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Traición a la novia virgen - Cap. 4

El confesionario no tenía respuestas para su pecado, pero la oficina de Dane Malbry sí. Le prometió que el dolor físico sería la única forma de lavar la vergüenza de su cuerpo, y ella, temblando de miedo y lujuria, aceptó.

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Capítulo Cuatro – Vergüenza

Permanecí en Hong Kong el tiempo suficiente para dejarme llevar por el sabor enloquecido de su ritmo frenético. La congestión, los colores chillones, el lenguaje que no podía entender, las señales que no podía leer, me daban la sensación de estar tragada por completo por un lugar donde era anónima y lo que hubiera hecho era insignificante.

Salía del hotel todos los días para caminar por las calles bajo un estupor sin propósito, sintiéndome razonablemente satisfecha. Pronto George estuvo llamando a mi puerta, disculpándose por estar allí, pero diciéndome que había estado esperando a que me fuera. ¿Cuales eran mis planes?

No tenía planes, le dije rotundamente. "Puedo quedarme aquí."

"¿Cómo lo harías?"

"No estoy segura," dije. Sin embargo, hasta que le expresé esa idea a George, ni siquiera había considerado quedarme. Simplemente no estaba segura de cuándo estaría lista para volver a entrar en mi vida, dar explicaciones sobre mi matrimonio fallido y dejar que mi mundo volviera a la normalidad. Estoy segura de que ya entendía entonces que volver a la "normalidad" era imposible. Mi mundo estaba tan destrozado que no había forma de que pudiera reinsertarme efectivamente en las estrictas reglas que antes dominaban mi pensamiento. Simplemente no pensaba de la misma manera que solía hacerlo. "No me preocuparía por mí. He telegrafiado a casa para pedir dinero, que debería llegar en breve. Entonces, tomaré mi decisión. Supongo que dejaré este hotel. Es obvio que es demasiado caro, pero eso, y todo lo que sea cosa mía, no es de tu incumbencia."

Podía ver que estaba preocupado, como podría estarlo cualquier persona razonable, al ver a una mujer aturdida decir tonterías. Pero no tenía ningún deseo de que me cuidara ahora, después de que fuera él primer responsable de este aturdimiento. Le cerré la puerta en la cara, no de golpe, sino suavemente y luego pasé la siguiente hora mirando por la ventana del hotel.

Un día después, puse mi vida en movimiento nuevamente. Obtuve la documentación necesaria para legalizar mi visita, encontré un lugar para vivir dentro de mi presupuesto y conseguí un empleo. Esperaba encontrar trabajo en una de las empresas estadounidenses que operaban en Hong Kong. Pero cuando la agencia de empleo me envió a un barrio tranquilo, fuera del bullicioso distrito comercial, me sentí intrigada. Estaba lloviendo a cántaros y mi paraguas apenas hacía su trabajo. Empapada, me deslicé en un pequeño y extraño escaparate y me sacudí como un perro mojado.

"Lo siento," dije, viendo a un americano sentado tras una mesa de despacho dentro de un establecimiento pintoresco y muy oscuro, que, a primera vista, parecía ser un cruce entre una tienda de antigüedades orientales y una oficina de algún tipo. Estatuillas orientales pintadas con colores brillantes, costosos tapices en las paredes, mesas doradas y el fuerte aroma del incienso daban un aire de misterio al entorno. Los muebles estaban dispuestos de forma muy parecida a una sala de estar: un sofá, mesas y dos sillas. Sin embargo, la pared trasera y un lado de la habitación estaban forrados con estantes lacados en negro llenos de volúmenes de libros, y entre ellos, en una esquina, había un escritorio lleno de papeles y carpetas de archivos.

"Usted debe ser la señorita Kettering,"., un hombre joven rodeó la mesa y me saludó en perfecto inglés americano. Estaba aliviada. "Soy Anthony Gale. Tony." Cogió mi gabardina, la sacudió y la colgó en el perchero junto a la puerta.

Su cálido saludo me inspiró. Y hablando ante una taza de té caliente, aceptó fácilmente mis razones para buscar empleo en Hong Kong. Me presenté como una mujer enamorada, haciendo todo lo posible para superar un romance fallido. Ciertamente no iba a soltar toda la verdad. Con la misma certeza, la tensión y el cansancio que podrían acompañar a la mujer que describí que era estaba escrito en cada mueca, cada encogimiento de hombros y cada suspiro triste.

