Amor inesperado de una joven casada. 5
Carmen te dejó entrar en su vida y en su cama, pero Eduardo no está dispuesto a perderla. Cuando él aparece en tu puerta con dudas y deseo, la lealtad se rompe y el deseo habla más fuerte que la promesa.
En ningún momento de la noche había imaginado que me quedaría a solas con esa joven. Carmen se acababa de ir y al cerrar la puerta apoyé la espalda en la madera. Adoraba a esa mujer, lo que acababa de pedirme era la muestra de amor más grande que nadie me había dado nunca. Sabía perfectamente todo lo que esa chica provocaba en mi y a pesar de ello me permitía estar con ella. Respiré profundo intentando calmarme y me fui a la habitación.
Pocas veces sonreía pero, al verme aparecer por la puerta, sonrió iluminando aún más si cabe su precioso rostro. Seguía desnuda y me esperaba sentada en la cama. En silencio, me senté frente a ella.
- Gracias por dejarme quedar a dormir contigo.
- Perdona por lo de antes – le dije.
Me embriagaba observarla. Acercando mi mano a su cara la acaricié. Ni una sola imperfección. Ella hizo lo mismo conmigo y acarició mi rostro.
- Cuando te vi en la fiesta lo primero que pensé fue que eras muy guapa – me confesó – No pensé que te fijarías en mi.
- Eres perfecta, cariño – le dije – Era imposible no fijarse en ti.
Mi corazón latía agitado.
En silencio recorrí sus brazos, su cuello. Ella hacía lo mismo y miraba por donde pasaba la mano como intentando grabar a fuego en su mente mi cuerpo. Las caricias estaban haciendo que nuestros pezones fueran creciendo rápidamente. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no cerrar los ojos cuando su mano pasó por mi pecho. Yo apoyé la mía en el suyo y nos estremecimos juntas.
- Eres la primera persona que me acaricia el pecho – me dijo entre temblores.
- Carmen no te lo acarició? – le pregunté sorprendida.
- No. Cuando estabas con los ojos tapados se lo pedí pero me dijo al oído que tú tenías que ser la primera en hacerlo.
Escuchar aquello me emocionó y sentí mi corazón encogerse de amor por mi vecina.
Acaricié su pecho despacio. Me recordó mi pecho cuando tenía doce años, en forma de gota y con el pezón hacia arriba aunque mi pezón, por entonces, eran mas pequeño. Me gustó la sensación de cerrar la mano y ver que desaparecía dentro de ella.
- Te gusta que te lo acaricie?
- Me gusta mucho – sus ojos brillaban al contestarme.
Acaricié su pezón y ella, imitándome, acarició el mío haciéndome suspirar.
- A ti te gusta que te acaricie el pecho? – me preguntó.
- Si, me gusta mucho.
- A mi me gustó mucho meterlo en la boca – sus dedos daban tirones en él – Me sorprendió lo grandes que se os pusieron al chuparlos. Siempre pasa así?
- Nunca lo había visto así de estirado – le confesé.
Aquellos suaves tirones estaban haciéndolo crecer mucho. Quizás a ella también le gustaría sentir eso y atrapé el suyo con suavidad y tiré de él con mucha delicadeza. La expresión de su cara cambió. Le costaba mantener los ojos abiertos y su boca cogía aire con dificultad.
- Antes… - le dije – Cuando mamaste mi pecho… Por qué lo mordiste?
- Lo leí en un libro – me contestó – Leí que hay mujeres que les gusta que se los muerdan.
- A Carmen también se lo mordiste? – mi curiosidad era fuerte.
- Si. En el salón cuando lo tenía en la boca, me acordé de ese libro, se lo mordí y fue cuando se corrió – me confesó – Antes, cuando tenías los ojos tapados, me dijo al oído si quería volver a chupárselo y morderlo un poco.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo y la miré.
- Quieres volver a hacérmelo? – le pedí con reparo.
- Me gustaría mucho – su rostro se iluminó con la idea – Me gusta hacerlo.
Apoyada en mi hombro, Tere miraba mi pezón mientras lo movía hacia los lados con la yema de un dedo. Parecía una niña que jugaba con un regalo nuevo.
