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Dominaciónjul 2025

Cristina y Roberto 5

La jaula de castidad le recuerda su lugar, pero el vestido rojo y los pechos de silicona le piden que se transforme. En el despacho de Cristina, Roberto se arrodilla y chupa un strap-on hasta que ella le ordena tragarse su propio semen. ¿Hasta dónde llegará su sumisión?

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La Transformación Erótica---Roberto se transforma en una seductora mujer, pero su jaula de castidad le recuerda su lugar. Cristina, con un strap-on, lo somete a una experiencia erótica intensa, donde la humillación y el placer se entrelazan. ¿Hasta dónde llegará su sumisión?---

Roberto miró la bolsa que Cristina había dejado en su taquilla con una mezcla de curiosidad y nerviosismo. Sabía que aquello no era una simple entrega de ropa, sino una orden directa de su dominante. La jaula de castidad que llevaba puesta durante semanas le recordaba constantemente su lugar en esta relación de poder. Con manos temblorosas, abrió la bolsa y sacó su contenido: un vestido ajustado de color rojo, lencería fina, maquillaje y un par de pechos de silicona. El corazón le latía con fuerza, anticipando lo que estaba por venir.

Al terminar su jornada laboral, Roberto se dirigió al baño de la clínica, donde se encerró para cumplir con las instrucciones de Cristina. Se despojó de su ropa masculina, sintiendo la fría superficie de la jaula de castidad contra su piel. Con cuidado, se colocó los pechos de silicona, ajustándolos para que parecieran naturales. Luego, se puso la lencería y el vestido, que se ceñía a su cuerpo, resaltando sus nuevas curvas. Se miró al espejo, sorprendido por la transformación. El maquillaje fue el toque final, aplicando con precisión el lápiz labial rojo y la sombra de ojos que le daban un aspecto seductor.

Con el pulso acelerado, Roberto se dirigió al despacho de Cristina. Al entrar, se encontró con ella sentada detrás de su escritorio, vestida con un traje elegante y con una expresión de satisfacción en su rostro. En sus manos, sostenía un strap-on de tamaño considerable, que brillaba bajo la luz de la lámpara.

—Te ves... impresionante —dijo Cristina, su voz cargada de deseo y autoridad. —Ahora, acércate y arrodíllate frente a mí.

Roberto obedeció sin dudar, sus rodillas tocando el suelo frío. La presencia de Cristina lo intimidaba y excitaba a partes iguales. Ella se levantó, caminando lentamente hacia él, el strap-on balanceándose entre sus piernas.

—Hoy, tú serás la mujer, y yo... seré el hombre que te va a follar —susurró Cristina, inclinándose para que sus labios rozaran la oreja de Roberto. —¿Entiendes tu papel, putita?

—Sí, Cristina —respondió Roberto, su voz ronca de deseo.

Cristina lo tomó del cabello, guiándolo hacia el strap-on.

—Chúpalo —ordenó, su tono firme e imperioso.

Roberto abrió la boca, recibiendo el falo de goma entre sus labios. Lo saboreó, sintiendo la textura suave y fría contra su lengua. Lo chupó con devoción, imaginando que era el pene de Cristina, deseando complacerla. Ella gemía suavemente, disfrutando de la escena, mientras sus manos acariciaban el cabello de Roberto, guiando sus movimientos.

—Más profundo —instruyó Cristina, empujando suavemente el strap-on hacia la garganta de Roberto.

Él obedeció, sintiendo cómo el falo llenaba su boca, casi ahogándolo. La sensación lo excitaba, sabiendo que estaba siendo usado para el placer de Cristina. Ella lo mantuvo así durante unos momentos, antes de retirarlo bruscamente.

—Ahora, pon tu culo en posición —dijo, señalando el sofá.

Roberto se levantó, caminando con torpeza en tacones altos, y se colocó a cuatro patas sobre el sofá, su vestido levantado, exponiendo su trasero. Cristina se posicionó detrás de él, alineando el strap-on con su entrada.

—Relájate, putita —susurró, antes de empujar lentamente el falo dentro de Roberto.

Él gimió, sintiendo cómo el strap-on lo llenaba, estirando sus músculos. Cristina comenzó a moverse con ritmo, entrando y saliendo de su cuerpo, cada embestida más profunda que la anterior. Roberto se aferró a las almohadas, sus uñas enterrándose en el tejido, mientras los gemidos llenaban la habitación.

—¿Te gusta ser follada como una perra, Roberto? —preguntó Cristina, su voz llena de burla y deseo.

—Sí, Cristina... me encanta —respondió él, su voz quebrada por el placer.

Cristina aumentó el ritmo, sus caderas chocando contra las nalgas de Roberto. La jaula de castidad rozaba contra el sofá con cada embestida, recordándole su condición de sumisión. A pesar de la frustración de no poder alcanzar el orgasmo, el placer era abrumador.

—Ahora, cabalga —ordenó Cristina, retirando el strap-on y guiando a Roberto para que se sentara sobre él.

Él se posicionó, sintiendo el falo frío contra su entrada antes de bajar sobre él. El strap-on lo llenó de nuevo, esta vez con él en control del ritmo. Se movió arriba y abajo, sus pechos de silicona botando con cada movimiento. Cristina lo observaba, su expresión de dominación mezclada con deseo.

—Más rápido, putita —instruyó, sus manos agarrando las caderas de Roberto para guiar sus movimientos.

Roberto obedeció, aumentando el ritmo, sintiendo cómo el placer se acumulaba en su cuerpo. A pesar de la jaula de castidad, su pene intentaba responder, atrapado en su prisión de metal. Los gemidos de Roberto llenaban la habitación, su cuerpo tenso, al borde del éxtasis.

De repente, Cristina lo detuvo, sosteniéndolo firmemente.

—No tan rápido, putita —dijo, con una sonrisa traviesa. —Aún no has terminado.

Con un movimiento rápido, Cristina retiró el strap-on, y Roberto sintió un chorro de líquido caliente sobre su pecho. Era su propio semen, que había sido extraído de la jaula de castidad. Cristina lo recogió con los dedos, untándolo sobre el strap-on.

—Ahora, chupa —ordenó, sosteniendo el falo frente a la boca de Roberto.

Él miró el strap-on, cubierto con su propio semen, y sin dudarlo, lo tomó entre sus labios. Chupó, sintiendo el sabor salado de su propia eyaculación. Cristina lo guio, asegurándose de que no quedara ni una gota.

—Trágate todo, putita —susurró, su voz llena de satisfacción.

Roberto obedeció, tragando su propio semen, sintiendo la humillación y el placer mezclarse en su mente. Cristina sonrió, satisfecha con su obediencia.

—Has sido un buen chico —dijo, acariciando su cabello. —Pero esto no ha terminado... aún tengo planes para ti.

Roberto miró a Cristina, su corazón latiendo con anticipación. Sabía que su sumisión no tenía límites, y que Cristina siempre tendría el control. La noche prometía más humillación, más placer, y más entrega. Y él, atrapado en su jaula de castidad y en su deseo, estaba listo para todo lo que ella tuviera preparado.

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