Presa escurridiza - Cap 2
Kimberley nunca imaginó que su viaje de caza la llevaría a un lugar donde las mujeres se venden como ganado. Al cruzar el umbral del mercado, la curiosidad se transforma en un deseo prohibido: ¿estará lista para dejar de ser espectadora y convertirse en presa?
Capítulo Dos
Unas pocas millas más allá llegaron a algo que Kimberley no se había esperado en absoluto. El sendero iba directamente a través de un estrecho paso en una alta alambrada. La valla abarcaba hasta donde se podía ver, lo que no era nada más que hasta los bosques en cualquier dirección.
“¿Qué demonios es esto?” preguntó sin dirigirse a nadie en particular.
“¡Anda!” soltó Cat. “¡Una valla! Tiene que marcar el límite.”
“¿Qué límite?” resopló Bárbara mientras se ponía a su altura. Kimberley se dio cuenta de que había estado inconscientemente caminando más deprisa para intentar escapar del radio de acción de la charla constante de Cat. Cat se había adaptado fácilmente. Parecía tener una reserva sin fin de alta y crujiente energía. Bárbara había intentado seguirlas pero siempre se quedaba un paso o dos o diez por detrás.
“Es fácil.” Sonrió Cat, señalando la valla. “Puedo imaginarlo: a este lado… no se caza, al otro lado… se caza.”
“Eh-eh.” Kimberley contempló la valla cautelosamente. “¿Cómo vamos a llegar a Gordburg entonces?”
“Supongo que estaremos bien mientras sigamos por el sendero,” dijo Cat. “La población no puede estar mucho más lejos.”
“Espero que sea así.” Bárbara se pasó la parte de atrás de la mano por la frente. “No puedo ir a vuestro ritmo mucho más tiempo.”
“Podríamos descansar aquí un momento,” sugirió Cat.
“Oh… no.” Se opuso Kimberley. Bárbara querría prolongar cualquier descanso, y Cat no pararía de hablar mientras descansaban. No es que le disgustara Cat… pero es que parecía que no se callaba nunca. Al principio Kimberley había pensado que se debía precisamente a toda aquella energía que parecía tener, pero al cabo de un rato llegó a la conclusión de que Cat era presa de un ataque de charla, al menos en parte, porque estaba nerviosa. Tenía sentido; Kimberley también estaba nerviosa… pero, ¿no podría Cat limitarse a morderse las uñas o algo similar? “Si la población está cerca, creo que deberíamos seguir hasta que estemos allí. Luego podremos descansar en un sitio civilizado.”
“¡Por mí está bien!” Asintió Cat vigorosamente. Bárbara se limitó a mirar como si no pudiera creer que su mejor amiga pudiera decir una cosa así.
Gordburg no estaba nada lejos de la valla. Otros veinte minutos de caminata y salieron de los bosques, y allí estaba.
“¡Eh, uau!” Exclamó Cat cuando se detuvieron en el extremo de una calle ancha y polvorienta. “¡Mirad eso!”
Parecía como una gran población de una antigua película del oeste; filas de edificios de madera, la mayoría de uno o dos pisos de altura con señales de madera pintada, pasarelas cubiertas, anchas, de tablas en vez de aceras… todo lo que faltaba, pensó Kimberley, era una diligencia entrando en la ciudad y tal vez un tiroteo. Podía ver algunas personas, pero ninguna vestida como vaqueros, y todas parecían holgazanear a la sombra de las pasarelas.
“Esto es… LA BOMBA!” casi chilló Cat.
“Solo espero que tengan agua corriente.” Kimberley se mostró menos entusiasmada. No obstante la calle y los edificios parecían bastante limpios…
“¡Claro que la tienen!” se rió Cat. “Pero el hotel está en el otro extremo de la población. ¡Venga, vamos!” Se lanzó por mitad de la calle abajo. Kimberley la observó un instante.
“Quiero un baño.” Alzó la voz Bárbara. “Quiero un baño largo, de agua caliente con burbujas, ropa limpia y comida caliente… ¡ABUNDANTE comida caliente! Carne, ensalada y patatas cocidas. Quiero un maravilloso postre, que engorde, con montones de chocolate y crema batida.”
