Xtories
Dominaciónjul 2025

Presa escurridiza - Cap 8

Greg no es un cliente más; es un cazador que ha visto su juego. Mientras los hombres la observan desde las sombras, él se acerca con una propuesta que mezcla la caza con el deseo. Ella sabe que está en peligro, pero también sabe que tiene el control de la situación.

tripleG948 vistas
Este relato queda fuera de tus preferencias actuales. Lo mostramos porque llegaste por un enlace directo.

Capítulo Ocho

Kimberley se despertó de inmediato y por completo, como ocurría siempre que acampaba al aire libre. Se incorporó, parpadeando y confundida por un momento. ¿Por qué estaba tan oscuro? Entonces recordó dónde estaba y cómo había llegado hasta allí. Lane se había ido. Y lo mismo todo el equipo de Lane. Aunque la extraña mujer había acabado desatándola para que pudiera dormir con relativa comodidad, había mantenido el saco de dormir solo para ella, obligando a su especie de cautiva a dormir en el suelo de la gran tienda. Kimberley suspiró y se arrastró para recoger su ropa. Esperaba poder encontrar su mochila de nuevo, pero si no podía, suponía que podría reemplazar todas sus cosas, cuando llegara al puesto o ciudad. Fuera lo que fuese, no podía estar lejos. Y no debería ser demasiado difícil llegar allí esa mañana. No era probable que hubiera más de un grupo de cazadores merodeando por el lugar esperando a su presa femenina. Los cuatro hombres que habían tomado a Bárbara anoche se habrían ido, probablemente, tarde a dormir. Se rió ante la idea y se preguntó cuántas horas de sueño habría tenido Bárbara. Sentía una punzada leve de conciencia sobre cual sería la situación de su amiga... pero pensaba que podría sobrevivir. De todos modos, en aquel momento lo único que realmente le importaba era conseguir un baño caliente, una comida caliente y ropa limpia.

Estaba empezando a hacer calor en la tienda. Los olores tenues, persistentes de la noche anterior empezaban a revivir. Ya vestida, Kimberley se arrastró hacia la puerta con cremallera y la abrió. Asomó la cabeza para aspirar una profunda bocanada de aire fresco y se asustó cuando se le cayó encima su propia mochila. Había una nota clavada en ella. La leyó.

"Querida Chica-elfo..." la escritura de Lane era aplastada y enmarañada, pero no demasiado difícil de leer. "Ya ves que no sólo te dejo libre, sino que también he recuperado tu mochila. Te deseo suerte con tus planes, pero como no estoy totalmente segura de que no me vas a entregar a los cazadores como hiciste con tu amiga, creo que voy a mudarme a otro lugar por ahora. L."

Algo le hizo doblar cuidadosamente la nota y guardársela en el bolsillo de la camisa. Lane era una mujer muy extraña. Kimberley no sabía cuanto de la historia que le había contado la noche anterior era cierto... la marca de Lane tenía el mismo aspecto que la de Cat... pero no importaba. Era libre de nuevo.

No era sólo un puesto de comercio, sino un pueblo bastante apañado. Al igual que Gordburg, parecía algo así como un decorado de antiguas películas del oeste. Los dos edificios principales eran un gran almacén en un lado del camino de tierra que hacía de calle principal y un edificio de dos pisos frente a él, que parecía ser una combinación de salón y casa de huéspedes. Había unos pocos edificios pequeños, de un solo piso que parecían ser casas, y el edificio de una especie de establo en el otro extremo de la calle. Ella estaba bastante segura de lo que era. Era temprano, pero ya había unos cuantos hombres yendo y viniendo. Kimberley sentía todas las miradas clavadas en ella cuando se alzó la mochila y se dirigió al salón. Abrió las puertas de batiente y entró.

Dentro parecía aún más como algo salido de una vieja película del oeste; pisos de madera, cubiertos de serrín, mesas y sillas de madera maciza, una barra con adornos y una escalera de madera normal que conducía a la segunda planta. Había un camarero detrás de la barra, limpiando vasos. Era un individuo corpulento, mofletudo, calvo por arriba, con una franja corta de pelo oscuro por los lados. Le echó un vistazo rápido al entrar y saludó con la cabeza. Kimberley echó un rápido vistazo alrededor. No parecía haber nadie más en aquel momento.

"Buenos días", sonrió al camarero cuando se le acercó. "Me gustaría conseguir una habitación, por favor."