Anthony Gale era alto, esbelto, un hombre dulce con una pose un poco tímida y una sonrisa muy amable. No era una sonrisa amplia, pero iba acompañada de brillo en sus ojos azules que resultaba bastante atractiva. Su encanto no se parecía en nada al de George Gettys, que había sido perfectamente pulido de forma premeditada. No, Tony estaba lejos de estar pulido. Su cabello castaño estaba alborotado… de una forma un poco excitante debo agregar, ya que su apariencia provocó una punzada en mi cuerpo. Sin embargo, fue solo un momento. Rápidamente aparté el sentimiento no deseado. Su ropa era normal, un pantalón blanco tipo pijama y una camisa de seda negra holgada. Se puso las gafas en la punta de la nariz mientras revisaba sus papeles comerciales y los miraba por encima mientras hablaba conmigo.

Supe que estaba contratada desde el momento en que me vio.

Debido a que mis planes hechos apresuradamente funcionaron de manera tan eficiente y rápida, este cambio completo parecía parte de mi destino final, como si todos los planetas hubieran convergido y aceptaran la idea de que me quedara en Hong Kong. Dado que regresar a los Estados Unidos no me atraía, estaba feliz por ese hecho. Me alegró aún más saber que George finalmente salió del pequeño país. Había dejado una nota en el hotel, que recogí con mi otra correspondencia, la mañana en que se fue:

Nunca debí haberlo hecho... y sé que decir que lo siento no es adecuado, así que ni siquiera lo intentaré.

Sé que no querrás llamarme por nada, pero si alguna vez te encuentras en una situación difícil y necesitas algo, te responderé. Te debo mucho.

Me voy mañana en un vuelo a Honolulu y luego a San Francisco. Me ocuparé de la anulación con el abogado y haré que se envíen los papeles. Te desep lo mejor siempre, George

Solté un gran suspiro de alivio al saber que se había ido, al otro lado del Pacífico, cuando leí su nota. Esta mujer vacía pronto llenaría los espacios.

***

Traté de hacerme una nueva vida como asistente de Anthony Gale, en una ciudad que parecía no querer nada de mí. Estuve contenta durante muchas semanas de esta manera, feliz, incluso emocionada de comenzar una nueva vida en este suelo extranjero. Estaba bastante orgullosa de mí misma por haber hecho algo que estoy segura que nunca habría contemplado si las circunstancias no me hubieran llevado a Hong Kong. El yo exterior estaba perfectamente satisfecho con mi elección inesperada y, sin embargo, el yo ‘interior’ era otro asunto. Cada vez más, mi estadía en el barco me fastidiaba como un niño cansado. Cuanta más distancia ponía entre ese tiempo y el presente, más agrias, brutales y repulsivas se volvían las imágenes que tenía en mi mente. No es que las hubiera encontrado agradables, pero inicialmente había aceptado ese terrible destino y simplemente esperaba que su efecto en mí se desvaneciera lentamente. Pero pasó el tiempo y me vi a mí misma en todas esas imágenes crudas, desnuda, una puta prostituida disfrutando del sexo pervertido... sin oposición, odiándolo, tratando de deshacerme de él, pero disfrutando de la parte física hasta el punto de haber perdido el alma..

Estos pensamientos me atormentaban principalmente por la noche antes de irme a dormir. Si no estab alerta, encontraba la mano entre los muslos, jugando con ese capullo de amor hinchado, mientras mi mente recreaba esas terribles imágenes. Disfrutaba de ello de nuevo cuando mi cuerpo se relajaba con el orgasmo. Y cuando todo terminaba, me retorcía de vergüenza llorando, rezando a Dios para conseguir la salvación. Algunas noches me quedaba despierta, leyendo o limpiando impulsivamente mi apartamento, hasta que el cansancio finalmente me hacía dormir a las tres o cuatro de la mañana.

Por la mañana, intentaba razonar conmigo misma, entender qué hacía que estos actos groseros se apoderaran de forma tan obsesiva de esas horas de la noche. Solo pude concluir que estaba poseída por un mal que necesitaba ser arrancado. No creía en el diablo como tal, pero parecía que había un poder horrible que influía en mi vida interior. Había que detenerlo.

Siguiendo la lógica, quedarme en Hong Kong debe haber sido parte de mi cura, algo que Dios quiso para rescatarme. Me decidí a encontrar qué forma tomaría mi rescate, aunque tenía pocos lugares a los que acudir.

