En el barco (2)
Carmen subió a cubierta buscando aire, pero encontró algo que quemaba más que el sol. Lo que empezó como una visita turística se transformó en un espectáculo prohibido: su amigo Paco, el anfitrión, observaba con lujuria cómo su esposa Lola era poseída por un marinero. Y en las palabras de Paco, Carmen escuchó su propio nombre, su propia humillación, convertida en el clímax de su fantasía.
Contuvimos las ganas de seguir jugando, acabamos de arreglarnos, recogimos nuestras cosas, y bajamos a la playa, en busca de la famosa lancha. Me había puesto un vestido playero, también de Lise Charmel, que ocultaba mi bikini. No pensaba exhibirme en público hasta que estuviéramos en el barco.
Allí estaba el barco y en la orilla la lancha esperando. Y el marinero también. Lola se había quedado corta describiéndolo, era un tío guapísimo, musculoso, rubio. Menuda fantasía de marinero. Llevaba un pantalón corto blanco, que le marcaba un bulto espectacular en la entrepierna, y una camiseta del mismo color, que hacían resaltar el color de su piel, ya tostado. Melenita, pinta de malote perdonavidas. El típico tío que entra en un bar y ya están haciendo cola para ligar con él, jóvenes y maduras. Y quizá jóvenes y maduros también, nunca se sabe con estos guaperas.
El tío lo sabía perfectamente. La forma en la que me dio la mano para subir a la lancha no dejaba duda alguna, una suave caricia imperceptible para quien mira, pero que enciende el fuego en la piel. Juan no tuvo una ayuda tan estupenda para subir, pero pronto estábamos los tres rumbo al yate. Una vez atada la barca a popa, volvió a ser muy solícito conmigo. Sus manos fuertes agarraron mi cintura para ayudarme a subir, palpando debajo del vestido hasta dónde llegaba la braga de mi bikini. Estaba juguetón y a mí no me molestó.
Paco nos recibió a bordo, bastante más cordial que en el puerto. Llevaba un bañador rojo corto, que le marcaba todo el paquete, un buen instrumento, y una camiseta blanca, como el marinero, que también le hacía parecer más moreno. El muy mamón estaba guapo, para qué negarlo.
Lola está abajo, arreglándose. Venid y os enseño el barco. Lleva sus cosas al camarote de invitados, Gon.
¿Gon?
Gonzalo, hay confianza.
No sé nada de barcos, así que no lo describiré con detalle. En la parte de atrás, en cubierta, tenía un amplio espacio para comer, en la de delante mucho sitio para tomar el sol. Abajo iban los camarotes. Y donde estábamos, en el centro, una parte para guiar el barco, acristalada, con un salón delante.
Estábamos terminando la visita cuando apareció Lola, subiendo por las escaleras. Yo misma tuve que reconocer interiormente que estaba tremenda. La muy guarra llevaba un bikini muy escaso, con el estampado de leopardo que yo jamás me pondría. Pero que le daba un aire absolutamente sexual, era pura provocación, morbo encarnado. Su pecho no bajaba de una 95D, una talla y una copa más que yo, y su cintura, aunque no era tan fina como la mía, seguía marcando un cierto reloj de arena capaz de volver loco a cualquier hombre, sobre todo cuando se ensanchaba en su culo. Era mucho más carnal que yo y eso volvía locos a las hombres. Con las piernas me derrotaba: las horas que yo pasaba trabajando, ella las pasaba en el gimnasio. Eran unas piernas que ya querría yo para mí.
¡Hola, amores! ¡Pero qué guapísima estás, Carmen! ¿Otro regalo de esos de Juan que a mí Paco nunca sabe hacerme?
Se abrazó a mi marido para plantarle dos besos y luego a mí. Imaginé cómo se habría sentido Juan al notar aquellas tetas, porque llamarlas pecho sería quedarse corta, contra él. Miré de reojo a ver si se había empalmado, con todo el calentón acumulado que llevaba. Pero no, había conseguido resistir. No lo había hecho sin ayuda externa. Se estaba mareando, no estaba a gusto en un barco y se le empezaba a notar.
Bajad al camarote, vamos cogiendo rumbo mar adentro y allí pararemos para comer. Ya veréis cómo se recupera. No tengáis prisa en subir, acostumbraos - dijo Paco.
Nuestro anfitrión nos acompañó bajo cubierta y nos dejó instalados en un camarote estupendo, con una cama enorme para estar en un barco.
En una hora o así bajaré a buscaros, seguro que para entonces Juanete está perfecto, tan avispado como siempre.
Cerró la puerta con una sonrisa desafiante y nos dejó solos.
No te imaginas lo que me jode..
Ya lo sé, quedar así delante de ellos…
Es que…
¿Qué te molesta más, fallar delante de él o de ella?
Mi marido enrojeció. Le sonreí con dulzura, no pude evitarlo. En el fondo es mi compañero de vida y sus debilidades también tienen un sitio. Si cumple mis caprichos y yo tengo mis propias holguras, ¿no habría de perdonarle un amor platónico, un capricho otoñal?
