Cristina y Roberto 8
La jaula de castidad le recordaba su lugar, pero nada lo preparaba para la subasta. Cuando el nombre de Juani, una señora de 60 años conocida de su trabajo, fue anunciado como la ganadora, el mundo de Roberto se desmoronó y se encendió al mismo tiempo. ¿Qué planes tenía esa mujer casada para su nueva muñeca?
La tarde había sido una montaña rusa de emociones para Roberto, quien ahora se encontraba de regreso en el apartamento de Cristina, exhausto pero aún vibrando de anticipación. El vestido ajustado que llevaba se sentía como una segunda piel, recordándole constantemente su papel de muñeca sexual. La jaula de castidad, fría y opresiva, era un recordatorio constante de su sumisión, mientras que el arnés anal, controlado remotamente por Cristina, le hacía sentir una mezcla de placer y frustración. Laura y Cristina, sus dominatrices, lo habían llevado al límite en cada una de las tareas públicas, y ahora, de vuelta en la seguridad del hogar, Roberto no podía evitar preguntarse qué más le deparaba el destino.
—Buen trabajo hoy, putita —dijo Cristina con una sonrisa satisfecha mientras se sentaba en el sofá, cruzando las piernas con elegancia. Su voz era firme, pero había un dejo de aprobación que hizo que Roberto se sintiera orgulloso de su sumisión—. Pero esto no ha terminado. Tenemos algo especial planeado para ti.
Laura, de pie junto a la ventana, se giró con una expresión traviesa en el rostro. —Sí, Roberto. Hemos decidido que es hora de llevar tu entrenamiento al siguiente nivel. Vas a ser subastado.
Roberto parpadeó, confundido. —¿Subastado? ¿A qué se refieren?
Cristina se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con diversión. —Hemos organizado una \"subasta de putitas\" en una web especializada. Tú serás el premio, Roberto. Un fin de semana entero con una dominante que te usará como le plazca. Y tú, por supuesto, obedecerás todas sus órdenes, sin importar lo degradantes que sean.
El corazón de Roberto comenzó a latir con fuerza. La idea de ser entregado a una desconocida, de ser usado y humillado por alguien nuevo, lo llenaba de una mezcla de terror y excitación. —¿Y si no quiero? —preguntó, aunque sabía que su voz sonaba débil.
Laura soltó una carcajada. —¿No quieres? Roberto, cariño, no tienes elección. Ya estás en esto hasta el fondo. Además, sabes que te encanta.
Cristina asintió, su expresión volviéndose más seria. —Exacto. Y para asegurarnos de que estés listo, vamos a hacer un pequeño casting. Algunas de las dominantes interesadas han enviado sus peticiones, y tú vas a demostrarles lo que puedes hacer.
La primera dominante en contactarlos fue una mujer llamada Amanda, quien pidió que Roberto se presentara en cámara con un conjunto de lencería aún más provocativo que el que ya llevaba. Con manos temblorosas, Roberto se quitó el vestido y se puso un conjunto de encaje negro que dejaba poco a la imaginación. El sostén empujaba sus pechos falsos, y la tanga apenas cubría su jaula de castidad.
—Ahora, putita, muéstrate —ordenó Cristina, señalando la cámara del ordenador.
Roberto se colocó frente a la cámara, sintiendo la mirada de Amanda al otro lado de la pantalla. —Hola —dijo con voz tímida, tratando de sonar seductor, pero sabiendo que solo sonaba patético.
—Baila para mí —ordenó Amanda sin preámbulos.
Roberto obedeció, moviendo las caderas al ritmo de una música imaginaria. Cada movimiento era una tortura, ya que el arnés anal se activaba intermitentemente, enviándole oleadas de placer que lo hacían gemir.
—Suficiente —dijo Amanda después de unos minutos—. Siguiente.
La siguiente dominante, una mujer llamada Sofía, pidió que Roberto se maquillara como una muñeca. Laura le entregó un estuche de maquillaje, y Roberto comenzó a aplicarse sombras de ojos, lápiz labial y rubor, transformándose en una versión aún más feminizada de sí mismo.
—Ahora, muéstrame lo bien que puedes chupar un consolador —ordenó Sofía.
Roberto tomó el consolador que Laura le entregó y se arrodilló frente a la cámara, metiéndoselo en la boca y moviendo la cabeza arriba y abajo, imaginando que era el pene de Sofía. Sus mejillas se hundieron con cada movimiento, y su saliva brilló en el juguete sexual.
