Cristina y Roberto 3
Roberto lleva una semana atrapado en la jaula, pero Cristina tiene planes más exigentes para él. Esta vez, la prueba no es solo soportar la frustración, sino demostrar su sumisión absoluta ante la mirada de quien lo posee. ¿Podrá resistir la humillación de usar su ropa interior y obedecer cada orden sin cuestionar?
El reto de la sumisión---Roberto se enfrenta a una prueba humillante: cabalgar un dildo con el tanga de Cristina. ¿Podrá controlar su excitación y cumplir la tarea? Descubre cómo su dominante lo somete a un juego de placer y humillación.---
Roberto se ajustó la jaula de castidad bajo sus ropa, sintiendo el frío metal contra su piel. Llevaba una semana con ella puesta, y la frustración sexual se había convertido en una constante en su vida. Cristina, su dominante y colega en la consulta, parecía disfrutar cada momento de su tormento. Sus roces casuales, los mensajes sugerentes y, sobre todo, el ocasional escote que dejaba al descubierto, mantenían a Roberto al borde de la locura.
Esa mañana, al llegar a la taquilla, encontró una sorpresa. Dentro, junto a su uniforme, yacía un tanga de encaje negro, claramente de Cristina, y un dildo más grande que el que había usado la semana anterior. Un papel acompañaba los objetos, con instrucciones claras y concisas: "Repite la tarea, pero esta vez hazlo bien. Cabalga el dildo durante cinco minutos con mi tanga puesto y envíame el video. Cuando te lo indique, ven a mi consulta con el dildo en el culo. Si cumples, te permitiré correrte."
Roberto sintió un escalofrío de anticipación y miedo. La última vez que había intentado la tarea, no había cumplido y Cristina se detuviera, frustrada por no cumplir con la tarea. Ahora, con un dildo más grande y la promesa de un orgasmo al final, estaba decidido a hacerlo bien.
En en aseo, tras cerrar el pestillo, Roberto se desvistió lentamente. El tanga de Cristina olía a ella, a su perfume floral y a algo indescriptiblemente femenino. Se lo puso, sintiendo la seda suave contra su piel, y luego tomó el dildo, lubricándolo generosamente. Lo colocó sobre el vater, apuntado a su ano, el corazón acelerado, y comenzó a grabar el video.
La primera inserción fue incómoda, pero una vez que el dildo estuvo en su lugar, Roberto comenzó a moverse. El tanga se ajustaba a su cuerpo, recordándole en cada momento que estaba usando la ropa interior de Cristina. Cabalgar el dildo era una mezcla de placer y humillación, y Roberto no pudo evitar gemir suavemente mientras se movía, imaginando que era Cristina quien lo penetraba.
Los cinco minutos parecieron una eternidad. Roberto sudaba, su respiración era entrecortada, y su pene, atrapado en la jaula, palpitaba con desesperación. Finalmente, detuvo la grabación y envió el video a Cristina, esperando su respuesta con una mezcla de ansiedad y excitación.
Minutos después, el mensaje llegó: "Ven a mi consulta ahora. Y no te olvides del dildo."
Roberto se preparó rápidamente, insertando el dildo en su culo y ajustando su ropa para ocultarlo. El camino a la consulta fue una tortura, cada paso enviando pequeñas oleadas de placer a través de su cuerpo. Al llegar, llamó a la puerta con las manos temblorosas.
Cristina abrió, vestida con una ajustada falda lápiz y una blusa que dejaba poco a la imaginación. Su mirada era severa, pero sus labios curvados en una sonrisa sugerían que estaba disfrutando del momento.
—Entra —dijo, apartándose para dejarlo pasar.
Roberto entró, sintiendo el dildo moverse dentro de él con cada paso. Cristina cerró la puerta y se giró hacia él, cruzando los brazos.
—Veo que has seguido mis instrucciones al pie de la letra —comentó, su voz cargada de aprobación. —Ahora, desnúdate y arrodíllate.
Roberto obedeció, sintiendo la alfombra suave bajo sus rodillas. Cristina se acercó, sacando un par de esposas de su bolsillo. Con movimientos rápidos y eficientes, le esposó las manos tras la espalda.
—Esta vez, te dejaré correrte —murmuró, agachándose frente a él. —Pero primero, quiero que sientas cada segundo de tu sumisión.
Con cuidado, retiró la jaula de castidad, liberando el pene de Roberto. Este jadeó, sintiendo el aire fresco contra su piel sensible. Cristina sonrió, extendiendo su pie desnudo hacia él. Sus uñas pintadas de rojo brillaban bajo la luz, y Roberto no pudo evitar fijarse en la suavidad de su piel.
—Toca mi pie con tu polla —ordenó, su voz firme pero cargada de deseo.
Roberto obedeció, rozando la punta de su pene erecto contra la planta del pie de Cristina. Ella cerró los ojos, disfrutando del contacto, y luego comenzó a mover su pie, acariciando y golpeando ligeramente su pene y testículos.
—¿Te gusta, Roberto? —susurró, su aliento caliente contra su oído. —¿Te gusta ser humillado así?
Roberto no pudo responder, su mente nublada por el placer. Cristina aumentó la presión, frotando su pie con más fuerza, hasta que Roberto no pudo contenerse más. Eyaculó, su semen salpicando el pie de Cristina y el suelo.
—Mira lo que has hecho —dijo Cristina, su voz ahora llena de diversión. —Te has corrido como un perrito sobre mi pie.
Roberto jadeó, sintiendo una mezcla de vergüenza y éxtasis. Cristina se levantó, mirándolo con una sonrisa triunfante.
—Ahora, limpia todo —ordenó, extendiendo su pie hacia él. —Especialmente mi pie.
Roberto obedeció, inclinándose hacia adelante para lamer el semen de su pie, sintiendo el sabor salado en su boca. Cristina lo observó, su expresión una mezcla de satisfacción y desprecio.
—Eres patético, ¿sabes? —dijo, su voz gélida. —Te follas el culo, lames tu propio semen... ¿Es esto lo que quieres ser?
Roberto no respondió, demasiado avergonzado para hablar. Cristina se agachó, tomando la jaula de castidad y colocándosela de nuevo.
—Vete —dijo, su voz ahora más suave, casi compasiva. —Pero recuerda, esto no ha terminado.
Roberto se levantó, sintiendo el peso de la jaula de nuevo en su lugar. Miró a Cristina, preguntándose qué vendría después. Ella sonrió, una sonrisa enigmática que no revelaba nada.
—Hasta la próxima, Roberto —dijo, abriendo la puerta para él.
Roberto salió, el corazón aún acelerado, la mente llena de preguntas. ¿Qué significaba "esto no ha terminado"? ¿Qué más tenía planeado Cristina? Mientras caminaba hacia casa, no pudo evitar sentir una mezcla de miedo y anticipación. Sabía que, fuera lo que fuese, estaría listo. O al menos, eso esperaba.
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