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Presa escurridiza - Cap 5

Kimberley sabe que el bosque es una trampa mortal. Pero mientras Bárbara camina hacia su destino, ella se desliza en la oscuridad, no para salvarla, sino para verla caer. La verdadera caza apenas comienza.

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Capítulo Cinco

“Bueno… allá vamos,” dijo Bárbara nerviosa. Tras ellas la pesada puerta de metal se cerró haciéndola saltar.

Kimberley se rió. Ella misma estaba más excitada que nerviosa. Había un cinturón de cincuenta pies (unos 15 metros) de espacio abierto entre ellas y el bosque y exploraba los árboles atentamente. En algún sitio allí fuera había al menos cuatro grupos de cazadores, más un número indeterminado de individuos solos, todos buscando presas hembras. Tras ella, débilmente, podía todavía escuchar el chapoteo y las risas de la piscina del hotel. Dudaba que ninguno de los cazadores estuviera acechando tan cerca de la civilización, pero ¿por qué darles oportunidades? Sería vergonzoso ser cazadas tan pronto, dados los planes que tenían.

Se rascó la oreja ligeramente. Realmente podría llevar un chip implantado allí, pero no lo notaba. El picor era una respuesta retardada al leve pinchazo cuando se lo habían puesto, hacía solo unos minutos.

“No veo ningún sendero.” Comentó Bárbara señalando hacia delante. Se bajó un poco más la gorra de béisbol y forzó la vista. “Nada. Ningún sendero en absoluto.” El pelo largo le sobresalía bajo la gorra y ondeaba espalda abajo en una larga cola de caballo. Se puso las manos en las caderas y miró expectante a Kimberley.

“Mejor así.” Dijo Kimberley encogiéndose de hombros. “En cualquier caso no íbamos a ir por senderos, si podemos evitarlo.” Tenían un mapa detallado y una buena brújula, y estaba segura de que podían navegar por el bosque con aquello. El mapa mostraba una especie de pequeña población o puesto de comercio a siete u ocho millas hacia el sur. Estaba marcada como “zona segura.” Planeaba ir en primer lugar allí y echar un vistazo. Había tres lugares marcados así en el plano. Kimberley pensaba visitarlos todos. Bárbara podía seguir con ella o no.

“¿Por qué no?” preguntó Bárbara. Luego ensanchó los ojos. “¡Oh!” asintió.

“Exactamente.” Sonrió Kimberley. “Los cazadores estarán probablemente vigilando los senderos.”

“Y entonces, ¿cómo alcanzaremos ese sitio que quieres ver?”

“Confía en mí,” replicó Kimberley. “He hecho antes este tipo de cosas.” Empezó a caminar hacia la línea de árboles en ángulo, buscando un acceso bueno aunque no obvio. Se sentía bien… muy bien. El zumbido de las abejas, el ruido siseante que provocaban al pisar la alta hierba, el olor de las flores que asomaban aquí y allí, el azul del cielo sin nubes sobre sus cabezas, todo parecía maravillosamente claro y nítido para sus sentidos. Podía sentir los músculos tensarse y destensarse, el latir del corazón, lento y fuerte y dispuesto, el calor del sol sobre los brazos y rodillas desnudos. Sentía casi como si pudiera volar, y sabía cual era la razón para que la montaña rusa empezara el lento clic-clic ascendente.

La idea de Bárbara de posponerlo todo hasta hoy había sido buena. Ambas se habían beneficiado de un día de descanso, y Joanna había contestado a las preguntas que se habían hecho después de ser testigos de lo que Kimberley creía ahora que era la iniciación de Cat en un misterioso círculo interno. Habían pasado el resto de la mañana en su habitación. Aquella tarde habían ido a la piscina del hotel. Aquella era la única parte del día que Kimberley pensaba que podían haber mejorado. Estaba muy guapa con el bikini y había atraído una buena parte de la atención masculina hasta que Bárbara apareció con su propio tanga negro. Tenía un adorable cuerpo de diosa, realzado y tonificado por largas horas de enseñanza de aeróbic, y desde el momento en que llegó a la piscina se convirtió en la única mujer en lo que se refería a los hombres. Hoy Kimberley estaba esperando a ver como se comportaba Bárbara en el terreno como prueba de su apreciación de ello.

