Presa escurridiza - Cap 4
Kimberley y Bárbara prometieron acompañar a Cat, pero nada las preparó para lo que verían en el mercado de esclavos. Mientras Cat es sometida a un dolor intenso y permanente, las dos amigas descubren que la sumisión tiene niveles que ni siquiera imaginaban.
Capítulo Cuatro
Le llevó un rato a Kimberley darse cuenta de que el teléfono de su suite no tenía botón de aviso de despertador. Se disponía a darle un manotazo otra vez, cuando su mente medio adormilada concluyó que tal vez no fuera el despertador. Bostezando y parpadeando levantó el receptor, “¿Sí?”
“La llamada de despertador que solicitó.” La voz del otro extremo era masculina y sosa, como si no fuera más que una máquina realizando una tarea programada.
“Oh…” Kimberley bostezó de nuevo. “Gracias. ¿Qué hora es?”
“Las 5:03 en este momento.” Igual de soso… ¿o habría que llamarle ‘profesional’? ¿Por qué estaba ella preguntándose semejantes cosas a una hora tan intempestiva?
“Entendido… gracias otra vez.” Farfulló para el receptor antes de devolverlo a tientas a su sitio. Deseaba con todas sus ganas seguir durmiendo, pero había hecho una promesa la noche antes, ¿no? Y Bárbara también lo había prometido… Adormilada, como estaba Kimberley se las apañó para sonreír maliciosamente. ¡Era hora de despertar a Bárbara!
“¿No podíamos al menos tomar un café o algo antes?” Bárbara iba bostezando mientras Kimberley cerraba la puerta de su suite detrás de ellas.
“PODRÍAMOS tomarlo si no hubieras tardado tanto en empezar a moverte,” le soltó Kimberley. “Siempre podemos tomarlo más tarde, cuando volvamos.”
“Uh, huh…” volvió a bostezar Bárbara. “¿Y todavía pretendes salir hoy a jugar al bosque?”
“Contigo o sin ti.” Sonrió Kimberley. “También te dije que volviéramos pronto, ayer por la noche, ¿no es así?”
“Sí, sí, sí…” Bárbara ondeó la mano. “Me dices muchas cosas.”
“Y tú ni siquiera me escuchas.” Se rió Kimberley. “Venga, vamos, lo prometimos. Se supone que hemos quedado en reunirnos con ella en la entrada delantera.”
“¿Ya ha salido el sol?” lloriqueó Bárbara mientras seguía a Kimberley por el vestíbulo.
El sol no había salido completamente, pero buena parte de él asomaba sobre el horizonte formando sombras alargadas en la calle principal. Kimberley sintió en la cara el fresco aire de la mañana. Cat no había llegado aún, pero había tres hombres esperando ya en el amplio porche delantero del hotel. Uno de ellos era Mr. Brown. Kimberley no había visto antes a los otros dos. Eran más jóvenes que Mr. Brown, pero todavía entre diez y quince años más viejos que Kimberley y Bárbara, delgados y muy bronceados, vestidos como Mr. Brown, con vaqueros, camisa de trabajo y botas.
“Buenos días señoras,” las saludó Mr. Brown. “Encantado de volver a verlas.” Su sonrisa parecía suficientemente sincera, pero Kimberley estaba segura de que estaba ansioso de encontrarlas en el futuro bajo diferentes circunstancias. Se preguntó si Mr. Brown o cualquiera de sus dos compinches probaban siempre a cualquiera de las esclavas de las que iban a ocuparse… o probarlas era solo un beneficio extra de cualquier tipo de entrenamiento al que ellos sometieran a las cautivas. Sonrió dulcemente a los tres hombres, imaginándolos alrededor de su jaula, mirándola, y pensando…
“Buenos días, Mr. Brown.” Le hizo un gesto. “Encantada de verle de nuevo. ¿Quiénes son sus amigos?”
