El Club de los pollones. 4
Bajo la mesa, mientras su esposo sirve el desayuno, Rebeca se prepara para recibir una lección de placer que desafía todos sus límites. La presencia de Nacho no es solo física, es una invasión que redefine su matrimonio.
Hola. Este nuevo capítulo abre un arco argumental distinto a los anteriores, por lo que se puede leer de forma independiente sin leer primero los tres primeros capítulos. De todos modos, siempre recomiendo la lectura de los mismos para disfrutar del todo de la serie, además de que las lectoras y lectores reconocerán a uno de los personaje del capítulo anterior El capítulo contiene tetas enormes y pollas gigantescas, cuernos, dominación y humillación. Si es lo que te va, espero que disfrutes del relato. Si no es tu plato favorito, tienes muchos otros relatos y categorías mediante los que saciar tu hambre.Si es lo que te va, espero que lo disfrutes. Acepto las criticas constructivas, que siempre sirven para mejorar. Todas y todos los personajes son mayores de 18 años.
Relajo la garganta y entra un poco más. Estoy cubierta debajo de la mesa pero veo como el sol brilla sobre el agua que se ha desbordado de la piscina, al darse un baño Nacho con su enorme corpachón. Desde bajo de la mesa veo como se acerca mi esposo a traerle a Nacho el desayuno.
- Mmm…tiene una pinta deliciosa, Señor Argente. ¡Muchas gracias!
- De nada, Nacho. ¿qué lees?
- Oh, nada, Señor. Simplemente curioseando en Twitter.
Respira por la nariz. Traga poco a poco, me repito a mi misma. No puedo evitar que mi saliva vaya cayendo hasta el suelo hasta hacer charco. Venga, ya lo habéis entrenado antes, me repito. Escucho como prosigue mi marido:
-Los jóvenes de hoy en día, siempre de cara al móvil.
-De alguna forma hay que enterarse de las cosas que pasan, Señor Argente.
- Para eso están los informativos, Nacho.
- Claro, Señor Argente. Todos ellos muuuuuy de fiar.
-Lo que tú digas…¿cómo lo esta haciendo Marta?
-¡Oh, muy bien! Creo que hoy conseguirá tragársela toda.
Escucho como lo dice con tono de orgullo. A medida que me aproximo a su enorme y dura barriga y a sus huevazos peludos del tamaño de melocotones, yo me siento igual. Pese que estoy protegida por el sol bajo la mesa, sudo a mares por el esfuerzo. El corsé de piel que deja al descubierto mis tetas gigantes, tampoco ayuda. Al estar a cuatro patas, Nacho sabe que no puedo masturbarme, así que mantiene un huevo vibrando en lo más profundo de mi coño. Mis propios fluidos se mezclan con el sudor al resbalar por mis muslos.
- ¿Sabes? Creo que deberías alimentarte más sano. Tantos huevos y bacón no pueden ser sanos – escucho decir a mi marido – Y además, con tu problema de sobrepeso. No te iría mal comer más frutas y verduras, y hacer algo de ejercicio.
- ¿No cree que ya estoy haciendo bastante ejercicio follándome a su mujer, Señor?
- Bueno, es cierto, pero…
- Además, no parece que ella considere mi sobrepeso un problema cuando dejamos la cama de matrimonio de ustedes empapada de mi lefa, su chorreo, y nuestro sudor. Por cierto, ¿ha cambiado ya las sábanas?
- Claro. Antes de preparar el desayuno.
- Muchas gracias, Señor Argente. ¿Qué tal ha dormido en el sofá?
- Muy bien, Nacho. Cuando compré un sofá cama nunca imagine que lo acabaría usando yo. – Ambos ríen
Noto como me llega un orgasmo brutal. Concéntrate, me digo. Solo un poco más. Y por fin noto como mi nariz alcanza su pelvis peluda. Ya está, la tengo toda dentro.
- Aaaah. Lo ha conseguido, Señor Argente.