"¿Tienes algún problema?" me preguntó Tony una tarde mientras trabajaba más que pensativamente en un libro de contabilidad. Aparentemente, mi angustia mental era obvia para él, y el comentario tenía la intención de ser amable, reflejando simplemente su preocupación.

"¿Por qué lo dices?" pregunté en un tono que debió sonar un poco a la defensiva.

"Has estado preocupada por algo. No hace falta ser psicoanalista para darse cuenta de eso."

Suspiré. "Sí, tal vez eso es lo que necesito, un psicoanalista."

"¿Eso crees?" preguntó seriamente.

Negué con la cabeza. Realmente no quería estropear las cosas con mi único amigo en Hong Kong contándole mi historia inmoral.

"Cuéntame. Tengo la sensación de que, tal vez, te estás escondiendo de algo."

"¿Por qué piensas eso?"

"Muchos americanos en Hong Kong están escondidos, por decirlo así."

"¿Y tú?"

“A mi manera,” reconoció. “Entre mi padre y la chica que me dejó plantada, tenía que cambiar de aires. Viajé casi un año y terminé aquí. Hong Kong es anónimo para un americano que intenta olvidar."

"Sí exactamente." Me sentí alentada de que él entendiera.

"No es mi intención entrometerme. Es solo que a veces otro punto de vista puede ayudar a aclarar las cosas," ofreció de forma esperanzada.

"Gracias, pero creo que necesito algo más que un amigo, tal vez sirviera un exorcista."

“Oh, probablemente aquí también haya exorcistas,” bromeó. "Junto con todo lo demás." Su risa fue lo suficientemente contagiosa como para provocar la mía, y por un momento, mi ánimo se levantó. Aunque cuando se vino otra vez abajo, me fastidió que lo dijera en broma. ¿Un exorcista? Bueno, tal vez no un exorcista, sino alguien que pudiera eliminar el horror por el que había pasado, o eso o castigarlo. Estaba dispuesta a intentar cualquier cosa.

Una tarde, algunos días después, salí de la oficina calle abajo, en dirección opuesta a donde normalmente iría, movida por un impulso, tal vez por desesperación. Sabía que había una iglesia católica de habla inglesa a una milla de distancia. Había evitado incluso la idea de una solución religiosa a mi batalla. E incluso entonces, cuanto más me acercaba a la iglesia, más sabía que este movimiento imprudente era un error. Mis defectos eran de naturaleza sexual profunda, nada de lo que se hablara en un lugar santo.

"No soy católica," le dije al sacerdote, mientras me arrodillaba en el confesionario. "Pero necesito curarme y no sé a dónde más ir."

"¿Y cuál es su pecado?" preguntó amablemente el padre.

Me alegré de que no pudiera verme sonrojar. "Es sexual."

"Ya veo."

"Cosas horribles, terribles..." Estaba empezando a llorar. Toda mi vergüenza contenida salió a raudales. ¿Qué hacía aquí, pensando que podría ser absuelta de mi escandaloso pecado?

“Señorita, déjeme hablar con usted fuera del confesionario. Quizás pueda ayudarla."

"No, no no no... No lo creo..." De repente estaba desesperada por irme y salí rápidamente de la caja tapada. "He cometido un error..." dije mientras me movía hacia la puerta.

“No, señorita, por favor, escúcheme,” el sacerdote salió tras de mí. Detuve mi huída pero no miré hacia atrás. "Dudo que su situación sea algo que pueda manejar yo, pero sé de un hombre que podría ayudarla."

Consideré su oferta y luego me volví. Me sentí aliviada de no tener que afrontar mi trauma con este hombre santo, y ¿qué me iba a dañar escuchar su sugerencia?

En ese momento, no me importaba mucho el trozo de papel que el sacerdote me colocó en la palma de la mano. Le agradecí que fuera amable. Sin embargo, días después, después de más episodios de auto-recriminación y tórridas masturbaciones, me encontré buscando frenéticamente en los bolsillos de la ropa el nombre y la dirección.

Pasaron varios días antes de que finalmente reuniera el valor suficiente para ver a aquel hombre: Dane Malbry, Consejero, decía en el papel que me había dado el sacerdote. Incluso entonces, no estaba segura de poder hablar con nadie de lo que me preocupaba.

