Bajo el Sol de la Traición - Capítulo 15 ☀️🔥
La puerta se cerró a sus espaldas, encerrándolo con la mujer que amaba y con los fantasmas que Alice había sembrado. No había tiempo para explicaciones, solo la urgencia de demostrar que la verdad aún podía salvarlos antes de que el silencio los consumiera.
CAPÍTULO 15
Salí del pasillo como un sonámbulo, sintiéndome completamente perdido. No sabía a dónde ir, qué hacer. La imagen de Alice y Marco, la humillación que hacía que me sintiese molesto, la incertidumbre sobre Esperanza... todo se arremolinaba en mi cabeza como una tormenta perfecta.
Caminé sin rumbo fijo por los pasillos del hotel, hasta que una voz familiar me detuvo.
—¿Mi rey? ¿Qué le pasa? Se ve pálido, como si hubiera visto un fantasma.
Era Marisol, con su uniforme impecable y su mirada comprensiva. Su acento venezolano, marcado y melodioso, suavizaba el impacto de mis pensamientos. Negué con la cabeza, incapaz de articular palabra.
—La vi hace un ratico, ¿sabe? —dijo ella, con un tono de voz bajo y confidencial, como si me estuviera revelando un secreto importante—. A su esposa. Estaba en la cafetería, tomándose una agüita de Jamaica. Se veía... agobiada, la pobre. Pero después se paró y dijo que se iba para la habitación.
Un rayo de esperanza atravesó la oscuridad de mi confusión. ¿Esperanza en la habitación? ¿Sola? ¿Quizás nunca me engañó?
—Gracias, Marisol —dije, con la voz ronca—. Gracias, de verdad. No sabes cuánto te agradezco.
—No hay de qué, papi. Para eso estamos —respondió ella con una sonrisa cálida—. Vaya, búsquela. Y trate de calmarse, ¿sí? Que las cosas a veces no son lo que parecen.
Corrí hacia el ascensor, sintiendo una mezcla de urgencia y temor. Cada piso que subía era una tortura, cada segundo se me antojaba una eternidad. Al llegar a mi planta, recorrí el pasillo a toda velocidad, hasta llegar a la puerta de mi habitación.
Me detuve frente a la puerta, respirando agitadamente. Dudé por un instante, temiendo lo que podría encontrar al otro lado. ¿Estaría Esperanza allí? ¿Estaría sola? ¿O me enfrentaría a otra escena dolorosa?
Pero necesitaba saberlo. Necesitaba enfrentar la verdad, fuera cual fuera.
Metí la tarjeta en la cerradura, escuchando el clic que me daba acceso a mi destino.
Empujé la puerta y entré, con el corazón latiendo con fuerza en mi pecho, como un tambor anunciando una batalla incierta. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz mortecina que se filtraba por las cortinas entrecerradas. Y allí estaba ella, Esperanza.
Sentada en el borde de la cama, con la espalda ligeramente encorvada. Su cabello, suelto y ondulado, caía sobre su rostro. Pero lo que más llamó mi atención fue el destello azul que brillaba en su cuello. El collar de aguamarina.
—¿Esperanza…? —susurré, mi voz apenas un hilo sonoro en el silencio.
Ella levantó la cabeza lentamente. Sus ojos, aunque enrojecidos, no reflejaban la tormenta que yo esperaba. Había una calma en ellos, una serenidad que me desconcertó.
—Samuel… —respondió, su voz suave—. Qué bueno que volviste.
Me acerqué a ella, con pasos cautelosos. El aire entre nosotros no estaba cargado de reproches, sino de una extraña… ¿paz?
—Marisol me dijo que… que te vio regresar —dije, intentando descifrar la expresión en su rostro—. ¿Estás mejor?
Esperanza sonrió débilmente, una sonrisa que, por primera vez en mucho tiempo, pareció genuina.
—Sí —respondió—. Creo que… necesitaba estar sola un rato. Pensar.
