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Dominaciónjul 2025

Cristina y Roberto 7

Cristina sabe que el centro comercial es su escenario perfecto. Roberto, encerrado en su propia piel femenina y con el placer bajo llave, no tiene escapatoria. Cada mirada ajena es un recordatorio de quién manda.

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Roberto se miró al espejo una última vez antes de salir de la clínica. El vestido ajustado que Cristina le había elegido resaltaba sus curvas de manera que nunca antes había imaginado. La jaula de castidad, fría y opresiva, le recordaba constantemente su lugar, mientras que el plug anal con control remoto le producía una sensación de llenura que lo hacía caminar con cuidado. Cristina, con una sonrisa triunfal, lo tomó del brazo y lo guió hacia el centro comercial.

—¿Lista para un día de compras, Roberta? —preguntó Cristina con una voz cargada de ironía, usando el nombre femenino que había adoptado para él.

Roberto bajó la mirada, sintiendo el calor de la vergüenza subirle por las mejillas. No respondió, limitándose a seguirla en silencio. El centro comercial estaba lleno de gente, y cada mirada que se posaba en él lo hacía sentir más expuesto. El vestido, los tacones, la jaula… todo era un recordatorio de su sumisión.

El primer destino fue una tienda de lencería. Cristina lo arrastró hacia el interior como si fuera un maniquí, ignorando las miradas curiosas de las dependientas.

—Vamos a elegir algo especial para ti —dijo Cristina, recorriendo los estantes con los dedos—. Algo que combine con tu nuevo… estilo.

Roberto se quedó paralizado mientras Cristina seleccionaba un conjunto de encaje negro: un sujetador push-up y una tanga que apenas cubría lo esencial.

—Pruébatelo —ordenó Cristina, lanzándole el conjunto con una sonrisa maliciosa.

Roberto tragó saliva, sabiendo que no tenía opción. Se dirigió al probador, las manos temblorosas mientras se quitaba el vestido y se ponía la lencería. El encaje se ajustó a su cuerpo, resaltando su feminidad forzada. Cuando salió del probador, Cristina lo examinó de arriba abajo, aprobando con un gesto.

—Perfecto. Ahora pareces una verdadera putita —comentó, riendo suavemente.

La humillación continuó en el área de comida. Cristina lo llevó a un restaurante de comida rápida, donde pidió una hamburguesa con patatas fritas para ella y un batido para Roberto.

—Come —ordenó, empujando el batido hacia él—. Las señoritas no muerden, solo chupan.

Roberto obedeció, sintiendo las miradas de los demás clientes mientras sorbía el batido con delicadeza, como si fuera un postre erótico. Cristina, por su parte, comía con desenfado, disfrutando de su poder sobre él.

—¿Te gusta ser mi muñequita, Roberto? —preguntó de repente, su voz baja y seductora.

Él no respondió, pero sus mejillas enrojecieron, y sus ojos se clavaron en el batido, evitando su mirada. Cristina sonrió, satisfecha, y activó el control remoto del plug anal. La vibración repentina hizo que Roberto se retorciera en la silla, suprimiendo un gemido.

—No te preocupes, cariño —susurró Cristina—. Nadie sabe que estás siendo follado por un juguete mientras tomas tu batido.

La tarde avanzó con más humillaciones públicas. Cristina lo llevó a una tienda de zapatos, donde lo obligó a probarse tacones altos y a caminar por el pasillo como si fuera una modelo. En otra ocasión, lo hizo parar frente a un espejo en un baño público y ajustarle el maquillaje, comentando en voz alta lo bien que le sentaba el lápiz labial rojo.

—Eres tan bonita cuando te esfuerzas —dijo Cristina, besándolo en la mejilla antes de salir del baño.

Finalmente, llegaron al vestuario de una tienda de ropa. Cristina entró con él, cerrando la puerta con un golpe seco. El espacio era pequeño, con un espejo grande y un banco. Cristina se giró hacia él, su mirada intensa y llena de deseo.

—Ahora, Roberta, es tu turno de complacerme —dijo, desabrochándose lentamente la blusa.

Roberto se arrodilló sin dudarlo, sabiendo lo que se esperaba de él. Cristina se quitó la falda, revelando unas bragas de encaje negro que contrastaban con su piel. Se sentó en el banco, abriéndose de piernas y mirándolo con expectativa.

—Hazme sentir bien, putita —ordenó, su voz firme pero cargada de lujuria.

Roberto acercó su rostro, inhalando el aroma femenino de Cristina. Con cuidado, deslizó su lengua sobre su clítoris, sintiendo cómo ella se tensaba bajo su toque. Cristina gimió suavemente, inclinándose hacia atrás y disfrutando de la atención.

—Más rápido —susurró, agarrándole el cabello y guiando sus movimientos.

Roberto obedeció, aumentando el ritmo y la presión. Su lengua trabajaba febrilmente, explorando cada pliegue y rincón de su sexo. Cristina se retorcía, sus gemidos llenando el pequeño espacio.

—Así, así… —murmuró, su voz quebrándose mientras se acercaba al orgasmo.

De repente, Cristina activó el control remoto del plug anal, y la vibración inesperada hizo que Roberto se detuviera por un momento, su cuerpo temblando entre el placer y la frustración.

—No pares —ordenó Cristina, su voz firme—. Sigue, putita. Hazme correrme.

Roberto reanudó su tarea, su lengua y labios trabajando con desesperación. Cristina se dejó llevar, sus manos apretando las piernas de Roberto mientras alcanzaba el clímax. Su cuerpo se sacudió, y un gemido largo y profundo escapó de sus labios.

—Buen trabajo, Roberta —dijo Cristina, recuperando el aliento—. Casi pareces útil.

Roberto se quedó arrodillado, respirando fuertemente, su cuerpo aún temblando por la vibración del plug. Cristina se ajustó la ropa y lo miró con una sonrisa satisfecha.

—Ahora, vamos a casa —dijo, tomándolo del brazo—. Todavía tengo planes para ti.

Roberto asintió en silencio, sabiendo que su sumisión no había terminado. Mientras salían del vestuario, el peso de la jaula de castidad y el plug anal le recordaron que su placer seguía bajo el control de Cristina. Y aunque su cuerpo estaba exhausto, su mente ya anticipaba lo que vendría después.

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