Corazón de Elisa (2)
James tiene un plan perfecto, diseñado por una IA, para conquistar a sus jefas. Pero mientras la estrategia avanza con precisión quirúrgica, su cuerpo busca alivio en los brazos de Kath, una mujer dispuesta a ser usada. ¿Podrá la tecnología predecir el caos del deseo cuando las líneas entre el trabajo y la lujuria se difuminan?
Sé que este no es un relato de la temática que acostumbro pero me he divertido mucho escribiéndolo. Espero lo disfruten.
Capítulo 4
Viernes. Día de disfrutar la vida. Jamás he sido de esas personas obsesivas que creen que todo tiene que ser comenzado en lunes. Para mí todos los días son una mierda por igual, así que ¿para qué esperar?
Me presenté en la oficina inusualmente contento. Y la reina del baile me estaba esperando en mi escritorio.
Elisa, oh se ve tan guapa cuando está preocupada, con una mano en la cintura y su laptop en la otra, enfundada en un saco holgado y jeans, ya saben, viernes casual, me miraba llegar.
“Buenos días” amagué.
“James, tenemos un problema grave” dijo, como si uno de sus familiares más cercanos acabara de fallecer, “el cliente rechazó toda nuestra propuesta, dice que no le gusta el tono de voz que encontramos y quiere algo más <carismático>, sin embargo los artes comenzarán a producirse el lunes a primera hora, así que vamos contra reloj porque el área de diseño necesita los copys listos…”
“No te preocupes, me quedaré toda la noche si es necesario para resolverlo” le corté en seco, antes de que nos ahogara a todos en su parloteo.
“No es necesario que te burles, James, esto es grave” me recriminó. Jamás entendí cómo alguien con un carácter tan débil aspiraba tan desesperadamente a la gerencia: yo era su empleado, bastaba que me ordenara que resolviera el problema para que yo lo hiciera.
“Pero si te lo digo en serio” dije, al momento que ponía mi mano en su hombro, buscando transferirle calma.
“ah” dijo, con cara de haber visto un fantasma, sus ojos se abrieron desmesuradamente.
La miré fijamente, esperando que dijera algo más. Nada. Solo silencio incómodo y esa mirada de ciervo deslumbrado. Retiré mi mano de su hombro como si quemara.
"Bueno, ¿me pasas el brief o qué?" dije para romper la tensión.
Elisa pareció despertar de su trance. "Claro, sí, te lo envío por email en un momento", balbuceó. Se dio media vuelta y se alejó a paso rápido, casi tropezando con su propia laptop.
Se alejó rápidamente, sus caderas balanceándose hipnóticamente. Mierda. Esos jeans le quedaban demasiado bien.
Me senté y encendí la computadora, pero mi mente divagaba. The Solution necesitaba información sobre Elisa, y acababa de encontrar el plan perfecto: aprovecharía el tiempo a solas para conseguir información.
Las horas pasaron. La oficina se vació gradualmente. Fingí trabajar arduamente mientras los demás se despedían.
Cuando todos se había ido, fui a la oficina de Elisa, un pequeño pero acogedor cubículo junto al inmenso de Paula. Toqué a la puerta y esperé el cordial “adelante” para girar el picaporte y asomar la cabeza.
“¿Te molesta si trabajo aquí?” Elisa me miró incrédula, “me dan miedo los fantasmas” expliqué, lo cual logró arrancarle una carcajada.
Mientras decía, Paula, quien por norma se quedaba hasta altas horas de la noche en la oficina entraba a su cubículo.
“Pasen al mío, así nos hacemos compañía los 3 y se hace más cómodo”, y aunque la frase era una invitación, juro que se sintió como una orden directa.
Nunca había entrado a la oficina de Paula, era dos veces la de Elisa, que era a su vez tres veces mi minúsculo espacio de trabajo. Nos instalamos cada uno en un sillón y comenzamos a trabajar. Al inicio sólo nos acompañaba un acompasado teclear en nuestras propias computadoras. Pero a los pocos minutos sentí que la vida se me escapaba entre el hartazgo y puse un poco de música.
Ambas me miraron, extrañadas, pero ninguna expresó incomodidad así que lo acepté como un permiso.
