Bajo el Sol de la Traición - Capítulo 16 ☀️🔥
La puerta se cierra y el mundo de Samuel se derrumba. Esperanza se va, llevándose su matrimonio y dejándolo solo con la certeza de que algo mucho más oscuro está en juego. Ahora, con el corazón roto y la rabia encendida, debe adentrarse en la noche para encontrarla antes de que sea demasiado tarde.
CAPÍTULO 16
Abrí la puerta y entré, con Marisol siguiéndome de cerca.
—¿Esperanza? —llamé, con la voz temblorosa.
La habitación parecía estar en orden, a primera vista. Pero entonces, lo vi. Sobre la cama, abierta de par en par, estaba la maleta de Esperanza. Y a su lado, mi esposa, metiendo ropa en la maleta con movimientos rápidos y nerviosos.
No eran movimientos metódicos, de alguien que se prepara para un viaje planeado. Eran movimientos frenéticos, desesperados, de alguien que quiere huir.
—¿Qué… qué estás haciendo? —pregunté, aunque la respuesta era dolorosamente obvia.
Esperanza se sobresaltó al oírme, pero no se detuvo. Siguió metiendo ropa en la maleta, sin mirarme.
—Me voy —dijo, su voz fría, distante, como si hablara con un extraño.
—¿Que te vas? —repetí, incrédulo—. ¿A dónde? ¿Por qué?
Ella se detuvo por un instante, y me miró. Sus ojos, que antes habían brillado con amor, ahora estaban apagados, llenos de una tristeza infinita.
—No importa, Samuel —dijo—. Ya no importa.
—¡Sí que importa! —exclamé, acercándome a ella—. ¡Claro que importa! Esperanza, por favor…
—No, Samuel —me interrumpió, levantando una mano para detener mis palabras—. Ya es tarde. Demasiado tarde.
—Pero… Marisol… —dije, señalando a Marisol, que se había quedado parada cerca de la puerta, observando la escena con una mezcla de tristeza y preocupación—. Ella puede explicarlo todo. Ella sabe que yo…
Esperanza ni siquiera miró a Marisol. Siguió metiendo ropa en la maleta, con una determinación que me heló la sangre.
—No necesito ninguna explicación, Samuel —dijo—. Ya escuché suficiente.
—Pero, Esperanza, Marisol sabe la verdad —insistí, desesperado—. Ella te dirá que yo te estaba buscando a ti, no a Alice.
Esperanza se detuvo por un instante, y me miró. Sus ojos, que antes habían brillado con amor, ahora estaban apagados, llenos de una profunda decepción.
—¿Marisol? —dijo, con un tono de voz cargado de incredulidad—. ¿De verdad esperas que confíe en Marisol?
—¿Por qué no? —pregunté, confundido—. Ella es…
—La vi, Samuel —me interrumpió Esperanza, su voz elevándose ligeramente—. Parece que no recuerdas cuando la vi salir de nuestra habitación. Después de… después de que te diera ese “masaje”.
Mi mente se quedó en blanco por un instante. Y recordé lo que había pasado hace uso días cuando mi esposa vio a Marisol saliendo de la habitación. Esperanza, ese día estuvo llena de dudas y celos. La imagen se formó en mi cabeza con una claridad dolorosa.
—Eso… eso no significa nada —dije, intentando defenderme, aunque sabía que en este momento las cosas se complicaban—. Ella solo… me estaba dando un masaje.
—¿Un masaje? —dijo Esperanza, con una risa amarga—. ¿Y esperas que me crea eso, Samuel? ¿Después de todo lo que ha pasado?
—Pero es la verdad —insistí, sintiendo que la desesperación me ahogaba—. Marisol es solo una empleada del hotel. Ella…
—Ella es una mujer, Samuel —me interrumpió Esperanza, con su voz cargada de dolor—. Una mujer que estuvo a solas contigo, en nuestra habitación. Una mujer a la que ahora quieres que… ¿que le crea?
Marisol, que hasta ese momento se había mantenido en silencio, dio un paso adelante.
—Señora, yo le juro… —comenzó a decir, con su acento venezolano marcado por la preocupación.
Pero Esperanza la interrumpió con un gesto de la mano.