Se levantó de la cama y se acercó a mí. Su mano rozó la mía, y un escalofrío recorrió mi cuerpo. No era un escalofrío de miedo, sino de… ¿esperanza?
—Samuel… —dijo, su voz un susurro—. Yo… lo siento. Siento todo lo que ha pasado. Mis celos, mis dudas… todo.
Extendió su mano y acarició mi mejilla, un gesto tan simple, pero tan cargado de significado. Un gesto que, por un instante, hizo que el tiempo retrocediera, que volviéramos a ser la pareja que éramos antes de que el hotel, Marco, Alice y todas las dudas se interpusieran entre nosotros.
—Yo también lo siento —dije, con mi voz temblorosa—. Fui un idiota.
Ella negó con la cabeza.
—No —dijo—. Los dos lo fuimos. Pero… quizás… quizás aún podamos arreglarlo.
Sus palabras, como un bálsamo sobre mis heridas, me dieron una esperanza que creía perdida. Me acerqué a ella, y después de un momento de silencio, me besó. Un beso suave al principio, tentativo, como si temiera romper la fragilidad del momento. Pero pronto se convirtió en un beso apasionado, urgente, un beso que hablaba de todos los sentimientos que habíamos estado reprimiendo: el amor, el deseo, la necesidad de volver a conectar.
Esperanza continuó con la misma intensidad, con sus brazos rodeando mi cuello y sus dedos enredándose en mi cabello. Sus labios sabían a sal, a lágrimas, a promesas de un futuro incierto, pero, por el momento, posible.
Nos separamos unos centímetros, jadeando, mirándonos a los ojos. En la mirada de Esperanza, a pesar del brillo de las lágrimas contenidas, vi un destello de deseo, una invitación que no pude rechazar.
Tomé la iniciativa y la besé, extrañamente me sentí excitado, tal vez por todo lo que vi antes o por el hecho de que mi esposa no estaba con otro, así que esta vez y con más urgencia, mis manos recorriendo su cuerpo, sintiendo la suavidad de su piel bajo el vestido. Ella respondió con gemidos ahogados, con sus manos deslizándose bajo mi camisa, acariciando mi espalda, enviando descargas eléctricas por mi columna vertebral.
Con movimientos torpes, pero llenos de una necesidad desesperada, nos deshicimos de nuestras ropas. La tela del vestido de Esperanza cayó al suelo como una cascada de seda, revelando la belleza de su cuerpo, que, a pesar de todo, seguía siendo el mapa de mis deseos. Mi camisa y mis pantalones se unieron a la improvisada pila en el suelo, liberándonos de las barreras que nos separaban.
No había espacio para la timidez, solo para el hambre voraz que nos consumía.
La miré nuevamente, y en sus ojos vi el mismo fuego que me había cautivado años atrás. Esperanza no era solo mi esposa; era la madre de mis hijos y con la que en algún momento en el altar nos prometimos amor hasta que la muerte nos separe. Habíamos pasado, por tanto, pero en ese momento, nada de eso importaba. Solo éramos dos cuerpos hambrientos, dos almas buscando reconectar lo que el tiempo y las peleas habían roto.
Nos hundimos en la cama, y pronto se convirtió en un remolino de sábanas revueltas y cuerpos entrelazados. Sus manos eran caricias de fuego sobre mi piel, su aliento, un susurro cálido en mi oído. Me perdí en el aroma de su cabello, en la suavidad de su cuello, mientras mis labios recorrían su piel como si fuera la primera vez. Besé su cuello, sus hombros, el nacimiento de sus pechos, sintiendo cómo su cuerpo se arqueaba bajo el mío, respondiendo a cada uno de mis movimientos. Esperanza gemía, su voz se había vuelto más ronca y llena de necesidad, y eso me enloquecía.
—Eres mía —murmuré contra su piel, sintiendo cómo mi corazón latía con fuerza.
—Siempre lo he sido —respondió con su voz entrecortada por el placer.