Me daba muchísima pena empezar el interrogatorio/colecta de información enfrente de Paula, pero de pronto me di cuenta que, de hecho, era el escenario ideal: podía matar dos pájaros de un tiro. Aunque jamás me atreví ni siquiera a imaginar una muestra de simpatía por parte de Paula (uno tiene que reconocer sus propios límites), ahora contaba con The Solution a mi lado, y ¿quién sabe? nada perdía con tratar.
Abri un block de notas en segundo plano, donde previamente ya había anotado las preguntas, dupliqué el archivo y empecé, intentando sonar lo más casual posible:
“ok, primera pregunta, si fueran a morir, ¿qué sabor de helado preferirían?” (juro por mi madre que me limité a leer la pregunta, pero estaba formulada de esa manera tan ridícula).
Ambas me miraron, se miraron y estallaron en risas. “Chocolate” dijo rápidamente Elisa, “galleta” contraatacó Paula.
Me reí con ellas, aliviado de que hubieran tomado la pregunta con humor. "Bien, eso fue fácil. Siguiente: ¿de qué color jamás tendrían una casa?” (qué mierda de preguntas eran esas?).
“Amarillo”, respondió Elisa, sacudiendo la cabeza en señal de desagrado. “Demasiado brillante, parece que te grita desde la calle”.
“Yo diría fucsia”, dijo Paula, su voz clara y decidida. “No hay nada más horrible que esa combinación de rosa intenso y púrpura. Es como una pesadilla visual”. Me reí de nuevo al tiempo que registraba todos los avances.
Casi tres horas de mi vida invertí en ese cubículo y puedo decir que han sido de las más productivas, no sólo fui capaz de terminar los ajustes que mi jefa quería, sino que pude completar el cuestionario íntegro sin levantar ninguna sospecha.
Nos despedimos más efusivamente que lo normal.
Llegué a mi casa, abatido, cansado pero con un sentimiento que se asemejaba bastante a la felicidad.
Sin embargo, en cuanto me arrojé en la cama recibí un mensaje que me despertó:
“Tú, tu verga, tu casa, 10 minutos”, y la persona que lo enviaba era ni más ni menos que Kath.
Sabía que no era necesario contestar, así que simplemente me vestí ligero, abrí una cerveza y me senté en el sofá a esperar la visita.
Pasados exactos 10 minutos, alguien tocó al timbre:
Respiré hondo y me dirigí a abrir la puerta. Allí estaba Kath, con una mirada hambrienta en sus ojos. Sin decir una palabra, me agarró por la camisa y me atrajo hacia ella, besándome con una pasión desbordante.
Sus manos recorrían mi cuerpo con desesperación, liberando cada botón de mi camisa mientras yo la empujaba hacia el interior del apartamento, cerrando la puerta detrás de nosotros. Nuestros cuerpos se encontraron en un choque de deseo, nuestras lenguas se entrelazaron en un baile sensual.
Deslicé mis manos por sus caderas, apretando su cuerpo contra el mío, sintiendo cómo se amoldaba a mi figura. Kath gimió en mi boca.
La tomé del rostro.
“Vaya, que al final eres bastante putita” dije.
Kath no contestó, pero se metió uno de mis dedos a la boca y empezó a mamarlo como si fuera un pene. El acto me encendió.
Agarré a Kath por la nuca y la empujé hacia abajo, guiándola hasta que quedó de rodillas frente a mí. Ella me miró con ojos suplicantes mientras desabrochaba mi pantalón y liberaba mi polla, dura como una roca.
Sin decir palabra, Kath abrió la boca y se metió mi miembro entero, engulléndolo con ganas. Gemí de placer al sentir su lengua recorrer mi longitud y sus labios apretados alrededor de mi carne palpitante.
Agarré su cabello con fuerza y comencé a follarle la boca sin contemplaciones. Kath se limitaba a gemir y succionar obedientemente mientras la usaba como una muñeca sexual. Sus ojos estaban vidriosos de placer.
"Qué bien lo haces, zorra," gruñí entre jadeos. "Naciste para chupar vergas."
Kath gimió en señal de asentimiento,
Pasados unos minutos, pensé que sería un desperdicio acabar todo tan pronto, así que le saqué la verga de la boca. Tomándola del cabello la hice levantarse y seguirme al dormitorio.
Me senté en la cama y me quité los pantalones.
“Desvístete” ordené.
Con movimientos sensuales, comenzó a quitarse la ropa pieza por pieza. Primero la blusa, revelando un sujetador de encaje negro que apenas contenía sus generosos pechos. Luego la falda, deslizándola por sus caderas hasta que cayó al suelo. Se quedó solo en ropa interior, su cuerpo curvilíneo estaba totalmente expuesto ante mí.