Kimberley tuvo que reírse. “Yo también quiero todas esas estupendas cosas,” replicó sin darse la vuelta. “Pero no van a venir a buscarnos. Tenemos que ir nosotros. Vamos, amiga. Ahora ya no falta mucho.”
Bárbara soltó un gruñido de desesperación fingida. Kimberley miró un rato más largo a Cat. Caminaba directamente por el centro de la ancha calle, sin mirar a derecha ni izquierda. Kimberley notó que había más gente en estas pasarelas de tablas elevadas. Había hombres y pocas mujeres, algunos paseando, otros parados en la sombra, pero todos se detenían para mirar a Cat mientras pasaba con paso rápido.
“¿Quieres seguirla?” preguntó Kimberley a Bárbara.
“Bueno, dice que sabe donde está el hotel.”
“No me refiero a eso.” Kimberley apuntó a la pequeña figura que se alejaba. “Creo que deberíamos hacer lo que está haciendo ella.”
Bárbara parecía dudar. “No sé. Atraeremos mucho la atención.”
“¿Qué tiene eso de malo?” se rió Kimberley. “¿No es lo que intentamos hacer cuando vamos a un bar de solteros?”
Bárbara sonrió. “Ya veo a que te refieres.” Se colocó la mochila de forma más cómoda. “Bien, vamos.”
De acuerdo, no era demasiado parecido a un bar de solteros, como enseguida notó Kimberley. Por un lado el pueblo era muy silencioso. No había ruido de tráfico, ni sonido de bocinas, ni radios a todo volumen por ningún lado. De hecho no se oía ninguna radio. Podía escuchar los pájaros, podía escuchar una suave brisa que agitaba los árboles en las afueras de la población, escuchó ladrar un perro. Ella y Bárbara bajaron, una junto a otra, a lo largo de la calle, manteniéndose a cierta distancia de Cat. Kimberley se empeñaba en no volver la cabeza, pero movía los ojos a izquierda y derecha mientras intentaba captar todo lo más que pudiera del pueblo. Había farolas, pero parecían de gas, no eléctricas. La mayoría de los edificios en este extremo de la población parecían pequeñas tiendas o viviendas. Los carteles decían: “Almacén”, “Alimentación”, “Jackson Marlow, Doctor.” Había anuncios pequeños en algunas de las ventanas con cortinas… demasiado pequeños para poder leerlos. Cuando pasaron a la altura de un edificio de dos plantas con un rótulo muy simple de “Taberna” colocado encima, notaron que tres hombres salían a la pasarela en sombra para verlas pasar. Parecían tomarse un interés más que pasajero.
“Esto no es del todo como un bar de solteros…” murmuró Bárbara por un lado de la boca. Kimberley sofocó un ataque de risa. “Tienes razón…” murmuró a su vez… “¡No hay música!”
“¡Eh! ¡Chicas!” Cat volvió corriendo hacia ellas. “¡Venga… venid a ver esto!”
“¿Ver qué?” preguntó Bárbara mirando alrededor.
“Justo al doblar aquella esquina…” Cat se colocó entre las dos y las tomó de un brazo. “Por aquí.”
Solo había lo que parecía un hueco entre edificios en el lateral izquierdo de la calle, pero mientras Cat tiraba de ellas, Kimberley pudo echar un vistazo mejor y se dio cuenta de que era realmente una calle lateral. Solo una tercera parte del ancho de la calle principal, parecía que a duras penas podría soportar tráfico en dos direcciones. Doblaron juntas la esquina y Cat se detuvo soltándoles los brazos para señalar. “¡Allí!” dijo presa de excitación. “¡Allí! ¿Lo veis?”
“Allí” era lo que parecía un establo sobredimensionado. Los costados eran tablas sin pintar, gastadas, el tejado de tablillas rojo oscuro. La calle lateral se dirigía directamente a él y parecía cruzar las grandes puertas abiertas del extremo más cercano. Un cartel sobre la entrada: “Mercado de esclavos.” El interior parecía oscuro.
“¿Qué pensáis?” Cat se volvió hacia ellas sonriente. “¿Le echamos un vistazo?”