Lo tenía sensible pues me acababa de correr de nuevo mientras ella lo chupaba de esa manera tan peculiar suya. Cuando lo puso totalmente grande había sentido sus pequeños dientes en él y la sensación indescriptible de dolor y placer me había llevado a un orgasmo maravilloso.
- Me gusta como gritas cuando te corres – me dijo sin dejar de jugar con mi pezón.
La miré y sentí calor en mis mejillas. A veces cuando Carmen me hacía correrme terminaba gritando de placer y ahora me acababa de pasar lo mismo con ella.
Girando mi cuerpo la empujé para que fuera ella la que quedara tumbada boca arriba. La miré a los ojos y besé su boca.
- Es que no puedo evitarlo – le dije poniendo la mano sobre su pecho y agarrándolo con suavidad – Me encantan tus pechos – le dije.
- Son pequeños – puso cara de fastidio al hablarme de su tamaño.
- Me encantan – aparté la mano y vi su pezón apuntando al techo como pequeñas antenas.
Acerqué mi boca. Con devoción besé su pecho haciéndola suspirar. Con la lengua lamí la punta haciendo agitar su cuerpo. Me excitaba ser consciente que era la primera persona que podía disfrutar de aquel manjar y, sabiendo que era la primera vez que ella sentía lo que era ser besada en una zona tan sensible, me propuse hacerlo con todo el cuidado.
Con suavidad besé su pezón varias veces antes de rodearlo con mis labios. Primero le di breves succiones y de vez en cuando levantaba la mirada para ver su cara. Sus ojos cerrados y su boca entreabierta me decían que le estaba gustando. Cuando lo succionaba ligeramente, veía que su boca se abría y supe que en cualquier momento iba a gemir. Decidí poco a poco ir aumentando la presión de mis labios y tirar de él despacio. Su cara se contraía cuando lo hacía y todo su cuerpo vibraba.
Creí que me corría cuando la escuché gemir y llevando las manos a mi cabeza me apretó fuerte contra su pecho. Estaba teniendo un orgasmo. El primero de su vida con otra persona y esa persona afortunada era yo. Lentamente bajé el ritmo de mis labios hasta convertirlo en suaves besos. Me miraba sorprendida y con una sonrisa que derretiría a cualquiera.
……
Tenía la cabeza en una nube. Tumbada en el sofá solo podía pensar en todo lo ocurrido desde la noche anterior que había salido con Carmen al cumpleaños de mi amiga, hasta el momento que Tere se había marchado hacía tan solo un par de horas.
Cuando se fue prometió llamarnos. No dejaba de darme besos y darme las gracias por haber sido tan buenas con ella. Me gustó que se refiriera a las dos en plural y no a mí sola ya que no quería que dejara a Carmen fuera de lo ocurrido. En realidad, la noche que habíamos pasado juntas, había sido gracias a ella al dejarnos solas.
Una vez sola, recogí las copas del salón y cambié la cama. La noche había sido fantástica y la sábana era prueba de ello.
Recordé mi promesa a Carmen de tener que contarle todo lo que había pasado y sentido. Sería capaz? Tenía que serlo, se lo había prometido.
Absorta en mis pensamientos recibí un mensaje de mi vecina dándome los buenos días, aunque ya era casi la tarde, y diciéndome que a las cuatro vendria a casa. Me gustó mucho saber que faltaba solo una hora para poder verla. Lo necesitaba.
Me di una ducha y una vez seca me recogí el pelo. En el espejo miré mis pechos, mi pezón ya estaba volviendo a su tamaño normal y es que, hacía tan solo unas horas, mientras me duchaba con Tere, me había pedido si podía volver a chupármelo antes de irse. Por supuesto que acepté.
Al recogerme el pelo, recordé sus palabras durante la noche diciéndome que le encantaba y como me había pedido si podía pasarlo por su cuerpo. Había sido maravilloso, sensual y muy excitante hacerlo.
Tenía que contarle a Carmen eso, pensé.
A las cuatro en punto sonó el timbre y enseguida le abrí. Siempre me alegraba de verla pero en ese momento me sentí feliz de tenerla conmigo y no esperé a cerrar la puerta para abrazarla y llenarla de besos por las mejillas y labios.
- Caray! Que recibimiento! – me dijo riendo – Así de gusto.
- Ven, pasa – agarrándola de la mano tiré de ella para que entrara, cerré la puerta y la llevé al salón – Que ganas tenía de verte!