"Todo," gruñí, mi polla palpitando de anticipación.
Obedientemente, Kath se desabrochó el sujetador y lo dejó caer. Sus tetas rebotaron libres, los pezones erectos apuntaban hacia mí. Finalmente, enganchó los pulgares en el elástico de sus bragas y las bajó lentamente por sus muslos.
Completamente desnuda, Kath se quedó de pie frente a mí, su cuerpo temblando ligeramente. Podía ver la humedad brillando entre sus piernas.
“Enséñame qué tan bien coges” le dije mientras echaba mi espalda para atrás y me recostaba completamente en el colchón.
Ella entendió mi orden y se colocó a horcadas sobre mí, poniendo cada una de sus piernas a mis costados. Con delicadeza empezó a empalarse con mi miembro. Podía ver su rostro desfigurarse por el placer de ser penetrada.
Kath dejó escapar un gemido gutural cuando mi polla entró por completo en su interior. Sus paredes se apretaron alrededor de mi carne palpitante y comencé a sentir sus jugos empapándome.
"Qué estrecha estás, puta," gruñí, agarrando sus caderas con fuerza. "Móntame como la yegua en celo que eres."
Kath no necesitó que se lo dijeran dos veces. Comenzó a rebotar arriba y abajo sobre mi verga, su respiración entrecortada llenaba la habitación. Sus tetas brincaban deliciosamente con cada embestida mientras yo observaba extasiado cómo mi polla desaparecía dentro de su coño resbaladizo.
"Más rápido," ordené, dándole una fuerte nalgada que hizo que gritara de dolor y placer.
Kath aumentó el ritmo, cabalgándome con desesperación. El choque de su pelvis contra la mía era enloquecedor.
Aumenté el ritmo de mis embestidas, enterrándome en su interior con movimientos frenéticos mientras ella cabalgaba encima de mí sin control. Nuestros cuerpos sudados se movían en sincronía, la cama crujiendo bajo nuestro salvaje acoplamiento.
"¡Sí, así!" gemí, agarrando con fuerza sus enormes tetas mientras se mecían delante de mi rostro. "Eres una puta insaciable."
Kath jadeaba sin poder responder, su boca abierta en un grito mudo de placer. Podía sentir sus paredes internas apretándose alrededor de mi verga, succionándome más profundamente dentro de ella.
De repente, la hice detenerse y me senté, sin dejar que mi pene abandonara su interior. La agarré por la nuca y la besé con una pasión animal, nuestras lenguas batallando con desesperación. Mis manos vagaron por su espalda, arañándola, dejando marcas. Al final tomé sus nalgas y las amasé con violencia.
Mi perversión me guió hasta su ano, el cual palpé.
“¿Trajiste lubricante?” pregunté, haciendo claras mis intenciones.
“No, eso no” dijo, poniendo una de sus manos en mi pecho. Su mirada era severa aunque no se mostraba ofendida “yo… yo quiero dejarle eso a mi novio solamente” expresó patéticamente. Estaba bien, al final, ya mucho placer me estaba dando como para forzar las cosa.
La agarré por el cabello y la arrastré hasta el borde de la cama, dejándola a cuatro patas con su culo respingón en el aire. Sin previo aviso, enterré mi verga de lleno en su interior. Kath, siempre sumisa, se dejó hacer y largó un fuerte alarido cuando se sintió invadida por mí.
Agarré a Kath por las caderas y comencé a embestirla con fuerza, follandola desde atrás como un animal. Cada estocada hacía que sus enormes tetas rebotaran de forma deliciosa.
"¡Sí, así!" gritó ella entre gemidos. "¡Cógeme duro, no te contengas!"
Obedecí sus órdenes y aumenté el ritmo, golpeando su culo con mis caderas en un frenesí de lujuria. Podía sentir cómo su coño se apretaba alrededor de mi polla, succionándome más profundamente.
"¡Eres una zorra insaciable!" gruñí, dándole una fuerte nalgada que hizo que su trasero se sacudiera.
Kath gimió como una gata en celo, empujando su cuerpo contra el mío en un intento desesperado de sentirme aún más adentro.
Empecé a sentir cómo se retorcía, sus manos aferrándose con desesperación a las sábanas y sus gemidos ahora convertidos en casi un lamento.
