Presa escurridiza - Cap 6
Kimberley creyó haber encontrado la oportunidad perfecta para espiar a sus captores y liberar a su amiga. Pero en la oscuridad del bosque, algo la observaba. Y cuando sintió el aliento de una mujer contra su oreja, supo que su verdadera pesadilla apenas comenzaba.
Capítulo Seis
El primer vistazo de Kimberley a Jack le hizo pensar que era un tío grande, fornido, pero pronto comprobó que era una trampa de la noche y la perspectiva. En realidad no era mucho más grande que ella. No obstante tenía la constitución de un practicante de lucha libre, y suponía que debía tener problemas para encontrar camisas que le sentaran correctamente.
Jack hizo una rápida exploración de la zona utilizando una linterna, pero fue tan superficial que le quedó claro a Kimberley que no pensaba que Bárbara tuviera compañía. Eso o que tal vez estuviera como loco por volver al campamento y probar a su nueva muñeca Barbie cautiva. Probablemente un poco de todo, decidió. Cuando dejó de buscar y se metió en el bosque, ella le siguió, con cuidado y en silencio.
No estaba segura de cuantos hombres formaban el grupo que había cazado a Bárbara. Distinguió cuatro voces distintas, pero era posible que no todos dijeran algo. Incluso podía haber más de vuelta al campamento. Aquel campamento no podía estar demasiado lejos o podrían no haber encontrado a Bárbara, incluso considerando lo que ella había hecho para revelar su posición. Jack seguía usando la linterna. Aquello hacía fácil localizarle. Pero también caminaba un poco más aprisa, lo que hacía difícil seguirle sin hacer ruido. Un par de veces se detuvo y miró a su alrededor antes de seguir su camino. En cada una de ellas Kimberley se quedó inmóvil, contando con que el bosque y la oscuridad le impidieran localizarla.
El campamento no estaba demasiado lejos. Antes de que lo viera había descubierto la luz de lo que tenía que ser un gran fuego de campamento delante de ella. Kimberley dio en silencio las gracias a Jack por mantenerla tan lejos y empezó a moverse hacia la izquierda, intentando encontrar un punto desde el que tuviera una buena vista. Podía oír de nuevo como se reían los hombres. También podía oír a Bárbara, gritando y gruñendo. Mientras se acercaba escuchó el sonido de un golpe. Las quejas de Bárbara se cortaron bruscamente, y Kimberley la oyó rezongar. Uno de los hombres dijo algo que no pudo entender bien y hubo más carcajadas.
Kimberley se quitó la mochila y todo lo que llevaba que pudiera hacer ruido. Mantuvo el cuchillo… por si acaso. Empezó a arrastrarse hacia el resplandor del fuego cuidadosamente, manteniéndose a cubierto. Por alguna razón parecía haber mucha maleza en los alrededores.
Tras muchos minutos terribles… había multitud de cosas pequeñas, con puntas duras, bajo la cubierta de hojas, y pronto empezaron a dolerle las manos y las rodillas… vio la hoguera a través de los arbustos. Se arrastró unos pocos pies más sobre el vientre. Desde allí… podía ver ahora.
Había un gran claro, en su mayoría de suelo desnudo, ante ella. El fuego brillaba justo en medio del claro. En el extremo más alejado había una especie de cobertizo, hecho de forma rudimentaria a base de troncos, palos y ramas. Entre el cobertizo y el fuego estaban Bárbara y sus nuevos dueños. Refunfuñando para sí misma Kimberley se desplazó hacia un costado para conseguir una vista mejor… con cuidado.