Iban vestidas casi de forma idéntica para el monte: pantalones cortos de excursión hasta las rodillas, sueltos, color canela, camisas canela aún más sueltas, de manga corta con muchos, muchos, bolsillos con botones, medias gruesas de algodón hasta las rodillas, también canela y robustas botas de caminar. En esto había diferencias. Las botas de Kimberley eran marrón oscuro mientras que las de Bárbara eran de un canela ligeramente más oscuro que el resto de su atuendo. Cada una llevaba también una gorra de béisbol color canela. Los equipajes eran ligeros, nada más que una manta, una muda y dos pares de calcetines, comida para dos días, cantimplora y unos cuantos artículos necesarios, cada una. Kimberley también llevaba un puñal de supervivencia en una funda del cinturón. En su lugar Bárbara llevaba una gran navaja de bolsillo, tipo ejército suizo, que parecía tener de todo salvo radio.

“Allí.” Señaló un par de grandes árboles que crecían justo en el borde del bosque. Apenas había arbustos a su alrededor.

“¿Estás segura?” replicó Bárbara frunciendo el ceño.

Kimberley se encogió de hombros. “Bastante. Para ti no se parece mucho a un camino, ¿verdad?”

“No, realmente no.”

“Entonces no se lo parecerá a la mayoría de los demás.” Se rió Kimberley. “Venga, sígueme.”

Joanna había sido una tremenda fuente de información, pero solo contestaba preguntas directas. Nunca ofrecía nada. Al principio había resultado frustrante, y Kimberley ni siquiera estaba segura de si la actitud de la mujer madura era parte de la política del lugar o se debía a alguna otra cosa. Al final Kimberley había tenido que tratar la situación como si se tratara de un juego para evitar que le hiciera perder la paciencia. Realmente no quería perder la paciencia con Joanna. Podría ocurrir que más tarde fuera pagada con intereses de usurero.

El mapa mostraba un total de cuatro “zonas seguras” al sur, todas ellas en un amplio arco a unas ocho millas del hotel, unidas entre sí por carreteras o senderos. Según Joanna eran puestos de compraventa. Cada uno tenía alrededor de una docena de habitantes permanentes y un número variable de transeúntes. Cualquier mujer que entrase por voluntad propia en cualquiera de esos puestos estaba completamente a salvo mientras permaneciera allí. Kimberley pretendía visitar todos y cada uno de aquellos puestos. Allí podrían recoger suministros y no necesitaban dinero para hacerlo. Los chips que les habían implantado serían identificados y se cargarían los costes en sus cuentas. Hasta cierto punto le gustaba aquella forma de hacerlo.

Cada puesto tenía también asistencia médica, si la necesitaban, y su propio pequeño mercado de esclavos. Las mujeres capturadas podían ser compradas, vendidas o intercambiadas allí ahorrándoles a ellas o a sus captores el largo viaje de vuelta a Gordburg. Kimberley también quería ver aquello. No quería terminar ella en uno de ellos. Aunque podría no importarle ver a Bárbara en uno. Bárbara no entraba en sus planes a largo plazo.