"¿La querría ahora?" el camarero la miró. "¿Y quién es usted?"

"Compruébelo usted mismo." Kimberley volvió la cabeza orientando hacia él el chip implantado en su oído. Metió la mano bajo la barra y sacó un dispositivo idéntico al que Lane le había mostrado. Apuntó hacia ella.

"Está bien... ¿Chica-elfo? ¿He dicho algo gracioso, señorita?"

"Oh..." Kimberley agitó la mano mientras intentaba sofocar un ataque de risa. No estaba muy segura del protocolo para identificarse allí, y se le acababa de ocurrir que había estado tocando "de oído". "No, no... es solo que se me acaba de ocurrir algo."

"Muy bien". El camarero se encogió de hombros. "Tenemos un par de habitaciones disponibles, todas en la parte posterior. ¿Va a querer algo más?"

"¿Todas las habitaciones tienen cuarto de baño? "

"Sí. Pero no es gran cosa, sólo inodoro, lavabo y ducha."

"Bastará." Kimberley miró a su alrededor. "¿Hay algún lugar por aquí donde pueda desayunar?"

"Aquí mismo, señorita" El camarero señaló con el pulgar por encima del hombro. "Tenemos una cocina en la parte trasera. Nada del otro mundo. Servimos huevos, tortas, jamón, tocino, salchichas, café y zumo de naranja.”

Kimberley sofocó un nuevo impulso de preguntar si ese era el menú para todo el día. "¡Fantástico!", sonrió. "Me gusta mucho todo eso, por favor. ¿Puedo tomarlo aquí? ", Indicó las mesas vacías.

"Sí. O podemos subirlo a su habitación."

"No, aquí estará bien." No estaría bien para empezar la leyenda de la Chica-elfo desayunar sin ser vista, en su cuarto, ¿verdad? Esa ducha de agua caliente tendría que esperar."¿Puedo sentarme en algún sitio?"

"Elija la mesa", se encogió de hombros el camarero. "Mandaré a alguien a que le tome nota. Aquí tiene la llave. Habitación 4."

Kimberley vio una máquina de café detrás de la barra. "¿Le importa que tome una taza de eso ahora?", preguntó, apuntando hacia ella.

Era un buen café, fuerte y caliente. Kimberley lo saboreó sentada de espaldas contra una esquina, la mochila en el suelo junto a ella. Estaba disfrutando. Después del desayuno se asearía, se pondría la ropa limpia que llevaba en la mochila y se daría una vuelta por el lugar, más por dejarse ver que por otra cosa, pero tenía interés en echarle un vistazo a aquel establo.

"¿Qué desearía, señorita?" Kimberley alzó la vista. ¿Esta era la camarera? Bueno, tenía un lápiz y un cuaderno de notas, así que debía de ser la camarera, aunque Kimberley nunca había visto a ninguna vestida así. La mujer era de edad y estatura similares a Kimberley, pelo largo y oscuro. Vestía una falda negra muy corta, un delantal con volantes y babero blanco y zapatos negros de tacón bajo. Aparte del collar de cuero negro alrededor del cuello y las correas de cuero a juego alrededor de las muñecas y tobillos, eso era todo. El delantal apenas le cubría los pezones, y no tenía etiqueta con su nombre.

"Ah... discúlpame por mirar", dijo Kimberley al cabo de un rato.

La camarera sonrió. "No hay problema", respondió ella. "Se supone que los clientes van a mirar... pero por lo general aquí son hombres. ¿Qué desearía, señorita?"

Kimberley estaba a mitad de su desayuno... dos huevos, cocidos levemente, una pequeña pila de tortas, una loncha de jamón y unas deliciosas salchichas... cuando entraron los dos primeros clientes. Se enderezó en su asiento al darse cuenta de que eran Jack y Ralphie, dos de los cuatro hombres que habían capturado a Bárbara anoche. ¿Qué estaban haciendo aquí? Sofocó una breve oleada de pánico. No podían haberla seguido hasta aquí, y de todos modos, aquella era una zona segura. Jack y Ralphie se sentaron en una mesa cerca de la puerta y se quedaron mirándola, incluso mientras se tomaban la comida. Al principio, resultaba incómoda para Kimberley aquella atención, pero se las arregló para no demostrarlo. Las cosas eran diferentes aquí, y de todos modos, a la Chica-elfo no le importaban aquellas miradas.