—No, Marisol —dijo, su voz firme—. No quiero escuchar más explicaciones. Ya he escuchado suficiente.
—Pero, mi reina, yo solo… —intentó decir Marisol.
—¡Silencio! —exclamó Esperanza perdiendo la paciencia—. Ya tomé mi decisión.
Cerró la maleta con un golpe seco, un sonido que resonó en la habitación como un disparo. El sonido del fin. Tomó su bolso y se dirigió a la puerta.
—Esperanza, por favor… —supliqué, intentando bloquear su camino—. No te vayas, estas cometiendo un error…
Ella me miró, y en sus ojos vi una mezcla de tristeza y determinación.
—Adiós, Samuel —dijo, y su voz fue un susurro helado que apagó la última chispa de expectación que quedaba en mi corazón.
Salió de la habitación, dejándome solo con Marisol, con el sonido de la maleta rodando por el pasillo, alejándose cada vez más, llevándose consigo mi última oportunidad de ser feliz, mi matrimonio se derrumbó, así como un edificio después de un terremoto.
Me quedé paralizado por un instante, sintiendo que el mundo se derrumbaba a mi alrededor. Pero entonces, una fuerza desconocida me impulsó a reaccionar. No podía dejarla ir. No así.
Salí corriendo de la habitación, detrás de Esperanza.
—¡Esperanza! —grité, con mi voz resonando por el pasillo—. ¡Espera! ¡Por favor!
La vi al final del pasillo, a punto de llegar al ascensor. Aceleré el paso, intentando alcanzarla.
—¡Esperanza! —volví a gritar—. ¡Tenemos que hablar!
Ella se detuvo por un instante, pero no se giró. Pulsó el botón del ascensor, con una expresión de impaciencia en el rostro.
—¡Esperanza, por favor! —supliqué, llegando a su lado justo cuando las puertas del ascensor se abrían—. ¡No te vayas!
Ella entró en el ascensor, sin mirarme.
—Ya no hay nada de qué hablar, Samuel —dijo, su voz fría y distante.
Intenté entrar en el ascensor con ella, pero ella extendió un brazo, bloqueando mi paso.
—Déjame en paz, Samuel —dijo—. Por favor.
Las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse.
—¡Esperanza! —grité, desesperado—. ¡No me hagas esto!
Pero ya era demasiado tarde. Las puertas se cerraron, llevándose consigo a Esperanza, y con ella, mi último anhelo.
Me quedé allí, parado frente al ascensor, sintiendo que el vacío me consumía. Entonces, sentí una mano en mi hombro. Era Marisol.
—Mi rey… —dijo ella, con su acento venezolano cargado de tristeza—. Lo siento mucho.
Negué con la cabeza, incapaz de articular palabra.
—Pero… —continuó Marisol, con una expresión pensativa—. Hay algo que no me cuadra.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, con un hilo de voz.
Marisol me miró a los ojos, con una mezcla de preocupación y… ¿sospecha?
—Cuando la señora Esperanza salió de la cafetería… —dijo lentamente—. Yo la vi primero agobiada, sí, es cierto. Estaba como hablando sola, apretando el celular en la mano. Pero luego… luego colgó una llamada, y su cara cambió por completo.
—¿Cambió? ¿Cómo? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
—Sí, mi rey —dijo Marisol, asintiendo—. Se le quitó la angustia, como por arte de magia. Y hasta se sonrió un poquito, como si le hubieran dado una buena noticia. Y ahí fue cuando dijo que iba pa' la habitación.
Las palabras de Marisol me golpearon como una revelación. La llamada telefónica. Todo encajaba. Esperanza había recibido una llamada que había cambiado su estado de ánimo, que le había dado un motivo para irse, para fingir esa escena en la habitación, un plan que se concretó cuando me acusó.
Una idea terrible comenzó a formarse en mi mente. Una idea que explicaba la frialdad de Esperanza, su prisa por irse, su negativa a escucharme
—Marisol… —dije, mi voz temblorosa—. Esa llamada… ¿crees que… crees que ella estaba planeando todo esto?
—No sé, mi rey —respondió Marisol, con cautela—. Pero… esa cara que puso después de la llamada… no era de alguien que estuviera sufriendo. Era más bien… como de alivio. O como de… no sé… ¿triunfo?