La dejé disfrutar de su orgasmo, penetrándola a un ritmo constante, pero en cuanto hubo terminado, le saqué la verga, la tomé del cabello y la jalé con fuerza, haciendo que su boca quedara a centímetros de mi pene empapado de sus propios fluidos.
No pareció darle asco y empezó a mamar sin que se lo pidiera.
Esa boca suya trabajaba con una dedicación que pocas veces había visto. Chupaba y lamía mi verga con una desesperación casi enfermiza, como si su vida dependiera de ello. Sus ojos estaban vidriosos de placer mientras me miraba con lujuria contenida.
"Trágalo todo, zorra," gruñí, agarrándola por la nuca para empujar mi polla hasta el fondo de su garganta.
Kath obedeció sin rechistar, abriéndose de par en par para recibirme. Gemía de placer ahogado con cada embestida en su boca, su lengua serpenteando alrededor de mi carne dura.
Sentí la familiar tensión acumulándose en mis bolas. Estaba cerca, muy cerca. Aumenté el ritmo, follandole la boca con total abandono mientras Kath se limitaba a abrir más su garganta en señal de sumisión.
Sin previo aviso, me corrí con un gruñido animal, liberando un torrente de semen caliente directamente en su garganta. Kath tragó todo como una experta, chupando hasta la última gota con ansiedad mientras yo seguía bombeando dentro de su boca.
Finalmente, le solté la cabeza y ella se echó hacia atrás, jadeando y con hilillos de mi esperma escurriendo por las comisuras de sus labios hinchados. Se veía absolutamente depravada, su mirada vidriosa y su cuerpo cubierto de un delicioso sudor.
Kath me dedicó una mirada insolente antes de lamer los restos de semen de sus labios con la lengua. Luego se levantó y comenzó a recoger su ropa del suelo.
Una vez vestida, me miró fijamente a los ojos.
“Seguro piensas que soy un desastre” dijo, con un tono que reflejaba que la desesperación sexual que antes mostraba se había esfumado.
Yo también me había vestido, la miré con un poco de lástima.
“Te llevo” me ofrecí. Ella sólo asintió.
El camino a su casa fue, para variar, silencioso. Cuando detuve el carro frente a su edificio por fin se dignó a hablar.
“Es sólo que… no… la boda y todo… no me he sentido realmente libre en mucho tiempo, bueno y contigo es fácil, tú me entiendes realmente y sé que puedo ser un poco… un poco zorra contigo sin que me juzgues” dijo con un aire melancólico en la voz.
“No pasa nada, fue sólo un error” intenté consolarla sin saber exactamente que más decir.
“gracias” dijo a modo de despedida, y se bajó del carro.
Vaya semana.
Capítulo 5
En los bordes de la somnolencia, pasé del bloc de notas al minimalista sitio web la información de Elisa y en una segunda ventana, la de Paula.
Respecto a Elisa recibí una estrategia bien elaborada que, palabras más palabras menos, me indicaba que debía aproximarme a ella a partir de la relación profesional ya existente, y de ahí, intentar aproximarme de forma no-sentimental.
Me conflictuába un poco el apartado de “no sentimental”, pero quizá era para no asustarla. No sé, no soy una IA jaja. Además, prácticamente ya había empezado a dar pasos con Elisa, pues para conseguir las respuestas había fingido interés en el trabajo.
El problema fue la respuesta en cuanto a Paula:
"Intimidad emocional requerida. Construir conexión genuina primero."
¿Cómo demonios voy a aproximarme a la señorita de hielo? En fin, algo se me ocurriría.
El fin de semana pasó en un torbellino de ideas y suposiciones. La semana laboral se asomaba y con ella, la oportunidad de poner en práctica mis planes
La oficina estaba en su usual caos. Elisa estaba ocupada revisando unos informes, mientras que Paula se paseaba como un lince en busca de errores que corregir.
Me acerqué a Elisa primero, como quien lanza un anzuelo al mar.
—¿Quieres que revisemos juntos el presupuesto?— dije, apoyándome levemente en su mesa. Ella levantó la vista, sus ojos claros se iluminaron con una chispa de interés.
—Claro, James. Me encantaría un poco de apoyo— respondió, esbozando una sonrisa.
