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Dominaciónjul 2025

Cristina y Roberto 2

Roberto cree que ha ganado su libertad tras cumplir la prueba más humillante. Pero Cristina tiene un ojo para los detalles y un castigo reservado para quienes olvidan las reglas del juego. ¿Podrá resistir la tentación de la liberación cuando ella decide que aún no ha terminado?

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La Liberación y la Tortura---Roberto, liberado de la jaula, se enfrenta a una nueva prueba de Cristina. ¿Podrá resistir su control o caerá en la tentación? Descubre cómo la humillación y la excitación se entrelazan en esta intensa escena.---

Roberto se quedó inmóvil en el aseo de la clínica, el dildo aún dentro de él, mientras el video que acababa de grabar se enviaba a Cristina. Su corazón latía con fuerza, no solo por la excitación, sino también por la humillación que sentía. Nunca había imaginado que llegaría a este punto, pero la semana en jaula de castidad lo había llevado al límite. Cristina había sido implacable, manteniéndolo al borde de la locura con sus roces casuales, sus mensajes calientes y ese canalillo que parecía burlarse de él cada vez que se agachaba para atender a un paciente.

El aseo, con su luz fluorescente y el olor a desinfectante, se sentía más pequeño que nunca. Roberto se miró en el espejo, su rostro enrojecido y sudoroso reflejaba la mezcla de deseo y vergüenza que lo consumía. Se preguntó cómo había llegado a esto, pero la respuesta era clara: la desesperación lo había llevado a aceptar el reto de Cristina. Ella había sido clara: si quería que le quitara la jaula y lo masturbara hasta correrse, tenía que hacerlo. Y él, a pesar de su orgullo y su rechazo al sexo anal, había cedido.

El teléfono vibró en su bolsillo, anunciando la llegada de un mensaje de Cristina. Con manos temblorosas, lo sacó y leyó: "Buen trabajo, Roberto. Has sido un niño muy obediente. Ahora sal del aseo y ven a mi consulta. Te estaré esperando." Roberto sintió un escalofrío recorrer su espalda. Sabía que lo que venía no sería fácil, pero la promesa de liberación de la jaula lo impulsaba a seguir adelante.

Al salir del aseo, se encontró con la clínica casi vacía. Era final de la jornada, y la mayoría de los pacientes ya se habían marchado. Caminó hacia la consulta de Cristina, cada paso resonando en el pasillo silencioso. Al llegar, llamó suavemente a la puerta antes de entrar. Cristina estaba sentada en su silla, con las piernas cruzadas y una sonrisa triunfante en los labios. Llevaba una bata blanca ajustada que resaltaba sus curvas, y su cabello estaba recogido en un moño impecable.

—Entra, Roberto —dijo con voz melosa, haciendo un gesto con la mano—. Cierra la puerta detrás de ti.

Él obedeció, sintiendo cómo la puerta se cerraba con un clic que sonó como un sello de su sumisión. Cristina se levantó lentamente, caminando hacia él con pasos seguros. Llevaba unos tacones altos que hacian que sus caderas se balancearan de manera hipnótica. Roberto no pudo evitar bajar la mirada hacia sus pechos, que se movían ligeramente bajo la bata.

—¿Has disfrutado de tu pequeña aventura en el aseo? —preguntó Cristina, deteniéndose frente a él. Su aliento cálido rozó su oreja, y Roberto sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral.

—No ha sido fácil —respondió él, intentando mantener la voz firme, pero notando cómo su tono temblaba ligeramente.

Cristina sonrió, una sonrisa que combinaba diversión y dominación. —Lo sé, cielo. Pero has hecho un gran esfuerzo. Y ahora es mi turno de cumplir con mi parte del trato.

Sin decir más, Cristina se colocó detrás de Roberto y comenzó a desabrochar la jaula de castidad. Sus dedos ágiles trabajaron con rapidez, y pronto el metal frío se separó de su piel. Roberto sintió un alivio inmediato, pero también una extraña sensación de vulnerabilidad. Estaba expuesto, tanto física como emocionalmente, y eso lo hacía sentir más sumiso que nunca.

Cristina lo giró para enfrentarlo, sus ojos brillando con una mezcla de diversión y deseo. —Ahora, Roberto, es hora de que te relajes y disfrutes.

Ella lo guió hacia la camilla de la consulta, haciéndolo acostar boca arriba. Luego, se colocó entre sus piernas, sus pechos casi rozando su torso. Con manos expertas, comenzó a masturbarlo, sus dedos moviéndose con un ritmo que lo hizo gemir casi al instante. Roberto cerró los ojos, dejándose llevar por las sensaciones que recorrían su cuerpo. La semana de castidad había intensificado su sensibilidad, y cada toque de Cristina parecía amplificado.

—¿Te gusta, Roberto? —susurró ella, su aliento cálido en su oído—. ¿Te gusta cómo me ocupo de ti?

—Sí… —gimió él, incapaz de formar una frase completa—. Por favor, no pares.

Cristina sonrió, pero en lugar de aumentar el ritmo, lo ralentizó, torturándolo con toques suaves y deliberados. —¿Quieres correrte, Roberto? —preguntó, su voz cargada de burla—. ¿Quieres sentir cómo te liberas después de tanto tiempo?

—Sí, por favor —suplicó él, su cuerpo tensionándose con la anticipación.

Pero Cristina no cedió. En su lugar, se levantó y se alejó, dejándolo allí, duro y desesperado. —No tan rápido, cielo —dijo, con una sonrisa traviesa—. Aún no has terminado tu tarea.

Roberto abrió los ojos, confuso y frustrado. —¿Qué quieres decir? Ya hice lo que me pediste.

Cristina se acercó de nuevo, pero esta vez con algo en la mano: la jaula de castidad. —Lo siento, Roberto —dijo, con una expresión que combinaba diversión y crueldad—. Pero parece que olvidaste algo. Has venido sin el dildo en el culo como te dije.

Antes de que él pudiera protestar, Cristina se arrodilló frente a él y volvió a colocarle la jaula, asegurándola con un clic que sonó como una sentencia. Roberto intentó incorporarse, pero ella lo empujó suavemente de vuelta a la camilla.

—No te preocupes —dijo Cristina, levantándose y ajustándose la bata—. Esto es solo el principio. Tienes mucho que aprender, y yo estoy aquí para guiarte.

Roberto se quedó allí, humillado y enfadado, la jaula de castidad de nuevo en su lugar. Cristina se acercó a la puerta, pero antes de salir, se giró y le lanzó una última sonrisa.

—Hasta mañana, Roberto. Ten un buen descanso. Y recuerda: estás bajo mi control.

La puerta se cerró detrás de ella, dejándolo solo en la consulta. Roberto se sentó en la camilla, pasando una mano por su cabello en un gesto de frustración. ¿Cómo había permitido que esto sucediera? ¿Cómo había dejado que Cristina lo dominara de esta manera? Nunca hubiese imaginado que llegaría a follarse el culo...

Pero, a pesar de su enfado, no podía negar la excitación que aún recorría su cuerpo. Cristina lo había llevado a un lugar que nunca había imaginado, y aunque odiaba sentirse tan sumiso, también sabía que no podía resistirse a su control.

El futuro era incierto, y Roberto no sabía hasta dónde llegaría esta dinámica con Cristina. Pero una cosa era clara: estaba atrapado en su juego, y no había forma de escapar. La jaula de castidad era solo el principio, y él no podía evitar preguntarse qué más le depararía el mañana.

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