“Mr. Green y Mr. Black,” replicó Mr. Brown, indicando cual era cual con un pequeño gesto. Green y Black asintieron y sonrieron a su vez a las dos mujeres.
“Ah… ya veo…” Kimberley asintió de nuevo. Sin duda cualquier compinche adicional sería Mr. Gray, Mr. Gold… ¿cuántos colores habría allí de todas formas? Recordó la enorme caja de lápices de colores que tenía de niña. ¿Habría allí, en algún lugar de esta extraña ciudad, un Mr. Burnt Umber?
“¡Habéis venido!” Bárbara y Kimberley se volvieron para ver a Cat acercándose a ella a toda prisa, muy sonriente. Llevaba uno de los albornoces del hotel. “¡Os lo agradezco TANTO!” Dio a Kimberley un abrazo rápido y sorprendentemente fuerte, luego hizo lo mismo con Bárbara que gruñó sorprendida. “¡No estaba segura de que estuvierais aquí!”
“Eh, lo prometí.” Kimberley intentó que no sonara demasiado formal, pero realmente parecía importante para Cat.
“¿Está lista, señorita?” interrumpió Mr. Brown.
“¡Oh! Sí, supongo que sí.” La exuberancia de Cat se esfumó y otra vez volvió a parecer pequeña y frágil.
“Entonces, quítese la bata,” ordenó Mr. Brown. Se volvió a Kimberley y Bárbara. “Pueden acompañarla, pero sin hablar y sin intentar interferir o se las escoltará de nuevo aquí. ¿Entendido?”
Las dos mujeres asintieron. Mr. Brown parecía muy riguroso al respecto, y no había duda en sus mentes de que quería decir exactamente lo que decía. Cat, mientras tanto, se había quitado la bata. Aparentemente era todo lo que llevaba. Desnuda, parecía aún más indefensa que antes. Sonrió a Kimberley con un rictus, mientras Mr. Green le tiraba de las manos hacia atrás. Kimberley había esperado que usaran cuerdas para atarla, pero en lugar de eso Mr. Black sacó una tira larga y delgada de plástico y le rodeó con ella las muñecas mientras Mr. Green le sujetaba fuertemente los brazos. Kimberley escuchó un ruido de deslizamiento cuando la apretó. Había visto aquel tipo de cosas usadas por la policía en los telediarios. Cat se estremeció mientras tensaban más el plástico, pero no se quejó. Mr. Black agarró un puñado del corto pelo de Cat, tirando de la cabeza hacia atrás mientras Mr. Green seguían sujetándole los brazos. Ahora Mr. Brown se dirigió hacia ella sacando algo del bolsillo del pantalón.
“Abre bien,” le ordenó a Cat. Lo hizo y le metió en la boca abierta lo que parecía una pelota de goma dura. La mantuvo en su sitio mientras Mr. Black la aseguraba mediante una tira que atravesaba la pelota. Kimberley había visto antes fotos de mordazas de bola, pero era la primera vez que la veía usar en persona, por así decir. Parecía estirar de forma incómoda las mandíbulas de Cat, pero salvo un pequeño gruñido, Cat no hizo ningún ruido.