—No está mal —dijo Sofía, aunque su tono no revelaba emoción—. Pero necesito ver más.
La siguiente prueba fue aún más humillante. Una dominante llamada Carmen pidió que Roberto se sentara en un consolador con correa, simulando ser penetrado por ella. Con el rostro enrojecido, Roberto obedeció, sintiendo el consolador llenar su interior mientras se movía arriba y abajo, gimiendo de placer y vergüenza.
—Más rápido —ordenó Carmen, y Roberto aumentó el ritmo, su cuerpo temblando con cada embestida.
Finalmente, después de varias pruebas más, llegó el momento de la subasta. Roberto, exhausto y excitado, se sentó en el sofá mientras Laura y Cristina revisaban las ofertas.
—Y la ganadora es... Juani —anunció Cristina con una sonrisa maliciosa.
Roberto palideció. Juani era una señora de 60 años, casada, que conocía del trabajo. Nunca habría imaginado que ella estuviera interesada en algo así.
—¿Juani? —repitió, su voz apenas un susurro.
Laura asintió, su expresión traviesa. —Sí, Roberto. Juani. Y parece que tiene planes muy específicos para ti.
La mente de Roberto comenzó a correr, imaginando lo que Juani podría tener en mente. ¿Lo vestiría como una muñeca? ¿Lo usaría como un objeto sexual? ¿Lo humillaría frente a su esposo? La incertidumbre lo llenaba de ansiedad, pero también de una excitación que no podía negar.
—Bueno, putita —dijo Cristina, poniéndose de pie—. Es hora de prepararte para tu nueva ama. Juani vendrá a buscarte mañana por la mañana.
Roberto asintió, su cuerpo temblando de anticipación. Sabía que lo que venía sería aún más intenso, más humillante, más excitante. Y, a pesar del miedo, no podía evitar sentirse ansioso por lo que el futuro le deparaba.
Mientras Laura y Cristina lo ayudaban a desvestirse y lo llevaban a la ducha para limpiarlo, Roberto cerró los ojos, dejándose llevar por la corriente de sumisión que lo había atrapado. Ya no era Roberto, el hombre que una vez fue. Ahora era solo una putita, una muñeca sexual lista para ser usada y humillada por quien lo deseara. Y, en ese momento, no podía imaginar nada que lo excitara más.
La noche cayó sobre el apartamento, y Roberto se acurrucó en la cama, la jaula de castidad recordándole su lugar en el mundo. Mañana sería un nuevo día, un nuevo capítulo en su jornada de sumisión. Y, mientras el sueño lo reclamaba, no pudo evitar sonreír, sabiendo que lo peor (o lo mejor) estaba por venir.
Continúa en
- Relato #237216— title-regex: contiguous parts (7 -> 8)
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Otra historia real y diferente.
Él buscaba algo más que sexo; ella buscaba liberarse de su rutina. Cuando el anonimato del correo electrónico se cruza con la privacidad de un chalet…
Comparte:Dominacion femeninaSumision consentidaFantasia cumplida
- Hetero: Infidelidad
Mi primera cita
La nota que le entregó en la oficina prometía una cena, pero lo que encontró en su casa era un juego mucho más peligroso.
Comparte:Dominacion femeninaSumision consentidaTransgresion moral
- Hetero: Infidelidad
Las vacaciones de Daniela
Daniela sabe que su matrimonio está estancado, pero esta noche tiene un plan: liberar a su esposa interior y ver cómo su esposo cede ante el deseo…
Comparte:Sumision consentidaSumision como liberacionFantasia cumplida
- Dominación
Si, ama (parte 1)
El paquete llegó con el nombre equivocado, pero la intención era clara. Maite no solo quería sus juguetes, quería su obediencia.
Comparte:Dominacion femeninaSumision consentidaFantasia cumplida
- Confesiones
La Sra Sandra
Sandra no es la ejecutiva amable que todos conocen. Es una mujer de mirada fría que espera órdenes, no preguntas.
Comparte:Dominacion femeninaSumision consentidaSumision como liberacion
- Dominación
Usado para el placer por mi esposa (continuará)
Cada miércoles, Alfonso cruza una puerta y deja de ser su esposo para convertirse en su sumiso.
Comparte:Dominacion femeninaSumision consentidaSumision como liberacion