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Presa escurridiza - Cap 3

El hotel promete seguridad, pero también entrega. Kimberley sabe que mañana será presa, y la idea la excita tanto como la aterra. Entre duchas que despiertan recuerdos prohibidos y cenas donde cada mirada es una amenaza, ella debe decidir si huir o dejarse capturar.

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Capítulo Tres

“Bien, ¿qué piensas del sitio hasta ahora?” preguntó Bárbara mientras salía del baño secándose su largo pelo rubio. Estaba envuelta en un albornoz esponjoso y blanco y con los pies descalzos.

“¿El hotel? Está bastante bien,” contestó Kimberley, ausente. Estaba tumbada en una de las camas de la habitación, la cabeza apoyada en una almohada, las manos unidas tras la cabeza, las piernas cruzadas, vestida solo con el sostén deportivo y las bragas. Aún no habían llegado los equipajes.

“A-ah.” Asintió Bárbara, sentándose en la cama, cerca de ella. “Sabes a que me refiero. ¿Qué piensas del sitio en conjunto?”

Kimberley cerró los ojos. “Va a llevar algún tiempo acostumbrarse,” dijo. “Es… más de lo que esperaba. ¿Qué piensas tú?”

Bárbara siguió secándose. “También es más de lo que esperaba,” replicó al cabo de un rato. “Más… organizado. Es divertido…”

“¿Qué es divertido?” Kimberley abrió los ojos y se incorporó. Cada vez que cerraba los ojos podía ver al señor Quinn y a su cautiva furiosa, rabiosa, y eso la distraía.

“Es divertido porque… bueno, porque hacen que te sientas segura. Parecen saber lo que hacen aquí.”

“Sí,” Kimberley mostró su acuerdo. “Pero, ¿sabemos nosotras lo que estamos haciendo? Pensaba que después del año pasado tendría un cierto manejo de las cosas. Ahora me siento como si hubiera vuelto al principio, completamente perdida.”

“Tal vez el señor Quinn te ayude a encontrarte.” Bromeó Bárbara, dándole un ligero codazo en las costillas. “Vi como le mirabas.”

Kimberley se rió débilmente. ¿También viste como me miraba él?” respondió. “Me sentí…”

“¿Caliente?” sugirió Bárbara. Kimberley le atizó con la almohada. Con fuerza.

“Vale, vale…” Bárbara levantó una mano. “Dime como te sentiste.”

“Me sentí pequeña y desnuda e indefensa,” contestó Kimberley. “Igual que me pasó el año pasado.”

“¿Eso te preocupa?”

Kimberley le sonrió irónicamente. “Eso depende de cómo definas ‘preocupar’. Tiene gracia…” siguió, volviendo a tumbarse. “Tras mi pequeña aventura del año pasado, estaba segura de que ahora sabía lo que quería. Estaba TAN segura de eso que nunca se me ocurrió, hasta que volví a casa, que no tenía ni idea de cómo continuar en el mundo normal.”

“Tal como lo pones supone solo una llamada de teléfono.” Apuntó Bárbara.

“Sí, lo sé… pero no es de la misma manera… no después del pasado año, en cualquier caso… y puede ser bastante caro. Pero eso está más allá del punto que intento hacer.”

“Entonces, ¿cuál es ese punto?” Bárbara levantó la mano para pasarse los dedos entre el cabello y volvió a secárselo. El baño tenía un secador de pelo, pero nunca los usaba. Con todo lo espesa que era su melena era también muy fina y creía firmemente que los secadores se la dañaban.

“¿Qué cuál es mi punto…?” Kimberley suspiró. “Mi punto es, digamos que conoces a un tío, y que hay algo de química real entre vosotros. Digamos que después de un par de citas estáis los dos preparados. Tú te mudas a su casa o él viene a la tuya. Ahora, ¿cómo le dices a él lo que te gusta sin asustarle tal vez o sin que piense que estás seriamente trastornada?”

Bárbara se rió. “Bueno, caramba… normalmente estiro las cosas hasta que él esté a punto de reventar por sí mismo. Te sorprenderías de lo voluntarioso que puede ser un tío para acomodarse a ti en esas circunstancias.”

