Dominando a mi vecino gordo 3
Don Antonio no pide permiso; impone su voluntad con la gravedad de su cuerpo y la potencia de su deseo. Detrás de la puerta cerrada, el narrador descubre que ser testigo es solo el primer paso para perder el control.
Don Antonio se había convertido en un semental machista que sexualizaba solo con su masculina presencia. A sus 65 años y con 1.73 cms y 125 kilos perfectamente repartidos gozaba de una apariencia en plenitud física y sexual.
Aunque Bea hacía todo el trabajo montando, él era su objeto de placer al poner a su disposición su gruesa y venosa polla. Ella no era consciente de que ese pollon sería, a partir de ese momento, el referente sobre el que giraría su sexualidad el resto de su vida.
Él la estaba haciendo mujer y ella loca de deseo ya cabalgaba fácilmente. Yo seguía masturbándome al lado de ellos con las piernas abiertas y empapada. Bea apoyaba una mano en el barrigón de Don Antonio cuando subía y bajaba y, con la otra acariciaba las gruesas y colgantes pelotas que tenía el viejo cabrón, el cual se mantenía impasible e inmóvil dejándola aprender a satisfacerle.
Estuvieron largo rato cogiendo y Bea ya había tenido dos grandes orgasmos. Don Antonio la agarraba por la cintura y hundía y levantaba su vagina de su gruesa verga y ella gemía de placer.
La estaba amoldando a su gusto para tenerla siempre deseosa de su poderoso cuerpo. Yo tuve un tremendo orgasmo anhelando estar encima de él cuando Don Antonio tensó el cuerpo saliéndose de ella para no preñarla soltó unos espesos chorros de semen que salpicaron la cara y el delgado cuerpo de la chica.
Ella cayó agotada sobre el corpachón de Don Antonio y este le beso la frente acariciando su cabello. Entonces él le ordenó que fuera a ducharse y Bea dolorida por ser su primera vez, caminó hacia el cuarto de baño con dificultad de lo abierta que había quedado.
Entonces él me hizo un gesto indicando que se la mamara y yo lamí y chupe todos los restos de flujo, semen y sangre que tenía esparcidos por sus genitales y su gran barriga. Lo hice con tal intensidad y admiración hacía aquel gordo y robusto macho, que Don Antonio, minutos después y pleno de potencia sexual eyaculo de nuevo y yo con devoción tragué todo lo que pude pero era tanta cantidad que rebosó por la comisura de mis labios.
Después quise metérmela en mi raja porque seguía muy parada su verga pero Don Antonio me apartó, se levantó del sofá, se subió las bermudas y los calzoncillos metiendo dentro su vergota todavía dura y abotonando su camisa, pero en la zona de la barriga no lo conseguía por el volumen de la misma. Entonces me acerqué y le ayudé a hacerlo dejando sin abrochar los botones de arriba para que luciera su pecho y sus tetas.
No pude evitar llevar mi mano a su bulto duro pero él, dándome un beso en los labios, me la quitó. Me dijo que estaba un poco cansado y se retiró a su dormitorio. Yo cogí el móvil de Luisa y me percaté de que Elena, que ya se había duchado, le siguió desnuda.
Fui a la cocina y Luisa, metida en faena me preguntó si Bea había llegado y le contesté que sí y que estaba en la ducha. Sin poder evitarlo, fui indiscreta preguntándole por Don Antonio. Y ella me dijo: “Bueno, apenas tenemos sexo ya”.
Aquel semental grueso barrigón y fornido estaba sexualizando a las nenas con cariño pero con la firmeza de un hombre mayor. Comprendí que ellas serían su sustento sexual por muchos años teniendo una admiración profunda por Don Antonio, habiendo visto lo entregadas y deseosas que se ponían montando encima de él y siendo penetradas por su magnífica verga.
Lucía y yo terminamos de preparar el almuerzo y mientras servíamos la mesa en el comedor oímos un alarido que provenía de la habitación de matrimonio.
Ella me miró a los ojos fijamente y agarró mi mano conduciéndome a la estancia.
Cuando entramos vimos a Don Antonio acostado de lado y tenía empalada a Elena que, en posición de escorzo, con la pierna levantada en el aire y flexionándole él la rodilla a causa de la gran barriga de su padre, movía su panochita haciendo movimientos pélvicos dentro y fuera de la formidable y gruesa verga de aquel jubilado.
Bea por su parte y también acostada de lado, tenía su raja en la boca de Don Antonio y este la lamía y chupaba mientras fornicaba el coño de Elena de manera lenta y profunda
Lucía empezó a desnudarme y me besó en la boca introduciéndome la lengua a lo que yo correspondí bajándole las bragas y masturbando su sexo mientras de reojo presenciábamos la escena tremendamente erótica de ellas con Don Antonio.
Lucía y yo nos sentamos en la cama al lado de ellos y nos masturbamos deseosas de tener la oportunidad de ser también ensartadas por Don Antonio pero el viejo estaba con la verga hinchada y dura dándolo todo por sus hijas.
Estuvo empalando a Elena largo rato mientras esta machacaba su panocha contra su verga agarrándose a los enormes y musculosos muslos de Don Antonio a la vez que este seguía dando placer con su boca a la raja de Bea, pero de repente paró y le dio una palmaditas en los glúteos a ellas.
Era la señal para cambiar de posición. Él se tumbó boca arriba y Elena trepó por su barrigón poniendo su culo encima del rostro del hombre de la casa frotando su ojete contra él. El viejo lo lamió y chupó y ella gemía extasiada de placer.
Por su parte Bea se sentó en las grandes e hinchadas tetas y se acostó sobre su redonda y dura barriga empezando a chupar aquella gruesa verga que apenas le entraba en su boca.
Estuvieron un buen tiempo así pero Don Antonio no eyaculaba. El gordo jubilado era un semental con un aguante extraordinario. Nosotras nos posicionamos una encima de la otra y nos comimos los coños. Aquello era nuevo para mi ya que nunca había tenido sexo con una mujer pero la presencia de Don Antonio me excitaba tanto que me dio lo mismo.
[email protected] es mi correo para atender los comentarios de caballeros como Don Antonio.
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