Cat tenía un cuerpecito adorable, pensó Kimberley. No había nada de inmaduro en él. Era solo un cuerpo de mujer bien esculpido, en un tamaño más pequeño del habitual. Mr. Black dio una palmada al trasero de Cat… como si fuera una mascota a la que apreciara, pensó Kimberley. Mr. Green le soltó los brazos, y Mr. Brown la hizo darse la vuelta y la agarró a su vez del pelo. Empezó a conducirla hacia las escaleras que bajaban a la calle. Kimberley notó que los pechos de Cat tenían aureolas oscuras, del tamaño de una moneda de cincuenta centavos. Cuando Mr. Brown empezó a llevar a la pequeña cautiva escaleras abajo, Kimberley se dio cuenta de que había acordado acompañar a Cat todo el camino mientras trataba de clavar los tacones en la calle firme y suave. También intentaba protestar pero la mordaza de bola transformaba cualquier cosa que intentara decir en gruñidos y lloriqueos estridentes. Mr. Brown apenas pareció notarlo. Le sacaba más de una cabeza en altura y, a pesar de su esqueleto flaco, debía superarla en peso al menos en un dos a uno. Lo único que hizo fue apretar su agarre y la empujó hacia delante. Kimberley se estremeció. ¿Qué era lo que preocupaba de repente a Cat? O… tal vez no estuviera preocupada, sino solo actuando para conseguir que todos sus jugos fluyeran. Allí delante, las puertas abiertas del mercado de esclavos resultaban amenazadoras bajo la luz temprana de la mañana. Mr. Brown la escoltó hasta dentro. Kimberly y Bárbara la siguieron, a su vez escoltadas por Mr. Green y Mr. Black.
Una vez que entraron en el mercado de esclavos pareció que Cat cesaba en su lucha por completo. Mr. Brown la sujetaba aún tan fuerte como antes, pero ahora ella caminaba penosa pero obedientemente, emitiendo un ruido agudo como un gemido. Se dirigieron hacia la plataforma elevada al fondo del edificio. Había cortos tramos de escalones a cada lado. Mr Brown condujo a Cat al lateral izquierdo y luego sobre la plataforma. Los escalones eran justamente de anchura suficiente para que dos personas los usaran a la vez. Kimberley y Bárbara subieron juntas, seguidas por sus escoltas.
Mr. Brown forzó a Cat a ponerse de rodillas, luego sobre el vientre. Hizo una señal a sus compañeros para que se acercaran.
“Sujetadla abajo y que se esté quieta,” les ordenó. Mr. Green se sentó a horcajadas sobre las piernas de Cat, manteniéndola sujeta por su peso, con las manos en la parte trasera de los muslos. Mr. Black se arrodilló de manera que la cabeza de Cat quedara entre sus piernas. Agarró con las manos los antebrazos de Cat, los empujó hacia la mitad de la espalda y luego se inclinó sobre ellos. La carne desnuda de Cat estaba ahora bien apretada hacia abajo sobre el áspero suelo de la plataforma.
Kimberley se preguntaba por qué estaban haciendo aquello. Miró a Bárbara y se encogió de hombros, como interrogando. Bárbara se limitó a agitar la cabeza y encogerse de hombros. Tampoco ella sabía que era lo que iba a ocurrir. Kimberley estaba como loca por interrogar a Mr. Brown al respecto, pero había desaparecido tras la espesa cortina negra del fondo del escenario, y se suponía que no podían hablar en ningún caso. Durante unos instantes largos, largos, largos, siguieron ella y Bárbara allí en pie, escuchando los gemidos amortiguados de Cat.
Las cortinas se separaron. Apareció Mr. Brown. Otro hombre le seguía, aproximadamente de la misma edad, recién afeitado, con el pelo blanco y una bata blanca de laboratorio. Del cuello le colgaba un estetoscopio. ‘Claro…” pensó Kimberley con una risa mental… ‘este tiene que ser el doctor White.’
Su segundo pensamiento no fue tan divertido. ¿Por qué necesitaban un médico? Luego vio lo que Mr. Brown sujetaba en una mano vigorosa. Era un hierro de marcar, brillando casi al rojo blanco. Abrió la boca. CASI dijo algo, pero Mr. Brown la miró cuando iba a empezar y algo en sus ojos le hizo comerse las palabras tragando saliva de forma audible. Sintió que Bárbara se le acercaba, la tocaba. Deslizó un brazo por la cintura de Bárbara y Bárbara deslizó uno alrededor de la suya. Podía escuchar la respiración de Bárbara, rápida y superficial… ¿o era la suya propia?
Mr. Brown se colocó sobre Cat, como si eligiera donde marcarla.