Cuando finalmente tomé la desesperada decisión de ver a ese consejero, descubrí mi destino a no más de tres bloques de donde vivía, lo que nuevamente parecía una cuestión de suerte que estaba bendiciendo el acto desde arriba. Solo cuando finalmente me senté frente a la mesa del hombre, me pregunté realmente quién era. ¿Por qué demonios iba a confesar mis secretos a aquel completo extraño?

Dane Malbry era un hombre de casi sesenta años, con abundante cabellera, gris como un día lluvioso, y una constitución generosa que la mayoría llamaría robusta en un hombre de su edad. Imagino que fue bastante atractivo en su época. Aunque los hombres mayores no eran sexualmente atractivos para mí, encontré sus modales reconfortantes para lo que necesitaba. Era un caballero informal, al que le gustaba recostarse en su silla de oficina, aparentemente relajado e imperturbable. La mayor parte del tiempo estaba absorto en lo que se le decía, indiferente, casi descuidado, pero tranquilizador porque no prestaba demasiada atención, o eso parecía. Pero entonces, justo cuando estaba más a gusto con él, sus ojos pálidos se agudizaban en una mirada penetrante que me atravesaba. La primera vez que me dirigió esa mirada, me asusté mucho, pero me cautivó tanto su inesperada fuerza de carácter que respondí obedientemente incluso cuando mi resolución se tambaleaba.

"¿La envía el padre Albert?" Dane Malbry había comenzado nuestra reunión.

"Sí," asentí.

Parecía darse cuenta de la delicadeza del asunto que deseaba discutir y no me presionó de inmediato.

"¿Y le informó de mi especialidad?"

"No exactamente."

"Ah. ¿Qué le dijo?"

Me mostré un poco nerviosa. “Le mencioné que estaba preocupada por… em, asuntos sexuales y él inmediatamente me habló de usted. Me pregunto por qué lo hizo."

El señor Malbry sonrió. “Porque esa es mi especialidad, los asuntos sexuales. Siento que es mi deber corregir la confusión que a menudo aparece en la mente de mi cliente. ¿Y supongo que está confusa?

"Sí, seguramente lo estoy," me encontré diciendo. Era astuto y fascinante.

"¿Por qué no empieza por el principio?" Fue aquí donde me dio por primera vez un destello de su fiera pasión. “Necesito que me diga exactamente, tan gráficamente como pueda, lo que le preocupa. No tenga miedo de lo que tiene que decir. Lo he oído todo en mis sesenta y dos años. Supongo que eso es lo que me hace tan experto en lo que estoy haciendo."

Creí todo lo que dijo, y con todas estas señales claramente apuntando en su dirección, pensé que tenía que haber sido enviado por Dios. Por fin, tendría algún remedio para la preocupante opresión sexual que me atormentaba desde el incidente en el barco. Habiendo decidido esto, me encontré reuniendo mis debilidades y dejándolas a un lado, eligiendo una forma de manifestarme más elaborada y que demostrara más confianza en mí misma: un breve regreso a la mujer que había sido antes de la boda.

"Fui engañada," dije simplemente.

"¿Engañada?" Tenía curiosidad. Una ceja se arqueó levemente en su rostro por lo demás pasivo, como si "engañada" fuera algo que no había escuchado antes.

“Sí, engañada. O más correctamente, traicionada. Soy una mujer de fuertes valores morales… era virgen, virgen confirmada hasta el matrimonio. Mantuve mi promesa sobre este asunto y nunca me desvié. Pero hace aproximadamente un año, conocí a un hombre, resulta que un verdadero charlatán. Me enamoré de él, creyendo que podría convertir una piedra ligeramente deslustrada en una gema. Qué equivocada estaba." Me sonrojé, porque lo siguiente era muy vergonzoso de decir. “Estaba completamente equivocada con él. Parece...” Pude sentir que la fuerza de mi voz flaqueaba, “que había malversado una gran cantidad de dinero de la compañía con la que estaba asociado... y, si puede creer esta historia, y realmente espero que lo haga, porque es verdad, fui utilizada como medio para devolver el dinero a los encargados de la empresa." Respiré hondo para soltarlo: "Utilizada sexualmente."

El señor Malbry estaba completamente intrigado. "¿Fue utilizada sexualmente?"

