijo que casi a diario a primera hora para coger mejillones y venderlos a los restaurantes. A veces tenía suerte y localizaba algún pulpo. Entonces se metía al mar con un arpón que tenía escondido por si venía la Guardia Civil. Con eso se sacaba unas pelas para pasar el día. Una forma poco habitual de pasar el verano.

Puse mi toalla a unos tres metros de donde estaba él. No había demasiado sitio para apartarme más y tampoco lo consideré necesario. Me quité el vestido y me deshice de las bragas del biquini. Cuando me senté le vi que estaba absorto mirándome el cuerpo.

- Si sigues mirándome así me voy a tener que poner el biquini – le dije.

- No te cortes tía. Estas buena para aburrir y sería una descortesía por tu parte privarme de tan maravillosa visión – respondió con una sonrisa que mostraba más cachondeo que lascivia.

- Vale. Me has convencido, pero procura no ser muy descarado porque me da corte. No estoy acostumbrada a estas exhibiciones públicas de mi anatomía.

- Ehh. Que soy Nacho, no soy el público. De mi te puedes fiar. Solo voy a mirar y a ponerme como una moto. Es posible que me tenga que hacer una paja, porque no te mereces menor homenaje a lo buena que estas. Si quieres te puedes hacer tu una también que a mí no me importa.

No pude por más que sonreír ante aquel derroche de ingenio. Desde luego no tenía un físico para impresionar, pero labia no le faltaba y bien mirado, aunque gordo a rabiar, no era feo el muchacho.

Se sentó en una roca enfrente de mí y empezó a mirarme directamente. No sabía en que parte de mi anatomía tenía fija la mirada y decidí averiguarlo. Abrí las piernas y si mostraba sorpresa era ahí donde estaba mirándome. Si no se inmutaba, es que estaba mirándome los pechos. Desde luego a la cara no lo hacía.

- Joder tía. Tienes uno de los potorros depilados más bonito que he visto en mi vida. Mira como me estas poniendo - dijo señalándose la polla que empezaba a estar morcillona.

No pensaba cortarme y contraataqué verbalmente. Le dije que tenía una polla no muy larga pero bastante gruesa y el contraste con la piel blanca limpia de vello, llamaba la atención. Añadí, con cierto retintín, que seguro que hacía muy felices a las chicas.

- Ya me gustaría, pero la verdad es que más que follar me tengo que conformar con hacerme pajas, porque mi físico no acompaña a mis deseos y aunque a base de decir tonterías, de vez en cuando me como algún rosco, no lo tengo fácil.

Me gustó la naturalidad y sinceridad con que lo dijo. Era un chaval abierto y muy consciente de sus aptitudes y carencias. No tenía reparo alguno en manifestarlas. Según me lo decía se tocaba el miembro y los efectos empezaban a ser evidentes, para mi sorpresa.

- ¿Te importa que me masturbe mirándote? No siempre tiene uno la oportunidad de encontrarse con una tía tan buena como tú y poderse hacer una paja en directo, en vez de tener que hacérmela luego a solas.

- Por mí no te cortes. Puedes hacer lo que quieras – respondí.

Ya no eran simples tocamientos. Empezó a meneársela de verdad moviendo la cabeza para buscar el mejor ángulo de visión de mi chocho. Me pareció divertido exhibirme abiertamente para su satisfacción. Estaba sentada al estilo indio y estiré las piernas para después abrirlas todo lo posible y mostrarle mi sexo sin tapujos.

- Joder que chocho tan maravilloso tienes, princesa – me espetó.

Empecé como distraídamente a pasarme la mano por los labios mayores del sexo y de vez en cuando hacía deslizar un dedo entremedias y me presionaba al llegar al vértice superior, lo que le escaba de sus casillas y hacía que se masturbara con más ahínco.

La escena era divertida y no exenta de cierto morbo. Decidí darle más leña a la hoguera de sus sentidos y me levanté para acercarme un poco más, con la intención de darle un primer plano para su inspiración. Cuando estaba a un metro de él, me separé los labios con los dedos y le mostré mi sexo en su toda su plenitud. Cuando empecé a pasarme un dedo haciendo círculos por el clítoris, casi se le salen los ojos de sus orbitas. Se corrió sin remedio.

- Muchas gracias por el espectáculo que me has ofrecido, tía. Ha sido una de las pajas más placenteras que me hecho en mi vida. Joder, que morbo.

- La verdad es que me he ido animando poco a poco. No era mi intención estimularme, tan solo quería que lo hicieras tú. Pero me parece que te voy a imitar.