- ¡Esa es mi cerda! ¿Te vas a correr ya?
- Pronto. No sea impaciente.
Cerda. Empiezo a acariciarle los cojones, la punta de mi lengua juguetea con la base de su inmenso rabo, que se hincha por momentos. Cerda, la palabra grabada en el collar que llevo puesto. Noto como el huevo en mi coño vibra con mayor rapidez e intensidad. Sé que Nacho quiere que nos corramos juntos. Siempre es tan atento y considerado…Entonces empieza a correrse.
- Aaaaaah – Nacho no oculta su placer delante de mi marido. Noto como me llena el estómago. Yo también exploto, corriéndome a chorros. Cuando ya no puedo más me la voy sacando poco a poco de la graganta. Mi desayuno, sin duda, ha sido delicioso. Alcanzo el cuenco de comida para perros, y baño los cereales con el resto de su corrida. No tenemos perro. Pero sí otra cosa. Su polla aún gotea mientras se la limpio con la lengua.
- Su desayuno está listo, Señor Argente – dice Nacho.
Mi marido se arrodilla debajo de la mesa. Desnudo excepto por las braguitas y el collar que también lleva puesto. Cerdo, pone en el suyo.
- Estoy orgulloso de ti – me dice mi marido mirándome a los ojos. Nos damos un largo beso con lengua por medio del que paladea todo el semen que acabo de tragar. Nos separamos con un pico lleno de cariño y ternura.
-Te amo – le digo. Y lo digo de verdad.
-Te amo – responde él, y veo en sus ojos que no puede ser más sincero.
Entonces le agarro con fuerza el pelo y le hundo la cabeza en el comedero lleno de cereales bañados en abundante semen. Sorbe, mastica y traga tan rápidamente como puede. Escuchamos como Nacho se vuelve a tirar a la piscina, desparramando agua por todo el exterior de la misma. Levanto por un momento la cabeza de mi marido par que tome aire, y después la vuelvo a hundir. No tenemos perro, pero tenemos cerdo. En 20 años de matrimonio jamás hemos sido tan felices. Cerda. Así es como me siento. Y me encanta. No sabía que podría ser tan feliz siendo una Cerda hasta que conocí a Nacho.
Fue una noche después de otra sesión de sexo mecánico e insatisfactorio con Luis. Mi marido se quedó dormido nada más acabar, para variar. Nada como la rutina como para matar la pasión, supongo. Yo ni siquiera me corrí. Después de 22 años de matrimonio supongo que es lo que hay. Al principios jodíamos como conejos, hasta que llegaron Marcos y Nuria, nuestros hijos. Después entre la poca privacidad y el estrés del trabajo, la cosa se fue enfriando. Ahora lo hacíamos más por compromiso que otra cosa, e incluso entonces parecía que Luís tenía la cabeza en otra parte. Se seguía conservando en forma, pese a una leve barriga cervezera que trataba de combatir saliendo a correr. Yo por mi parte había ganado algunos kilos, aunque, por las miradas que recibía cuando caminaba por la calle, no me sentaban nada mal. Incluso hizo que mis tetas engordaran todavía más, tetas de las que estaba orgullosa como también de mi larga melena morena y ondulada. Me gustaba vestirme sexy, con camisetas escotadas y vaqueros ajustados cuando iba a hacer la compra o a tomar algunas copas con mis amigas, complacida al pensar que todavía podía seguir provocando erecciones a mi paso.
Así que aquella noche me levanté como ya venía siendo habitual durante los últimos tiempos para ver algo de porno desde el ordenador del despacho de Luis. Al principio conseguía acabar viendo a negros o jóvenes con pollas enormes ensartando sin piedad a jovencitas con las tetas recauchutadas de silicona. Pero como suele pasar con el sexo mecánico, al final la rutina acaba matando la pasión y el porno ya no me servía ni para hacerme pajas. Así que fui un paso más allá, y decidí entrar en uno de esos videochats que ofrecen las páginas de porno gratuito. Protegiendo mi identidad con una máscara que adquirí en el sex shop de la ciudad más alejado de nuestra casa, por supuesto.