“Ya, ya.” Asintió Kimberley. “Eso te funciona a ti. Pero yo no puedo hacerlo.”

“¿Por qué no?”

“Me parece que no es juego limpio, eso es todo. Y…” suspiró en alto. “Lo que a mí me gustaría DE VERDAD, lo que deseo DE VERDAD, es que ÉL me lo sugiera a MÍ. O tal vez que no me lo sugiera en absoluto, solo que vaya adelante con eso. Es un poco difícil encontrar un hombre tan seguro de sí mismo como para hacer eso, que también le guste eso, ¿sabes?”

Bárbara le dio unos golpecitos en el hombro. “Lo sé. Y lo entiendo, créeme.” Volvió a reírse. “Pero dejas fuera una cualidad más.”

“¿Cuál?”

“Tiene que ser seguro de sí mismo, tiene que gustarle eso, Y también tiene que ser atractivo. No harías eso con cualquiera, ¿verdad?”

Kimberley se rió a su vez. “Sí, tienes razón, pero hacerlo todo simplemente suena mucho más fuerte.”

Bárbara sonrió. “Creo que aquí será todo así de fuerte. El señor Quinn parecía un candidato bastante bueno, y no llevábamos en la localidad más de una hora.”

Kimberley le volvió a dar con la almohada, derribándola sobre un costado y la dejó tirada en la cama. Las risas de Bárbara la siguieron en el camino al baño. No fue hasta que cerró la puerta tras ella que Kimberley empezó a reírse, primero con risitas y luego a carcajadas.

La ducha sentaba estupendamente. Era amplia, de baldosas negras y cromados. Había aspersores en tres lados del compartimento, a diferentes alturas. También había uno manual, con caudal ajustable en el extremo de una manguera metálica. Kimberley empezó a experimentar con él. Se sentía todavía un poco… nerviosa… tras la visita a los corrales de esclavas y el encuentro con el “señor Quinn”. Podía imaginarse a sí misma en una de aquellas jaulas o en el bloque de subastas. Casi podía imaginarse en las garras del señor Quinn. Pero cuando cerraba los ojos y dejaba que el fino y punzante chorro deambulara por su torso, el rostro… y el cuerpo… que se imaginaba era el de Alfa. ¿Estaba él aquí, en alguna parte? Pensó que era poco probable. Más probablemente estaría cazando alguna otra mujer en aquellos bosques de pinos. Se estremeció cuando el chorro le restregó los pezones. ¿Pensaba alguna vez en ella? Esperaba que sí. Realmente lo que de verdad esperaba era que pasara noches en vela pensando en su perdida Chica-elfo. Bajó el chorro por el vientre, por los muslos, y volvió a estremecerse. Había contemplado de hecho la posibilidad de volver a aquellos bosques para ser cazada precisamente por Alfa. La mujer con la que había hablado había sido cortés pero firme. Aquellas cosas simplemente no se hacían, para nadie.

De modo que… tal vez Alfa estaba perdido para siempre para ella. O tal vez no… podía esperar todavía, pensó con una sonrisa. Ajustó ligeramente la cabeza aspersora y empezó a pasársela por la parte interna de los muslos. Se agarró con la mano libre a un raíl vertical que parecía haberse instalado precisamente para este tipo de situaciones. Tuvo que apretar los dientes para evitar gritar.