Suponía que finalmente la cazarían. Las posibilidades de que ocurriera eran muy, muy altas. Pero ahora era, de nuevo, la Chica-elfo. El año anterior había eludido a un pequeño equipo de profesionales durante varios días, y para cuando la cazaron estaban ya muy cansados. Allí fuera, en los bosques, podría haber más equipos, pero eran todos aficionados. Puede que uno de aquellos equipos, o incluso un individuo suelto, la derribara, pero les iba a hacer trabajar muy, muy duramente. Al mismo tiempo pretendía exhibir su presencia en cada puesto, y en cada oportunidad. Podría desvanecerse en el paisaje cuando Bárbara andaba por allí. Pero por su cuenta podría empezar su propia leyenda local de la audaz, escurridiza Chica-elfo, y esa era una zona donde, estaba segura, ni Bárbara, ni aquel par de aspecto exótico que habían visto enjauladas en el mercado de esclavos de ayer, podrían competir. Kimberley sonrió para sí misma. Trabaja con lo que tienes.

Ocho millas (unos 13 Km.) era una distancia respetable para una excursión por un sendero natural y en ese tipo de senda podrían cubrir la distancia en unas tres horas, incluidas paradas para descansar. Aunque este no era un sendero natural. No había sendero en absoluto, aunque hubiera mucha naturaleza. Kimberley había contado con que allí hubiera poca maleza bajo la cobertura arbórea. Era correcto hasta cierto punto. Parte de aquellos bosques parecían haber sido talados hacía algún tiempo, y de vez en cuando se encontrarían en uno de esos lugares. Luego no había nada salvo maleza con arbustos, enredaderas y árboles jóvenes, todos ellos luchando por un poco de luz solar entre los tocones de los árboles talados. Puesto que la maleza incluía hiedra venenosa (N. del T.: Toxicodendron radicans, planta originaria de América del Norte, produce urticaria) y zarzas decidieron bordear aquellas zonas. Esto llevaba su tiempo. Incluso cuando la marcha era abierta y sencilla, Kimberley insistía en ir despacio. Había por allí muy pocos pinos y andar sobre las hojas era ruidoso. Bárbara aceptaba todas las precauciones de Kimberley con una sonrisa perpleja, incluso su insistencia en no hablar más que en susurros.

“¿Podemos llegar pronto a ese sitio, por favor?” Preguntó Bárbara mientras salía de detrás de un arbusto cercano. “Habrá baños de verdad allí, ¿no?”

“¡Ssssssh!” le siseó Kimberley. “¡Más bajo!”

“Oh… claro, claro,” susurró Bárbara y asintió mientras se sentaba junto a ella sobre un árbol caído. “¿Realmente piensas que es necesario ser tan… paranoica? Este es un sitio grande. ¿Cuáles son las posibilidades de que alguien esté lo suficientemente cerca para oírnos?”

“¿Quieres seguir por tu cuenta?”

“No mientras tu lleves la brújula.” Bárbara agitó la cabeza. “Estoy completamente perdida ahora mismo. ¿Cuánto falta para ese sitio, en cualquier caso?”

Kimberley abrió el mapa. Estaba impreso en tela fina, no en papel, lo que consideró una buena idea. Podía humedecerse sin romperse y no hacía ruido cuando se manejaba. A cambio había que extenderlo sobre el suelo o alguna otra superficie plana para poder usarlo. Lo tendió cuidadosamente encima de las hojas delante de ellas y tomó un palo corto.

“Estamos aproximadamente aquí, creo.” Señaló un punto en el mapa.

“No… em… no parece que hayamos avanzado mucho,” observó Bárbara.

“Aún es temprano.” Kimberley se encogió de hombros. “Deberíamos poder estar allí antes de la caída del sol, incluso a este ritmo.” Señaló una línea azul serpenteante. “Deberíamos llegar pronto a esta corriente. Creo que podemos detenernos a comer después de que la crucemos.”

Bárbara suspiró. “Comida deshidratada. Sabes, Kim…”

“¿Qué?”

Bárbara se encogió de hombros y suspiró de nuevo. “No soy tan grande como tú en la magnífica naturaleza.”

“Sí, lo sé. ¿Cuál es el problema?”