Cerré los ojos brevemente para hacer acopio de valor, luego los abrí mientras hablaba. "Me casé con mi esposo con toda la fe... luego, en mi luna de miel, me dijeron que básicamente había vendido mi virginidad," mi cuerpo entero se estremeció cuando pronuncié estas palabras, "a aquellos hombres horribles, a cambio de que olvidaran el caso en su contra. Esa fue mi luna de miel, ser humillada y utilizada para la satisfacción sexual de…” Dudé mientras las lágrimas de repente me picaban los ojos, “para la satisfacción de al menos una docena de hombres. Realmente no sé el número exacto. Me dejaron sin nada, ¿sabe a qué me refiero? Incliné la cabeza, mi confianza anterior estaba muy dañada. Pasé un rato llorando en silencio con la cabeza entre las manos.

"Señorita Kettering... Señorita Kettering... todo va a ir bien." El Sr. Malbry se inclinó hacia mí con una genuina mirada de compasión. Me entregó un pañuelo de papel y dijo: "He escuchado muchas historias sórdidas en mi vida y, verdaderamente, la suya es única."

"Ya puede ver por qué me resulta tan difícil hablar."

"Sí, puedo verlo. Y esa es exactamente la razón por la que necesita hacer una confesión completa entre nosotros."

"Pero tengo que hacerla."

Sonrió amablemente. "Esto puede parecer poco delicado," se aclaró la garganta, "pero es absolutamente necesario. Tiene que contarme todo... en detalle."

La cabeza me latía como si fuera a explotar. Sentía un ahogo en el pecho y más lágrimas me inundaron los ojos. "Pero no creo que pueda," dije entristecida. "Y no veo por qué tendría que hacerlo," le respondí indignada.

El señor Malbry volvió a echarse hacia atrás. "Es imprescindible, señorita Kettering, o no podré ayudarla. Puede que no entienda la razón pero, créame, hay una razón muy válida y catártica para que lo haga."

Negué con la cabeza. No iría más allá de ese punto ese día. Todo el entusiasmo y el coraje que había mostrado se desvanecieron como vapores. La mujer confundida y asustada regresó y salí de la oficina del Sr. Malbry con una excusa poco convincente que ninguno de los dos creyó.

Esa noche, me masturbé tres veces, incapaz de deshacerme de los antojos salvajes que me invadieron. Tenía las manos pegajosas de mis jugos. Olía a almizcle y a sexo. Me recosté en la cama con el aire picante y tibio de Hong Kong flotando a mi alrededor, olores que sirvieron efectivamente para llevarme de regreso al barco. Casi podía sentir ese suave movimiento de balanceo al recordar las erecciones que repetidamente me habían asaltado. No pude purgar las espeluznantes imágenes de mi mente, como si realmente quisiera volver a ese barco de depravación.

A la tarde siguiente volví a la oficina de Dane Malbry, derrotada, sin ninguna pretensión de ocultar mi vergüenza.

"Fue a peor, ¿no?" dijo a sabiendas, su sonrisa aún amable.

Asentí.

“Cosas como esta tienen su propia forma de ir a más, especialmente cuando intentas abordarlas: deja que el gato salga de la bolsa, por así decirlo, y luego vuelve a meterlo de nuevo. Imposible."

Le creí.

"Quiero que me prometa que no volverá a huir," advirtió. Dijo eso suavemente, pero pude sentir un grado de fuerza detrás de eso que me hizo temblar. Se estaba haciendo cargo, y eso me puso bastante nerviosa. "Si voy a aceptar su caso y seguir adelante, no tiene la opción de salir huyendo cuando quiera." Aquí, de nuevo, sus ojos adquirieron aquella mirada penetrante. “La espero aquí para sus citas. Espero que responda a mis preguntas con la mayor sinceridad que sepa. Insisto en que haga todo lo que le diga. Si no entiende eso en este momento, tendrá que irse y buscar sus respuestas en otro lugar."

"Lo siento. Estaba tan abrumada... "

La mirada fija no se alteró.

“Por supuesto que estoy de acuerdo. Quiero tratar ya este terrible trauma."

"Bien." Se echó hacia atrás y sonrió de una manera muy paternal. “Supongo que me va a dar los detalles gráficos que le pedí ayer. Todos."

Hice lo que me dijo. Le conté todo de manera gráfica... desde la primera violación en el camarote, hasta el sexo en cubierta la tarde siguiente, hasta las múltiples penetraciones de la noche final. Después de que hubiera contado cada escena importante, Dane Malbry me detuvo y me preguntó: "¿Y cómo se sintió al respecto?"