Bárbara podía no usar secadores de pelo, pero Kimberley no tenía ningún problema con ellos. Su propio cabello rubio-miel podría parecer tan fino como el de Bárbara, pero realmente era rígido y un poco grueso y los secadores no lo dañaban en absoluto. Con lo corto que lo llevaba ahora también se secaba rápidamente. Se pasó los dedos por él una última vez. No tenía sentido peinárselo cuando estaba tan corto. Él mismo se colocaría como una bonita maraña de rizos sueltos hiciera ella lo que hiciera. Se miró por última vez en el espejo de cuerpo entero, volviendo la cabeza a uno y otro lado. Siempre había sido muy sensible respecto al aspecto de sus orejas. Estaban notablemente inclinadas hacia atrás y casi no tenían lóbulos y las puntas terminaban de forma afilada. Pero el año pasado, debido a esto, Alfa la había bautizado como Chica-elfo. También había descubierto, en su propio beneficio, que eran maravillosamente sensibles. Las había utilizado como llave para desbloquearla. Ahora estaba orgullosa de su aspecto. Cuando hizo inventario del resto de sí misma en el espejo, no vio nada de lo que debiera estar menos orgullosa: bonitas piernas, lo adecuado en cuanto a caderas, pechos… bueno, de acuerdo, estaban un poco en el lado de los pequeños, pero cuadraban muy bien con su constitución y sus pezones ligeramente vueltos hacia arriba los hacían parecer alegres. Se cruzó las muñecas por detrás, como si estuviera atada. Si echaba un poco los hombros hacia atrás, parecerían aún más alegres, pensó.

Desde el año anterior siempre había mantenido su mata púbica cuidadosamente arreglada, formando un bonito y pequeño triángulo. Se pasó una mano entre las piernas, buscando cualquier pelusa por los bordes. No necesitaría hacer nada durante varios días más, pensó. Finalmente se dio la vuelta, se miró por encima del hombro y meneó el trasero a modo de prueba. Sonrió ante el resultado. Todavía hermosamente redondeado, todavía hermosamente firme. Aguantó la necesidad de reírse ante sus numeritos, pero no pudo evitar una sonrisa ante su reflexión. Después de aquella ducha larga, em… agradable… se sentía maravillosamente relajada y ligera y lista para otra aventura. Se puso un albornoz, gemelo del que había usado Bárbara, y salió del baño. Faltaban varias horas para la cena, pero tal vez pudieran pedir algo de comer al servicio de habitaciones.

Bárbara estaba sentada en su propia cama, apoyada en almohadones entre la espalda y el cabecero. Habían llegado sus mochilas. Una estaba sobre una estructura metálica de las que había a los pies de cada cama. Y había alguna otra persona en la habitación, sentada en la cama cerca de Bárbara.

“Oh… ¡hola!” Kimberley sonrió a la recién llegada, ciñéndose inconscientemente el cinturón de tela de su albornoz.

La mujer se puso en pie, sonriendo. Era una mujer madura, de unos cuarenta años, pelo oscuro, alta y de aspecto elegante, vestida con una falda negra ajustada hasta las rodillas y una chaqueta negra. Debajo de la chaqueta llevaba una blusa deslumbrantemente blanca con volantes y encajes por la parte delantera. Zapatos negros de tacón bajo completaban su atuendo. Bueno, no, no del todo. Cuando se dirigía hacia ella, le estrechaba la mano, aún sonriente, Kimberley notó que su blusa estaba abierta por delante hasta la mitad… ¿o es que estaba hecha precisamente para llevarla así? Pero a través de la abertura pudo ver que la mujer también llevaba un ancho collar de cuero negro con una gran arandela colgando de él. No pudo evitar quedarse mirando mientras estrechaba la mano ofrecida.

“Ah… ¡perdón!” Kimberley sintió que su rostro se ponía rojo. “Ha sido sin querer…”

“No se preocupe. Estoy acostumbrada. Por favor, llámeme Joanna. Y usted debe ser la señorita Jacobsen… ¿o debería llamarla Chica-elfo?”

Kimberley se rió. Todavía sentía la cara caliente y roja. “Puede llamarme Kimberley… o incluso Kim,” replicó.

La sonrisa de Joanna pareció animarse un poco respecto a su amabilidad profesional. “Me temo que no se me permite utilizar nombres propios, señorita Jacobsen… al menos no en las actuales circunstancias.”

“¿Circunstancias?” Kimberley frunció el ceño. “¿Qué circunstancias?”

“Como le explicaba a la señorita Kingman,” Joanna señaló a Bárbara, “en tanto que sean huéspedes del hotel, no puedo dirigirme a ustedes por sus nombres. Me temo que, en todo caso, no debería haberme referido a usted como Chica-elfo, pero es un nombre tan original, y le cuadra tan bien. Mis disculpas.”