Descubrí que me encantaba hablar sucio con completos desconocidos. Exhibirme ante ellos, enseñarles las tetas y chupar mis dedos húmedos después tenerlos bien enterrados dentro de mi coño. Alcanzaba orgasmos brutales viendo como los desconocidos se masturbaban hasta correrse a su vez por encima de sus pechos, e incluso a veces sobre la mesa o salpicando la cámara. Cuando mas grandes eran sus pollas, mayor era la corrida, y mayor era mi orgasmo. Mi marido está equipado con el tamaño promedio, pero pronto ese tamaño dejó de excitarme. Durante esas semanas disfrute de las eyaculaciones de pollas preciosas y grandes, duras como rocas solo para mí. Me valió por un tiempo hasta que la bombilla se encendió en mi mente.
Jamás había pensado en ser infiel a mi marido, pero ¿y si él ya lo estaba siendo? Después de todo, si el sexo estaba resultando cada vez más aburrido para mí, ¿por qué no lo estaba siendo también para él? Sí ya sé que todo esto no eran más que justificaciones sin ningún tipo de fundamento, pero no podía huir del pensamiento que brillaba cada vez con mayor intensidad en mi mente, hasta que me acabé convenciendo a mí misma. Tenía que follarme a una de esas grandes pollas. Así que una noche al conectarme al videochat añadi en criterios de búsqueda el nombre de la ciudad más cercana. Fui haciendo criba por varias pollas, para darme cuenta de que los tíos que me caían bien e inspiraban confianza no eran tan grandes donde importa, que los propietarios de unas herramientas considerables eran unos auténticos gilipollas. Estaba a punto de desistir cuando de repente me encontré con alguien que no encajaba para nada dentro de los criterios de búsqueda.
Un joven de unos 25 años, de cabello largo, barba muy poblada, fornido aunque con una enorme y dura barriga. Un gordo, vaya. Y además no muy alto. Sin camiseta, parecía que estaba también cubierto de pelo por el resto del cuerpo. Lo que se habría considerado un oso en ambientes homosexuales. ¿Qué hacia aquel tipo en este canal? ¿No se suponía que los gordos la tienen pequeña? Con ambos brazos encima de la mesa, ni siquiera se la estaba tocando, aunque imaginé que no alcanzaría ni a verla por encima de la mesa. Su habitación estaba llena de pósters de películas como Airbag o Pulp Fiction, y objetos de personajes de cómic como el martillo de Thor o el casco de Iron Man. Es evidente que le gustó lo que vio, ya que a mis 42 años me conservo de maravilla, y siempre he tenido dos poderosas razones por las que a los hombre siempre les ha costado mirarme a los ojos. Se presentó e, intrigada, decidí seguirle la corriente. Resultó ser un muchacho de lo más agradable, divertido y muy bien educado. Se llamaba Nacho, era programador informático, cobraba un buen sueldo y trabajaba desde casa. Disfruté de la conversación, aunque no me había conectado precisamente para hablar aquella noche. Antes de desconectarme, decidí regalarle a Nacho un buen vistazo a mis tetas desnudas con las que poder pajearse aquella noche antes de dormir. Con una sonrisa traviesa, se ofreció a enseñarme lo suyo. Me dio pena pero acepté, decidiendo no burlarme de él.
- Rebeca, enséñasela.
¿Rebeca?, me pregunté. ¿A quien se dirigía? Entonces vi como alguien salía de debajo de la mesa. Una jovencita de pelo rizado, cara pecosa y naricita respingona. Tenía cara de muñequita de porcelana y no parecía tener más de 19 o 20 años. De pecho plano, aunque con un culo tremendo, y coño depilado, parecía desnuda excepto por un collar de pinchos en su cuello. Situándose detrás de Nacho, tan menuda ella, hizo esfuerzo por rodearle con sus brazos, sus manos desaparecieron bajo la mesa y para ir sacando poco a poco…
- Mira que cara está poniendo la vieja cerda – dice la joven – parece que esté a punto de que se le caiga la mandíbula al suelo.