“Sujetadla bien ahora,” dijo a sus esbirros. Kimberley vio que el cuerpo de Cat se tensaba, luego se estremecía de forma incontrolable. Cat empezó a chillar a través de la mordaza.
Mr. Brown miró a Cat un momento, se acercó un poco más… y luego, con una rapidez que sorprendió a Kimberley, aplicó el hierro al rojo al culito redondo de Cat. Cat soltó un alarido y su cuerpo corcoveó contra las tablas a pesar de los dos hombres que la sujetaban abajo. Bárbara, todavía sujeta a Kimberley, apartó la cabeza con un gemido. La propia Kimberley se mostró afectada. Parte de ella quería volverse también, pero en vez de ello se quedó mirando con horrorizada fascinación. Mr. Brown mantuvo el hierro en su sitio un instante, luego lo retiró, haciéndole una señal al doctor para que se acercara antes de volverse a Kimberley y Bárbara.
“Eso es todo, señoras,” dijo. “Ahora es hora de que vuelvan al hotel.” Mr. Green y Mr. Black habían liberado a Cat y se habían levantado. El doctor White doblado sobre la pequeña y sollozante mujer empezaba aparentemente a examinarla. Mr. Brown les miró un momento y luego apartó la vista.
“Se pondrá bien,” les aseguró. “Y en caso de que se lo estén preguntando, esto es parte de lo que ella firmó. Mr. Black y Mr. Green las escoltarán al hotel. Buen día, señoras.”
Kimberley echó un último vistazo por encima del hombro mientras salían del mercado de esclavos. Pudo ver a Mr. Brown y al doctor White ayudando a Cat a ponerse en pie. Cat estaba todavía atada y amordazada, pero… parecía estar bien, ¿no?
Sentía que le flaqueaban las piernas. Lo mismo le pasaba a las de Bárbara, a juzgar por la forma en que se inclinaba hacia ella. Ninguna de las dos dijo una palabra durante el largo camino de vuelta al hotel.
“Apenas puedo creerlo…” dijo Bárbara lo que pareció la milésima vez. Estaban sentadas en un apartado en un rincón del restaurante del hotel, tomándose un café y esperando al desayuno. El restaurante parecía funcionar las veinticuatro horas del día pero a aquella hora temprana había otros pocos clientes.
“¿Quieres dejar de decir eso?” le respondió Kimberley con un bajo siseo. Tampoco ella podía creerlo demasiado bien: la visión, el sonido, incluso el débil olor del culito chamuscado de Cat, todo estaba demasiado reciente en su cabeza. “Las dos estuvimos allí. Las dos lo vimos. Ocurrió, ¿vale?”
Bárbara estaba pálida y agitada. “No puedo…” empezó a repetir, y se contuvo. “Quiero decir que para mí es difícil creer que ella haya PEDIDO eso.”
“Oh…” Kimberley dio otro trago a su café. “Bueno, aparentemente lo hizo. Ahora sé por qué deseaba algo de apoyo moral, pero me hubiera gustado que nos hubiera avisado antes.”
“¿Habrías seguido yendo si lo hubiera hecho?” Bárbara se inclinó hacia delante, los ojos abiertos.
“Creo que lo habría hecho,” replicó Kimberley. “¿Y tú?”
Bárbara se echó hacia atrás, apartó la mirada y se encogió de hombros.
“¿Estás pensando en echarte atrás ahora?” Kimberley le dio un codazo. Bárbara estaba a punto de contestar, pero la interrumpió la llegada del desayuno. Las dos mujeres se limitaron a mirarse, sin decir nada, hasta que el camarero se fue. Bárbara le miró por encima del hombro hasta que estuvo fuera del alcance del sonido y luego se volvió hacia Kimberley.
“No… no estoy pensando en echarme atrás. Es solo que estoy un poco impactada, ¿sabes? ¿Qué más cosas le van a pasar ahora?”