Cuando empecé a masturbarme de verdad a dos manos, empezó a meneársela de nuevo y en dos segundos la volvió a tener dura. Se puso de pies justo enfrente de mí, tanto que a veces nos rozábamos las manos al acariciarnos. Adelantó el pecho hacia mí y le seguí la corriente haciendo contactar sus pezones con los míos. Fue como una corriente eléctrica que viajo de los pezones al centro del sexo.

Apoyé la cabeza sobre su hombro y pegué mi cuerpo al suyo todo lo posible sin dejar de tocarnos. Deslicé una mano a su sexo y me la cogió para rodearse la polla y presionármela con su propia mano. Con la mano libre cogí la suya y me la llevé al sexo. Elegí un dedo y me lo pasé por el clítoris para indicarle donde quería que me estimulara.

En cuanto sentí su semen sobre mi estómago me dejé llevar y me corrí con él. Nos quedamos un tiempo jadeando ambos e inmóviles hasta recuperar el resuello. Al separarnos me cogió la mano, se la llevó a los labios y me la besó, diciendo que había sido de las cosas más sensuales que recordaba haber vivido.

Me preguntó si me gustaban los mejillones y le dije que sí. Me dijo que podía preparar unos pocos allí mismo con un poco de Tabasco. Me sorprendió que pudiera hacerlo allí mismo, sin nada para preparar fuego y poder abrirlos.

Cogió unas ramas de arbusto, hizo un hueco en la arena de la playa y las depositó dentro. Les prendió fuego y metió los mejillones en el hueco. Con dos ramitas los sacaba cuando tan solo tenían abierta una rendija y les ponía un poco de Tabasco para dejarlos de nuevo en el fuego de forma que las conchas quedaran paralelas al suelo. No tardaron nada en abrirse y juro que han sido los mejillones más deliciosos que me he comido en mi vida.

Las dos conchas, el parecido a la almeja y todas sus acepciones, hicieron que enseguida la conversación fuera por esos derroteros. Que si a él le gustaba que chorreara entre las conchas, que si la parte donde se fija al animal a la conche es como un clítoris. Que entonces nos estábamos comiendo muchos clítoris y nosotros sin saberlo, etc…

Tanta sandez hizo que nos partiéramos de la risa, hasta que me dijo que le encantaría comerse un clítoris de verdad y que además fuera en esa misma cala donde estábamos. Enseguida supe que no era una indirecta, sino una pregunta muy directa. Le miré a los ojos y le dije qué de acuerdo, siempre que no me requiriera después el mismo comportamiento por mi parte y reclamara que se la chupase.

- Prometido. Palabrita del niño Jesús - dijo poniendo cara de niño bueno.

- Tu elijes como quieres hacerlo – fue mi respuesta.

Puso su toalla sobre la roca donde había estado sentado él y me dijo que sentara con los muslos bien abiertos. Se arrodillo delante de mí y metió la cara en medio. Me hizo una comida de coño que aún me excito cuando la recuerdo. Hizo que me corriera tres veces seguidas y tuve que retirarle porque ya no aguantaba más tanto contacto de su lengua.

Me dije a mi misma que aquello me lo tenía que repetir y estaba dispuesta a hacer lo que fuera para conseguirlo. Claro que no era difícil adivinar como ganármele. Le dije que se sentara donde yo estaba y puse mi toalla en la arena para poder ponerme de rodillas sin hacerme daño. Levanté la mirada cándida hacia sus ojos y me metí la polla en la boca, es algo que a los tíos les encanta.

Le hice sufrir un poco pero solo para que cuando se corriera lo hiciera de forma que no la iba a olvidar en su vida. Cada vez que estaba a punto de correrse disminuía los estímulos y cuando decaían los aceleraba y entonces gemía como un niño pequeño.

No me avisó cuando se iba a correr. La verdad es que tampoco me importó porque me di cuenta perfectamente de que lo iba a hacer y quise que lo hiciera dentro de la boca. Sin despegar los labios de su polla me tragué el semen y le pasé la lengua por la punta, justo por la rajita.

Dimos por concluido nuestro común día de playa y quedamos para ese mismo día cenar juntos y después volver a comernos mutuamente, incluso echar unos polvos si se terciaba. Y se terció, vaya si se terció.

Fueron quince días de vacaciones inolvidables con Nacho. Desde entonces, antes de judgar a una persona por su físico, lo hago por el tipo de persona que es y me he llevado muchas sorpresas.