Bárbara ya había sido desnudada por completo. Kimberley había esperado verles hacerlo pero oh, bueno. Uno de los hombres estaba tras ella, manteniéndola en pie con los brazos retorcidos tras la espalda. El cabello de Bárbara estaba suelto. Seguía agitando la cabeza para mantenerlos apartados de los ojos. Kimberley podía ver la ropa y el equipo de Bárbara desperdigados por el claro y había otro hombre situado frente a ella, sonriendo mientras acariciaba los pechos de Bárbara con ambas manos. Jack estaba cerca, mirando. Un cuarto hombre estaba sentado bajo el cobertizo, bebiendo algo de una botella. Se balanceaba atrás y adelante lentamente, y Kimberley supuso que podía ser Ralphie, al que Bárbara le había dado una patada. Estaba bastante segura de dónde le había dado la patada Bárbara. Todos los hombres estaban vestidos con ropa ruda, de aspecto sucio y aparentemente ninguno de ellos se había afeitado en varios días. La población, o puesto de compraventa, o lo que quiera que fuera, tenía que estar cerca, de modo que ¿qué les impedía lavarse de vez en cuando? Kimberley pensó que tenía que ser algún tipo de “cosa de hombres”. Un grupo de ellos en una excursión de pesca probablemente se abandonen durante un tiempo. Los hombres tendían a hacer eso cuando no había mujeres alrededor, supuso. Claro, esta era una excursión de caza, no de pesca, y mientras hubiera mujeres por los alrededores todo lo que tenía que hacer un hombre era intentar capturar una, no atraerla y seducirla, de modo que el principio tenía que ser el mismo.
Bárbara aulló cuando el hombre que tenía en frente le apretó los pezones. Se los soltó y la agarró de la barbilla con una mano, levantándole la cabeza de modo que tuviera que mirarle. Su otra mano vagaba por la entrepierna. Con la distancia, el ángulo, y todo aquel cabello rubio, Kimberley no podía ver la expresión de Bárbara. Podía ver que Bárbara agitaba las caderas como si intentara apartarse de aquella mano invasora. Luego pareció como si Bárbara hubiera escupido a su torturador en la cara. Todo lo que hizo fue reírse y luego la abofeteó. Una vez. Con dureza. La cabeza de Bárbara chasqueó y ella se dobló agarrada por el hombre que tenía detrás.
“Peleona, ¿no?” observó Jack con las manos en los bolsillos.
“De momento.” Asintió el hombre que la había abofeteado. “No lo será después de una semana en la Granja.”
“¿Vamos a llevarla a la Granja?” preguntó Jack. Kimberley casi podía escuchar la G mayúscula cuando decían “la Granja”. ¿Qué coño era la Granja?
“Síí, pero no directamente,” replicó Abofeteador. Le levantó la cabeza a Bárbara tirando el pelo y la miró a los ojos. Kimberley no podía todavía ver claramente el rostro de Bárbara ni su expresión, y maldijo en silencio su suerte.
“Vamos, Bull.” Abofeteador hizo una seña al hombre que sujetaba a Bárbara. Bull se encogió de hombros y la soltó. Bárbara se dejó caer al suelo sobre las manos y las rodillas, con el cabello extendido.
“Quédate así, perra,” ordenó Abofeteador. “Jack, tráeme su cinturón, ¿vale?”
Kimberley se agitó imaginando lo que venía, pero cuando Jack pasó a Abofeteador… tiene que ser el cabecilla, supuso Kimberley… el cinturón solicitado en vez de usarlo para aplicar al perfecto culo de Bárbara una dura azotaina, se lo pasó por el cuello y tiró de él hasta ajustarlo. Bárbara tosió cuando el cuero le apretó la garganta, pero no hizo nada más. Permaneció a cuatro patas, como le habían dicho.
“Tú tienes preferencia, Ralphie.” Gritó Abofeteador.
“Esperaré,” replicó Ralphie dando otro trago a la botella.
“¿Cuánto piensas que tendrás que esperar?” Abofeteador sonrió y los otros hombres se rieron a carcajadas. Los cabellos de la parte trasera del cuello de Kimberley se erizaron ante la cruda brutalidad del sonido.
“No demasiado.” Gruñó Ralphie. “Chicos, adelante vosotros. Quiera verla aguantar.”