En el salón la volví a abrazar y besé su boca con pasión. Ella también me abrazó y sucumbió a mis muestras de cariño y me besó con igual pasión.
- Yo también tenía ganas de verte, cariño – me dijo rodeándome la cintura con sus brazos.
- Me encanta que sea así.
Si en algún momento había tenido el mas pequeño temor por lo que se iba a encontrar al verme, lo perdió al tenerme en sus brazos entregada a ella.
- Vamos a la habitación, por favor – le pedí reconociéndole las ganas que tenia de ella.
- Vamos mi niña – me contestó agarrando mi mano.
No tardamos en estar desnudas sobre la cama. La hice correrse con mi boca, con mis manos, incluso con mis tetas al frotarlas en su coño hasta hacerla eyacular y empaparme toda.
Cuando me hacía correrme no reprimía mis gemidos.
- Me corro otra vez – le decía entre gemidos – Dios, me vuelves loca, mi amor – apretaba su cara contra mi coño – Te quiero, Carmen.
- Córrete, mi cielo.
Excitada por mis palabras, aumentaba el ritmo de su lengua en mi clítoris y de sus dedos dentro de mi.
- Eyacula, mi niña. Hazlo en mi boca – me decía pegando sus labios abiertos a mi coño.
Abrazadas en la cama después de correrme, me besó. Estábamos felices.
- Yo también te quiero, cielo – me dijo besándome – Nunca pensé que diría esto.
- Por mi? Tan mala soy?
- No, tonta – me dijo – Por ser una mujer.
- Yo tampoco pensé que lo diría nunca a una mujer pero es lo que siento.
Estuvimos un rato mirándonos en silencio, un silencio solo interrumpido por el sonido de nuestros besos.
- Carmen… - pensaba en su acto de amor y confianza conmigo al dejarme sola con Tere esa noche – Quiero agradecerte todo lo que hiciste por mi esta noche.
- Lo hice por nosotras – me contestó – Sabía el riesgo que corría pero creo que solo así podríamos saber de verdad que hay de realidad en esto que sentimos.
- Tere me contó que te pidió que le acariciaras el pecho pero que no lo hiciste porque yo tenía que ser la primera persona que se lo hiciera. Por qué no lo hiciste?
- A ver… - me dijo pensativa – Se que Tere te fascinó desde el primer momento que la viste y…
- A ti también, eh! – la interrumpí avergonzada que me dijera eso.
- Si, cariño – me confesó – A mi también, no puedo negarlo, pero quería que todo lo que vivieras con ella fuera especial y a ella tu le gustas mucho.
- Tú también le gustas, me lo dijo.
- Te lo dijo? – me preguntó sorprendida.
- Si. Me confesó que estaba sorprendida porque nunca se había sentido atraída por una mujer tan mayor pero que le pareces muy guapa y que tú cuerpo no parece de una mujer de tu edad.
- Cariño… - me dijo – Yo tengo que contarte algo.
- Lo que?
- Cuando estabas con los ojos vendados – me dijo – Después de correrte cuando te besó el pecho, Tere me abrazó y me besó. Me acarició los pechos y no pude evitar pedirle que me los volviera a chupar – se ruborizó al confesármelo- Tenía que decírtelo.
- Tere me lo contó – le dije.
- Si?
- Si. Me dijo que le pidieras que te lo volviera a chupar y morder un poco.
- La voy a matar – me dijo – Que vergüenza!
- Lo hace de una manera que da mucho placer. Yo también le pedí que me lo volviera a hacer cuando te fuiste.
- A ti también te lo mordió?
- Si – le confesé – Cuando me lo mordió me corrí.
- A mi me pasó lo mismo.
Poder hablar con esa confianza de lo que habíamos sentido y recordarlo nos fue excitando. Seguimos hablando mientras nos acariciamos el coño una a la otra.
- Te gustaría que te lo volviera a chupar? – le pregunté con la voz entrecortada.
- Si cariño, me gustaría mucho.
- Que sentiste cuando te pidió que le acariciaras los pechos?
- Deseaba hacerlo pero me aguanté las ganas.
- Los tiene muy bonitos – le dije.
- Si, son pequeñitos pero preciosos.
Nuestros coños estaban empapados y se escuchaba el chapoteo de nuestros dedos mientras nos masturbábamos.