Entraron algunos otros hombres, notaron su presencia, y se sentaron frente a ella. Ninguno de ellos se sentó cerca. Aquello le resultó divertido a Kimberley al cabo de un rato. Todos estaban sentados frente a ella, mirándola fijamente, pero el más cercano estaba por lo menos a diez pies de distancia (unos 3 metros) y ninguno de ellos parecía dispuesto a acercarse más. En el bosque habrían estado todos encima de ella, así que, ¿qué era lo que se les detenía aquí? Hizo una seña a la camarera para pedir otra taza de café. No quería más café, pero necesitaba una excusa para quedarse un poco más de tiempo. Aquello resultaba interesante. Empezó a cruzar su mirada con la de cada hombre, por turnos, sonriendo amablemente. Ninguno de ellos se levantó para acercarse a ella. Dio largas a su café, esperando a ver qué pasaba. Confiaba en que si algo tenía que ocurrir sucedería pronto. Tras tres tazas de café no sería capaz de quedarse allí sentada mucho tiempo.

Fue un poco decepcionante que fuera Ralphie el que finalmente apartara la silla, se levantara y se acercara a ella. Tenía una sonrisa desagradable en el rostro, y Kimberley decidió que no le gustaba.

"Entonces..." Ralphie se detuvo a unos cinco pies (como 1,5 metros) de distancia y se cruzó de brazos. Seguía mostrando aquella sonrisa desagradable. "¿De quién eres tú, muchachita?"

“Tuya no, en cualquier caso." Le sonrió dulcemente Kimberley.

"No eres de nadie... todavía." La sonrisa de Ralphie se hizo más ancha y menos agradable." ¿Qué tal si te conviertes en mi muchachita en este momento?" Dio medio paso hacia adelante, tratando de parecer amenazador. No encajaba con él.

Por el rabillo del ojo, Kimberley se dio cuenta de que el camarero miraba la escena con atención. Su postura le sugirió que iba a moverse inmediatamente si Ralphie intentaba realmente algo. Bueno, sin duda era grande y corpulento como para ser un gorila, pero Kimberley quería manejar aquello por sí misma, como haría la Chica-elfo. Se recostó en la silla. Su mano cayó casualmente en la empuñadura del cuchillo de supervivencia. Ralphie lo notó.

"Inténtalo,” respondió dulcemente Kimberley, con voz lo suficientemente alta para que todos la oyeran. "Y yo te haré MI muchachita." Ralphie vaciló, miró a su alrededor a Jack, quien se limitó a sonreír y sacudió la cabeza. Uno de los hombres comenzó a reír y otros se le unieron, entre ellos el camarero. Con la cara enrojecida, Ralphie lanzó a Kimberley una última, venenosa, mirada, antes de girar sobre sus talones y salir del salón. Jack le siguió después de pagar la cuenta y dedicar a Kimberley una gran sonrisa y decirle adiós con la mano.

AHORA podía irse. Kimberley se puso la mochila y empezó a subir las escaleras hacia su habitación. Se detuvo a medio camino para volverse, sonreír y guiñar un ojo a los hombres de abajo. Se sentía muy bien ahora. La Leyenda de la Chica-elfo partía de un comienzo interesante.

Se sintió aún mejor después de una ducha. Envuelta en una de las grandes toallas que había encontrado en el baño, se paseó por la pequeña habitación, inspeccionándola. La cama era de una plaza, con sólida estructura de metal. Había cáncamos unidos a la estructura a intervalos regulares. Su misión parecía evidente y Kimberley se preguntó si aquella camarera no habría pasado algún tiempo atada a esta cama especial por medio de cuerdas, cadenas o cualquier otra cosa. Era posible, por lo menos. El colchón era un poco blando para su gusto, pero no pensaba pasar mucho tiempo allí. Los únicos otros muebles eran una pequeña y maltratada cómoda y una silla de madera igualmente maltratada aunque todavía utilizable. El piso era de madera, sin alfombra. Se acercó a la ventana, levantó la persiana enrollable, y miró afuera.

Había unos treinta pies (unos 9 metros) de espacio despejado entre la parte trasera del edificio y el borde del bosque. Había un viejo cobertizo de espaldas a los árboles con pequeñas puertas dobles mirando hacia el edificio. Justo debajo de la ventana había una especie de porche de techo inclinado. Sonrió. Aquello hacía algunas cosas mucho más fáciles para ella. Bajó la cortina con cuidado y se vistió.