“Ah…” Kimberley tragó saliva. Se había acostumbrado al estilo Ciudad del Salvaje Oeste, pero esto era algo que nunca había visto en ninguna película del Oeste. Parecía completamente fuera de lugar al principio, pero después de la sugerencia de Cat de echar un vistazo de cerca, de repente pareció además amenazador. “No sé…” empezó a protestar. “Tal vez no esté permitido…”
“Tal vez sí y tal vez no. Vamos a averiguarlo.” Cat las agarró de nuevo del brazo y empezó a tirar de ellas hacia allí.
Estaba un poco más lejos de lo que había parecido, lo que significaba que también era más grande de lo que Kimberley había pensado al principio. Cuanto más cerca estaban de las puertas abiertas del establo, menos le apetecía a Kimberley cruzarlas. Lanzó a Bárbara una mirada suplicante, que solo obtuvo como respuesta una sonrisa de soslayo. Kimberley suspiró, se encogió de hombros y se resignó.
“Buenas tardes, señoras.” El anciano emergió de lo que parecía como una casucha de una habitación, claveteada en la parte trasera de uno de los edificios que daban hacia la calle principal. Era delgado, lleno de arrugas y sonreía, vestido con vaqueros desvaídos, camisa de trabajo y un sombrero viejo vaquero marrón oscuro. “¿Puedo ayudarlas?”
“Eh, ¡sí, tal vez!” Cat les soltó de nuevo los brazos y se volvió hacia él. “Nos preguntábamos si podríamos echar un vistazo dentro.” Señaló con un movimiento de cabeza hacia el mercado de esclavos.
“Bueno, no sé…” Se quitó el sombrero para rascarse distraídamente el pelo corto y gris. “Las señoras no son solo turistas, ¿verdad?”
“¡No, claro que no!” se rió Cat. “¡Las tres somos de la parte dura! ¡Mis amigas están aquí por las cacerías y yo me voy a poner en este mismo bloque mañana!”
“¿Ya están registradas en el hotel y todo eso?” preguntó mirando sus mochilas.
“Ah, bueno, todavía no,” admitió Cat. “Ahora íbamos para allá…”
“Hay que estar registradas primero, señorita.”
“Bueno. Hemos estado todo el día caminando… por favor, ¿no puede hacer nada?” La sonrisa de Cat era a la vez de súplica y de insinuación.
“Bueno…” miró a las tres. “Parecen todas un poco agotadas. Saben lo que les digo, que volvamos a mi oficina un minuto y veré que puedo hacer.”
“¡Gracias!” Cat casi gritó. “¿Señor…?”
“Digamos que señor Brown.”
“¡Gracias, señor Brown!”
La casucha claveteada era la oficina. Dentro había un escritorio, varias sillas y un ordenador. “Tomen asiento,” ofreció mientras se sentaba tras el escritorio. Utilizó el teclado. “Bien… ¿sus nombres?”
Lo del ordenador era un poco excesivo para Kimberley. Vale, podría ser una herramienta muy útil aquí, pero ciertamente no encajaba con el Salvaje Oeste… incluso con un Salvaje Oeste con mercado de esclavos. Se preguntó que otras sorpresas anacrónicas les reservaría este lugar. Soltó la mochila, como habían hecho Bárbara y Cat y se acomodó cansada en una vieja silla.
“¿Señorita? ¿Señora? Necesito su nombre de registro, por favor.”
“¡Oh! ¡Perdón!” Kimberley se dio cuenta de que había estado haciéndose preguntas en lugar de escuchar. “Debería aparecer como ‘Chica-elfo’.”
El señor Brown levantó una ceja peluda una fracción de segundo ante su respuesta, pero la tecleó. Unas pulsaciones más tarde acabó con lo que estaba haciendo.
“De acuerdo, señoras…” sonrió mientras se desconectaba. “Se les autoriza una pequeña visita. Aunque yo las acompañaré, y hay algunas reglas.”
“¿Cuáles son?” Preguntó Cat inmediatamente.
“Bien, básicamente pueden ver pero no tocar ni intentar hablar con ninguna de las esclavas. Si tienen alguna pregunta me la hacen a mí. Pueden dejar las mochilas aquí, si les parece.”