- Llegaste a verle el coño? – le pregunté.
- Cuando te estaba mamando el pezón pude vérselo – gimió.
- Te gusta recordarlo?
- Si, cielo.
- La próxima vez que la veas, si quieres podrás lamérselo – gemí al sentir que movía mas rápido sus dedos.
- Quieres que se lo lama?
- Si, lo tiene muy rico y ella quiere chupar el tuyo.
- Te lo dijo ella? – cada vez gemíamos más fuerte.
- Si, me preguntó si él tuyo sabe cómo el mío y le dije que si. Me dijo si le dejarás chupárselo algún día. Le dije que seguro que le dejarás. Que la próxima vez que esté contigo le dejarás que te mame las tetas y el coño. Quieres que lo haga?
- Si, mi amor. Quiero que esa hermosura me chupe todo el cuerpo si no te molesta.
- Lo hará, cariño. Te correrás en su boca como yo esta noche.
Estallamos juntas en un orgasmo intenso. Yo imaginando a esa niña chupando el cuerpo de Carmen y recordando cómo me había hecho correrme con su preciosa cara entre mis piernas y Carmen, cómo me confesó luego, imaginándome eyaculando dentro de la boca de nuestra joven amiga y pensando en el pálido y pequeño coño de Tere frotándose contra el suyo.
- Que fuerte! – le dije intentando recuperarme del orgasmo.
- Esto es una locura – me dijo sonriendo.
- Cariño – le dije – El sábado que viene saldré con mis amigas.
- Y eso? – me dijo sorprendida.
- Quiero hacerte un regalo.
- Que regalo?
- Me iré con mis amigas y buscaré una excusa para dormir en casa de alguna de ellas. Mi regalo… – la miré para ver qué cara ponía -… Os dejaré mi piso a Tere y a ti para que podáis estar solas.
- Pero estás loca?
- No quieres? Tú me has demostrado mucho con lo de esta noche y quiero que ahora seas tú quien pueda dormir con ella. Quieres?
- Eres un amor, cielo – me besó – De esta Eduardo me va a mandar a paseo.
- Eso es un si? – le pregunté – Quieres pasar una noche con Tere?
- Si no te importa…- me abrazó y se acercó a mi oreja -… Me encantaría, mi niña.
- Luego le mandaré un mensaje para que no haga planes, vale?
- Vale.
Estuvimos toda la tarde haciendo el amor. El espíritu de Tere presente en ciertos momentos en los cuales compartíamos nuestros pensamientos y, en otros momentos, Carmen y yo solas, viviendo nuestra historia de una forma diferente a días anteriores, ahora nos habíamos confesado nuestro amor. Un amor inesperado que había irrumpido en nuestras vidas de forma abrupta, dando una patada en la puerta de nuestros corazones y haciendo tambalear lo que pensábamos que eran nuestros estables matrimonios.
…..
El lunes, Tere, contestó a mi mensaje diciéndome que le gustaría mucho poder dormir con Carmen el sábado. Me negaba a sentir celos. Tanto ella como Carmen se merecían esa oportunidad de estar juntas y me gustó que me dijera que había pensado mucho en todo lo que habíamos hecho. Yo le confesé que también había pensado en eso y me puso en un aprieto cuando me preguntó qué había sido lo que más me había gustado. Me hubiera gustado poder decirle que todo pero en el siguiente mensaje, sin yo haberle respondido aún, me recalcó que solo podía decir una cosa. Después de un rato pensándolo, en un arranque de sinceridad, le contesté que lo que más me había gustado había sido lamerle la vagina y que se corriera en mi boca. Enseguida me escribió otro mensaje en el que me decía que nunca se había corrido de esa forma, que, cuando se masturbaba, tenía orgasmos pero nunca echaba chorritos como conmigo.
Yo también quería saber qué había sido lo que más le había gustado. Me sorprendió y también me excitó, saber que lo que más le había gustado había sido lamerme el coño y que gritara cuando empecé a correrme mientras salía todo ese líquido disparado. Sentí reparo cuando terminó el mensaje diciendo que parecía una grifo cuando pones un dedo en él y el agua sale fuerte y que la había mojado toda. Me hizo reír su comparación. Nos despedimos no sin antes, decirme que cuando quisiera podía llamarla para, palabras textuales “volver a lamernos “.