-Justo la misma cara que pusiste tú – dice un sonriente Nacho.
- Cierto – responde Rebeca, mientras masturba un pedazo de rabo que parece irreal. Tan grande, tan gorda, con las venas tan marcadas. Las manos de Rebeca suben arriba y abajo del tronco brillante por su saliva. ¿Habrá podido meterse toda esa monstruosidad en la boca? La joven de aspecto aniñado prosigue.
- Seguro que esta no es como la de los pajilleros a los que has calentado antes delante de la cámara, ¿verdad, vieja cerda? Puede que hayas visto algunas grandes pero, ¿de verdad crees un hombre de verdad con una polla de verdad se mata a pajas delante de una cámara? ¿Realmente crees que un hombre de verdad se hace pajas? No, Cerda, una polla como esta solo merece ser chupada, follada o pajeada por otra persona que sepa como adorarla. Por cierto, cerda, me encantan tus melones. Dentro de poco yo tendré unos parecidos – ríe traviesa.
Estaba tan en shock que ni siquiera me afectaban sus insultos. Me costó reaccionar para volver a dirigirme a Nacho.
- ¿Ella es tu…tu…?
- ¿Mi novia? No, que va. Rebeca tan solo ha sido mi mascota durante unos días. Me la ha prestado un amigo de un Club al que pertenezco. Pero la verdad, me está apeteciendo cada vez más follarme esos grandes melones tuyos.
Su conversación sucia, dicha con toda naturalidad me estaba poniendo cada vez más cachonda.
- Mira la cara de la cerda, Nacho. Cada vez se le sonrojan más las mejillas – se divierte Rebeca. Cerda, chúpate las tetas.
Obedecí. Rebeca pajeaba lentamente a Nacho. Escupió sobre la punta de su polla y luego siguió hablando conmigo.
- ¿Cuántos dedos tienes metidos en el coño?
-…Dos…
-¡No es suficiente! – repuso Rebeca – ¿De verdad crees que con solo dos dedos vas a abrir tu coño lo bastante como para recibir una polla como esta? Porque te gustaría follarte esta polla, ¿verdad, vieja cerda? ¡Responde!
Ni me lo tuve que pensar.
-…Sí…
- Bien. Te gusta exhibir tus tetas para los pajilleros, ¿verdad? Exhíbete ahora del todo para nosotros. Aleja la silla de la mesa. Queremos ver como te follas a ti misma.
Dios, nunca me había sentido tan cachonda. Alejé la silla para que me vean masturbarme. Veía en la pantalla como Nacho se limitaba a sonreír, dejando que fuera Rebeca quien diera las órdenes. La niña suda mientras juega con la polla gigantesca que tiene entre las manos. Yo también.
-Ahora mete otro dedo, puta cerda. Muévelo despacio y suavemente, acostumbrándote a él.
Lo hice. Lamí mi propio sudor de la comisura de mis labios. Después ordenó que me meta un cuarto dedo. Y un quinto. Así hasta que me ordenó que me metiera todo el puño hasta la muñeca. Y lo hice. Al principio el dolor fue indescriptible, creía que me partía por dentro. Pero siguiendo las instrucciones de la joven, el placer fue sustituyendo al placer. Un placer indescriptible.
-Muy bien, vieja cerda. Ahora fóllate con el puño fuerte y duro hasta que te corras.
Y allí estaba, cumpliendo las órdenes de una chiquilla cuya edad yo doblaba, mientras me sentía arder por dentro. Nunca había tenido nada tan grueso dentro de mí. El orgasmo no tardó en llegar. El más fuerte que había sentido en mi vida. Tuve que morderme el otro brazo para no gritar. Las piernas me temblaron tanto que habría caído al suelo de estar de pie. Mi cabeza daba vueltas, me faltaba el aliento, tenía la boca más seca que el desierto y el antebrazo bien marcado por mi mordedura. Las risas que oí desde el otro lado de la pantalla me devolvieron a la realidad. Entonces Nacho rompió su silencio.
