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Familia de Depravados. Capítulo 2:Lucía CoñoPeludo

Alberto creía que solo era un espectador en la casa de sus suegros, pero la tentación lo arrastra desde la cocina hasta el dormitorio. Mientras su esposa está lejos, la suegra lo invita a cruzar la línea del incesto y la traición, desatando una noche de placer prohibido y crudez.

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Capítulo 2: Lucía CoñoPeludo

Durante aquellas jornadas me quedaba bastante en casa de mis suegros viendo la tele. María se iba a comprar o al parque con la niña; mi suegro salía en bici, mi suegra se quedaba en casa limpiando y cocinando y yo en pijama tirado en el sofá aprovechándome de los canales que tenían contratados.

Después de una noche intensa de sexo, María se levantó animosa y alegre. Vistió a la niña y quiso llevársela a Barcelona de compras.

Mis suegros aún no habían bajado a desayunar, yo estaba en la cocina de pie echando mano al café y a unas tortas de aceite cuando oí ruidos arriba.

Escamado subí a tientas las escaleras. Eran golpes secos, provenían de la habitación de mis suegros. Al saber de su procedencia no pude hacer otra cosa que excitarme. Duro como las piedras me acerqué a la puerta entreabierta y asomé la cabeza

De las sábanas sólo resalían las dos cabezas y los brazacos peludos de mi suegro moviéndose arriba y abajo encima de su mujer. El ruido de los golpes del cabecero con la pared se amortiguaba con un gemido a cada lenta penetración. Había visto la polla de Jesús, por lo que entendía que viera las estrellas cada vez que se la encasquetaba.

Se levantó con los brazos y pude ver bien las tetas de Lucía. Aún eran bastante firmes y con los pezones y aureolas muy negros en contraste con el blanco del pecho

La folló esos últimos instantes muy rápido y se quedó bien adentro de su mujer. Después se dejó caer a un lado. Lucía aún resoplaba de la corrida que ambos se habían llevado.

- (J) Ha estado bien

- (L) Sí…mucho…

- (J) ¿También te pone saber que follan a dos habitaciones de nosotros? ¡Parecen chavalines! ¿Recuerdas cuando nosotros éramos jóvenes?

- (L) Tú sigues siendo aún un mozalbete

Mi suegra se destapó y cuando se levantaba desnuda de la cama Jesús le dio un azote cariñoso haciéndola sonreír. Tuve sólo un instante para verla entera antes de escabullirme. Me sorprendió ver tal matorral negro entre sus piernas. Llevarlo “salvaje” sería decir poco.

Total, bajé a toda prisa las escaleras. Ya en la cocina al poco aparecieron los dos ya vestidos ella con camisón bastante corto y casi translúcido y él ya con el mallot de ciclismo, y después de saludarme y preguntarme cómo había dormido y dónde estaba María y la niña se sentaron con sus cafés y pastas en silencio. Les recogí los platos y tazas y me dispuse a contribuir fregando los platos de la cena y desayuno.

Jesús cogió su casco y zapatillas de ciclismo, llenó su botellín con agua y se fue al garaje a por la bici. Al minuto oí cómo se cerraba el portón.

Lucía estaba charlatana. Hablábamos mientras ella cocinaba tras ponerse encima del camisón el delantal. Me daba a probar el caldo y yo la ayudé a hacer el sofrito para la paella que estaba preparando.

La veía sonrojada; por experiencia de su hija, sabía que estaba cachonda. Además no dejaba de contonear su trasero y me miraba mucho de reojo.

Los pezones se le marcaban el camisón y sólo pensaba en qué llevaría debajo, porque arriba nada le sujetaba las tetas. Me pilló más de una vez mirándoselas y sólo sonreía pícara sin molestarse en cubrírselas. Me estaba poniendo mogollón y eso que hacía pocas horas le había dejado el coño lleno de leche a su hija.

El timbre nos sobresaltó cuando echaba el arroz al sofrito para coger sabor. Me pidió que vigilara y que echara el caldo cuando empezara a tostarse y ella fue a abrir.

Pepe, un amigo de Jesús, estaba en la puerta. Le preguntó a mi suegra por su marido.