“No hay problema…” Bárbara bajó la vista al suelo, luego la levantó hacia los árboles. “Bueno, tal vez sea un problema. No sé si deseo tanto como pareces desearlo tú ir pateando la naturaleza salvaje.”

“Te ha llevado un tiempo del carajo llegar a eso.”

“Lo sé, lo sé…” Bárbara ondeó una mano. “Lo siento. No soy precisamente una chica de aire libre, y mientras que tú pareces disfrutar un montón con esto, para mí es más bien aburrido.”

“Entonces, ¿quieres volver?”

“No lo sé,” Bárbara parecía molesta. “Vayamos a ese sitio, ¿eh? Mañana por la mañana podría tener una idea más clara de lo que me gustaría.”

“O podrías dejarte capturar por el primer tío que se nos cruce,” le soltó Kimberley.

“Bueno, ¿no se trata precisamente de que nos capturen?” Bárbara frunció el ceño, “Quiero decir, al final, en cualquier caso.”

“Al final.” Asintió Kimberley. “Lo siento.”

“Está bien.” Bárbara dio una palmadita a la rodilla de su amiga. “Creo que las dos nos estamos volviendo locas hoy. Te seguiré hasta que lleguemos allí, no te preocupes. Pero después… ¿no te importaría que siguiera mi propio camino? Quiero decir, si tu sigues planeando jugar al escondite en el bosque…” Su susurro se desvaneció.

Kimberley miró un buen rato a los grandes ojos azules de Bárbara. “No, no me importaría,” replicó con un suspiro. Luego soltó una risita nerviosa. “Aunque cuando volvamos a casa tendremos que comparar las notas, ¿vale?”

“¡Claro!” Bárbara sonrió. “Vamos, entonces.” Se puso en pie. “Lleguemos allí antes de que oscurezca.”

Kimberley tomó el mando de nuevo, caminando cuidadosa y silenciosamente pero pensando rápida y furiosamente. Podría haber planeado deshacerse pronto de Bárbara, pero quería provocar el abandono mejor que dejar que lo hiciera Bárbara. Había bastantes posibilidades de que hubiera alguien merodeando por la zona segura en busca de mujeres que intentaran llegar allí para lanzarse sobre ellas. Había pensado sobre eso y contaba con ello. Aunque el truco sería tenerlos de alguna forma centrados sobre Bárbara pero no sobre ella. Esa parte iba a ser difícil. No tenía duda de que podría dejar atrás a cualquier perseguidor durante un tiempo, pero no podía contar solo con salir corriendo para escapar. Bárbara en cualquier caso podía correr más deprisa, de modo que… a menos que Bárbara no quisiera correr, y ella no podía contar con eso. De hecho no podía realmente contar con que hubiera cazadores en la zona. Era un sitio extenso, como Bárbara había señalado. Intentaba ponerse en el lugar de un hombre allí fuera en los bosques cazando mujeres. No podía contar solo con correr tras una. Podía ocurrir, pero dada la amplitud del espacio y el número de presas disponible era bastante improbable. Por otra parte era posible localizar la pista de una mujer y seguirla, pero ¿resultaba fácil identificar una pista tal en primer lugar y seguirla solo? Sin duda habría algunos hombres allí fuera que podrían hacerlo pero era muy probable que la mayoría no pudiera. Desde luego si iban en grupo solo necesitarían tener uno capaz de seguir un rastro…

Estaba pensando todavía cuando llegaron al torrente. Era ancho pero poco profundo, con el agua ondeando sobre grava y riendo entre grandes rocas. Revisó ambas orillas de arriba abajo en busca de otras pisadas mientras lo cruzaban. No vio ninguna y eso la hizo relajarse un poco.

“Estás tremendamente callada,” dijo Bárbara cuando terminaron el almuerzo. “¿Estás bien? ¿Estamos bien?”

“¿Eh?” Kimberley había estado tan abstraída pensando que olvidó su propia regla sobre los susurros durante un momento. Se recuperó y siguió. “Oh… sí, claro, estamos bien. ¿Por qué?”