—Y… ¿viste algo más? —pregunté, sintiendo que la esperanza se desvanecía por completo.
Marisol dudó por un instante.
—No, mi rey, no vi más —dijo—. Pero… —hizo una pausa, como si estuviera recordando algo—.…la recepcionista, Sonia, es amiga mía. Le puedo preguntar si vio algo. Ella está en el turno ahora.
Un rayo de esperanza, tenue pero real, atravesó la oscuridad de mi desesperación.
—Por favor, Marisol —dije, sintiendo que las lágrimas me quemaban los ojos—. Por favor, pregúntale. Necesito saber si… si Esperanza se fue sola.
Marisol asintió, con una expresión de determinación en el rostro.
—Claro que sí, mi rey —dijo—. Espéreme aquí. Voy a llamarla.
Marisol sacó su teléfono móvil y se alejó unos pasos, marcando un número. La observé, sintiendo que mi destino dependía de esa llamada. Cada segundo de espera era una tortura.
Finalmente, Marisol colgó, con una expresión que no supe interpretar.
—¿Y bien? —pregunté, con la voz temblorosa—. ¿Qué te dijo Sonia?
—Mi rey… —dijo Marisol, con un tono de voz que me heló la sangre—. Sonia dice que… que la señora Esperanza sí salió del hotel.
—¿Salió? —repetí, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies—. ¿Salió sola?
—No, mi rey —respondió Marisol, negando con la cabeza—. No iba sola.
—¿Con quién iba? —pregunté, aunque en el fondo, ya presentía la respuesta.
—Iba con dos muchachas—dijo Marisol—. Una rubia y una pelirroja. Sonia no las conoce, pero… por la descripción, deben ser la gringa Alice y la otra, Sophie.
Alice y Sophie. Los nombres resonaron en mi cabeza. Todo encajaba a medias. La manipulación, las mentiras, la foto... pero ahora con Sophie en la ecuación, ¿cuál era el juego?
—Y… ¿llevaban mucho equipaje? —pregunté, intentando aferrarme a un hilo de esperanza.
—No, mi rey —respondió Marisol—. La señora Esperanza solo llevaba un bolso pequeño. Y una bolsa de esas de tela, como con ropa. Pero no llevaba su maleta grande.
Un detalle crucial. Esperanza no se había llevado todas sus cosas. Eso significaba que, probablemente, no tenía intención de irse muy lejos. Al menos, no por ahora.
—¿Y dijeron a dónde iban? —pregunté, sintiendo una mezcla de alivio y renovada incertidumbre.
—Sí, mi rey —dijo Marisol—. Sonia las escuchó hablar. Dijeron que iban a una discoteca… una que está aquí cerca, por la zona hotelera. Una que se llama… "El Paraíso", creo. Que ahí se juntaban con más gente, con puros mexicanos.
—"El Paraíso" —repetí, el nombre resonando en mi cabeza como una ironía cruel—. ¿Y Sonia sabe si estaba Marco con ellas?
—No, mi rey, a él no lo nombraron —respondió Marisol—. Pero… Sonia dijo que las tres, la señora Esperanza, Alice y la pelirroja, se veían muy… ¿cómo se dice?... muy compinches. Como si fueran amigas de toda la vida.
Amigas. Esperanza, Alice y Sophie, juntas, de fiesta en una discoteca. La imagen me resultaba surrealista, perturbadora, un rompecabezas cuyas piezas no encajaban por más que lo intentara. ¿Qué juego estaban jugando? ¿Qué estaba pasando realmente?
—Gracias, Marisol —dije, con mi voz un hilo—. Gracias por todo.
—No hay de qué, mi rey —respondió ella con su habitual calidez—. Ojalá… ojalá todo se arregle.
Asentí, aunque sin mucha convicción. Marisol se despidió con una mirada de apoyo y se marchó, dejándome solo con mis pensamientos, que eran como un enjambre de abejas zumbando en mi cabeza.
Saqué mi teléfono móvil del bolsillo, con manos temblorosas. Busqué el número de Esperanza en mis contactos y marqué, sintiendo un nudo en la garganta.
Cada tono era una puñalada en el corazón. Uno… dos… tres… cuatro… La llamada saltó al buzón de voz.