Vale, esta tiene que ser otra de esas reglas a seguir de aquí, pensó Kimberley. Cierto, Joanna se había pasado un poco al llamarla Chica-elfo. Era agradable saber que la gente de aquí era suficientemente humana como para hacerlo de vez en cuando. “No hace falta disculparse,” dijo. “Pero, tengo que preguntarte… ¿Quién eres y por qué estás aquí?”

“¿Nos sentamos?” sugirió Joanna, indicando la mesa redonda y las cuatro sillas de la esquina de la habitación. “El hotel enviará pronto una comida complementaria. Estoy aquí para contestar cualquier pregunta que tengan, y para ocuparme de los últimos pequeños detalles de su registro.”

¿Últimos pequeños detalles? Kimberley se preguntó cuales podrían ser, mientras seguía a Joanna hacia la mesa. La mención de la comida, complementaria o como fuera, había dado energías a Bárbara que saltó de la cama en un remolino de albornoz blanco como la nieve y una momentánea visión de piernas largas, muslos esbeltos y apresuramiento.

“Ahora mismo tengo algo que preguntar,” le respondió Kimberley a Joanna. “¿Por qué llevas ese collar?”

Joanna se detuvo e hizo una pausa antes de darse la vuelta. Había regresado a su sonrisa profesional. “Parte de mi trabajo lo requiere, señorita Jacobsen,” contestó. No dijo nada más, y Kimberley decidió apurar un poco más el asunto. Parecía que Joanna contestaría a preguntas directas, pero no aportaría nada voluntariamente. Esto podría ser interesante.

“Otra pregunta.” Kimberley sonrió dulcemente mientras se sentaba junto a la mesa. “¿Qué parte de tu trabajo te exige llevar ese collar?”

“Es usted persistente, señorita Jacobsen.”

“Por favor, contesta a la pregunta.” Kimberley se inclinó hacia delante, todavía sonriente. “Me muero por saberlo.”

“Muy bien.” Joanna pareció enrojecer un poco. “Dicho sencillamente, a veces se me puede… solicitar… desde el servicio de habitaciones. A veces también se me llama para asistir al… entrenamiento de alguna de las mujeres que han sido capturadas como esclavas.”

Kimberley ya había sospechado algo respecto a las funciones del “servicio de habitaciones”. Era fácil imaginarse a un hombre deseando probar a una mujer madura tan atractiva, especialmente si había notado el collar. Aunque la segunda mitad de la respuesta de Joanna la desconcertó. Tal vez fuera más inteligente no provocar a esta mujer, pensó. No fuera a ser que tuviera pronto a una Joanna cabreada haciendo cualquier tipo de asistencia en cualquier tipo de entrenamiento que pudiera corresponderle a ella más adelante.

“De acuerdo.” Kimberley levantó la mano. “Lo siento. Vayamos a esos últimos pequeños detalles que has mencionado.”

“Muy bien.” La sonrisa de Joanna se volvió de nuevo más cálida.

Llevaban solo un pequeño recorrido por los detalles cuando alguien llamó a la puerta. “Debe ser el servicio de habitaciones,” dijo Joanna.

“¡Lo recogeré yo!” anunció Bárbara, casi saltando de la silla. Su pelo, ahora suelto y completamente seco, volaba tras ella como hilos de oro mientras se apresuraba a abrir la puerta.

La comida complementaria constaba de bocadillos hechos de pequeños panecillos crujientes, ensaladas mixtas en pequeños cuencos, y una vasija de barro con algún tipo de sopa que olía deliciosamente. También había café, té caliente, té helado y una botella pequeña de vino tinto, todo colocado en un carrito metálico. Un caballero maduro vestido con un traje negro sonrió y saludó a Bárbara con la cabeza, antes de dejarlo todo sobre la mesa. No dijo ni una palabra, solo sonrió y saludó a Kimberley y se inclinó levemente ante Joanna antes de salir. Bárbara cerró la puerta tras él y luego se apresuró a inspeccionar la comida, tomó un plato vacío y empezó a llenarlo.

“Adelante, por favor.” Indicó Joanna a Kimberley, que había dudado. “Estoy segura de que las dos tienen hambre y la comida aquí es excelente.”