“Parecías bastante distraída. ¿En qué estabas pensando?”

“Ah…” dudó Kimberley. Ciertamente, no podía decirle la verdad a Bárbara. “Pensaba… pensaba en el año pasado.”

Bárbara sonrió. “¿Alfa?” pregunto con guasa.

“Em… sí.” Confirmó Kimberley. “Vamos, en marcha. Todavía nos queda terreno que cubrir.”

Estaba oscureciendo, y todavía no habían llegado a su destino. Kimberley estaba segura de que no se habían pasado porque el mapa mostraba carreteras o sendas entre él y los puestos a cada lado de él, y no habían cruzado ninguna carretera ni senda. Pero tenían que estar muy cerca. Kimberley sonrió para sí. Hasta aquí aquello estaba funcionando muy bien. Ahora con solo un poco de suerte todo saldría justo como había planeado. O, al menos, de forma bastante aproximada a sus propósitos.

“Espera.” Se volvió hacia Bárbara. Bárbara se detuvo. Había en su rostro una expresión de cansancio y exasperación que se veía claramente incluso con la luz agonizante.

“¿Qué pasa AHORA?” Era más un siseo que un susurro.

“Creo que he oído algo.”

“¿OTRA VEZ?” Otro siseo. Kimberley se encogió de hombros como disculpándose. Desde que habían cruzado aquel riachuelo poco profundo había disminuido el ritmo con la excusa de haber oído algo hacia delante e insistiendo en dar un rodeo. Bárbara había protestado por ello, diciendo que ella no había oído nada… excepto una vez. De hecho Kimberley tampoco había oído nada, excepto una vez. Esa vez había tenido un atisbo de un ciervo alejándose a saltos entre los árboles. Bárbara no había visto al ciervo, pero el ruido la había convencido de que, después de todo, tal vez Kimberley supiera lo que hacía. Al menos había dejado de protestar durante un rato.

Kimberley sabía realmente lo que hacía. Había estado marchando en zigzag y retrocediendo durante horas, acercándose lentamente al puesto. Ahora ellas estaban bien dentro de lo que tenía que ser la zona peligrosa si hubiera cazadores cerca, y estaba oscureciendo demasiado para poder viajar. ¡Perfecto, perfecto, perfecto!

“Mira, lo siento,” le susurró a su compañera. “Tenemos que estar cerca del sitio ahora, de modo que solo estoy tomando algunas precauciones extra.”

“Vaya.” Bárbara se cruzó de brazos. No parecía contenta. No parecía que creyera del todo a Kimberley. “NO quiero pasar una noche al aire libre si hay un sitio con camas y baños lo bastante cerca como para ir andando.”

“Lo sé, lo sé.” Kimberley lanzó una rápida mirada a su alrededor, como para ver si había alguien acechándolas, y luego se acercó a Bárbara. “Tal vez me estoy volviendo un poco paranoica,” siguió, no susurrando sino hablando en voz muy baja. “Pero realmente me fastidiaría estar tan cerca y que me agarrara algún perezoso cabrón que solo estaba esperando, ¿sabes?. Toma.” Le pasó el mapa y la brújula a Bárbara.

“¿Qué…?” Bárbara parpadeó. “¿Qué hago yo con esto?”

“Mira…” Kimberley echó otra rápida mirada alrededor. “Solo voy a explorar un poco hacia adelante. Probablemente no sea nada, pero me gustaría asegurarme. Estaré de vuelta en un par de minutos.”

“Me vas a dejar…” Bárbara gritó, se contuvo, y siguió en un susurro. “¿Me vas a dejar aquí?”

“Solo un par de minutos.” La tranquilizó Kimberley. “Solo hasta que pueda comprobar como están las cosas. Volveré enseguida, te lo prometo.”

“Entonces, ¿por qué me dejas esto?” Bárbara levantó el mapa y la brújula.

