Xtories

Dominando a mi vecino gordo 4

La mesa está servida y el excura bendice la comida con piedad, pero todos saben lo que ocurrió horas antes en su cama. ¿Podrá la tradición ocultar el placer prohibido que comparten?

Ingridzs12K vistas
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Bea chupaba con devoción el badajo de Don Antonio a la vez que tocaba sus colgantes pelotas. Aunque las dos estaban entregadas y dándole el máximo, él permanecía quieto dejando que las dos se movieran encima de su gordo y fuerte cuerpo.

Elena se tocaba el clítoris y entonces pegó un grito que manifestó que había tenido un orgasmo placentero empapando de flujos la cara y la prominente papada de Don Antonio que sin esfuerzo la cogió por el torso, la levantó y la acostó a su lado mientras saboreaba con su lengua aquel dulce manjar.

Después de haberse limpiado los restos con una toalla que le trajo su mujer, Don Antonio nos indicó a Lucía y a mi que continuáramos con lo nuestro y, mientras él observaba como Lucía y yo hacíamos el 69 una encima de la otra, empezó a lubricar con su saliva el culito de Bea atrayéndola hacia si con sus grandes y potentes brazos.

En eso Elena se incorporó y ocupó la posición de Bea que ahora tenía sus manitas apoyadas en los brazos de su padre al la vez que este le perforaba el ojete con su lengua y, Elena, en cuclillas y cogiendo por el tronco el pollon de Don Antonio, fue introduciéndolo lentamente en su ano.

Aquel gordo barrigón de 65 años, que había sido cura media vida, estaba repartiendo placer sin apenas inmutarse. Nosotras tuvimos sendos orgasmos contemplando su fuerza y potencia sexual ya que aún, y después de un buen rato, no se corría y seguía dándoles mucho sexo a sus nenas con su boca y su verga, las cuáles continuaban adorando la viril sexualidad de su padre.

Elena subía y bajaba su raja por aquella vergota y apoyaba sus manos en el redondo barrigón de Don Antonio el cuál se preparó para eyacular sentando a Bea al borde de la cama y agarrando con sus gruesas manos el torso de Elena, la empezó a fornicar suave y profundamente.

El gordo jubilado ya se iba a venir y se salió de ella disparando fuertes chorros en la raja de Elena, la cuál recogió con sus manos todo lo que pudo restregándolo en sus incipientes tetas y en su vagina. Después ella cayó desplomada sobre la enorme barriga de él, y este acarició su cabello y la besó en su frente diciéndole: “Dios te bendiga”.

Don Antonio era bruto en apariencia pero tenía un carácter bondadoso. Su 1.73 de estatura y sus 125 kilos impresionaban por lo robusto que estaba. No tenía michelines ni carnes caídas. Estaba hinchado y duro, siendo sus pezones grandes y rosados.

La comida se había enfriado, así que tuvimos que calentarla en el microondas. Entre tanto, él se fue a duchar con Elena y Bea. Lucía y yo nos vestimos no sin antes lamernos las panochas.

Al rato Don Antonio apareció en la cocina perfectamente aseado y vestido con unos pantalones azul marino, camisa de cuadros con zapatos de cordones, y una rebeca de punto con coderas y botones. Su canoso cabello estaba húmedo y peinado con raya a un lado. Nos preguntó si podía ayudar en algo y su mujer le dijo que se sentara a la mesa ya que la comida estaba preparada.

Cuando llegamos al salón con los platos, las nenas estaban sentadas y vestían dos camisones semi transparentes de asillas cortitos. Don Antonio antes de empezar a comer bendijo la mesa como solo un cura puede hacerlo. Dijimos todos “Amén” y él se sirvió un vaso de vino tinto que tragó de una sola vez.

El almuerzo fue muy agradable y todos charlábamos y reíamos con las anécdotas que el ex-cura. Después de unos cuantos vasos de vino, Don Antonio, que tenía sentadas a su lado a Elena y Bea, les hizo un gesto con la mano y ellas se sentaron en sus muslos.

Elena empezó a sobarle el bulto a la vez que Bea le tocaba las tetas que se marcaban en su camisa. Él las abrazó y les dio unos cuantos besos en la frente paternalmente y las mandó a sentar de nuevo diciéndoles que no era el momento adecuado.

En la sobremesa, Lucía y yo tomamos licor de manzana y Don Antonio bebió aguardiente para hacer mejor la digestión ya que había comido mucho y se encendió un puro. Las chicas comieron helado de nata. Ellas muy calladas siempre.

La verdad es que la familia era muy tradicional y nadie que les viera así, reunidos en torno a una mesa, podría pensar en el sexo que habíamos tenido esa tarde en casa de Don Antonio.

Lucía y yo recogimos la mesa y Don Antonio se sentó en el sofá de piernas cruzadas, fumando y leyendo el periódico. Las nenas se sentaron a su lado agarrándose de sus gruesos brazos y, mientras el cura tenía el puro en la boca, ellas lo besaban en sus mofletes y lo achuchaban.

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