La penetré con fuerza, ejerciendo dominación, recordándole quién era el hombre que la poseía. Su cuerpo me recibió como si fuera su hogar, ajustándose a mí con una perfección que solo años de intimidad podían lograr. Esperanza se aferró a mis hombros, y sentí sus uñas clavarse en mi piel, mientras sus caderas se movían al ritmo de las mías. Era un baile primitivo, un reclamo de lo que habíamos perdido y ahora estábamos recuperando.
—Más —susurró, su voz llena de desesperación—. Dame más.
Y se lo di. Fui rudo, implacable, como si cada embestida pudiera borrar la distancia que habíamos creado entre nosotros. Quería que sintiera cada centímetro de mí, que recordara por qué éramos perfectos juntos. Sus gemidos llenaron la habitación, mezclándose con el sonido de nuestras pieles chocando, un ritmo frenético que nos llevaba al borde del abismo.
—Samuel… —gimió Esperanza, su voz cargada de una pasión que creía perdida—. Te amo… te amo tanto…
—Y yo a ti, mi amor —respondí, mi voz un eco ronco de deseo—. Siempre te he amado.
Pero no era suficiente. Quería más. Quería todo. Así que la giré, poniéndola de costado y levantando sus nalgas, sujetando sus caderas perfectas, producto de los arreglos quirúrgicos.
—Deja que te tome como quiero —murmuré, con mi aliento caliente en su oído.
Intenté ir más allá y quise penetrarla analmente, nunca lo había hecho antes, por lo que quería hacerlo esta vez y presioné con fuerza, con mi glande pareciéndose a un taladro sobre el orificio de una puerta, lo sentía seco y un quejido de dolor se escuchó en el ambiente.
—No… eso no.
Ella se negó y su cuerpo se tensó, sus manos fueron hacia atrás empujándome con suavidad. Pero yo insistí, me alejé por un momento, causando que ella suspirase con alegría y la penetré nuevamente.
—Ahh.. no, mi colita.
La sujeté con fuerza, mientras la embestía con dureza, ya que no había mucha lubricación en la zona, Esperanza estaba rígida, parecía sufrir con las embestidas.
—No, por favor —dijo, su voz firme, pero temblorosa—. No así.
La presión era intensa, y me sentí frustrado, pero también excitado por su resistencia. Esperanza siempre había sido terca, y eso era parte de lo que me atraía de ella. Pero en ese momento, su negativa solo avivó mi deseo de dominarla, de recordarle quién mandaba.
—Se va hacer lo que yo diga —respondí, con la voz dura, mientras la inmovilizaba con mis manos en su cintura.
Ella suspiró resignada y la penetré como quería, así que no me detuve. Seguí moviéndome dentro de ella, cada embestida más rápida, más profunda, hasta que sentí cómo mi cuerpo se tensaba, cómo el placer me consumía por completo. Era una sensación diferente y estaba a punto de llegar al orgasmo por lo que me salí rápidamente y terminé corriéndome en su cara.
Mi semen caliente manchaba su piel perfecta, arruinando su maquillaje. Fue rudo, fue sucio, pero fue real.
Esperanza me miró, su rostro estaba cubierto por mi esencia, pero en sus ojos no había enojo, solo una mezcla de sorpresa y dolor.
Luego bajó la cabeza para ver la el cristal azul que colgaba de su cuello, probablemente sabría que pocas mujeres podían permitirse ese lujo y sonrió, una sonrisa pequeña, pero llena de significado.
—Eres un cabrón —dijo, con la voz ronca, mientras pasaba una mano por su rostro, limpiándose sin prisa.
—Y a ti te gusta —respondí, inclinándome para besarla.
¿Le gustó? No lo sabía con certeza así que usé lo que siempre me funcionaba.
La abracé con fuerza, sintiendo cómo su corazón latía contra el mío. Expresándole lo que pensaba: No sabía qué nos deparaba el futuro, si esto era solo un momento de pasión o el comienzo de una ruptura. Pero en ese instante, nada más importaba.
Ella era así en el sexo, siempre terminaba claudicando a mis deseos y después prefería no hablar sobre lo que había pasado.