“Solo por si acaso.” Kimberley le dio una palmadita en el brazo. “Volveré enseguida… pero por si acaso… ocurriera algo, la población no debería estar a más de una milla, en esa dirección.” Señaló hacia el bosque oscuro. “Sigue la brújula.”

“¿CÓMO?” El susurro de Bárbara rezumaba desesperación.

“Mira.” Kimberley abrió la brújula. ¿Ves la flecha? Siempre apunta al Norte?”

“Eso ya lo sé.”

“Bien. Entonces lo que quieres hacer es girar esta cosa hasta que la ‘S’ esté justo bajo la línea del cristal, ¿Ves?” Giró la brújula para demostrárselo. El disco bajo el cristal osciló atrás y adelante un rato antes de quedarse en reposo. La flecha, letras y líneas del cristal brillaron débilmente. “Solo tienes que seguir la ‘S’. Si no llegas directamente a la población estarás muy cerca de ella. Sigue una carretera o una senda y la alcanzarás, incluso en la oscuridad.”

“¿Y luego qué?” A Bárbara parecía ponerle nerviosa que la dejaran sola en el bosque en medio de la oscuridad.

Kimberley se encogió de hombros. “Dijiste que te quedarías conmigo hasta que estuviéramos en el puesto. Una vez allí puedes elegir tu propio camino a seguir.” Sonrió cálidamente a su amiga. “En todo caso, probablemente no sea necesario. Volveré en un par de minutos y estaremos en el pueblo un poco más tarde. Encontraremos algún sitio para comer, una habitación de alquiler para la noche y podremos reírnos de este episodio. ¿De acuerdo?”

“Supongo.” Bárbara miró insegura a la brújula.

“Bien.” Kimberley dio un rápido beso en la mejilla a Bárbara. “No te vayas. Volveré.” Se dio la vuelta y se deslizó dentro del bosque.

Era mucho más difícil moverse silenciosamente en la oscuridad, pero al menos no tenía que preocuparse de que la vieran. Kimberley eligió el camino con cuidado. No había oído nada en absoluto, pero gracias a aquel único ciervo de hacía horas, Bárbara parecía haberse tragado la historia. Dejarla con el mapa y la brújula había sido un toque inspirado. Bárbara no estaba tan acostumbrada como ella a los espacios abiertos, y probablemente pensaba que uno tenía que tener aquellas cosas para ir por ahí en el monte. De hecho aunque el mapa era realmente útil, Kimberley ya no lo necesitaba. Tampoco necesitaba la brújula. Estaba lo suficientemente cerca de la población como para encontrarla, de una forma u otra, y podría usar el sol para que le dijera donde estaba el sur… bueno, mañana por la mañana podría usarlo. En cualquier caso probablemente podría encontrar repuestos en la ciudad.

Se movió en un amplio círculo, volviendo a donde había dejado a Bárbara. Seguía moviéndose con cuidado, pero ahora era para que Bárbara no pudiera oírla. En la oscuridad, bajo los árboles, no podía estar segura de dónde estaba Bárbara a menos que la propia Bárbara hiciera algún ruido… y Bárbara lo hacía. No era una gran cosa como ruido; pies con botas aplastando las hojas caídas, un suspiro desesperado, y finalmente Bárbara canturreando. La sonrisa de Kimberley era una sonrisa de lobo. Bárbara se ponía nerviosa al quedarse sola en el bosque por la noche. Bien. Se deslizó las últimas pocas yardas a cuatro patas y buscó un buen sitio desde el que poder observar a Bárbara sin ser vista. Aunque no podría hacerlo durante mucho rato. Se estaba poniendo demasiado oscuro como para ver. El sonido de los insectos nocturnos se hacía cada vez más fuerte a medida que la luz se desvanecía. Kimberley se acomodó para esperar. Veía a Bárbara pasear nerviosamente atrás y adelante, canturreando para sí misma.