Yo…
No me tienes que contar nada, amor. Está estupenda, no le importa presumir de peras y tiene ese carácter de tía que os encandila.
Nunca ha habido…
Ya lo sé, tonto. Nunca hay nada. No puedes resistirte a que te hagan caso y yo a veces no soy tu mejor audiencia.
Carmen, eres la mejor audiencia que he tenido nunca y que tendré jamás.
Cállate, zalamero, que vas a conseguir seducirme…
Eso me encantaría, lo sab…
El mareo ganó la partida. Le hice tumbarse y que durmiera. Ya se recuperaría a tiempo para ser mucho más listo que el bobo de Paco. Porque mi marido, cuando se pica, es un espadachín de primera. Y yo le iba a dar mi bendición para que se luciera delante de Lola. Al final de esa noche, dormiría conmigo y no con ella. Y ella sabría que el macho superior era el mío y no el suyo.
Al cabo de un rato, Juan se durmió. Me aburría quedarme encerrada en el camarote, así que decidí subir a cubierta. Yo no me mareaba y el barco ya se había detenido. Me quité el vestidito y me quedé en bikini. En el espejo de la puerta del camarote, no lucía mal. Me recoloqué el pecho para redondearlo del todo. Aquella licra era perfecta, me hacía el cuerpo de una modelo un poco añosa. Ese tipazo no era el mío, pero no me importaba usarlo por un día. Me coloqué el móvil en la braga del bikini, como si fuera una cría y subí.
No habría podido imaginar lo que encontré. Había subido las escaleras despacio, cuidadosamente, y se ve que sin hacer mucho ruido. Eso me permitió descubrir a Paco junto al timón sin que él me viera. Estaba de espaldas a mí y tenía el bañador bajado a media pierna. No pude dejar de reconocer que tenía un culo estupendo, atlético, se notaban las horas de bici. Piernas fuertes y espalda de gimnasio. Lo opuesto a mi marido.
Lo sorprendente no era que estuviera enseñando el culo, espectacular en mi opinión. Lo sorprendente no era que se estuviera masturbando, porque el movimiento de su fuerte brazo derecho no dejaba lugar a dudas. Lo sorprendente era lo que decía a un interlocutor al que yo no veía mientras se pajeaba como un mono cachondo.
Vamos, cómele el coño a esa zorra. Dale duro con tu lengua, a la muy puta le gusta correrse en la boca de los hombres… y si te portas bien, podrás hacer lo mismo. Seguro que te gustaría hacer que se atragante con tu leche, semental…
¿Qué estaba pasando allí? ¿Qué significaba aquel monólogo? Yo nunca había oído a Paco hablar así. Sin saber por qué, saqué el móvil y empecé a grabarle. Extraños impulsos que asaltan a una…
Seguro que la tienes durísima, cabrón. Yo la tengo como un palo y solo os estoy mirando. Si tuviera la boca llena de jugo de coño como tú, hijo de puta, estaría caliente como un adolescente salido y con mi polla pidiendo rellenar ese agujero. Cualquiera de los que tiene, es muy flexible, empieza a darle y ya verás cómo chilla con una polla dentro…
El movimiento de su brazo se ralentizó, bajando el ritmo del meneo… Me mordí los labios, intentando imaginar cómo sería aquel instrumento, cómo sería aquella paja a cámara lenta. Debajo del bañador, parecía gordo y largo…
Oh, sí, mira cómo cierra los ojos la muy puta… Conozco esa expresión, estás haciendo que se corra. Se va a correr en tu boca, sí. Vamos, dale, Gon, métele más dedos, a esa zorra le encanta que la empalen.
¿Gon? ¿El marinero cachondo? Parecía que la identidad de uno de los protagonistas había sido desvelada.
Grita, zorra, grita… Te gusta, ¿verdad? ¿Otro dedo? ¿Otro más? Tu coño es de goma, se abre para que entre todo… Eres tan puta que te gustaría que Gon te metiera todo su puño… Joder, qué dura me la pones…Pídeselo, puta, y te lo dará…
Menuda elementa debía ser la receptora de aquellas palabras. Mi cabeza, aplicando la navaja de Occam, había decidido quién era, pero mi sentido común se negaba a aceptar la conclusión.
Vamos, Lola, ¡córrete, quiero verlo!
¡Tenía razón! Paco estaba masturbándose mientras contemplaba a su dulce mujercita follar con el marinero… ¿Pero qué era aquello? Y entonces me fijé en la nalga de Paco. La estrella de ocho puntas. La misma que había visto tatuada en los cuerpos juveniles, fogosos, inolvidables de mi sobrino Nacho y su novia Mery. Paco formaba parte de aquella secta de pervertidos… ¿Y también Lola?
