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Fetichismoago 2023

Su fetiche le cambió la vida por completo (1)

Luis siempre soñó con ser el sirviente silencioso de una mujer dominante que fumara con elegancia. Cuando Sara aparece en su vida, no solo le pide fuego, sino que le exige obediencia absoluta, transformando un simple accidente en el inicio de un juego prohibido.

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Este relato queda fuera de tus preferencias actuales. Lo mostramos porque llegaste por un enlace directo.

Era una persona de treinta y cinco años, con un trabajo estable que le permitía llevar una vida holgada. Su carácter era agradable que hacía que su relación con los demás fuera fácil y duradera. Mantenía un grupo de amistades con los que compartía todo, excepto su gran secreto: era un gran fetichista de ver fumar a las mujeres. No le importaba su edad, solo el contemplarlas mientras fumaban. Era algo que le excitaba sobremanera, el coger el paquete de cigarrillos, tomar uno, llevárselo a la boca, encenderlo, exhalar el humo y en definitiva el fumar.

Se podía pasar todo el tiempo contemplándolas mientras lo hacían. Pero eso si, de forma discreta, disimulada, sin que pudieran sentirse observadas.

Mientras las observaba su imaginación volaba y provocaba una mezcla de este fetiche con el de la sumisión. Porque se sentía sumiso ante una mujer, dispuesto a servirla sin límites. Su gran sueño era encontrar a esa mujer fumadora y dominante que lo aceptara de por vida a su entero servicio y dedicación.

Una vez presentado pasaré a narrar todo lo ocurrido por ser como era nuestro protagonista.

Como tantos días de aquel verano nos reuníamos todos para tomar unas cervezas antes de almorzar. Sin embargo aquel día y sin saberlo iba a ser diferente. En nuestro grupo todos gustaban de fumar un cigarrillo mientras comentábamos posibles viajes a realizar en esas vacaciones y anécdotas futbolísticas. Mientras lo hacía y de reojo miraba a las chicas del grupo encenderse un cigarrillo y mirar con detalle como se lo llevaban a su boca para inhalar y después soltar el humo de su boca. De todo esto nadie se percataba de mi gran fetiche.

En una mesa junto a la nuestra llego una señora bastante mayor que todos nosotros. Tendría unos sesenta años aunque se conservaba muy bien para su edad. Algo tenia que desde que llegó mi mirada fue entera para ella.

Luis, ¿que te pasa hoy que estás como ausente?

No me pasa nada. He pasado una mala noche.

Pues espabila que el día acaba de empezar. Ja, ja, ja.

Aquella señora pidió al camarero un vermouth y mientras se lo traían comenzó a buscar en su bolso algo. Mi mente rápidamente supuso y espero a que así fuera, un paquete de cigarrillos. Tras revolver su mano en el bolso encontró su paquete de tabaco. Fumaba cigarrillos rubios extra largos. Extrajo uno del paquete y su mano volvió nuevamente a buscar algo en su bolso. Tras un tiempo tomó el cigarrillo entre sus dedos no habiendo podido encontrar el mechero con el que encenderlo.

De haber estado solo me hubiera acercado de inmediato a ofrecerle fuego, pero estaba acompañado y me retraje de hacerlo. Para disimular seguí en mi grupo charlando sin dejar de mirarla. No se si ella se dio cuenta de mi mirada pero con el cigarrillo entre sus dedos se dedicó a mover su mano mientras ella no cesaba de mirar donde estábamos.

Perdonad, tendríais fuego. No encuentro mi mechero.

Por supuesto, aquí fumamos todos menos este.

Se refería a mi, ya que solo fumaba cuando estaba a solas imaginando que era obligado a hacerlo por una mujer dominante y mayor que yo a la que servía como su sumiso. De esta forma aliviaba mis necesidades sexuales manteniendo así mi secreto.

Toma Luis, pásale el encendedor a la señora.

Tomé el encendedor y cubriendo la llama con mis manos lo encendí para acercarlo a su cigarrillo. Ella con sus manos rodeó las mías aspirando con sus labios el humo del cigarrillo ya encendido. De forma muy sensual y lenta se separó de mi dejando escapar el humo de su boca que al estar tan cerca pude oler y aspirar para saborearlo.

Gracias, muy amable.

Se marchó nuevamente a su mesa para degustar su vermouth que le habían servido. Mientras lo hacía mis ojos no dejaban de mirar cada uno de sus gestos. Me pareció una mujer muy bella, muy sensual y fue entonces cuando mi imaginación la llevó a ser el prototipo de mujer de mis alivios sexuales en solitario.