Se hacía cada vez más oscuro. El canturreo de Bárbara aumentaba de volumen y sus pasos se aceleraban. Finalmente, justo cuando estaba a punto de ponerse lo bastante oscuro como para no poder ver nada, se detuvo y rebuscó algo en su mochila. Kimberley no pudo decir que era hasta que Bárbara encendió la linterna y la pasó rápidamente a su alrededor.

Kimberley sofocó un ataque de risa en voz alta. ¡Oh, aquello era perfecto! Si realmente había algún cazador en la zona, Bárbara le estaba avisando de su presencia. Esperaba fervientemente que hubiera cazadores por allí. Su plan dependía de ello en buena medida. Si los cazadores no aparecían y capturaban a Bárbara, podría apañarse para encontrar el camino hasta la población y Kimberley tendría que evitarla o montarse alguna historia plausible cuando se volvieran a encontrar. Y, aunque realmente estaba intentando que Bárbara fuera capturada, Bárbara no tendría por qué saberlo ni sospecharlo.

Bárbara dejó de dar vueltas y se sentó sobre una gran roca, con la linterna apuntando al suelo. Seguía mirando alrededor, pero parecía como si se fuera a limitar a esperar hasta que Kimberley regresara, sin que importara lo que tardase. Eso no convenía. Kimberley empezó a buscar en la oscuridad algo que pudiera lanzar. Encontró un par de piedras pequeñas y se arrastró lentamente hacia atrás desde su zona de cobertura. Se puso en pie tras un gran árbol, tiró la primera piedra todo lo lejos que pudo. Sonó como si hubiera golpeado en una rama y luego rebotó unas cuantas veces en las hojas muertas.

Bárbara se puso en pie de un salto, dirigiendo la linterna hacia el sonido. “¿Kim?” llamó en un susurro. No hubo respuesta, por supuesto. “¿Kim?” gritó con voz normal. Siguió sin haber respuesta, pero Kimberley la miraba intensamente desde detrás del árbol. Bárbara había dicho de sí misma que no dominaba el aire libre. Allí, a su suerte, se estaba poniendo cada vez más nerviosa.

Kimberley lanzó otra piedra en distinta dirección. Esta vez no rebotó en un árbol y mientras botaba entre las hojas sonaba muy parecido a unos pasos rápidos y descuidados. Bárbara aulló y giró de nuevo apuntando con la linterna como si fuera un arma.

“¡¿Kim?!” gritó en alto. Sonaba no solo nerviosa sino incluso asustada. Kimberley sintió un instante de remordimiento. No era demasiado tarde para salir de detrás del árbol y disculparse por la mala broma. Se mordió el labio inferior y se quedó quieta.

“¡¡¡¡MIERDA!!!!” aulló Bárbara enfadada en la noche. “¡Kim, esto no es divertido!”

Kimberley se debatía entre lanzar una piedra más y decidió que no. Esperó.

Bárbara esperó también un buen rato, mirando a todas partes, girando el haz de la linterna a izquierda y derecha. “¿Kim? Venga sal, Kim, o me iré a la ciudad sin ti.”

Kimberley se escondió tras el árbol. Sí, hazlo, pensó. Hazlo, por favor.

“Me voy.” Gritó Bárbara “¡Me voy en serio!” Kimberley siguió en silencio. Todos los cazadores de la zona estarían casi con seguridad apuntando a la fuente de todo aquel ruido, ayudados por el haz luminoso de la linterna barriendo alrededor como una advertencia especial con luz azul. ‘¡Solo por tiempo limitado!’ pensó Kimberley ‘¡Venga, toma a la muñeca Barbie, anatómicamente correcta, de tamaño natural, perdida en los bosques! ¡Cantidades limitadas! ¡El primero que llegue será el primero en servirse!’