- Muy bien, Raquel. Mañana te espero a las 17:00 en (nombró una cafetería de su ciudad y la dirección concreta). Si no vas, nunca más volverás a ver mi polla. Y ahora, si me disculpas, voy a romperle el culo a Rebeca hasta que pierda el sentido. De hecho en ocasiones realmente se desmaya de placer, pero yo no paro de follarla, por supuesto. Le encanta que me corra en su culo y luego le meta un tapón anal para ir caminando por la calle con toda mi lefa dentro resbalándole por los muslos. ¿Es lo que quieres que haga ahora, Rebeca? Creo que cuando termine contigo te voy a enviar al badulaque que está al final de la calle, nos hemos quedado sin papas ni chocolatinas. ¿Te gustaría?
- Mmmm…Síiii – dijo la joven mordiéndose el labio – Por cierto, no tenías que morderte el brazo para que tu marido no te escuchase correrte. No tienes más que girarte y preguntarle si ha disfrutado el espectáculo, aunque lo adivinarás viendo el pantalón del pijama del muy maricón – Y entonces apagaron la cámara web.
Fue cuando la pantalla fundió a negro cuando vi el reflejo de Luís observando a través de la puerta entreabierta. También sudaba y estaba rojo como un tomate. Se había corrido en los pantalones. Nos miramos el uno al otro, y sin decir nada, comprendimos que nuestra vida había cambiado para siempre.
A las 17:20 del día siguiente, con total conocimiento de mi marido, Nacho me estaba follando como a una puta barata dentro de una nave en un polígono industrial abandonado al que me había llevado en su coche tan solo veinte minutos después de habernos conocido en la cafetería. Me vestí más sexy de lo que lo había nunca antes, con mi vestido más escotado y apretado, y mis mejores zapatos de tacón. Parecía una puta total. ¿Lo era? Dentro de la nave estaba completamente desnuda, excepto por mis zapatos, tumbada restregando mis tetas en el capó polvoriento de su coche, tratando de soportar sus tremendas embestidas por detrás. Mis gemidos y gritos resonaban por toda la nave. Ni siquiera me dio tiempo a acostumbrar mi coño poco a poco a su polla, follándome como un loco mientras sus huevos y su enorme barriga rebotaban contra mi culo. Le oía gruñir como una animal a mi espalda, lo cual me encendía aún más. Rebeca nos grababa con mi propio móvil desde el asiento del copiloto, fumando tranquilamente y echando la ceniza por la ventanilla abierta. Mi coño no paraba de chorrear, no paraba de correrme. Todo mi cuerpo temblaba.
Mis propios gritos no me dejaban escuchar los comentarios de Rebeca mientras grababa. Me faltaba el aire. Mi pecho ardía. Dos orgasmos más tarde mis piernas temblaban cuando Nacho me ordenó arrodillarme. Gracias a dios. Ya no podía más. El joven se corrió en mi cara, en mi boca, en mis tetas. Luis no se corre así en un mes. No me dejó limpiarme antes de vestirme de nuevo. Se quedó con mi sujetador y mis bragas como trofeo. Iba hecha un desastre, pero no me importó. Estaba como en trance. Nunca antes me habían follado así. Conduciendo hasta donde estaba aparcado mi coche, Rebeca y Nacho no paraban de reírse al verme por el espejo retrovisor. Me relamía los labios para recoger el semen que resbalaba por mi cara.
¿En qué me había convertido? ¿O siempre había sido así? ¿Por qué no me importaba? Entre toda aquella confusión tan solo había una certeza, y es que el vacío que desde hacía tiempo se iba haciendo más grande dentro de mí se había llenado por completo dentro de aquella nave industrial. Un vacío que supongo que tan solo se llena con las pollas más grandes que una mujer pueda encontrar, pensé después conduciendo mi propio coche hasta mi casa.