Al dejar el teléfono sobre la mesa tenía las bragas empapadas. Lo volví a coger y le mandé un mensaje a Carmen.
“Baja un momento, por favor. Te prometí que te avisaría cuando tuvieras ganas de masturbarme. Te necesito “
Enseguida bajó y me gustó verla aparecer por la puerta. Sin decirnos nada me llevó al salón y me sentó en el sofá. Me subió la falda y me miró al quitarme las bragas.
- Estás empapada mi amor – hundió su cara entre mis piernas.
Me corrí en segundos y limpiándose la barbilla mojada, me sonrió.
- Me encantó que me pidieras que viniera a calmarte, cariño.
- Gracias por venir, cielo – le dije aún temblorosa.
- Tengo que subir, estaba haciendo la comida – me bajó la falda y me dio un beso – Ponte otras – me dijo señalando mis bragas tiradas en el suelo.
Se fue enseguida. Agradecí que no me hubiera preguntado el motivo de que estuviera tan excitada.
……
El martes estaba en casa recogiendo el piso y pasando la aspiradora, cuando llamaron a la puerta. Sabía que Carmen no podía ser porque había ido a junto de su hermana y al abrir la puerta me quedé sorprendida al ver que era Eduardo. Al ver su rostro serio temí lo peor y lo primero que pensé fue que quizás se había enterado de lo mío con su mujer.
- Hola, Eduardo – intenté aparentar tranquilidad – Pasó algo?
- Hola, Mónica – me respondió – Perdona que venga sin avisar pero aprovecho que Carmen no está. Te importa si hablamos un momento?
- Claro, pasa – me aparté de la puerta para dejarlo entrar – Estaba pasando la aspiradora.
- Si, ya escuché el ruido.
- Siéntate, por favor – le dije nerviosa – Quieres un café?
- Si tienes hecho, te lo agradezco – me dijo mientras se sentaba en el sofá.
- Si. Espera que ahora lo traigo.
Creía que me iba a dar un ataque al corazón. Tuve que respirar profundo varias veces antes de volver al salón con las tazas del café. Me temblaban las piernas y me senté a su lado.
El también parecía nervioso. Yo solo deseaba que esos nervios fueran por volver a verme ya que hacía como diez días que no coincidíamos y la última vez fuera aquel sábado que habíamos estado juntos delante de Carmen. Quizás el motivo también fuera que desde que había empezado a tener sexo con él, esa era la primera vez que estábamos solos. Me daba igual el motivo, solo rezaba para que no fuera por la infidelidad de su esposa conmigo.
- Gracias por el café – me dijo mientras giraba la cucharilla – Necesitaba hablar con alguien y no sabía con quién hacerlo.
- Que te pasa? – le dije al borde de una taquicardia.
- Es que siento que Carmen está rara conmigo – me soltó - Se que el sábado fue contigo a un cumpleaños y cuando me lo dijo me sorprendió. Llegó bastante tarde pero me dijo que habíais venido para aquí con otra chica.
- Si, estuvimos aquí hablando un rato y nos dieron las tantas. Perdona.
- No pasa nada. Me gusta que lo pase bien – siguió diciéndome – Lo que más me extrañó es que me dijo que el próximo sábado iba a salir con una antigua compañera de trabajo – se quedó pensativo – Dime… Crees que Carmen puede estar con algún otro hombre?
A pesar de la pregunta tan comprometida, me sentí aliviada al saber que no sabía nada de lo nuestro. De repente mi corazón aminoró su ritmo.
- Eduardo – le contesté – Carmen te adora. Ella a mi nunca me dijo que estuviera mal contigo. Todos los días está conmigo y veo imposible que fuera a estar con otro estando contigo.
Odiaba estar diciéndole eso. No le estaba mintiendo pero estaba intentando disfrazar que lo que le pasaba a su mujer era por mi.
- No sé… Antes me buscaba con frecuencia – me miró – ya sabes… Seguramente tengas razón y sean tonterías mías.
Nos quedamos en silencio y noté su mirada en mis rodillas desnudas. Enseguida apoyó su mano en mi pierna y mi corazón retomó el ritmo inicial.
- El sábado te eché de menos – me dijo también nervioso.