Pasamos el resto del día simplemente hablando de números, posibilidades y propuestas en su oficina. No creí que la táctica estuviera funcionando de ningún modo hasta que a la hora de la comida, Elisa me invitó a almorzar.
—Vamos, prometo no agobiarte con tablas dinámicas esta vez — dijo, sacándome la lengua.
Reí. Qué enferma forma de ligar.
3 días más pasé metido en mi papel del empleado ideal. El jueves, supuse que debía empezar a intentar acercamientos más reales. Así que, de la nada, mientras revisábamos por enésima vez los artes producidos en búsqueda de errores inexistentes, solté de pronto:
—Uff, he estado tan obsesionado con esta campaña que creo que anoche me masturbé pensando en ella.
Elisa no pudo reprimir una carcajada (quién diría que hasta el humor con ella tiene que ser corporativo) y me lanzó una mirada inquisitiva aunque en sus ojos se adivinaba también una complacencia extraña.
—Yo también…—confesó tímidamente tras algunos segundos en silencio. Ambos reímos.
El jueves se presentó, puntual, así que ahí estaba yo 7 am en mi casa debatiéndome entre vestirme o darme un tiro en la cien. Pero en lugar de una bala, una idea interesante me cruzó la mente: Me puse la ropa interior y una camisa solamente. Sin abotonarla, corrí al espejo y tomé una foto, en la que se podía ver la mayor parte de mi cuerpo sin misterio, pero las partes interesantes ocultas.
Abrí el chat de Elisa, con mi corazón palpitando a una velocidad mortal. “¿Este es el color ideal para nuestra reunión de hoy” decía el mensaje que acompañaba la semi-nude.
Comencé a vestirme, saboreando el riesgo que acababa de tomar. Demasiados minutos después para mi gusto, mi celular finalmente vibró.
Era Elisa.
En la pantalla podía verla, enfundada en un sobrio pantalón negro que disimulaba demasiado bien sus amplias caderas, pero sin blusa. Vistiendo sólo un sujetador negro, sencillo, pero que dejaba respirar ese par de tetas monumentales que ostentaba. “Me parece que iremos combinados” Me tomó veinte segundos darme cuenta de que de su mano colgaba una blusa de un color similar al de mi camisa.
Sonreí.
Todo iba viendo en popa.
capítulo 6
Viernes, hay que calentar un poco las cosas. Así que nada más llegar, me planto en medio de la oficina y llamo la atención de todo el mundo golpeando mi taza de café con una cucharilla.
—Hey, todo el mundo. Como sabrán, finalmente obtuvimos la campaña de xxx, y por eso, quiero invitarlos, a todos, a una fiesta hoy en mi casa. Cita a las 9. Sin excusas.
Una ola de aplausos y vitoreos recibió mi propuesta, lo que me hizo sentir como deben sentirse los ganadores del Oscar.
Vi a Elisa y Paula asomarse desde la oficina de la última y asentir suavemente con la cabeza. Bien.
Una oficina siempre es una mierda, pero cuando tienes un premio al final de la jornada, el día se vuelve interesante. Sobre todo, cuando desconoces realmente la naturaleza de dicho premio.
La tarde pasó volando, entre correos electrónicos y risas nerviosas. La idea de la fiesta era como un motor a reacción en mi pecho. Cuando finalmente llegó la hora, mi apartamento se fue llenando de risas y música. Las luces tenues creaban sombras danzantes; el aire se impregnaba de ese aroma a entusiasmo y un toque de vino tinto.
Elisa y Paula llegaron juntas y fue obvio, no sólo eran la jefas y las dos mujeres más buenas de la oficina, sino que sus atuendos cortaron el hielo de un golpe.
Elisa llevaba un vestido rojo ajustado que abrazaba cada curva de su figura curvilínea. El escote pronunciado dejaba entrever un generoso vistazo de sus pechos generosos, y cuando se movía, la tela se adhería a sus caderas y su trasero redondo y firme. Su cabello negro caía en ondas sedosas sobre sus hombros desnudos, y sus ojos oscuros brillaban con una chispa traviesa que me quitó el aliento.
Paula, por otro lado, había optado por un atuendo más reservado pero igual de impactante. Llevaba unos pantalones negros ceñidos y una blusa de seda blanca que se adhería a su torso esbelto. Sin embargo, la manera en que la tela se adhería a sus pechos y su trasero era suficiente para que mi boca se secara. Su cabello oscuro estaba recogido en un moño despeinado, dejando al descubierto la línea elegante de su cuello.