“¡Oh, uau!” exclamó Bárbara tras morder a fondo un bocadillo. “¡Esto ESTÁ bueno!” Miró a Joanna. “¿Te importaría unirte a nosotras?”

“No, gracias.” Joanna sonrió. “Ya he comido”

Kimberley se encogió de hombros y empezó a llenar su propio plato. Tal vez Joanna ya hubiera comido y tal vez simplemente no le estuviera permitido comer con las huéspedes, pero no iba a investigar el asunto. Tomó su bocadillo y dio un bocado: jamón asado, queso suizo, un poco de lechuga romana y una pizca de mostaza escocesa… pero sabía como si fuera el mejor jamón, queso suizo, lechuga y mostaza que hubiera tomado nunca. ¿Cómo estaría la sopa?

“Tengo una pregunta…” dijo entre dos bocados. “Una conocida nuestra dijo que iba a venderse en el mercado de esclavas de mañana. ¿Cómo funciona eso?”

“Lo siento…” respondió Joanna. “No entiendo.”

“Bueno,” explicó Kimberley. “Nosotras…” movió la mano señalando a Bárbara, que estaba demasiado ocupada comiendo para hablar en aquel momento, “Nosotras firmamos para… evasión y escape, creo que se llama. Aunque básicamente vamos a jugar al escondite en los bosques con un grupo de hombres que intentan capturarnos con todas sus fuerzas, y ambas sabemos lo que ocurre si somos capturadas.” No pudo resistirse sonreír al decirlo. “Pero nuestra amiga ha firmado para algo distinto. Va directamente al mercado de esclavos mañana por la mañana. Quiero saber por qué no se nos habló sobre esta… um… opción, y como funcionaría si la hubiéramos elegido.”

“Ah.” Asintió Joanna. “Bueno, en realidad sería bastante sencillo. Usted y la señorita Kingman ya han pagado por su… paquete de vacaciones aquí. Esta habitación se mantendrá para ustedes dos durante su estancia aquí…”

“No veo que tiene esto que ver con mi pregunta,” interrumpió Kimberley.

“No. Tal vez no, pero déjeme terminar, por favor.” Joanna la miró con un poco de acritud.

“Lo siento. Siga, por favor.”

“Como decía… su pago incluye esta suite y todas las otras instalaciones del hotel; piscina, spa y todas las otras comodidades. También cubre comidas. Ustedes dos pueden elegir entre disfrutar sencillamente de la hospitalidad de la casa y no salir a jugar al escondite, como le ha llamado usted.” Joanna se tomó un respiro. “Ahora bien, si eligen salir a jugar, puede muy bien que las capturen. Sus captores pueden decidir retenerlas hasta que se cumpla su tiempo o pueden decidir venderlas ellos mismos en el mercado de esclavos. Si hacen eso y ustedes son vendidas, una parte de las ganancias de la subasta se ingresarán en su cuenta. En el caso de su amiga ha reservado una suite aquí solo para una noche. Puesto que se va a vender a sí misma, por así decir, todas las ganancias de su venta se ingresarán en su cuenta.” Sonrió. “¿Está claro?”

“Ah… sí,” Kimberley tragó saliva. “Excepto en que todavía no sé por qué no se nos habló de esto de antemano.”

Joanna sonrió cálidamente. “Puesto que esta es solamente la segunda vez para cada una de ustedes, no debería ofrecerse como opción. ¿Qué sentido tendría que se lo contaran?”

Kimberley suspiró. Como el año anterior iba a tener que aprender las cosas según le fueran llegando. Levantó la vista hacia Bárbara, que estaba dando cuenta de su segundo… o tercer… sándwich. Los ojos azules de Bárbara se ensancharon y ella contestó encogiéndose de hombros.

Se volvió hacia Joanna. “De acuerdo. Entonces, ¿ahora qué?”

“¿Sigue siendo su intención meterse en los bosques mañana por la mañana?”

“Sí… Supongo que sí. ¿Por qué?”

