El señor Antonio en el hotel con Ingrid
Ingrid siempre supo que su debilidad eran los hombres mayores y robustos, pero nunca imaginó que la pasión la llevaría a cruzar el mar por un desconocido. Cuando Antonio abre la puerta del hotel, la sorpresa se transforma en deseo inmediato, y la barriga de él se convierte en el escenario de una noche que promete repetir.
Hola. Me llamo Ingrid y estoy muy contenta de haber descubierto una página donde puedo contaros mis experiencias e invitaros a conocerme mejor si os motivan y queréis vivir historias parecidas.
Soy bastante atractiva, culta, aunque me esté mal decirlo, lo de culta, claro, y muy amorosa si se me sabe tratar.
Tengo debilidad por los hombres mayores. No es una forma de hacer que os intereséis por mí, maduros de TR; Es la verdad, lo que siento.
Además me gustan los tíos robustos, gordos incluso. Cuando me abraza uno de esos señores maduros, con antebrazos de leñador y esa enorme y dura…barriga apretándose contra la mía, tan plana y sensual, me derrito literalmente.
Yo misma ya no soy una niña precisamente. No hace tanto que he decidido ponerme dos buenas tetas. Sé que es algo pueril y que nos cosifica, y esto y lo otro… pero a mí me encantará lucirlas, sobre todo en la playa, cuando esos sujetos enormes se queden extasiados mirándome con uno de mis tangas plateados como único atuendo.
No aparento la edad que tengo y tampoco creo que sea importante mencionarla aquí.
Pero vamos con el relato, que vas a pensar que sólo escribo estas líneas para ponerte los dientes largos. Espero que no sea eso lo único que crezca a medida que vas leyendo.
Actualmente mantengo relación con dos hombres, promiscua que es una, ¡ya ves!
SAl primero, digámosle Antonio para abreviar, lo conocí chateando por Skype. Me pareció un señor muy formal, como chapado a la antigua. Escribía usando frases y construcciones propias de los sesenta, por lo que tengo leído. Supe pronto que rondaba los setenta y que no había tenido sexo con mujeres, a excepción de su esposa, con la que tenía ya pocas alegrías, desde hacía muchos años.
Cuando empezamos con el intercambio de fotos casi me derrito. Parecía querer ocultar su panza y tuve que decirle, casi suplicarle, que se mostrara en todo su esplendor, tan varonil, tan avasallador. Cuando pude ver su enorme y gruesa polla medio erecta y sus grandes testículos, rosados, algo pendulones, me puse a mil. ¡Quería esa verga dentro de mí a cualquier precio!
Pero no iba a ser tan fácil. Mi nuevo amigo babeaba de deseo cuando yo le mostré mi culito y le abrí con mis manos el agujero que esperaba llenar con su carne muy pronto. Me mandó un pequeño vídeo corriéndose en la ducha como un poseso, según parece después de mirar esa foto. (Por cierto, que aún la conservo y será un placer intercambiarla con los lectores interesados)
Antonio vive condenadamente lejos y lleva una existencia monótona. Parecía imposible que nos viéramos; pero el amor todo lo vence, es paciente, no hace alarde, es servicial, no se envanece… bueno, todo eso que ya sabéis por San Pablo, que era un romántico incorregible, como yo misma.
Lo organicé todo sin avisar hasta el final. Tomé un avión hasta su ciudad, en un lugar del Mediterráneo de cuyo no nombre no vas a enterarte, y le llamé por teléfono desde el restaurant de un hotel donde tomé alojamiento. La sorpresa lo dejó mudo. No podía creerse que su Ingrid estaba allí, a diez minutos de su propio domicilio, esperándole con su tanga plateado y una enorme cama a disposición de los dos.
Tardó media hora en decidirse, inventar una excusa, darse una ducha rápida y presentarse con su atuendo formal de cocktel y cara de susto, mirando en todas direcciones por si lo reconocía alguien. Para evitarle contratiempos le cité directamente en mi habitación. Este hotel es muy apropiado para los encuentros galantes, pues tiene terraza bar en el ático y la gente sube a tomar algo cuando quiere, siendo fácil desviarse sin ser visto hacia las plantas de huéspedes.
Llamó con los nudillos y yo abrí vestida con mi negligée lila y mi tanga a juego. Llevaba medias con porta ligas de intimissimi y unos zapatos preciosos de Zara.
Le hice tumbarse en la cama y procedí a desnudarlo con estudiada parsimonia. Cuando emergió su polla del bóxer, ya estaba en pleno estado de uso, rebotando a derecha e izquierda cuando la sacudí cariñosa.
Me encantó su actitud, casi de indiferencia, una vez empezó mi show. Se puso tres almohadas tras la cabeza y colocó sus manos entrelazadas en la nuca, en una postura de dejarse hacer. ¡Y vaya que le hice!
Soy muy experta con la lengua. La hago vibrar, la puedo sacar muy fuera de mi boca y tengo una gracia especial para envolver pollas con ella, después de tragármelas, claro está.
Todo eso y más le hice al impasible Antonio. Cuando le apliqué el masaje vibratorio en sus grandes huevos, gruñó levemente de satisfacción, cuando le recorrí la verga desde el escroto hasta el glande, se removió algo alterado; sólo cuando empecé a comérsela con todo mi arte, me puso la manzana en la cabeza y me apartó. Estaba a punto de explotar y me pidió tregua, así que me tumbé a su lado a acariciar sus enormes y blandos pectorales y la gran, gran barriga, tan dura y poderosa.
En las antiguas culturas orientales, los hombres de gruesa barriga son considerados modelos de felicidad y poder ¡Cuanta sabiduría ancestral! Yo me vuelvo loca con los enormes vientres, titánicos brazos ý esas tetazas inmensas de mis amantes habituales.
Antonio entró en acción cuando le pareció oportuno. Me levantó como quien maneja un niño de pecho y me puso sobre él. Aparte la tira del tanga y dejé que aquella gruesa porra se deslizara en mi cavidad anal.
No os lo vais a creer, pero mi culito se moja de excitación, como un coño al uso. No sé cuál es el misterio que lo explica, pero es algo patente. De hecho, me encantaría mostraros el fenómeno a todos los maduros obesos que me leéis.
Yo me apoyé en su barriga y dejé caer mi cuerpo sobre su pene, disfrutando de la sensación de plenitud dentro de mí.
Nos corrimos los dos casi a la vez, yo gimiendo como una loca y él con tres o cuatro gruñidos de satisfacción.
Luego me dedicó unas caricias desmañadas y se excusó con un compromiso anterior para vestirse y salir caminando muy airoso de mi room, con la promesa de volver al día siguiente con más calma.
Por suerte, mi ocupación profesional, que no es hacer de scort, mal pensados, me permite teletrabajar, así que me puse cómoda y saqué mi portátil para aprovechar un poco el día.
Y creo que hasta aquí llegó mi relato de hoy.
Por favor, escribidme todos, especialmente los 60-70/120-150 (Esto no es la tensión arterial que más me excita, sino la edad/peso que me vuelve loca de deseo) o mayores y con más peso. Prometo contestarles a todos los que sean así.
¡Besitos!
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