Ella le dijo que ya había salido, y preguntó por qué no se habían visto. Pepe también iba ya vestido de ciclista. Tendría la edad de mis suegros, calvo y panzón, algo más bajo que Jesús. Se quitó el casco y entró invitado por mi suegra. Me saludó sin saber quién era; Lucía nos presentó.

Explicó que se le había roto una pieza del cambio de marchas y que por eso salía tarde. Preguntó a mi suegra si sabía dónde tenía los recambios.

Las miradas y el tono entre ellos era de más que conocidos; ambos estaban rojos, de él lo entiendo porque a mi suegra prácticamente se le veían las tetas

- (L) Alberto, vigila que no se pegue el arroz y ve añadiéndole caldo. Voy a darle la caja de herramientas

Subieron las escaleras, él varios escalones por detrás contemplando el culazo de Lucía.

Pasaron unos minutos y no bajaban. Bajé el fuego y me dispuse a cotillear subiendo las escaleras.

Lo que vi me dejó desconcertado. La caja de repuestos estaba en la cama, ambos se miraban de frente y susurraban. Pepe sobaba una teta por encima del camisón y ella reía haciéndole el signo de “silencio” con el dedo en la boca. Esa misma mano sobatetas bajó a su entrepierna sin que ella lo impidiese. Desde mi perspectiva podía verla levantándole un poco el camisón y resaliéndole los pelos. La muy puta no llevaba siquiera bragas.

Fue rápido; Ella se sentó en la cama subiendo los pies y se abrió de piernas subiéndose un poco los bajos del camisón. Él se bajó un poco el pantalón para sacarse la polla morcillona y peluda, se puso entre las piernas y cogiéndose a las rodillas empezó a darle rápidamente

Lucía lo miraba con morbo; él únicamente se dedicó a joderla lo más rápido que pudo y al minuto ya se había corrido dejándola claramente insatisfecha pero habiendo disfrutado del polvete, con la cara de contenta por haberlo deslechado.

Se metió la polla en el pantalón mientras mi suegra se recomponía del rapidín limpiándose con unos pañuelos. Pepe rebuscaba en la caja hasta que dio con una ruedecita. Por segunda vez en el día corrí como un gamo rezando por no matarme al bajar las escaleras y vi cómo se despedían.

Lucía volvió a mi lado, mucho más cachonda que antes, roja como un tomate y sofocada. Supervisó el estado de la paella y probó el arroz mirándome directamente a los ojos. Sus pupilas marrones dilatadas decían “fóllame”, su boca “aún le quedan veinte minutos”

Mi pijama no podía ocultar la erección por más que tenía aprisionado el capullo con la goma del pantalón para mantenerla hacia arriba. Ella la vio y sonrió.

Se agachó para coger algo del armarito en la parte más baja sin doblar las rodillas. Tenía ahí, a pocos centímetros, el culo blanco de mi suegra y el destacado matorral de pelo negro en medio. Asomó la cabeza por un lado y me pilló mirándolo absorto, dándome un botecito con azafrán antes de ponerse derecha de nuevo.

- (L) Mientras esto se hace, ayúdame a bajar unas cosas del armario

Asentí y subimos los dos las escaleras. Esta vez era yo el que tenía el tremendo culo de mi suegra delante contoneándose a cada escalón. Volvió a mirar atrás, pillándome por enésima vez.

Antes de entrar a la habitación cogió del escobero del pasillo una escalera blanca y roñosa, oxidada por todos los lados. Entramos. Aún olía a coño y eso que llevaba buen rato ventilando

Abrió el armario, miró arriba cerca del techo. Extendió las patas de la escalera y se dispuso a subir.

- (A) Ya subo yo, te vayas a caer…

- (L) No soy tan vieja e inútil. Tú agárrame de las piernas.

Se subió a la escalera. Era muy evidente sus intenciones pero el juego me estaba poniendo a mil. Cuando llegó al tercer escalón tenía una panorámica de su pandero y entrepierna a un palmo de mi cara. Encima, la muy puta tenía bien separadas las piernas para que no me perdiese nada. La cogí de las pantorrillas, pero me pidió que la cogiera de más arriba que se tenía que estirar.