“Antes de hacerlo, tienen que registrarse con unos de nuestros guías. Hay una oficina justo detrás de la zona de piscina, en el borde del bosque. Asegúrense de pasar por allí antes de entrar al bosque.”

“Pensé que ya nos habíamos registrado,” Bárbara pareció sorprendida.

“Están registradas en el hotel,” contestó Joanna. “Todavía no para ‘evasión y huida’.”

“¿Por qué tenemos que volver a registrarnos? ¿No está ya todo acordado al llevar chips implantados en las orejas no podemos salir a jugar al bosque, verdad?”

“Correcto.” Asintió Joanna. “Sin embargo aún pueden quedarse en el hotel. Para eso está pagada su suite. Hay algunas mujeres que solo hacen eso. Sin embargo el hotel tiene una especie de sala de fiestas, y allí van hombres y mujeres.” Sonrió. “No se diferencia mucho en ese aspecto de muchos otros centros de vacaciones.” Miró a Bárbara, luego a Kimberley. “¿Alguna otra pregunta?”

“Em… no. De momento no.” Kimberley miró a su amiga. “¿Bárbara?”

“Ninguna por mi parte.” Bárbara agitó la cabeza.

“Muy bien.” Joanna se puso en pie. “Si alguna de ustedes cambia de idea, solo tiene que llamarme. Marquen ‘0’ para Información.” Saludó con la cabeza a Kimberley y a Bárbara por orden. “Buenas tardes.”

“¡Uau!” soltó Bárbara cuando Joanna cerró la puerta tras de sí. “Menuda representación. Una especie de reina de hielo, ¿verdad?”

“Algo así,” confirmó Kimberley. “Aunque me pregunto cuanto de ello es solo un parapeto. ¿Viste el collar que llevaba?”

“Imposible ignorarlo.” Asintió Bárbara. Luego se rió. “Me pregunto con que frecuencia se la llama del servicio de habitaciones. Es muy profesional, muy propia y muy distante… y un hombre que viera ese collar y empezara a preguntarse… y luego una noche, levanta el teléfono.”

“Sí. Puedo imaginarlo,” asintió Kimberley. Intentó tomar un poco de sopa. Estaba cargada de deliciosos vegetales, pero no había ni rastro de carne. Ella misma se vio preguntándose como resultaría Joanna desnuda de todo a excepción de aquel collar.

“¿Pero has pillado que unos… algunos de los cazadores son mujeres?”

“Lo he pillado.” Asintió Kimberley. Se tomó otra cucharada de sopa. “Cat también lo mencionó. ¿Qué piensas de esto?”

“No estoy segura de querer ser capturada por una mujer.” Bárbara bostezó y se estiró. “Una mujer puede ser demasiado cruel, ¿sabes? ¿Aún quieres seguir con esto?”

“Ya que he llegado hasta aquí,” contestó Kimberley. “¿Y tú qué?”

“¿Yo? Yo sigo.” Bostezó de nuevo. “O, mejor, seguiré mañana. Estoy un poco adormilada ahora mismo.”

Kimberley retiró el cuenco, ahora vacío, y tomó una de las pequeñas ensaladas. También ella se sentía un poco cansada, pero en aquel momento el hambre podía al cansancio. “Échate una siesta,” le sugirió. “Te despertaré con tiempo para cenar. Tal vez podamos echarle un vistazo a la sala de fiestas.”

Bárbara bostezó otra vez, ampliamente. “De acuerdo. Me parece bien.” Se levantó y se estiró. “Pero no debemos quedarnos hasta muy tarde. No me gustaría quedarme dormida mañana en el camino.”

“Si lo haces te dejaré atrás.” Sonrió Kimberley, pero no estaba bromeando en el fondo. Pretendía ponerle las cosas muy difíciles a cualquiera que intentara capturarla. Era la Chica-elfo, después de todo. Tenía que proteger los comienzos de una reputación.

Bárbara anduvo descalza hasta la cama y se dejó caer sobre ella, boca abajo. Se movió una vez para colocarse una almohada bajo la cabeza y luego se quedó quieta.