El silencio se extendió, cómodo y cargado de posibilidades. Esperanza levantó la cabeza, con sus ojos encontrándose con los míos, y en ellos vi la misma pregunta que yo tenía: ¿qué sigue ahora?
No había respuestas, solo la promesa de un mañana que aún no estaba escrito. Y por primera vez en mucho tiempo, eso no me asustaba.
Nos quedamos allí, jadeantes, con nuestros cuerpos aun temblando por el eco del orgasmo. La habitación estaba en silencio, solo interrumpido por nuestras respiraciones entrecortadas. Esperanza apoyó su cabeza en mi pecho, con pericia, una mano se dirigía a echarse una cema hidratante en su ano y la otra dibujaba patrones invisibles en mi piel.
—¿Por qué tuvimos que esperar tanto? —murmuró, con su voz llena de nostalgia.
No respondí. No había palabras que pudieran explicar por qué habíamos permitido que el orgullo y el dolor nos separaran. Pero en ese momento, ninguna explicación importaba. Solo estábamos nosotros, nuestros cuerpos entrelazados, nuestras almas reconectando después de tanto tiempo.
El tiempo dejó de existir, solo existíamos nosotros, unidos en una danza ancestral de pasión y necesidad, un refugio temporal de la tormenta que sabíamos que se avecinaba.
Ring, ring.
El sonido del teléfono de Esperanza, estridente y repentino, rompió el hechizo. Ella se separó de mí, con una expresión de fastidio en el rostro.
—¿Quién será? —dijo, más para sí misma que para mí.
Cogió el teléfono de la mesita de noche y miró la pantalla. Su rostro palideció de golpe. Una máscara de terror se apoderó de sus facciones.
—¿Quién es? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
Esperanza no respondió. Atendió la llamada con mano temblorosa.
—¿Hola? —dijo, su voz apenas un hilo—. Sí, soy yo…
Su silencio se prolongó, y cada segundo era una puñalada en mi corazón. La esperanza que había renacido en mí se marchitaba a una velocidad vertiginosa.
—¿Qué…? —dijo finalmente, su voz quebrada—. No… no puede ser…
Su mirada se encontró con la mía, y en sus ojos vi el reflejo de mi propia condena.
—¿Qué pasa, Esperanza? —pregunté, mi voz un eco desesperado—. ¿Quién era?
Ella colgó el teléfono, dejándolo caer sobre la cama como si fuera un objeto incandescente.
—Era… era Alice —dijo, y su voz era un susurro roto—. Ella… ella me contó todo.
Las palabras de Esperanza flotaron en el aire, densas y ominosas como una profecía autocumplida. Todo el calor, toda la cercanía que habíamos construido en los últimos minutos se evaporó, reemplazada por un frío glacial que me caló hasta los huesos. La breve reconciliación, ahora rota, se sentía como una burla cruel del destino.
—¿Todo... qué? —pregunté, aunque en el fondo, una parte de mí ya intuía la respuesta.
Una parte de mí que, a pesar de todo, se negaba a creer en la maldad de la que era capaz Alice.
Esperanza se apartó de mí, levantándose de la cama. Se envolvió en la sábana, un gesto de autoprotección.
—Ella... ella me dijo... —comenzó, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Respiró hondo, visiblemente afectada—. Me dijo que... que no has dejado de pensar en ella.
—¿Qué? —exclamé, incrédulo—. Eso no es cierto.
—Me dijo que... que la has estado buscando —continuó Esperanza, ignorando mi interrupción—. Que fuiste al área VIP a... a buscarla. A montar una escena.
Mi mente se quedó en blanco por un instante. El área VIP. Alice. La confusión cuando los encontré en una situación comprometida. Todo se agolpó en mi cabeza, distorsionado ahora por la versión de Alice.
—Eso es mentira —dije, mi voz sonaba más desesperada de lo que pretendía—. Yo fui allí a buscarte a ti, Esperanza…
—Alice me enseñó una foto —me interrumpió Esperanza, su voz cargada de dolor—. Una foto de ti... entrando a esa área.