“No lo sé.” Kimberley se encogió de hombros. “Sea lo que sea, lo sabía de antemano. Mierda, si lo solicitó por escrito. De modo que fue elección suya.” Volvió la atención al desayuno. Una tortilla con queso, acompañada de salchichas. Tenían un aspecto y un olor deliciosos, pero ella no parecía tener mucho apetito de momento. Seguía pensando en el alarido de Cat cuando le aplicaron el hierro de marcar. La marca de fuego era permanente. También los tatuajes eran permanentes, pero mientras que había visto a montones de mujeres con tatuajes… normalmente pequeños… nunca antes había visto a una mujer marcada a fuego. La marca de Cat parecía pequeña… nada más que una línea ondulada, como una ‘s’ estirada, pero aún así…
Suspiró sonoramente y le dio un bocado a la tortilla. Frente a ella Bárbara pinchó con un tenedor su propio desayuno. No parecía especialmente entusiasmada, y tal vez estuviera pensando en abandonar, pese a lo que acababa de decir. Kimberley no quería que lo hiciera. No sería lo mismo sin Bárbara. No sería lo mismo en absoluto.
“¡Eh!” dijo. Bárbara levantó la vista.
“Creo… creo que sé como funciona.”
“Como funciona, ¿qué?” Bárbara frunció el ceño.
“La pequeña representación dramática que acabamos de ver.”
“¿Eh?” Bárbara se inclinó hacia delante. “Cuenta, por favor.”
“Veamos… parece haber un montón de niveles en esto.” Movió el tenedor, abarcando el restaurante y, por extensión, el hotel, la ciudad, y todo lo que había detrás. “Tú y yo estamos solo en la piscina de niños, por decirlo de alguna forma.”
“¿La piscina de niños?” Bárbara levantó una ceja perfecta. “No lo sé. A mí me parece muy profunda.”
“¿Me sigues?” le urgió Kimberley. “Claro, también para mí es muy profunda. Pero hay partes más profundas. No tenemos que meternos en ellas, pero Cat acaba de hacerlo. Creo que tal vez la marca a fuego sea una especie de iniciación en ese extremo más profundo.”
“¿Tú crees?” Bárbara frunció el ceño de nuevo. “Bueno… tal vez…”
“¡Seguro!” Kimberley sonrió. “Tiene que ser algo así.”
“Fue bastante brutal.” Bárbara se estremeció delicadamente.
“Sí que lo fue,” confirmó Kimberley. También era, pensó, otro nivel de sumisión femenina. Cuando pensaba en ello de esa forma no le parecía tan mal, pero aún así… El año anterior la habían sometido a violación colectiva, sexo oral, sexo anal… incluso se la había follado una mujer con un consolador de arnés. Había pensado que aquello era todo lo sumisa que una podía ser, y si estaba en lo cierto respecto a Cat y su marcaje al fuego quería decir que estaba equivocada al respecto. Se estremeció ante la idea.
“Entonces, ¿seguimos adelante?” Bárbara interrumpió sus imágenes oscuras e imprecisas.
“¿Eh? ¡Ah, claro! ¡No me gustaría perdérmelo!”
“De acuerdo entonces.” Bárbara se lamió los labios, nerviosa. “Pero…”
“¿Pero qué?”
“Pero… estoy bastante cansada y bastante agitada. Estaba pensando que tal vez pudiéramos relajarnos aquí durante el día, pasar una buena noche de descanso y empezar mañana en vez de hoy.”
Kimberley dio un bocado a una salchicha para darse algo de tiempo para pensar. Ella misma estaba más que un poco cansada y “bastante agitada”. El hotel tenía piscina y aunque no se hubiera traído vestido si que se había traído un precioso y pequeño bikini, muy a propósito. Podía ser divertido ligar y provocar a alguno de los hombres guapos que había por allí. Además tenía más preguntas para Joanna.
Se tragó el trozo de salchicha. “Vale,” asintió sonriente. “Podemos hacer eso.”
Continúa en
- Relato #236537— title-regex: contiguous parts (3 -> 4)
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