Luis, hoy estás lejos de aquí. Más vale que te acuestes para estar mejor por la noche.

No quería irme de allí ya que supondría perderla de vista y no lo deseaba. Pero tampoco podía quedarme allí ya que se me notaría mucho donde tenía puesta mi atención.

Véte ya que no vas a llegar a tu casa en pie.

Me levanté de la mesa sin dejar de mirarla. Ella se había fumado el cigarrillo y tras tomar un trago de su bebida lo apagó en la copa.

Me marché hacia mi casa comprobando que a la misma vez, aquella mujer también se había levantado de su mesa y que caminaba tras de mi. El sonido de sus tacones me lo hacía saber sin necesidad de mirar hacia atrás. Antes de llegar a mi casa escuché un quejido.

-¡Ay, que daño!, que torpe he estado.

Me volví y pude ver a esa mujer apoyada en la pared y cogiéndose el pie con su mano. Me acerqué hasta donde se encontraba.

¿Le ocurre algo?

Que torpe he sido. Creo que me he doblado el tobillo.

¡Déjeme ver, por favor!

Me incliné para ver su tobillo a la vez que ella apoyó sus manos en mis hombros para no perder el equilibrio. Con mis manos hice unos movimientos de su articulación para comprobar el alcance.

Se le está inflamando un poco, sería conveniente un poco de reposo. ¿Le acompaño a su casa?

Estoy pasando unos días aquí y me alojo en el hotel que hay frente al Ayuntamiento.

Mi casa está aquí, si lo desea puede venir y descansar un poco. Luego yo mismo la acompañaré a su hotel.

No quiero molestarte, ya bastante lo he hecho ya y por lo que han comentado sus amigos estará cansado después de haber pasado una mala noche.

Por favor, para mi sería un placer el acompañarle y cuidar de su tobillo. No me molesta en absoluto.

Sinceramente me molesta bastante y no creo poder llegar a mi hotel. Se lo agradezco de verdad. Por cierto no nos hemos presentado. Me llamo Sara.

Yo Luis, encantado. Bien cójase de mi brazo estamos ya en mi casa.

Ella se cogió de mi brazo y muy despacio conseguimos llegar a mi casa. Montamos en el ascensor y entramos. Al llegar la acomode en un sillón colocando su pierna en alto sobre un escabel.

Cuanta molestia te estás tomando. No la merezco Luis.

Por favor Sara, es un placer para mí atenderle. Voy a por una crema que tengo y te daré un masaje con el fin de que no se le inflame mas.

Al volver había sacado un cigarrillo que sostenía entre sus labios.

Espero que tengas en casa un encendedor.

Por supuesto.

Me acerqué a ella y le encendí su cigarrillo. Mi excitación fue bestial al verla en mi casa, sentada en mi sillón. No podía creer lo que estaba pasando. Hasta ahora todo fue fruto de mi imaginación al suponer que esa mujer iba a ser a quien iba yo a servir de por vida.

Gracias. ¿Tú no fumas?

No.

¿Nunca has fumado?

Si, alguna vez lo he hecho. En algunas reuniones.

Acércate.

Su mano, con la que sostenía el cigarrillo se posó en mi barbilla.

Ahora abre la boca.

Sin pensar en nada y de forma automática abrí mi boca frente a ella. Fue entonces cuando dándole una fuerte chupada al cigarrillo acercó su boca a la mía llenándola del humo de su boca.

¿Te ha sabido bien?

No supe que contestar. Me quedé perplejo frente a ella sin articular palabra. El humo inundó toda mi boca tragándolo muy despacio para no desperdiciar ni un solo átomo de ese humo.

Ja, ja, ja. Me ha gustado tu reacción.

Sin articular palabra me arrodillé y comencé a darle un masaje en su pie con la crema. Ella mientras seguía fumando el cigarrillo vertiendo el humo hacia donde yo me encontraba.

Creo que en un rato sentirá alivio. Mientras permanezca ahí con el pie en alto para que haga su efecto la pomada.

No veo ningún cenicero, ¿te importa apagarlo?

Alargó su mano dándome su cigarrillo. Yo me fui a la cocina para apagarlo. Mientras lo hacía miré de reojo por si me miraba y aproveché para llevármelo a la boca y darle una última calada antes de apagarlo. Sentir el carmín de sus labios en los míos, saborearlo y pensar que había estado en su boca provocó en mi una excitación brutal como las que tenía en solitario al imaginar situaciones como estas y que ahora eran reales.