“Por mi parte de acuerdo.” Abofeteador se encogió de hombros. “Ten, Bull. Toma esto.” Dio un tirón al cinturón y Kimberley vio que Bárbara levantaba brevemente una mano, como si intentara aflojar el agarre en el cuello.
Bull tomó diligentemente el extremo del cinturón, dándole un corto tirón. Abofeteador se colocó detrás de Bárbara. Avanzó un pie enfundado en una bota entre sus rodillas y lo usó para hacer que las apartara más. Bárbara lloriqueó.
Abofeteador disfrutó un momento de su premio. “Bonita vista.” Se rió para los otros. Más carcajadas. Se puso de rodillas detrás de Bárbara y usó la mano con ella… o dentro de ella… otra vez. Bárbara se retorció y aulló.
“Compórtate,” le advirtió Abofeteador dándole una fuerte palmada en el culo. Bárbara se agitó y aulló.
Kimberley observaba todo intensamente. Su respiración se había acelerado y se estaba poniendo un poco… húmeda. Pensó en masturbarse mientras miraba como los hombres abusaban de Bárbara. Sería posible, pero ¿se pondría a gemir cuando se corriera? Tal vez… pero no podía limitarse a observar su venganza jugando con su cuerpo y sin hacer nada. Estaba demasiado excitada para ello. Recordó el pañuelo que llevaba en uno de los bolsillos de la camisa. Originalmente pensaba usarlo como cinta para recoger el sudor o como pañuelo de cuello, pero el día no había sido lo bastante caliente como para usarlo. Se desabotonó furtivamente el bolsillo, extrajo el pañuelo y se lo embutió en la boca. Giró sobre un costado, se soltó el cinturón y se desabrochó los pantalones cortos mientras miraba a Abofeteador, con los pantalones ahora por las rodillas, agarrar a Bárbara por las caderas y hundir la polla a fondo, muy a fondo dentro de ella. Bárbara echó atrás la cabeza y gruñó, clavando los dedos en el suelo. Ansiosamente, Kimberley adelantó la mano por debajo de los pantalones, por debajo de las bragas, deslizando fácilmente dos dedos en el coño, cálido y resbaladizo. Se estremeció y mordió el pañuelo mientras Abofeteador empezaba a bombear a Bárbara con fuerza y rapidez, dándole de vez en cuando otra punzante palmada en el culo. Bárbara agitaba la cabeza arriba y abajo, ondeando el largo y rubio cabello, el cuerpo agitado por los impactos de la polla y la mano, mientras gritaba y aullaba y gemía y rugía. Kimberley miraba y escuchaba todo un poco sobrecogida. Había oído gatos siameses en celo que no eran tan escandalosos como Bárbara.
De repente Abofeteador se envaró y gruñó, clavando los dedos en las caderas de Bárbara. Una sacudida rápida, espasmódica y otro gruñido, otra sacudida y otro gruñido, y luego una prolongado y estentóreo “Aaaaaaahhhhhhhhhhhhhh…” Bárbara se había quedado en silencio. La cabeza colgaba todo lo que le permitía la sujeción de Bull sobre su correa.
¿Ya había terminado él? Kimberley disminuyó sus propias caricias y frunció el ceño. ¡Pero si acababa de empezar! Vio que Bárbara cerraba una mano en puño y lo usaba para golpear débilmente la tierra. ¿Estaba enfadada? ¿Frustrada? ¿Alguna otra cosa? La propia Kimberley se sentía muy frustrada de momento. Bueno, había tres más para seguir.
Bull le pasó la correa a Jack mientras Abofeteador se subía lentamente los pantalones y se ponía en pie. Palmeó afectuosamente la grupa de Bárbara. “Buena chica,” se rió. “Bonito y apretado. Tal vez no te llevemos directamente a la Granja, ¿eh?” Se dirigió a Ralphie y le hizo un gesto para que le pasara la botella. Ralphie se la pasó.