Cuando volvió a la planta baja había solo dos hombres en la sala principal, el camarero y otro hombre, las cabezas juntas en tranquila conversación en el bar. Se separaron cuando ella se acercó, el camarero volvió a limpiar vasos, mientras que el otro hombre se apoyó en la barra y le sonrió amablemente.

"Buenos días, señorita", alzó la cabeza hacia ella, tocando brevemente con los dedos el ala de su sombrero vaquero. "Lamento haberme perdido su actuación anterior. Realmente me hubiera gustado verla."

Kimberley le miró de arriba abajo, las manos en las caderas. Tenía seis pies de alto (como 1,80), o muy cerca de ellos, delgado y bronceado. Vestía vaqueros gastados, botas y una camisa azul de trabajo. ¿Sería una especie de uniforme aquí?

"Así que..." ella observó. "¿Eres una especie de vaquero?"

Se rió. "Bueno,” se encogió de hombros: "He domado unas cuantas potrancas."

"Bueno, entonces, ¿qué estás haciendo aquí?" preguntó Kimberley. No podía calcular que edad tenía. ¿Treinta? ¿Treinta y cinco?

Sus dedos rozaron de nuevo el ala del sombrero. "Cazar, señorita" Tenía unos ojos azules muy intensos.

"Llámame Chica-elfo." Sonrió Kimberley. Le tendió la mano. "¿Y tú eres?"

Le tomó la mano y la estrechó una vez y luego la soltó." Me puedes llamar Greg... por ahora," respondió.

"Está bien, Greg." Asintió Kimberley con la cabeza. "Ya nos veremos." Pasó a su lado y salió del salón. No miró atrás, pero estaba bastante segura de que sus ojos la seguían.

Cruzó la calle y entró al almacén. Había algunas cosas que quería. No era una larga lista, pero pensó que podía matar el tiempo de esa manera y dejarse ver. Se preguntó a que habían ido Ralphie y Jack. Además, si estaban en la ciudad ahora, ¿dónde estaban sus dos amigos y Bárbara?

El almacén no tenía todo lo que estaba buscando, pero era interesante ver lo que ofrecían allí: ropa, equipo de camping, lámparas de queroseno, linternas, baterías, sacos de dormir, cajas de cereales, comida liofilizada, frutos secos surtidos, cerveza, licores, cuerdas, cadenas, prismáticos, leche fresca, leche en polvo, ollas y sartenes de aluminio, espejos, collares de cuero, esposas... se entretuvo un poco en el pequeño recipiente de madera lleno de piquetas para tiendas de campaña..

Llevó las compras a la parte trasera de la tienda. Había allí un largo mostrador de cristal, y un anciano que estaba sentado detrás de él. Dejó caer todo al lado de una caja registradora de aspecto antiguo. Bajo el cristal había una variedad de cuchillos: cuchillos de monte, navajas, cuchillos grandes y pequeños. También había media docena de cosas que parecían versiones más voluminosas de los lectores del chip de la oreja que había visto. Se inclinó para verlos mejor.

No... no eran lectores de chips. Eran pistolas eléctricas. Se enderezó con un estremecimiento. No tenía duda de que algunos de los cazadores las utilizarían; Ralphie, por ejemplo. Tuvo otro remordimiento repentino de conciencia respecto a Bárbara, pero se le pasó.

"¿Esto es todo, señorita?" preguntó el anciano tendero.

"¿Qué?" Kimberley se volvió hacia él. No había oído que se hubiera usado la antigua registradora. Al parecer, estaba allí como adorno, porque tenía uno de aquellos escáneres en la mano. "Oh... sí, eso es todo."

Él asintió, sonriendo, y alzó el escáner. "Si pudiera... sí, gracias, señorita" Kimberley se mantuvo quieta mientras le escaneaba el chip de la oreja.