—Esperanza, soy yo —dije, con mi voz sonando extraña, distante, como si perteneciera a otra persona—. Por favor… contesta. Necesitamos hablar. Necesito entender… necesito saber qué está pasando. Por favor, llámame.
Colgué, sintiendo que la esperanza se me escapaba entre los dedos como arena fina. Era inútil. Esperanza no iba a contestar. Ella había tomado su decisión, y esa decisión no me incluía.
Pero… ¿y si había una mínima posibilidad? ¿Y si Esperanza estaba en peligro? ¿Y si Alice y Sophie la estaban manipulando?
Envié un mensaje de texto, rápido y conciso:
Esperanza, ¿dónde estás? Por favor, dime que estás bien.
Esperé, mirando la pantalla del teléfono como si de ello dependiera mi vida. Los segundos se convirtieron en minutos, y los minutos en una eternidad. No hubo respuesta.
La frustración y la impotencia comenzaron a apoderarse de mí. No podía quedarme de brazos cruzados. Tenía que hacer algo. Tenía que encontrar a Esperanza.
La discoteca. "El Paraíso". Ese era el único lugar donde podía empezar a buscar.
Guardé el teléfono en el bolsillo, sintiendo una mezcla de miedo y determinación. No sabía qué me esperaba allí, pero estaba dispuesto a averiguarlo. Tenía que saber la verdad, por dolorosa que fuera.
Salí de la habitación, cerrando la puerta detrás de mí. El pasillo del hotel, antes un símbolo de lujo y confort, ahora me parecía un laberinto sin salida, un reflejo de la confusión y la desesperación que sentía en mi interior.
Me dirigí al vestíbulo, con paso firme, cuando mi teléfono móvil vibró en mi bolsillo. Lo saqué, esperando, contra todo el anhelo, que fuera un mensaje de Esperanza.
Pero no era ella. Era mi hijo, Daniel.
Mi corazón dio un vuelco. ¿Qué querría Daniel a estas horas? Dudé por un instante, sintiendo un nudo en el estómago. ¿Estaba preparado para hablar con él? ¿Qué le iba a decir?
Respiré hondo y atendí la llamada.
—¿Daniel? —dije, intentando que mi voz sonara normal—. ¿Qué pasa?
—Papá… —respondió Daniel, y su voz sonaba preocupada—. ¿Está todo bien?
—Sí, hijo —mentí—. Todo está bien. ¿Por qué preguntas?
—Hemos estado intentando llamar a mamá —explicó Daniel—. Pero no contesta. Ni llamadas, ni mensajes. ¿Sabes dónde está?
La pregunta me golpeó como un mazazo. La culpa, la vergüenza, la impotencia… todas las emociones que había estado intentando reprimir volvieron a la superficie, con más fuerza que nunca.
—Ella… ella está… —comencé, pero las palabras se me atoraron en la garganta.
No podía mentirle a mi hijo. No podía ocultarle la verdad por más tiempo.
—¿Papá? —insistió Daniel, con su voz cada vez más angustiada—. ¿Qué pasa? ¿Dónde está mamá?
—Salió con unas amigas —respondí finalmente, sintiendo que cada palabra era una traición—. A una discoteca.
—¿A una discoteca? —repitió Daniel, incrédulo—. ¿A estas horas? ¿Y tú estás con ella?
—No, hijo —dije, mi voz un hilo—. Yo… yo estoy en el hotel.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio cargado de tensión, de preguntas sin respuesta, de sospechas.
—Papá… —dijo finalmente Daniel, su voz temblorosa—. ¿Qué está pasando?
La pregunta me atravesó como una flecha. ¿Qué estaba pasando? Ni siquiera yo lo sabía.
—No… no lo sé, hijo —respondí, sintiendo que las lágrimas me quemaban los ojos—. No lo sé. Pero… pero voy a averiguarlo.
—¿Estás seguro de que todo está bien? —insistió Daniel—. Suenas… raro.
—Sí, hijo —mentí de nuevo, intentando sonar convincente—. Todo está bien. No te preocupes.
—Papá…
—Te llamaré luego, ¿sí? —lo interrumpí, incapaz de soportar más preguntas—. Ahora… ahora tengo que irme.