La luz del fuego proyectaba brillos sobre el cuerpo desnudo de Bárbara. Kimberley miró con más detenimiento. Sí, realmente, ahora Bárbara estaba sudando. ¿Era un sudor por sus propios ejercicios o era que estaba demasiado cerca del fuego?
Bull se bajó los pantalones y sacó una polla que parecía tan gruesa como un salami y casi tan larga. No había que preguntarse porque le llamaban Bull (N. del T.: Toro), pensó Kimberley para sí misma. Vio como agarraba a Bárbara del pelo y le empujaba hacia arriba la cabeza. Dijo algo a Bárbara que Kimberley no pudo pillar y luego acercó la polla hacia la cara de Bárbara. Bárbara dudó, luego se inclinó hacia delante y hacia arriba para besar la inflada punta. Bull gruñó y le soltó el pelo. Se puso detrás y se arrodilló entre sus piernas, como había hecho Abofeteador. Kimberley escuchó a Bárbara lloriquear solo una vez antes de que Bull la tomara. A diferencia de Abofeteador, Bull entró lentamente. Mientras empujaba la polla cada vez más adentro, Bárbara arqueaba lentamente la espalda y levantaba la cabeza hasta que casi estuvo mirando en línea recta hacia el cielo nocturno. El cabello se había retirado de la cara y Kimberley pudo ver que Bárbara tenía los ojos bien apretados, pero la boca la tenía abierta, los labios retirados de los dientes. Dejó escapar un prolongado, sonoro y grave gemido que elevaba el tono cuando Bull embestía a fondo hasta que casi se convertía en otro grito. Kimberley vio la mano, ya no formando puño, golpear la tierra con fuerza, como un luchador pillado en una llave dolorosa. Bull la agarró del pelo y la mantuvo así mientras empezaba a follársela, lenta y deliberadamente. Bárbara gemía en sintonía con las poderosas embestidas de Bull.
Esto estaba bien. ¡Oh, vaya si lo estaba! Kimberley mantuvo los ojos fijos en Bárbara y Bull y empezó a masturbarse de nuevo. ¡Estaba TAN caliente ahora! Y Jack y Ralphie todavía esperaban su turno. Mordió con fuerza el pañuelo.
Estaba muy cerca de correrse cuando fue interrumpida por un brazo y una pierna que se deslizaban sobre su cuerpo tumbado. Asustada se giró sobre la espalda para ver quien era el intruso. Vio el rostro de una mujer a unas pulgadas del suyo. El rostro de una mujer madura, en mitad de la treintena, supuso Kimberley, bastante atractiva pero un poco demasiado flaca para ser considerada “guapa” o “atractiva.” La mujer sonreía, pero la sonrisa no mitigaba lo bastante aquellos dos intensos ojos marrones.
“Sssshhh.” La mujer se colocó un largo dedo sobre los labios. Señaló hacia el claro. “¿Amiga tuya?” preguntó en un susurro ronco. Kimberley asintió, con el corazón acelerado, incapaz de apartar la mirada de aquellos ojos. Algo en ellos le recodaba a un tigre o un puma… algún formidable depredador solitario. La sonrisa de la mujer se amplificó, mostrando unos dientes regulares y blancos. Dientes afilados, pensó Kimberley… especialmente los caninos. “¿Quieres mirar?” dijo entre dientes. De nuevo todo lo que Kimberley pudo hacer fue asentir. “Bien,” confirmó la mujer. “Yo también quiero mirar.” Suavemente colocó a Kimberley de nuevo de costado y deslizó la mano a la entrepierna de Kimberley. La cerró sobre la mano de Kimberley a través del tejido de sus pantalones y bragas. “Así…” murmuró al oído de Kimberley, su cálido aliento provocando que Kimberley se estremeciera. “Déjame ayudarte…”
Todavía impresionada y confundida, Kimberley se dio cuenta por primera vez que aquella mujer parecía estar vestida de negro por completo, incluso el cabello cubierto por una especie de gorra negra de punto. Kimberley mantuvo la cabeza girada para mirar a la intrusa hasta que Bárbara gritó de nuevo.