“¡Estaba horrorizada! Fui profanada y avergonzada, humillada…” Comencé con estos sentimientos obvios y superficiales. Todos fueron precisos, todos dichos con lágrimas de ira en los ojos.

"¿Y qué más sintió?" continuó, imperturbable ante mi confesión y el histrionismo que la acompañaba.

Me vi obligada a pensar de nuevo. "Tentada, tal vez," admití finalmente, después de varios intentos de esquivar esa otra verdad.

"¿Cómo se sentía su cuerpo, solo su cuerpo?"

"Se... um... estaba... excitado, supongo."

"Sí..." Quería más.

"Excitado, ¿qué más puedo decir?"

“Puede dar más detalles. Sospecho que gran parte de su problema actual tiene que ver con esa excitación. “¿Cómo cuánto de excitada lo sentía?

Le miré fijamente, pero él era mucho mejor que yo en lo de las miradas y yo la retiré primero.

"¡Estaba terriblemente excitada!" confesé con tristeza, las palabras salieron con más velocidad e intensidad de lo que pretendía.

"¿Lo suficientemente excitada como para disfrutar de lo que le pasó?"

"¡No! ¡Por supuesto no!"

"¡Sea sincera!" Sus ojos estaban sobre mí de nuevo y mis defensas se venían abajo como vides viejas.

"En cierto modo, supongo."

"¿Supone? O lo sabe o está mintiendo."

Eso me dejó sin espacio para maniobrar.

El corazón me latía desbocadamente cuando aquella constatación me golpeó con toda su fuerza. "¡Lo disfruté!" solté finalmente con más lágrimas en la cara. “Mi cuerpo se sentía recorrido por espasmos de placer, una y otra vez, llevado a un éxtasis impío. Sin Dios, pero era algo exquisito. Sé que eso me convierte en una puta... y quizás no debería importarme. Pero eso es exactamente lo que sentía. ¿Qué más quiere de mí?”

"Quería la verdad, y me ha dado," dijo en voz baja.

"¿Pero qué esperanza tengo?"

“Ah, su alma es redimible, créame. Para eso me tiene a mí." Continuó, con voz firme, con ojos amables. “Ahora que estamos en el meollo del asunto, déjeme escuchar el resto. No tiene sentido que retenga nada ahora."

"¿Aún quiere más?" estaba asombrada. “¿Qué más puedo decirle? ¡Me rebajé! Disfruté de esa depravación. Incluso cuando fui usada en la boca y el sexo, y el... el culo por esos hombres hambrientos, no podía negarme el placer de eso. Debería haberlo odiado, y no lo hice."

“Sí...” asintió con la cabeza, “debería haberlo odiado... y ahí está el problema, ¿no es así, señorita Kettering? Dígame, ¿cómo se siente ahora?”

“Deshonrada, pecadora, abandonada por Dios.”

"¿Abandonada?"

“Sí, abandonada. Intenté con todas mis fuerzas ignorar ese horror, creyendo que mi fe en la pureza me rescataría, pero no tenía ayuda celestial. Ninguna."

"Quizás siente vergüenza por no haber sido más fuerte", sugirió.

"Eso también."

"Estás llena de recriminaciones."

"Si."

"¿Y qué la aliviaría?"

La palabra que salió de mi garganta me condenó, pero no pude contenerla, "Algún castigo," dije de repente.

“Por su pecado adúltero…” dijo en voz baja.

Mis ojos se iluminaron con fuego al escuchar aquella palabra.

“Oh, ¿quiere negar eso también, el adulterio? ¿Puede, de verdad?”

"Quizás no, he optado por no pensar en ello de esa manera."

"Hizo votos que le eran queridos, el núcleo y en los que iba a enfocar su vida, e inmediatamente, con poca vacilación, los violó."

"¡Pero me forzaron!"

“Siempre hay opciones, pero no hubo orgullo ni rectitud en las decisiones que tomó. Para su placer lascivo e impío, se zambulló y nadó en la escoria y la inmundicia, y ahora necesita el castigo requerido. ¿Ve el asunto de otra manera?"

Sabía que tenía razón. Podía sentir que la justicia de su lógica me daba un poco más de paz de la que había sentido antes de que comenzara esta confesión. Pero todavía no estaba segura y estaba extremadamente asustada por esta terrible verdad y el inminente castigo que se me debería imponer por no cumplir con mi voto sagrado.

