Dominando a mi vecino gordo 5
No es solo mirar; es sentir el peso de su deseo ajeno. Desde la ventana, la línea entre la observación y la participación se desdibuja cuando la fantasía se vuelve carne.
Me fijé en su bulto. Se dibujaba la silueta de su gruesa polla y de sus colgantes pelotas por la pernera del pantalón. Supuse que no llevaba calzoncillos que los sujetaran.
Él dejó el periódico en la mesa y con esfuerzo y seguridad por el volumen de su barriga se abrió el cinturón de su pantalón y bajo la cremallera sacándosela. Era impresionante ver a aquel jubilado gordo con la verga colgando. Don Antonio con el puro en la boca sonreía. Recostado en el sofá llevo sus manos a su nuca exponiendo todo su sexo.
Elena estaba agotada de las cogidas que Don Antonio le había dado, quedándose dormida en su hombro, pero Bea con su manita lo empezó a masturbar de lado. Él la rodeó con sus potentes brazos mientras dejaba que ella lo besara en el encarnado moflete y en su hinchada papada. Cuanto más reía, más lo masturbaba y besaba Bea. Se lo comía a besitos. Se notaba que había sido bien sexsualizada por Don Antonio porque ella lo adoraba.
Ya caía la noche y me pareció que llevaba una eternidad en esa casa. Me decidí a marcharme a mi pent-house y me despedí de Lucía. Don Antonio me dijo que me acercara, y cuando lo hice, él me dio un beso en los labios y me dijo que ya era parte de su familia. Bea dulcemente me despidió mientras sentada al lado de Don Antonio continuaba besándolo y masturbándolo. En la televisión ponían noticias que decían se avecinaba un temporal pero estaba aislada y me dio igual aquello.
Llegué a casa y no pude esperar a masturbarme en la ducha sino que me desnudé por completo y en el sillón del salón, abierta de piernas, me froté pensando en como Don Antonio me follaba el culo y me metí un dildo de 4 cms de grosor por mi ojete que de lo excitada que estaba entró sin dificultad.
No me llenaba tanto como la vergota de Don Antonio de 6 cms y 19 de longitud pero cerré los ojos e imaginé varias escenas interesantemente morbosas y tuve un gran orgasmo pensando en como aquel pedazo de hombre me convertía en puta.
Me encantaba su cabello canoso algo ondulado y peinado con raya a un lado. Tenía una nariz aguileña y unos ojos pequeños. Las cejas nada pobladas y en sentido descendente.
Su mujer le compraba la ropa que él vestía con porte señorial. Nunca se ponía camisetas, zapatillas o vaqueros. Siempre pantalones clásicos y camisa de cuello que dejaba abierta en la zona de su pecho para lucir un llamativo cristo con cadena de oro que le daba un aspecto muy viril.
Me acariciaba mis grandes tetas con una mano y los ojos cerrados y con la otra me masturbaba ferozmente la raja con el dildo metido en el culo. Las imágenes de las nenas montando encima de Don Antonio extasiadas de deseo por él, se apoderaban de mi mente.
Bea era muy linda, con su cabello liso hasta la mitad de la espalda el cual, y mientras ella le cabalgaba, se lo recogía de diversas formas mientras el cura, con sus gruesas manos colocadas detrás de su cabeza, miraba impasible como bajaba y subía su estrecha panocha por su badajo. Ella tenía unas tetitas pequeñas de pequeños pezones rosados. El contraste con el orondo cuerpo del viejo me resultaba sexy, lujurioso y extremadamente erótico.
Le imaginé vestido como le había visto cuando me fui de su casa, agarrando a Bea como si fuera una pluma y colocándola a 4 encima del sillón para desvirgarle el culito. Él se lo había lubricado bien con su boca. Don Antonio agarrando su gran polla le metió el glande y teniendo él un pie en el suelo y el otro encima del sofá, empezó poco a poco a introducirla mientras la agarraba por la base de su tronco. Ella se quejaba por el dolor y le pidió a Don Antonio que se la sacara de su coñito pero este no estaba dispuesto a dejar escapar aquel momento y le hundió todo el gordo badajo hasta que sus pelotas empezaron a golpearle la raja húmeda.
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