Kimberley se sentó tranquilamente en la silla, devorando la ensalada. Tenía una especie de aderezo, ligeramente dulce y ligeramente salado a la vez. La terminó rápidamente y tomó un poco más de vino. Ahora se sentía agradablemente llena y más que ligeramente adormilada. Tal vez pudiera vestirse y echar un vistazo a los alrededores del lugar, pero de alguna forma parecía ser demasiado problemático ahora mismo. Por otra parte echarse una siesta corta le parecía bien y no iba a suponer ningún problema. Lo último que hizo antes de derrumbarse en su cama fue hacer una llamada al servicio despertador. Si la cena que servían era tan buena como el almuerzo no querría perderse ninguna. Podría pasar un tiempo antes de que tuviera la oportunidad de otra comida sólida.

“¿Estás segura de esto?” preguntó Bárbara llanamente, sujetando contra su cuerpo el vestido que había traído, como si pudiera cambiar la idea de su amiga. Era rojo oscuro, escotado por delante y por detrás, y terminaba como a una cuarta por encima de las rodillas. Kimberley se lo había visto puesto antes. Se le ceñía al cuerpo de una forma que hacía volver las cabezas de los hombres, de una forma que Kimberley siempre pensó que provocarían traumatismos cervicales, y el tejido era lo bastante fino como para despejar cualquier duda respecto a si llevaba sostén o no. Bárbara siempre resultaba espléndida con él.

A Kimberley no le gustaba en absoluto aquel vestido. “Completamente segura,” contestó. “Solo vamos a cenar, no a una discoteca.” Se colocó la otra bota y empezó a atársela.

“Todavía podemos VERNOS muy bien,” Bárbara casi lloriqueó. “Pero tú no has traído ningún vestido, ¿verdad?”

“Ninguno,” confirmó Kimberley con una sonrisa. “Solo ropa para la excursión, y así es como voy a ir a cenar. Cualquier hombre que me vea esta noche sabrá para qué estoy aquí. Si te pones eso,” señaló al vestido, “se harán la idea de que estás buscando acción para esta noche.”

“Bien, ¿entonces qué?” se incorporó Bárbara. “También podría gustarte que se fijen en ti.”

Kimberley se levantó y sonrió. “Creo que conseguiré mucha atención así. Mírame.” Se dio una vuelta. “Voy vestida de excursión, obviamente. ¿Cuántos tíos van a mirarme y sentir curiosidad por mí? Incluso podrían acercarse a nuestra mesa, intentar darme conversación, intentar aprender algo de mí que podría ayudarles a capturarme más adelante. Piensa en ello.”

Bárbara se colocó el vestido por los brazos y lo miró con añoranza. “¡Pero he venido cargando con él hasta aquí.!”

“Aún puedes ponértelo si quieres. No te estoy diciendo que no lo hagas.”

Al final, Bárbara dejó el vestido colgando en el armario de su suite y se quejó de ello durante todo el camino hasta el restaurante del hotel.

“Deja de lloriquear,” le dijo Kimberley después de que estuvieran sentadas en un apartado. “Ya me he fijado y no hay que vestir de código en este sitio. En todo caso se te ve muy bien.” Le echó un vistazo a las piernas de Bárbara, embutidas en un vaquero. “Solo espero que no estés pensando en llevar eso mañana. Tienen muy buena pinta, pero te quedan un poco estrechos, ¿no?”

Bárbara se rió. “Más que un poco,” admitió. “Pero no te preocupes. Conozco algo mejor que eso. Ropa suelta para la excursión.”

“Lo has aprendido bien.” Se burló Kimberley. “Ahora veamos que hay en el menú.”

La comida era buena. El servicio excelente. Kimberley disfrutó enormemente de su salmón a la parrilla, mientras que Bárbara se lanzaba sobre su filete como si no hubiera comido en todo el día y tampoco el anterior. Entre bocado y bocado miraban alrededor lo que podían del restaurante, dándose codazos cuando pillaban a algún hombre echándoles el ojo. Aunque despertaban mucha expectación, ninguno de sus admiradores intentó acercarse a ellas. Kimberley se preguntaba cual sería la razón. Tal vez fuera otra de las reglas del lugar. Bueno, en el fondo no tenía importancia. Estaba segura de que habrían conseguido información suficiente como para que alguno de ellos ya estuviera intentando saber más sobre ellas. Estaba segura de que tenía que haber alguna forma de que un hombre curioso, imaginativo y decidido consiguiera información en aquel lugar. Estaba convencida de ello, y sonrió para sí misma ante la idea de cuantos murmullos estarían provocando aquella noche.