Incluso Cat parecía apagada mientras seguían al señor Brown al enorme edificio con aspecto de establo. La iluminación interior era realmente pobre, y la luz del sol que penetraba por las puertas abiertas parecía no llegar muy adentro. Se quedaron un instante en pie, parpadeando, dejando que los ojos se acostumbraran. El interior parecía realmente un establo. El suelo era de tierra pisada, esparcida sin cuidado de paja y serrín, y tenía el mismo olor dulzón que Kimberley había encontrado en otros establos. A intervalos regulares se elevaban desde el suelo grandes postes de madera que soportaban las vigas y maderos de un segundo piso sobre sus cabezas. A excepción de estos postes toda la planta baja parecía una vasta sala… y había jaulas… filas de jaulas…
La mayor parte de las jaulas parecía tener el mismo tamaño, unos seis pies por ocho y seis pies de altura (1,80 x 2,40 x 1,80 m), hechas de tubos de acero y alambradas. En el extremo opuesto del edificio había dos jaulas mucho más grandes, hechas de los mismos materiales, flanqueando una especie de escenario elevado. Si esto era un mercado de esclavas aquello era probablemente donde las vendían, pensó Kimberley. Cat y Bárbara miraban alrededor, tan silenciosas y pensativas como ella misma.
“¿Señoras?” el señor Brown rompió el silencio. “Por aquí, por favor.” Las condujo hacia la fila de jaulas más cercana. “Recuerden las reglas.”
Las dos primeras jaulas estaban vacías, pero había una mujer dormida en la tercera, tumbada de costado sobre una gruesa manta, de cara hacia ellas. Estaba desnuda. Cabello rubio claro sobre el rostro, escondiéndolo de su vista. Kimberley tuvo que fijarse. Quienquiera que fuera parecía joven y muy en forma. Le ponías un bikini y era fácil imaginársela jugando un agotador partido de voleibol con sus amigas en la playa. Y allí estaba, cautiva, esperando… ¿qué?”
“Ah…” Kimberley tuvo que aclararse la garganta antes de poder hablar. “¿Tienen… eh… hay subastas aquí?”
“Sí, señora, cada noche a la puesta del sol.” El señor Brown sonrió. Era una sonrisa amable. “Las señoras serán bienvenidas si vienen a ver la de esta noche, si lo desean. El hotel les proporcionará escoltas.”
La mujer de la jaula se agitó y murmuró algo en sueños.
“¿Escoltas?”
“Sí, señora. Es otra regla. No se permiten mujeres sin acompañar. Jamás.”
“¿Por qué no?” quiso saber Cat.
El señor Brown le sonrió cálidamente. “Mi buena señora,” se rió entre dientes, “ayuda a mantener a los subastadores centrados en la subasta. Y creo que cualquiera de ustedes sería una poderosa distracción para ellos. Por otra parte esta población funciona solamente porque tenemos algunas reglas que tienen que cumplirse, si cualquiera quiere seguir aquí. Y estas reglas tienen que observarse porque hay muchas reglas de las que se aplican fueran que no se siguen aquí.”
“Oh.” Asintió Cat. “Sí, eso tiene sentido… supongo…”
La mujer de la jaula volvió a agitarse. Se sentó, les miró a los cuatro, y luego se puso en pie, estirándose, bostezando. No hizo ningún esfuerzo por cubrirse, y Kimberley no pudo evitar mirarla. Era alta, de piernas largas, pechos llenos, pezones rosados y rubia por todas partes. El sedoso felpudo, arreglado a la cera para ajustarlo al biquini, donde se unían los muslos, era exactamente del mismo color que el cabello. Las cejas eran solo un tono o dos más oscuras. Y no estaba totalmente desnuda; había un fino cordón rodeándole el esbelto cuello. Del cordón colgaba una etiqueta, un simple anillo de metal con un trozo de papel o cartulina insertado en él. Sobre él estaba escrito el número “8”. Kimberley miró la etiqueta hasta que se dio cuenta de que Ocho la estaba mirando a ella. Ocho tenía unos fríos ojos azules sobre unos carrillos altos. No parecía en absoluto embarazada respecto a la situación… ni divertida, tampoco. Kimberley tuvo que desviar la mirada.
“Por aquí, señoras,” se rió el señor Brown.