—Pero…
—Te quiero, hijo —dije, y colgué, antes de que Daniel pudiera decir nada más.
Me quedé allí, parado en medio del vestíbulo, con el teléfono en la mano, sintiendo que el peso del mundo se derrumbaba sobre mis hombros. No solo le había fallado a Esperanza, sino también a mi hijo.
La llamada de Daniel había sido un recordatorio brutal de la realidad. De las consecuencias de mis actos, de las mentiras, de las medias verdades. Y ahora, tenía que enfrentarme a todo ello.
Respiré hondo, intentando controlar el temblor de mis manos. La discoteca. "El Paraíso". Tenía que ir allí. Tenía que encontrar a Esperanza. Y tenía que hacerlo ahora.
Salí del hotel y me dirigí a la zona de taxis. Le indiqué al primer conductor que encontré la dirección que recordaba, rogándole que se apurara. El trayecto se me hacía eterno. Cada semáforo en rojo, cada pequeño atasco, era una tortura. Mi mente era un torbellino de pensamientos y emociones contradictorias, mi esposa, mi hijo, Alice, todos se agolpaban.
De repente, el taxi se detuvo con un brusco frenazo. El motor comenzó a hacer un ruido extraño, y el conductor soltó una maldición en voz baja.
—¿Qué pasa? —pregunté, sintiendo que la ansiedad me atenazaba el pecho.
—No lo sé, señor —respondió el conductor, visiblemente preocupado—. Parece que… que se ha averiado el coche.
—¿Averiado? —repetí, incrédulo—. No puede ser. Tiene que haber una forma de arreglarlo.
El conductor salió del vehículo y abrió el capó, intentando averiguar qué había sucedido. Yo me quedé dentro del taxi, sintiendo que la desesperación me invadía. No podía perder tiempo. Tenía que llegar a "El Paraíso".
Fue entonces cuando lo vi. Un hombre mayor, elegantemente vestido, con un aire de suficiencia que me resultó vagamente familiar, se acercaba a nosotros. Lo reconocí. Era el hombre que había visto en el área VIP, el que le daba dinero a la novia de su hijo a cambio de favores sexuales.
—¿Problemas? —preguntó el hombre, con una sonrisa amable.
—Sí —respondí, sintiendo un atisbo de esperanza—. El taxi se ha averiado, y… y tengo prisa.
—Vaya, qué mala suerte —dijo el hombre, con falsa compasión—. ¿Y a dónde se dirige? Quizás pueda ayudarle.
—Voy a… a una discoteca —dije, dudando por un instante—. Se llama "El Paraíso".
—¡"El Paraíso"! —exclamó el hombre, con una sonrisa aún más amplia—. ¡Claro que sí! Un lugar excelente. Muy… animado. Lo conozco muy bien, queda cerca.
—¿Lo conoce? —pregunté, sintiendo que la esperanza renacía.
—Por supuesto —respondió el hombre—. He estado allí varias veces. De hecho… iba para allá ahora mismo. Si quieres, te llevo.
La oferta me tomó por sorpresa. Por un lado, la idea de llegar rápidamente a "El Paraíso" y encontrar a Esperanza era muy tentadora. Pero por otro, la actitud de ese hombre, su mirada… me generaban desconfianza. Aunque estaba desesperado por encontrar a mi esposa.
—No quiero molestarlo… —comencé a decir.
—¡Ninguna molestia! —me interrumpió el hombre—. Insisto. Además, así puedo darte algunos… consejos sobre el lugar.
Su tono de voz, cargado de insinuaciones, me hizo sentir incómodo. Pero la desesperación era más fuerte que mi recelo. Miré al conductor del taxi, que seguía luchando con el motor, y tomé una decisión.
—Está bien —dije finalmente—. Gracias.
El hombre me hizo un gesto para que lo siguiera, y juntos caminamos hacia un coche lujoso que estaba estacionado cerca. Subimos al vehículo, y el hombre arrancó, adentrándose en la noche mexicana.
El trayecto fue corto, pero tenso. El hombre no dejaba de hablar, de hacer preguntas, de insinuar cosas. Yo intentaba mantener la conversación en un tono neutral, pero cada vez me sentía más incómodo.
