Cristina y Roberto 9
Roberto ya no pertenece a sí mismo; es un juguete en manos de mujeres que deciden su destino. Entre tacones, maquillaje y la fría mirada de Sofía, descubre que su sumisión tiene un precio: la negación eterna del placer. ¿Podrá resistir la tortura de ser usado y descartado sin nunca ser liberado?
El fin de semana comenzó con una tensión palpable en el aire. Roberto, aún vestido con el ajustado vestido de encaje que le habían obligado a usar durante la subasta, se encontraba de pie en el salón de Cristina, sus ojos bajos y su cuerpo tembloroso. La jaula de castidad que llevaba puesta le recordaba constantemente su falta de control, y la llave que ahora estaba en manos de Juani era un símbolo de su completa sumisión.
Cristina, con una sonrisa satisfecha, le entregó la llave a Juani, quien la recibió con una expresión de diversión maliciosa. "Creo que es hora de que conozcas a mi hija", dijo Juani, su voz cargada de promesa. "Ella ha estado esperando para jugar con su nuevo juguete".
Roberto sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral. La idea de ser entregado a la hija de Juani, una joven dominante que no conocía, lo llenó de una mezcla de miedo y excitación. Sabía que lo que venía sería aún más humillante y degradante, pero también irresistiblemente erótico.
La mañana del sábado amaneció con un sol brillante, pero Roberto no tuvo tiempo para disfrutar de la luz. Juani lo llevó a su casa, una mansión elegante y llena de lujos, donde lo esperaba su hija, una joven de unos veinticinco años con una presencia imponente. La chica, cuyo nombre era Sofía, lo recibió con una mirada fría y calculadora, como si fuera un objeto que acababa de adquirir.
"Así que tú eres el nuevo juguete de mi madre", dijo Sofía, su voz gélida y despectiva. "Vamos a ver si sirves para algo más que para ser humillado".
Roberto se arrodilló ante ella, su cabeza gacha en señal de sumisión. "Sí, ama Sofía", murmuró, su voz temblorosa. "Estoy aquí para servirte en lo que desees".
Sofía sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos. "Levántate", ordenó. "Quiero verte mejor".
Roberto se puso de pie, sintiendo la mirada de Sofía recorriendo su cuerpo feminizado. El vestido ajustado resaltaba sus curvas, y los tacones altos que llevaba lo obligaban a mantener una postura incómoda y sumisa.
"Mmm, no está mal", dijo Sofía, acercándose a él y tocándole la cara con una mano enguantada. "Pero creo que necesitamos realzar tu... feminidad".
Antes de que Roberto pudiera reaccionar, Sofía lo llevó a un cuarto adyacente, que resultó ser un vestidor lleno de ropa femenina. "Vamos a divertirnos un poco", dijo, sacando un vestido de seda rosa pálido y un par de zapatos de tacón alto y brillante. "Quiero verte como una verdadera muñeca".
Roberto sintió un rubor subir por sus mejillas mientras se quitaba el vestido de encaje y se ponía el nuevo atuendo. El vestido de seda se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, y los tacones lo obligaban a caminar con pasos pequeños y delicados.
"Perfecto", dijo Sofía, observándolo con satisfacción. "Ahora, vamos a maquillarte".
La joven dominante lo sentó frente a un tocador y comenzó a aplicar maquillaje en su rostro, resaltando sus ojos con sombras brillantes y pintando sus labios de un rojo intenso. Roberto se miró en el espejo y apenas se reconoció. La transformación era completa: ya no era Roberto, sino una muñeca sexual, una putita lista para ser usada y humillada.
"Ahora sí", dijo Sofía, tomando su mano y llevándolo de vuelta al salón. "Es hora de que conozcas a tus nuevas amigas".
En el salón, Juani estaba sentada en un sofá, rodeada de varias mujeres jóvenes y atractivas, todas vestidas con ropa elegante y tacones altos. Roberto sintió un nudo en el estómago al darse cuenta de que todas lo miraban con una mezcla de diversión y desdén.
"Chicas, les presento a Roberto", dijo Sofía, su voz cargada de ironía. "Nuestro nuevo sirviente sexual. Va a estar a nuestro servicio durante todo el fin de semana".
Las mujeres estallaron en risas y comentarios burlones, mientras Roberto se arrodillaba ante ellas, su cabeza gacha en señal de sumisión. "Por favor, usadme como queráis", murmuró, su voz apenas audible.
Juani sonrió, claramente complacida con la escena. "Veo que Sofía ha hecho un buen trabajo contigo", dijo, su voz cálida y aprobadora. "Ahora, chicas, divirtámonos un poco".
Lo que siguió fue una mañana de humillación intergeneracional y juegos de poder. Las mujeres jóvenes se turnaron para usar a Roberto como su juguete sexual, obligándolo a realizar todo tipo de actos degradantes y eróticos. Lo besaron, lo tocaron, lo penetraron con consoladores y lo obligaron a chupar sus tacones. Roberto, atrapado en su jaula de castidad, no pudo hacer otra cosa que someterse y disfrutar de la tortura.
En un momento particularmente humillante, Sofía lo obligó a ponerse un collar con una correa y a gatear por el suelo como un perro, mientras las otras mujeres lo pateaban y lo insultaban. "Eres solo una putita", le gritó una de ellas, su voz llena de desdén. "No sirves para nada más que para ser usada y descartada".
Roberto, con lágrimas en los ojos y el cuerpo tembloroso, solo pudo asentir y continuar gateando, su mente nublada por la excitación y la vergüenza. La feminización forzada y la humillación constante lo estaban llevando a un estado de sumisión absoluta, y él no podía hacer otra cosa que abrazar su papel como sirviente sexual.
A medida que la mañana avanzaba, la intensidad de los juegos aumentó. Sofía sacó un arnés con un consolador grande y lo obligó a ponérselo, antes de ordenarle que penetrara a una de las otras mujeres. Roberto, con el consolador entre sus piernas, se sintió más feminizado que nunca, y la sensación de poder que le dio el penetrar a otra persona, aunque fuera bajo órdenes, lo llenó de una excitación indescriptible.
Pero la verdadera tortura llegó cuando Juani se levantó y se acercó a él, la llave de su jaula de castidad en la mano. "Creo que es hora de que aprendamos a controlar tus... impulsos", dijo, su voz cargada de promesa. "Vamos a jugar un poco con tu jaula".
Roberto sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral mientras Juani se arrodillaba frente a él y comenzaba a jugar con la llave, abriéndola y cerrándola lentamente, sin llegar a liberarlo. La tortura de la negación del orgasmo era casi insoportable, y Roberto se retorció y gimió, suplicando por la liberación que nunca llegaba.
"No tan rápido", dijo Juani, su voz divertida. "Primero, vamos a asegurarnos de que estás listo para servirnos como es debido".
Y con eso, la mañana de humillación y feminización forzada continuó, con Roberto atrapado en un ciclo interminable de excitación y negación, su cuerpo y mente empujados al límite por las dos mujeres dominantes que lo controlaban. El fin de semana apenas estaba comenzando, y ya Roberto sabía que sería el más intenso y humillante de su vida.
La escena terminó con Roberto arrodillado ante Juani y Sofía, su cabeza gacha y su cuerpo tembloroso, mientras las dos mujeres lo miraban con una mezcla de satisfacción y diversión. El futuro era incierto, pero una cosa era clara: Roberto estaba listo para servir, y las dos mujeres estaban dispuestas a llevarlo al límite de su sumisión.
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