Kimberley contó doce de las jaulas más pequeñas en total, seis a cada lado del edificio. Además de la que retenía a Ocho, solo tres de ellas estaban ocupadas. En una había una mujer más mayor, en la mitad de la treintena, calculó Kimberley, que permanecía acurrucada sobre la manta de su jaula, alzando la vista solamente cuando ellas se habían ido. En otra había una minúscula chica oriental, incluso más pequeña que Cat, con cabello hasta la cintura, tan negro como el ala de un cuervo. Estaba en pie con las manos agarradas a uno de los postes metálicos de la jaula, mirándoles intensamente pero sin decir nada. Cuando su mirada se cruzó con la de Kimberley sonrió levemente. Era una sonrisa peculiar, como si ella y Kimberley compartiesen entre ellas algún secreto. Finalmente había otra rubia de playa, no tan alta como Ocho y más esbelta. Estaba dormida, tumbada sobre la espalda con un brazo tapándole los ojos. Como Ocho, todas estaban desnudas a excepción de las pequeñas etiquetas colgadas del cuello.
“¿Estas… em… mujeres se van a vender en la subasta de esta noche?” preguntó Kimberley al señor Brown, señalando con el brazo las doce jaulas.
“No.” El señor Brown agitó la cabeza. “Nada de eso, señorita. Estas son jaulas de retención solamente. Las grandes jaulas de allí son para las esclavas que se van a vender.”
“¿Jaulas de retención?” Kimberley pensó que tenía que ser la conversación más extraña que hubiera mantenido nunca. Aquí estamos hablando tranquilamente de subastas y jaulas, y las mujeres de las jaulas pueden oírnos. También tienen que saber que probablemente acabaremos desnudas y enjauladas como ellas en uno o dos días… o tres, si tenemos suerte. Se estremeció ante la idea, ¡notando que realmente le parecía excitante! Podía imaginarse desnuda y etiquetada, en una de aquellas jaulas mientras algún otro grupo de mujeres venían en otra visita y se detenían a mirarla y a hacer preguntas.
“Sí. Las jaulas más pequeñas se usan para retener a mujeres que ya pertenecen a alguien. Las alojamos aquí hasta que sus propietarios mandan a buscarlas. A veces sus propietarios también solicitan que las entrenemos. También lo hacemos aquí, por un precio adicional.”
“¿Entrenarlas?” Cat parecía muy interesada. “¿Dónde lo hacen?”
“Arriba.” El señor Brown señaló el piso superior.
“¿Podemos verlo?”
“Me temo que no, señorita. En todo caso, no en este momento.” El señor Brown se rió, pero hubo un destello de dureza en su mirada, mientras miraba a Cat, como si la estuviera evaluando.
Kimberley se preguntó que podría implicar el “entrenamiento”, y decidió no preguntar. Ya estaba teniendo bastantes problemas para acomodarse a esta ciudad tan peculiar.
“Aquí están los corrales para la subasta de esta noche.” El señor Brown continuó mientras se acercaban a una de las dos grandes jaulas. “No hay muchas esclavas aquí ahora mismo porque tenemos a cuatro de ellas… em… en preparación en la parte de arriba.”
Cat se apresuró hacia delante. Kimberley y Bárbara se aproximaron a la jaula más despacio. Como en las jaulas más pequeñas, el suelo de ésta estaba cubierto de paja fresca, pero no había mantas. Tres mujeres jóvenes estaban acurrucadas en el centro, totalmente desnudas. Llevaba cada una un collar de cuero ancho, y las muñecas esposadas por detrás. Desde los grilletes iban trozos cortos de cadena hasta los anillos situados en los collares. A diferencia de las mujeres de las jaulas de retención, parecían cansadas y abandonadas. Cabellos despeinados llenos de paja, y pies con aspecto de sucios. Las mujeres también parecían un poco asustadas, pensó Kimberley. De nuevo se estremeció. Todo esto la estaba excitando. Podía sentir que los pezones empezaban a marcarse contra el tejido de su sostén deportivo.
“A todas estas las han traído esta mañana,” siguió el señor Brown. “Antes de la subasta, las limpiaremos un poco, por supuesto.”