La cara de tristeza que tenia no sabía si era por no haber podido estar conmigo el sábado o por sus temores a que Carmen estuviera viéndose con alguien. Con cualquiera de las dos opciones yo era la responsable y me sentía culpable.
- Era el cumpleaños de una amiga de hace muchos años – le dije excusándome.
- Me lo comentó Carmen. Lo pasaste bien?
- Si – le dije – Bailé con mis amigas. Hacía un montón que no bailaba – lo miré – Bueno contigo si, pero me refería a bailar con mis amigas.
- Me alegra mucho que lo pasaras bien. Eres encantadora y necesitas salir y divertirte.
- Si, tenéis razón. El sábado saldré de nuevo con ellas y así me distraigo un poco.
Cómo temeroso, movió ligeramente su mano sobre mi rodilla desnuda mientras seguía hablando.
- El sábado, al no estar Carmen conmigo, pensé en lo sola que te debes sentir sin Javier en casa.
- Es horrible – le dije.
- Sabes que nos tienes a nosotros – me miró – Para lo que necesites.
Miraba su mano sobre mi pierna. Era impactante el contraste de nuestras edades reflejado en aquellas arrugas apoyadas en mi piel lisa.
Pensé en levantarme y poner alguna excusa para evitar la situación que estábamos viviendo. A pesar de que el roce era muy leve mi piel se erizó y él lo notó.
- Te excita que te toque la pierna?
- Tengo la piel muy sensible – le dije evitando responder su pregunta tan comprometedora.
- Lo sé. Toda tu lo eres.
Las yemas de sus dedos pasaban muy despacio por mi muslos y cerré los ojos unos segundos disfrutando de ese contacto.
- Siento que estás excitada y te cuesta reconocerlo. Me pongo en tu situación y debe ser complicado asimilar que un hombre de ochenta años te haga sentir así. Tú cuántos tienes? Treinta y cinco?
- Treinta y seis – le dije sin apartar la vista de mi pierna - Eduardo…
- Dime…
Le había prometido a Carmen que nunca estaría con él sino estaba ella presente. Mi corazón me decía que me levantara y detuviera ese momento pero mi cuerpo decía que me dejara allí sentada.
- Tiene razón y me sorprende que con su edad me haga sentir esas cosas. Me gusta mucho todo lo que me hace y su forma tan delicada de tocarme pero… Carmen no está aquí y no sería justo.
- Mi mujer lo entenderá – me dijo – Ella sabe lo mucho que me excitas. Mira…
Agarrando mi mano la llevo lentamente a su pantalón. Estaba muy excitado y desprendía mucho calor. Mi firmeza de no hacer nada con él se debilitaba al sentir su erección.
- Se que te gusta mucho el sabor de mi polla.
Escucharlo decir esa palabra me hizo sentir un escalofrío. Él, un hombre tan educado y cariñoso, nombrando a su sexo de forma tan vulgar me dio morbo y sin darme cuenta cerré los dedos sobre el pantalón.
- Tienes razón – me dijo – Mi mujer no está aquí y precisamente por eso no tienes que tener vergüenza. Dime… Te gusta mi polla?
- Si. Ya lo sabe.
- También se que te gustan mis testículos. Te llaman la atención, verdad?
- Si – le reconocí.
- Tócalos. Quizás los notes más grandes que otras veces porque llevo una semana sin tener relaciones con mi mujer.
Le hice caso y bajé la mano. Tenía razón y se notaban grandes.
- Si no quieres hacer nada más, lo entiendo, pero te pediría por favor que aunque sea me hagas una paja. Lo necesito, Mónica.
Me dio tristeza verlo así. Pidiendo, casi rogando, que le hiciera una paja y calmara su estado. Lo miré pensativa.
- Vale, te haré una paja – le dije levantándome del sofá y arrodillándome entre sus pies.
Nerviosa le bajé el pantalón y vi que su bóxer estaba mojado recordándome a mis bragas o las de Carmen cuando estamos muy excitadas y mojamos nuestras prendas íntimas de forma muy abundante. También se lo bajé y ante mi apareció su sexo totalmente duro, apuntando al techo. Lo tenía mojado y brillaba. Miré sus testículos y tenía razón, estaban más grandes que las otras veces. Acercando mi mano abierta la puse debajo y tanteé su peso. Estaban llenos.