Como toque final, lo envolvió todo en grueso papel marrón y ató el paquete asegurándolo con una cuerda. Kimberley meneó la cabeza. Parecían haber llevado el tema de pueblo del oeste un poco demasiado lejos. Todo lo que había comprado había sido escaneado. Mierda, ELLA había sido escaneada para pagarlo. ¿No podrían haberlo puesto en una bolsa de la compra? ¿Aunque fuera una barata de plástico? Bueno, al menos no era un paquete demasiado grande ni pesado. Pasó los dedos bajo la cuerda y se lo llevó de esa manera. Una vez fuera de la tienda, se planteó ir al establo del extremo de la ciudad, pero realmente no quería llevar con ella aquella cosa envuelta en papel de estraza. Se dirigió a la casa de huéspedes-salón y subió a su habitación. Arrojó el paquete en la cama, sin abrir, y se sentó en la silla. Había algunas partes de su plan que no había pensado muy a fondo. Por ejemplo, planeaba pasar el día aquí, pero aparte de ir a ver lo que había en el establo no parecía haber mucho más que hacer. De alguna manera la idea de limitarse a recorrer la calle arriba y abajo todo el día, para que los hombres notaran que estaba allí no le apetecía. Tenía que pensar...

Después de unos minutos se levantó y comenzó a dar paseos por la pequeña habitación. Puede que le ayudara a pensar o no, pero al menos respondía al impulso de hacer algo. Y, tal vez la ayudara después de todo. Muy pronto se trazó un plan. Se detuvo a pensarlo una última vez y sonrió. Sí, era un buen plan. O, al menos, lo suficientemente bueno.

Poco tiempo después, volvió a bajar. Se había cambiado y puesto unos pantalones vaqueros ceñidos y camisa blanca, suelta, de manga larga, ambos comprados en la almacén. No llevaba sujetador, y se había dejado desabrochados los tres primeros botones de la camisa. Aquello sugería más de lo que realmente mostraba, pero sabía que el efecto sería muy similar al de la carne fresca agitándose ante las narices de leones hambrientos... que era exactamente lo que pretendía hacer. Mientras estaba en zona de seguridad, los leones estaban tras las rejas, pero por si acaso llevaba el cuchillo en la funda del cinturón.

La única otra persona que había en ese momento era el camarero, todavía detrás de la barra, todavía limpiando vasos. La miró mientras se le acercaba, y notó que los ojos se le quedaban extraviados en algún lugar por debajo de la barbilla.

"Hola,” sonrió alegremente cuando llegó a la barra. "¿Hay algún lugar por aquí donde pueda conseguir que me laven algo de ropa?" Dejó caer la ropa de la noche anterior, ahora envuelta en el papel marrón del almacén, sobre la barra. Se inclinó un poco hacia adelante.

El camarero volvió a mirarle a la cara con un poco de esfuerzo. Sonrió a su vez. "Podemos hacerlo aquí, señorita, es parte del servicio. ¿Cuándo la quiere de vuelta? "

"Oh. ¿En serio?" Kimberley fingió pensar un rato. "¿Podría ser mañana por la mañana temprano?"

"Claro." Asintió el camarero con la cabeza y echó una rápida mirada melancólica a aquel punto, al sur de la barbilla. "¿Quiere que se la suba a la habitación cuando esté lista?"

"No. La recogeré cuando confirme la salida, ¿vale? "

"Está bien. La tendré aquí para usted."

"Gracias." Kimberley se apartó de la barra y se estiró un poco. El camarero era, casi con seguridad, empleado del lugar, lo que significaba que no podría jugar a su favor. Pero si este bar era parecido a cualquiera de los otros bares que había visto, no habría nada que le impidiera hablar de ella a los demás. Los bares eran un gran lugar para recoger noticias, chismes y pequeñas informaciones interesantes. De todos modos, estaba un poco oxidada en lo de ligar y llamar la atención sobre sí misma, y no le haría daño practicar un poco y ver como se le daba. "Voy a echar un vistazo al resto del lugar. Volveré más tarde." Empujó la puerta de batientes y salió al exterior.

El sol estaba alto en el cielo ahora. Kimberley sacó la gorra de béisbol marrón del bolsillo trasero de sus pantalones vaqueros y se la puso para protegerse los ojos. En realidad no había mucho que ver aquí en resumen, a excepción del establo. Empezó a caminar hacia allí, preguntándose qué haría o diría si Bárbara se encontraba allí.

Había unos cuantos hombres en el exterior y por los alrededores. Todos se detuvieron para echarle una prolongada ojeada mientras pasaba. Kimberley no mostró ninguna señal externa de que se hubiera dado cuenta de sus miradas, pero por dentro estaba sonriendo. La Chica-elfo estaba sin duda atrayendo la atención por aquellos parajes.

"¡Chica-elfo! ¡Encantado de verte de nuevo!"

Kimberley se volvió, sorprendida. Era Greg, todavía con su sombrero Stetson y sonriente. Tras unos instantes, le devolvió la sonrisa. "¿Por qué, Greg..." Le miró de con insistencia. "¿Me estás siguiendo?"