“¡Adiós, Kim!” gritó Bárbara por última vez. Kimberley oyó como empezaba a andar penosamente. O estaba demasiado asustada o demasiado enfadada, o tal vez ambas cosas, como para moverse lenta y silenciosamente como Kimberley le había enseñado. El sonido de los pasos se debilitó.

Kimberley se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración durante un tiempo, y dejó escapar un largo suspiro. El corazón le latía a toda prisa. La parte realmente arriesgada empezaba ahora. Echó una rápida mirada desde detrás del árbol para asegurarse de que Bárbara se había ido de verdad y luego una mirada más lenta y cuidadosa a su alrededor para asegurarse de que nadie estaba ya acercándose sigilosamente a Bárbara Todo limpio. Respiró a fondo y se puso en marcha.

Siguió a Bárbara todo lo rápidamente que se atrevía. Siempre había planeado hacer que Bárbara fuera capturada pronto. Lo había planeado así desde que habían decidido lanzarse aquí a otras cuantas semanas de aventura. Sentía que Bárbara se lo merecía después de la propia experiencia brutal de Kimberley del año anterior. De acuerdo, al final se había sentido un poco infeliz de que terminara el episodio, pero aún así… Bárbara podía haberle advertido un poco más.

Pero si Bárbara iba a ser capturada aquí en el bosque, capturada y desnudada y atada e incluso tal vez golpeada un poco… una correa de cuero en su culo perfectamente redondo, tal vez, para hacerla más complaciente… Kimberley deseaba verlo desesperadamente. TENÍA que verlo. Tenía que verlo y oírlo, y por eso tenía que correr el riesgo de ser capturada a su vez. Afortunadamente Bárbara estaba haciendo tanto ruido mientras avanzaba penosamente utilizando la linterna para evitar darse con los árboles, que era improbable que otros cazadores notaran a la pequeña y sigilosa Chica-elfo siguiéndola a alguna distancia.

Bárbara seguía parándose a intervalos irregulares. Kimberley pensaba que tenía que estar utilizando la linterna para ver la brújula entes de volver a avanzar. Si no ocurría nada pronto, podría realmente llegar a la población después de todo. Kimberley se mordió el labio ante la idea. Aquello sería muy decepcionante.

Había estado muy cerca de Bárbara la última vez que se detuvo para orientarse, y observó desde detrás de un árbol mientras Bárbara se guardaba la brújula en un bolsillo de sus pantalones cortos y empezaba a caminar de nuevo. Subió una pequeña loma y luego desapareció en lo que debía ser un barranco al otro lado. Kimberley estaba preparada para seguirla cuando oyó un grito de Bárbara. ¿Se le habría cruzado una serpiente? Luego Kimberley escuchó un murmullo de voces masculinas, gritando avisos y advertencias, “¡Agarradla! ¡Se ha ido por ahí! ¡Agarradla, idiotas! ¡CUIDADO!” Hubo un gruñido de dolor masculino, otro grito de Bárbara, y luego sonidos de lucha, acompañados de más gruñidos y palabrotas. Kimberley estaba impresionada. Nunca habría pensado que Bárbara conociera ni la mitad de las palabrotas que estaba usando. Finalmente los sonidos se apagaron. Kimberley empezó a acercarse para echar un vistazo.

“¡Caray, me ha MORDIDO!” se quejó un hombre en voz alta.

“Has tenido más suerte que Ralphie,” respondió gruñendo otro hombre. Hubo un corto estallido de rudas carcajadas. “¿Cómo los tienes, Ralphie?”

“¡Mierda!” La voz sonaba crispada. “¡Me ha dado una PATADA!” Más carcajadas.

“Bueno, ¿qué esperabas? ¿Qué te besara?”

“Puede. Jack, vete a echar un vistazo por ahí y mira si ha traído una amiga. Nosotros volveremos al campamento.”

Al oírlo Kimberley volvió a esfumarse en la oscuridad. Jack no encontraría nada y ella le seguiría hasta el campamento.

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