Un escalofrío recorrió mi espalda. ¿Una foto? ¿Cómo...? Entonces lo entendí. Alice había planeado todo. Había manipulado la situación para hacerme quedar como un acosador obsesionado, destruyendo cualquier posibilidad de reconciliación con Esperanza.
—Esperanza, tienes que creerme —dije, acercándome a ella, intentando tomar su mano, pero ella se apartó—. Alice está mintiendo. La confundí contigo en esa habitación, fue un error, pero...
—¿Un error? —dijo Esperanza, con una risa amarga—. ¿Crees que todo esto es solo un error, Samuel?
—No, pero... —intenté explicar, pero las palabras se me escapaban, enredándose en la maraña de mentiras y medias verdades que Alice había tejido.
—Alice me dijo... —continuó Esperanza, y su voz se quebró—. Me dijo que... que estabas obsesionado con ella. Que... que no la dejabas en paz.
—¡Eso no es verdad! —grité, sintiendo que la desesperación me ahogaba—. ¡Ella está mintiendo, Esperanza! ¡Tienes que creerme!
Ella negó con la cabeza, lentamente, como si ya hubiera tomado una decisión. Como si ya no hubiera vuelta atrás.
—No sé qué creer, Samuel —dijo, su voz un hilo de voz—. Ya no sé qué creer.
Se acercó a la ventana, dándome la espalda. Su silueta, recortada contra la luz del atardecer que se desvanecía, parecía la de una extraña. La madre de mis hijos se me escapaba entre los dedos, como arena fina.
—Alice... —dijo Esperanza, y su voz sonó lejana, distante—. Ella parecía... tan sincera. Tan... dolida.
—¡Porque es una manipuladora! —exclamé, sintiendo que la rabia me consumía—. ¡Está jugando contigo, Esperanza! ¡Está jugando con los dos!
Esperanza se quedó en silencio, mirando el horizonte, como si buscara en la inmensidad del mar una respuesta que yo no podía darle. Y en ese silencio, en esa distancia insalvable que se había creado entre nosotros, una parte de mí sintió que la perdía irremediablemente. Pero otra parte, una parte obstinada y desesperada, se negó a rendirse.
—Esperanza, tienes que creerme —dije, mi voz ahora más calmada, intentando controlar la desesperación que amenazaba con ahogarme—. Yo no fui a buscar a Alice. Fui a buscarte a ti. Marisol… Marisol me dijo que te había visto, que…
—¿Marisol? —preguntó Esperanza, girándose ligeramente, con un atisbo de duda en su mirada—. ¿Qué tiene que ver Marisol en todo esto?
—Ella… ella me ayudó a entrar al área VIP —expliqué, sintiendo un hilo de expectación—. Me dijo que te había visto en la cafetería, y que ibas a regresar a la habitación. Ella sabe que yo te estaba buscando a ti, no a Alice.
La duda en los ojos de Esperanza pareció intensificarse. Una pequeña grieta en el muro de desconfianza que Alice había construido.
—Si… si no me crees a mí, créele a ella —continué, sintiendo que esta era mi última oportunidad—. Marisol es… ella es una buena persona. Ella no mentiría.
Tomé una decisión impulsiva. Tenía que encontrar a Marisol. Tenía que traerla aquí, para que le dijera a Esperanza la verdad.
—Espera aquí —dije, dirigiéndome hacia la puerta—. Voy a buscar a Marisol. Ella te lo dirá. Ella te dirá que yo… que yo solo te estaba buscando a ti.
Esperanza no respondió. Se quedó allí, parada junto a la ventana, con la mirada perdida en el vacío. Parecía una estatua de dolor y confusión.
Salí de la habitación, corriendo por el pasillo como si mi vida dependiera de ello. Tenía que encontrar a Marisol. Tenía que demostrarle a Esperanza que no era el monstruo que Alice había pintado. Tenía que salvar nuestro matrimonio.