"Por supuesto que sí," respondió. Miró a su alrededor una vez. "Pero me temo que eso es todo lo que puedo hacer aquí."

"¿Ah, sí?" Kimberley sintió un impulso de provocarle un poco. "¿Entonces, tienes otras cosas en mente?"

"Sí, por supuesto," asintió. "Pero por ahora yo sería feliz con sólo hablar contigo un poco. ¿Puedo invitarte a una copa?"

Ella lanzó una mirada por encima del hombro hacia el establo. Bárbara podría estar allí o no. Otras mujeres podrían estar allí o no. Ya había visto un montón de prisioneras desnudas y la invitación de Greg le ofrecía una nueva experiencia. "Claro," le sonrió. "¿Por qué no?"

De vuelta al salón, Kimberley se instaló en la misma silla en la esquina que había ocupado aquella mañana, mientras que Greg conseguía una cerveza para cada uno en el bar. Se dio cuenta de que tenía que usar dinero real para pagar. "Dijiste que una botella estaba bien, ¿verdad?" le preguntó mientras se sentaba frente a ella.

"Sí, eso dije," dijo Kimberley, recogiendo la botella y dándole un largo trago. No era lo que se llama "una cerveza dietética", pero estaba fría, y buena, y no pensaba que tuviera que preocuparse demasiado por contar las calorías durante un tiempo.

"He oído que acabas de llegar esta mañana," dijo Greg, echando un trago a su propia botella. "¿Qué estás haciendo aquí?"

"¿Qué quieres decir?" Kimberley frunció el ceño. "¿No es bastante obvio?"

"Para mí no." Greg sacudió la cabeza. "Pareces estar tratando de armar un gran revuelo aquí y hasta el momento lo estás consiguiendo. Pero... ¿luego qué?"

"Ah." Sonrió Kimberley. "¿Por qué te lo iba a decir?"

"Está bien," se encogió de hombros. "Normalmente lo habría dejado estar, pero esto no es normal. Tienes a un montón de los hombres de aquí haciéndose preguntas sobre ti."

"Eres el único, hasta ahora, que me ha dicho algo sobre eso."

Greg se echó a reír. "Tal vez solo sea un poco más curioso que la mayoría." Se inclinó hacia delante, los codos sobre la mesa. "Dime solo ¿qué ESTÁS intentando hacer? Y qué te llames a ti misma... Chica-elfo... te cuadra, tengo que admitirlo, pero me pregunto sobre eso también. ¿Cuál es tu verdadero nombre?"

"¿Qué importa eso?" le soltó a su vez Kimberley. "Estoy bastante segura de que ahora estás pensando en follarme junto con todas las otras cosas que te estás preguntando, pero no me vas a pedir una cita ni el número de teléfono, ¿verdad?"

Greg se rió a carcajadas. "Chica-elfo", dijo al fin. "Sólo tengo que preguntarte si piensas quedarte aquí o vas a seguir viaje." "¿Por qué?"

"Así sabré cual tendrá que ser mi siguiente paso. Tienes razón, ESTOY pensando en follarte, igual que tú estás pensando en follarme, pero si te vas a quedar aquí por un tiempo voy a tener que tratar de seducirte, mientras que si vas a volver a la pista solo tendré que capturarte. "

Kimberley sintió que la cara se le ponía roja. "¿Qué te hace creer que estoy pensando en follar contigo?" respondió ella. "Oh, tal vez no conmigo, en concreto," admitió Greg, tomando otro trago de cerveza. "Pero es bastante obvio para mí que andas buscando algún tipo de acción. Estás en celo, Chica-elfo. Vas por ahí dejando detrás una nube de feromonas, y este lugar ya está apestando a testosterona. Pero no creo que seas solo una calientapollas, por lo que debes tener algún plan. Me pregunto cuál será." Se echó hacia atrás en la silla y se quedó a mirándola.

Kimberley bebió un trago largo y lento de la botella para ganar algo de tiempo para pensar. Pese a la representación que había montado, no estaba TAN segura de sí misma en este entorno, y Greg se había vuelto inquietantemente perceptivo. También había usado algunas palabras que no cabría esperar en alguien que vestía como un simple vaquero. ¿Quién era? ¿A qué se dedicaba en la vida real? No tenía forma de saberlo, a no ser preguntándoselo directamente.

Continúa en