"¿Quiere discutir ese punto?" preguntó cuando yo no respondí. “Era devota y fiel, una virgen declarada, e hizo muy poco para defender a esa mujer sana de la maldad de esos hombres. De hecho, puso el corazón en sus crímenes y por eso los hizo suyos. Es mucho peor para una persona comprometida desviarse de sus principios que para los paganos que no conocen nada mejor. Su esposo no conocía nada mejor y usted no hizo nada para indicarle la dirección correcta. Dice que pensó que lo había salvado. Quizás él vino a usted buscando eso mismo y lo decepcionó. Ese, señorita Kettering, es el meollo de su dilema, por eso está pagando ese precio en recriminaciones y vergüenzas que no la abandonarán. Usted misma lo ha dicho. Lo que estaba buscando es el castigo adecuado. Esa es la única forma en que se librará del pecado. ¿Me equivoco?"

"No, no se equivoca," acepté entonces. Extrañamente, mi cuerpo estaba incendiado en fuego sexual ante esta admisión.

"De hecho, está desesperada para que ese castigo le inflija dolor."

"Sí, lo estoy," respondí con firmeza, si no con cansancio.

Rebajó sus modales contundentes. Parecería que ambos nos habíamos agotado en el intercambio de la última media hora. Pero continuó.

“El asunto de un castigo apropiado me preocupa mucho. Es algo en lo que quiero pensar. Es algo en lo que debería usted pensar."

“No soy católica. No rezo Avemarías; sería una pérdida de tiempo sugerir eso."

“El padre Albert no la envió a mí para que yo pudiera indicarle una penitencia y que siguiera su camino. El castigo que recibirá aquí es mucho más drástico, mucho más real y mucho más efectivo. Además de consejero, soy un practicante experto en el arte del castigo corporal. Y ahí es donde encontrará su absolución."

Instantáneamente me estremecí al pensarlo. El Sr. Malbry leyó mi mente al instante.

“Sí, castigo corporal. Puede que sea una forma anticuada de redención corporal, pero para usted y muchos como usted —muchas mujeres jóvenes en particular— los métodos anticuados pueden ser la única manera de absolverla. Vive según reglas antiguas, luego espera ser juzgada y castigada por ellas. Sabe que lo está pidiendo a gritos, así que le sugiero que procedamos."

Todo mi ser estaba ardiendo con una llama tan grande como la que me encendía la lujuria. No podía entender bien este fenómeno y no me atreví a confesarlo. Tenía que seguir obedientemente, hacer lo que me dijeran, y eso era exactamente lo que haría.

“Vaya a casa y regrese dentro de tres días con la mente concentrada y lista. Durante esos tres días, no debe complacer a su cuerpo de ninguna manera. Comida ligera. Meditación. Piense en este momento como un rito sagrado. Cuanto más se adentre en ese sentimiento, mejores serán los resultados.”

"Y luego, de alguna manera, me castigará y esta... esta cosa horrible que siento ¿desaparecerá?"

"Al final de todo."

"¿Al final de todo?" Esa no era la respuesta que esperaba.

"Es usted un caso difícil, señorita Kettering. No espere obtener su perdón en una sola sesión. Esto podría llevar días, semanas o quizás meses."

"¡Meses!"

"Lo sabrá, lo sabremos cuándo haya llegado el momento."

Estaba aturdida y me sentía un poco débil.

“Por supuesto, puede ignorar todo lo que he dicho, elegir seguir otro camino y no volver. Eso depende de usted. Pero si regresa, esté preparada para sufrir mucho. Sé que puede sonar extremo... sé que le asustará... pero también conozco el beneficio. En eso puede confiar en mí."

Me quedé con esos pensamientos dando vueltas por mi cerebro, y salí rápidamente de la oficina a la calle, donde la ya anunciada noche de Hong Kong me hizo prisionera de su encanto. Reprimí el drama de toda aquella tarde, decidiendo que no era el momento de pensar en esos asuntos.

Sin embargo, solo unas horas después, me confirmé a mí misma que regresaría con Dane Malbry al final de la semana. Esta no era una decisión lógica, pero mi instinto sabía que tenía que ser así. No dudo ahora que había un componente sexual en la idea misma del castigo corporal. Mi cuerpo lo estaba suplicando tanto como había suplicado la satisfacción sexual.

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