Antes de agarrar su miembro lo miré y me gustó ver su cara. Saber que le iba a ayudar a calmarse había transformado su gesto y ahora parecía contento.
Cerré los dedos sobre el tronco y comencé a mover la mano. Primero despacio haciéndolo suspirar, por momentos lo hacía rápido, y me gustaba ver su polla. Con la claridad del día la podía ver perfectamente y no como en su casa con la luz tenue del salón o de su habitación. Era bonita. Me sonrojé al pensar en la belleza de su polla. De jóvenes todas mis amigas decíamos que todas las pollas eran iguales con pequeñas diferencias. La de Eduardo si era bonita con su color marrón oscuro y su glande enrojecido. Apoyé mis brazos en sus piernas para verla mejor y vi que tenía un lunar casi arriba de todo.
- Tienes un lunar – le dije con una sonrisa.
- Si.
- Es bonito – lo acaricié con el dedo.
- Te gusta?
- Si.
- Me excita que te guste mi polla – su voz era temblorosa.
- Me gusta mucho, Eduardo – aquello me estaba mojando las bragas – Me gusta tu polla.
No pude evitarlo y sin decirle nada dejé caer mi cabeza y la metí en mi boca. No era consciente pero deseaba volver a chupársela y disfrutar de su sabor.
Él no se lo esperaba y gimió. Al estar solos se la chupé de todas las formas. Rápido, lento, girando mi boca sobre el glande. Me ponía muy cachonda mamarle la polla y ver cómo se estremecía de placer.
Era una locura.
Solo tenía en la cabeza que deseaba darle placer a ese hombre, al que le estaba robando el amor de su mujer, haciéndole una paja y ahora estaba totalmente cachonda.
Cuando saqué la polla de la boca me miró sorprendido y con cara de decepción.
Me ardían las mejillas cuando me senté sobre él y sin darle tiempo a decir nada aparté a un lado las bragas y me dejé caer sobre su polla para follarlo.
Gemí como nunca antes estando con él. En su casa, con la presencia de Carmen, siempre había reprimido gemir demasiado fuerte pero ahora no tenía por qué hacerlo. Lo cabalgué fuerte mientras miraba su cara desencajada de placer.
- Me voy a correr, Eduardo – le dije con dificultad.
- Y yo, cielo.
Agarró mis nalgas y como el mejor de los amantes comenzó a bombear con fuerza sintiendo su polla frotar cada rincón de mi coño.
- Si, si… Me corro… - le dije temblando.
Mi coño explotó como una presa en la que abren sus compuertas y, con la polla dentro, derramé en un único chorro tal cantidad de líquido que me quedé temblando agarrada a él mientras sentía los latigazos de semen contra mi útero. Se estaba vaciando en mi como yo me había vaciado sobre sus piernas.
Con dificultad me levanté y fui a por una toalla. Cuando volví vi que miraba sorprendido sus piernas y el sofá empapados. Entendió lo que estaba sintiendo y me dijo:
- Tranquila, no te avergüences. Me encanta que te hayas corrido así.
Limpié sus piernas, los testículos, el sofá. Por último limpié mi coño del que se derramaba su espeso semen.
- Si que estaban llenos – le dije sorprendida e intentando destensar la situación.
- Mucho – me dijo mientras miraba sus testículos.
- Ahora ya están vacíos.
Me salió de dentro acercarme a él y arrodillándome se los besé con cariño. A Javier nunca se los había besado nunca y me dio morbo hacerlo.
- Te gustan? – me preguntó.
- Si.
Durante un rato me quedé acariciándolos y me agradó mucho ese momento de conexión con ellos. En silencio, Eduardo me miraba satisfecho y halagado de mi fascinación por esa parte de su anatomía
Al quedarme sola de nuevo, sentí unas ganas terribles de llorar. Me había encantado lo que había pasado pero lo que más sentía era que le había fallado a Carmen. También pensé en Javier y como su ausencia había puesto patas arriba nuestro matrimonio.
Lo único que deseaba dormir y olvidar, aunque fuera por unas horas, todo lo que estaba haciendo. Quería que llegara el día siguiente y hablar con Carmen. Si rompía nuestra relación lo entendería. Había follado a su marido y asumiría las consecuencias.
Tirada en la cama lloré hasta quedar dormida.
(Continuará)
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