Bull había acelerado su ritmo, aporreando ahora con fuerza a Bárbara. Había tirado de su leonada cabeza rubia aún más, hasta que su torso, brillando de sudor a la luz de la hoguera, estuvo doblado formando una curva casi imposible. Los pechos de Bárbara, parcialmente oscurecidos por su pelo largo, temblaban a cada embestida de Bull. Kimberley sintió la mano de la mujer animándola a que moviera su propia espalda, y se estremeció ante la intensidad de la sensación.
“Eso es…” susurró la mujer en la sensible oreja de Kimberley cuando la mano de Kimberley empezó a moverse sobre la suya, lentamente al principio. “Eso es…” Kimberley gimió suavemente tras el pañuelo todavía embutido en su boca. ¿Quién era esta mujer? ¿Qué quería? ¿Y cómo se había apañado para deslizarse hasta ella tan silenciosamente? La pierna de la mujer todavía cruzaba las suyas, sujetándolas suavemente contra el suelo. Podría liberarse, levantarse, pero haría tanto ruido que los hombres lo oirían incluso por encima de todo el ruido que Bárbara estaba haciendo. No estaba en situación de empezar a correr de inmediato, con los pantalones desabrochados y abiertos como estaban.
“Ahhh…” suspiró la mujer, suavemente, haciendo que Kimberley se estremeciera de nuevo. “Tu amiga es hermosa y muy escandalosa, ¿verdad?” Su mano estaba todavía colocada sobre la de Kimberley, pero ahora solo acompañaba los movimientos de Kimberley. Bárbara gruñía mientras Bull la bombeaba furiosamente. La mano de Kimberley se aceleró para acoplarse al ritmo de las rápidas embestidas de Bull.
Entonces la mujer tomó con suavidad entre sus dientes la oreja expuesta de Kimberley. La lamió suavemente con la lengua, como si fuera una pluma. Kimberley ya estaba muy cerca del orgasmo; aquello la hizo pasar por el borde y precipitarse al abismo rojo y morado de giros, gruñidos. Escuchaba débilmente el prolongado y sonoro grito de Bárbara y los gruñidos de Bull mientras se corrían a la vez.
Kimberley sintió como si se hubiera fundido en un charco cálido, sin huesos. No podía ver muy claramente en aquel momento, pero podía oír a Bárbara gemir y gruñir de nuevo mientras la usaba otro hombre, y podía sentir a la extraña mujer moviéndola suavemente, haciéndola girar sobre el vientre, colocándole las manos tras la espalda.
“Ssshhh… silencio, mi pequeña Chica-elfo,” susurró la mujer dulcemente. “No te voy a devolver a esos hombres.”
Aquello no le resultaba muy tranquilizador a Kimberley… y ¿cómo conocía aquella mujer el nombre que tenía fuera de aquí? Sintió cuerdas que le mordían las muñecas cruzadas. ¡Mierda! Se quejó a través del pañuelo ahora empapado.
“Oh, no te preocupes…” siguió la mujer suavemente, suavemente… “Nos quedaremos las dos hasta que estos hombres hayan terminado con tu amiga.” Ató con fuerza las muñecas de Kimberley, luego se movió con las manos y las rodillas hasta que estuvo a horcajadas de la forma tendida de Kimberley. Colocó la boca muy cerca de la oreja de Kimberley. “Yo también quiero mirar,” susurró, y luego chasqueó la lengua contra la oreja de Kimberley, haciendo que se estremeciera.