Mira qué contenta la has dejado… Cómo te sonríe, con esa cara que derrite a los tíos… Querrá agradecértelo… Vamos, enséñale tu polla, dásela todo… Seguro que le gusta, le gustan todas las pollas, las gordas como la tuya… Seguro que si Juan se la sacara también le gustaría, aunque tiene pinta de tenerla pequeña… Eres tan zorra que te follarías a Juan delante de mí solo por joderme… Sí, chupa, vamos, puta, come rabo… Quiero ver tu boca llena de carne de macho…
Me molestó aquella mención a mi marido. Una cosa es que la tenga pequeña y otra que un imbécil como Paco se ría de él. La sabe usar de maravilla y un pajero mirón no iba a darle lecciones…
¿Te ahogas? Claro, estás intentando tragarla entera como la zorra comepollas que eres… Cómo me gustaría verte compartiendo esa polla con Carmen, cómo me gustaría veros pelear por una polla… Esa cinturita que tiene… Sería una pasada follármela a cuatro patas mientras la obligamos a comerte el coño… Joder, qué morboso, esa boca de intelectual mal follada dentro de tu chocho…
Mi enfado no dejaba de ir en aumento, pero no por eso dejaba de grabar…
No, no sería así. Seguro que ella te aplastaría, tiene pinta de ser un ama de verdad, seguro que hace bailar a Juan como a un mono caliente… Te obligaría a comer polla, te humillaría y tú te dejarías porque eres una cerda… Joder, cómo me gustaría ver a Carmen dominándote, humillándote como a la puta que eres… Diosa frente a zorra… Ella dando órdenes a un semental y tú recibiendo polla y rebajándote a cumplir todos sus caprichos… Qué paja me haría mirándote, Lola, sería el mejor porno… Ojalá Carmen me dejara correrme en sus pies mientras me acaricia los huevos…
Ahora era mi desconcierto el que crecía. ¿Aquel voyeur cornudo me acababa de llamar diosa? ¿Esas eran las fantasías de Paco?
Mira, ya no aguanta más, quiere follarte… Sí, a cuatro patas, como la perra que eres… Joder, menudo empalme, parece un caballo, menudo salchichón lleva ahí… Sí, grita, grita, grita, puta… No se ha molestado en ningún juego, te la ha clavado sin compasión… Pero estás tan mojada que no has tenido dificultad para clavártela, puta, más que puta… Sí, dale, dale, dale, fóllatela, vamos, sé un toro con mi mujer…
De pronto, dejó de masturbarse, tiró el bañador al suelo y salió de la cabina. Pude ver el empalme que tenía, era colosal. Paco tenía una polla de más de un palmo… Impresionante, parecía salido de una película porno de las buenas. Alfa hasta para eso. Yo estaba bien escondida en la escalera y no me vio. Y la curiosidad me arrastró hasta el puesto de observación, quería ver qué estaba pasando en realidad, sin dejar de grabar.
Solo pude ver la escena final. Lola estaba arrodillada entre Paco y Gon, que se meneaban las gordas pollas como si fueran dos locos. Todavía llevaba la parte de arriba del bikini, aunque una teta se le había salido y allí estaba su pezonazo, parecía una galleta campurriana. El leopardo le daba un aire particularmente sexual. Sus manos acariciaban los huevos de los dos. No podía escuchar lo que decían, pero imaginaba el diálogo, a tenor de cómo había hablado Paco antes.
Si Paco la tenía grande, Gon la tenía enorme. Era la típica polla que en las películas porno amasan con dos manos, era incluso más tremenda que la de Paco. Y así se la estaba meneando él, delante de la cara de Lola. Paco se la meneaba con la derecha, mientras con la izquierda acariciaba sus propias nalgas. ¿Se estaba metiendo un dedo por el culo? No me lo podía creer.
Y entonces la bañaron. Los dos, a la vez. Era como una película. Se habían sincronizado para correrse. El marido y el semental. El cornudo y el toro. Paco y Gon. Sus pollas empezaron a soltar semen encima de Lola. Caían auténticos chorros. Su cara morena se iba tiñendo de blanco, y su pelo negro, y su bikini de leopardo. Estaban glaseándola, era un pastel recubierto de leche condensada. Sus ojos estaban cerrados, el semen le impedía abrirlos, pero su lengua de zorra buscaba todo lo que estaba a su alcance. La lefa chorreaba por su cara y sus manos habían dejado los huevos de sus toros para acariciarse el coño, en una paja final. Me excité.
Era imposible no excitarse viendo aquellos tres cuerpos desnudos culminando un acto sexual realmente intenso. Asimétrico y vicioso, un polvo salvaje y un voyeurismo de manual, un cornudo consentidor, un marinero cachondo y una golfa sin límites, que ahora recibía su regalo lácteo. Si no hubiera tenido las manos ocupadas con la grabación, me habría hecho un dedo allí mismo, ocupando el puesto de mirona que Paco había dejado libre.
Cuando terminaron de correrse, los dos le dieron la polla a mamar, para que la limpiara. Primero Gon, luego Paco. Lola limpiaba como la más experta de las actrices porno. Lo que yo hacía con asco, ella lo hacía con deleite. Cuando Paco se apartó, Lola se limpió el semen de los ojos y los abrió. Miró a Paco con desafío y se levantó. Y sin pensarlo dos veces, se lanzó a nadar al mar como la más experta sirena, haciendo que las aguas del Mediterráneo limpiaran el semen que la había bañado.
Me escabullí sin que me vieran. La grabación estaba en mi teléfono. Y mi cabeza ardía.
(Continuará)
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