Lo que pasó durante mi trayecto de vuelta, lo supe luego por boca de Luís cuando llegó por la noche a casa, más tarde de lo habitual. Yo ya duchada y con mi camiseta de ir por casa y mis shorts, viendo sentada en el sofá viendo una miniserie en Netflix Resulta que nada más dejarme Nacho y Rebeca en mi coche, Luís recibió un video en su móvil. Menos mal que al estar en una reunión de trabajo lo llevaba silenciado, pero en cuanto notó la vibración, ya sospechó de que se trataba. En cuanto acabó la reunión, corrió rápidamente hacia su despacho, le dijo a Eva, su secretaria, que no le pasase llamadas, y cerró la puerta de un portazo.
- ¿Te gusta lo que ves, pajillero? – la voz de Rebeca se dirigía a él dulce y suavemente mientras en el vídeo, fuera del coche sonaban mis gritos y mi marido veía como un friki gordo y bajito me follaba más salvajemente de lo que nunca me habían follado. Alguien a quien había conocido no haceía ni 24 horas y al que no paraba de suplicarle a gritos que me siguiera jodiendo hasta reventarme el coño.
A Luis le ardieron la sienes. Su erección era furiosa. Se bajó la cremallera del pantalón y buscó los pañuelos de papel.
- ¿Sabes que nunca vas a poder follarla así, verdad? – continuó Rebeca – Quiero decir que solo pueden follar así los hombres con una polla como la de él. Y si tú tuvieras una polla así ella no estaría aquí ¿no crees? Ya sabes, la polla que viste en la pantalla el otro día. Cuando te corriste en los pantalones.
Mi marido no encontró el paquete de pañuelos de papel. Ni en sus bolsillos, ni en las cajoneras, ni en ningún otro lugar. Tampoco había servilletas, debido a su rigurosa manía de no comer nunca en el despacho.
- ¿Sabes? – continúo la dulce y perversa Rebeca – Creo que ayer no te corriste solo por lo caliente de la escena, por ver a tu esposa tener el orgasmo más poderoso de su vida. Hasta hoy, claro. Creo, aunque te digas a ti mismo lo contrario y te niegues a admitirlo, en realidad te corriste también por ver la dura e inmensa polla de Nacho mientras lo pajeaba. Lo vi en tus ojos mientras te observaba al fondo de la habitación. ¿verdad?
Mi marido se subió la cremallera y salió rápidamente del despacho en dirección al baño. Al pasar prácticamente corriendo junto a ella, Eva en un principio pensó que se trataba de una urgencia hasta que creyó detectar una erección en los pantalones de su jefe. Nada del otro mundo, pensó decepcionada.
Luís recorrió un pasillo que en aquel momento parecía interminable mientras en su cabeza se repetía la imagen de mis tetas rebotando cuando Nacho me tumbó de espaldas para seguir follándome de cara.
“La dura e inmensa polla de Nacho”. La voz de Rebeca repitiendo en su cabeza una y otra vez la misma frase ponía banda sonora a la escena. Sudaba al caminar, intentando disimular su erección.
“La dura e inmensa polla de Nacho” ¿Por qué ser repetía una y otra vez esa frase en su cabeza?, se preguntaba cuando no estaba a más de un par de metros de la puerta del servicio.
“La dura e inmensa polla de Nacho”. Y cuando ya estaba a punto de abrir la puerta del lavabo de caballeros…volvió a correrse encima sin ni siquiera tocarse.
“La dura e inmensa polla de Nacho”.
Luís regresó al despacho rápidamente cubriéndose como podía la mancha en los pantalones, decidido a no volver a salir hasta que no quedase nadie más en el edificio. Antes de cerrar la puerta tras de sí, creyó ver como Eva se aguantaba la risa.
Continúa en
- Relato #205337— title-regex: contiguous parts (3 -> 4)
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