“Vaya, vaya…” continuó la mujer en el mismo tono intimidatorio. “Tus orejas son muy sensibles, ¿verdad?” Kimberley soltó un gruñido grave y amortiguado. Luego sintió a la mujer asegurando en su sitio el pañuelo de la boca con otro trozo de cuerda. “Estoy segura de que hay más que aprender sobre ti, Chica-elfo. Pero por ahora vamos a observar a tu amiga. Es muy… excitante, ¿no crees?” Volvió a colocar a Kimberley de costado, le abrochó los pantalones y le ajustó el cinturón.
Era muy difícil prestar mucha atención al turno de Jack follándose a Bárbara. La tomó desde atrás, como habían hecho Abofeteador y Bull. “Nada de ingenuidad…” susurró la extraña mujer en tono desaprobatorio. Parecía como si Bull se hubiera llevado algo de Bárbara. La cabeza le colgaba baja, y los únicos ruidos que emitía ahora eran débiles gemidos y lloriqueos. No ayudaba que la mujer estuviera acurrucada cerca y detrás de ella, a modo de cuchara. Tenía una pierna sobre las piernas de Kimberley mientras su mano libre le acariciaba y exploraba el torso, deslizándose bajo la camisa, bajo el sostén deportivo, copando un pecho. Kimberley respondía intentando clavar los dedos en el vientre de la mujer, pero estaba demasiado musculosa, y la mujer solo se reía en silencio y guturalmente junto a su oreja. De alguna forma aquella risa también le recordaba a Kimberley a la de un depredador solitario, divertido ante los últimos intentos inútiles de su presa. Cerró los ojos. Mierda, mierda, ¡MIERDA! ¡No era así como se suponía que iban a ir las cosas!
“¡Eh, Ralphie! ¿Estás para hacerlo ahora o qué?”
Kimberley abrió los ojos e intentó ignorar los dedos fuertes y largos que le acariciaban y pellizcaban los pezones. Quien quiera que fuera esta extraña mujer, se dejaba las uñas bastante largas y, por lo que a Kimberley concernía, innecesariamente puntiagudas.
“Sí. ¡Ahora ya estoy!” Ralphie se levantó. Parecía un poco inestable al ponerse en pie. Tal vez estaba borracho. Seguro que le había estado pegando bien a aquella botella.
“¿Cómo la quieres?” se rió Abofeteador. Ralphie se limpió la boca con el reverso de la mano. “Atadle las manos,” dijo. Arrastraba las palabras, estaba enfadado.
“Ahhhh…” ronroneó la mujer, “esto podría resultar interesante.” Pellizcó un pezón de Kimberley, haciendo que chillara. “Presta atención ahora, Chica-elfo.”
Bárbara luchaba débilmente mientras la alzaban desde su posición de rodillas y le ataban las manos tras la espalda con una especie de cuerda marrón. Su adorable pelo largo estaba ahora hecho un desastre, enredado, sucio y enmarañado aquí y allí con sudor. Parecía tener algún presentimiento sobre lo que venía, porque agitaba la cabeza. Ralphie levantó algo del suelo del cobertizo y lo aplicó al costado. Dos duros golpes más, dos alaridos, y Ralphie avanzó de nuevo la polla en la cara de Bárbara. “¡¡DIJE QUE ME LA CHUPES!!” gritó. Lloriqueando Bárbara se inclinó y le tomó en la boca. Empezó a chupar con los ojos cerrados y movimientos cortos, lentos, atrás y adelante de la cabeza y la parte superior del cuerpo.
“¡Puedes hacerlo mejor!” gritó Ralphie. “¡Vamos, perra!” Le puso la mano en la parte trasera de la cabeza y la empujó hacia él. Bárbara se atragantó, tosió e intentó apartarse. Como si estuviera esperando a que lo hiciera, Abofeteador le cruzó de nuevo el culo con la correa. Hizo un sonido como de un disparo y Kimberley se estremeció.
“Ahhh…” suspiró la mujer. “¡Esto está mejor! ¿verdad, mi pequeña Chica-elfo?”