Habían terminado el postre y estaban disfrutando de las últimas tazas de café cuando Bárbara le dio a Kimberley un codazo particularmente fuerte en las costillas, haciendo que estuviera a punto de tirarle la taza.

“¿Qué?” siseó Kimberley irritada. “¿Qué pasa?”

“Es ella. Viene para acá,” murmuró Bárbara.

“¿Quién? ¿Joanna?” Kimberley escudriñó la sala. “Oh… ella…”

Cat las saludó alegremente mientras se acercaba. Llevaba un vestido negro muy corto y tacones bajos, y estaba claro que no tenía piernas de animadora, como Kimberley había supuesto. Parecía una muñequita minúscula, frágil incluso.

“Hola, chicas,” sonrió mientras se acercaba a su mesa. “No os preocupéis, no tengo pensado quedarme. Es solo que os vi al pasar, y quería disculparme por haberos dado la lata esta mañana y haberos arrastrado conmigo por todo el pueblo.”

“¡Oh… em… sin problemas!” Bárbara le devolvió la sonrisa.

“Ningún problema,” intervino Kimberley. “De hecho has sido muy amable al ayudarnos. Nos contaste un montón de cosas que no sabíamos antes.”

“¡Oh, bien!” Cat se inclinó sobre la mesa. Su voz resultaba casi un susurro. “A decir verdad, no paro de hablar cuando estoy nerviosa, y he estado nerviosa todo el día. ¿Puedo pediros un pequeño favor a las dos?”

“Eh… claro.” Kimberley echó una mirada rápida a Bárbara, que se encogió de hombros. “¿Qué es?”

“Bueno, me van a llevar por la mañana al mercado de esclavos. Estaba pensando… Me gustaría mucho si vosotras dos pudierais venir conmigo… no como esclavas, ¡claro! Solo como un pequeño… ¿apoyo moral? Ya lo he consultado y no hay problema por parte de ellos. Podéis estar conmigo hasta que me lleven arriba… Sé que es mucho pedir, pero…” No terminó la frase y miró a Kimberley y a Bárbara con esperanza.

Parecía aún más pequeña y más frágil en aquella situación, y Kimberley no pudo reunir valor para decir ‘no’. Miró de nuevo a Bárbara. Bárbara se limitó a levantar una ceja y encogerse de hombros de nuevo.

“Bueno… claro… supongo que podríamos,” dijo Kimberley. “Estábamos planeando levantarnos temprano mañana, pero supongo que podremos aplazarlo un poco…”

“¡Oh, gracias!” Cat sonrió abiertamente. “Estoy un poco asustada… bueno, en realidad estoy muy asustada, pero he decidido continuar con ello. ¡Que vosotras dos estéis conmigo, aunque solo sea durante una parte, me ayudará mucho! ¡Gracias otra vez! Vendrán a buscarme a las 6:00 AM. ¿Podréis hacerlo?”

“Um… claro. ¿Por qué no?” Kimberley tragó saliva. Ya habían dado la conformidad. ¿Cómo se iban a echar atrás ahora? Pero esto quería decir que tendrían una llamada de despertador a las 5:30 como muy tarde. Más bien a las 5:00, dado lo que le llevaba a Bárbara habitualmente ponerse en marcha por las mañanas.

“Gracias,” murmuró amargamente Bárbara cuando se fue Cat.

“¿Qué, ‘gracias’?” le devolvió Kimberley. “Podías haber dicho algo en cualquier momento.”

“Esperaba que lo hicieras tú.”

“Bueno, pues no lo hice. Tendremos que irnos a la cama temprano, ¿vale?”

“Vale.” Bárbara suspiró. Agitó la cabeza con tristeza. “Odio madrugar.”

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