Finalmente, el coche se detuvo. Miré por la ventanilla, pero no reconocí el lugar. No había luces de neón, ni música, ni gente entrando y saliendo. Solo oscuridad y silencio.
—¿Dónde estamos? —pregunté, con un nudo en el estómago.
—En "El Paraíso", amigo mío —respondió el hombre, con una sonrisa que ahora me pareció siniestra—. O al menos, en un paraíso.
Bajamos del coche, y entonces lo vi. No era una discoteca. Era un edificio destartalado, con las paredes desconchadas y las ventanas tapiadas. Un letrero descolorido, apenas visible en la oscuridad, anunciaba: "Paraíso: Club para Caballeros".
Un prostíbulo. Me había llevado a un maldito prostíbulo.
La rabia me inundó como una ola de fuego. Me giré hacia el hombre, con el puño apretado.
—¡¿Qué mierda es esto?! —grité, sintiendo que la sangre me hervía en las venas—. ¡Yo te pregunté por una discoteca!
El hombre se encogió de hombros, con una sonrisa cínica.
—Tú preguntaste por "El Paraíso" —dijo—. Y yo te traje a "El Paraíso". ¿Cuál es el problema?
No pude contenerme. La frustración, la impotencia, la rabia acumulada… todo explotó en un solo instante. Lancé mi puño contra su rostro, con toda la fuerza que pude reunir.
El hombre cayó al suelo, sorprendido y dolorido, llevándose una mano a la mandíbula. Un hilo de sangre comenzó a brotar de su labio partido.
—¡¿Qué demonios te pasa?! —gritó, con la voz distorsionada por la ira y el dolor—. ¡Estás loco!
—¡Tú eres el loco! —respondí, sintiendo que la rabia me cegaba—. ¡Me mentiste! ¡Me dijiste que me llevarías a una discoteca!
—¡Y te traje a una! —replicó el hombre, intentando incorporarse—. ¡Una discoteca para caballeros! ¿Cuál es la diferencia?
—¡La diferencia es que mi esposa está en la otra discoteca, no aquí! —grité, sintiendo que la desesperación me ahogaba—. ¡Y creo que tú lo sabías!
El hombre soltó una carcajada amarga.
—¿Tu esposa? —dijo, con desprecio—. ¿Esa mujer por la que estabas lloriqueando en el hotel? Vamos, amigo, no me hagas reír. Seguro que ella está mejor sin ti.
Sus palabras me golpearon como un puñetazo en el estómago. Me quedé sin aliento, incapaz de responder.
El hombre aprovechó mi silencio para levantarse, con dificultad. Me miró con una mezcla de rabia y desprecio.
—Eres patético —dijo, escupiendo sangre al suelo—. Y ahora, lárgate de aquí antes de que llame a la policía o mejor aún a mis amigos.
La amenaza, implícita pero clara, me hizo reaccionar. Miré a mi alrededor, dándome cuenta de la situación en la que me encontraba. Estaba solo, en un lugar desconocido y peligroso, enfrentándome a un hombre que, claramente podría tener contactos en ese submundo.
No podía permitirme quedarme allí. Tenía que encontrar a Esperanza.
—Esto no se quedará así —dije, intentando sonar amenazante, aunque por dentro temblaba de miedo—. Te juro que te arrepentirás de esto.
El hombre soltó otra carcajada.
—Ya lo veremos —dijo, con una sonrisa siniestra.
Me di la vuelta y eché a correr, alejándome de ese lugar maldito. Corrí sin mirar atrás, sintiendo la mirada del hombre clavada en mi espalda como una daga.
Corrí hasta que me faltó el aliento, hasta que mis piernas no pudieron más. Me detuve en una calle solitaria, apoyándome en una pared, intentando recuperar el aliento.
Estaba perdido. Solo, en medio de la noche, en una ciudad desconocida. Y Esperanza… ¿dónde estaría Esperanza?
La imagen de Esperanza con Alice y Sophie, de fiesta en una discoteca, volvió a mi mente. Una imagen que ahora me parecía aún más perturbadora, más amenazante.
Tenía que encontrarla. Tenía que saber qué estaba pasando.
Saqué mi teléfono móvil del bolsillo, con manos temblorosas. Marqué el número de Marisol, sintiendo que ella era mi única esperanza.
Continuará…
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