Bajé las escaleras de dos en dos, ignorando el dolor en mis piernas, la falta de aire en mis pulmones. Busqué a Marisol en la cafetería, en el lobby, en los pasillos… pero no la encontraba por ninguna parte.
La desesperación comenzó a apoderarse de mí. ¿Y si no la encontraba? ¿Y si Esperanza decidía irse antes de que pudiera demostrarle la verdad?
Entonces, la vi. Marisol estaba saliendo de un ascensor de servicio, empujando un carrito con productos de limpieza. Su rostro se iluminó al verme, pero su sonrisa se desvaneció al notar mi expresión.
—¿Mi rey? —dijo, con su acento venezolano cargado de preocupación—. ¿Qué le pasa? Parece que hubiera visto al mismísimo diablo.
—Marisol, necesito tu ayuda —dije, sin aliento—. Necesito que… que le digas a Esperanza la verdad.
—¿La verdad? —preguntó ella, confundida—. ¿De qué habla, papi?
—Sobre el área VIP —expliqué, sintiendo que cada segundo era crucial—. Sobre por qué fui allí. Dile que yo… que yo estaba buscando a mi esposa, no a Alice. Dile que tú me dijiste…
Me interrumpí, dándome cuenta de la fragilidad de mi plan. ¿Y si Marisol no quería involucrarse? ¿Y si tenía miedo de las represalias?
Pero entonces, Marisol me sorprendió. Me miró a los ojos, con una expresión de profunda comprensión.
—Claro que sí, mi rey —dijo, con una firmeza que me conmovió—. Yo le diré la verdad a su esposa. No se preocupe. Vamos.
Una oleada de gratitud me inundó. Marisol, una simple empleada del hotel, a la que apenas conocía, estaba dispuesta a ayudarme a salvar mi matrimonio.
—Gracias, Marisol —dije, mi voz cargada de emoción—. De verdad, no sé cómo agradecerte.
—No hay de qué, papi —respondió ella con una sonrisa—. Pa' eso estamos los amigos. Además, esa gringa, Alice, tiene una pinta de víbora que no se la quita nadie. No me creo ni una palabra de lo que dice.
Comenzamos a caminar de regreso a la habitación, pero entonces Marisol se detuvo en seco, con una expresión de preocupación en el rostro.
—Pero espérese un momentico, mi rey —dijo, pensativa—. Hay un problemita.
—¿Qué pasa? —pregunté, sintiendo que la ansiedad volvía a apoderarse de mí.
—Si yo le cuento a su esposa que lo ayudé a entrar al área VIP… me pueden botar del trabajo —explicó Marisol, con un tono de voz que reflejaba su angustia—. Esa zona es restringida, ¿sabe? Y si los jefes se enteran…
Mi corazón se encogió. No había pensado en las consecuencias que mi desesperación podría tener para Marisol.
—No te preocupes —dije, intentando sonar seguro—. No dejaré que te despidan. Yo… yo hablaré con la gerencia, si es necesario.
—No, no, mi rey —dijo Marisol, negando con la cabeza—. No se meta en más líos. Usted ya tiene suficientes. Solo… solo dígale a su esposa que guarde el secreto, ¿sí? Que no diga que yo lo ayudé.
—Lo haré —prometí—. Te lo juro, Marisol. Nadie sabrá que tú me ayudaste.
Ella me miró a los ojos, evaluando mi sinceridad. Finalmente, asintió.
—Confío en usted, mi rey —dijo—. Vamos, pues. A rescatar ese matrimonio.
Reanudamos la marcha, con una nueva urgencia. Cada paso era una plegaria silenciosa, una esperanza de que aún no fuera demasiado tarde. Al llegar a la puerta de la habitación, me detuve, respirando hondo.
—¿Listo? —preguntó Marisol, con una mirada de apoyo.
Asentí, aunque por dentro estaba aterrorizado. Abrí la puerta y entré, con Marisol siguiéndome de cerca.
Continuará…
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