Ambas mujeres exudaban una mezcla letal de sofisticación y sensualidad que hizo que mi corazón se acelerara. Mientras se abrían paso entre la multitud, noté varias miradas codiciosas de los demás invitados, lo que solo alimentó mi deseo de marcar mi dominio.
—¡Bienvenidas al polo norte! ¿Helado? — bromeé mientras les acercaba dos caballitos de tequila a cada una.
—Pero vaya anfitrión de primera — exclamó Elisa, tomando con delicadeza el vasito entre sus manos.
—Por fin tenemos una buena anécdota con el buen James — contraatacó Paula con una sonrisa (¿era acaso la primera vez que la veía sonreír?)
Ambas vaciaron de golpe el contenido de sus vasos y la fiesta, finalmente, comenzó.
La noche transcurrió en un torbellino de risas, música y alcohol fluyendo libremente.
Todo mi enfoque estaba en Elisa y Paula, las dos mujeres que habían acaparado mis fantasías durante demasiado tiempo. Verlas allí, tan cerca y tan sensuales, era casi demasiado para soportar.
—¿Otro? —ofrecí, alzando la botella de tequila.
Elisa asintió con entusiasmo, pero Paula negó con la cabeza.
—Voy a tomar las cosas con calma esta noche —dijo con su sonrisa secreta.
Serví un trago para Elisa y otro para mí, y los dos lo bebimos de un golpe. El licor ardiente me recorrió, encendiendo un fuego en mi interior que amenazaba con consumirme.
En cierto momento, me encontré a solas con Paula en la cocina mientras rellenaba los vasos de vino. Se acercó por detrás, su cuerpo rozando el mío, y susurró en mi oído:
—Vaya que sabes organizar una fiesta.
—Vaya que sí
Pensé que era mi oportunidad para crear esa “conexión especial” y empecé a tantear el terreno.
—Y tú, ¿cómo estás? ¿todo bien? — realmente esto de las conexiones emocionales no era lo mío y no sabía cómo responder.
Paula se limitó a acariciar mi rostro y tomarme del brazo de vuelta a la pista de baile, donde Elisa nos esperaba.
La noche pasó y la gente comenzó a irse. Paula se ofreció a limpiar pero la casa era realmente un desastre y me negué rotundamente.
Al final, solo Elisa me acompañaba.
—¿Un último trago? — ofrecí
—Vale, pero después a dormir.
Nos servimos una última copa de alcohol y nos sentamos en la barra. Yo pensé que sería el momento de la verdad, pero Elisa empezó inmediatamente a hablar acaloradamente de lo mucho que le gustaba trabajar conmigo en esta nueva etapa donde había redescubierto mi pasión por el marketing. Adiviné que no sería mi noche de suerte, así que al terminar el contenido de mi vaso le expliqué:
—Tengo un cuarto de invitados, donde te puedes quedar. O el mío… — sonreí, un desastre había hecho el alcohol conmigo.
—Ja ja, lo lamento pero hoy tendrás que dormir solo — dijo, tomándome de las manos. Le ofrecí una vieja playera y un short gastado para dormir y nos despedimos. Fuimos a nuestra habitación cada uno. Caí rendido.
A la mañana siguiente, el olor a café me despertó. Era Elisa, quien había empezado un desayuno sencillo.
—Buenos días, jefa.
—Buenos días, James.
El desayuno, fue bastante agradable, debo decir. Por fin pudimos platicar un poco más casualmente, aunque no llegamos a intimar tanto como me hubiera gustado. Al terminar, Elisa dijo.
—Vale, es momento de ayudarte a limpiar este desastre.
—Tomemos una taza más de café y después ya limpiaremos, ¿de acuerdo?
Ella accedió y nos instalamos en mi sillón. La atmósfera se empezó a electrizar.
El aire se cargó de una tensión casi palpable mientras nos sentábamos en el sofá, nuestros muslos apenas rozándose. Mi corazón latía con fuerza en mis oídos y mi aliento se volvía más superficial. Tomé un sorbo de café para intentar tranquilizarme, pero el líquido caliente solo sirvió para intensificar el fuego abrasador que ardía dentro de mí.
Los ojos de Elisa se encontraron con los míos y sentí una corriente eléctrica recorrer mi cuerpo. Su mirada era tan intensa, tan cargada de deseo reprimido, que no pude evitar tragar saliva con fuerza. Lentamente, como si el tiempo se hubiera ralentizado, Elisa se inclinó hacia mí, sus labios entreabiertos en una invitación silenciosa.