Bárbara siguió intentando retirarse, con lo que lo único que se ganaba eran más golpes despiadados de la correa. Intentaba protegerse con las manos atadas, pero entonces Abofeteador apuntaba a lo que estuviera descubierto en ese momento.
A Kimberley se le ocurrió que Ralphie estaba corriendo un gran riesgo metiendo la polla en la boca de Bárbara mientras la estaban azotando. Bárbara tenía dientes, después de todo… pero entonces, Ralphie estaba más que un poco bebido. Luego Bárbara pareció abandonar la pelea por completo. Se inclinó hacia delante tragando más y más de Ralphie, casi con frenesí. Él mantuvo la mano en la parte trasera de la cabeza, pero le dejó apartarse un poco para que pudiera respirar ruidosamente. Luego le tomó aún más a fondo, enterrando su naricilla respingona en la mata de vello oscuro y rizado con un gruñido nasal sonoro. Abofeteador sonrió y dejó de utilizar la correa con ella, pero los intentos desesperados de Bárbara por dar placer no se redujeron. Se echaba hacia atrás hasta que solo la cabeza de la polla de Ralphie le quedaba en la boca y luego arremetía hacia delante, sin duda metiéndose en la nariz rizos y pelos, acompañando las acciones con jadeos en busca de aire y gruñidos cuando le golpeaba el fondo de la garganta. Kimberley se encontró soltando saliva ante aquella visión.
“Tu amiga es muy buena en eso,” observó la mujer, susurrando directamente en la oreja de Kimberley. “Me alegro de que estemos mirando.”
Kimberley hizo un ruido a través de la mordaza e intentó sacudirse a la mujer. Todo lo que consiguió fue una risa susurrante y un pellizco en el pezón tan doloroso que le hizo gritar. Se calmó e intentó concentrarse en mirar a Bárbara.
Bárbara había bajado un poco el ritmo, pero seguía tomando totalmente a Ralphie en cada embestida, y Ralphie parecía disfrutar inmensamente. La dejó que marcara la pauta pero siguió con la mano en la cabeza. Reclinó la cabeza y gruñó. Bárbara siguió chupándosela. Cuando volvía a gruñir o bien Bárbara aceleraba el ritmo o él utilizaba la mano para obligarla. Fuera lo que fuera a los pocos minutos Bárbara emitía ruidos de queja en cada embestida rápida y profunda… pero no intentaba apartarse. De repente Ralphie clavó ambas manos rodeando la cabeza de Bárbara y la retuvo allí, con la cara de nuevo contra el vientre mientras él gruñía y jadeaba y sonreía. Bárbara chilló y gritó de forma estentórea a través de la nariz, retorciéndose y desplazando su peso de una rodilla a la otra mientras él se vaciaba en la garganta. Cuando Ralphie la dejó ir finalmente cayó pesadamente sobre un costado en el suelo, con la boca abierta jadeando en busca de aire. Apenas pareció darse cuenta cuando le ataron los tobillos con más de aquella cuerda marrón oscuro, pero consiguió luchar un poco cuando la trabaron.
“Creo que el espectáculo ha terminado,” susurró la mujer. “Creo que deberíamos irnos ahora.” Sacó en silencio a Kimberley de la zona cubierta en la que habían estado escondidas y la ayudó igualmente en silencio a ponerse en pie. Kimberley no deseaba particularmente ir con ella, pero su única otra opción parecía ser luchar y hacer ruido suficiente para que los captores de Bárbara se les echaran encima. No quería que Bárbara la viera follada por aquellos hombres como ella había visto que se follaban a Bárbara, y todavía no estaba segura de quién era aquella mujer, ni que era lo que quería. Se suponía que por allí había algunas mujeres cazando mujeres… ¿era una de ellas? Fuera quien fuera o lo que fuera, le sacaba casi una cabeza de alto a Kimberley y parecía muy fuerte. Infeliz por la marcha de los acontecimientos, pero resignada, Kimberley dejó que la mujer se la llevara.
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