Kimberley se fijó en una de las cautivas, una pelirroja esbelta de piel pálida, cremosa. Tenía en la grupa una marca roja y otra, más pequeña y más leve en uno de los redondeados muslos. La cadena enganchada a los grilletes le mantenía las manos bien altas y alejadas de la grupa. Parecía una postura incómoda y a juzgar por las pequeñas contorsiones que las tres mujeres hacían constantemente con los brazos y hombros, también a ellas les resultaba incómoda. Los collares tenían que ser lo suficientemente gruesos y rígidos para evitar que se asfixiasen ellas mismas. Si las habían llevado aquella mañana, ¿cuándo las habían capturado? ¿La noche pasada? ¿Ayer? ¿Hacía unos días? ¿Cómo las habían capturado, mediante algún tipo de trampa para mujeres o en alguna emboscada como a ella el año anterior? Volvió a pensar en su propia primera noche, la cuerdas prietas y las piquetas de tienda de campaña que la sujetaban, abierta en X, indefensa y volvió a estremecerse. Notó que Bárbara, junto a ella, también miraba. ¿Qué estaba pensando ella?
“Por aquí…” señaló el señor Brown. Empezó a caminar hacia la otra jaula grande. “Creo que a las señoras podría interesarles esto.”
Incluso Cat parecía pensativa mientras le seguían. Kimberley echó una última mirada a la pelirroja. Ninguna de las mujeres de la jaula parecía feliz de sus circunstancias… pero no podía sentir mucha simpatía hacia ellas. Habían firmado esto. Si era más intenso de lo que habían esperado, bueno, ¿entonces qué? Ella misma lo había soportado todo el año anterior y ahora estaba aquí, dispuesta para otro asalto.
“Estas dos serán la principal atracción de la subasta de esta noche. Esperamos una puja muy viva.” El señor Brown golpeó ligeramente las cadenas del cierre de la jaula con una mano. “¡Arriba!” ordenó.
Kimberley tuvo que acordarse de respirar. Había en la jaula dos mujeres muy jóvenes. Suponía que tendrían entre los diecinueve y los veinte años. Tenían puestos collares como las otras, pero no estaban esposadas. Estatura media, pechos llenos, redondos, maduros, pezones oscuros, caderas curvadas suavemente y piernas largas y torneadas. Las dos tenían pelo castaño hasta los hombros, el de una un poco más oscuro, y rostros eslavos anchos, de carrillos elevados. A diferencia de las mujeres de la otra jaula se las veía limpias, recién lavadas… y afeitadas también, según observó. Estaban en pie, una junto a la otra, la del pelo más oscuro rodeaba con el brazo la cintura de la otra. Se parecían mucho, o a Kimberley se lo parecía, por lo que supuso que eran parientes… primas tal vez… ¿o hermanas? Se estremeció nuevamente. Tenía una prima un año más joven, y no podía imaginarse compartiendo algo como aquello con Sammy. Con Bárbara era diferente.
Las mujeres de la jaula las miraban impasibles, e incluso algo en sus ojos, algo en su actitud, sugería a Kimberley una sexualidad provocativa. Sí, sin duda HABRÍA una puja viva por aquella pareja.
“Uau…” murmuró Cat con admiración mientras miraba a las dos cautivas. “Seguro que me alegraré de no competir con estas dos.” Al oír sus palabras las cautivas se miraron entre sí y sonrieron levemente, como si compartieran un secreto. Kimberley se preguntó como habrían acabado allí. No parecían del tipo de las que iban para que las cazaran en la jungla. Parecían demasiado… suaves, demasiados sensuales para ello. Le recordaban, de alguna manera, gatos de interior, ligeramente interesados, si acaso, por lo que podría haber fuera. Si aquello era cierto, querría decir que habían venido aquí para venderse, ellas mismas, como esclavas. Tenía que acordarse de preguntarle a Cat más tarde como funcionaba aquello.
“Esto concluye la visita, señoras,” dijo el señor Brown. “Me temo que ahora tendrán que ir al hotel. Si lo desean puedo conseguir que alguien les lleve las mochilas hasta allí.”
“¿PODRÍA hacerlo?” el agradecimiento de Bárbara era un poco teatral, pero completamente sincero. “A mí…” miró rápidamente a sus compañeras “a nosotras… ¡nos encantaría!”
“No hay problema, señorita.” El señor Brown se rió una vez más, pero sus ojos vagaron sobre cada una de ellas como si se estuviera imaginando el aspecto que tendrían en una de las jaulas. Se le ocurrió a Kimberley que aquel señor Brown tal vez no fuera tan amable y encantador como parecía, pero no apartó la vista cuando sus ojos se encontraron. Él le sonrió cuando ella lo hizo y señaló con la cabeza. “Por aquí, señoras, por favor.”