Me cogí a sus muslos. Me estaba volviendo loco de morbo. Su coño peludo brillaba y olía a amor cosa mala.

Casi se cae estirándose para coger una caja de arriba del todo. Tuve que cogerla del culo; entre mis manos su coño se abría esplendoroso, rojizo entre el bosque negro.

- (L) Espera Alberto. Así mejor.

Me dijo y sin miramientos se subió el camisón hasta la cintura estirando de delante para poder doblar las rodillas y subir el pie a la parte más alta de la escalera.

Casi me da un infarto. Su trasero desnudo, su coño despampanante bien abierto, ambos delante de mis morros.

No pude resistirme, me pudo el calentón; incrusté mi cara en la pelambrera y metí la lengua. Mi suegra, por el movimiento y el susto al no esperarse mi reacción se agarró con fuerza a sendos lados del armario mientras yo le repasaba el coño peludo con mi lengua. Quizá la muy puta sólo quería calentarme pero quien busca, encuentra, y se encontró con una comida de coño como dudo nunca habría tenido.

Su coño sabía a una mezcolanza de flujos y el semen de dos hombres. No me disgustó, es más, me puso a mil. Se lo abrí más con las manos para adentrarme todo lo que podía.

Lucía echó la mano atrás y en vez de retirarme me alentó a que siguiera encastándome más la cabeza en su entrepierna. Gemía y convulsionaba de placer.

- (L) ¡Ohh! ¡Ahhh! ¡Mmmm! ¡Sigue Alberto sigue!

Y se corrió en mi boca. Con sus mares de flujo salió también restos de los regalitos que le habían dejado, y me los tragué con sumo placer. Al contraerse y relajarse por la corrida casi se cae. La cogí en brazos y nos miramos con morbo.

La tiré como si fuera basura a la cama y le subí el camisón. Estaba loco de morbo viéndole la mata negra. Abrí con mala baba sus piernas y a la vez que me sacaba el rabo para metérselo, tiré de la parte de arriba para sacarle las tetas que manoseé con deleite.

Su coño ardiente y empapado envolvía mi rabo, estaba en la gloria. La metía y sacaba oyendo el chapoteo de sus flujos con el roce de mi carne. Tiraba de sus pezones, aplastaba las tetas.

- (A) ¿No has tenido suficiente polla con tu marido y ese tío? ¡Suegra! ¡Eres más puta que las gallinas! ¡Te has follado a dos hombres en una mañana y vas a por el tercero!

- (L) ¡Ah! ¡Sí! ¡Ammm! ¡Ohhh Alberto ohhh!

- (A) ¿te gustan las pollas, suegra?

- (L) ¡Ohh! ¡Sí! ¡Fóllame! ¡Me encantan las pollas! ¡Fóllame como te follas a mi hija!

Le froté el clítoris y seguí dándole polla hasta que se corrió a berrido limpio, y yo también me corrí dentro de ella, y fuera, manchándole la pelambrera oscura.

Me dio mucho morbo ver los manchurrones blancos en su mata de pelo negro. Cuando acabé ella recogió los restos con los dedos y los lamió, para después bajarse el camisón y volver a meterse las tetas en él con la mayor dignidad con la que podía una zorra como ella.

Me calcé la polla en el pijama y ambos bajamos de nuevo a la cocina sonriendo por lo sucedido.

El arroz por suerte no se había pegado mucho. Removía el fondo con la paleta, y desde el sofá veía cómo se bajaba bien el camisón, mirándome con esa sonrisa boba de “vaya polvo me ha pegado”

Poco después llegó María con mi hija del parque. Hablamos de cómo había ido el día; mi hija se lo había pasado muy bien con los amigos, yo había ayudado a la yaya a cocinar. Al rato llegó Jesús, dejó la bici en el garaje y se fue a la ducha.

Todos comimos juntos la paella.

- (J) ¡Cariño! ¡Se te ha pasado un poco el arroz! ¿Te has distraído o qué? Siempre te queda al punto

- (L) Es que me he liado a hacer cosas

No pude contener una risa por lo bajo y por suerte no me vio nadie

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