No pude resistirlo más. Dejé mi taza a un lado y me abalancé sobre ella, capturando su boca en un beso hambriento y apasionado. Ella jadeó contra mis labios, pero luego me devolvió el beso con la misma intensidad, sus manos enredándose en mi cabello mientras nuestras lenguas se encontraban en una danza erótica.
Mis manos vagaron por su cuerpo curvilíneo, acariciando la suave curva de sus caderas antes de agarrar su trasero firme. Elisa gimió en mi boca y se presionó más cerca, creando una deliciosa fricción. Podía sentir su calor a través de la fina tela de nuestra ropa y mi cuerpo respondió de inmediato, mi erección creciendo contra su muslo.
Separé mis labios de los suyos y comencé a trazar un sendero de besos ardientes por su cuello mientras mis manos se deslizaban debajo de su camiseta, acariciando la piel sedosa de su vientre. Elisa echó la cabeza hacia atrás, ofreciéndome un mejor acceso mientras sus manos se abrían paso a mi pantalón.
El aire se llenó de jadeos y gemidos mientras nos acariciábamos con abandono. Los dedos de Elisa se cerraron alrededor de mi erección, bombeando lentamente mientras yo deslizaba su camiseta sobre su cabeza, exponiendo sus generosos pechos. Capturé un pezón rosado entre mis labios, lamiéndolo y chupándolo hasta que se endureció bajo mi lengua. Elisa se arqueó contra mí con un grito ahogado, sus caderas empujando contra mi mano que se había deslizado dentro de sus bragas.
Estaba muy húmeda. La penetré sin piedad con un dedo y con el pulgar empecé a masajear su clítoris.
Elisa se retorció y gimió cuando mis dedos encontraron su punto más sensible. Estaba empapada, sus jugos resbalando por mis dedos mientras la acariciaba con movimientos circulares lentos y firmes. Su agarre en mi erección se apretó, bombeando con más urgencia mientras me imploraba entre jadeos entrecortados.
—Por favor... más... no pares...
Obedecí, deslizando un segundo dedo dentro de su apretado calor, adelante y atrás en un ritmo frenético. Sus gemidos se hicieron más ruidosos, sus caderas empujando contra mi mano mientras se acercaba al borde. Sus manos, como desconectados del resto de su cuerpo, me amasaban la verga con una maestría sublime. Apreté mis dientes en la suave piel de su cuello, chupando con fuerza mientras doblaba mis dedos buscando ese punto que la haría explotar. Yo también estaba acercándome precipitadamente.
—¡Ah, sí! ¡Justo ahí! —gritó Elisa, su cuerpo contrayéndose mientras un orgasmo devastador la golpeaba.
Sus paredes internas se apretaron alrededor de mis dedos mientras sus jugos me empapaban la palma. Mi verga también empezó a explotar en ondas de placer. Me quedé quieto, permitiéndonos montar las olas del placer hasta que finalmente nos desplomamos contra el sofá, jadeando pesadamente.
Después de aquel orgasmo arrollador, Elisa y yo nos quedamos tendidos en el sofá, nuestros cuerpos entrelazados y cubiertos de una fina capa de sudor. Nuestras respiraciones eran pesadas y entrecortadas, mientras intentábamos recuperar el aliento. Podía ver el subir y bajar de sus generosos pechos.
Elisa se removió ligeramente y se incorporó, su rostro enrojecido y su cabello revuelto de la manera más adorable. Recogió su camiseta del suelo y se la puso rápidamente, cubriendo sus pechos que tanto había disfrutado solo momentos antes. Una expresión de nerviosismo cruzó su hermoso rostro mientras evitaba mi mirada.
—Yo... eh... supongo que deberíamos terminar de limpiar —balbuceó, poniéndose de pie sobre piernas temblorosas.
Asentí, un tanto decepcionado de que nuestro apasionado encuentro hubiera terminado tan abruptamente. Pero decidí no presionarla, sabiendo que probablemente necesitaba algo de espacio para procesar lo que acababa de suceder entre nosotros.
Dentro de mí, estaba complacido de comprobar la eficacia del invento. Quizá sólo en un par de días podría saborear el dulzor de la victoria completa.
Nota del autor:
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