Después de la apagada penumbra del establo, la luz del mediodía hacía casi parpadear. Kimberley tuvo que hacerse sombra con la mano cuando salieron del edificio. Con los ojos entrecerrados y parpadeando casi se choca con un hombre alto, larguirucho, que guiaba a un caballo.
“¡Oh!” exclamó echándose a un lado de un salto. “¡Perdón!”
“No hay problema, señora.” Sonrió mirándola. Se despojó del viejo y manchado sombrero vaquero que llevaba con una reverencia. “Espero que simplemente no me viera llegar.”
Aparentaba estar al final de los treinta o comienzos de los cuarenta, pelo marrón oscuro y barba de tres días. Las botas, pantalones y camisa estaban polvorientas y sucias, como si acabara de volver a la ciudad después de muchos días en el campo. También él tenía los ojos entrecerrados ahora que se había quitado el sombrero, y no podía decir de que color tenía los ojos. Levantó la vista y pasó a su lado. “Señoras,” saludó a Bárbara y Cat que iban detrás de ella. Tras él, el caballo relinchó y sacudió la cabeza. Al oírlo, miró al caballo y tuvo que tragar saliva. Había un cuerpo atravesado en la silla, cubierto con una manta, de modo que solo podía ver unos brazos que sobresalían por el extremo más alejado y unas piernas por el más cercano. Eran brazos y piernas de mujer, las muñecas y los tobillos atados con cuerdas y unidos unas y otros por más cuerda que pasaba por debajo del caballo. Intentó apagar un sofoco horrorizado.
Él miró hacia atrás y se rió al ver su expresión. “Ella está bien, señorita,” le aseguró. “Está viva y llena de vigor. Solo le he puesto la manta encima para protegerla de una insolación. Deje que se lo demuestre.” Puso el caballo de costado y retiró la manta. La mujer que había debajo estaba desnuda y empezó a hacer sonidos sofocados de protesta. La agarró del pelo castaño claro y le levantó la cabeza. Kimberley vio que estaba fuertemente amordazada, con algo metido en la boca. Sus ojos brillaban de furia, de enfado. Tenía la cara enrojecida.
“Buenas tardes señor Quinn,” dijo el señor Brown mientras se dirigía hacia ellos. “¿Qué tenemos aquí?”
“Algo para la subasta,” replicó el señor Quinn, soltando el cabello de la mujer. La cabeza cayó hacia abajo de modo que Kimberley no pudo verle más la cara, pero siguió gruñendo a través de la mordaza.
“La cacé hace un par de noches,” continuó el señor Quinn. “Está todavía bastante salvaje, y tengo mejores cosas que hacer con mi tiempo que usarlo en domarla.” Lanzó la mano para azotarle una vez el trasero vuelto hacia arriba, con dureza, provocando gruñidos más altos y una furiosa agitación en la mujer. Kimberley dio un paso atrás, luego otro y se tropezó con Bárbara. Se apartaron asustadas, intercambiando miradas. Cat se rió por lo bajo.
El señor Brown se volvió al oír el ruido. “Señoras,” dijo, “creo que será mejor que vayan al hotel ahora. Este asunto no es de su incumbencia. Les enviaré directamente sus cosas.”
“Ah… bien…” asintió Kimberley nerviosamente. “Vale…” notó que el señor Quinn la estaba mirando con cierto interés, y apartó la vista rápidamente. “Vamos Bárbara, Cat.”
“¡Gracias por la visita, señor Brown!” dijo animadamente Cat mientras se iban. “¡Encantada de conocerle, señor Quinn!”
Kimberley no miró hacia atrás. De hecho miraba siempre adelante y no veía casi nada. Siguió andando hasta que Cat la agarró del brazo y le dijo que estaba a punto de pasarse de largo el hotel. Estaba tan excitada por el corto encuentro con “el señor Quinn” y su cautiva y su mente estaba tan preocupada en pensamientos sobre lo que el señor Quinn podría haber hecho a su presa antes de llevarla allí, que sintió un cosquilleo donde Cat la había tocado hasta mucho después de que hubieran entrado en la calma y el aire acondicionado del Hotel Gordburg.
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